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seandillon19

Usuario (Argentina)

Primer post: 1 may 2012Último post: 13 sept 2014
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Mafalda
Mafalda
HumorporAnónimo9/13/2014

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Frases de Albert Einstein
Ciencia EducacionporAnónimo5/13/2012

1879-1955. Científico nacido en Alemanía, nacionalizado estadounidense. Es uno de los científicos más conocidos y trascendentes del Siglo XX. Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber. Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa. Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro. Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos. Vivimos en el mundo cuando amamos. Sólo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida. Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad. Los grandes espíritus siempre han encontrado una violenta oposición de parte de mentes mediocres. Al principio todos los pensamientos pertenecen al amor. Después, todo el amor pertenece a los pensamientos. No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos. Hay dos maneras de vivir su vida: una como si nada es un milagro, la otra es como si todo es un milagro. El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse más le valdría estar muerto, porque sus ojos están cerrados.

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Robert Oppenheimer
Robert Oppenheimer
Ciencia EducacionporAnónimo5/3/2012

Julius Robert Oppenheimer (22 de abril de 1904–18 de febrero de 1967) fue un físico estadounidense y el director científico del proyecto Manhattan, el esfuerzo durante la Segunda Guerra Mundial para ser de los primeros en desarrollar la primera arma nuclear en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México, Estados Unidos. Conocido coloquialmente como "El padre de la bomba atómica" pese a que comparte ese mérito con su principal mentor, Enrico Fermi, Oppenheimer expresó su pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas nucleares fueron lanzadas contra los japoneses en Hiroshima y Nagasaki. Al terminar la guerra, fue el jefe consultor de la recién creada Comisión de Energía Atómica y utilizó esa posición para apoyar el control internacional de armas atómicas y para oponerse a la carrera armamentista nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Sus actitudes frecuentemente provocaron la ira de los políticos hasta el punto que en 1954 se le despojó de su nivel de seguridad, perdiendo el acceso a los documentos militares secretos de su país. Poco a poco su capacidad de influir fue disminuyendo, pero continuó dando charlas y trabajando en física. Diez años más tarde, el Presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson lo condecoró con el Premio Enrico Fermi en un intento de rehabilitarlo políticamente. Robert Oppenheimer nació en Nueva York el 22 de abril de 1904, . Estudió en el Ethical Culture Society School . Durante toda su vida fue un estudiante muy versátil, con buena aptitud tanto para las ciencias como para las artes. Entró en la Universidad Harvard con un año de retraso debido a un ataque de colitis. Durante ese año, viajó con un profesor de literatura ya jubilado para recuperarse en Nuevo México. Regresó bien recuperado compensando su retraso de un año graduándose Summa Cum Laude en sólo tres años en Química. Durante sus estudios en Harvard, Oppenheimer se interesó en la física experimental en la asignatura de termodinámica dictada por el profesor Percy Bridgman, y como para la época no había en los Estados Unidos centros de física experimental de clase mundial, se le sugirió continuar sus estudios en Europa. Fue aceptado como estudiante de postgrado en el famoso Laboratorio Cavendish de Ernest Rutherford. La poca destreza de Oppenheimer en el laboratorio le hizo comprender que su fuerte era la física teórica, no la experimental. En 1926 partió hacia la Universidad de Göttingen para estudiar bajo la supervisión de Max Born. Göttingen era entonces uno de los principales centros en física teórica en Europa, y Oppenheimer hizo amistad allí con otros estudiantes famosos como Paul Dirac y a la edad de 22 años, obtuvo su doctorado en Göttingen, Oppenheimer era conocido por ser un estudiante que aprendía muy rápidamente. El proyecto Manhattan El Proyecto Manhattan era el nombre en clave de un proyecto de investigación llevado a cabo durante la Segunda Guerra Mundial por los Estados Unidos con ayuda parcial del Reino Unido y Canadá. El objetivo final del proyecto era el desarrollo de la primera bomba atómica. La investigación científica fue dirigida por el físico Julius Robert Oppenheimer mientras que la seguridad y las operaciones militares corrían a cargo del general Leslie R. Groves. El proyecto se llevó a cabo en numerosos centros de investigación siendo el más importante de ellos el Distrito de Ingeniería Manhattan situado en el conocido actualmente