T

thetaringero007

Usuario (Argentina)

Primer post: 14 dic 2013Último post: 16 dic 2013
2
Posts
0
Puntos totales
0
Comentarios
U
una pistola sin balas...
ParanormalporAnónimo12/14/2013

Era hora de tomarse su medicamento, pero el sabía mas que bien como para hacerlo. Hacía ya algunos años el doctor del hospital Sherwood habia revisado el caso de William Cooper y determinado que el pobre hombre sufría de esquizofrenia y que con el paso del tiempo esta terminaría robando cualquier vestigio de sanidad que William poseyera. William había llevado una vida plenamente normal y plácida. Tenia 45 años y estaba casado con la mujer que había robado su espíritu y corazón desde hacia ya veinte años, veinte largos y felices años que dieron lugar a un hijo y una bella familia. Pero todo eso quedo en el pasado en cuestión de minutos. Un sueño lo sacó de su cama. Cooper se levanto por un vaso de agua a la cocina para calmar su sed y poder relajarse un rato y olvidar la pesadilla que había tenido. El doctor le advirtió que debía tomar su medicina cada 16 horas durante quien-sabe-cuanto tiempo para que el proceso fuera como un paseo en el parque. Pero William era mas que eso, el sabia de corazón que la medicina era específicamente creada para controlarlo y hacer que muera mas rápido, sabia que si la tomaba, poco a poco perdería sus fuerzas y cuando llegara el momento no seria capaz de defenderse. Mientras llenaba su vaso con agua de su botella le pareció escuchar murmullos provenientes de la sala. Lentamente puso su vaso en la mesa y se escabulló hasta donde pudiera escuchar mejor la conversación. Aunque no podía ver a nadie ahí, podía escucharlos. -Es un gran peso para nosotros- -Lo se, debemos deshacernos del el, nadie lo aguanta en esta casa ya…pero, como planeas hacerlo?- ¿Era acaso posible que su propia familia estuviera planeando matarlo?¿Porque? Si bien el era alguien que necesitaba(según la familia,el siempre se sentía capaz de hacer todo por el mismo) ayuda de los demás y dependía de su esposa e hijo, no creía merecer morir y mucho menos a manos de la familia que el adoraba. O tal vez ya no tanto. -Aquí mismo, tal ves la semana que entra puesto aún no contamos con el dinero suficiente como para pagar el trabajo- -Muy bien- Así que esa era la forma en la que todo seria. Contratarán a alguien para asesinarlo y salir con las manos limpias porque si el muere su familia cobrará el seguro medico y el trabajo les pagará pensión. Oh si, ellos planean vivir como reyes a costa de el mismo y eso es algo que no planea permitir. Antes no le hubiera importado dar sustento a su familia y ni siquiera que ellos gastaran su dinero, pero todo esto cambia en el momento que uno es traicionado. Era guerra con lazos de sangre. Por el momento William actuaría como no saber nada. Tal ves el doctor pensaba que el era ‘‘esquizofetámo” o como le llamen a esa cosa, pero el no era un idiota, aun sabia actuar. 3 días después Esa noche Cooper tuvo problemas para dormir, no podía encontrar una posición cómoda para descansar un cuerpo golpeado duramente por la vida, el trabajo y una condición degradante. Pero también ese era un gran día para Cooper, hoy terminaría lo que su familia había empezado. La noche anterior fue de tour por la ciudad donde adquirió un arma pequeña de un hombre cual no sabia su nombre, simplemente lo contactó y compró el producto. Al llegar a su casa un fuerte dolor de cabeza lo atacó y empezó a verlos como lo mataban, tuvo una premonición y vio a su hijo sosteniendo un cuchillo frente a el, vio como su esposa, con una copa de brandi en la mano, lo observaba con una sonrisa dibujada de oreja a oreja y urgiendo a su hijo que acabara pronto, el dinero no podía esperar un segundo más. Extraño es que cuando el dolor de cabeza y la premonición terminaron William Cooper se encontraba en una cama de hospital con las manos atadas a la cama y una sábana blanca gentilmente sobrepuesta. Trató de gritar y de safarse pero fue inútil pues una enfermera entro a la habitación y le inyectó un liquido espeso por la intravenosa. Antes de regresar a la realidad dio un ultimo vistazo a la habitación del hospital y en una esquina del cuarto estaba su esposa con una mirada demacrada, cansada de tanto llorar y esperar. La falta de sueño la tenia sufriendo y con un par de ojos rojos conecto con los de Cooper. ”La puta pensó que había