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Hace varios días que he estado dando vueltas con la intención de escribirte. Lo hago sin otra autoridad que el haberte abierto mi casa para que entraras en forma de voz ( la radio, con programas como Hora 25, Lanata AM), la imagen ( televisión, Día D, Después De Todo), la prensa escrita (Página 12, Crítica, Revista XXI, XXII, XXIII), libros (Cortinas de Humo, La guerra de las Piedras, Polaroids, Historia de Teller, Argentinos, ADN, Hora 25, Muertos de amor) y varios documentales que realizaste… …En una oportunidad fui al programa de radio que hacías en la Rock and Pop, para ver cómo trabajabas. Soy un oyente radial veterano, de más de sesenta años, y recién hace 12 pude darme el gusto de conducir y coconducir programas de radio. Fui periodista siempre, aunque no ejercía profesionalmente ocupado en la militancia universitaria y política, en la docencia universitaria y en las actividades inherentes al contador público. Muchas veces he dicho ante el micrófono que fuiste uno de los periodistas más originales en las últimas tres décadas. Innovaste en Página 12, en día D, hiciste un buen programa como Hora 25, y algunas cosas recordables de fuerte impacto en la revista XXI como el agujero en la tapa en uno de sus primeros números. No me olvido de una actitud tuya valiente e inusual como la denuncia por irregularidades de una empresa que publicitaba en tu programa. Recuerdo reportajes que mantenían en vilo al televidente como el que le realizaste a Cecilia Felgueras que codirigía el Pami durante la Alianza, al dirigente sindical Luis Barrionuevo, al periodista Mariano Grondona Desde que volviste a la televisión en Canal 26- también lo dije al aire- te he notado en una versión light, como si estuvieras aburrido; o debido a que la situación que vive el país con importantes debates, incluido el papel del periodismo, te ha dejado en posición adelantada. Como si una situación esperanzadora aquí y en unos cuantos países de América Latina te dejara en off-side. Como si a los cincuenta años hubieras envejecido exponencialmente. Tal vez el empresario periodístico se comió al periodista, igual que algunos sindicalistas gordos que en su juventud fueron combativos. ¿Habrá también una conceptualización que llegue a calificar de periodistas gordos a aquellos que decidieron arrumbar sus sueños y sucumbieron al reconocimiento del establishment? Aquel periodista ingenioso se ha transformado en alguien que se plagia mal a sí mismo. Ya había pasado con Crítica que fue una versión menor, muy desmejorada, de la mejor Página 12. Tus reportajes actuales son conversaciones sin repreguntas. Acostumbrado al éxito, transitas un periodo de reiterados fracasos, como Critica, el teatro de revistas, la escasa repercusión de DDT (Después de Todo). Será por eso o tal vez porque el escenario político no te sienta cómodo que has perdido los estribos. Y entonces empezás a derrapar mal. Declarás “Me tienen harto con la dictadura”, justamente a vos que en Página 12 hiciste un emblema de la lucha por verdad y justicia para esclarecer a las aberraciones perpetradas por el terrorismo de estado y sentar en el banquillo de los acusados a los asesinos. En ese editorial dijiste entre otras cosas: “Quiero pensar tranquilo. Déjenme pensar tranquilo…..Hay cosas que estoy de acuerdo con Clarín y en otras estoy de acuerdo con el gobierno….En Argentina no se puede hablar. Sos una cosa u otra ….La pelea con Clarín no es una pelea ideológica, es una pelea por negocios ” ¿Sabés lo que me llama la atención Jorge? Que a pesar de que sos un divulgador histórico, no entiendas que siempre y especialmente en las coyunturas decisivas está lo principal y lo secundario. En el caso de Papel Prensa (que en la revista Noticias afirmás “que no le importa a nadie y encima con pruebas falsas”) lo fundamental es terminar con el monopolio. Lo secundario son las intenciones, que no es el campo de un analista político sino del psicoanálisis. En la página 402 del tomo 2 de “Argentinos” escribiste: “La historia de Papel Prensa es el sueño de cualquier editor: un monopolio de papel barato.” Resulta contradictorio que cuando se está librando el combate para revertir situaciones anómalas que vos denunciaste pero obviamente no tenías poder para modificarlo, ahora te entran las dudas. En el modelo lanatacéntrico las cosas son importantes si caen bajo tu interés y dejan de tenerlas cuando la enarbolan otros. Hacés afirmaciones categóricas como “pruebas falsas” y no aportás una sola prueba que avale tu aseveración. Buscás en la realidad procesos cristalinos. No los hay. Tampoco en la historia, que es la política del pasado como la política es la historia del presente. Tu posición me parece similar al que entra al Vaticano, se para frente a La Piedad de Miguel Ángel y en lugar de admirar la fenomenal escultura, se concentra en la mosca posada sobre la cara de Jesús. Y después sale hablando de la mosca. O en tu estilo conforme a tu escala de prioridades, denunciando que el artista se quedó con un vuelto cuando compró el mármol en Carrara. Ya cumpliste cincuenta años y es hora que entiendas que una posición ideológica expresa siempre intereses económicos. Un filósofo que sabía de esto, un tal Carlos Marx sostenía: “En la historia como en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida” No estamos viviendo una revolución. Apenas- pero para una Argentina arrasada parece revolucionario – un intento de desarrollo capitalista con recuperación de algunos resortes económicos, una mayor presencia del Estado, un mayor control sobre el mercado y poner en caja algunas corporaciones mientras se favorecen y desarrollan a algunos sectores económicos. Recuperación de la influencia de los sectores sindicalizados y mejoría en las leyes que regulan el trabajo. Predominio de la política sobre la economía. Política exterior latinoamericana con logros como la UNASUR y el no al ALCA. Apenas algunos de los avances concretados. El kirchnerismo tiene continuidades y rupturas con la década infame de los noventa. Por sus rupturas recibe críticas despiadadas del establishment y sus voceros mediáticos. Y por sus continuidades se los crítica desde sectores de izquierda, que según como se ubiquen ayudan a intentar profundizar lo existente o son funcionales al poder económico afectado. Olvidan una vieja frase de Armando Tejada Gómez: “Como el mundo es redondo, si uno se corre mucho a la izquierda, termina abrazado a la derecha” ¿Preguntás por qué ahora se hace esto? La respuesta sería: ¿Por qué no ahora? Si el gobierno avanza en algo que siempre propusiste, no te quedes al costado del camino como un moderno Hamlet sumido en dudas existenciales. Conservá la distancia crítica que te parezca. Pero esa equidistancia debe ser simétrica, tanto en relación al gobierno como del poder económico. Si no tu planteo es tan tramposo como tu reiteración que “la presidenta habló una hora y media, por cadena nacional, de algo que pasó hace 34 años”. Presentó el informe elaborado sobre Papel Prensa ¿ de qué querés que hable? Parecés esos oyentes de radio que cuando uno trata un tema, por ejemplo la pobreza, llaman diciendo por qué no se habla hoy de la inseguridad o la situación de los jubilados, temas tal vez analizados la semana anterior. Demagógicamente preguntaste: ¿Habló del hambre, de la educación, de la inseguridad? Y repetís, con la insistencia que le criticas a 6-7-8: “Ayer la presidenta habló una hora y treinta de Papel Prensa. En todo lo demás nos va como la puta madre. Habló de algo que pasó hace 34 años cuando hoy y ayer se mueren chicos de hambre.” Disculpá Jorge pero tu amiga Mirtha Legrand no lo hubiera hecho mejor. Si la misma que te elogia en sus almuerzos en donde sos invitado en soledad y le retribuís su admiración con toneladas de miel hacia su persona dedicándole un libro con la leyenda: “ Para la Chiqui que es una grande. Con cariño y admiración. Jorge”. Permitime que te lo diga, pero al antiguo transgresor progre parece que lo has jubilado. O tal vez coincidas con Elisa Carrió, la que te ofreció ser candidato a jefe de la ciudad de Buenos Aires, quien en otro encuentro gastronómico dijo que la diva manducadora era la mejor periodista argentina. Parece increíble que en la contienda sobre la ley de medios, creas que Clarín es el más débil. Es tan endeble el multimedio que la ley recién se podrá aplicar integralmente, según quien gane el próximo gobierno o será archivada para siempre. Es un grupo hegemónico tan anoréxico que puede escamotear durante años y años una prueba de ADN de los hijos adoptados irregularmente por Ernestina Herrera de Noble. Dijiste: “No le creo (a los Kirchner) su preocupación por los derechos humanos porque además compraron los organismos de derechos humanos.” Coincido con vos que los Kirchner no se preocuparon por el tema hasta que primero Néstor y luego Cristina llegaron a la presidencia. Por convicción tardía u oportunismo cambiaron. Vuelvo a decirte: el análisis político considera hechos no intenciones. Si hubieras vivido en 1810/1811 habrías criticado el Plan Secreto de Operaciones de Mariano Moreno porque en 1809 escribió La Representación de los Hacendados que era su antítesis. ¿Que le pasó a Mariano Moreno? te hubieras preguntado. Y te hubieras quedado en el palco mirando cómo se definía la suerte de lo iniciado en 1810. Adoptás la misma posición de los socialistas que se mostraban incómodos y hasta llegaban a votar en contra ante la ejecución de algunos de sus proyectos por Perón o como Victoria Ocampo que luchaba por el voto femenino pero se opuso cuando lo concretó Eva Perón. Como decía Hipólito Yrigoyen “esas son patéticas miserabilidades” Decís que compraron a los organismos de derechos humanos. Es una acusación por lo menos aventurada que sabés que no podes probar. Si Hebe, Nora, o Estela afirmarían que vos decís lo que decís porque querés quedar bien con Clarín ¿como reaccionarías? Tal vez con la crispación adjetivadora de tus declaraciones a la revista Noticias. En mi opinión, Abuelas y un sector de las Madres, encontraron después de muchos años de adversidad, donde vos las apoyaste y acompañaste, pero no los gobiernos, un lugar donde fueron comprendidas y reconocidas por el oficialismo. ¿Cuál es el derecho que te asiste de colocarte a la izquierda del dolor de los familiares de las víctimas? Elsa Oesterheld a la que le desaparecieron su esposo y sus cuatro hijas le dijo a la presidenta en la Feria del Libro de Frankfurt: “Yo que creí estar muerta y hoy vuelvo a tener esperanzas.” Solidarizarse y haber luchado y seguir luchando por verdad y justicia de una tragedia argentina es justo y lógico. Sobreactuar el dolor por encima de las víctimas ronda el grotesco. Me imagino que te debe sacudir hasta las vísceras cuando Estela de Carlotto dice que “ Lanata está del tomate” o “ que tus declaraciones son de un papanata.” ¿No sería bueno que incorpores el comentario de los más directamente afectados por el terrorismo de estado, reflexionando en dónde has quedado ubicado? Tal vez te ayude en tu deseo de pensar tranquilo. También sostenés que “somos el hazmerreir en el exterior” Osvaldo Bayer, un crítico duro, insobornable, a quién vos llevaste a Página 12, le dijo al diario Tiempo Argentino en relación a la Feria del Libro de Frankfurt: “Hace diez años nadie imaginaba que la Argentina sería la invitada de honor” ( 8-10-2010 página 35) En la revista Noticias insistís: “El kirchnerismo usó y prostituyó los derechos humanos…por un lado parte de los organismos se vendieron y por otro lado el gobierno los usó o ellos se dejaron usar. Es una mezcla de todo” Cuando uno formula este tipo de afirmaciones, es conveniente observar quiénes aplauden y quiénes critican. Si alguien propone la reforma agraria y recibe el aplauso de la Sociedad Rural, es obvio que el que está equivocado es el que la propone y no quienes la aplauden. Uno de los nietos recuperados ha afirmado que cuando te veía el apropiador quería que apague la tele y ahora está seguro que te aplaudiría. “Hay mucha mentira alrededor de los setenta y me hartó. Me lo fui bancando durante muchos años, pero finalmente cuando los setenta llegan al poder, como hoy, y piensan la política de la misma manera en lo que hacían hace 40 años tenemos que hacer algo porque si no todo va a volver al mismo quilombo. Porque nada te garantiza que cuatro forros no vayan a agarrar los fierros y armar quilombo otra vez” Parece mentira que manejes un análisis tan superficial. Ni los tiempos son comparables ni las situaciones. Por una cuestión de edad a los setenta los leíste o te lo contaron. Por las mismas razones fui testigo y protagonista secundario de aquella etapa. La mal llamada Revolución Argentina había radicalizado y nacionalizado a la pequeña burguesía descubriendo las potencialidades del peronismo, incluso sobrevalorando las mismas. La sociedad en sus sectores mayoritarios hablaba y proponía como mínimo un capitalismo de estado y como máximo el socialismo. El Cordobazo implicó un hito en un sostenido avance de las masas. Surgieron organizaciones armadas que tenían justificativo- más allá que no estaba de acuerdo con la metodología- por la proscripción de las mayorías populares personificada en Perón exiliado. En general en los sectores radicalizados y en los revolucionarios se sentía desprecio por la democracia a la que se consideraba formal. El retorno de Perón fue una épica nacida en la resistencia y concretada en los setenta. Las organizaciones armadas perdieron su justificación a partir del 11 de marzo de 1973. ¿ Encontrás alguna semejanza con la actualidad para hacer una comparación tan liviana? El terrorismo de estado con sus horrores ha sepultado bajo una lápida la posibilidad de discutir los grandes errores cometidos las organizaciones armadas. Ese es un debate pendiente que vos querés cancelar simplemente por una cuestión de hartazgo. Decís ahora: “pero finalmente cuando los setenta llegan al poder”. Te olvidás de lo que escribiste hace apenas hace poco tiempo: “En esos años Kirchner militó en agrupaciones vinculadas a la Juventud Peronista pero- contra el mito que se sostiene hoy- nunca formó parte de la Tendencia Revolucionaria ( agrupación de superficie del movimiento guerrillero) ni de Montoneros” ( Página 119 de tu libro Hora 25, impreso en octubre del 2008) Impacta esa mezcla de superficialidad, enojo y desenfreno verbal. Etiquetás a 6-7-8 como “ un grupo de tareas”. Calificar un programa de televisión como