como Laboratorio Nacional Los Álamos. El proyecto agrupó a una gran cantidad de eminencias científicas (física, química, ciencias informáticas). Dado que tras los experimentos en Alemania previos a la guerra se sabía que la fisión del átomo era posible y que los nazis estaban ya trabajando en su propio programa nuclear no costó reunir a todas aquellas mentes brillantes que eran también pacifistas e izquierdistas en su mayoría. Exiliados judíos muchos de ellos, hicieron causa común de la lucha contra el fascismo aportando su grano de arena a la causa: conseguir la bomba antes que los alemanes. El primer ensayo atómico exitoso ocurrió en el desierto de Alamogordo, en Nuevo México. El artefacto se llamó Trinity y se trataba de una bomba-A de plutonio del mismo tipo que Fat Man, que sería lanzada sobre Nagasaki días después. En la actualidad este lugar está marcado por un monolito cónico negro de silicio resultado de la fusión de la arena bajo el efecto del calor provocado por la explosión. En la carrera por la bomba nuclear, los alemanes tenían el Proyecto Uranio y los soviéticos la Operación Borodino En Göttingen, Oppenheimer publicó muchas contribuciones importantes a la entonces recién desarrollada mecánica cuántica, particularmente, un artículo muy conocido sobre la llamada Aproximación de Born-Oppenheimer, que separa el movimiento nuclear del movimiento electrónico en el tratamiento matemático de las moléculas. En septiembre de 1927, regresó a Harvard como joven experto en física matemática y miembro del Consejo de Investigación Nacional estadounidense, y desde principios de 1928 fue profesor en el Instituto Tecnológico de California (Cal. Tech.). Estando allí, recibió múltiples ofertas de diversas Universidades y aceptó un puesto de profesor asistente en física en la Universidad de California en Berkeley, compatible con su puesto en Cal. Tech. Según sus palabras, Berkeley "era un desierto," y paradójicamente un lugar sembrado de oportunidades. Cada primavera, Oppenheimer enseñaba en Cal. Tech. para mantenerse al día con la investigación en su área. Oppenheimer entabló amistad con Linus Pauling y habían planeado trabajar juntos en investigación, pero esto nunca se concretó. Antes de comenzar a dar clases en Berkeley, Oppenheimer sufrió de tuberculosis, y debió pasar algunas semanas en un rancho en Nuevo México junto con su hermano. Más adelante adquiriría ese rancho y solía decir que la física y el campo desértico eran sus dos grandes amores; amores que se combinaron más adelante al escoger el sitio de Los Álamos para las instalaciones del proyecto de la bomba. Luego de un período de recuperación, regresó a Berkeley, donde dirigió a toda una generación de físicos que lo admiraban por su altura intelectual y sus amplios intereses. El Premio Nobel de Física Hans Bethe más adelante diría sobre él: Probablemente el ingrediente más importante que Oppenheimer agregaba a sus clases era su gusto exquisito. Siempre sabía cuáles eran los problemas importantes, como se observa en su selección de temas. Realmente vivía esos problemas, buscando una solución y comunicando su preocupación al grupo. Oppenheimer fue amigo y trabajó estrechamente con el físico experimental Ernest O. Lawrence y su grupo pionero en trabajos con el ciclotrón, ayudando a comprender los nuevos datos experimentales que producían con sus equipos en el Laboratorio de Radiación A Oppenheimer se le atribuye el haber fundado la escuela estadounidense de física teórica; era reputado por su eclecticismo, su interés por los idiomas, la filosofía oriental y la elocuencia y claridad con la cual pensaba. Pero tuvo también una vida turbulenta, y sufrió períodos de depresión. Una vez escribió a su hermano: Necesito más la física que los amigos. Era un hombre alto, delgado, fumador continuo, que a veces olvidaba comer durante sus períodos de concentración individual. Algunos de sus amigos pensaban que Oppenheimer tenía tendencias auto destructivas y en varias ocasiones sus colegas se preocuparon por su melancolía e inseguridad. Siendo estudiante en Cambridge, una vez viajó en vacaciones a París para encontrarse con su amigo Francis Ferguson y mientras le narraba su frustración con la física experimental repentinamente se le acercó y trató de estrangularlo. Ferguson lo detuvo con facilidad, pero el incidente dejó convencido a Ferguson de sus profundos problemas psicológicos. Oppenheimer desarrolló numerosas afecciones, probablemente en un intento de convencer a su entorno y posiblemente a sí mismo de su propia importancia. Tenía un fuerte poder de convencimiento en su trato personal, pero de gran timidez en público. Sus colegas tendían a dividirse en dos campos: Aquellos que admiran su genialidad y aquellos que veían en sus actos posturas pretenciosas e inseguras. Sus estudiantes están casi todos en el primer grupo, generalmente adoptando sin darse cuenta gestos y hasta la forma de caminar y hablar.

