sir_rodrigogl
Usuario (México)

Antes que nada les quiero presumir que este es mi primer post en aparecer en la pagina de inicio Ahora sí, vayamos al post.... SOBRE EBRIEDAD El sobrio no debe ser confundido con el abstemio, porque el primero es racional con o sin drogas, mientras el segundo sólo lo es sin ellas. El prohibicionismo en materia de drogas es -cada vez más- un remedio que agrava el mal en lugar de evitarlo; su vigencia sostiene imperios criminales, corrupción, envenenamiento con sucedáneos y meros venenos, hipocresía, marginación, falsa conciencia, suspensión de las garantías inherentes a un Estado de derecho, histeria de masas, sistemática desinformación y -cómo no- un mercado negro en perpetuo crecimiento. Los millones de personas que mueren o son encarceladas, chantajeadas y expropiadas cada año en el mundo y los muchos millones más expuestos cada día a semejante suerte no son un argumento pequeño; súmese a ello la atrocidad de que mueran o yazcan retorcidos por dolores perfectamente remediables un número todavía superior de personas y tendremos un cuadro realista de la situación. sir_rodrigogl! Pero el cambio de esa pesadilla -la ley vigente- no sólo promete evitar de inmediato muchas cosas indeseables como la sobredosis accidental o involuntaria-, sino promover algunas deseables, empezando por la moderación misma. Aunque parezca imposible un mundo sin drogas, hay quien piensa que seria lo idóneo; tiene demasiado cerca la ganda prohibicionista para observar que las sustancias psicoactivas no se inventaron para hundir al ser humano, esclavizándole y mutilando su dotación orgánica, sino para ayudarle a sobrellevar desafíos vitales, mejorando su autocontrol y en definitiva, su libertad y su dignidad personal. sir_rodrigogl! La guerra a las drogas es una guerra a la euforia autoinducida y delata miedo al placer. El sufrimiento, tan común, coge a todos preparados y no suele exigir pedagogos; pero el placer -especialmente si se presume intenso- demanda una protección, que pedagogos oficiales se encargan de impartir por las buenas o por las malas, normalmente por las malas. Nada más oportuno entonces que recordar el concepto clásico de euforia así como la idea que otras culturas tuvieron y tienen de la ebriedad. sir_rodrigogl! Hacia el siglo VI antes de Cristo, Hipócrates -creador de la medicina científica- recomendaba dormir sobre algo blando, embriagarse de cuando en cuando y entregarse al coito cuando se presente ocasión. Preconizaba opio para tratar la histeria y concebía la euforia (de eu-phoria: ánimo correcto) como algo terapéutico. Para él, como para Teofrasto y Galeno, las drogas no eran sustancias buenas o malas, sino espíritus neutros, oportunos o inoportunos atendiendo al individuo y la ocasión. sir_rodrigogl! Durante la era pagana, el vino y las bebidas alcohólicas son las únicas drogas que sugieren degradación ética e indigna huida ante la realidad. Ecos del reproche se remontan al primer imperio egipcio, prosiguen en la vieja religión indoirania y llegan a la cuenca mediterránea como dilema: ¿Quiso Dioniso-Baco regalar a los mortales algo que enloquece o algo que ayuda a vivir?. Los usuarios de cualesquiera otras droga no interesan para nada al derecho ni a la moral y cometeríamos un error creyendo que eran escasos. En la Roma de Augusto y Tiberio, por ejemplo, había casi 900 tiendas dedicadas de modo exclusivo a vender opio, cuyo producto representaba el 15% de toda la recaudación fiscal y el opio era una mercancía estatalmente subvencionada, como la harina, para impedir especulaciones con su precio; sin embargo, no hay palabra en latín para opiómano, mientras se acercan a la docena las que nombran al alcohólico y ni un solo caso de adicto al opio aparece mencionado en los anales de la cultura grecorromana. Lo mismo debe decirse de quien usa marihuana, hachís, beleño, daturas, hongos visionarios y demás drogas antiguas. sir_rodrigogl! Las raíces del mundo occidental coinciden con las de otras innumerables culturas en un concepto a la vez profundo y claro de la ebriedad -alcohólica o no-, que en definitiva apunta a un acto de júbilo y abandono, pues -como señalara Nietzsche- es