un grupo de tareas además de ser una banalización lamentable, está en la misma línea de Elisa Carrió que consideró que el kirchnerismo es el nazismo sin campos de concentración. Respondés a críticas conceptuales con adjetivaciones descalificatorias como “rata”, mientras tu originalidad se ha reducido a llevar un cerdo al estudio y tus análisis naufragan en la superficie de las cosas. Considerás dos veces como excelente un artículo que “casualmente” publican el mismo día (miércoles 6-10-2010) La Nacíón y Clarín titulado “Maradona como metáfora argentina”, recogido de El País de España, cuya autoría es de John Carlín y Carlos Pierini. Pensar que esa retahíla de lugares comunes del pensamiento colonizador y de sus seguidores colonizados encuentra el origen de la decadencia en los “gobiernos populistas, corruptos e incompetentes” y en la añoranza de la Argentina “granero del mundo”. No es casual tampoco que el editorial de La Nación del 10 de octubre dice con respecto a la mencionada nota: “la repercusión general se explica por haber dado en el centro de las razones coaligadas en la disparatada caída que la Argentina viene sufriendo en relación con el concierto mundial de naciones” En Argentinos tomo II, en la bibliografía que mencionás como consultada figuran tres libros de Arturo Jauretche. Parece que no los leíste o si lo hiciste no lo entendiste. Tus posiciones actuales le inspirarían un nuevo capítulo de su Manual de Zonceras. El “izquierdista, divulgador histórico” coincidiendo con el diario cuyo fundador escribió la falsificada historia oficial, en dos de sus caballitos de batalla: la añoranza de la Argentina pastoril del primer centenario y el populismo como causante de la decadencia argentina. EL LANATISMO, ENFERMEDAD INFANTIL DEL PERIODISMO Salgo de la carta por algunas líneas. Un pequeño paréntesis. El periodismo de los setenta fue militante. No escondía cuál era su posición ideológica. No está mal esa posición siempre que surja claramente desde qué lugar y pertenencia se hace periodismo. Durante la dictadura establishment- militar el periodismo más valiente y meritorio como el de Buenos Aires Herald, que denunció las desapariciones, nunca entendió que los horrores eran necesarios a la política económica que apoyaba. Nunca comprendió que no fue Videla el que puso a Martínez de Hoz sino que fue Martínez de Hoz (lo que él representaba) el que eligió a Videla. En los noventa, la escuela lanatiana, fue la existencia de un periodismo por encima de todo. El periodista estrella como fiscal. En medio de instituciones que se desmoronaban, el periodismo lanatiano se elevaba como un faro ético. Era periodismo a secas. Por encima de las ideologías, los periodistas eran más importantes que los protagonistas de la historia. Era el que la contaba, o como se decía persistentemente los que escribían la primera versión de la historia. La tergiversación de roles llegó al punto que en esta ubicación del periodismo lanatiano, el relato del gol de Maradona realizado por Víctor Hugo Morales era más importante que Maradona y su gol. Se hizo de la corrupción el centro del análisis, mientras lo principal que ocurría, la venta del país pasaba a un segundo plano. Si Robert Cox sólo apreciaba las desapariciones sin comprender su vinculación con la política económica, Lanata veía la corrupción como centro de su análisis. Incluso en el programa de Mariano Grondona en un debate con Jorge Asis, cuando éste afirma que la oposición al gobierno es el periodismo, el director de Página 12 contestó: “ Yo creo que la principal oposición que tiene el gobierno son sus políticos corruptos” Un integrante de la escudería Lanata, el escritor Martín Caparrós declaró en La Nación del 10-02-2010: “Cuando periodistas muy bien intencionados iluminaban la corrupción menemista, Menem estaba cambiando la estructura socioeconómica de la Argentina como nadie lo había hecho. Mientras se consolidaba un modelo de exclusión que todavía estamos sufriendo, el periodismo estaba atento a la leche adulterada o al frigorífico. Ahora pasa lo mismo. Volvemos a la facilidad “¡ ah, son corruptos, roban!”. Yo le llamo a eso honestismo” Se recurrió a un lenguaje moralista que como bien señala el ensayista Juan José Becerra “es la hamaca paraguaya del pensamiento político”. Está muy bien denunciar la corrupción siempre que se la contextualice porque como decía Carlos Marx citado por José Pablo Feinmann en “La filosofía y el barro de la historia: “El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo” (Capítulo XXIV del primer tomo de El Capital) . Si no se procede así, resulta tan ingenuo como descubrir que las chicas que trabajan en un prostíbulo no son vírgenes y salir a gritarlo a los cuatro vientos. El periodismo político por encima de la política misma es tan ilusorio como los gurúes económicos que engañaban con una economía aséptica desprendida de la política. El kirchnerismo bajó del pedestal al periodismo y lo puso en tela de juicio. A veces con desmesuras y arbitrariedades. Pero quedó bajo una mirada crítica, como los políticos, los gurúes económicos, el FMI, la justicia, la policía, los empresarios, el sindicalismo. En ese contexto Jorge Lanata está según la Revista Noticias “furioso, exultante, exaltado.” Es posible que todo sea una gigante equivocación. Lanata nunca superó una caracterización de “progre” y lo que ello conlleva como incomprensión de la realidad cuando no se presenta fácil de aprehender como sucedió durante el menemismo. Es un liberal de izquierda al estilo norteamericano que en una etapa de la historia nacional derramó ingenio y audacia. No es un analista político Por eso cuando la realidad se complejiza, Lanata muestra sus limitaciones y superficialidad. Y como Elisa Carrió su mirada sólo pasa por la mirilla de la corrupción que además debe tener a él como denunciante. Una visión tan reducida fue sintetizada hace unos años en programa radial EL TREN, por el periodista y escritor venezolano Modesto Emilio Guerrero quién afirmó, transformando el título de un libro famoso de Lenín : “ El lanatismo es la enfermedad infantil del periodismo” POSDATA A LA CARTA ABIERTA A JORGE LANATA Éstas son algunas de las cosas que te quería decir Jorge. Tal vez estés en condiciones de emprender la vuelta y que aceptes que un primer actor desconcertado puede pasar a ser un buen artista de reparto. Para ello seguramente tengas que desaprender algunas cosas. En la disyuntiva sarmientina de civilización y barbarie, es conveniente observar la realidad desde el campo que los civilizadores llaman barbarie. Desde ahí se puede intentar comprender los movimientos populares en América Latina. Es bueno llevar en la mochila a Arturo Jauretche, a algunos autores del pensamiento nacional como Rodolfo Puigrós, Jorge Abelardo Ramos, Jorge Spilimbergo entre otros, y cuando uno tiene dudas dónde posicionarse ante una realidad compleja que mezcla el oro y el barro, usar una brújula a prueba de errores: ver dónde está el grueso del poder económico y los medios hegemónicos y ubicarse enfrente. Salvo que efectivamente quieras estar bajo la protección del PODER. En ese caso deberías asumir esa posición, sin pudores, y no descalificar groseramente a todo aquél que te critique, como si fueras un intocable. Si seguís tan enojado, denostando con argumentos simplistas hasta a los estudiantes secundarios que toman colegios y deciden enamorarse nuevamente de la política, cuando seas más grande es posible que llegues a ser un Pepe Eliaschev II. Y si el éxito te sonríe como cuando eras progre, tal vez alcances a Joaquín Morales Solá
Lo que se ignora u oculta (Eduardo Aliverti) Una vieja sentencia dice que el periodismo consiste en llenar los lugares que dejan libres los anuncios publicitarios. La frase bien podría corroborarse tomando los grandes diarios de circulación nacional, cuyas ediciones de algunos (cuantos) días se empeñan en demostrar que si hay crisis no se nota porque el centimetraje de publicidad es apabullante. Pero también puede adaptársela a las equivalencias informativas respecto de sí mismas. Es decir: cuántos y cuáles lugares ocupan ciertas noticias porque hay otras, tradicionalmente centrales, que en la coyuntura desaparecieron o carecen de sitial preponderante. Cabría la presunción de que algo de esto debe contemplarse, si se toma nota del papel secundario que, últimamente, adquieren las informaciones del ámbito económico. Es imposible, por supuesto, no constatar que la economía está presente en casi todo lo que sucede. Desde las inundaciones hasta “la inseguridad”; desde el debate por la libertad sindical hasta las denuncias de corrupción; desde la ley de medios audiovisuales hasta el proyecto de reforma política, en algún punto todo pasa por la economía porque en ella anida el cómo y para quiénes se gobierna, y el cómo y para quiénes se intenta plantar una alternativa de gobierno u oposición. Gobernar, o preparase para ello, es administrar y proyectar la economía. Sin embargo, ese rasgo estructural, filosófico, de lo económico, en ciertos momentos o etapas no es lo único que construye las noticias (aunque siempre subyazca). A veces, el valor que se le da a lo episódico tiene una relación inversamente proporcional con lo que la sociedad percibe, de la economía, en su actualidad y rumbo macros. Veámoslo desde esta lógica: si hubiera seria preocupación, o fuerte inquietud, por lo que puede suceder con los salarios, las reservas monetarias, la deuda, los precios, el desempleo, ¿habría que los grandes titulares sean las peleas de Moyano con la Corte Suprema, o los cruces de los K con Clarín, o la polémica sobre los asesinatos y delitos en el conurbano bonaerense, o el Macrigate, o el valijero, o Papel Prensa, o lo que dicen Legrand, Tinelli y Susana? ¿Habría que la asignación por hijo para familias de carenciados, un reclamo que se hacía oír a los gritos y hace años, desde todo el espectro político, quedara mediáticamente subsumido en cómo puede ser que no se hubieran previsto las colas de reclamantes ante las delegaciones de la Anses? ¿Habría que para hablar de terremotos financieros tengan que remitirse al default de una empresa de un emirato árabe? ¿Habría que se trate de que la maestra asesinada en Derqui quería ser mamá, como recuadro destacado de portada? Podemos tomar el análisis que hacen los propios especialistas en economía, de los grandes medios, sobre la prospectiva de “los mercados”. La recaudación impositiva aumentará por el ingreso de las retenciones a la soja, que andará de cosecha espectacular (si el suelo queda hecho mierda y a la hora de evaluar catástrofes “naturales” debe examinarse la deforestación y el sembradío irrestricto es otro problema, que no les mueve un pelo a los liberales). La tasa de interés norteamericana es cero, prácticamente, y eso hace que los bonos argentinos sean muy atractivos para los inversores porque, encima, cayó bien la reapertura del canje de deuda con los que habían quedado afuera. El Banco Central sigue comprando dólares porque la entrada de divisas tiene fortaleza. Aumentan los depósitos en los bancos. Los economistas corrigen hacia arriba las cifras de reactivación. El gasto público y el aumento a los jubilados permiten imaginar un incremento del consumo, pero el riesgo de inflación que eso supone es chico, comparado con el despegue que tendría la actividad en su conjunto. Subrayemos lo siguiente: todo esto no es lo que dice el oficialismo ni sus órganos de prensa ni sus simpatizantes (que también, claro), sino un compendio de lo que opina el conjunto de los analistas y militantes del establishment. Voceros del agro incluidos. Y casi extintos, dicho sea de paso, a menos que alguien registre que hayan vuelto a alzar la voz. ¿Por qué perdió tanta energía la Mesa de Enlace? ¿No era que deberíamos importar leche más temprano que tarde, y que ya no se vende ni un tractor, y que había que aprender de Uruguay, y que los pueblos del interior se mueren, y que el trigo no daría abasto para el consumo interno, y que el bife de lomo debía costar 80 pesos? ¿Cuándo mintieron? ¿En la trifulca por la 125 o ahora? ¿O siempre? Como ésa es la realidad o lo que los mismos representantes del poder concentrado dicen que es la realidad, volvemos a la hipótesis de con qué se llena el espacio que dejaron libre los pronósticos de tragedia. La malaventura anunciada por ellos, insistamos, porque, si es por la otra forma de ver la realidad, vaya si existen la tragedia y el acostumbrado paisaje de la conflictividad crispada. Ahí están los inundados, los paros de los maestros, los indigentes, los hospitales públicos en colapso o cerca de ello, el drama de la vivienda. Jamás eso les fue un indicador a tener en cuenta. Les fue lo que sociológicamente se sabe denominar “normismo”; esto es, aceptación de que el mal funcionamiento de algo, cualquier cosa, aun cuando incluya el sufrimiento de vastas masas de población, es un hecho natural: pobres y miseria habrá siempre. Así que no es eso. Es medir con los parámetros que a ellos les importan. Y si esas cuantificaciones dan bien, lo que resulta es que el debate político se circunscribe a chiquitajes. Porque convengamos, asumiendo que decirlo es de una alta incorrección y no hay otra que malinterpretarlo: valijas, espionajes, sobreprecios en licitaciones públicas, Carrió diciendo que Cobos es una ameba y si el fútbol es para todos o todos pagamos la televisación del fútbol, apenas para ejemplificar, son al fin y al cabo elementos colaterales de quien impone un Gran Relato. Menem fue uno de los que entendieron que funciona así, y ganó con el 50 por ciento de los votos cuando ya se sabía que era un canalla. El espacio que dejaba vacío la fantasía de que económicamente se estaba bien fue ocupado por las denuncias de corrupción (en el segundo tramo de su sultanato), sin que los medios se detuviesen en “la inseguridad”, por caso. Ahora, el punto es análogo. En la edificación noticiosa, a falta de que la economía no parece afrontar tormentas, se impone luchar en forma salvaje por los intereses corporativos afectados, a través de que los medios destacan lo políticamente episódico. Con la diferencia, claro, respecto del menemato, de que entonces el poder económico estaba chocho; y ahora ve que algunos o varios de sus privilegios están lastimados. Volvió una enseñanza que nunca debe irse. Lo que se dice y publica tiene tanto valor como lo que se ignora u oculta. Debe ser que, de tan obvio que es, un montonazo de gente parece haberlo olvidado.