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Series exitosas que fracasaron en el cine-parte 1
Series exitosas que fracasaron en el cine-parte 1
InfoporAnónimo6/8/2012

Estos programas fueron muy populares en televisión, sin embargo sus adaptaciones a la pantalla grande fueron muy desafortunadas. Embrujada (Bewitched) Se transmitió en Estados Unidos de 1964 a 1971. Contó con la participación estelar de Elizabeth Montgomery quien dio vida a la bruja Samantha Stephens. El argumento de la película de 2005, protagonizada por Nicole Kidman, trataba sobre hacer una versión cinematográfica de la serie original. Recaudó 63 millones de dólares por 102 que se invirtieron en su producción. Scooby Doo Uno de los personajes más famosos de Hanna Barbera, su primera participación en televisión fue de 1969 a 1975. En 2002 se llevó a cabo una adaptación cinematográfica que contaba con las actuaciones de los actores juveniles más famosos de ese momento como Freddie Prinze y Sarah Michelle Gellar su recaudación fue mayor de lo que se esperaba pero los fanáticos de la serie criticaron el argumento y las actuaciones del filme. Inspector Gadget Fue coproducida por Estados Unidos, Canadá, Francia y Japón en 1983. Narra la historia de un policía mitad humano, mitad cyborg que se sirve de miles de gadgets para combatir el crimen. Matthew Broderick fue el encargado de personificar al inspector en la película de 1999; el filme no pudo reflejar el encanto del programa Popeye Comenzó como un personaje de historieta que a lo largo de los años ha tenido muchas versiones de dibujos animados para la televisión; la película fue un musical de 1980 en la que Robin Williams hizo su debut como actor protagónico, a pesar de ello la película no alcanzó el éxito que ninguna de las versiones animadas del personaje. El Equipo A (The A-Team) Los Magníficos Los magníficos o Brigada A en Latinoamérica) es una serie de televisión, protagonizada por George Peppard, Dwight Schultz, Dirk Benedict y Mr.T, que fue emitida por primera vez en la NBC (23 de enero de 1983 - 8 de marzo de 1987). La película, basada en la serie, se sitúa unos 8 años antes de la serie explicando cómo los componentes del Equipo A llegaron a ser fugitivos del ejército y la relación entre ellos. Por ejemplo por qué M.A. Barracus teme volar y por qué odia a Murdock. La serie de Stephen J. Cannell y Frank Lupo fue injustamente pisoteada por la película de Joe Carnahan. Ni hablar de las interpretaciones que hicieron, por ejemplo, Liam Neeson de Hannibal o Quinton 'Rampage' Jackson de Mr.T. La presentación de esta cinta fue una buena oportunidad para que los verdaderos magníficos entraran nuevamente en acción y acabaran con todo lo que había por delante suyo. Los Ángeles de Charlie (Charlie’s Angels) El programa de televisión fue uno de los más importantes de la década de los 70, impulsó la carrera de actrices como Farrah Fawcett y Kate Jackson. En el 2000 se realizó la película que contó con las actuaciones de Cameron Diaz, Drew Barrymore y Lucy Liu; tres años después se filmó la segunda parte sin que ninguna de las dos lograra generar el entusiasmo de la serie. Superagente 86 (Get Smarts) Los que hemos visto la serie, recordamos al agente 86, Maxwell Smart (Don Adams), como un hombre torpe y bobalicón que resolvía los casos, la mayor parte de las veces por pura casualidad y suerte, sin embargo en “Superagente 86 la película”, el mismo personaje interpretado por Steve Carrell, aunque torpe, es un agente listo y locuaz. En el caso del agente 99 (Anne Hathaway), al igual que con 86, se pierde la esencia de los personajes de la serie, aunque ambos actores hacen una interpretación digna. La serie creada por Mel Brooks (uno de los grandes del humor) era una parodia a las películas de espionaje tipo James Bond, pero el director de la cinta Peter Segal, le mete tantas escenas de explosiones y persecuciones que bien podría ser una película de acción con algunos chistes, más que una película cómica. Los gags del baile y el cono del silencio son lo más gracioso de la cinta, el resto son gracietas que pasan sin pena ni gloria. La película fue un fracaso al compararla con el gran éxito de la serie original Perdidos en el espacio (Lost in Space) La serie de televisión se estrenó en Estados Unidos en 1965 y finalizó en 1968. Se convirtió, junto a Star Trek en uno de los programas de televisión dedicados al tema espacial más famosos. En 1998 New Line Cinema produjo la versión para cine con las actuaciones de Matt Le Blanc y Gary Oldman, a pesar de tener un buen elenco y de los efectos especiales no tuvo el mismo éxito que la serie. El Avispón Verde (the green hornet) (The Green Hornet, 1966) Otro ejemplo de distorsión absoluta entre serie y película. Si Bruce Lee estuviera vivo y viera lo que Jay Chou le hizo a Kato le enseñaría un poco de su jeet kune do. Y la performance de Seth Rogen como Britt Reid /El Avispón no asustaría a un niño de 3 años, tal vez pudiera dedicarse a animar un pelotero y no intentar ser un superhéroe. Los Vengadores - The Avengers (1998) Los vengadores no es el tándem de superhéroes de los cómics. Para quienes saben de series de culto, es la historia de dos agentes ingleses con mucho estilo, psicodelia e ingenio. The Avengers estuvo en la pantalla chica nueve temporadas, de 1960 a 1969, y fue un gran éxito. Fue protagonizada por Patrick Macnee, como John Steed, y su compañera de turno, papel interpretado por varias actrices, aunque solamente una brilló: Diana Rigg como Emma Peel. En 1998 alguien pensó que revivir a esos personajes era una buena idea, y eligió a Ralph Fiennes (como John Steed), Uma Thurman (como Emma Peel) y Sean Connery (como sir August de Wynter). Pero así como se estrenó en la pantalla grande, al día siguiente muchos se olvidaron de su existencia. Wild Wild West Fue una serie producida en los años 60 que narraba las aventuras de Jim West un espía en el lejano oeste, un programa con artes marciales, tecnología fuera de época y comedia. En 1999 se llevó a la pantalla grande y desde el inicio fue criticada, la película parecía más una versión de Hombres de Negro que una adaptación de la serie. El papel de Will Smith como Jim West es uno de los más criticados de su carrera.

