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sergiotermi

Usuario (Argentina)

Primer post: 3 ago 2015Último post: 3 ago 2015
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Radioaficionados Argentinos
Ciencia EducacionporAnónimo8/3/2015

El término "redes sociales" se usa casi exclusivamente para definir los nuevos vínculos que surgieron con Internet, como Facebook, Twitter y las mil variantes que se ponen de moda. Son la "nueva gran cosa" del mundo moderno. Pero hay redes sociales que llevan un largo camino promoviendo vínculos entre personas de todo el mundo. Los radioaficionados son una de estas redes sociales que perduran en el tiempo, una suerte de club entre fanáticos de la radiofonía, un hobby particular, lleno de historias emotivas y de rituales propios. En Argentina, hay más de 16 mil radioaficionados con la licencia al día y 135 radioclubes en todo el país. Es una actividad que los acompaña durante buena parte del día –sí, como si fuera Facebook– pero que también tiene un perfil solidario. En las inundaciones de La Plata y de Santa Fe, por ejemplo, cuando no había comunicaciones, los radioaficionados estaban ahí para dar ayuda y asistir a las autoridades en la coordinación de los operativos de rescate. Para este mundo con reglas propias, ser radioaficionado supone una carta de presentación, un valor agregado que implica camaradería, solidaridad y hospitalidad. En una tarde en el Radio Club Argentino, las historias de encuentros con otros radioaficionados se multiplican por cada socio. Este es el objetivo primario de la actividad. Navegar por el dial en busca de una respuesta, empezar a hablar e intercambiar información. Tan sencillo como eso. Una suerte de paradoja, porque es una actividad solitaria que busca un contacto del otro lado. Y el certificado oficial de cada vínculo que hace un radioaficionado es una "tarjeta QSL", una especie de tarjeta postal que se intercambia con cada uno de los radioaficionados que se hizo vínculo. Es una actividad regulada por el Estado. Para tener la licencia hay que hacer un curso y hay diferentes categorías (inicial, novicio, intermedio, general y superior). El curso inicial requiere unos tres meses y, entre otras destrezas, los aspirantes deben aprender telegrafía. Pero también se aprenden reglas no escritas. Por ejemplo, que en las comunicaciones hay tres temas que no se pueden tocar: "no se puede hablar de política, de religión y no se pueden hacer comunicaciones para sacar un provecho económico", explica Lucas Maiorov (ver Testimonio). "Es un hobby caro. Bueno, todos los hobbies son caros, implican un gasto", dice Carlos Linares (58), radioaficionado desde los 15 y socio del Radio Club Argentino. Un equipo usado básico, como para empezar a transmitir puede costar entre 3 y 5 mil pesos. Hay otros más evolucionados, nuevos, por 1.500 dólares. Pero también muchos de los clubes tienen equipos que se pueden prestar a los aficionados para que den sus primeros pasos. En general siempre fue una actividad más de hombres, pero en los últimos tiempos se han sumado muchas mujeres. De todas maneras, hay cierto declive. En 2008 había más de 23 mil radioaficionados. "La actividad siempre sigue vigente. Ha disminuido porque había mucha gente que era radioaficionada por necesidad, porque no tenía otro método para comunicarse", dice Gonzalo Fernández, del Buenos Aires Radio Club. "Inicialmente es un hobby como cualquier otro. Lo haces sin poder explicarlo. Después te vas dando cuenta que es mucho más que eso", dice Fernández. Es uno de los organizadores del HamFest, una feria en donde se presentan equipos, innovaciones, encuentros con otros clubes. Un lugar en donde muchas voces y muchos vínculos se vuelven reales. "Esto es para curiosos, inquietos. Te permite hacer amigos, conocer lugares, geografía. Hay islas muy pequeñas, desconocidas para la mayoría de la gente, pero estoy seguro que todos los radioaficionados sabemos en donde están, porque seguro que algún 'loco' amigo nuestro llevó equipos para transmitir", dice Fernando, otro de los socios. Como cada viernes, hay actividad en la sede del Radio Club Argentino. Los socios van llegando. Algunos hablan de equipos, otros organizan las tarjetas que llegaron desde todas partes del mundo. Uno de los socios sube a un altillo, en donde está una de las transmisoras, y difunde un boletín con los datos y las actividades del club. Afuera, miles de otros aficionados escuchan. Una red social que sigue vigente.

