teito
Usuario (Argentina)
Entender una mujer es más difícil que entender a un hombre dado que ni siquiera una mujer puede entender a una mujer. Por el contrario, un hombre, mejor se entiende con un hombre. Para argumentar esto basta con dar un pequeño ejemplo, las peleas. Varían en cantidad y calidad pero es sabido que las chicas se pelean más que los chicos. Una mujer siempre encuentra un motivo para enojarse, ofenderse o gritarse con una amiga. ¿Será que son más sensibles? ¿Manejan otros niveles de susceptibilidad? El hombre es más sencillo para las amistades. La base de la amistad es entenderse y pasar un buen rato juntos, no se busca competir. Es una relación equilibrada donde cada uno aporta lo suyo. Los roles están distribuidos y conviven en perfecta armonía. Vos sos el gracioso, yo el deportista, vos el que tiene todas las minas y él cuenta las buenas anécdotas. Un hombre no se ofende, ni siquiera conoce esa palabra. Un hombre te manda a la mierda. Y te manda en el momento, en la cara, con dos palabras o como mucho te da una trompada que da lugar a un tonto juego de manos que termina en un fuerte abrazo. Las mujeres suelen decir que los hombre son más fríos, que no se cuentan nada. A lo que un hombre responderá “si yo me peleo con mi novia, voy a estar muy triste y para esa tristeza es mejor un partido de fútbol o una playstation que juntarme con los chicos a hablar mal de mi ex”. Las peleas entre chicas acostumbran a pasar por distintas etapas. Lo curioso es que la pelea no se desata inmediatamente. Es algo mas bien lento, progresivo. El diccionario de la mujer podría definir a la pelea como el resultado de “ir acumulando”. Dicho en otras palabras es ir llenándose de ira, coleccionando comentarios fuera de lugar y actitudes que no caen bien. En lugar de decirlo en el momento prefieren guardarlo hasta que un día se cansan y empieza la guerra no declarada. Pasan a estar peleadas y la que se cansó de acumular y acumular no le hace saber a la otra de su enojo, sabe que se va a enterar por las demás. Así es como dejan de llamarse, de hablarse, etc. No importa cuál tenga razón, sino cuál va a dejar de lado su orgullo y hará algo por reconciliarse. De todas maneras creo que hay un montón de positivos en su manera de ser amigas. Son más constantes y cercanas. Sino fíjense en esta diferencia, las mujeres tienen una mejor amiga, los hombres no. Esto es así desde que son chiquitas. Es probable que el primer puesto pase de manos los primero años de vida, pero siempre va a haber una mejor amiga. La que más te conoce, con la que de chica compartiste tanto la ropa que el padre de ella debería haberte dado una extensión de su tarjeta de crédito. Son un grupo numeroso de amigas, pero una de ellas es tu mejor amiga. La que tanto te ayudó para conquistar a tu novio, pero que hoy le parece un boludo. Las mejores amigas no se llevan bien con tus novios y viceversa. Los mejores amigos en cambio son todos. Por lo general son grupos más numerosos, es cierto que con uno tenés un poco más de relación. Pero no es tu mejor amigo, a lo mejor de chico vivía más cerca entonces ibas más seguido a su casa, pero no se tiene un mejor amigo. Y si lo tenés no lo andás diciendo todo el tiempo a toda persona que conozcas. Más allá de todas estas diferencias lo importante es que pasan los años y los amigos tienen que seguir estando. Está bueno que uno sepa que puede contar con ellos siempre. Bueno, quizás las mujeres se necesitan un poco más. Como decíamos antes son más sensibles. Una mujer se deprime, está triste. Ellas no saben bien por qué, no hay una razón precisa. Están así, boludonas, lloran, después se ríen, no quieren que las jodán, pero quieren que les presten atención. Un día se despiertan mal y pueden seguir así una semana o