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Estados Unidos planeó invadir…. ¡Arabia Saudí!
InfoporAnónimo5/4/2012

A principios de la década de los 70, EEUU seguía enfrascado en su guerra contra todo el sudeste asiático. Sin embargo, una serie de acontecimientos y en especial la estruendosa derrota árabe en la guerra del Yom Kippur, precipitaron un embargo total de la OPAEP (la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo) al bloque occidental en protesta por el masivo apoyo económico y militar que había recibido Israel de EEUU y otros aliados europeos desde el comienzo de las hostilidades. La maquinaria de guerra estadounidense en Vietnam dependía extremadamente del petróleo y el embargo poco a poco comenzó a afectar gravemente al Ejército. Frank Jungers, presidente de Aramco (empresa petrolera, antaño de capital saudí – estadounidense y hoy completamente saudí) se entrevistó con el rey Faisal para convencerle de que se saltara el bloqueo interpuesto por la Organización de Paises Árabes Exportadores de Petroleo y permitiera a EEUU seguir siendo provisto del petróleo que tanto necesitaba. En palabras de Jungers, la guerra de Vietnam “…era un emergencia nacional y tenia prioridad absoluta sobre muchos de los demás problemas del mundo… En esos momentos los EEUU estaban luchando una guerra, insistí en ese punto desde el principio de nuestra entrevista tratando de convencer al rey de que era necesario hacer algo.” Sin embargo, Faisal se mantenia inflexible. Era uno de los pocos dirigentes contemporáneos que ha tenido Arabia Saudí y Oriente Medio que poseía carisma y la determinación suficiente como para no ir de farol contra su histórico aliado en semejantes momentos. Los negociadores estadounidenses comenzaron entonces a elevar el tono y como recuerda Henry Kissinger “…tanto Schlesinger como yo utilizamos un lenguaje duro para dejar claro que a partir de cierto punto teníamos que tener en cuenta los requisitos de la seguridad nacional implicando que si nos ponían entre la espada y la pared podríamos asegurarnos el suministro de petroleo por nuestros propios medios“. Cuando las amenazas subieron un peldaño más, Faisal replicó, “Somos hombres del desierto, estamos acostumbrados a alimentarnos de dátiles y de leche de camella, podemos muy bien volver a vivir en el desierto“. Sin embargo, la determinación de los halcones republicanos estadounidenses no era menor e incluso admitieron que si las cosas continuaban así, tendrían que tomarse militarmente las principales instalaciones petrolíferas situadas en la costa mediante desembarcos de Marines. “Oh si, eramos perfectamente capaces de actuar y pensábamos en la posibilidad de una intervención en el golfo Pérsico y si se nos hubiese ordenado intervenir habríamos intervenido“. El autor de este comentario no es otro que el mismísimo James R. Schlesinger, secretario de Estado y de Defensa entre 1973 – 1975. Finalmente, Faisal tuvo que acceder a saltarse el embargo y a enfadar considerablemente a sus vecinos árabes con los que ya hacia tiempo tenía unas relaciones bastante tirantes cuando no tormentosas. Seguramente nunca se sepa que fue lo que finalmente motivó o más bien obligó a Faisal a ceder. FUENTES Y MAS INFORMACION Documental “La casa de Saud”

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Edgar Allan Poe-El gato negro
ArteporAnónimo5/1/2012

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales. Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre. Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato. Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla. Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle. Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor. Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad. Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido. El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible. La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza. No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal. Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver. Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar. Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho. Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él. Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer. Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste. Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros. El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal. Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte! Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón. Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba. Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies. Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso. No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano". Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma. Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada. Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia. -Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez. Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón. ¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación. Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

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Pinturas negras-14 murales de Francisco de Goya
ArteporAnónimo5/25/2012