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Yo tambien viví en la calle
Salud BienestarporAnónimo8/3/2015

Alberto (54) espera en la estación de servicio de Urquiza y Rivadavia. Lleva lo puesto. Lo puesto es un buzo, un pantalón, unos lentes, y nada más. La camioneta estaciona sobre Urquiza, y él se acerca. Hace unas horas caminó decenas de cuadras, hasta Desarrollo Social, para pedir ayuda: necesita un lugar donde pasar la noche. Anoche, durmió en la guardia del hospital Ramos Mejía. Sobre una camilla. Fue su primera noche en la calle. Horas antes, se había vuelto a pelear con su mamá, y se decidió. “Tenía que hacerlo. Me dije: ‘me voy, busco un parador y empiezo una vida nueva’”. Es miércoles a la noche en la Ciudad. Hace frío, y la de Alberto fue una de las casi 300 llamadas que recibe a diario, en el 108, el área de Atención Social Inmediata del Gobierno porteño. Lea también: "Operativos que se incrementan con el frío" Una psicóloga del equipo le toma los datos y ya arriba de la camioneta, Alberto habla del pasado y del futuro. Fue taxista, comerciante, actor under; tiene una hija a la que no ve, vivió en Ramos y en Flores. En los últimos meses se quedó sin trabajo y volvió a lo de su mamá. Hasta que comenzaron las discusiones y entendió que no había más lugar para él y decidió irse. “Ahora debo reubicarme en tiempo y espacio. Entender dónde estoy: afrontar mi situación, y ver qué hago”, dice. Adentro del parador, River y Tigres empatan 0 a 0. Luis Alejandro es uno de los casi 60 hombres que duermen aquí; dice que el partido no le interesa. Vivió toda su vida en Belgrano R. Tiene segundo año de Derecho y es Licenciado en Seguridad Privada. Sus hijos viven en el exterior. Se presta al diálogo y propone: “Si yo te digo que vayas mañana a pedir a una panadería. Ponete en esa situación. ¿Podrías hacerlo?”. Luis Alejandro saca el tema porque dice que nunca pudo, ni cree que pueda saltar esa barrera de la vergüenza. Y su primera vez fue en una panadería. “Yo digo que Dios nunca me terminó de soltar la mano. Tuve suerte: encontré una panadería y una parrilla donde me ayudaban todos los días”. Otro de los que se acerca y acepta hablar con Clarín es Marcelo. Lleva un rosario y un collar con los colores de San Jorge colgados del cuello. Dice: “estoy acá por ‘dolobu’. Pero si Dios quiere en diez días me voy”. Las circunstancias que lo trajeron comenzaron cuando se separó de su última novia. Al tiempo decidió hacer un viaje, creyendo que le haría más fácil el duelo. A su regreso, sin trabajo, le robaron todo lo que tenía. Así, llegó a la calle. Durmió dos noches bajo el cielo y vino al parador. Aquí, cuenta, lo ayudaron: consiguió un trabajo de limpieza, y muestra los volantes y tarjetas que acaba de hacerse para trabajar de electricista. Se hizo monotributista e invirtió en herramientas. Rolando está parado sobre una de las tantas puertas del Hogar. Tiene 64 años y habla muy bien. Creció en Almagro y Barrancas, y luego en Olivos. Es contador y trabajó en finanzas; le falta un año para poder jubilarse. Se acuerda las fechas de cada acontecimiento. Y dice que el 12 de septiembre de 2005, después de 34 años junto a la madre de sus hijos, tomó la decisión de irse de su casa por otra mujer. Alquiló un departamento y formó una pareja nueva. Desde ese momento, dejó de ver a sus cuatro hijos –todos profesionales– y a sus seis nietos. “Perdí lo más preciado”, cuenta. “A dos de mis nietos ni siquiera los conozco. Que yo sepa, no hice otra cosa que separarme de mi mujer y formar una nueva pareja”. Su segunda relación se terminó en diciembre de 2007. “La depresión te mata. De a poco. Perdí la imagen, los contactos, la fe, las ganas”, confiesa. Para 2010, 2011, ya ni siquiera podía ir a trabajar. En el medio, también, falleció su mamá. El primer día “impensado” de su vida fue el 24 de diciembre de 2013, cuando quedó en la calle. Así duró una semana. El 31 ingresó a un hogar de Vicente López. Pasó la última noche del año comiendo un asado con hombres que acababa de conocer. Que estaban en su misma situación. En ese lugar podía estar entre las 16 y las 7 del día siguiente. Durante las nueve horas siguientes, “hacía tiempo”. Se iba a leer a una biblioteca, o subía a un tren y viajaba de terminal a terminal, varias veces, hasta que se hiciera la hora de regreso. Nunca pudo pedir comida en la calle. Por orgullo. Salía a las siete, desayunado, y volvía sin almorzar. “Por supuesto que jamás hubiera elegido esta experiencia”, comenta. “Pero aprendí cosas. Salgo mucho más maduro de la cabeza. Antes, asimilaba la pobreza con las drogas y la delincuencia. Tenía prejuicios con la gente de la calle, que se me fueron. Hoy, digo que se deben conocer las historias de la calle. Algunas son conmovedoras”. Para Rolando, lo importante es que esta experiencia “no lo absorbió”. Siempre sintió que su situación era pasajera, y que algún día podría salir. Ese día está cerca: una persona le ofreció trabajo en la parte administrativa de una fábrica. Con eso, más la ayuda de un subsidio habitacional, cree que es posible alquilarse algo afuera. Así y todo, cree que si hoy volviera a ser un 12 de septiembre de 2005, tomaría la misma decisión. Con algunos cambios, pero la misma al fin.

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