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tomy789

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Primer post: 16 jul 2016Último post: 19 jul 2016
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Juan Moreira, el gaucho.
Juan Moreira, el gaucho.
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/16/2016

La historia de Juan Moreira es muy similar a las de los pistoleros norteamericanos de la misma época, como Bat Masterson, Wild Bill Hickock o Wyatt Earp, y como ellos también hubo una época en que fue comisario. Cuando un gaucho era hábil con el cuchillo y se hacía conocido, como lo fue Juan Moreira, era frecuente que se cruzaran en su camino otros que querían medir su habilidad con él en un duelo a muerte, de la misma manera que sucedía en el "lejano oeste" con los pistoleros estadounidenses. Aparentemente, varias de las muertes provocadas por Juan Moreira se deben a esta causa, pues las víctimas eran a su vez hombres de pelea. Juan Moreira (Flores 1829 - Lobos, 1874) fue un gaucho argentino, y un personaje histórico que ha sobrevivido en el folclore popular de su país, adquiriendo su vida ribetes casi legendarios. Nació en el partido bonaerense de San José de Flores (hoy barrio porteño de Flores) y vivió desde niño en el de La Matanza. Su vida estuvo llena de injusticias y se la ha considerado como representativa de las sufridas por el gaucho argentino, injusticias que lo llevarían a trabarse en combate numerosas veces y ser perseguido por la policía hasta hallar la muerte en abril de 1874 en Lobos. Durante cerca de treinta años Juan Moreira llevó una vida tranquila, dedicando su tiempo al trabajo rural hasta conseguir su propio rancho, unas cuantas cabezas de ganado vacuno y algunas hectáreas de campo que destinó a la siembra. Era una hombre alto y fornido,de pelo castaño y tez rosada picada de viruela, que tomaba poco alcohol y no frecuentaba las pulperías; tenía buenos modales y era habilidoso con la guitarra, motivo por el cual era bien visto por "la Vicenta", de quien se enamoró y con quien se casó, contando con el pleno consentimiento del padre de la Vicenta, un hombre muy respetado. El casamiento con Vicenta sería el inicio de todos sus problemas ya que el Teniente Alcalde de la zona –conocido como Don Francisco- también estaba enamorado de ella y empezó a perseguirlo acusándole de hechos injustificables. La primera multa que recibió de Don Francisco fue por la fiesta de la noche de bodas sin la autorización del Teniente Alcalde, por lo que tuvo que pagar 500 pesos. En aquel momento Moreira le había prestado a Sardetti, el almacenero del pueblo, unos 10.000 pesos que éste usaría para la compra de frutos del país; Sardetti no devolvía lo prestado por lo que Moreira –sin documentación que lo avalara- presentó la denuncia ante el Teniente Alcalde. No se sabe con certeza si Sardetti y Don Francisco se habían puesto en acuerdo, pero Sardetti negó la deuda y Moreira fue castigado con 48 horas de "cepo" (detención) acusado de reclamar lo que no era suyo. Moreira, indignado por la situación, le juró a Sardetti una puñalada por cada mil pesos que le debía. Cumplió su promesa en un duelo a cuchillo en el propio almacén de Sardetti y a su regreso tuvo que pelear en su rancho contra Don Francisco y cuatro soldados que estaban allí para aprehenderlo. En el enfrentamiento Don Francisco y dos soldados resultaron muertos. Fue a partir de este momento cuando empezó a ganar fama en la región. De este modo tuvo más peleas, las que siguió ganando, y muchas de las cuales eran desafíos de otros gauchos que querían probar su propia destreza. Con el tiempo empezó a trabajar como guardaespaldas de políticos a cambio de "limpiar su nombre", promesa que nunca fue cumplida. Fue guardaespaldas de Adolfo Alsina quien, se dice, le dispensó bastante buen trato. Sin embargo Juan Moreira dejó el Partido Autonomista para pasarse al bando contrario, el Partido Nacional, conducido por Bartolomé Mitre. El duelo de Juan Moreira con Juan Córdoba se produjo en las cercanías de Cañuelas, donde luego de que Moreira le ganara unos pesos a la taba Córdoba lo insultara después de pagarle. Según constancia judicial la muerte de Córdoba no se produce en un duelo, sino que Moreira, en estado de ebriedad lo ataca en una pulpería sin que aquél atinara a defenderse. Después de esa muerte, Moreira marchó al tranco hasta Las Heras, donde se mantuvo escondido en casa de familiares de su mejor amigo, Julián Andrade. En Villars, cerca de Las Heras, hay un viejo ranchito en la estancia turística Los Ombús, que según la tradición oral fue el escondite de Juan Moreira. En la zona urbana, al 1700 de la calle 24, al viejo edificio se lo reputa como una pulpería frecuentada