Pinturas negras (1819–1823) es el nombre que recibe una serie de catorce obras murales de Francisco de Goya, pintadas con la técnica de óleo al secco (sobre paredes recubiertas de yeso). Las creó como decoración de los muros de su casa, llamada la Quinta del Sordo, que había adquirido en febrero de 1819. Estos murales fueron trasladados a lienzo a partir de 1874, y actualmente se conservan en el Museo del Prado de Madrid. La serie, a cuyos óleos Goya no puso título, fue catalogada en 1828 por el amigo de Goya Antonio Brugada y se compone de los siguientes lienzos: Átropos o Las Parcas, Dos viejos o Un viejo y un fraile, Dos viejos comiendo sopa, Duelo a garrotazos o La riña, El aquelarre, Hombres leyendo, Judith y Holofernes, La romería de San Isidro, Mujeres riendo, Peregrinación a la fuente de San Isidro o Procesión del Santo Oficio, Perro semihundido o más simplemente El perro, Saturno devorando a un hijo, Una manola: doña Leocadia Zorrilla y Visión fantástica o Asmodea. Saturno devorando a un hijo. El cuadro Saturno devorando a un hijo es una de las pinturas al óleo sobre revoco que formó parte de la decoración de los muros de la casa que Francisco de Goya adquirió en 1819 llamada la Quinta del Sordo y, por tanto, pertenece a la serie de las Pinturas negras. El Aquelarre (1823). El cuadro El aquelarre, o El gran Cabrón, es una de las pinturas al óleo sobre revoco que conforman las llamadas Pinturas negras con que Francisco de Goya decoró los muros de su casa de la Quinta del Sordo. La serie fue pintada entre 1819 y 1823. Dos viejos comiendo Sopa. Dos viejos comiendo sopa es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. Esta obra ocupaba probablemente (por el formato que tiene) el espacio de la sobrepuerta de la planta baja de la casa Duelo a garrotazos. Duelo a garrotazos o La riña es una de las Pinturas negras que Francisco de Goya realizó para la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que el pintor adquirió en 1819. La obra ocupaba un lugar en el muro de la izquierda mirando desde la puerta de la planta alta de la casa, compartiendo la pared con Las Parcas y dejando en medio una ventana. Perro semihundido. Perro semihundido o, más simplemente, El perro, es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. La obra ocupaba un lugar a la izquierda de la puerta de la planta alta de la casa. La Romería de San Isidro. La romería de San Isidro es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. Esta obra ocupaba probablemente la pared derecha de la planta baja según se entraba. Átropos o Las Parcas. Átropos, Las Parcas o El Destino es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. Esta obra ocupaba probablemente la pared izquierda de la planta alta según se accedía a dicha planta, junto con Duelo a garrotazos. Dos viejos. Dos viejos, Dos frailes o Un viejo y un fraile es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. La obra ocupaba un lugar junto a la puerta de entrada de la planta baja de la casa, situado a la derecha según se entra, enfrentado a la pared donde estuvo el Saturno devorando a su hijo. Visión fantástica o Asmodea. Visión fantástica o Asmodea es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. La obra ocupaba un lugar junto a la Procesión del Santo Oficio en un muro de la planta alta de la casa, situado a la derecha de la puerta, enfrentado a la pared donde estaban Las Parcas. Peregrinación a la fuente de San Isidro. Peregrinación a la fuente de San Isidro o El Santo Oficio es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. Esta obra ocupaba probablemente la pared derecha según se entraba de la planta alta, junto con Visión fantástica o Asmodea, separado de este por la ventana central. Mujeres riendo. Mujeres riendo o Dos mujeres riéndose de un hombre es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. Esta obra ocupaba probablemente al lado derecho de la ventana de la pared del fondo de la planta alta según se accedía, junto con Hombres leyendo, que ocupaba el espacio a la izquierda de dicho muro. Hombres leyendo. Hombres leyendo es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. Esta obra ocupaba probablemente al lado izquierdo de la ventana de la pared del fondo de la planta alta según se accedía, junto con Mujeres riendo, que ocupaba el espacio a la derecha de dicho muro. Judith y Holofernes. Judith y Holofernes es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. Esta obra ocupaba probablemente un espacio a la derecha de la pared del fondo de la planta baja, según se entraba, junto con Saturno devorando a un hijo, que ocupaba el lado izquierdo de dicho muro dejando en medio una ventana. Una manola: doña Leocadia Zorrilla. Una manola: doña Leocadia Zorrilla, más simplemente conocida como La Leocadia, es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa de campo llamada «Quinta del Sordo», que Francisco de Goya adquirió en 1819 en las afueras de Madrid. Esta obra ocupaba probablemente un espacio a la izquierda de la puerta de entrada de la planta baja, junto con Un viejo y un fraile y Dos viejos comiendo sopa, esta última situada en la sobrepuerta.

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Ray Bradbury-El lago
ArteporAnónimo6/6/2012

Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo. Subí corriendo por la playa. Mamá me frotó con una esponjosa toalla. -Quédate aquí y sécate -dijo. Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina. -Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter. -Espera que vea mi carne de gallina -dije. -Harold -dijo mamá. Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas. Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa. Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua. Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona. Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento. Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme. -Mamá, quiero correr por la playa. -De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua. Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas. Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos. De manera que yo estaba realmente solo. Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azucar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes. Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces: -¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally! Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió... -El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar. Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo. Grité su nombre una y otra vez. -¡Tally! ¡Oh, Tally! El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones. -¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve! Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela. -¡Tally! Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura. Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté. -Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta. Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original. No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone. Subí silenciosamente por la playa. Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento. Salí en el tren al día siguiente. Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte. Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos. Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este. Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección. El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años. Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje. ¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas. Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba. Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba. Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé. Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento. La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos. Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada. -Quédate aquí, Margaret -dije, sin saber por qué lo decía. -Pero ¿por qué? -Quédate aquí, eso es todo... Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró. -¿Qué es eso? -le pregunté. El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena -el agua murmuró a su alrededor- y retrocedió. -¿Qué es? -insistí. -Está muerta -dijo el salvavidas tranquilamente. Esperé. -Raro -dijo él en voz baja-. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta... mucho tiempo. Repetí sus palabras. -¿Mucho tiempo? -Diez años, diría yo-. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es... agradable. -Abra el saco -dije, sin saber por qué. El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente. -Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir. -¡Vamos, ábralo! -grité. -Es mejor que no lo haga -dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro-. Era una niña pequeña... Abrió el saco lo justo. La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré. Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró. -¿Dónde la encontró? -pregunté. -Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad? Sacudí la cabeza. -Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es. Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre. El salvavidas ató el saco de nuevo. Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba. -Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo -me dije a mí mismo. Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio. Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo... y no retornaban nunca. Entonces... me di cuenta. -Te ayudaré a acabarlo -dije. Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan. Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba, sonriendo...