el juego de la naturaleza con el hombre. Filón de Alejandría, padre de la corriente jónica vincula la palabra griega para ebriedad (methe) con el verbo methyeni, que significa soltar, permitir y define al ebrio como quien se adentra en liberación del alma. Platón, su maestro, no ignoraba que el ebrio puede caer en patosería, aturdimiento, avidez y fealdad, pero defendió vigorosamente el entusiasmo ebrio como antídoto para aligerar la tirantez del carácter y sus ropajes rutinarios, que suscita la interioridad original y aquella inocencia donde pueden aparecer a una nueva luz las cosas. Como resumiría mucho más tarde Montaigne, los paganos aconsejaban la ebriedad para relajar el alma. sir_rodrigogl! De ahí que el ideal grecorromano no fuese la sobriedad, sino la sobria ebrietas, la ebriedad sobria que faculta para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades. El sobrio no debe ser confundido con el abstemio, porque el primero es racional con o sin drogas, mientras el segundo sólo lo es sin ellas; uno puede penetrar en los pliegues de la desnudez y el otro ha de rehuirlo para no avergonzarse ante los demás y ante su propia conciencia. sir_rodrigogl! Esta constelación se derrumba al triunfar el cristianismo, que no sólo combate los cultos orgiásticos y extáticos de la religión pagana -apoyados casi siempre con drogas de tipo visionario- sino la propia medicina hipocráto-galénica, en nombre de remedios mejores como exvotos, santos óleos y agua bendita; el saber farmacelógico antiguo,será destruido y se perseguirá como crimen de lesa majestad la eutanasia, que hasta entonces había sido considerada un signo de excelencia ética. El uso médico, moral, sacramental y recreativo de drogas distintas del vino constituye apostasía, desprecio por la fe verdadera. Los dispersos restos del saber previo quedan al cuidado de curanderos y curanderas y la persecución de estos focos acabará suscitando una cruzada contra la brujería, que, por estructura y métodos, es un calco de la actual guerra a las drogas. sir_rodrigogl! Para terminar les recuerdo que Europa recobró la farmacología científica -y libertad para hacer uso de ellas- cuando aparecieron las primeras fisuras graves en la monolítica unidad de la Iglesia y el Estado y que desde el siglo XVII hasta el actual concibió las drogas otra vez al modo pagano, confiando en ellas como buenos remedios cuando se usaban sensatamente y restaurando como orientación Ia sobria ebriedad. Les recuerdo que el afán prohibicionista, nacido en Estados Unidos y promovido por este país al ritmo en que iba alzándose al rango de superpotencia, es una iniciativa de misioneros y círculos puritanos, pensada expresatmente -en palabras del reverendo Wilbur S. Crafts, director del lnternational Reforin Bureau en tiempos de T. Roosevelt- para celebrar el segundo milenio de égida cristiana sobre el planeta. sir_rodrigogl! La cruzada contra las drogas ha tenido y tiene el mismo efecto que la cruzada contra las brujas: exacerbar hasta extremos inauditos un supuesto mal, justificando el sádico exterminio y el expolio de innumerables personas, así como el enriquecimiento de inquisidores corruptos y un próspero mercado negro de lo prohibido, que en el siglo XVI era de ungüentos brujeriles y hoy es de heroína o cocaína. No quebrantaremos el círculo vicioso de la cruzada sin sustituir las pautas de barbarie oscurantista por un principio de ilustración. Las drogas son cosas que siempre estuvieron entre nosotros, que sigen estándolo y que van a continuar así. Dado el clima de alarmismo contraproducente, donde para los jóvenes usar lo ilícito es en parte rito de pasaje hacia la madurez y en parte coartada que sugiere declararse irresponsable, nuestra alternativa es excitar un consumo irracional de productos adulterados, o apoyar un uso informado de sustancias puras. sir_rodrigogl! Demonizar las drogas sólo nos ha hecho más inermes, más crueles para con nuestros semejantes y más idiotas en sentido original, ya que idiotez nombra en griego clásico a quien delega indefinidamente en otros la gestión de aquello común y por tanto suyo. No ya nuestra salud sino la de nuestros hijos y nietos pende de que recobremos su empleo como reto ético y estético personal -atendiendo a la aventura de libertad y saber allí subyacente-, sin desoír su valor como lenitivo mejor o peor para partes difíciles del vivir y vidas amargas. A mi juicio, sólo así podrán renacer en este campo un sentido crítico y una mesura dignos de su nombre, que fueron regla antes del experimento prohibicionista.
