torola4
Usuario
Bienvenidos a mi nuevo post. Esta vez les traigo algunos datos interesantes de mi querida tierra El Salvador. La verdad este post lo hice consultando bastantes fuentes confiables y espero que sea un buen aporte para conocer mas de nuestra historia. La Universidad Nacional de El Salvador fue fundada en 1841, pero un año despues fue cerrada porque no habia estudiantes con el suficiente nivel académico para ingresar a ella. Posteriormente se inaguró el Colegio La Asunción como un lugar donde estudiaban los que querian entrar a la Universidad Nacional y tenian los recursos económicos suficientes para hacerlo, el colegio duraba seis años, despues de los cuáles se podía entrar a la Universidad Nacional. Solo existian dos carreras: Doctorado y Tenedor de Libros (contador) ¿Porque en el salvador no hay gente de raza negra? El Salvador es el único país de América Central que no tiene ninguna población africana nativa debido a la inaccesibilidad del comercio del océano Atlántico. Además el general Maximiliano Hernández Martínez (gobernó desde 1932 hasta 1944) instituyó leyes de razas en la década de 1930 que prohibieron la entrada de poblaciones negras al país. El capítulo III de la ley “Restricciones y limitaciones a la inmigración” de 1933, decía en su capítulo 25: “Se prohíbe la entrada al país, a los extranjeros comprendidos en uno o más de los casos siguientes: a los de raza negra; a los malayos y a los gitanos, conocidos también en el país con el nombre de ‘húngaros’ ”. Y el artículo 26 continuaba: “ No se permitirá asimismo el ingreso al país de nuevos inmigrantes originarios de Arabia, Líbano, Siria, Palestina o Turquía, generalmente conocidos con el nombre de ‘turcos’ ”.42 Entre los grupos de inmigrantes que llegaron a El Salvador, están los cristianos palestinos. Aunque eran pocos, sus descendientes han logrado alcanzar un gran nivel económico y poder político en el país Prudencia Ayala Una mujer de caracter humilde que en 1930, sin ninguna preparacion academica pero consciente de sus derechos como mujer, se enfrento al sistema social politico de su tiempo al lanzarse como candidata a la Presidencia de la Republica convirtiendose asi en la primera mujer en El Salvador e Hispanoamerica en optar a esa investidura. Sufrio muchas humillaciones y varias veces fue encarcelada. Se le conociaa como "Prudencia la loca" si bien es cierto en su momento no se le supo reconocer ha pasado mucho tiempo desde que aquella mujer escandalizo a la sociedad netamente machista pero de seguro con su baston de madera abrio el camino de la historia para anunciar la igualdad de derechos" En 1995, por Decreto Legislativo la Flor de Izote fue declarada la Flor Nacional de El Salvador; sin embargo, con esta flor se preparan variados platillos de la cocina cuzcatleca. Es un tema polemico porque para unos es un irrespeto a los simbolos patrios y para otros es simplemente un ingrediente ancestral de la comida salvadorena qu era utilizado desde antes que se declarara flor nacional. La Turbococina es una estufa de alta tecnología desarrollada por el inventor salvadoreño René Núñez Suárez, que utiliza como combustible pequeños pedazos de leña, los cuales pueden ser obtenidos de la poda de los árboles y cafetales, convirtiendo a la leña en un combustible renovable .El invento ha merecido muchos premios. El último fue en noviembre 2011 : la Turbococina resultó seleccionada junto a otras nueve innovaciones mundiales en materia de energía por la iniciativa Launch 2011 Energy Innovators, que impulsan la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid, por sus siglas en inglés), el Departamento de Estado, la agencia espacial estadounidense (NASA) y la corporación de vestimenta deportiva Nike. El volcan de Izalco se origino en el año de 1770 cuando por un orificio del volcán de Santa Ana comenzó a despedir humo y ceniza, comenzando así un periodo de 196 años de erupciones casi continuas. Por muchisimos años el volcán erupcionó casi sin cesar, tanto que sus flamas se veían hasta el océano, esto dio lugar a que se conociera con el sobrenombre de Faro del Pacífico. Su actividad era tal que se formó un cono de 650 metros sobre la llanura (1.952 msnm), con un cráter de 250 metros de diámetro. En la decada de los 60´s se construyo el Hotel Cerro Verde, ubicado estrategicamente para poder observar las erupciones del volcan, pero misteriosamente, unos pocos dias antes de la inaguracion el volcan se apagó completamente y jamas volvio a hacer erupcion. Gracias por pasar!