La restauración conservadora Ricardo Forster Son tiempos impregnados por el tufo revanchista de la restauración conservadora; tiempos en los que los Grondona y los Morales Solá, heraldos de un ejército de periodistas y de intelectuales todo terreno muy bien sostenidos por los poderosos de siempre (como lo fueron también en otros tiempos argentinos dominados por las diversas mutaciones dictatoriales), se regodean en lo que ellos vaticinan como la cuenta regresiva de los Kirchner. Tiempos para deshacer sin miramientos lo que se intentó construir durante estos últimos seis años; tiempos de revancha y de recomposición del verdadero poder en un país que, casi por descuido, pareció girar hacia horizontes indeseados y prohibidos para aquellos que desde siempre han ejercido la lógica impiadosa del poder económico, mediático y, ahora, el que ya creen tener a la vuelta de la esquina: el político. Tiempos para borrar esa otra época inesperada que vino a cuestionar, a veces con inusitada temeridad y otras con excesiva timidez, las lenguas de la dominación que desde varias décadas atrás vienen ejerciendo su hegemonía por estas geografías sureñas. Una hegemonía que desean recuperar sabiendo que algo insólito y anómalo ha ocurrido, casi por descuido, en un país del que se sienten los dueños. Ese tiempo fuera de quicio que se inauguró el 25 de mayo de 2003 parece irse diluyendo entre los últimos granos de un reloj de arena que corre más rápido que nunca a favor de las corporaciones y de sus socios políticos que hoy, entre nosotros, se expresan desde una gramática claramente de derecha. Y en este tiempo en el que se despliega con fuerza una restauración conservadora preparada para horadar definitivamente a un gobierno debilitado y espasmódico que, como si fuera un boxeador que ha recibido un golpe que lo dejó groggy, busca el aire que se le ha escapado de los pulmones a la vez que casi como si se tratara de un acto reflejo intenta contragolpear con lo poco que le queda, vemos sumarse a esas fuerzas restauradoras una pléyade de luminarias rescatadas, muchas de ellas, de la tienda de los milagros del liberalismo conservador; como si todavía no hubieran tenido tiempo siquiera de sacarse de encima el olor a naftalina que impregna sus trajes, esos que no han dejado de ponerse en horas oscuras de un país que suele olvidarse, con extraña y sospechosa piedad, de las responsabilidades y complicidades de esos mismos que hacen fe de eterna pasión democrática. Nombres que representan “lo mejor” de la tradición argentina, esa que siempre encuentra su lugar en las páginas de La Nación; que suelen desplazarse como habitantes de una república que tiene su ubicación geográfica en el Barrio Norte o entre las casonas de Palermo Chico, bien cerca de los poderes reales, esos a los que les gusta el olor a bosta de toros premiados en los predios paquetes de La Rural y que sienten que ellos son “la patria”, su costado intelectual, los herederos de aquella tradición republicana forjada por los grandes apellidos de la Argentina del Primer Centenario (¿a quién se le ocurrió tamaña desmesura de intentar robarles los festejos del Segundo Centenario? ¿Quiénes son esos desfachatados que quieren cortar el hilo dorado y patricio que une a los dos centenarios?). También podemos encontrarlos bien apoltronados en sus sillas de las beneméritas academias nacionales (ellos habitan esos ámbitos museísticos en los que nada significativo ha ocurrido prácticamente nunca desde la perspectiva de una genuina creación cultural; salones que apestan a una vejez decadente en los que sólo resulta un acontecimiento cuando, muerte de por medio, queda alguna silla vacía para ser ocupada por un nuevo miembro del Olimpo académico argentino). Le han puesto –¡vaya imaginación desbocada!– “Aurora” a su iniciativa, para nada nueva ni original, de salir a defender, cual hidalgos portadores de plumas refinadas y excelsas, a los poderosos de siempre (así lo hicieron desde los albores de la Nación y lo siguieron haciendo en cada recodo en el que fue necesario “justificar” a los salvadores de la República, esos mismos que venían a rescatarla, tal vez como ahora, de las hordas plebeyas y populistas que amenazaban su integridad). Son ilustres y han salido en las páginas de sociales, esas que nos recuerdan que desde los orígenes de la Argentina hay ciudadanos de primera que se interesan por el bienestar general (las otras, las de antiguas complicidades con los “perros de la noche” han sido prolijamente borradas en sus biografías de última hora); algunos incluso se precian de ser portadores de apellidos patricios, otros, con lamentables nombres italianos, rusos o gallegos sin importancia, se han ocupado concienzudamente de escalar las posiciones de ese Olimpo social en el que siempre desearon estar. Hoy se ofrecen como sus espadas intelectuales, como aquellos que darán batalla para defender a una República amenazada por la canalla, por los descendientes de los sans culottes, de los olvidados de la tierra, de las hordas del Chacho Peñaloza, de los ácratas que vinieron a estas playas del Sur para seguir batallando por sus utopías igualitaristas y a los que se les aplicó la democrática y republicana “ley de residencia”, del cocoliche radical yrigoyenista contra el que iniciaron la noche de los golpes de Estado en nombre de la “virtud republicana”, de los cabecitas negras a los que intentaron arrojar de la historia en septiembre del ’55 o de aquellos que osaron desafiar, en nombre de ideales socialistas, a los poderes de una Argentina que supo cómo “defender” a su república en los días oscuros de marzo del ’76. Algunos de ellos, eso hay que decirlo en honor de la verdad, con cierta ingenuidad y sin haber participado de esa tradición republicano-cuartelera-liberal que como un hilo negro fue recorriendo nuestra historia contemporánea, creen sinceramente que defienden la calidad de nuestras degradadas instituciones (degradadas siempre, eso nos han enseñado hasta el hartazgo, por los populistas de turno, nunca por los constructores discrecionales de una sociedad desigual e injusta que ni siquiera respetaron, cuando les fue necesario garantizar que sus intereses no fueran tocados, su bendita ficción republicana, esa misma por la que hoy se desgarran las vestiduras nuestros serios intelectuales del recién nacido grupo Aurora). Han elegido constituirse cuando huelen que los tiempos les son propicios; ellos vendrán a darnos cátedra de democracia y de legalidad. Ellos dirán, como ya lo han dicho, que los “otros” intelectuales, esos de Carta Abierta, dicen lo que dicen y hacen lo que hacen porque son funcionarios pagados por el gobierno, suerte de rufianes que se venden sin pudor alguno al poder de turno (qué extraño que “ilustres” académicos numerarios hayan “olvidado” que desde la Reforma de 1918 las universidades públicas son autónomas y se dan su propio gobierno, de ahí que rectores, decanos y vicedecanos sean elegidos democráticamente por los claustros y que los profesores, en general, deben concursar sus cargos igual que los investigadores del Conicet; pero claro, los nuevos plebeyos traidores al ideario de las clases medias –en especial si son artistas, escritores, músicos, cineastas, profesionales, educadores, simples mortales– siempre se venden a alguien, siempre están a la busca del mejor postor y, claro, cualquier funcionario, como los hay en Carta Abierta, que defiende con nobleza sus convicciones sólo lo hace, así lo dicen nuestros empeñosos cultores del águila guerrera, por la paga que recibe). Ellos, los impolutos, los olímpicos, van por la vida ofreciendo ejemplos de virtud cívica, así lo hicieron a lo largo de la historia argentina, así lo hacen cuando se trata de defender, “con la pluma y la palabra”, a la restauración conservadora. http://www.elargentino.com/nota-49634-La-restauracion-conservadora.html
La televisión y la filosofía no forman una pareja habitual, pero el filósofo, escritor y guionista de cine José Pablo Feinmann enfrenta el desafío de abordar esta disciplina en profundidad y con un lenguaje accesible. La intención es doble; no solo se propone revisar las preguntas fundamentales que formularon grandes filósofos, como Descartes, Kant, Hegel, Heidegger, Marx o Sartre, sino también permitir que la reflexión filosófica aflore como una actitud ante el mundo que nos rodea. Conducción: José Pablo Feinmann link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=c2gmrHx7ZB4 link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=w6B9uK0_tPc&feature=related link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=Qdr44wNP2MY&feature=related
El testaferro Por Eduardo Aliverti ¿Hay antecedentes, en este país, de procesos electorales en los que un factor externo es puesto sobre la mesa como elemento central? Es probable que no. O que deba retrocederse, tirándolo muy de los pelos, hasta “Braden o Perón”. Sería forzado porque, en aquella época ideologizada de mediados del siglo anterior, la referencia a optar entre lo que significaba el embajador yanqui y el todavía incipiente líder de masas remitía a hacerlo entre dos modelos de país. Uno que se basaba en anclarse como satélite del también flamante imperio estadounidense, para alcanzar estadios de desarrollo; y otro que apostaba, o decía hacerlo, a una concepción autónoma. Algún kirchnerista ultra podrá afirmar que hoy se juega lo mismo con todas las diferencias del caso, pero lo cierto es que este tiempo no tiene tantas pretensiones épicas (más bien ninguna). Como sea, y para no entrar en polémicas bizantinas que los argentinos todavía no resolvieron ni quizá resuelvan nunca, esa antinomia de los ‘40 era mucho más contundente que la de ahora, cuando si se va un tanto para acá o un tanto para allá parece quedar resuelto en “Gran Cuñado”. Y además, todo era entonces bastante, o demasiado, más sincero y sencillo. Se estaba de este lado o del otro, y no se recurría a artilugios como los que acaban de situar a Venezuela cual medida de lo que podría ocurrir aquí si los K son ratificados en las urnas. “Artilugios” es, en realidad, un término muy modesto para referirse a una de las maniobras más tramposas de que se tenga memoria. Puede vérsela cual episodio de construcción de sentido y/o como táctica electoral directa, porque se aúnan intereses de los factores de poder económicos con objetivos opositores, a fin de advertir sobre el peligro inminente de una ola estatizante que se comerá a los chicos crudos. No parecería buen momento para asustar con ese ogro, visto el renacido papel intervencionista que el Estado tiene en los países centrales. Pero en campaña todo vale y si sale mal después no se acuerda nadie. Hugo Chávez anunció hace un par de años que entre sus objetivos figuraba crear un polo sidero-metalúrgico estatal; y hace menos que empezó a ratificarlo en los hechos, al nacionalizar una de las empresas-madre del sector, “del” grupo Techint. Para empezar no a ponernos de acuerdo sino, simplemente, a certificar datos, Techint es hoy parte de un holding internacional con base decisoria en Luxemburgo. Allí opera el emporio angloindio Arcelor Mittal, que controla el negocio del acero en Europa con inversiones en la Federación Rusa, Egipto y los mismísimos Estados Unidos, y al que se suele vincular a Techint. En cualquier caso, los accionistas argentinos, descendientes de la familia Rocca, tienen una participación minoritaria. Por lo tanto, hablar de Techint como “empresa argentina” es, por lo menos, un apunte no exento de humorismo. De todos modos, así se conceda que se trata de un polo empresario en el que “lo nacional”, como muy eventual burguesía ídem, tiene mucho de potencia simbólica (esto también pretende tener dosis de humor), es inconcebible que la nacionalización de algunas empresas en Venezuela haya desatado acá semejante reacción corporativo-mediática. Como si fuera cosa de que la Argentina se bajó los pantalones ante una potencia extranjera, por no defender intereses que ni siquiera son propios. Todas las cámaras patronales, todos los voceros periodísticos del establishment, toda la derecha junta como nunca se vio de mucho tiempo a esta parte, todos juntos contra Chávez para pegarle a los K en un tablero que debiera ser algo más limpio y que, a decir verdad, fue contaminada por los propios K gracias a martingalas como las de las candidaturas “testimoniales”, entre otras. O sea: es una campaña lo suficientemente ensuciada, aunque tal vez no más que otras, en la que finalizan habilitadas pelotudeces tales como usar de ariete a un monstruo chavizante. Resulta, sin ir más lejos, que ese mismo esperpento, Chávez, acaba de conseguir un acuerdo con Lula, estimado en alrededor de 4 mil millones de dólares, para que los brasileños financien proyectos de inversión de sus empresas, en Venezuela. Se dejó trascender, no sin insidia, que el arreglo es a cambio de que Caracas jamás tocará los intereses de las compañías brasileñas. Pero, claro, en primer lugar son efectivamente sociedades del país inversor. Y en segundo, los venezolanos tienen derecho a hacer lo que mejor les parece, tanto como en su momento asistieron a la Argentina comprándole bonos del Tesoro para prestarle un financiamiento del que carece al cabo del default. La salvedad es que no exigieron, en canje, que los argentinos se ataran a programa de ajuste alguno. Ahí es donde queda destruido el discurso de la derecha acerca de que el Fondo Monetario, o cualquiera de los organismos-ladilla de los Estados Unidos, habrían cobrado más barato. El problema es que estas densidades se subsumen en fuegos de artificio. Por caso, el kirchnerismo se defiende apuntándole a Techint que depositó en el exterior la primera cuota indemnizatoria del gobierno venezolano por la estatización de Sidor. Y deja, como si tal cosa, el flanco de que Santa Cruz nunca retornó al país la plata que mandó afuera durante la crisis de comienzos de siglo. El gobierno argentino funciona así, a la deriva del humor con que se despierten en Olivos o El Calafate. El rumbo-macro puede ser correcto desde una perspectiva progresista, pero las ínfulas personales lo contaminan hasta el extremo de ponerla en (serio) riesgo. En medio de esos cruces temperamentales retroalimentados entre unos y otros, se relativiza que el tema de fondo es que el accionar de Venezuela estaba anunciado con larga antelación; que no hay de por medio una empresa argentina; que aun cuando la hubiera rige el derecho soberano de un Estado extranjero; y, sobre todo, que la alianza estratégica con Chávez, si es que en verdad es eso con el objetivo de estimular un cabo de articulación sudamericano, está demasiado por encima de los negocios de Techint. Para volver a los brasileños, y sin que esto suponga adherir a cierta visión casi idílica de sus políticas de Estado y de cómo logran mantenerse al margen de sus turnos gubernamentales (aunque algo de eso hay): Lula insistió, ahora mismo, en pedirle al Senado de su país que apruebe el ingreso de Venezuela al Mercosur. Hay una pinta de carácter estratégico, en torno de para dónde salir disparados, que guarda distancia abismal con los eternos cipayos de la presunta burguesía argentina. Es poco serio, en obvia síntesis, el revuelo que se armó por las estatizaciones de Chávez. Y más lo es que se las relacione con alguna meta parecida por parte del gobierno nacional, como si aquí estuvieran en juego situaciones similares a las del venezolano. Deberían inventar algo mejor que usar a Chávez como testaferro de sus intenciones.