dos. Cuando hablábamos de que las mujeres acumulan bronca decíamos que está conducta se daba entre amigas, pero cuidado porque este fenómeno alcanza otros escenarios. El novio o marido le preguntará una docena de veces si le pasa algo y la respuesta será la misma, “nada”. Pero un buen día, por una pavadita, algo menor, una tontería nos enfrentaremos a nuestro propio prontuario. Una larga lista de reproches, entendibles o no, caerán sobre nuestra conciencia, todos de golpe sin dar lugar a la más mínima reacción. Los problemas en la pareja, las dudas existenciales por parte de ellas es uno de los misterios más desconcertantes que puede llegar a vivir un hombre. Los primero síntomas aparecen cuándo uno nota que están algo molestas. Tampoco se sabe con qué, pero las reacciones son algo articuladas, se brotan por detalles que otras veces hubieran pasado desapercibidos. - No me gusta esa camisa que te pusiste - Pero si la elegimos juntos - Bueno, pero ahora no me gusta. ¿Es la camisa? No, no es la camisa. Algo anda pasando por esa cabecita y es ahí cuando hay que estar más atentos. Digamos que tenemos dos problemas. El primero, qué le pasa a esta mina y el segundo, cómo lo soluciono. Lo más natural es que uno empiece a hacer de todo por la relación. Tratar de complacerla, darle todos los gustos, ser más atento, más chistoso, proponer cosas para hacer. ¡No lo hagas! Es peor. Cada uno de tus actos será usado en tu contra. “¿A tomar algo? ¿a dónde? No, dejate de hinchar, ¿no ves que estoy cansada?”. Cuánto más hagas, peor va a ser. Vas a empezar a caer como una catarata y un día tus sospechas se harán realidad. Ella no sabe por qué, pero no está bien. - “Así no puedo seguir” – “Así ¿cómo?” – “Así”. Sin entender bien qué hiciste para lograrlo perdés a tu pareja y bajo el conocido “¿quién entiende a las mujeres” te mandas a mudar. Unas semanas después, cuando se le pase todo vuelve a la normalidad y vos nunca vas a saber que pasó en el medio. ¿Se enamoró de otro? ¿Tuvo un brote de adolescencia y salió a bailar todas las noches? ¿Le estoy dedicando poco tiempo? ¿Me volví feo? ¿Tengo que adelgazar? Basta, no sigas, no te hagas más preguntas porque no tiene sentido. La respuesta es una interminable lista de “puede ser” que no llevan a nada. Lo recomendable en estos casos es sentarse a esperar a que ella se aburra de no saber que le pasa y se le pase. La primera vez en la mujer ya todos sabemos que es muy especial. No puede ser cualquier cosa. Al hombre poco le importa y cuánto antes y más fácil mejor. El hombre es más abierto en ese aspecto, sin embargo a la hora de fijarse en el sexo opuesto es más predecible. Se fija primero en lo de afuera y si pasa ese filtro la mirada está puesta en otros detalles. Los de adentro, los que todos ya conocemos. La mujer es distinta, es cierto que tiene que haber algo de belleza en el otro como para que les resulte atractivo. Sin embargo una canción de Patricio Rey y sus redonditos de ricota dice “las minitas, aman los payasos y la pasta de campeón”. Yo creo que es acertada esta observación del Indio Solari ya que nada dice sobre si tenemos que ser lindos o feos. Un feo con alguna de estas características: gracioso, divertido, inteligente, carismático, intelectual, caballero se vuelve interesante. Es alguien al que les gustaría conocer más. “A ver que tiene este tipo para decir”. No se si es complejo de Edipo o no, pero las chicas tienden a buscar un hombre que las adopte, que las cuide. Alguien a quién poder mirar embobadas y escucharlo hablar. Disfrutar ese momento sin decir nada. De esta manera es como el cuento de cenicienta se da vuelta. El hombre después de las doce se convierte en lindo. Esa panza es pancita y ese pecho peludo es el de un osito. La nariz le da personalidad y esa camisa