Lucifer... La simple mención de su nombre parece evocar el olor del azufre. Se le imagina como el ángel más bello de la creación y también como el causante del mayor drama cósmico jamás ocurrido. Cuenta la leyenda que, seducido por su propio orgullo, arrastró a una gran parte de los ángeles que adoraban a Dios, provocando una rebelión cuyas consecuencias últimas son la existencia del dolor, la maldad y la muerte en el mundo. Lucifer es considerado desde entonces como el ideólogo del mal, el instigador del lado oscuro del hombre, el tentador primero. Pero su historia está llena de contradicciones, y una de ellas es la ausencia de una verdadera u oficial historia. Porque, un acontecimiento de tal magnitud, de tamaña trascendencia para el ser humano, no podía pasar desapercibido para los autores de la Biblia. En sus páginas deberíamos encontrar un relato pormenorizado del suceso y de cuáles fueron sus causas. Pero no es así. De hecho, el nombre de Lucifer ya no aparece en ninguna Biblia moderna, aunque sí estuvo presente en las antiguas. Fue borrado de la historia, pero no de la leyenda. En realidad, todo el mito moderno de Lucifer parte de un equívoco, de un simple error de traducción, de igual o menor concecuencias que el de la virgen... "Lucifer" es una palabra latina que significa "portador de la luz". Fue empleada por San Jerónimo en Ia elaboración de la Vulgata —la versión en latín de la Biblia— para traducir el término hebreo Helel (literalmente «resplandeciente») de un texto de lsaías. Fue una elección meditada, que buscaba conciliar los distintos sentidos que —según algunos— el texto hebreo parecía contener. Y es que, ya en aquella época, algunos "Padres de la Iglesia" habían creído encontrar en aquellas palabras ¡la descripción de la caída de Satanás! Hasta aquel entonces Lucifer —también conocido como Heósforo— era tan sólo un dios menor de la mitología grecorromana, un hijo de la diosa Aurora que nada tenía que ver con las tradiciones judías o cristianas. Su condición de descendiente de los dioses influyó en la elección que realizó San Jerónimo. Pero, ¿qué decía en realidad el texto de Isaías? El profeta recogía la siguiente sátira, compuesta por Yahvé evocando la derrota de su enemigo, el rey de Babilonia: «¿Cómo has caído del cielo, astro rutilante, hijo de la aurora, y has sido arrojado a la tierra, tú que vencías a las naciones? Tú dijiste en tu corazón: "El cielo escalaré, por encima de las estrellas de El elevaré mi trono y me sentaré en la montaña del encuentro, en los confines del Safón; escalaré las alturas de las nubes, me igualaré a Elyón (el Altísimo)". Por el contrario, al sol has sido precipitado, al hondón de la fosa» (Is. 14, 12-11). La Vulgata empleó la palabra Lucifer en la traducción de la primera frase: «¿Quomodo cecidisti de coelo, Lucifer qui mane oriebaris?...» Las sucesivas versiones a las lenguas vernáculas conservarían sin traducir esa palabra latina: «¿Cómo caíste del cielo, oh Lucifer, hijo de la Aurora?...» Desde entonces, Lucifer fue considerado un nombre propio. Había nacido la leyenda del ángel rebelde, el mito grecorromano resurgía, la leyenda pagana se cristianizaba y el origen del mal en el mundo había sido, por fin, hallado. Se había creado un nuevo nombre y un nuevo personaje. El mito sobreviviría luego al paso de las edades y muchas leyendas medievales se nutrirían de estas ancestrales raíces, creando relatos de gran belleza y simbolismo, pero Isaías -su autor primigenio- sabía muy poco de mitología clásica. Sus fuentes pertenecían a un ámbito cultural muy diferente y el fondo de sus palabras reflejaba un drama que nada tenía que ver con batallas cósmicas entre ángeles, pero sí de luchas entre dioses. O al menos entre hijos de los dioses... La Biblia encierra muchas sorpresas. Su