“2008 fue un año inolvidable” Dueño de una gramática oral tan densa como la prosa de Carta Abierta, este doctor en Filosofía y profesor de Historia de las Ideas demora cuatro horas para responder un cuestionario con las mismas preguntas que otros entrevistados responden en tres. A un año del comienzo del conflicto con el campo y del nacimiento de Carta Abierta, uno de sus principales artífices explica cómo funciona, cuál es su ideología y qué buscan. Por Jorge Fontevecchia “Yo no fui nunca peronista. Vengo de un hogar de típica clase media más bien antiperonista.” La frase “clima destituyente”: “Fue un hallazgo de Nicolás Casullo”. —El 11 de marzo se cumple un año del paro del campo y, pocos días después, de Carta Abierta. ¿Cuál es su balance? ¿Sirvió? —Que el espacio público vuelva a ser un ámbito de debates, donde podamos poner en cuestión qué país queremos, me parece que es significativo y que enriquece a la democracia. El balance es bueno. —En la página web de Carta Abierta la última actualización es de octubre de 2008. ¿Qué pasó? ¿El fallecimiento de Nicolás Casullo influyó? —No. Para nada. Quizá porque la mayoría de nosotros no está muy vinculado a los medios electrónicos no hemos insistido lo que deberíamos para abrir un espacio de comunicación desde la página web. La muerte de Nicolás fue un golpe durísimo, pero Carta Abierta siguió su curso. —¿Cuál es hoy el debate? —Qué tipo de sociedad, qué tipo de país. Hemos logrado que la política que estaba desacreditada volviese a ser un ámbito en el que se procesasen intencionalidades, proyectos, divergencias, conflictos. A partir de conceptos como equidad, redistribución, Estado, mercado, colocados en una nueva dimensión, Carta Abierta quiere sobre todo salirse de los discursos que reducen todo a un eslogan, para tratar de pensar el presente, pero también iluminando el presente desde ciertas peripecias del pasado y también comprender que el pasado se hace más inteligible a partir de lo que está pasando en el presente. Carta Abierta es un ámbito de experimentación. —¿Cuándo se vuelven a reunir y puede participar el público? —Puede ir cualquier persona. Los sábados a la mañana, cada 15 días. El primer sábado de marzo reinauguramos las reuniones. —¿Cerraron por vacaciones? —Salvo una asamblea que se llamó especialmente para discutir una declaración en torno a Gaza. —¿Cuántos de los textos de Carta Abierta fueron escritos por usted mismo? —Carta Abierta es un escrito colectivo que es el producto de las reuniones en las asambleas. Hay quienes tienen una mayor participación. Diría que a través mío, como de muchos otros compañeros, ha fluido una manera de ver las cosas. Por supuesto que ni Horacio González ni Nicolás Casullo ni yo, ni otros compañeros, llegamos a Carta Abierta vírgenes de ideas, y sin dudas que parte de todas las discusiones que atraviesan problemas muy vastos de la sociedad, de la política, fueron nutrientes de Carta Abierta. Creo que sí hubo una mano que no está y que fue esencial, sobre todo en los primeros momentos de Carta Abierta, que fue Nicolás Casullo. —¿A Casullo, a González y a Ud. les tocó escribir los textos? —No. A veces hay un modelo que puede ser escrito por alguno, después del modelo otro interviene, y otro interviene, y después se discute. Entonces, ¿de quién es el texto? Dentro de un espacio colectivo, hay voces individuales. Cuando quiero escribir algo en nombre propio, lo firmo. —¿Es suyo el último, que generó polémica y mereció dos respuestas de Yuyo Rudnik y una réplica a éste de Horacio González? ¿Tiene Ud. un estilo que genera controversia y debate? —Provengo de una tradición que en Argentina ha sido significativa, iluminada maravillosamente por Borges, Martínez Estrada, Rodolfo Walsh; distintas voces para ensayar un tipo de escritura que pensó sin academicismos ni tecnicismos demasiado referenciales la problemática no sólo argentina, sino la problemática cultural. En los últimos tiempos he hecho un pasaje más significativo a una escritura político-ensayística. Para mí, el estilo es una política, una manera de ver el mundo. —¿Cómo define su estilo? —Intenta recoger tradiciones literarias, poéticas. Ser al mismo tiempo muy espontáneo. Suelo escribir de un tirón. —¿Rápido? —Es rápido el acto de escribir, cuando sale la idea, pero viene de mucho tiempo. Mi tesis de doctorado sobre Walter Benjamin la escribí después de veinte años de estar ligado intelectual y afectivamente a su pensamiento. La escribí rápido, pero porque tuve detrás escrituras, reflexiones, debates previos. —¿Quién creó la expresión “clima destituyente”? —Haré el homenaje a quien debe ser hecho. Fue Nicolás Casullo. Fue un hallazgo por lo que significó. Y Nicolás, que fue un gran periodista, en algún momento de su chispa literaria, sintetizó. Sintetiza mucho ese término. —¿Sintetizaron los intelectuales críticos de Carta Abierta que respondieron a la expresión “clima destituyente” con “clima abdicante” por el fin de ciclo? —No, simplemente con constatar qué le ha pasado a uno y otro concepto va la respuesta. —¿Qué palabras sufrieron confiscación discursiva por la oposición al kirchnerismo? —Hay una construcción muy potente, que tiene que ver con la palabra campo, que modifica de cuajo relaciones sociales, diferencias, desigualdades, contradicciones, violencia en una bucólica que remite incluso a las herencias escolares, familiares, la naturaleza, lo honesto, el trabajador, el campesino que trabaja de sol a sol. No quiero decir que en el interior del campo no existan todos estos rasgos, pero el campo es un espacio como cualquier otro, sacudido por complejidades, por violencias de lenguaje. En la lejanía griega, Hesíodo ya planteaba la diferencia moral entre los habitantes de la ciudad y lo que él consideraba el habitante del campo. Incluso en la tradición bíblica, de la saga de Caín nacen los herreros y los fundadores de ciudades. Siempre había una sospecha entre los habitantes de la ciudad y una visión un tanto bucólica o pastoral de los habitantes del campo. —¿La ciudad parasitaria? —Sí. A lo largo del conflicto del año pasado hubo una reducción de ese tipo: la riqueza la produce el campo. En abstracto. La ciudad siempre ha vivido del campo. —¿Y qué palabras sufrieron confiscación discursiva por el propio kirchnerismo? —Patria. Para mí, la patria es el barrio, la infancia, los amigos, el naranjo silvestre de La Lucila, pero es también una fatídica tarde del ’66 escuchando en mi escuela a la directora diciendo que ese día había habido una revolución en la Argentina. Porque había algo allí que no me terminaba de cerrar. —Patria es la infancia. —Sí. Quizá por mi ascendencia de judíos centroeuropeos, de tradiciones internacionalistas, nunca me gustó el nacionalismo, por lo que el concepto de patria me resultó más ligado a la fraternidad, amistad, los vínculos, lo único, la infancia. El kirchnerismo tomó de Carta Abierta “nueva derecha”. Cuando en la tercera carta planteamos que la escena política exigía nuevos modos de interpretación, nos pareció que nueva derecha puede dar cuenta de esta nueva escena. Nosotros hablamos también de anomalía, de excepcionalidad, de laberinto. Los lenguajes de las cartas han sido atípicos en la política argentina. —Un texto suyo hace referencia a “la sanata fidelpintista, aquel maestro del chamuyo que podía hablar sin decir nada al mismo tiempo que se ofrecía, a sí mismo, como el centro de todo sentido y de toda acción importante”. ¿No teme que pueda suceder algo parecido con el estilo críptico y el lenguaje enrevesado de algunos textos de Carta Abierta? —Mucha gente de Carta Abierta sentía que debíamos buscar un lenguaje más directo, que pudiera interpelar sin tantas mediaciones, barroquismo. Yo hago una reivindicación del lenguaje en su complejidad. Hay veces que las palabras y las escrituras no eligen lo complejo, sino que es la misma escena la que nos está forzando a buscar modos del decir que logren dar cuenta, pero que al mismo tiempo puedan eludir la tentación de la simplificación brutal. Y si de algo ha servido para el debate político es, en alguna medida, entre comillas, “la supuesta cripticidad del lenguaje”. Si el lenguaje de Carta Abierta hubiera sido indigerible no estaríamos hablando de Carta Abierta, ni esta entrevista hubiera tenido lugar. El estilo de Carta Abierta supone un modo de posicionarse frente a la realidad. —¿Sintió alguna vez el riesgo de una dialéctica de la ilustración en la que, en palabras de Adorno, se “cree que el proceso de la abstracción libera de aquello de lo que abstrae”, un pensamiento que al separarse de lo pensado puede entrar en contradicción con el mundo real? —Por más que a veces en nuestra omnipotencia imaginamos que somos los portadores de la verdad o de la certeza última, por suerte todo lenguaje falla. Y también falla el lenguaje de la política. Adorno diría que el lenguaje del concepto falla donde no reconoce lo no conceptual. Cuando quiere apropiarse de la totalidad del mundo como si fuera árbitro y señor del mundo. Pero la resistencia de lo no conceptual, paradójicamente, le permite a un lenguaje crítico reinventar el concepto. Me parece que en este sentido lo interesante de Carta Abierta es que han confluido, muy naturalmente, tradiciones, lenguajes, prácticas discursivas que antes no se tocaban o no se mezclaban. La literatura, el cine, la filosofía, el debate político, las ciencias sociales, la arquitectura. —¿Interdisciplinario? —No en cuanto a una sumatoria de disciplinas que cada una conserva su lenguaje propio, sino en el sentido de una especie de irradiación a partir de ciertas premisas. Hay un posicionamiento, toma de partido, una manera de presentarse frente a la escena política y de decir ciertas cosas con fuerza. Pero siempre está el peligro de caer en la abstracción, de equivocarse. Incluso muchos de nosotros, que venimos de largas travesías intelectuales, políticas o de debate en el campo de las ideas, hemos trajinado la puesta en cuestión de certezas. Mirar el mundo de la misma manera que como lo mirábamos en los setenta resulta o imposible o aburridísimo. —“Cepillemos la historia a contrapelo.” Walter Benjamin escribió que “articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal como verdaderamente fue, sino apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro”. Y Ud. escribió que “pensar el pasado es intentar la reflexión sobre qué acontece hoy a nuestra sociedad”. ¿Qué acontece hoy en la sociedad con el conflicto del campo? —El gran desafío, intelectual y político, es construir puentes de ida y vuelta entre el presente y el pasado. Aquello que persiste del pasado en el presente y aquello que el presente redefine, restituye del pasado. Porque el pasado nunca se presenta virginalmente al presente ni permanece tal cual fue una vez que es interpretado de diversos modos por una época. La Argentina sigue siendo un debate de memorias, de pasados, y un conflicto grave y complejo, como puede ser el de la Resolución 125, vuelve a colocar en la escena del presente debates del pasado. —¿Y cómo se ve tras un año? —Yo no fui nunca peronista. Vengo de un hogar de típica clase media más bien antiperonista, sin un dejo racista, como sí lo hubo en otros sectores. Pero también lo he comprendido de manera muy diferente a partir de diálogos con Casullo, que me permitió leerlo de otro modo. Particularmente el conflicto del año pasado; ciertos retornos, ciertos odios, ciertas frases me permitieron visualizar mejor los prejuicios de hace cincuenta años. Nos permite comprender de otro modo la historia contemporánea y esa experiencia poderosa de la Argentina que fue el primer peronismo. —¿Y qué enriqueció el paso de estos doce meses su mirada sobre lo que sucedió el año pasado? —Perjudicó la relación entre democracia y conflicto. Sobre todo el dominio abusivo de un lenguaje neutralizador de la política, un lenguaje de gerenciamiento de la política que fue propio de las últimas décadas dominadas, en general, por un tipo de gramática importada desde el management a la política. Es un proceso que hunde sus raíces en la devastación de las intensidades en el interior de la política. En estos últimos años en la Argentina se reinstaló, con problemas, debilidades o contradicciones, la cuestión de la política. Pero no ligada a una suerte de mesa gerencial de una empresa, sino se volvió a instalar la querella por la igualdad. —¿El año que pasó lo ayudó a hacer alguna lectura distinta? —El 2008 fue un año inolvidable, tremendo, intenso, complejo. Yo provengo de una generación que pensó la política en términos de formación del mundo, y cuando vio que iba hacia zonas oscuras y administrativas se distanció y la transformó en un objeto de reflexión filosófica. Pero estos últimos años, particularmente el año pasado, generaron en muchos la necesidad de tener que colocar una palabra con responsabilidad. Hoy una de las grandes responsabilidades de los que intentamos pensar la política y discutirla es rescatar, para resustantivar, palabras vaciadas, olvidadas. Argentina fue un país más equitativo. No vamos a discutir ahora si lo fue por aquello o lo otro. Adorno dice: “Porque alguna vez el hombre vivió en el paraíso, aunque haya sido un sueño, puede aspirar a volver a vivir en el paraíso”. Y creo que la Argentina es un país que nunca ha olvidado alguna de sus travesías. Ni las felices ni las horrorosas. —Unico país con nietos más pobres que sus abuelos. —Yo viví en el México de la segunda mitad de los setenta, y la primera impresión frente a esa sociedad fue: qué diferencia. Porque allí había claramente establecida la distancia entre el rico y el pobre. En la Argentina, no. Eso implica algo intenso, un modo de memoria social que siempre ha sido, por suerte, un ámbito de conflictividad. Como siempre ha habido una memoria de la equidad, los sectores más postergados de esta sociedad siguen exigiendo sus derechos. —Ultima vez que le pregunto: ¿cambió su mirada en un año? —Entré al año 2008 llevando dentro de mí una serie de valores, percepciones e ideas. El año 2008 lo que puso en el tapete fue la potencialidad de que esas ideas fueran discutidas en espacio público. Me alegró encontrar la posibilidad de defender algunas convicciones en espacio público, poniendo en cuestión esa reducción de todas las facciones: “¿Qué beneficio habrán sacado?”. Nosotros no sacamos ningún beneficio, más bien al contrario. Para mí, la discusión política no está ligada a nada que no sea el debate por las ideas. —¿Se apropió la protesta del campo de parte de los símbolos y tradiciones que eran de los sectores más populares: cortes de rutas, escraches, piquetes, toma de lugares, movimientos de base autoconvocados, etc.? —Si yo reivindico algo importante tanto de la presidencia de Néstor Kirchner como después de Cristina Fernández es que, en una sociedad que atravesó la experiencia del horror, se haya descriminalizado la protesta social e impedido que las fuerzas policiales se cebaran violentamente ante los diversos modos de protesta. No fue una apuesta menor jugar un juego que es de riesgo, porque si yo no reprimo determinada protesta social, tampoco puedo reprimir la otra. En la Argentina hay sectores que siempre han pedido represión. Es como ese señor que frente a un corte en la 9 de Julio quisiera pasar con el auto por encima de los manifestantes, pero si el corte lo hace alguien de su misma fracción social lo ve como un dechado de virtudes democráticas. Rescato de estos años ese respeto por la idea de que las manifestaciones en el espacio público expresan una conflictividad necesaria para una reinvención cotidiana de la democracia. —¿Existe para Ud. algún tipo de represión buena? —Yo diría con Lévi-Strauss que la cultura se asocia a la represión. No habría cultura sin la ley. Y la ley es violencia en su origen. No existe sociedad en el mundo que no fije límites, prohibiciones. Si aceptamos la existencia de los mecanismos legales del Estado, me parece importante estar a la altura de esos mecanismos, pero ni la ley ni los mecanismos legales ni las formas a través de las cuales se expresan los gobiernos son las fracciones. En una sociedad como la nuestra, atravesada por la historia de la represión, quizás haber sido un poquito desprolijo es mejor que ser demasiado prolijo. —Kirchner fue exitoso desactivando a los piqueteros prescribiendo su síntoma, aboliendo la prohibición para que ceda el deseo. Pero, ¿le jugó en contra en el conflicto con el campo? —Kirchner entendía que había algo en el conflicto generado por los piquetes, los cortes, los sectores populares, que tenía que ser resuelto de un modo que no pusiera en contradicción el fundamento de aquello que había puesto en movimiento el 25 de mayo de 2003. No es simplemente una astucia o un gesto pragmático que dice: “No, yo no lo reprimo y de esa manera terminarán por disolverse”. Ahora, si sólo fue pura astucia para desarticular y vaciar de contenido el movimiento piquetero, podría estar de acuerdo con lo que dice. —¿Y respecto del campo? —Lo peor que habría podido hacer el Gobierno durante el conflicto de 2008 era reprimir. No sólo porque eso habría contradicho lo que venía haciendo el Gobierno con otros modos de la protesta, aunque no es lo mismo la protesta social ligada a la falta de trabajo, al hambre, etc., que una protesta ligada a un debate en torno a la maximización de la renta, sino que en términos políticos habría generado algo infinitamente más complejo y violento de lo que el propio conflicto fue. —¿Fue útil, entonces? —Sí. Por permitir que se siga debatiendo. Incluso permitió que el Congreso pudiese fallar de otra manera. —Hace algunos días Alfredo de Angeli, junto a sus seguidores, impidió el remate de un campo ordenado por la Justicia; el lunes pasado tomó una sucursal del Banco de Entre Ríos. —Parecen anarquistas expropiadores de principio de siglo. —Para distintos fines, ¿no es el mismo método de Moyano? —Siempre hay que colocar cada acción en su contexto y en su historia. Hay infinitas tradiciones populares de resistencias. Cuando el condenado de la tierra pone el cuerpo para atender el pan de sus hijos, tiene la justicia de su lado. Cuando se corta la ruta para defender una renta, es otra lectura que tenemos que hacer. Porque los métodos son los mismos, pero no es lo mismo. —¿El fin justifica los medios? —El fin no justifica los medios. —Si ante fines nobles toleramos medios innobles, ¿no se