ridícula tiene onda. A lo mejor sea una opinión muy personal, pero la mujer elige al hombre y no al revés. Para ir terminando podemos concluir en que las mujeres obviamente no son todas iguales, que en cada una hay un mundo por descubrir, y que no es nada fácil. Por suerte no hay un manual que las defina, porque si lo hubiera perdería la gracia. Nos gustan así, difíciles, complicadas, inalcanzables. A una mujer no se la conoce o deja de conocer de un momento a otro, se la conoce todos los días. Sin ellas nuestra vida no tiene sentido. A continuación algunos tips que intentan acercarse un poco más a la mujer. No todas las mujeres entran en todos y cada de uno de ellos, pero seguramente encuentres mas de uno en el que te veas reflejada UNA MUJER: Le gusta más la ropa que se compra la amiga. Condimenta con mayonesa. Siempre tiene frío. Los hombres muy lindos, son feos. Se lava mucho los dientes. No dice rojo, dice colorado. Pregunta como era el vestido de la novia en un casamiento. En los colectivos prefiere sentarse al lado de otra mujer. Agarra el choripan con las dos manos. Ama el helado. Cuando cambia de canal mueve el control remoto como si fuera a salir un rayo. Cuando baila canta las canciones. Los días húmedos se recoge el pelo. Prefiere que la carne esté bien cocida. Cuando abre la puerta se fija como estás vestido. Lleva abrigo a la playa. No cuenta chistes. Su jefe es un baboso. Mira por el espejo retrovisor, acto seguido se acomoda el pelo. Pide empanadas de verdura y su preferida es la de jamón y queso. Tira los chicles en el cenicero. Hace camisetas de fútbol con la tapa de las marquillas de cigarrillo. En una charla de café tiene que tener algo en la mano y despedazarlo. En invierno se depila menos. Llora en el baño. Controla la dieta de su novio o marido. Se emociona en los casamientos aunque no conozca a los novios. Es cierto que tienen un sexto sentido. Juan Ignacio Bruzzo Más textos en http://elproblemaesquenadieentiendenada.blogspot.com/
Es muy poca la gente que lo hace. O es mucha, pero no siempre me doy cuenta. Con una característica como ésta seguramente sean personas que les gusta hablar. No sé si mucho o poco, pero cuando lo hacen se lo toman en serio. Son esas personas que mientras hablan, cada tanto te tocan. El brazo, el hombro, la espalda, la rodilla, depende quién, pero te tocan. A mi no me molesta tanto, pero no por eso deja de llamarme la atención. Y más que preguntarme el por qué, me da curiosidad saber si ellos saben que lo hacen. ¿Se lo habrán hecho notar alguna vez? Para mí que no lo saben. Me parece que esas cosas no se dicen. Capaz por miedo a herir o porque no vale la pena. Como no es grave, por qué traumarlos por algo tan pequeño. Entonces ellos no se enteran que lo hacen y lo siguen haciendo. Frente a este tipo de situaciones siento lo que llaman vergüenza ajena. Como cuando alguien tiene un moco que se asoma. Me pone incómodo, siento que lo tengo yo. No se lo quiero decir porque como dije antes, no lo quiero hacer sentir mal. Entonces lo mejor que se me ocurre es mirarlo lo menos posible y así siento que se lo saco. Es mi manera de ayudar. Y cuando se da cuenta que lo tiene y chequea si lo descubrí, rápidamente miro para otro lado absolviéndolo de todo tipo de pudor. Alguna vez me pasó estar frente a un espejo, descubrir uno y pensar ¿hace cuánto que lo tengo y cuánta gente lo habrá visto? Volviendo a este fenómeno, te toco cuando hablo y haciendo una lectura más superficial del tema <SEGUÍ LEYENDO> LEÉ MÁS MONÓLOGOS EN: EL PROBLEMA ES QUE NADIE ENTIENDE NADA