muerto y seguro fue por el dinero. Triste esta de verme vivo”. Cuando abrió los ojos eran las cinco de la mañana y estaba en su cama usual de su casa, nada de hospitales ni enfermeras, tampoco de rameras mentirosas. Ese sueño fue lo que necesitaba para tomar valor y matar a los animales antes de que ellos lo mataran a el.Tomó su pistola y la cargo con 5 balas,la metio bajo su camisa y bajo las escaleras donde su esposa estaba preparando el desayuno en la cocina.”Seguro esta envenenado” pensó. Lizzie era su nombre. Era. -Hola cariño, despiertas temprano para el desayuno, ¿como te sientes hoy, tomaste tu medicamento? -Si, si.. justo antes de venir hacia acá abajo- Es seguro que extrañaria a esta mujer que lo acompaño durante tantos años, la mujer de la cual estaba profundamente enamorado, pero asi es como las cosas debian ser.- Cariño..hay algo que tengo que decirte antes de desayunar- Lizzie se quito su delantal y lo colocó sobre la mesa, doblado a un lado del pan tostado que había preparado, y con una sonrisa respondió: -¿Que sucede?- -Dime, ¿Que pensabas hacer con mi seguro médico?- -¿Que? ¿De que est- Antes de que Lizzie terminara de hablar, William sacó el revolver de su camisa y la apunto contra la cabeza de su mujer. Pero el arma era demasiado pesada y el primer disparo que sonó acertó en el vientre de su esposa. Un sonido hueco y a la vez como si un trapo grande y mojado golpeara el suelo resonó en la casa, la sangre que escurría de su estomago venia acompañada de un liquido transparente que salia del gran agujero que la bala perforó. Los pasos de las escaleras venían acompañados de un grito de terror del hijo de Cooper, Johnny. William, con lagrimas saliendo de sus ojos mientras veía el espectáculo que el mismo había empezado, se arrodillo en frente de su esposa y llorando le suplico perdón, pero tenia que hacerlo. -T-tu misma te provocaste esto…tu eres la que d-debió haberme matado antes- Cooper se ahogaba de memorias y lagrimas mientras el nudo en su garganta se tensaba y la pistola empezaba a pesarle más y más. -Tu m-misma provocaste tu muerte y la de nuestro hijo- Se puso de pie y apretó el gatillo que esta vez se sentía más ligero, mas inexistente. El ruido que la bala provocó al penetrar el cráneo de Lizzie hizo que Cooper cayera al suelo tapándose los oídos sin ser capaz de bloquear el dolor, la agonía que sentía y que cada vez lo paralizaba mas y mas. Escuchaba voces lejanas hablando un idioma que el no entendía pero a medida que escuchaba con atención reconoció voces y poco a poco vio sus caras. ”¿Esta bien?”, ”¿Cuando cree que sea posible verlo?”, ”Pronto…estarás con nosotros”. William abrió los ojos cuales sentía pesados y con un lento movimiento trató de levantar su arma, pero esta era mas pesada de lo que había sido antes. Se puso de pie mientras todo a su alrededor daba vueltas y parecía que el techo se caería encima de el, levanto el arma y disparo a su hijo que estaba en shock al pie de las escaleras. El primer disparo lo impactó en el brazo izquierdo y el chico emitió un grito de dolor profundo, Cooper sentía que se desmayaba, sentía que en cualquier momento golpearía el suelo y no se despertaría más. Cada que pestañeaba veía ese cuarto del hospital de sus sueños. Tan limpio y cuidado. Tan surreal que desearía poder estar ahí y acabar con esto de una vez. El segundó disparo golpeo al adolescente en el pecho y lo único que se escucho después fue como su cuerpo azotó enfrente de el y vio la sangre fluir por la alfombra que recién había sido colocada el mes pasado. Con lo último de su consciencia levanto un arma que nunca estuvo ahí, y presionó un gatillo que nunca existió, solo para ver como su mente enferma le jugó una gran broma. William Cooper, de 47 años de edad despertó del estado de coma que le provocó un gran golpe en la cabeza hacia ya 2 años, después de alucinar una conspiración de asesinato producto de su esquizofrenia. Cooper no tomó nunca su medicamento y la enfermedad solo empeoró hasta el punto que se convenció así mismo que su familia planeaba matarlo. Al llegar de comprar un arma ilegal tropezo con los escalones de la puerta principal, sufriendo un golpe en la cabeza que termino siendo la cereza del pastel. moraleja ponle 7 balas a tu pistola :3... mi facebook para consultas u otras cosas : https://www.facebook.com/juanconswag

0
0
G
golpe de suerte...