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Monty Python's The Life of Brian-rmvb-314 mb-sub español
Monty Python's The Life of Brian-rmvb-314 mb-sub español
InfoporAnónimo7/19/2012

Brian nace en un pesebre de Belén el mismo día que Jesucristo. Un cúmulo de desgraciados y tronchantes equívocos le harán llevar una vida paralela a la del verdadero Hijo de Dios. Sus pocas luces y el ambiente de decadencia y caos absoluto en que se haya sumergida la Galilea de aquellos días, le harán vivir en manos de su madre, de una feminista revolucionaria y del mismísimo Poncio Pilatos, su propia versión del calvario. http://www.taringa.net/posts/tv-peliculas-series/15242489/Monty-Python_s-The-Life-of-Brian-rmvb-314-mb-sub-espanol.html

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Presidentes de Argentina-primera parte
InfoporAnónimo5/12/2012

Bernardino Rivadavia. 1826–1827 Nació en Buenos Aires en 1780. Estudió en el colegio San Carlos pero debió abandonarlo y culminó su formación como autodidacta. Durante la segunda invasión inglesa se distingue como Teniente del Cuerpo de Gallegos. En 1810 fue confinado a una localidad en la frontera. Con el Triunvirato ocupa el cargo de Secretario de Guerra y, luego, el de Secretario de Gobierno y Relaciones Exteriores. En 1814 marcha con Belgrano en comisión diplomática a Europa donde gestiona frente a las cancillerías de Londres, París y Madrid. Funda la Universidad de Buenos Aires en 1821. Decía Rivadavia: "Los pueblos no son libres sino en la medida de sus fuerzas morales." Asume la presidencia, a los 45 años de edad, en 1826, cargo que ocupa hasta el año siguiente. Muere en Cádiz, en 1845. Justo José de Urquiza. 1854–1860 Nació en el Talar del Arroyo Largo, provincia de Entre Ríos, en 1801. Estudia en el colegio San Carlos y luego se dedica a la actividad comercial. También ejerce la procuración y la notaría eclesiástica en su ciudad natal. En 1826 es designado diputado al congreso entrerriano cuya presidencia ejerce pocos meses después. Patrocina la convención nacional de 1828 la que aprueba la paz con el Brasil. Es elegido gobernador de su provincia. Combate al mando de Oribe contra Ribera y lo vence. Es reelegido gobernador. En 1853 es elegido el primer presidente constitucional de los argentinos. Finalizada ésta es reelegido gobernador y luego derrotado en su candidatura presidencial en 1868. Es asesinado en San José en 1870. Santiago Derqui. 1860–1861 Nació en la ciudad de Córdoba, en 1809. Estudia en la Universidad de Córdoba y se recibe de abogado a los 22 años, donde luego da clases de Derecho Público. Fue elegido diputado provincial, y luego ejerció el periodismo, pero por disidencias políticas se traslada a la provincia de Corrientes. Es nombrado ministro de Hacienda y Guerra, durante la gobernación de Paz en Entre Ríos. En 1852, fue elegido diputado al Congreso Constituyente de Santa Fe, donde redacta el manifiesto final de la Asamblea. Cuando Urquiza constituye su gabinete en 1854, lo nombra ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, donde permanece los seis años del mandato presidencial. Es electo presidente y asume el cargo el 5 de marzo de 1860. El 5 de noviembre de 1861 le entrega el mando a su vicepresidente, Pedernera, y se retira a Montevideo; el gobierno de la Confederación fue disuelto, entonces, por Pedernera. Derqui vuelve a Corrientes y muere allí en septiembre de 1867. Bartolomé Mitre. 1862–1868 Nació en Buenos Aires, el 26 de junio de 1821. Luego se trasladó a Montevideo, donde estudió en la Escuela Normal y pasó 2 años en la Academia Militar. Como periodista, colabora en diversas publicaciones. Es llamado a Bolivia, donde funda el Colegio Militar; luego se dirige hacia el Perú, buscando, finalmente, asilo en Chile. En 1854, el gobernador de la provincia de Buenos aires, Pastor Obligado, lo nombra ministro de Guerra y Marina, cargo que ocupa, también, durante la administración de Valentín Alsina. En 1860 es electo gobernador de la provincia, con el objetivo de marchar "decididamente hacia la realización de la unión nacional". Fue electo presidente de la República, en julio de 1862, y asume sus funciones el 12 de octubre del mismo año. Terminado su mandato es electo senador nacional y actúa como enviado en misión a Río de Janeiro y Paraguay. A su vuelta, se presenta como candidato a presidente y es vencido por Nicolás Avellaneda. Se dedica a escribir y a su oficio de historiador. Funda el diario "La Nación". Domingo Faustino Sarmiento. 1868–1874 Nació en San Juan el 15 de febrero de 1811. En 1831, emigra a Chile, donde funda el diario "El Zonda"; en 1842, es nombrado redactor del diario "El Progreso" y director de la primer escuela normal de América del Sur. Escribe "Facundo. Civilización y Barbarie", por la cual es reconocido como miembro del Instituto Histórico de Francia. Luego de su vuelta del exilio, en 1865, es nombrado ministro de Argentina ante los Estados Unidos y es reconocido por la Universidad de Michigan como "Doctor Honoris Causa". Se traslada a París y allí comienza a urdir su candidatura presidencial, la cual toma consistencia en 1868. Así fue electo presidente de la Nación por el Partido Autonomista de Buenos Aires. Al finalizar su mandato es electo senador nacional, representando a San Juan, y ocupa el cargo hasta 1879; pasa luego a ocupar, por un breve período, la cartera de Interior. En 1880, fue candidato a la presidencia, pero fue vencido por Julio Argentino Roca. Retorna, entonces, a dirigir la instrucción primaria a nivel provincial y nacional. Muere el 11 de septiembre de 1888. Nicolás Avellaneda. 