estudio detallado revela circunstancias que chocan frontalmente con los dogmas establecidos con el paso de los siglos. Una de ellas se refiere a las creencias originales del pueblo judío. En un principio, aunque pocos lo sepan, Israel aceptaba la existencia de otros dioses, pero sometidos a la autoridad de Yahvé. Esa concepción coincidía, a grandes rasgos, con la que tenían los cananeos, el pueblo que habitaba gran parte de las tierras que luego serían conquistadas por Israel. La principal diferencia entre ambos consistía en que, para los primeros, ese dios principal era Yahvé, mientras que, para los segundos, era Baal. Pero Baal no era sino el hijo de otro dios llamado El, a quien sustituyó en el trono. Curiosamente, Yahvé manifiesta en la Escritura numerosas veces, su odio visceral hacia Baal, pero nunca hacia su progenitor. Sorprende que un dios celoso como era Yahvé permitiera después a los judíos utilizar esa misma palabra, «El», para designar a su persona, tal y como podemos observar en numerosos pasajes de la Biblia. ¿Por qué esa excepción con un dios de sus enemigos los cananeos? ¿Acaso se trataba de un dios diferente? Esas contradicciones han llevado a algunos exegetas a insinuar que ese dios El de los cananeos y su homónimo hebreo —también conocido como Yahvé— podrían ser en realidad el mismo dios. Hay un texto clave en el capítulo 14 del Génesis que parece confirmar tal hipótesis. Allí encontramos a dos personajes, uno judío —Abraham— y otro cananeo —Melquisedec—, que se saludan mutuamente invocando ambos al mismo dios: El-Elyón, nombre compuesto con el del dios cananeo y el superlativo «Elyón» (el Altísimo). El que tanto Melquisedec como Abraham utilizasen en su saludo el mismo nombre, no deja opción a ninguna otra explicación: ambos adoraban al mismo dios. Yahvé no era sino el nombre con el que los judíos conocerían al antiguo dios de las cananeos, y a partir de ese momento el título de «el Altísimo», utilizado hasta entonces sólo por los cananeos, pasaría también a ser empleado por los israelitas para referirse a su dios. Y si ambos dioses eran en realidad el mismo, las «leyendas» de los textos cananeos pueden también aplicarse a Yahvé. Así, por ejemplo, se dice que de los amores de ese dios con distintas mujeres nacieron varios hijos. Uno de ellos, llamado Sahar (aurora) tiene una relación directa con la historia de nuestro personaje, pues en el texto de Isaías Lucifer es llamado Helel ben Sahar por el propio Yahvé, es decir «Lucero hijo de la Aurora». Y aquí nos encontramos con la paradoja de que —en base a ese título, y según la mitología cananea— Lucifer podría ser descendiente directo, aunque no reconocido, de Yahvé. Antes de rechazar de plano tan heterodoxa idea deberíamos regresar al texto de Isaías. Allí comprobaremos cómo Lucifer pretendió «escalar el cielo y colocar su trono por encima de las estrellas de El». Se dice que en la Biblia, las estrellas simbolizan los miembros de la corte de Yahvé. Pero el texto menciona algo más: Lucifer ambicionaba «sentarse en la Montaña del Encuentro, en los confines del Safón». «Safón», en hebreo, significa «norte», pero para los cananeos, el Safón era precisamente la montaña donde moraba la divinidad. No lejos de ahí se encontraba «la Montaña del Encuentro», lugar donde los dioses tenían sus asambleas. La idea es casi universal: los griegos hablaban del monte Olimpo, en cuyo pico más alto vivía Zeus, y en su morada convocaba las reuniones con otros dioses; los hindúes mencionan el monte Meru, en cuya cumbre se hallaría la ciudad dorada de Brahma, punto de encuentro de dioses. Tales ideas, lejos de ser ajenas al pensamiento hebreo, se encuentran ratificadas en multitud de puntos de la Escritura, supervivientes a posteriores «retoques» más acordes con la ortodoxia monoteísta de los últimos siglos del judaísmo. Pero, ¿qué ocurría en la privacidad de las reuniones de Yahvé con los otros dioses? Aunque el Libro de los Salmos es bien conocido, casi nunca se repara en el revelador contenido del número 82. Allí se habla de un Yahvé orgulloso, que ostenta de nuevo la jefatura entre los dioses, dispuesto a poner las cosas en su sitio. Dice así el