ParanormalporAnónimo12/16/2013

Podemos mirar atrás y en algunas ocasiones nos encontraremos con pequeños, raros y, a veces, mágicos momentos en los que un llamado «golpe de suerte» tocó nuestras vidas. Momentos que después o bien no pasaron a más y quedaron en una alegre anécdota, o se volvieron experiencias que verdaderamente influyeron en nuestras vidas. Lo que estoy por contar es la historia de un chico y su «golpe de suerte», que pronto se convirtió en una experiencia aterradora que marcaría su vida profundamente, o al menos eso es lo que creo… Ya nadie prestaba atención a lo que decía el profesor, el calor iba en aumento al igual que el sinfín de palabras anotadas en el pizarrón. Mi aburrimiento era extremo y el ambiente del salón no me ayudaba en nada. Mientras paseaba la mirada por el salón, noté que dos compañeros hablaban en voz muy baja; sin embargo, no fui el único que se dio cuenta de esto. El profesor también los había visto y comenzó a regañarlos, enojado porque no prestaban atención a su muy importante lección, sentimiento reforzado notablemente por el horrible calor del día. Después del regaño, el profesor decidió que como castigo contaran a todos los del salón qué era lo que estaban platicando. Al principio ninguno habló, pero después de que fueron amenazados con la calificación del examen próximo, contaron la historia. Al parecer uno de ellos, Santiago, le contaba a su amigo, Javier, una serie de eventos extraños y escalofriantes, eventos que estaban destruyendo su vida y desmoronando a su familia. Al principio, pocos eran los que le prestaban atención; el clima era insoportable y la idea de escuchar a alguien narrando sus problemas familiares era algo que no queríamos hacer. Pero una vez comenzado su relato, su expresión se volvió sombría, sus ojos se perdieron en el vacío y cuando hablaba parecía hacerlo de manera automática, por mera inercia… En un día normal, Santiago se dirigía a su casa después de haber concluido las clases. Se encontraba tonteando por las calles cuando, según él, un fuerte sentimiento lo hizo ir a un parque que se encontraba cerca de donde estaba. Al llegar, simplemente no supo qué hacer, así que comenzó a caminar por la pista que normalmente utilizan los ciclistas. Después de caminar un rato, se dio cuenta de que, aunque las clases habían terminado hacía un rato, no había ningún adulto o niño en el parque. Mientras sus pensamientos se alborotaban debido a tan extraña soledad, se dio cuenta de que, un poco más delante de donde estaba parado, había algo similar a una carriola. Tardó unos momentos en decidir, pero al final se acercó. Era una carriola de color negro, y conforme se iba acercando comenzó a escuchar lo que parecían ser unos balbuceos de bebé. Al encontrarse a tan sólo unos pasos, se detuvo en seco: ¿por qué se encontraba un bebé solo en medio del parque?, pensó, ¿que acaso no tenían miedo de que se lo llevaran? Mientras estas preguntas invadían su mente, una pequeña mano se asomó por la carriola, impulsándolo a asomarse dentro de ésta. Lo que vio fue un pequeño niño, balbuceando, pataleando, nada extraño en sí. El niño parecía estar jugando con algo, un pequeño objeto redondo y de color plateado; estaba tan absorto en su juego que no se había percatado de que Santiago estaba ahí. —No tengo idea de si fueron minutos u horas los que estuve viendo al bebé jugar, por un momento mi mente incluso quedó en blanco —comentó Santiago—. Cuando por fin me di cuenta, el bebé había dejado de hacer ruidos y me miraba fijamente. Los ojos del infante se apartaban de Santiago, su mirada era inquisitiva, curiosa, como si estuviera viendo a un extraño bicho o animalito. Finalmente, en un movimiento muy rápido (tal vez demasiado rápido para un bebé), el niño le extendió la mano en la que tenía aquel objeto plateado, que resultó