por Juan Moreira. En el despacho de Olaso, junto a la plaza, fue donde el 31 de diciembre de 1872 enfrentó en duelo al puntero autonomista José Leguizamón. Lucharon a lo largo de la plaza y frente a la parroquia actual, donde Moreira abatió a su contrincante. Para entonces, muchos juzgados rurales se exhortaban entre sí por la captura de Moreira, que las partidas, temerosas, preferían eludir. Juan Moreira había pasado por Saladillo, Salto y Bragado, y hasta se refugió entre la tribu de Coliqueo, pero terminó enfrentado con sus capitanejos. Según las diversas versiones se dice que Juan Moreira era analfabeto, cantor y guitarrero, y aunque se contradicen en algunas cosas coinciden en que era alto, provocador y amante requerido. Juan Moreira siempre buscó a Laura, su amante preferida, en el piringundín y posada "La Estrella", de Lobos (luego fábrica de soda y finalmente una clínica en la esquina de Cardoner y Chacabuco), y estaba con ella el 30 de abril de 1874 cuando lo sorprendió la partida (entre los policías estaba Enrique O´Gorman, hermano de la famosa Camila). Juan Moreira se batió y quiso saltar la tapia de La Estrella, cuando la bayoneta del sargento Andrés Chirino se le clavó en la espalda; Moreira le erró un trabucazo por sobre el hombro, pero le cortó cuatro dedos de la mano izquierda con la daga. Lo que más fama le dio a Juan Moreira fue su arrojo y habilidad para enfrentarse él solo contra partidas de varios hombres y salir airoso del trance. Además de su tremendo facón, de 63 centímetros de hoja (más de 80 si se cuenta la empuñadura), Moreira llevaba dos trabucos de bronce para los cuales siempre tenía munición preparada, lo que le permitía recargarlos con rapidez. Una prueba de esto es el relato del sargento Chirino, pues luego de disparar sus trabucos contra los policías que lo habían sitiado en la habitación de "La Estrella" salió al patio, donde al comenzar a trepar la tapia nuevamente le disparó a Chirino cuando éste lo atravesó con la bayoneta. El pasado de Juan Moreira como comisario también jugaba a su favor, pues sus antiguos camaradas evitaban enfrentarlo, y además debe tenerse en cuenta que quienes se le enfrentaban no estaban dispuestos a arriesgar su vida en la misma medida que Moreira, algo que también le daba cierta ventaja para escapar cuando se hallaba rodeado. Varias muertes causadas por Juan Moreira fueron el resultado de estos enfrentamientos, pues disparaba sus trabucos al montón, y eran armas que producían un daño considerable. Es de destacar la capacidad de Juan Moreira en el manejo de sus armas, además de una gran habilidad en el manejo de su tremendo facón poseía gran fuerza, lo que hacía muy difícil a sus rivales parar o desviar sus lances. Luego de haber sido atravesado por la bayoneta de Chirino y dispararle con el trabuco, con su tremendo facón le tiró un hachazo que lo alcanzó en la cabeza y le cortó cuatro dedos de la mano que sostenía la bayoneta, para caer muerto pocos minutos después. En el caso de Juan Moreira hay dos vertientes de opinión, disímiles entre sí. Los testimonios asentados en los expedientes judiciales califican a Moreira como un criminal sanguinario que mataba por el gusto de hacerlo, y para ello desafiaba a pelear a quien tuviese enfrente. Como contrapartida hay testimonios de personas respetables que habiéndolo conocido bastante a Juan Moreira lo describen como un hombre tranquilo, aunque siempre fuertemente armado. En abril de 1874 el juez de paz de Lobos, Casimiro Villamayor, por orden de Mariano Acosta, gobernador de la provincia de Buenos Aires, envía a 25 hombres que, al mando del comandante Bosch perteneciente a la policía de Buenos Aires, lo rodean en el almacén y pulpería "La Estrella", ubicado en lo que hoy es el Sanatorio Lobos en la intersección de las calles Chacabuco y Cardoner. Juan Moreira peleó con todas sus fuerzas pero justo cuando estaba a punto de saltar la pared que se interponía entre los policías y su caballo fue herido por la bayoneta del sargento Chirino, quien le perforó el pulmón izquierdo. Sin embargo, Moreira alcanzó a disparar su trabuco hiriendo en el rostro a Chirino que como consecuencia de ello perdió un ojo y a cercenarle cuatro dedos de un hachazo; Moreira cayó pero logró levantarse y herir a Eulogio Varela muriendo casi enseguida, después de dos vómitos de sangre, convirtiéndose de ese modo en una leyenda y uno de los personajes populares más conocidos de la historia popular Argentina. Moreira dejó un hijo, de igual nombre, y a su amada mujer. Sus restos mortales se encuentran en el cementerio de Lobos. Sin embargo, se pueden apreciar algunos efectos personales, como dagas, y también su cráneo, en el Museo Juan Domingo Perón, sito en la misma ciudad.