Nuevamente bienvenidos a mi post, este dia les traigo un relato muy interesante del doctor Melitón Barba (1952 - 2001) que narra los recuerdos de una puta vieja, carcomida sin clemencia por el tiempo y su oficio. Este relato forma parte del libro del mismo nombre del cuento que el Doctor Melitón Barba publico en 1998. Acompaño el relato con una excelente pintura del maestro Antonio Bonilla. LA PUTA VIEJA Así era mi cuerpo, como el de la Margot, la cipota que está acusada de guerrillera. Claro, han pasado tantísimos años que ahora con mi cara cruzada de arrugas, la boca sin dientes y los pilguajos de chiches que me quedan, nadie podría reconocerme. Pero era bonita, aunque se rían. Cuando lo conocí acababa de llegar al “Over de Top”, un burdel que quedaba en Soyapango y donde había otras quince muchachas, todas lindas, porque el Over era de lujo, sólo lo frecuentaban señores de carro y por la salida de una había que pagar quince colones. En ninguna parte cobraban tanto. El vivía en una de las casitas de madera que quedaban a la orilla de la cuestona que sube para Soyapango. Lo veía con su uniforme del Instituto Nacional, siempre bien limpio, con los cuadernos apretados debajo del sobaco y su quepis de lado, con la hebilla del cincho bien lustrada; caminaba la cuestona del Agua Caliente para tomar el bus en la Garita, aunque muchas veces se iba a pie, porque no tenía ni cinco para la camioneta. Al principio me miraba con desconfianza porque yo iba bien pintarrajeada, las cejas recortadas y los montones de rouge en la cara. Quizás por eso decían que a las que se pintan así la cara les rebota de putas. Yo estaba bien cipota, de unos diecisiete. Él era menor. Apenas llevaba una estrellita negra en la manga de la guerrera cuando me dijo que iba a cumplir los trece. No me miraba, me tragaba con los ojos, y yo que ya era un tigre que caza echado, me burlaba y a propósito usaba unos vestiditos cortitos, o me bajaba a comprar la leche, sin sostenes, caminando la cuestona a la par suya y lo miraba al pobre, todo rojo de vergüenza tratando de cubrirse la bragueta con los libros, porque ya se le había endurado la cuestión. Hasta que comenzamos a hacernos amigos. Al poco tiempo me regaló una foto y es por esa foto que estoy presa. Era mi chulo. Pero no de esos que le pegan a una y dicen que la protegen. No. Él nunca me pegó. Era mi chulo porque era mi marido, aunque no vivíamos juntos en la misma casa, pues yo siempre anduve en los burdeles, hasta que puse mi propia pieza a orilla de calle, allá por La Tiendona, y aunque se quedaba a dormir conmigo toda la noche, pero sólo los viernes, porque estaba estudiando. Yo, para qué voy a negarlo, siempre estuve engazada de él. Hasta ahora. Cuando recién comenzamos nuestro idilio no me quería agarrar los centavos, entonces yo le compraba ropa, buenas camisas italianas de donde Hugo Tona, y las mejores zapatillas que habían en La Marzenit. Me gustaba que anduviera bien guapo y, aunque salíamos poco, me sentía orgullosa de vestirlo bien tipería. Así fue que se acostumbró a la buena ropa. Hasta la de uniforme se la compraba de la mejor tela, no la rascuache que la vendían en Martinez y Saprisa. Ninguno del Instituto Nacional se vestía tan bien como yo lo vestía a él. Los viernes me ponía lo mejorcito que tenía, pura angelita parecía, sin pintarme para que no me viera la cara de lo que era, y lo llevaba a comer. Íbamos a comer al restaurante Francés, uno bien elegante que quedaba esquina opuesta a donde Ambrogi y nos íbamos en taxi para que no lo vieran sus amigos. Nunca lo llevé a los restaurantes adonde lo llevan a una los clientes, ¡como van a creer! Ni al Claros de Luna, ni al Mercedes, ni siquiera a El Migueleño. Íbamos al Francés porque además allí había reservados y no me importaba gastar lo que fuera. Para su bachillerato le regalé un traje entero, de allí mismo, donde Tona, un casimir inglés gris oscuro, que se lo hizo el maestro Huguet de la Sastrería Anatómica. Se miraba elegantísimo con su corbata roja pringada de blanco, y esa noche del título nos fuimos al restaurante y lo hice que se bebiera como seis jaiboles. Cuando llegamos a la pieza iba bien atarantado y pasamos una velada deliciosa haciendo planes para su futuro. Por esa época yo sentía que me quería. Esa noche me regaló otra foto de uniforme, donde estaba en grupo, pero se me perdió. La otra sí, la conservé toda mi vida. En la universidad se cuidaba más de que no lo vieran conmigo, y yo lo comprendía, claro, porque iba a ser abogado y no era