texto: «Elohim se yergue en la asamblea de El, en medio de los dioses juzga: ¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente y guardaréis consideración a los malvados? Haced justicia al humilde y al huérfano, vindicad al infeliz y al pobre. Rescatad al humilde y al indigente,- de manos de malvados liberadle... Yo me dije: ¡Dioses sois, e hijos de Elyón todos vosotros, sin embargo, moriréis como hombres, y como cualquiera de los príncipes, caeréis». El texto no deja lugar a dudas: los dioses juzgados, aquéllos a quien Yahvé había confiado distintas funciones, son sus propios hijos y el texto pertenece a la Biblia. Ahora bien, ¿qué funciones realizaban estos hijos de Elyón? La respuesta nos la da el Deuteronomio: «Cuando Elyón repartió las naciones, cuando distribuyó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos según el número de los Sene'El [los hijos del dios El], mas la porción de Yahvé fue su pueblo» (Deut. 32, 8-9). Es decir, cuando Yahvé comenzó tener descendencia, dividió su reino entre sus hijos, reservado para sí una parte del territorio: el que primero ocuparían los cananeos y luego Israel. Tal pudo ser el origen de muchas monarquías de aquella zona. Pero con el tiempo esos reyes dejaron de ser leales y cuestionaron la supremacía de Yahvé. Incluso su propío hijo Baal llegaría a arrebatarle el trono. Esa fue la razón por la que Yahvé planeó la invasión del territorio cananeo por el pueblo de Abraham: necesitaba que un nuevo pueblo fiel ocupase su antiguo territorio, le rindiera culto y le erigiera de nuevo en dios del lugar. Con ello recuperaría además del trono en aquella zona, el título que había perdido de «Dios de los dioses» (Jos. 22, 22). En cuanto a esos otros dioses, Yahvé no dudó ni por un momento en acabar con ellos cuando lo creyó necesario. Eso sí, les dedicó bellas palabras que recordaran su antigua magnificencia. Así, por ejemplo, ocurrió con el rey de Tiro: «Tú eras sello de perfección —evocaba Yahvé— lleno de sabiduría y de acabada belleza; en el Edén, jardín de Elohim, habitabas. Tú eras un querubín consagrado como protector. Yo te había establecido; estabas en la Santa Montaña de Elohim... hasta que se descubrió en ti la iniquidad. Se enegrió tu corazón por tu belleza, echaste a perder tu sabiduría por tu esplendor. Por tierra te he derribado... te he arrojado de la Montaña de Elohim, y te he destruido, ¡oh, querubín protector!» (Ez. 28). El rey de una nación vecina ¿invitado al jardín de Elohim? ¡Naturalmente! Tal era la prerrogativa de los dioses-reyes. Y entre ellos no podía faltar el faraón de Egipto, «creme de la creme», quien —según Yahvé— destacaba sobre todos los demás como el más grande y hermoso cedro de su jardín: «Ningún árbol, en el jardín de Elohim, le igualaba en belleza». Pero, víctima precisamente de su propio orgullo, se hizo merecedor del castigo divino: «Por haber exagerado su talla, levantando su copa hasta las nubes, y haberse engreído su corazón de su altura —continuaba Yahvé—, yo le he entregado en manos del conductor de las naciones, para que le trate conforme a su maldad; ¡le he desechado!» (Ez. 31). Vistas así las cosas, no es de extrañar que cayera también Lucifer, el rey de Babilonia. Pero aquí hay algo que no encaja: ¿por qué no era admitido en la asamblea de los dioses?, ¿acaso era diferente de los demás? Parece ser que sí. La mayoría de las dinastías reales de la antigüedad proclamaban ser descendientes de los dioses procedentes de los cielos. Así lo afirmaban, por ejemplo, los primeros faraones, los reyes babilónicos o los emperadores chinos. Pero no así los reyes asirios. Y ese parece ser el caso de Lucifer. Cuando Isaías escribió su poema, Babilonia se encontraba precisamente gobernada por reyes asirios. Y éstos, a diferencia de sus predecesores babilónicos, nunca pretendieron que su estirpe fuera de origen divino. Sin embargo, tras la muerte de Salmanasar le sucede un rey de oscuros orígenes llamado Sargón II. No era hijo de su predecesor. Presumía de un linaje mucho más noble. Se jactaba de contar entre sus antepasados con 350 reyes, entre los que incluía al asirio Elu-bani (¿? - 69l a.C.), hijo del mítico rey