1874–1880 Nació en Tucumán, en 1837. Estudió en la Casa de Estudios de Córdoba. Volvió a Tucumán ejerciendo el periodismo y, en 1857, se trasladó a Buenos Aires. Obtuvo su título de Doctor en Derecho y, en 1860, fue elegido diputado en la Legislatura y profesor de Economía Política en la Universidad de Buenos Aires. En 1866, fue nombrado Ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, durante la gobernación de Adolfo Alsina. Durante la presidencia de Domingo Sarmiento ocupó el Ministerio de Instrucción Pública. Fue elegido presidente de la Nación, por el Partido Autonomista Nacional, en 1874 y asumió sus funciones el 12 de octubre del mismo año. Luego de abandonar la presidencia de la Nación, fue elegido rector de la Universidad de Buenos Aires y, en 1882, senador nacional por la provincia de Tucumán. En 1885, fallece a bordo del vapor "Congo", en el que viajaba desde Europa hacia nuestro país. Julio Argentino Roca. 1880–1886 Nació en la ciudad de Tucumán, el 17 de junio de 1843. Cursó sus estudios primarios en su provincia natal y se trasladó a Concepción del Uruguay para llevar adelante sus estudios secundarios en el Colegio Nacional. Formó parte del ejército que participó en la batalla de Cepeda, Pavón y en la guerra de la Triple Alianza. En 1874, fue ascendido a general habiendo obtenido todos sus ascensos en el campo de batalla. Designado, en 1878, ministro de Guerra durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, luego de llevar a cabo la llamada Conquista del Desierto, Julio A. Roca accedió a la presidencia de la República, bajo el programa de Paz y Administración, con sólo 37 años de edad. Una atmósfera de progreso, paz y optimismo reino durante todo su mandato. Durante su gobierno, en 1881, se firmó el acuerdo de límites con Chile, por el cual se evitó llegar a un conflicto armado y se estableció la base de todos los posteriores acuerdos de límites. En 1890, fue nombrado ministro del Interior de Carlos Pellegrini y, en 1895, fue electo senador nacional por la provincia de Tucumán, gracias a lo cual ejerció la primera magistratura de la Nación, durante la ausencia por enfermedad de José Evaristo Uriburu. En 1897, el conflicto de límites con Chile facilitó su regresó, acompañado por Quirno Costa, a la Presidencia de la República en octubre de 1898, cargo que ejerció hasta 1904. En 1912, el presidente Roque Sáenz Peña lo envió en misión diplomática ocasional a Brasil. Hasta su muerte, en Buenos Aires, el 19 de octubre de 1914, Julio Argentino Roca ocupó el centro de la escena política nacional. Miguel Juárez Celman. 1886–1890 Nació en la ciudad de Córdoba, el 29 de setiembre de 1844. Estudió en el Colegio Monserrat de su provincia natal y, en 1874, se doctoró en derecho. Comenzó su carrera política desde la municipalidad de Córdoba y, en 1876, fue electo senador provincial, pero su mandato fue rechazado. Formó parte del gabinete del doctor Del Viso y, luego, lo sucedió en el gobierno de la provincia. Al terminar su mandato, fue elegido senador nacional por su provincia, desde donde pasó a la Presidencia de la Nación, gracias al apoyo de su cuñado, el general Julio A. Roca. El 6 de agosto de 1890, después de una aguda crisis denominada por la historiografía argentina como la "Revolución del ´90", dimite del cargo. Muere en 1909, en Buenos Aires, habiéndose retirado de la escena política argentina luego de su renuncia. Carlos Pellegrini. 1890–1892 Nació en Buenos Aires, el 11 de octubre de 1846. Estudió en el Colegio Nacional Buenos Aires y, en 1869, tras haber participado en la guerra del Paraguay, termina su carrera doctorándose en derecho. Comenzó su actuación política en el Partido Autonomista y, en 1873, obtuvo una banca en el Congreso de la Nación. Integró, en primer lugar, la comisión de Hacienda y, luego, pasó al gabinete de Carlos Casares, gobernador de la provincia de Buenos Aires. En 1879, remplazó a Roca en el ministerio de Guerra y Marina, durante el gobierno de Avellaneda. Abandonó este cargo para ser vicepresidente y, en 1890, ante la renuncia de Miguel Juárez Celman, asumió la presidencia, en la que permaneció hasta 1892. Al abandonar la Presidencia de la Nación, fue electo senador y, en 1906, diputado nacional. Muere el 17 de julio de 1906, en la ciudad de Buenos Aires. Luis Sáenz Peña. 1892–1895 Nace en Buenos Aires, el 2 de abril de 1822. Abogado. Comenzó su vida pública actuando en la Convención Constituyente de Santa fe de 1860. Luego, en 1873, fue elegido diputado nacional y, ese mismo año, gana la vicegobernación de la provincia de Buenos Aires y, como consecuencia, la presidencia de la Cámara de Senadores de la misma. En 1880, vuelve a ser elegido diputado. Más tarde, es nombrado miembro de la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires. Llegó a la presidencia de la Nación, en 1892, junto a José E. Uriburu como vicepresidente, pero, después de varias crisis de gabinete, renunció el 22 de enero de 1895. Falleció en 1907. José Evaristo Uriburu. 