convierten en un bumerán para los propios beneficiados? —Es muy interesante su pregunta y creo que daría para otra discusión. Decir que un fin noble justifica cualquier medio es no ver la experiencia de las tragedias de la modernidad. Yo creo que ningún fin noble justifica ningún medio innoble. —¿Pagó caro Kirchner con el campo no haber comprendido que la tolerancia al piquete fue útil en 2003 bajo un estado de excepcionalidad, pero al permitir el corte del puente de Gualeguay-chú abría la caja de Pandora? —Muchas veces el acontecimiento tiene un vértigo que en el propio movimiento impide la claridad respecto a las consecuencias posteriores de aquello que está aconteciendo. Habría sido difícil visualizar en el inicio de aquel corte del puente internacional todo este movimiento que termina en los cortes de ruta. Retrospectivamente, hay un error del Gobierno, y también un error respecto del vínculo con el Uruguay en este momento de América latina lo suficientemente importante y significativo para priorizar relaciones de respeto recíproco, de amistad. No se midieron las consecuencias de lo que se estaba abriendo. —Es fácil decirlo después. —No me preocupa tanto si le ató las manos al Gobierno respecto a la posibilidad de reprimir legalmente a los piquetes de la Mesa de Enlace o a los autoconvocados. Hay algo en la sociedad argentina que se mueve con autonomía de las decisiones del Gobierno y hay que ir a buscarlo a los cacerolazos de 2001. —¿La Federación Agraria se alía con la Sociedad Rural y ya no es aquélla del grito de Alcorta porque se aburguesó, y hoy ya son dueños cuando menos de pymes, y a la vez la Sociedad Rural se empobreció y ya no abundan los latifundistas de principio de siglo, o sea, cada vez hay menos diferencias de clase? —No quisiera meterme en un terreno de debate técnico-económico sobre la composición social del mundo rural. Ojalá pudiese, el único libro que leí con interés sobre el mundo agrario es La cuestión agraria (N.d.R.: Carlos Kautsky, 1903), hace muchos años. Quiero decir, a mí me importó el campo cuando se discutía la reforma agraria, pero en la Argentina nunca se discutió. Yo creo que definitivamente es muy probable que el Gobierno no haya leído la nueva escena. —¿Igual que Ud., el Gobierno se quedó con la lectura de libros viejos sobre el campo? —Yo diría que ni siquiera leyó el contexto de lo que estaba sucediendo a partir de la vieja lectura. —Igual que con el puente de Gualeguaychú, se volvió a equivocar porque la estrategia de Alberto Fernández fue tratar de acordar con la Federación Agraria, supuestamente afín ideológicamente, y separarla de la Sociedad Rural. Seguían con un imaginario del campo de principios de siglo pasado. Y ahora De Vido persistió en el diagnóstico equivocado, tratando de dividir latifundio de minifundio. —En el campo décadas atrás se encontraba con una escena muy diferente a la de ahora. Hay una profunda transformación cultural, equivalente a lo que ha ido sucediendo en los espacios urbanos, pero con características propias. El pequeño productor o el arrendatario del grito de Alcorta estaba más cerca del dirigente obrero socialista o anarquista que, obviamente, del dirigente de la Sociedad Rural. Entre otras cosas, porque su mundo cultural, su ideología, su sensibilidad tenían que ver o lo vinculaban más con esos estratos sociales. La Federación Agraria de Humberto Volando quedó herida de muerte en los años 90. Decenas de miles de pequeños productores chacareros desaparecieron, que era un estrato clave de lo que podríamos llamar la ideología de la Federación Agraria. —Y lo opuesto sucedía en la Sociedad Rural: cada persona que se moría dividía el campo, mínimamente, por dos. —Si bien es cierto que la forma paradigmática de la Sociedad Rural no es la que actualmente la compone, sí se ha ido desplegando un mecanismo de concentración de la riqueza y de la capacidad de apropiarse de la renta que produce una sociedad. —¿En la Sociedad Rural? —Asociados o vinculados. —¿Habla de los comercializadores y proveedores del campo? —La Sociedad Rural no es exactamente la misma que cuando tenía mucho más poder. Sin embargo, sigue actuando en muchos casos a partir de ciertas matrices que venían del pasado. Los otros días, leí en Página/12 el informe de la Escuela de Ciudadanía Democrática que inauguró la Sociedad Rural, teniendo como estrella rutilante a Vicente Massot, quien ha sido y es un ideólogo de una derecha dura en la Argentina. —Comprendo su tendencia a volver hacia lo abstracto pero mi pregunta es técnica, al igual que con el puente de Gualeguaychú, es sobre la torpeza del Gobierno. Su pésima estrategia. —Está perfecto. A Menem no le hubieran podido cortar las rutas no sólo porque habría utilizado los recursos represivos, sino porque su relación con distintos actores sociales es completamente distinta a la lógica que atraviesa la decisión del Gobierno. —Al contrario, el menemismo castigó al campo mucho más que este G obierno, que como el herrero creó la propia arma con la que iba a ser asesinado. —El Gobierno no imaginó un escenario de tal envergadura a un plazo tan corto de haber legitimado el triunfo de Cristina. No podía imaginarse que ese actor social se iba a transformar en clave a la hora de poner en cuestión toda la política del kirchnerismo desde comienzo de 2003. Sus acciones estuvieron atravesadas por esa sorpresa. Le dio mucho más de lo que ese actor habría podido conseguir en términos de visibilidad si hubiese logrado trabajar de otro modo al comienzo del conflicto. —¿Su estrategia equivocada fue tratar de dividirlos? —Sí. El Gobierno no vio que el pequeño dueño de cien hectáreas está con alma y cuerpo del lado de los pools de soja o del gran productor, porque ese boom de la soja le permitió irse a vivir muy bien a su pueblo, o comprar propiedades, o multiplicar el valor del metro cuadrado en General Acha. Se transformó en un hombre ligado a los intereses económicos y culturales de aquel modelo (opuesto) que ahora pasó a desear ser, que era el del gran productor. —Pasa siempre con el desarrollo económico: es el conservador quien tiene que conservar. —Estoy de acuerdo. —¿Fue ingenuo el Gobierno, entonces? —Sí. Lo positivo del conflicto es la posibilidad de evidenciar lo no resuelto en lo cierto. Más allá de que si se portó bien, mal, regular, el Gobierno lo que puso en juego también tiene que ver con el litigio por la igualdad. —Si el tema de fondo es la redistribución del ingreso, ¿por qué no se coloca el mismo acento en otras áreas más florecientes? —Muchos amigos, sobre todo los que hacen una crítica por izquierda del Gobierno, señalan siempre lo que falta. Bueno, siempre falta algo. El primer gobierno de Kirchner llegó en condiciones azarosas. Llega con el 22% de los votos al poder y coloca un discurso que la sociedad no estaba esperando ni estaba pidiendo. Gran parte de la sociedad argentina todavía no quiere saber nada con el tema de los derechos humanos, le importa poco si en la Corte Suprema está gente de la talla de Argibay o de Zaffaroni; lo que quiere es seguir viajando a Miami. No le importa lo que le pase a los negros de esta sociedad, sino más bien todo lo contrario. No le importa que el Estado haya sido desguasado, aniquilado. No le importa que las redes de solidaridad hayan sido desestructuradas. Lo que le importa es su bolsillo, su renta. Esto tiene que ver con algo que pasó en el mundo también, que es la transformación del ciudadano en ciudadano consumidor. El ciudadano consumidor es aquel que lee el mundo ya no desde la vieja ciudadanía democrática, sino a partir de ciertos valores: el éxito personal, la riqueza, el estar que ofrece cierto dispositivo mediático. Kirchner es un personaje desalineado, y que trae un discurso extraño, que reintroduce conceptos que estaban olvidados incluso en gran parte de lo que llamábamos el progresismo. No hay que perder de vista que cuando la alianza llega al poder, básicamente construida por la inteligencia de Chacho Alvarez, él había hecho un renunciamiento político intelectual decisivo: la economía era intocable. El progresismo de los 90 creyó que la política se resolvía en un set televisivo. Chacho Alvarez todos los jueves yendo al programa de Mariano Grondona. Y Graciela Fernández Meijide discutiendo, como si Mariano Grondona fuera su íntimo amigo, contra, en ese momento, la bestia negra, que era el simpático de Menem, al que nunca se llegó a odiar del modo como se odia, por ejemplo, a Cristina Fernández. ¿Qué pasa que en vastos sectores de la sociedad, de clases medias, que hay algo así como un odio que recuerda aquello de “viva el cáncer” cuando murió Evita? —¿Qué pasa? —Hay heridas en esta sociedad. Hay un proceso de transformación cultural muy complejo que se ha ido agudizando en las últimas décadas y que también se vincula con la sociedad del espectáculo que ha generado una sociedad desequilibrada, partida en mil pedazos, a los que les gusta bañarse cada tanto en las aguas puras de la irresponsabilidad y de la virginidad. Aquellos que esperaron y en parte gozaron el golpe militar del ’76 después se rasgaron las vestiduras ante el horror de la dictadura y compraron la entrada a la vida democrática del primer discurso del alfonsinismo. Esos mismos que fueron alfonsinistas al comienzo del ’83 después fueron rabiosos antialfonsinistas, y hoy Alfonsín, que a mí me resulta simpático e interesante, es un viejito simpático, cuando a finales de los 80 era la bestia negra de los Neustadt y los Grondona. Esa misma sociedad que terminó la dictadura apoyando una aventura terrible, como fue la de las Malvinas, después volvió a arrojarse a las aguas puras. Muchos de nuestros abuelos, que llegaron a la Argentina proviniendo de mundos campesinos y urbanos pobrísimos, hicieron una suerte de obturación de eso, un pasaje al bienestar. Y en ese proceso de obturación construyeron también un modelo ideológico, de valores. Y de alguna manera recrearon las condiciones de lo que después iba a terminar siendo un neorracismo de clase en la Argentina. —Comparto su análisis, pero veo que Néstor y Cristina Kirchner son un arquetipo de esos síntomas que acaba de describir, a los que les agregaría apoyar y luego demonizar las privatizaciones. —En la medida en que asumen un posicionamiento político que pone en cuestión aquel modelo de sociedad, están representando otra cosa. No estoy pidiendo una responsabilización personal de cada individuo que diga: “Yo me equivoqué”, porque sería una especie de caza de brujas tonta; lo que estoy diciendo es que en la Argentina se ha producido un tipo de obturación que está ligada a la reproducción exponencial de un modelo de vida que tiende cada vez más a exacerbar las formas de un individualismo de mercado. —Es que la caza de brujas la realiza Kirchner generando doble indignación al no ser inocente de lo que acusa a los demás. Es lógico que cada ciudadano necesite obturar, porque si se sintiera personalmente responsable de todos los errores que la Argentina acumuló en el último medio siglo, no podría vivir. —Sí y no. La Argentina guarda dentro suyo una serie de cualidades muy particulares. El nombre de Argentina ya es el deseo de una realización imposible. Incluso también esta idea de hacer la América. —Volviendo a ese comportamiento bipolar argentino, ¿ese carácter… —Operó sobre el kirchnerismo… —Exacto, por ejemplo, niega su adhesión a la convertibilidad. —Hay una diferencia entre Kirchner como gobernador de Santa Cruz y el kirchnerismo. El kirchnerismo como tal emerge el 25 de mayo de 2003. Incluso en un espacio como Carta Abierta puede haber compañeros que en los 90 creyeron que Menem estaba bien. —Vuelvo a la pregunta que originó esta catarsis. ¿Es injusta la desconfianza del ciudadano cuando observa que se critica la renta extraordinaria del campo pero no la de la minería o el juego, ambos negocios relacionados con empresarios amigos del Gobierno? Además, no olvide que ya pasaron seis años de gobierno. —Su pregunta es una pregunta importante que incluso yo me hago. Me preocupa ese ciudadano medio porque me preocupan los mecanismos de construcción de la opinión pública. Para hablar de ciudadano medio hay que hablar del concepto de opinión pública, de la relación de los medios de comunicación. Por lo que fue el menemismo, la sociedad había tendido a un modo complejo de la despolitización. Incluso en el “que se vayan todos”, que pudo haber sido leído por algunos como una frase refundadora de la política emancipatoria, yo tiendo a leer, como diría en este punto Casullo, más bien una profunda e intensa visión antipolítica de vastos sectores medios de la sociedad. Se acusaba a Kirchner de ser confrontativo, de buscar la hegemonía y de que no había libertad de prensa. No vamos a poner en discusión el concepto de hegemonía, que no es ninguna mala palabra en política. La hegemonía es parte del proceso a través del cual un modo de pensar y de actuar de la política intenta capturar mayores facultades para realizar sus proyectos. —La hegemonía es antidemocrática porque impide o dificulta el principio de control y alternancia en el poder. —Pero no dominancia autoritaria. Si la hegemonía se da en el interior de un modelo democrático, es la hegemonía que se puede lograr a partir de sustentabilidad social, electoral, política. Habría que definir también si lo que llamamos democracia tiene una sola base de sustentación. —¿Ud. dice que el modelo democrático no requiere alternancia en el poder? —Bueno, después volvemos sobre ese plano. —Me maravilla su capacidad de pasar por un tema y volver siempre al que usted quiere. —Pero yo iba a ir a la minería. Para mí es muchísimo más importante lo que ha generado la excepcionalidad kirchnerista que las deudas, las faltas e incluso los errores. La balanza se inclina hacia lo positivo. —Lo mucho positivo que pueda tener no invalida la discusión de lo negativo. Por ejemplo: ¿le genera alguna sospecha que el matrimonio Kirchner haya aumentado ocho veces su patrimonio personal en seis años de gobierno? —Siempre está el peligro de caer en el abismo allí donde la política es reducida a ser enjuiciada. Yo no sé si Kirchner tiene más, menos plata que antes o después. No es algo que en lo personal me preocupe. Sí creo que tiene que haber los instrumentos adecuados, jurídicos, reales, como para que un gobierno sea fiscalizado. —¿Podrá tener alguna relación ese crecimiento patrimonial con la minería o el juego? —No lo sé. Preferiría el modelo de Arturo Illia. Todos preferiríamos el modelo del ciudadano que sale más pobre de la presidencia de lo que entró. Pero eso también es una abstracción, porque así como fue ennoblecido, el 70% de la sociedad argentina de aquellos años creyó que era un pobre tipo al que había que sacarse de encima. La complejidad no es sólo de los Kirchner, sino también del peronismo. No está mal que alguien quiera vivir como se vive en California. —Lo que está mal es que Ud. critique a los que quieren vivir así siendo Ud. uno de ellos. —Perón fue un hombre que, no sé si se enriqueció, pero podríamos decir que vivió bien, y sin embargo produjo la transformación social más significativa de la historia —Perón, patrimonialmente, era pobre al lado de Kirchner. —Personalmente, preferiría que (el líder) no sea exponente de una riqueza abusiva. —En reiteradas oportunidades dijo que Julio Cobos no es un traidor, sino simplemente un emergente mediático de última hora. Después de muchos meses, Cobos sigue siendo el político argentino de mejor imagen. ¿Es sólo un fenómeno de los medios? —Cobos viene a expresar en parte esa necesidad de un amplio sector de la sociedad argentina de encontrar al político que da su voto porque su hija y su esposa le pidieron que vote de esa manera. El que aparece como un dechado de virtudes, no republicanas, porque si hubiera sido un dechado de virtudes republicanas, tenía más de una alternativa más republicana que la que tomó. No quiero juzgarlo moralmente, no lo conozco, por eso la palabra traidor no me cabe. Es más: hasta digo, casi borgeanamente, que para ser traidor hay que estar a la altura de la traición, y no creo que Cobos haya estado a la altura de ninguna traición. La popularidad de Cobos es un dato preocupante del modo en cómo se relaciona la “opinión pública” con lo político. —¿Qué está produciendo hoy el Observatorio de Medios? —No tengo la más mínima idea porque nunca estuve vinculado. Soy miembro no muy activo de su consejo por elección de mis pares, y creo que ahí hubo una actitud despiadada hacia un ámbito que no se merecía el maltrato de ese modo, como es la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Hubo una sobreactuación de toda una trama corporativa. Me gustaría hacer una defensa liberal de una ley de radiodifusión que rompa con la estructura monopólica con la que se ha desplegado la comunicación y la información en la Argentina. Incluso reprochándole al kirchnerismo su incapacidad durante varios años, y su beneplácito, para que se produjeran más concentraciones mediáticas. —Luchar contra excesos de concentración es liberal. —Aquellos que defienden desde una concepción liberal la libertad de prensa no ponen en entredicho que en la Argentina desde hace décadas sigue funcionando un proceso de concentración mediática. Y es fundamental para democratizar el acceso a la comunicación y a la información que el Congreso de la Nación sea capaz, sin chantaje, de producir una nueva ley a la altura de los tiempos tecnológicos actuales, que son muy complejos. —El profesor de historia de la UBA Ezequiel Sirlin escribió que “Clarín acumula victimización y demostración de fuerza extorsiva para el momento de la definición del Triple Play y la Ley de Medios”. ¿Es Clarín un monopolio? —Sí, si quiere ponga Clarín. La única corporación que es capaz de actuar como fiscalizadora del resto de la sociedad, pero que no acepta ser puesta en cuestión o criticada, suele ser la de los medios de comunicación. Siempre que hay algún tipo de discusión en cuanto al lugar que ocupa en la construcción de lo social, de lo político, de lo económico sale a defenderse esgrimiendo la falta de libertad de prensa, la censura. —Ud. dijo que los medios son un usufructo monopólico que se viste de objetividad, ¿quién es el dueño de ese monopolio? —El ciudadano a la mañana abre el diario, prende la radio y la televisión, canal de aire o canal satelital, va recorriendo el día de esa manera