ser una tapa de refresco; pero al parecer tenía algo escrito en ella. Después de dudarlo, Santiago la tomó, y al hacerlo el bebé nuevamente perdió interés en él y retomó su juego. Santiago leyó la inscripción de la tapa y su asombro no encontró cabida a lo que estaba viendo, la tapa tenía la leyenda ganadora de un concurso de la refresquera, cuyo premio —que Santiago había visto en algún momento en un comercial de televisión— era una camioneta totalmente nueva. Mi compañero no podía creer su suerte, ¡un bebé le acababa de regalar una camioneta nueva! Observó de nuevo a su alrededor en busca de otra persona, pero no vio a nadie. Comenzó a alejarse de la carriola, primero caminando y luego casi corriendo, pero un momento después se detuvo en seco: ¡no podía dejar al bebé solo a medio parque! Cuando se dio la vuelta, vio cómo una mujer se inclinaba sobre la carriola y levantaba al bebé, mientras que el pequeño reía y sonreía al ver a la mujer que sacaba un biberón para luego dárselo. —Parecía ser su madre o niñera, así que pensé que estaría bien —dijo Santiago. Ya a esta altura, muchos nos habíamos olvidado de la clase por completo; incluso el profesor parecía muy intrigado por el resto de la historia. Así pues, Santiago continuó—. En ese instante la señora levantó la mirada y me vio; al notar que yo también la veía, me sonrió y saludó con la mano, y después tomó la carriola y se fue. Al parecer no notó que le faltaba aquel pequeño objeto plateado con el que jugaba el pequeño. Santiago se encontró perdido por un segundo, no sabía qué hacer. Finalmente, comenzó a caminar muy aprisa hacia su casa, sin volver a mirar atrás. Al llegar a su casa botó la mochila al piso y buscó a sus padres, su mamá se encontraba lavando los platos, mientras que su papá intentaba arreglar una pata suelta del sillón de la sala. En este punto muchos de mis compañeros y yo pensamos que oír el resto de la historia sería inapropiado, pero, de nuevo, nadie detuvo a Santiago. El joven les dijo a sus padres acerca de la tapa, pero omitió todo lo relacionado con la extraña señora y el bebé; hasta la fecha no sabe por qué. Su padre no tardó mucho en sugerir que reclamaran el premio, pero su mamá se sintió un tanto insegura con todo el asunto. El padre de Santiago tardó tres días para poder convencer a su esposa y que así pudieran reclamar el premio. Juntos, Santiago y su papá llamaron a la refresquera y, después de solicitar algunos datos inscritos en la tapa de refresco, corroboraron que en efecto era una de las tapas premiadas. Pasaron otros dos días hasta que la camioneta por fin llegó a su casa; era enorme y de color azul marino, un vehículo impactante a la vista. Todo fue euforia al principio, el ganar un premio de tal magnitud era sin duda algo para celebrar; su padre estaba increíblemente feliz e incluso su madre se alegró una vez recibida la camioneta. Pero como ustedes se imaginarán, pequeños eventos comenzaron a suceder. Al principio no eran más que ruidos lejanos (como si alguien arrastrara alguna silla), así como esa sensación de que alguien te observa, eventos que uno va pasando por alto por considerarlos comunes. Sin embargo, todo fue empeorando poco a poco, y ya no sólo eran ruidos a lo lejos, sino que había cosas que cambiaban de lugar, platos que caían de sus estantes sin que al parecer nadie los tocara. A aquella sensación de ser observado se le sumaron pequeños susurros que no venían de ninguna parte. —En una ocasión, estaba en el baño cepillando mis dientes para poder ir a la escuela, y cuando me estaba enjuagando la pasta dental, escuché un susurro que dijo, «¿Ya te vas?». Me asomé al pasillo pero no había nadie, y mis padres estaban en el piso de abajo, por lo que no pudieron ser ellos. Después de eso salí de la casa, no tenía ganas de hablar con nadie, así que no le dije