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rubenvaldez

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Primer post: 8 nov 2015Último post: 8 nov 2015
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El Calabozo - Mi primera historia .Cap. 1,2,3 y 4.
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/8/2015

CAPÍTULO UNO ... El papá insiste, y su hijo Diego se cansa de hablar con el general. Aunque al muchacho le parecía injusto que mataran a su padre sólo por robar comida del mercado, ya no se le ocurría nada más que decirle a ese frío general Domínguez, cuya fama de despiadado lo respaldaba. Entonces recordó a Doña Beatríz, la señora más noble del pueblo, o al menos eso decían, que siempre ayudaba a los más necesitados. Si, ella, la que aunque pocos lo lleguen a creer, era la esposa del general. Tal vez, si hablaba con ella para que convenciera a su esposo de no fusilar a su padre, Domínguez entre en razón. Cuando ingresó a la mansión del general, quedó inmóvil ante tanta belleza, había jarrones con flores por todos lados, las paredes estaban cubiertas por tapices de todos los colores, los muebles de la casa eran de cedro como solían ser los muebles en las casas de las grandes familias del pueblo de San Nicolás, las pinturas que colgaban de las paredes, más altas que el propio Diego, mostraban los orgullosos rostros de los antepasados del general. Caminó unos pasos al frente y se situó al centro de una gran escalera circular, que parecía llevar al mismísimo cielo; al rededor de ella, cuatro grandes vitrales bañaban el vestíbulo con una luz blanca adornada con destellos de colores. -Esto debió ser hecho por los ángeles - Dijo en voz alta. -Los ángeles no pierden el tiempo haciendo casas para ricos, muchacho - Le dijo el mayordomo quien aún seguía viéndolo desde la entrada con gesto despectivo - Dijiste que tenías un mensaje para la señora, ¿no es así? -Así es - dijo incómodo. -Sígueme. El mayordomo, quién seguramente medía los dos metros, era tan delgado como podía ser alguien que nunca en su vida había probado bocado, el poco cabello que tenía junto a las orejas era blanco como la nieve, pero ni siquiera la nieve podría ser tan frío como su rostro. Lo siguió hacia su derecha, el hombre abrió una gran puerta tan alta como los árboles, y le hizo un gesto para que pasara. Ahí, al fondo de una gran sala, se encontraba la señora de la casa, tan elegante como la recordaba en las ferias del pueblo, aunque sin su marido junto a ella, lucía todavía más hermosa. Había cosas que Diego nunca entendería de las grandes familias, pero sin duda, una de ellas era el hecho de que una mujer tan joven y bonita como ella podía haberse casado con un hombre treinta años mayor que ella. Cuando Doña Beatríz giró su rostro para ver el motivo por el que interrumpían su estancia, y se encontró con el joven campesino, los pies de Diego comenzaron a temblar. Ella lo miró con gran indiferencia de pies a cabeza, llevaba unos zapatos viejos y rotos que le había regalado su padre hace algunos años, cuyos cordones desatados no pasaron desapercibidos por la mujer, sus pantalones estaban sucios puesto que eran los usaba cuando acompañaba a su padre a sembrar, tampoco pasaron desapercibidos; y ni hablar de la camisa a cuadros que llevaba, la cual ni siquiera tenía todos los botones. Cuando al fin llegó a su rostro sucio, como era de esperarse, Doña Beatríz Heredia de Dominguez, simplemente... sonrió. CAPÍTULO DOS -¿Qué mensaje tienes para mí, muchacho?- dijo la elegante mujer. -Es sobre mi padre, mi señora... - Respondió Diego, un poco nervioso- El general Domínguez lo tiene encerrado, pero... -¿Cómo te atreves?, muchacho igualado - lo interrumpió exaltado el mayordomo que aún seguía en la estancia.- La señora, tiene muchas cosas más importantes que hacer, que estar escuchando lloriqueo del hijo de un delincuente. -Sujetó al joven del hombro con brusquedad y lo lleva hacia la puerta.