y se encuentra con una construcción de la información que define las condiciones de percepción de la realidad que provienen de una manera abusiva, concentrada y monopólica de una sola empresa. —Clarín no es un monopolio. Sí es un jugador dominante. —Sí, pero por su potencialidad económica y su capacidad de lobby político termina por ofrecerle al ciudadano medio todo el menú de los medios técnicos, a través de los cuales se puede informar, comunicar y divertir a una sociedad. Es decir que al mismo tiempo que es dueño de gran parte de los principales diarios nacionales y provinciales, lo es de canales de cable. —A ver: el tema no es que Clarín tenga un diario, un canal de televisión, una radio o Internet porque hay varias empresas también así diversificadas. El problema es que en cada una de sus áreas de actuación es el jugador dominante. ¿Similar en EE.UU. a Microsoft, que aunque no sea un monopolio, el Congreso le impide desarrollarse en determinadas áreas para no aumentar su dominancia? —Sí. —Por tanto, sin necesidad de una nueva Ley de Radiodifusión, simplemente hubiera bastado que Defensa de la Competencia, algo bien liberal, hubiera actuado como corresponde, impidiendo la fusión de Cablevisión con Multicanal. —Podría ser. Ahora se reglamentó una nueva figura que habilita a que puedan abrir nuevas bandas. —Eso demorará años. Es hipócrita que el propio Néstor Kirchner, el último decreto que firmó, como si fuera un regalo servido en bandeja de plata, haya sido la fusión de Cablevisión con Multiucanal. —… —¿Por qué no denuncia esto desde Carta Abierta, también? —El Gobierno acumula contradicciones que tienen que revisar sin ninguna duda. Yo le diría que haberle otorgado en su momento la renovación de la licencia por una cantidad de años, sobre todo al Grupo Clarín, ya es todo un problema. Me parece que hay un reflejo en cierto kirchnerismo por priorizar la negociación con las corporaciones, por ver la economía desde lo que implican las corporaciones. En un estado de crisis radical, como era el Estado en la Argentina de 2003, se negocia primero con las corporaciones, y en algún punto queda preso de esas negociaciones. —El problema no fue la prolongación de las licencias, que fue igualitario para todos los canales; es algo que sucede periódicamente en todo el mundo y se descuenta que así sea: ¿Telefe y Canal 13, cuando les venciera su contrato, deberían cerrar y despedir a todo su personal? Lo contradictorio es Cablevisión y Multicanal. —Creo que son déficits. La pregunta que me haría es si el Gobierno está dispuesto a revisar ese tipo de acción. Si no estuviese dispuesto a revisar aquello que invalida la posibilidad de democratizar efectivamente la circulación de la información y la comunicación, estaríamos frente a un gravísimo problema. —El Gobierno no sabe nada de medios y Uds. son ingenuos con el Gobierno. —La discusión abarca lo que podríamos llamar la sociedad del espectáculo, el papel de los medios de comunicación en la construcción de la opinión pública. Yo creo que el neoliberalismo es una revolución cultural imposible de realizar sin el poder clave de la industria del espectáculo y de la comunicación, y lo que podríamos llamar los conglomerados mediáticos más poderosos. Es imposible la transformación de mentalidades, de construcción de sentido de organización de las expectativas de los individuos en la sociedad de masas sin el papel clave de los medios de comunicación. —Dejémosle a Lipovetsky la era del vacío y hablemos de Clarín: Horacio González escribió en uno de sus artículos que los medios son “el más formidable aparato de demolición simbólica que se conoció en la Argentina posdictatorial”. Entonces, ¿pienso bien al creer que Carta Abierta está hablando de la Argentina? —Sí, claro. —Y no de la problemática de la sociedad posmoderna en general. —No, no. —Hábleme de la Argentina, entonces. —Cuando alguien dice: “Yo hablo en nombre de la opinión pública”, lo que no dice es que al mismo tiempo la está incluyendo. Es un punto clave de la época este aprovechamiento. Los actores sociales, las formas de identidad, se han transformado, y por lo tanto en una sociedad fragmentada el papel unificador, como dadores de sentido, como constructor de imaginario que vayan vertebrando posicionamientos, es fundamental. No es lo mismo que en los años 10 del siglo XX, donde comenzaban a tener un papel relevante. No hay que perder de vista que los primeros que intuyeron el papel decisivo de ciertos medios de comunicación de masas de una unidad en torno a un proyecto político fueron los fascistas y los nazis, que comprendieron el papel de la radiodifusión y el papel de la industria hollywoodense en el gran triunfo de lo que podríamos llamar el despliegue de la americanización del mundo. —¿Podríamos separar prensa y periodismo con la industria del espectáculo? —Pero están cada vez más intricadas. El noticiero es el ejemplo fenomenal del proceso a través del cual la espectacularización de la noticia se asocia a una estética absolutamente importada de las de la publicidad y de las cinematográficas o televisivas. Canal 13 trabaja su información de una manera no distinta a como arma una telenovela. Hemos retrocedido, hemos llegado largamente por detrás de los grandes debates comunicacionales de los años 60 y 70, donde se discutía lo semiológico, lo político, lo ideológico, lo técnico, y ahora estamos en una especie de discusión frívola en la medida en que vivimos en una sociedad dramática y, esencialmente, atravesada por esos lenguajes mediáticos —Sigue hablando sólo de los medios audiovisuales. —El medio gráfico guarda esa posibilidad de distancia crítica que todavía, supuestamente, la lectura generaría frente al impacto inmediatista de la imagen. Quizás, pero también en el mundo gráfico ha habido un proceso de acompañamiento de lo que yo llamaría la subestimación del lector medio. La construcción es: el lector medio es un analfabeto, por lo tanto el modo de construir la información tiene que estar a la altura del analfabetismo del lector medio. Entonces, los periódicos van a ser cada vez más analfabetos. —¿Cuando Carta Abierta se refiere a los monopolios de los medios se refiere a los diarios “La Nación” y PERFIL? —Si yo tomo el último PERFIL, hay una decisión político-editorial de privilegiar un modo de presentar la escena. Una decisión que no es inocente, no aspira a la objetividad, sino a posicionarse de un determinado modo frente a la realidad. Cuando Morales Solá dice en el mismo instante que la Presidenta esta yendo a España, que la Argentina está más aislada que nunca del mundo, a mí me parece que hay una construcción que es una tomada de pelo general. En el mismo momento que la Argentina es parte del grupo de los 20. La Argentina hace un viaje a España, que fue bastante razonable, pero fue inmediatamente ninguneado, o construido previamente como que a la Presidenta la iban a tratar más o menos como si fuera un personaje de cuadro. Yo no discuto el derecho de La Nación, de PERFIL, de Página/12, de Crónica y de Clarín a posicionarse de un determinado modo, me parece que es absolutamente válido. Lo que pongo en entredicho es el mecanismo a través del cual gran parte de esos medios de comunicación terminan ofreciendo su interés, su posición en particular, su perspectiva político-ideológica como una construcción verídica de aquello que está aconteciendo, y operan desde la lógica de “nosotros representamos a la verdad”. Ese ropaje de objetividad es una enorme falacia. La objetividad no existe ni en la ciencia ni mucho menos en el periodismo. Hay un sujeto que interviene, hay intereses, hay posicionamiento, hay manipulaciones. —Así como hay métodos científicos de aproximación a la realidad también hay técnicas periodísticas verdaderas y falsas. Cuando Carta Abierta criticó los “no siempre felices modos de construcción política del propio Gobierno” y las “carencias que muchas veces muestra para enfocar y comprender los vínculos, indispensables, con campos sociales que no se componen exclusivamente por aquellos sectores a los que está acostumbrado a interpelar” que “no posibilitan generar una dinámica de encuentro y diálogo recreador de lo democrático-popular”, ¿se estaba refiriendo a la discriminación con la publicidad oficial y la política de censura del Gobierno a las voces no alineadas? —Este es un caso inédito de país, en el que el 90% de los medios audiovisuales o escritos no mira con simpatía al Gobierno, y uno descubre que hay algunos medios con recursos bastante lastimosos que, supuestamente, serían como la pata oficialista en los medios de comunicación, Canal 7, Radio Nacional, Página/12, entre comillas. Radio Nacional está en todo el país, pero frente a monstruos como Radio Mitre, Continental, etc., etc., no tiene significación. Canal 7 no existe en el momento álgido del conflicto: pasaron un partido de básquet. El Gobierno no ha sabido tener una política de relación con los medios de comunicación, no se había dado cuenta hasta ahora de que había no solamente un debate o una disputa de orden político y económico, sino también en el campo de la cultura, de la información, de la comunicación. —Creo que está muy mal informado, porque es exactamente al revés. —¿Al revés? A ver… —El Gobierno contó con el apoyo del 90% de los medios. En la lista está olvidando sumar, parte de las incongruencias, al mayor grupo de radios de este país, casualmente el único que ha defendido al militarismo, y que los ministros utilizan como la cadena oficial. La Presidenta la última vez que habló por radio no fue en Radio Nacional sino en Radio 10. Se está olvidando del canal de televisión de más rating de todos los años del kirchnerismo, que es Telefe que, al estar su propietara –Telefónica– con sus tarifas controladas, no difundió nunca una sola noticia que molestara al Gobierno; por ejemplo, los avisos de la revista “Noticias” con tapas de política, los demás sí, nunca tuvieron espacio disponible en ese canal durante los cuatro años del último gobierno. Y se está olvidando de que Clarín hasta hace un año apoyaba al Gobierno. En síntesis, hasta antes de la crisis del campo, el 90% de las audiencias de los medios correspondía a medios aliados. —No, no, no, no. Me parece que está construyendo una analogía. —Volvamos a repasar: ¿el Grupo Clarín hasta hace un año no apoyó al Gobierno? —El Grupo Clarín construye alianzas de acuerdo a sus propios intereses y las va modificando. —Por eso mismo, ¿cómo consiguió que le aprobaran la fusión de Cablevisión y Multicanal? —Sí, podríamos decir que no fue belicoso con el gobierno de Kirchner. Pero estamos hablando del momento en que se produce una inflexión. A partir de 2008 se produce una inflexión. —¿Reconoce que hasta 2007 el Gobierno contó con el apoyo de la mayoría de los medios? —Habría que regresar sobre la historia del 2003 al 2007 y releer lo que se dijo en Clarín para seguir esta discusión. Volvamos al 2008. El “ciudadano medio” suele mirar la realidad a través de un espacio comunicacional que no puede ser definido como oficialista. —¿Cómo obtuvo el 70% de popularidad Néstor Kirchner con el 90% de los medios en contra? —Yo creo que la popularidad aquella tiene que ver con una circunstancia de época muy precisa, con los años en los que se produjo un movimiento claro. —¿Para qué cree Ud. que el Gobierno usó la discriminación con la publicidad oficial? —Es casi un reflejo de cualquier gobierno privar o utilizar la propaganda oficial para premiar o castigar. Hay que exigirle al Gobierno que tenga una pauta no discriminatoria con ningún medio. —Ud. sostiene que los medios construyen la opinión pública. ¿El proceso es interactivo y los medios también son construidos por esa opinión pública? —Por supuesto. —¿Comprende que mientras que la opinión pública estuvo a favor del Gobierno, la mayoría de los medios, por oportunismo, demagogia, o simple lógica comercial, estuvieron a favor de esa corriente, retroalimentándola; y cuando cambia el ciclo, por idénticos motivos, potencian lo opuesto, por eso Kirchner pasó del 80% de aprobación al 20%? —Vimos que las condiciones de producción en la época actual han producido un dramático maridaje en la relación entre medios y opinión publica. Ese maridaje cada vez más está desfigurado alrededor de una capacidad discursivo-mediática de penetrar, de interpelar, de definir condiciones de percepción de la realidad que ya no tienen ese recurso de ida y vuelta del modo como lo está planteando. Sin embargo, sí considero que hay zonas no reducibles a ese paradigma, que hay salidas, cortocircuitos, intersticios, porque si no estaríamos fritos. —En un artículo titulado “La impostura o el arte de hacer que vivimos en una ficción”, Ud. escribió: “¿Por qué tanta animadversión contra los impostores que no han hecho absolutamente nada, sólo hacer astutamente que hacían algo? ¿Cómo es posible que se los acuse tan recurrentemente de poner el giro hacia la izquierda para finalmente doblar hacia la derecha si simplemente son unos impostores que no han confrontado con ningún interés económico ni político?”. Siguiendo esa lógica: ¿con qué intereses económicos confrontaron Menem y De la Rúa para que el periodismo los haya acusado tan recurrentemente? —Cuando yo digo “la impostura”, lo más sorprendente de todo esto es que las críticas vienen de los que se dicen progresistas al Gobierno. Hay algo raro acá. —Doctor en Filosofía, su silogismo encadena la animadversión y los ataques que recibe al hecho de afectar intereses. —Hay claramente un doble mecanismo. Por un lado, se los acusa porque están tocando un interés, pero al mismo tiempo un mecanismo que ha operado de una manera bastante interesante para ser descifrado, el que dice en realidad somos impostores y no molestan a nadie. Si el Gobierno no tocó intereses, no planteó una política que implicó una confrontación con un determinado proyecto o modelo… Si el Gobierno no hizo nada para merecerse las críticas, si más bien lo que hace es privilegiar los intereses de los poderosos de siempre, entonces la pregunta inquietante es qué interesante es que se lo acuse por aquello que no hace. ¿Qué implica esa impostura? Esa impostura es en realidad el proceso a través del cual lo que está vaciando es de sustantividad a la propia acción de política y gubernamental. —Lo que prueban sus premisas es que se lo ataca por eso. —El discurso, la crítica de la impostura sobre todo, viene de Lozano, y también viene de la derecha. —¿Comprende Carta Abierta que en la democracia la prensa crítica de todos los gobiernos cumple un papel de auxiliar de la Justicia dentro del sistema de división de poderes? —Dicho así, está postulando un modelo de intervención de la prensa que supone que el lugar de la conciliación es un lugar comprometido con intereses. Este es el punto central, es el punto central incluso de una discusión en torno a la mano invisible de Smith y del mercado, esta idea de una neutralidad, de una territorialidad no atravesada por intereses económicos, políticos. —Por el contrario, Adam Smith sostenía que ese atravesamiento de egoísmos individuales tendía al buen común. Podría traducirse al caso de los medios como una competencia por obtener representatividad a través de una audiencia mayor o una credibilidad mayor. —Soy heredero de una frase tremenda de Karl Kraus, que dice que en realidad el papel de los medios de comunicación está de cuajo metido en la posibilidad misma de la guerra, no habría guerra sin el papel de los medios de comunicación, y agrega: aquel que esté libre de culpas que dé un paso al frente y calle para siempre. Era un exagerado. El concepto que está planteando de auxiliar de la Justicia es abstracto, primero porque es abstracta la idea de justicia. —La Justicia como poder del Estado no en sentido abstracto. —¿Qué es el Poder Judicial? Es ese lugar neutral… —¿Ud. no cree en la división de poderes? —Sí, pero también tiene que poner en discusión que la estructura de la división de poderes sobrevuele de una manera neutral y virginal la trama de construcción de intereses en una sociedad. En la sociedad argentina, la división de poderes fue una falacia. La dictadura fue la expresión máxima, gran parte del sistema jurídico argentino fue responsable. —Por el contrario, no hubo libertad de prensa en la dictadura, porque no hubo división de poderes; ella es su consecuencia. —Las dos cosas, no había libertad de prensa, pero, al mismo tiempo, la prensa que había funcionaba de acuerdo con la dictadura. —Si hubiera habido división de poderes habría existido libertad de prensa. —En el menemismo podríamos decir que la división de poderes era una falacia, porque la Corte Suprema era una corte adicta. —Se equivoca, en el menemismo, como lo es hoy en el kirchnerismo, la división de poderes es imperfecta pero es incomparable con la dictadura, por eso existió con Menem y existe con Kirchner prensa independiente. —Estamos de acuerdo. Pero la diferencia es que para usted hay un territorio conceptual filosófico, político, jurídico que acepta como presupuesto lo que podríamos llamar, entre comillas, una “neutralidad valorativa” que hace posible que cada uno de estos actores funcione de acuerdo a una premisa universal no comprometida con intereses particulares. Y lo que yo digo es que eso es falso, que incluso la división de poderes de las democracias contemporáneas está atravesada por intereses. Eso no significa que sea mejor la inexistencia de la división de poderes. La división de poderes lo que garantiza es que el ciudadano pueda al menos interpelar a cada uno de esos poderes y, particularmente, al Poder Judicial, donde no funciona como debiera funcionar. Acepto que un Estado de Derecho, incluso como una ficción, porque es una ficción, no es algo natural, como todo derecho, como ficción, necesite creer en la división de poderes y que esa creencia funcione en términos materiales. Si no, estaríamos fuera de la posibilidad misma de vivir en el interior de un Estado de Derecho. A eso le agrego que la ficción está atravesada por materialidades, por intereses, por contradicciones, por violencias institucionales. Entonces, lo mismo podemos decir de lo que llama la función auxiliar de la Justicia. Cuidado con el proceso a través del cual el periodista desplazó como emergente heroico a la propia capacidad de la sociedad civil de operar como defensora de sus propios derechos. Cuidado con esa época.