¡MAL VENIDO! Cuando llego a un lugar no puedo evitar sentir el peso de ser el recién llegado. Todos ustedes que están hoy acá, en esto de estar acá, son mejores que yo. Subo a un colectivo y también soy un recién llegado. Mientras pongo las monedas los voy a ir mirando a todos y saludando mentalmente. Siento que les llega mi saludo, pero lo que noto de su parte es un aire sobrador. Como un: "¡Uf! ¿recién llegás? Acá nosotros estamos hace rato largo. Y solo por eso, somos mucho más que vos. Y vos mucho menos si se trata de una fila. Porque sos el último, literalmente. Estás atrás de todos, como si fuera una carrera. Perdiste. En un consultorio también sos el último al que van atender, pero después de un rato quedamos todos en la misma situación. Estamos sentados en sillas o sillones que no siguen un órden de llegada. En las reuniones sociales ser el último te condiciona mucho a la hora de servirte unas papitas, una cerveza o lo que sea. Tenés que esperar. No hay un tiempo establecido, es un rato, no sé cuánto. Nadie sabe, un rato. Además primero tenés que contestar una serie de preguntas. A todo el que llega le hacen preguntas. ¿Dónde dejaste el auto? ¿Hace cuánto que no nos vemos? ¿Viniste solo? ¿Por qué llegaste a esta hora? Por supuesto que es una sensación y mía, pero claramente estaba pasando algo bueno antes de que yo llegue. En el colectivo yo soy el nuevo, el recién llegado, el que todavía no sabe que en el último asiento vomitó un bebé o alguién derramó alguna bebida. Soy el que todos miran, el que todos estudian. El que tiene que elegir un asiento y ustedes me juzgarán por dónde me siento. Si es al lado de la chica linda, soy un pajero y al lado de un señor, lograré que piense, "nene, sentate con la pibita". Si es al lado de algún hombre más o menos de mi edad, ¿soy gay que no me senté al lado de la chica? <<SEGUI LEYENDO>> MÁS RELATOS EN: EL PROBLEMA ES QUE NADIE ENTIENDE NADA
Me pasó muchas veces, cuando era chico, de ir a jugar a la casa de algún amiguito y sin querer romperle algún juguete. ¡Lo juro! fue siempre sin querer, pero me pasó más de una vez. Aprovecho ahora para pedirles perdón a todos ellos. Busquen en su memoria, en su pasado y si alguna vez no entendieron cómo se rompió alguno de sus juguetes, quiero decirles que fui yo. Cosas que pasan, no lo hice a propósito. Es una sentimiento horrible mezclado con algo de injusticia, uno está jugando y en un exceso de diversión el juguete muere en mis manos. La mayoría de las veces el dueño de casa no se da cuenta del infortunio. Entonces el miedo invade mi cuerpo. Y ahora ¿quién podrá defenderme? ¿Qué hago? Si tuviera plata, te compro dos si querés, pero ya cambié todos los dientes, ¡estoy quebrado hermano! Así que bueno... voy a tener que esconder la evidencia. Espero que nadie me mire y como dice mi mamá; lo dejó donde lo encontré, lo arreglo, pero no lo arreglo. Lo disimulo. Está ahí... a punto de romperse. El próximo que apenas se acerque lo rompe. Yo, pequeño argentino. A mi amigo no le va a pasar nada grave y si no es de cuidar sus juguetes no le va a doler tanto. Si no lo rompía yo, lo rompía él. Y si por el contrario mantiene bien sus juguetes, ya está en edad de saber que por más que uno se esfuerce, las desgracias suceden. Si lo pensamos un poco este desenlace es el menor de los daños. Que a vos se te rompa un juguete está dentro de los parámetros, pero si lo rompo yo, en casa ajena… que no conozco cómo es el régimen de penitencias, no está bueno. Me reta tu mamá y después se entera la mía y lo hace también. Son dos retos al precio de una travesura, me parece un poco mucho. Y que lo que rompa sea un juguete es lo mejor que me puede pasar, imaginate romper de un pelotazo un televisor, un vidrio o un adorno. Analizándolo en frío descubrí que no es todo culpa mía. Tus juguetes están tan buenos que creo que no era yo el que estaba ahí. Jodete si tus soldados de juguete hacen que corra en mí una adrenalina tal que me lleva a agarrarlos tan fuerte