nada a mis papás. En ese momento del relato, volteé a ver al resto del salón y me encontré con otros compañeros que hacían lo mismo, volteaban a su alrededor desorientados, como si acabaran de despertar repentinamente de un sueño o un aletargamiento. Todo fue extraño por un instante, sólo Santiago se encontraba de pie junto a su butaca, en tanto que todos los demás (incluido el profesor) nos encontrábamos sentados, con la expresión tensa, rígida, parecía que estábamos en algún tipo de trance. —El clima que se percibía en mi casa comenzó a tornarse pesado, tétrico… en pocas palabras, tenebroso… —continuó Santiago. Sus padres parecían estar de mal humor con más frecuencia, toda pequeña discusión se convertía con alarmante facilidad en una pelea verbal muy agresiva. En una ocasión su padre estuvo a punto de golpear a su madre, pero se logró controlar de último momento. Otro día, su madre se enojó tanto con Santiago que, después de gritarle, arrojó un vaso que por poco golpea al chico en la cabeza. Los pleitos familiares estaban subiendo de tono con cada día que pasaba, y en algún momento la palabra «divorcio» salió en un grito histérico de la boca de la madre de Santiago. »Y después… todo simplemente se fue al caño cuando recibimos aquella llamada —dijo mientras un escalofrío que lo hizo temblar recorría su cuerpo. Nos contó que, una mañana, el teléfono comenzó a sonar, y cuando él contestó una voz extraña le dijo, «¿Qué te pareció mi regalo? ¿Lo estás disfrutando?». Cuando le hizo estas preguntas soltó una carcajada que lo aterrorizó. Santiago colgó el teléfono sin decir nada, sentía cómo se le helaba la sangre; al ver su rostro su madre le preguntó quién había llamado, Santiago le respondió que se habían equivocado de número, pues sintió que no debía contarles acerca del bebé o de la tapa de refresco, acerca de nada. La llamada dejó en Santiago un sentimiento de inseguridad y preocupación, ¿había sido un error terrible el haber tomado la tapa aquel día?, ¿o simplemente era una broma enfermiza de algún desquiciado anónimo? Él no quería aceptar la idea de que aquel maravilloso premio era en realidad un artefacto que estaba trayendo desgracias e infortunios a su familia. Debía de ser un error, un simple y común error, pero ¿cómo estar seguro? Debía verificar la camioneta, comprobar que no había nada de malo en ella, pero debía hacerlo cuando sus padres no lo vieran, o de otra forma sospecharían que algo sucedía y no dejarían de bombardearlo con preguntas tontas y sin sentido. Así pues, esperó hasta una tarde en la que sus padres salieron a hacer algunos mandados para acercarse a la camioneta. El vehículo estaba estacionado en una pequeña cochera improvisada que la familia anteriormente utilizaba como bodega, tenía una cortina de aluminio que daba hacia el exterior y su padre había colocado dos bloques cortados en forma de triángulo al final de la banqueta para que sirvieran de rampa al automóvil a la hora de sacarlo a la calle. Santiago se acercó con cautela a la camioneta, era imponente, pero no vio nada extraño en ella, solamente un vehículo como todos aquellos que circulaban en la calle en ese instante. No había forma de que estuviera embrujada o maldita o algo, ¿o sí? Santiago abrió la puerta del conductor y se sentó frente al volante; al instante se sintió diferente, más grande y… ¿sería eso? Sí, lo era: con algo de poder. Estaba centrado en sus pensamientos cuando, de repente, la puerta se cerró de golpe. Santiago intentó abrirla, pero aunque no tenía el seguro puesto, la puerta no se abría. Después escuchó una risa y dejó de empujar la puerta; había vuelto a escucharla, pero ¿de dónde provenía? La risa se escuchó una vez más, sólo que esta vez la acompañó un estruendoso golpe a la puerta del conductor, sobresaltando a Santiago, quien intentó abrir de nuevo