conveniente. A mí no me importaba, yo era feliz con que llegara una vez por semana a traer los centavos para los gastos y para sus libros. Porque era buen estudiante. No le gustaba tener que prestar libros, por lo que yo hacía el sacrificio para que no le faltaran. Me acuerdo cuando le compré el Código Penal. Me dijo que donde el Choco Albino se encontraban usados, pero yo no permitía eso. Para mi rey siempre debía ser lo mejor y se lo compré nuevo, no importaba si me machucaban más veces la babosada. Al fin y al cabo ya estaba acostumbrada. Así seguimos hasta que terminó la carrera y lo mandaron a hacer su servicio social a un pueblo, pero nunca me dio el nombre del lugar. Eran tres años que iba a pasar de juez y yo presentía que era la despedida, porque ya no llegaba tan seguido, aunque siempre le tenía su ropita nueva, calcetines de seda, sus buenos zapatos y, en fin, todos sus libros. Porque aquí donde me ven, toda arruinada, me siento orgullosa de haberle comprado todos sus libros. A su doctoramiento no me invitó, pero es que para entonces yo ya no servía. Ni señas de aquel culito bonito del Over. Llevaba como quince años de vida miserable, con tantos desvelos, y los clientes que obligan a tomar, y si una no cede, no salen. Era borracha entonces, pero delante de él lo disimulaba. No tomaba nada, aunque a veces me sentía olor a trago y se molestaba. Se perdía por temporadas sólo llegaba por necesidad de los centavos. Pobrecito. En esos tres años lo perdí. No lo volví a ver nunca, por más que hice para buscarlo. Como no permitía que conociera a sus amigos, no tenía a quién preguntarle. Después supe que se casó con una rica de aquel pueblo. ¡A saber!. Entonces, de decepción, comencé a tomar más seguido y fui perdiendo mi clientela. De aquella puta que cobraba cinco pesos en mi pieza, fui bajando hasta llegar a tostones. Estaba marchita. Me había adelgazado y tomaba a diario. El único consuelo era su fotografía, que había mandado a ampliar y tenía en un marquito con vidrio y todo. Pensaba que algún día volvería, pero así fueron pasando como veinte años o más. Después ya ni de puta servía, por vieja, flaca y fea. Así puse una mi ventecita de frutas allí mismo, en el mesón, ¡pero que iba a ganar! Además estaba podrida de la sangre, porque en la Sanidad me habían puesto la novecientos catorce varias veces, pero siempre estaba toda llena de chiras. Entonces vino el pleito, porque la pieza la compartía con la Tencha, una puta no tan vieja que todavía trabajaba con el cuerpo pero era más borracha que el mismo guaro. Estaba necia desde hacía meses queriéndome quebrar la foto y burlándose de mi abogado. Eso a mi no me importaba, pero que no me fuera a tocar la foto, porque se iba a arrepentir. Hasta una noche, en que las dos estábamos pasadas de borrachas, agarró la foto y la tiró contra el suelo, y después la rompió en mil pedacitos. Yo no le dije nada porque tenía miedo, pero cuando estaba dormida le metí a saber cuantas puñaladas y me acosté. Al día siguiente la hallaron bien muerta. Y no me arrepiento, si me volviera a romper la foto, la volvería a coser a puros trabones. A él, después de veinticinco años, lo volví a ver en el juicio. Estaba lindo, bien vestido, con un traje gris oscuro como el primero que le regalé. Se veía elegante, como cuando yo lo vestía. Era el fiscal. Es decir, no era él propio, sino su hijo. Eran igualitos. La misma mirada seria, el mismo bigote, su misma boca que tantas veces me comí, ¡y como sabía el muchacho! Hizo pedazos al defensor que me habían puesto, y yo, mientras él me insultaba, me decía puta vieja y otras cosas, lo miraba, embelezada, no le apartaba la vista, pensaba que era él, mi estudiante, el único amor de mi vida. A veces me turbaba y yo le obsequiaba una sonrisa. Era lindo, tenía la misma voz, y los mismos gestos. Cogía el cigarrillo igualito que él, y de malicia echaba bocanadas de coronitas como el papá. Cuando terminó el juicio llegó a la banca donde yo estaba y me preguntó que por qué lo veía con tanta ternura, si él estaba pidiendo mi condena. Porque sí, le dije. Porque usted es bien lindo, como hubiera querido que fuera mi hijo, y le besé la mano Aquí en la cárcel me enseñaron el diario y recorté la foto. Se miraban bien lindos. Él, ya viejón, pero guapo, y él, jovencito, en primera plana. Resonante triunfo de padre e hijo, decía. Magistrado asciende a presidente de la Corte Suprema el mismo día que su hijo obtiene la condena de una asesina. ¡Se miraban bien lindos!¡Bien lindos!. Gracias por tu visita!