Por Ricardo Forster * Mientras el miércoles por la noche miraba el debate de los candidatos a diputados por la Capital Federal no podía dejar de preguntarme, por un lado, si existe la ingenuidad en política y, por otro lado, si todavía persiste entre nosotros la profunda desideologización de los años ’90, época, como todos recordarán, en que se anunció a los cuatro vientos una doble muerte: la de la historia y la de las ideologías, con lo que se habían vuelto vetustas y anacrónicas las referencias a derechas e izquierdas. En el tiempo dominado por la lógica del mercado y la estetización posmoderna de todo, ningún anclaje significativo podía ofrecer nada relevante, ninguna memoria política podía perturbar el juego de equivalencias que borraban historias, posicionamientos, conflictos, herencias político-culturales, resistencias, derrotas, hegemonismos, explotaciones, clases sociales, violencias (y la lista es demasiado extensa como para continuarla). Una nueva forma de lenguaje pasteurizado, construido con los retazos del marketing, la publicidad y la reingeniería empresarial, se ocupó de darle rienda suelta a la neutralización de la política, a su sometimiento a las gramáticas audiovisuales y a los designios de la industria del espectáculo. Clausurado, por inactual, el tiempo de las derechas y las izquierdas, lo que reinó durante aquella década y hasta 2003 fue una suerte de naturalización de las construcciones neoliberales. Naturalización del mercado como referente primero y último de todas las relaciones sociales; naturalización de una estructura de valores que proyectó a escena al ciudadano-consumidor, ese mismo que concibió la vida social y democrática como si fuera un paseo de compras por un shopping center que, eso sí, tenía que venir con satisfacción garantizada; naturalización de una forma extrema de individualismo asentada sobre la fragmentación social y la profundización de la brecha entre ricos y pobres; naturalización, también, de la pobreza que se equiparaba a la lluvia, a un fenómeno de la naturaleza y que sólo podía ser tratado desde la perspectiva de la filantropía; naturalización del periodismo y de las corporaciones mediáticas como reaseguro de la misma democracia, silenciando los intereses defendidos por esas mismas corporaciones; naturalización de la reducción de la política y de los políticos a las demandas de las nuevas estéticas televisivas. Todas estas naturalizaciones venían a esconder un sistema de dominación que a lo largo de varias décadas llevó, hasta alcanzar dimensiones escandalosas, a la concentración de la riqueza en cada vez menos manos y a vaciar la relación entre democracia, política y litigio por la igualdad. Mientras que en el debate televisivo Carlos Heller fue el único que intentó, con diversa suerte, regresar sobre los núcleos ideológicos que se estaban poniendo en juego, los otros tres candidatos se dedicaron mancomunadamente a descargar casi todas sus baterías sobre el kirchnerismo. No sorprende que ésa haya sido la estrategia de Michetti y de Prat Gay, ambos son deudores directos e indisimulados de una derecha que no se nombra como tal escondiéndose en la retórica del fin de las ideologías; sorprende que alguien como Pino Solanas, que dice expresar una posición nacional y popular, se haya dedicado todo el programa a bombardear a un gobierno que tiene como principal contrincante precisamente a la derecha neoliberal entramada en la alquimia de corporaciones económico-mediáticas y de partidos que simplemente se han transformado en correas de transmisión de esos intereses concentrados. Pino Solanas eligió la estrategia de horadar la candidatura de Heller, desconociendo lo realizado en estos últimos años, jugando sin disimulos el juego de la derecha que lo trata como a una niña bonita que viene a legitimar lo que en la boca del macrismo o del gorilismo neorradical sería imposible de lograr. Pino colocó su prestigio, aquel que viene de una película como La hora de los hornos, para acabar favoreciendo a la única alternativa real de poder, la derecha restauracionista y privatizadora, que puede venir a sustituir al kirchnerismo en esta etapa histórica. No hubo, en prácticamente todas sus intervenciones, una denuncia de esa alianza neoliberal que viene, desde el año pasado, avanzando como una amenaza poderosa sobre los aciertos, y no sobre los errores, primero del gobierno de Néstor Kirchner y ahora de Cristina Fernández; no hubo junto a un denuncismo antigubernamental efectista algo equivalente dirigido contra aquellos que no sólo vienen por todo en la Argentina sino que buscarán también desestabilizar al resto de los proyectos populares que vienen desplegándose en Sudamérica y de los cuales este gobierno ha sido una parte fundamental. Poco o nada parece importarle a Pino Solanas el destino de Bolivia, de Ecuador, de Paraguay; poco o nada le preocupa el regreso de la derecha al poder, porque él y los suyos se imaginan como los herederos de la caída del kirchnerismo. Así como el diputado Lozano votó junto con toda la derecha contra la Resolución 125 e hizo lobby para que los senadores de Tierra del Fuego hicieran lo propio, el miércoles pasado, en el debate televisivo, Solanas se dedicó a criticar con saña y sin ninguna mediación posible a un gobierno que, más allá de deficiencias y errores, ha hecho girar el tiempo argentino hacia una perspectiva reparadora de lo popular. Nuevamente termina por elegir quedarse junto a aquellos que desguazaron al Estado, que brutalizaron la política, que naturalizaron la pobreza y la desigualdad social, y lo hace recurriendo a un arsenal supuestamente progresista y popular, algo semejante a lo que su aliado de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, viene haciendo desde el 11 de marzo de 2008, habilitando a la Sociedad Rural a través de los recursos simbólicos de una federación que se pasó con armas y bagaje al campo de sus antiguos enemigos. Quisiera imaginar, amigo lector, que es posible que exista la ingenuidad en política, que lo de Solanas fue simplemente una estrategia, muy mezquina, para restarle algún voto a Heller y ganarlo para su lista en esa apuesta por convertirse en el nuevo referente de una alternativa popular; quisiera creer en esa ingenuidad o en esa pequeñez, pero algo de lo impropio, algo que no nació en el debate televisivo de los candidatos sino que se viene expresando desde hace más de un año, me hace dudar, ahora, de mi propia ingenuidad a la hora de preguntarme por qué ese silencio de piedra para criticar a la derecha restauracionista, mientras se descargan todas las granadas sobre un gobierno acosado por esas mismas corporaciones de las que nada dicen realmente Pino Solanas y Claudio Lozano o que, en el momento de la verdad, terminan por defender como lo hicieron durante el debate por la 125. Nada más difícil que disputar efectivamente la renta y no, como otros, que sólo lo han hecho de forma retórica; nada más claro que ver cómo actúan las corporaciones y a quién quieren desbancar para entender si estamos ante una ficción, como dicen Pino Solanas y los suyos, o ante una compleja lucha política, económica y cultural. ¿Ha sido acaso una ficción la disputa por la renta agraria extraordinaria, o la que se abrió con la renta financiera a partir de la reestatización del sistema jubilatorio, o la que se avecina en la disputa por la renta simbólica a través de la nueva ley de medios audiovisuales? La derecha, estimado Pino Solanas, sabe cuándo algunas cosas van en serio o cuándo otras son mera cháchara testimonial. Muy diferente ha sido y es la actitud tomada por Martín Sabbatella que, aunque no coincidamos en su decisión de presentar en estas elecciones una candidatura propia y diferenciada, lo ha hecho sin desconocer los méritos de lo realizado por el Gobierno y sin apelar a la lógica de la impostura y de la denuncia espectacular ni, mucho menos, dejando de criticar centralmente a la derecha. Lo ha hecho y lo hace con honestidad y sin plegar sus banderas y sus ideas. Lo de Pino Solanas ha sido de otro orden, ha tenido una virulencia verbal que sólo se podría conjugar y corresponder si su oponente fuera esa derecha restauracionista que espera paciente su turno para volver a ser la dueña de los destinos del país. Pero no, él y su partido han elegido como enemigo al gobierno sin importarle nada o casi nada la recuperación del sistema jubilatorio, la reestatización de Aerolíneas Argentinas, el saneamiento de la Corte Suprema, la política de derechos humanos, la defensa del trabajo y del salario en un contexto mundial de crisis y de políticas atentatorias contra los intereses de los trabajadores en la mayor parte de los países centrales, la construcción de un espacio latinoamericano atravesado por lo democrático, lo popular y lo emancipatorio que, entre otras cosas, contribuyó a frenar a la derecha fascista y separatista de la Media Luna boliviana, que les otorgó a 1.800.000 ciudadanos sin ninguna cobertura el derecho a jubilarse, que viene mejorando ostensiblemente la inversión en educación e investigación... Han preferido el sí... pero como forma de desconocer el giro histórico que se dio en nuestro país desde el 25 de mayo de 2003; han preferido el discurso de la impostura y de la ficción como si nada hubiera sucedido realmente y todo fuera apenas un engaño que no hace otra cosa que encerrar la continuidad del menemismo. Mucho queda por hacer y por profundizar; muchos son los flancos débiles y las deudas con los que menos tienen; mucho queda por resolver con relación a los recursos naturales, a la protección de los glaciares, a la verdadera reconstrucción de un Estado devastado, a la imperiosa necesidad de llevar al Congreso una nueva ley de medios audiovisuales y a profundizar la redistribución de la riqueza; también mucho y decisivo queda por hacer a la hora de construir nuevas formas políticas de participación popular. Seguramente el 29 de junio estaremos discutiendo todo esto y más, sabiendo que un mismo espíritu emancipatorio debería reunirnos a todos aquellos que seguimos imaginando un país más justo, igualitario y libre; y sabiendo, también, dónde está el peligro, allí donde la amenaza de una restauración conservadora insiste sobre nuestro tiempo argentino. fuente: pagina12 * Ensayista, doctor en Filosofía, profesor de la UBA.
Por José Pablo Feinmann Hacia mediados de los noventa llamé a mi buen amigo Jean Baudrillard. Sabía que no andaba bien, pero todavía le quedaba una gran misión. Le correspondía a él. Yo había desarrollado una tesis sobre el poder de los medios para sujetar a los sujetos, que era una fórmula de Foucault. Pero el gran Michel no pudo tratar a fondo la cuestión del poder de los medios. Murió un poco abruptamente. Mi trabajo residía en demostrar que lo comunicacional era la revolución de la derecha, que no existía revolución que se le igualara en mucho tiempo. Miren, señores, hemos desarrollado un dispositivo tan poderoso que atraparemos sus conciencias en todos los terrenos posibles. En especial, los del entretenimiento. Pero, ¡esto ya había ocurrido! La Revolución Comunicacional (vale decir: el poder del Imperio para mentir tan poderosamente que esa mentira era la verdad y se introducía en las subjetividades de los pasivos receptores como tal) había tenido un despegue increíble. ¡Tan espectacular, tan deslumbrante como un viaje a la Luna! Y fue el viaje a la Luna. La más grande patraña de la Historia. El que siga sosteniendo que no fue así, que no fue fraguado, que no fue virtualidad pura, creación del poder virtual, del arte del simulacro, del arte de “crear” la realidad, una realidad que no es real porque no tiene espesor, no es ontológica, no entenderá nada. Lo virtual no es el Ser. Es lo virtual. ¿Cómo un alma creativa puede resistirse a esta tesis? Que llegaron a la Luna en otro acto prometeico de la bendita modernidad no es más que otro cuento en la línea de la revolución industrial del siglo XIX, la máquina de vapor, el tren, el remington. No, esto es algo distinto, revolucionario. Lo sorprendente, lo que revela la nueva y renovada fuerza del poder, incluso su imaginación inagotable es... ¡que no fueron a la Luna! Hicieron así: llamaron a Werner von Braun, el sabio nacional socialista que estuvo a punto de ganar la guerra para Hitler, que alcanzó a tirar unas cuantas V2 sobre Londres pero los yanquis se le adelantaron con la atómica en Hiroshima. Pero no por eso olvidaron a Wernher. Lo llamaron: “Vea, von Braun, usted es muy inteligente y ahora necesitamos unirnos todos contra el nuevo enemigo del Occidente cristiano y democrático: los sucios rojos”, le dijo Henry Kissinger, que estuvo en todos los lados donde hubo que estar. El Mal es omnipresente. Kissinger continuó: “Usted sabe que los rojos nos infligieron una dura derrota con ese Sputnik que arrojaron al espacio. Para colmo, la tripulante, esa puta perrita Laika, murió y todo el mundo derramó lágrimas comunistas por ella”. “¿Qué necesitan ahora?, preguntó Wernher. “Sencillo: mandar el hombre a la Luna”, dijo Kissinger. “No es posible”, negó el gran von Braun. “Estuve trabajando en eso y por ahora es imposible. Pero no se desanime, amigo Kissinger.” Y largó una carcajada. “¿De qué se ríe?”, preguntó Kissinger. “Oh, de las vueltas de la vida”, confesó von Braun. “Aquí estamos usted y yo trabajando para una potencia extranjera. Usted, un sucio judío. Yo, un ario puro. De haberlo pescado en Alemania le hacía conocer Auschwitz, amigo Kissinger.” “Pero eso no ocurrió. Y entienda: América, para mí, no es una potencia extranjera. Es un país poblado por muchos e inteligentes judíos en puestos de poder.” “Oh, mister Kissinger. ‘Judío inteligente’ es un pleonasmo. No hay uno que no lo sea. Por eso los exterminábamos en Alemania. Se devoraban el país y los arios puros son medio idiotas, usted sabe. Ha leído a Nietzsche, sin duda.” “Volvamos a lo nuestro, Wernher von. De modo que no puede mandarnos ni un maldito astronauta a la Luna.” “Imposible por ahora. ¿Pero no es éste el país del show, del espectáculo, de la creación mediática? ¡Consígame a Stanley Kubrick!” Al día siguiente, Kubrick se reunía con von Braun. “Oye, Stanley, yo no puedo mandar todavía un hombre a la Luna y los malditos soviéticos siguen al frente en la carrera espacial. ¿Qué sugieres?” Kubrick, un genio con una enorme confianza en su genio, un genio que sabía que lo era, dice: “La solución es sencilla: hagamos una remake de 2001. Hagamos otra ‘odisea del espacio’. Pero en algún lugar secreto de California”. Llaman a Nixon. Nixon entiende de inmediato. Hombre inteligente, sólo acaso con un ultrapatológico “complejo de Dios” que le permitía arrojar millares de bombas sobre cientos de miles de seres humanos en nombre de la causa del Occidente cristiano, bien acompañado, por cierto, por Robert McNamara (cuya muerte durante estos días el entero mundo llora menos los millones que están bajo tierra gracias a su eficacia demoledora llevada a cabo con el aporte inestimable del patriótico asesino de masas Curtis Le May), Nixon respalda en todo al genial Stanley Kubrick y al inestimable von Braun. Viajan a California y llaman a todo el equipo de producción de 2001. En poco tiempo el set está construido. Es una obra maestra. Lo demás es sencillo. Eso hicieron: un simulacro perfecto. La primera obra maestra de la construcción de la realidad a partir de los medios. Todos vieron por televisión a Armstrong y sus amigos alunizar en un set de California. Nixon hablaba con ellos. “¿Cómo va todo, muchachos?” “Bien, señor presidente. Es