la puerta sin éxito alguno. Se dirigió hacia la puerta del copiloto y ésta sí se abrió, pero en el instante que comenzó a bajar del automóvil algo le arañó la pierna derecha con suficiente fuerza como para romper sus pantalones y dejar una herida muy profunda. Santiago cerró de nuevo la puerta y quedó encerrado en la camioneta una vez más. Se volvió a escuchar la risa, seguida de unos pasos que al parecer estaban rodeando la camioneta; esa cosa estaba buscando la manera de entrar a la camioneta, de hacerle daño, de atraparlo. Tenía que salir de ahí, debía alejarse lo más que pudiera de la camioneta y decirles a sus padres que debían deshacerse de ella. Pero antes de que siquiera pudiera pensar en un plan, escuchó una voz que provenía de la parte trasera de la camioneta. «¿Estás disfrutando de mi regalo?», dijo la voz. —Estoy seguro de que era la misma persona que había hablado por teléfono —comentó Santiago. Pero al intentar voltear para ver a aquella persona, sintió como si alguien lo golpeara con una fuerza tremenda, y de pronto todo se volvió negro. Al parecer quedó noqueado por bastante tiempo, ya que fueron sus padres quienes lo despertaron. Su padre lo había encontrado desmayado en la camioneta, y lo llevó dentro de la casa para acostarlo en el sillón de la sala. Santiago se sentía débil, todo su cuerpo estaba adolorido y su cabeza parecía que estaba a punto de explotar. Su madre entró a la sala con una taza de té y se sentó junto a su hijo. Ambos le preguntaron al chico qué había sucedido en la cochera, y éste se limitó a ver sus piernas con el pantalón intacto, como si nunca hubiera sucedido aquel evento; pero al levantarlo, ahí estaban. Justo donde sintió el arañazo en aquel momento, tres marcas largas y profundas recorrían su pierna como un recordatorio imborrable de aquella terrible pesadilla. Al ver las marcas su madre ahogó un grito y su padre le preguntó de nuevo qué había sucedido (al parecer no había encontrado nada en la camioneta, ni sangre o abolladuras). Santiago comenzó a contarles la historia de cómo había obtenido aquella tapa premiada… …Pero antes de que pudiera continuar con su historia, el timbre de salida sonó estrepitosamente, lo que sobresaltó a casi todos en el salón de clases. Por un momento olvidé por completo que nos encontrábamos en la escuela, y creo que le sucedió a varios de mis compañeros, hasta el profesor quedó totalmente inmerso en la historia, sin interrumpirla e incluso estaba sentado detrás de su escritorio. Salimos del salón sin hacer ruido alguno, parecía que habíamos salido de un trance. Nadie pronunció palabra alguna acerca de la historia, y al final, cada individuo se dirigió a su hogar por separado. En los días siguientes nadie volvió a mencionar aquella historia, nadie se atrevió a preguntarle a Santiago qué había sucedido luego de mostrar aquellas terribles heridas, hasta que un día, él dejó de asistir a la escuela. Según me enteré días después, se había mudado con sus padres y habían abandonado su casa junto a varias de sus pertenencias, y entre ellas, se rumorea, estaba la camioneta. Un día llegué a mi casa, y al entrar a la sala, me encontré a mi abuelo leyendo un viejo libro en el sillón y me senté junto a él. Mi abuelo siempre me ha contado anécdotas extrañas y un tanto tenebrosas de eventos que le han ocurrido a lo largo de los años, así que empecé a contarle aquella historia, aquel «golpe de suerte maligno». Mi abuelo escuchó atentamente toda la historia, y una vez terminada, me contó otra historia, un evento que no le sucedió a él, sino a su amigo más cercano… Pero creo que esa historia la contaré otro día. De momento estoy cansado, rendido… y tengo la sensación de que, estando frente al monitor escribiendo esto, alguien me está observando…

0
0
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.