y hacerlos pelear tan al límite. LOS GI-JOE. LOS AMABA! Otra vez, fue sin querer, no se lo cuentes a nadie. Si los demás se enteran que te rompí un juguete no me van a invitar a sus casas a jugar nunca más. No quiero pasar el resto de la primaria limpiando mi imagen, no estoy preparado para esto. Te lo arreglaría, pero no te lo recomiendo. No te imaginás las veces que abrí juguetes para arreglarlos. Mi experiencia en desarmar un juguete es hacerlo para siempre y en el caso que pueda volver a armarlo me van a sobrar un montón de piezas que nunca sabré de dónde salieron. Hagamos una cosa, hablá con tu mamá, parece más macanuda que la mía, y decí que fuiste vos y cuando vengas a jugar a mi casa te presto las Barbies de mi hermana para que cobres venganza. VISITÁ MI BLOG Y LEÉ MÁS TEXTOS: http://elproblemaesquenadieentiendenada.blogspot.com/

Me pasó muchas veces, cuando era chico, de ir a jugar a la casa de algún amiguito y sin querer romperle algún juguete. ¡Lo juro! fue siempre sin querer, pero me pasó más de una vez. Aprovecho ahora para pedirles perdón a todos ellos. Busquen en su memoria, en su pasado y si alguna vez no entendieron cómo se rompió alguno de sus juguetes, quiero decirles que fui yo. Cosas que pasan, no lo hice a propósito. Es una sentimiento horrible mezclado con algo de injusticia, uno está jugando y en un exceso de diversión el juguete muere en mis manos. La mayoría de las veces el dueño de casa no se da cuenta del infortunio. Entonces el miedo invade mi cuerpo. Y ahora ¿quién podrá defenderme? ¿Qué hago? Si tuviera plata, te compro dos si querés, pero ya cambié todos los dientes, ¡estoy quebrado hermano! Así que bueno... voy a tener que esconder la evidencia. Espero que nadie me mire y como dice mi mamá; lo dejó donde lo encontré, lo arreglo, pero no lo arreglo. Lo disimulo. Está ahí... a punto de romperse. El próximo que apenas se acerque lo rompe. Yo, pequeño argentino. A mi amigo no le va a pasar nada grave y si no es de cuidar sus juguetes no le va a doler tanto. Si no lo rompía yo, lo rompía él. Y si por el contrario mantiene bien sus juguetes, ya está en edad de saber que por más que uno se esfuerce, las desgracias suceden. Si lo pensamos un poco este desenlace es el menor de los daños. Que a vos se te rompa un juguete está dentro de los parámetros, pero si lo rompo yo, en casa ajena… que no conozco cómo es el régimen de penitencias, no está bueno. Me reta tu mamá y después se entera la mía y lo hace también. Son dos retos al precio de una travesura, me parece un poco mucho. Y que lo que rompa sea un juguete es lo mejor que me puede pasar, imaginate romper de un pelotazo un televisor, un vidrio o un adorno. Analizándolo en frío descubrí que no es todo culpa mía. Tus juguetes están tan buenos que creo que no era yo el que estaba ahí. Jodete si tus soldados de juguete hacen que corra en mí una adrenalina tal que me lleva a agarrarlos tan fuerte y hacerlos pelear tan al límite. LOS GI-JOE. LOS AMABA! Otra vez, fue sin querer, no se lo cuentes a nadie. Si los demás se enteran que te rompí un juguete no me van a invitar a sus casas a jugar nunca más. No quiero pasar el resto de la primaria limpiando mi imagen, no estoy preparado para esto. Te lo arreglaría, pero no te lo recomiendo. No te imaginás las veces que abrí juguetes para arreglarlos. Mi experiencia en desarmar un juguete es hacerlo para siempre y en el caso que pueda volver a armarlo me van a sobrar un montón de piezas que nunca sabré de dónde salieron. Hagamos una cosa, hablá con tu mamá, parece más macanuda que la mía, y decí que fuiste vos y cuando vengas a jugar a mi casa te presto las Barbies de mi hermana para que cobres venganza. VISITÁ MI BLOG Y LEÉ MÁS TEXTOS: http://www.elproblemaesquenadieentiendenada.blogspot.com/