conquistador Adasi. Con este abolengo no es de extrañar que reclamase el mismo trato que recibían los otros reyes-dioses, pero sus exigencias nunca fueron aceptadas. Tal vez por eso juró odio eterno a Yahvé y apoyado por la fuerza de «sus señores los grandes dioses» —reza un texto desenterrado en Nínive— Sargón II arrasó la ciudad de Samaría, venciendo así a Yahvé y a los dioses que le apoyaban. Todo el reino del norte (las diez tribus de Israel) cayó bajo su dominio. Y si el Reino del sur (Judá) sobrevivió otros cien años más fue gracias a una misteriosa pero oportuna intervención del Ángel de Yahvé, que logró exterminar en una sola noche a 185.000 asirios. La acción, sin embargo, llegó demasiado tarde para los 27.290 habitantes de Samaría que, junto con el resto de los israelitas capturados ya habían sido desterrados y dispersados entre otros pueblos. Estas fueron las famosas tribus perdidas de Israel. En cuanto a Sargón II, sufrió la muerte que se merecía. Nada mencionan las crónicas asirias, salvo que «no fue enterrado en su casa». Pero el dato indica una muerte poco heroica en batalla, hecho que encajaría perfectamente con la descripción de la Biblia: «Todos los reyes de las naciones reposan con honor, cada uno en su morada -precisaba Yahvé al final de su sátira, pero tú eres arrojado lejos de tu sepulcro, como un vástago despreciable, como un cadáver pisoteado» (ls. 14, 18-19). Ese fue, con toda probabilidad, el fin de Lucifer, el rey despechado que conquistó todo en su vida menos el título de Hijo del Cielo. Sólo tuvo la gloria de arrebatar a Yahvé uno de sus reinos y poder demostrar así ante todos la vulnerabilidad del «dios de los dioses». Pero, ¿quién era ese tal Yahvé cuyo poder fue puesto en entredicho por un simple mortal? Se trataba de un «dios de raza», ligado a un territorio y a un pueblo. Uno de los muchos que «controlaban», para bien o para mal, el destino de los países. Ostentaba el cargo de «dios supremo» en las asambleas que los dioses realizaban periódicamente para tratar asuntos de estado. Y su estatus fue cuestionado. Primero fue su propio hijo Baal quien le usurpó el trono. Y luego sería el rey dé Babilonia quien pretendería desplazarle de su lugar. He ahí el Lucifer histórico, aquél a quien el tiempo y la leyenda transformarían en el «ángel que quiso ser Dios». Pero ni Yahvé ni «sus hijos» eran realmente dioses. De entrada, la más que confusa historia de Sargón sólo parece cobrar sentido a la luz de la antigua creencia sumeria según la cual ciertas «personalidades» sobrevivían a la muerte física y era posible identificarlas después de que habían tomado un nuevo cuerpo recuperando entonces la misma posición social que tenían anteriormente. Según la teoría que podría derivarse de esto, los dioses caídos del cielo que dominaron la tierra en un pasado remoto —y que la tradición judeo-cristiana recuerda como Nefilim, Hijos de Dios o Ángeles Caídos— no sólo tuvieron descendientes sino que probablemente acabaron reencarnándose en esta estirpe celeste, dotada de cualidades especiales, y establecieron las monarquías hereditarias de origen divino como una forma de perpetuar su poder terrestre. [Para más detalles sobre este mito, referirse al Libro de Enoc]. Algunas escuelas esotéricas difieren de esta visión refiriéndose a los espíritus Luciferinos como angeles que se rebelaron conttra el dios creador de nuestro sistema solar o de nuestro zona del Universo, siendo precipitados por ello a un nivel inferior, en el que "trajeron la luz" al hombre, enseñándole al hombre cómo podía dejar de ser un esclavo de los dioses y convirtiéndose en su propio dueño y señor. (algo parecido al mito de Prometeo) Dichos seres incorpóreos representados en diversas tradiciones como serpientes, hicieron esto con el propósito de utilizar el cerebro del hombre para adquirir conocimiento, despertando en en él individualidad y la conciencia, pero arrojándole al tiempo en brazos del sufrimiento y la enfermedad. Para las más diversas corrientes metafísicas y esotéricas, el nombre de Lucifer personifica una poderosa realidad invisible que trasciende su estricto significado etimológico y encarna el espíritu de rebelión.