- Disculpe mi señora, me haré cargo de éste campesino. -Espera - Le respondió Doña Beatríz, mientras le dirige una mirada inquisidora - Es obvio, que necesita ayuda, déjanos solos. Diego, no podía creer aquello que pasaba, el mayordomo hizo caso, por supuesto, a regañadientes pero lo hizo de inmediato. -Siéntate, ¿qué pasa muchacho? - Pregunta cortésmente. -Mi padre, fue encarcelado y se dice que será fusilado, mi señora - Comenzó a dejar de lado sus nervios y dejó que la desesperación lo invadiera. -Lo siento, y ¿qué quieres que yo haga? yo no soy policía, ni mucho menos, ¿cómo te llamas? - una expresión indiferente comenzó a teñirse en su rostro. -Diego Martínez, mi señora. Estoy aquí porque el general Domínguez, es quien lo tiene preso, y sé que es su marido -Lo dijo de una vez- Esperaba que pudiera ayudarme para que no le hiciera daño. -¡Lo sabía! - Gritó, la mujer molesta mientras se levantaba de su asiento - ¿Qué se creen todos en este pueblo? ¿que soy una monja que tiene que ayudarlos a todos? Pasó junto a Diego, mostrando así su delgada figura, llevaba un vestido elegante color violeta, tan hermoso y brillante como el firmamento, o al menos así le parecía a ese pobre joven, que nunca había estado tan cerca de una mujer así. Se detuvo junto a la ventana, dándole la espalda a su visita, viendo fijamente quien sabe qué. -Claro que no, mi señora, pero usted comprenderá, estoy muy desesperado. Se trata de mi padre. - Dijo desesperado, viéndola fijamente con los ojos empapados. Pocas veces había llorado en su vida, no le gustaba, y mucho menos dejaba que alguien lo viera hacerlo, pero no pudo evitarlo, haría cualquier cosa por salvar a su padre, inclusive matar a quien tenga que matar. La hermosa mujer, giró su rostro nuevamente hacia él. Diego no comprendía lo que pasaba, ahora ella estaba sonriendo como sonríen los niños después de hacer una travesura, esperando no ser atrapados. -Lo comprendo Diego, la familia es la familia - se acercó a él, mirándolo fijamente a los ojos - Yo también haría lo que sea por proteger a los míos, ¿no es eso lo que hacemos cuando amamos? - no dejaba de sonreír. Era hermosa, caminaba lentamente hacia él, moviendo su delicado cuerpo como un pequeño cisne flotando en las aguas tranquilas.- Tal vez pueda ayudarte.- Dijo al fin, en voz baja mientras se agachaba hasta mantener su rostro a la altura de diego quien aún seguía sentado, admirándola. Entonces la mujer añadió - Si tu me ayudas a mí... CAPÍTULO TRES La habitación estaba completamente oscura. Las ventanas estaban escondidas tras gruesas cortinas. La noche había llegado, y Diego no sabía ni cómo había terminado ahí, "si quieres que te ayude, tendrás que ayudarme a mí también" había dicho la mujer. Haría lo que fuera por salvar a su padre. Pero aún así, aquello que le proponía le aterraba, si el general se enteraba, cualquier cosa podría pasar. Caminó lentamente al centro de la habitación, sus ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad, poco a poco comenzó a distinguir formas, tocó algo con su mano derecha, y rápido se dio cuenta de que se trataba de una cama, se sentó. Era la cama más grande que había conocido, en cada esquina tenía una columna de madera, que giraba a manera de espiral hasta casi tocar el techo, o eso pensaba, la habitación era tan alta y oscura que no alcanzaba a verlo. Una pequeña luz se encendió al otro lado de la habitación, la sostenía esa hermosa mujer que lo había llevado a sus aposentos. Era como si cada vez que la veía se volviera más hermosa, como si se tratase de un hechizo que la embellece a cada segundo. Lo miraba fijamente sin decir una palabra, aún llevaba su vestido violeta. maniobró aquella lucesita y encendió una vela, luego otra. Caminó unos pasos y encendió una más. Así siguió por toda la habitación, hasta que quedó lo suficientemente iluminada para apreciarla por completo. La mujer de violeta caminó un poco más y se paró en el centro, justo frente a la cama. Hizo un movimiento en su cabello y éste calló sobre sus hombros, giró su cabeza una y otra vez, revolviendolo y desalineandolo. Dios, era hermosa. Sus ojos verdes aún miraban a Diego, quien ya se encontraba acostado en medio de la cama. Había dejado sus zapatos sucios junto a la cama, y los pocos botones de su camisa estaban sueltos. -¿Haz estado ya, con alguna mujer, mi muchacho? - Preguntó Beatríz, mientras caminaba lentamente hacia él. -Si, pero ninguna como usted - Le dijo el joven. No mentía, en realidad había estado con muchas mujeres para su corta edad, todas las chicas de la casa de Amalia, el prostíbulo del pueblo, lo conocían bien. Pero todas ellas le parecían iguales, con sus grandes traseros y sus enormes