maravilloso haber llegado a la Luna.” Nixon, que estaba junto a von Braun, a Kubrick y a McNamara –que había dejado por un instante de arrojar bombas incendiarias sobre Vietnam, bombas que mataban cien mil civiles por noche, una minucia—, se despanzurraba de risa. “¡Somos unos hijos de perra!”, exclamaba. “¡Tenemos engañados a todos los idiotas de este mundo!” Kubrick, exaltado, vociferaba: “¡Es el triunfo del show sobre la realidad! La realidad ha sido abolida. Ha muerto. No hay realidad. Sólo construcción de la realidad. Sólo show. Simulacro. Mentira. ¡Ya no hay ser! Las cosas ya no son. Son virtuales. Se ven por televisión y el entero mundo las cree”. Era tan brillante ese ególatra neurótico que se expresaba con los conceptos de Baudrillard antes de éste siquiera los hubiera pensado. Por eso a mediados de los noventa llamé a mi amigo francés. Era él quien tendría que haber fundamentado la importancia de ese hecho: Del poderoso hecho de no-haber-ido-a-la-Luna. ¡Que libro para vos, Jean! El viaje a la Luna no ha tenido lugar. Armstrong no ha tenido lugar. Yo te conocía bien. Te leí atentamente. Fuiste el mejor de los posmodernos. El que dio en el clavo del nuevo poder absoluto. Te pusiste contento cuando te mandé mis primeras notas, que luego incluí en ese grueso libro de filosofía que ahora anda por ahí. ¿Recuerdas, Jean? Decía: “Según la Ontología Negativa de Baudrillard el Ser está en todas partes y en ninguna. No puede haber ontología de lo virtual (...) Al final de su largo periplo la razón occidental no es. Se ha evaporado. Es simulacro. Y el simulacro no tiene nada que ver con el Ser. El mundo está poblado, constituido por imágenes y las imágenes son el ‘mundo’. No hay ‘mundo’. El ‘mundo’ ha muerto. Porque el mundo era el mundo ‘real’. Y lo ‘real’ ha muerto” (La filosofía y el barro de la historia, Planeta, p. 720). ¿Cómo no aprovechaste este tema, Jean? Es el punto exacto en que se inaugura el mundo de lo virtual. En que se asesina la realidad. Eso que vos, en uno de tus mejores libros, llamaste El crimen perfecto. Bien, el llamado “viaje a la Luna” es el crimen perfecto. El crimen de la realidad. El crimen de la verdad. De una verdad, pero no de otra. El mundo queda inaugurado como mundo virtual. Como verdad virtual. Se ve por televisión. Señores, ustedes no fueron a la Luna y eso me parece mucho más admirable que si mediocremente, realmente, sumidos en la tosca realidad-real hubieran ido. Pero no fueron. Crearon todo el gran relato. Demostraron que la entera humanidad puede ser engañada. Crearon la nueva era. La del poder de lo virtual mediático. Hoy vivimos inmersos en ese mundo. Y van a ver: el señor De Narváez (y perdón por esta recurrencia a nuestra exigua política nacional en medio de tanta genialidad desbocada) dará, en el año 2011, su discurso de final de campaña desde Saturno. Con traje de astronauta y en medio de llamaradas espectaculares. Superiores a las de Lo que el viento se llevó. Y todo lo habrán hecho los realizadores de Matrix en un set remoto, inhallable de la Patagonia. Y todos dirán: “Si este hombre pudo ir a Saturno, ¿cómo no va a sacar a la Argentina de su eterna postergación?” Entre tanto, millones de clones de De Narváez recorrerán el país hablando cálidamente con la gente, escuchando sus problemas. Y la gente dirá: “Este hombre está en todas partes. Escucha a todos. Entra en todos los hogares”. Y alguien, por fin, dirá la verdad: “Para mí, es Dios”. Y lo será. Porque el que se apodere de la nuevas tecnologías comunicacionales, será Dios. http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/128528-41302-2009-07-20.html
Eduardo Aliverti: “Hay un apagón sobre el tema” El periodista y director de ETER reiteró su apoyo a la aprobación de la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual impulsado por el gobierno nacional. Criticó la actitud de los multimedios en el tratamiento del tema. El periodista y director de ETER, Eduardo Aliverti, aseguró que “está muy claro que hay un apagón radiofónico y televisivo” sobre la posibilidad de una nueva ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que reemplaza la vigente desde la dictadura cívico militar. Asimismo, consideró que “aún aquellos que están completamente en contra de este gobierno, deben estar a favor de este proyecto de ley. Se pueden hacer las dos cosas”. En diálogo con el programa “Dos Frentes” de Radio Ciudad (92.3 mhz.), el periodista aseguró que “está muy claro que hay un apagón radiofónico televisivo sobre el tema; en el caso de la televisión decir esto es casi un oxímoron porque la TV abierta en la Argentina ya no registra programas periodísticos, de manera que los espacios de tratamiento de un tema como éste están restringidos per se porque por contenido no hay periodismo en la TV abierta en la Argentina”. Y agregó que “las radios, salvo algunas excepciones de programas sueltos, responden a sus respectivos multimedios. O sea que hay un apagón”. Asimismo, Aliverti señaló que “lo que tenés en el destello periodístico es la actitud de Clarín, que es el grupo que está encabezando a través del diario las portadas en contra, la cobertura en contra, muy bizarramente además”, y advirtió que “ni siquiera buscan para disimular una opinión favorable al proyecto”. "Uno aspiraría a un debate de más estatura" El periodista subrayó que “lo que más me molesta es un hecho, finalmente político, pero que atraviesa lo profesional. No me puedo bancar que ni siquiera tengan la picardía de cuestionar aspectos técnicos de la ley, del proyecto”, y recordó que “vos leés a los referentes opositores como Carrió, Silvana Giudici, Gerardo Morales, de la UCR, y no hay un cuestionamiento técnico-académico a la ley, sino que se trata de me opongo porque me opongo”. Aliverti destacó el caso de Elisa Carrió “que ha dicho entre los grupos económicos concentrados y una ley que sea promovida por el kirchnerismo, me quedo con los grupos económicos concentrados para asegurar la libertad de expresión. Es textual de Elisa Carrió, nunca escuché una cosa igual”. “Por parte de los opositores y de las propias cabezas mediáticas uno aspiraría por lo menos a un debate de más estatura, en términos de qué es lo que quieren cuestionarle a que se recorte la cantidad de permisionarios que pueden tener licencias de radio y tevé, a que el espectro quede dividido en tres tercios, de manera que además del sector privado y el público puedan entrar todas las organizaciones sociales sin fines de lucro para que puedan manejar emisoras de radio y tevé”, planteó el periodista. Y advirtió que “con qué estatura técnica se pueden oponer a eso, yo diría que con ninguna”. “El perfil del me opongo porque me opongo, porque simplemente es este gobierno, porque no es el momento, porque la sociedad está crispada, porque estamos en campaña electoral, lo que está reflejando es la ausencia de contrapropuesta. Y no en vano hace 26 años que por presión de estos grupos mediáticos, Clarín entre ellos no solo, no hay una ley de radio y tevé que haya reemplazado a la de la dictadura militar”, concluyó Aliverti.
por:Martín Caparrós Estuve leyendo –digamos, a falta de verbo más preciso– un volumen magro, escueto, que se llama ¡Pobre patria mía!, firmado por un señor Marcos Aguinis. No sé quién es Marcos Aguinis; lo que me interesa ahora es otra cosa: el volumen magro firmado con su nombre es un best-seller, o sea: fue comprado –y, quizás, hasta leído– por decenas de miles de personas en muy poco tiempo. Cuando un libro es comprado –y, quizás, hasta leído– por tantas personas se transforma en el texto de muchas de ellas: en un instrumento interesante para tratar de entender ciertos asuntos de la Argentina actual. El magro escueto, queda dicho, está firmado por un señor Marcos Aguinis. Como su biografía o su existencia física no son relevantes para este texto que sólo nos interesa porque ha sido comprado y quizás hasta leído por decenas de miles, de ahora en más lo llamaremos Autor M.A. o, más simple, A.M.A. Para acentuar que lo que importa del volumen escueto es que parece sintetizar opiniones de muchos compatriotas, podemos imaginar que A.M.A. también significa otras cosas: entre ellas, la más apropiada me parece Argumento Mediocre Argentino. El lector avisado descubrirá cuándo la sigla conviene mejor a una lectura que a la otra o cuando, si acaso, se acomoda a las dos. El volumen se titula, decíamos, ¡Pobre patria mía!: así, lleno de exclamaciones, como dicho por alguien que quiere garantizar que todos sepan que lo grita. En la página de guarda uno de los epígrafes cita el grito atribuyéndolo a Manuel Belgrano. La elección no parece azarosa: en los últimos años cierta historiografía ha privilegiado la figura de Belgrano por esa misma escena en la que se supone que le dolía su patria. Que el general se muriera pobre y pagara sus gastos médicos con su reloj de oro resulta un arma arrojadiza eficaz para un sector social que hizo de la deshonestidad de sus líderes un dato decisivo. Ya hemos hablado bastante de honestismo: un señor cuyos intentos se cuentan por fracasos –un señor que quiso conducir un ejército y que, tras un par de victorias parciales, sólo logró derrotas; un señor que quiso instalar una monarquía incaica en la Argentina y, por suerte, no lo consiguió; un señor que, enviado como diplomático a Europa, no logró que lo recibieran en ninguna corte; un señor que después volvió a conducir un ejército que sólo sirvió para reprimir con muertes y penas de muerte revueltas de provincianos descontentos; un señor que perdió su lugar en la construcción de la Nación y sólo pudo recuperarlo como fantasma o prócer muchas décadas más tarde– es un héroe apropiado para estos tiempos: será un inútil pero murió sin un peso, pobrecito, era honesto. La gran Alfonsín, maniobra clásica, asoma ya en el título de la obra. Que, además de todo, parece estar equivocado: la cita citada siempre fue citada como Ay patria mía. Lo de pobre parece ser un patinazo del A.M.A. que, sin duda, ha preferido pensar una patria pobre que una patria ay. Es su derecho. El escueto ofrece cantidad de elementos para la discusión: da la sensación de que la mayoría de los lugares comunes del A.M.A. están contenidos, cómodos, pimpantes, en sus páginas magras. Así, el texto empieza con una afirmación tajante, rotunda, que se constituye en la base indispensable de todo el desarrollo posterior: “Fuimos ricos, cultos, educados y decentes”, dice el A.M.A. ¿Quiénes fueron todo eso? ¿El señor conocido como A.M.A., sus padres y sus tías? ¿Los vecinos de su edificio de departamentos? ¿Los socios del Jockey Club? ¿Los chicos y chicas de la promoción ’53 de la Escuela de Comercio Virrey Vértiz? ¿Los cuatro amigos que no dejan de encontrarse en el Tropezón todos los jueves desde hace 37 años? ¿Los hombres mayores de setenta con labios finos y una verruga verde bajo la nuez de Adán? No hay forma de saberlo. Lo único que queda claro es que el A.M.A. se incluye en esa frase de autodefinición: fuimos ricos, cultos, educados y decentes. No es poco: cualquiera habría querido formar parte de ese plural. Sólo nos faltaba coger de tanto en tanto y estábamos hechos. “Fuimos ricos, cultos, educados y decentes”. Más allá de las dudas sin interés, una certeza: si el A.M.A. puede empezar así su panfleto es porque su afirmación es un lugar tan común que no necesita darle un sujeto, porque todos suponemos su sujeto, el sujeto nacional por excelencia: los argentinos. Los argentinos, dice el A.M.A., tácito, “fuimos ricos, cultos, educados y decentes”. No hay mito más decidido y persistente en la historia de la patria ay. Vivimos convencidos de esa idea: hubo tiempos en que los argentinos fuimos todo eso y un par de cosas más. Esos tiempos, por supuesto, están en el pasado, lejos, ligeramente incomprobables. Pero no en un pasado vago, indefinible: se suele suponer que fuimos todo eso en la primera mitad del siglo XX, grosso modo. No hay versión más difícil de sostener. Con más espacio me gustaría revisar en serio aquellos años y tratar de entender aquel país que suponemos rico: aquel país hecho de tanos brutos gallegos brutos alemanes brutos rusos brutos que venían dispuestos a ser esos hombres de buena voluntad que querían habitar el suelo patrio. No había forma de que esos fugitivos del hambre fueran ricos, cultos o educados; eran pobres, estaban desesperados, y llegaban atraídos por ese mito de tierra prometida que la Argentina se estaba armando. No funcionó bien: la mitad de los inmigrantes que llegaron en esos años se volvió a sus países. Ni el recuerdo de aquel hambre ni las amenazas de las guerras alcanzaron para que se quedaran en este país, donde la vida debía ser muy difícil. Aunque hubo unos pocos que no se fueron por eso, sino porque los echaron: los argentinos ricos, cultos y educados –que los había, supongo, aunque eran poquitos– se defendían de los nuevos argentinos con leyes que les permitían deportarlos si no les gustaban sus actividades –y las aplicaron a granel. Lo cual no impidió que, durante los veinte años siguientes, esa mayoría de argentinos que no eran ricos, cultos, educados y decentes siguieran peleándose con los otros por su derecho a arañar pedazos del pastel. Consiguieron cosas como el derecho al voto en 1916, y también el derecho a la represión y la muerte pocos años después, en la Semana Trágica de 1919. Es cierto que en esos años la Argentina apareció –fugaz– como la octava economía del mundo en ciertos rankings, porque lo que miden esos rankings es el equivalente monetario de una producción determinada. Pero la Argentina nunca fue rica; hubo unos pocos argentinos, los dueños de la tierra entonces, que fueron provisoriamente riquísimos cuando sus vacas y sus trigos se cotizaban bien en los mercados internacionales –y la concentración de sus propiedades hacía que tuvieran tanto. Ellos sí eran ricos y algunos incluso cultos y educados, pero nunca se les ocurrió invertir para hacer un país: la Argentina del siglo XX es, sobre todo, producto del despilfarro de aquellos potentados que no consiguieron imaginar que los ganados y las mieses podían agotarse, o que su tasa de fertilidad podía aminorar sus posesiones hasta convertir estancias en macetas, o que el futuro –ese momento en que uno ya no existe– tuviera alguna razón para importarles. Esos señores, los dueños de la patria, los que inventaron la Argentina actual, eran tan punkies: con el No Future como lema se reventaban la plata en bacanales o palacios, total –pensarían– siempre iba a haber más vacas. La idea de que todo tiempo pasado fue mejor es casi más vieja que la idea de pasado. O, dicho de otro modo: hay momentos en que sospecho que la memoria se inventó para tener algo que añorar, un pasado que llorar porque era tan bueno y tan bonito y tan barato. Pero nuestro pasado glorioso es, como muchos, un tiempo que nunca fue presente, que siempre estuvo en el futuro, que supo mantenerse como futuro inminente durante muchos años. Fuimos, si acaso, un país que vivió de su idea de que alguna vez sería un gran país, siempre un poco más allá, siempre adelante. Y es cierto, creo, que esa idea duró hasta los años setentas, cuando desapareció a manos de los ricos argentinos –ni cultos ni educados ni decentes– y su dictadura y su proyecto de volver todo atrás y recrear la Argentina de principios de siglo, con vacas y cereales, sin industrias ni obreros. Y es cierto que nos quedamos sin mito, sin siquiera saber cómo mentirnos. Salvo, por supuesto, el A.M.A., que persiste en su idea de que deberíamos volver a ser lo que no fuimos nunca.