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Francisco Antonio Laureana, "El sátiro de San Isidro"
Francisco Antonio Laureana, "El sátiro de San Isidro"
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/19/2016

FRANCISCO ANTONIO LAUREANA Sátiro de San Isidro, el serial de San Isidro, el "Caníbal", el asesino de las seis de la tarde, el asesino serial que la historia argentina se empeñó en ocultar, “El Sátiro de San Martín”, el predador de San Isidro, son distintas formas en que se denomina al asesino más prolífico del país, y a la vez, menos conocido. Laureana mató, violó y torturó a 15 mujeres, tal vez más, porque nada sabemos de su actuación en su provincia natal, Corrientes. Fue seminarista y era un brillante artesano, tallaba en madera figuras gauchescas que vendía en los negocios de Buenos Aires que se dedicaban a este ramo.Las imitaciones de tótems y los gauchos que tallaba con un torno le habían hecho ganar el respeto de comerciantes y clientes. Quienes lo conocieron lo definieron como un “sujeto huraño, callado, de mirada torva y analfabeto”. Sus compañeros de trabajo comentaban que parecía ser un hombre muy serio, reservado y quizás un poco huraño. “Un tipo tímido”, lo definió la mujer que ofrecía sahumerios y velas caseras en la caseta de al lado. El artesano se había casado doce años atrás y tenía tres hijos. Todas las tardes, antes de salir hacia la plaza, le recomendaba a su esposa que cuidara a los chicos: “No los saqués a la calle porque andan muchos degenerados dando vueltas”. Acaso por esta sugerencia, o por el carácter sereno que había exhibido hasta ese momento, ni la mujer ni los feriantes podían creer lo que la Policía Bonaerense les reveló el 27 de febrero de 1975: un asesino serial que en los últimos diez meses había violado a quince mujeres y niñas y matado a once de ellas. Casi todos los días miércoles y jueves cerca de las 6 de la tarde desaparecían una mujer o una niña en la ciudad y sus cuerpos sin vida eran encontrados poco tiempo después en baldíos, con signos de haber sido violadas y asesinadas salvajemente, en algunos casos estranguladas y en otros asesinadas con un revólver calibre 32. Laureana se desplazaba en un FIAT 600, se hallaron en ese auto un pistolón calibre 14 y una pistola calibre 7,65 mm. Sus víctimas eran mujeres que tomaban sol en los chalés o que esperaban en paradas de colectivo. Las violaba, las estrangulaba y les arrancaba partes del cuerpo a mordiscones. Los peritos lo definieron como un sádico sexual. Todas las mujeres atacadas eran jóvenes, bonitas y rubias. Eso es típico de un asesino en serie que considera que los humanos son un objeto de su propiedad, sus piezas privadas. Sentía excitación cuando mataba sin piedad. Con su fuerza bestial deshacía los cuellos. El «sátiro» siempre robaba algo a su víctima, como un anillo, una pulsera, una cadenita, etc., que nunca vendía, sino que guardaba en una bota en su casa para mantenerlos como trofeos. Cuando allanaron su casa, en el interior de una bota, encontraron pequeños anillos y aros que habían sido robados a las víctimas de los ataques. Los conservaba para 'recordar a cada una de sus víctimas, era un fetichista', diría un investigador policial. En ocasiones regresaba semanas después al mismo lugar para revivir el momento del crimen. El jueves 27 de febrero de 1975 a la tarde, una niña de ocho años vio a Francisco Laureana y le pareció igual al asesino del identikit (que su familia tenía fijado a una heladera) y le contó a su madre; la mujer disimuló llamar a su marido para dar aviso a las autoridades. Laureana pasó por el frente, sonrió, y siguió de largo. La policía lo encontró a pocas cuadras, y las características eran parecidas al identikit que tenían; se acercaron al sospechoso para pedirle que los acompañara para un interrogatorio. Según el informe de los policías, Francisco Laureana sacó entonces de una bolsa que llevaba en el hombro un arma de fuego y empezó a disparar a los oficiales, iniciando así un tiroteo en el que Laureana recibió un disparo en el hombro y luego escapó malherido, escondiéndose de la policía en el gallinero que se encontraba en los fondos de una mansión. Una perra que cuidaba el lugar «marcó» a su dueño el lugar donde se escondía Laureana. Los policías bonaerenses se acercaron al gallinero y acribillaron a Francisco Laureana. La policía lamentó haber tenido que matarlo, ya que hubieran querido interrogarlo sobre los motivos que lo llevaron a cometer los crímenes. Se encontraron en el gallinero dos gallinas muertas a tiros (se desconoce si la policía o si Francisco Laureana con su instinto violento no resistió de matar). Cuando se le informó a su mujer, ella atinó a decir "acá tuvo que haber un error. Mi marido no pudo haber hecho todo eso. Era un buen padre, un buen marido, un artesano que amaba lo que hacía".6 Como el asesino era un fetichista, muchos crímenes pudieron resolverse al encontrar en las botas de su casa objetos que pertenecían a las víctimas, junto con armas de fuego. El caso de Francisco Antonio Laureana, uno de los asesinos más prolíficos de la historia argentina, pasó relativamente desapercibido debido al complejo clima político reinante durante el gobierno de Isabel Perón. Este asesino no es muy conocido, de hecho mucha gente le atribuye el nombre de EL ASESINO QUE LA HISTORIA QUISO OCULTAR o cosas semejantes.

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