1895– 1898 Nació en la ciudad de Salta, el 19 de noviembre de 1831. Abogado. Su vida política comienza como convencional y, luego, como diputado; ejerce cargos diplomáticos y, más tarde, es nombrado ministro de Gobierno de Salta. En 1864, es diputado nacional y, luego, reelecto. En 1867, es nombrado ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública. Se desempeñó como director de la oficina de Tierras Públicas y, más tarde, como Procurador General del Tesoro. Vuelve a su provincia, en 1873, como juez federal. Acompañó a Luis Sáenz Peña en el binomio que accedió a la primera magistratura en 1892 y, al renunciar Sáenz Peña, asume la Presidencia de la Nación, cumpliendo lo que restaba del mandato. Posteriormente, se desempeña en la Comisión destinada a resolver los problemas fronterizos surgidos con Chile. En 1901, es electo senador nacional por la provincia de Salta y ejerció dos meses como presidente, durante la ausencia de Roca y Quirno Costa. En 1910 se retira de la vida pública. Fallece en 1914 en la ciudad de Buenos Aires. Julio Argentino Roca. 1898–1904 Nació en la ciudad de Tucumán, el 17 de junio de 1843. Cursó sus estudios primarios en su provincia natal y se trasladó a Concepción del Uruguay para llevar adelante sus estudios secundarios en el Colegio Nacional. Formó parte del ejército que participó en la batalla de Cepeda, Pavón y en la guerra de la Triple Alianza. En 1874, fue ascendido a general habiendo obtenido todos sus ascensos en el campo de batalla. Designado, en 1878, ministro de Guerra durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, luego de llevar a cabo la llamada Conquista del Desierto, Julio A. Roca accedió a la presidencia de la República, bajo el programa de Paz y Administración, con sólo 37 años de edad. Una atmósfera de progreso, paz y optimismo reino durante todo su mandato. Durante su gobierno, en 1881, se firmó el acuerdo de límites con Chile, por el cual se evitó llegar a un conflicto armado y se estableció la base de todos los posteriores acuerdos de límites. En 1890, fue nombrado ministro del Interior de Carlos Pellegrini y, en 1895, fue electo senador nacional por la provincia de Tucumán, gracias a lo cual ejerció la primera magistratura de la Nación, durante la ausencia por enfermedad de José Evaristo Uriburu. En 1897, el conflicto de límites con Chile facilitó su regresó, acompañado por Quirno Costa, a la Presidencia de la República en octubre de 1898, cargo que ejerció hasta 1904. En 1912, el presidente Roque Sáenz Peña lo envió en misión diplomática ocasional a Brasil. Hasta su muerte, en Buenos Aires, el 19 de octubre de 1914, Julio Argentino Roca ocupó el centro de la escena política nacional. Manuel Quintana. 1904–1906 Nació en la ciudad de Buenos Aires, el 19 de octubre de 1835, en el seno de una tradicional familia porteña. Abogado egresado de la Universidad de Buenos Aires, actuó como diputado nacional, en 1862. En 1864, ingresa a la Legislatura provincial hasta el año 1867; retornó en 1869 a la Cámara de Diputados, alcanzando la presidencia del cuerpo. En 1870 es electo senador nacional por la provincia de Buenos Aires y, en 1875, vuelve a ser elegido diputado nacional. En 1888, se lo nombra representante, junto a Roque Sáenz Peña, en el Congreso Sudamericano de Derecho Internacional, realizado en Montevideo; en 1889, preside la Conferencia Internacional Panamericana, en Washington. Fue nombrado, en 1892, ministro del Interior y, en 1893, interviene la provincia de Buenos Aires. Fue electo Presidente de la Nación en 1904 y gobernó hasta su muerte el 12 de marzo de 1906, a los 70 años de edad. José Figueroa Alcorta. 1906–1910 Nació en Córdoba, el 20 de noviembre de 1860, descendiente de familias tradicionales cordobesas. Estudió en el Colegio Monserrat y se recibe de abogado a los 22 años. Actúa en periodismo y, luego, en política, primero como senador provincial y, después, es ministro de Gobierno de la provincia, durante la administración de Marcos Juárez. En 1895, a los 35 años de edad, fue electo gobernador de su provincia. Al finalizar su período de gobierno es elegido senador nacional por la provincia de Córdoba. En 1904, lo eligen vicepresidente de Manuel Quintana, por lo que, ante su muerte en marzo de 1906, asume la primera magistratura de la República. Concluye el período presidencial en octubre de 1910 y, a su regreso de Europa, es designado, por el presidente Roque Sáenz Peña, como embajador extraordinario ante las Cortes de Cádiz. Cumplida su misión, se instala en Buenos Aires y abre su estudio de abogado, hasta que, en 1915, Victorino de la Plaza lo designa miembro de la Corte Suprema de Justicia; a la muerte del Dr. Antonio Bermejo, asume la presidencia de la Corte. Fallece el 27 de diciembre de 1931.

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