pechos, sólo servían para aliviar su calentura. No se parecían en nada a aquella bella mujer. La mujer ya se encontraba al pie de la cama. Le sonrió. El también sonrió, aunque no con la confianza que le habría gustado. Hizo un movimiento en los hombros y el hermoso vestido violeta cayó al suelo, dejando al descubierto la bella piel blanca y desnuda, de la mujer del general. CAPÍTULO CUATRO Las gruesas cortinas comenzaron a transparentarse, víctimas de los primeros rayos de sol. Junto a su lado, aún se encontraba Doña Beatríz, a quien no sabía si aún debía hablarle por usted, "fue mía" pensó, su cabello oscuro le cubría un poco el rostro, pero quería verla, necesitaba verla. Pasó delicadamente su mano sobre su rostro, quitando el cabello que la cubría, seguía luciendo hermosa, mucho más que la noche anterior. Abrió los ojos, y le sonrió. —Mi muchacho —Le dijo tiernamente manteniendo su sonrisa. Odiaba que le dijera así, ya no era un muchacho, dejó de serlo hace mucho tiempo en la casa de Amalia, era todo un hombre, y así era como quería que lo tratara. Tenía 17 años, era verdad, pero pensaba como uno de 30. Además, ella aún era joven, no debía pasar los 25 años, y mantenía fielmente su rostro de niña, como si los años no le afectaran, como si el tiempo no pudiera hacerle daño. —Buenos días, Beatríz. —Le dijo cortesmente — He cumplido con mi parte del trato — Le esbozó una sonrisa traviesa. — Creo que he sido víctima de un fraude, mi joven caballero — Le siguió el juego, con una mirada que imitaba a una niña consentida a la que se le negaba algo. Aquello lo volvió loco, y sintió como su miembro reaccionaba a aquel sutil coqueteo. — Usted ha salido ganando. —Estoy poniendo mi vida en peligro en éste momento, o ¿acaso el general tomaría muy bien el encontrarme en su cama con su amada esposa? — Intentó sonar audaz. Fracasó, la verdad es que aquello le llenaba de terror. —Además, —Intentó arreglarlo — No puedes decirme que haz salido perdiendo, después de ver como disfrutabas hace unas horas. —Sin duda, así fue —Le obsequió una caricia en la mejilla — Mi marido, mi pobre marido —Dijo como si al hablar de él, se le llenara el corazón de tristeza — no se encuentra en el pueblo, anoche partió rumbo a la haciendo de San Agustín. Pero aunque estuviera aquí, tampoco debería importarte, nunca me visita a mi habitación, el no duerme aquí. —Si yo fuera tu marido, jamás me separaría de tí, Beatríz, mi Beatriz. — Se acercó aún mas a ella, la tomó de la cintura y con un movimiento giró su delicado cuerpo, juntando su pecho desnudo con la fina espalda de aquella inquietante mujer. Ella sonrió. — No entiendo como alguien puede vivir contigo y no querer hacerte el amor todas las noches, me gustas Beatríz, me has vuelto loco de amor, nunca me cansaría de ti. — Posó su mano maltratada y rasposa sobre aquel delicado vientre. Sus brazos la envolvían, como evitando así, que pudiera huir de él. —Mi marido no me desea como me deseas tú, el sólo desea poder, yo sólo deseo amor. — Se giró hacia él, mirándolo como sólo ella lo hacía, como ninguna mujer antes lo había visto. Esos ojos verdes que ardían, que pedían amor, que pedían pasión, esos ojos en los que podría perderse para siempre. Beatríz tomó las sabanas y las arrojó lejos de la cama. Se elevó sobre Diego y si situó sobre él. Sentada, con una pierna a cada lado, sometiéndolo a sus deseos, lo seguía viendo, orgullosa de sí misma, con aquella mirada arbitraría que le decía sin decir "te tengo, eres mío". Beatríz... — Sin poder decir más, llevó sus manos a los pechos de su amada. Mientras ella se movía sobre él. El placer lo envolvía, mientras aquella diosa que lo cabalgaba, sin poder siquiera pensar en nada más. Era hermosa, cada segundo era más hermosa que el anterior. Ella, se inclinó hacia él acercando sus labios con los suyos. Y en voz baja, con aquella voz de niña inocente que lo volvía loco, le dijo al fin — Quiero que me regales tu semilla, mi muchacho, que la viertas dentro de mí. — Sus ojos verdes, se encendieron aún más, parecía fuego verde y lo miraban intensamente. No lo dudo ni un segundo, rápidamente, la tomó por la cintura y la arrojó a la cama. Ahí sobre ella, volvió a hacerla suya, o al menos eso pensaba él. Al final, él terminó siendo suyo.

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