rbelaustegui
Usuario (Argentina)
Fueron los barquitos llamados balandras, las primeras manchas que descubrieron mis ojos salpicando la superficie del Río de la Plata. Los velámenes se confundían con el color de las aguas. Las velas cuadras, las cangrejas y los foques de cuatro puños de los yates de entonces, eran de lonas de color del león. Ese río, el río, simplemente el río para nosotros, fue nombrado Mar Dulce por los españoles, que sabían llamar a las cosas por su nombre. Lo bautizaron Río de la Plata cuando el furor mercantil de Buenos Aires lo pobló de honorables contrabandistas porteños y de piratas protegidos por corona real. Por la “zona liberada” por el imperio se llevaron los tesoros del Inca, bajados desde el Alto Perú para entregarlos a sus soberanos, o esconderlos en recónditas islas que sólo ellos conocían. Después, muchos años después, el río mereció apelativos más dignos cuando los poetas lo pensaron como “la corriente zaina” y el estuario sin fronteras fue llamado “La bahía de silencio”. Entonces ya estaba el árbol. Ya estaba el algarrobo y era centenario. Su sombra cubrió los olvidos. Aquellas siestas de los pescadores bajo la copa frondosa, antes de volver a sus botes embicados entre los juncos, una vez vendidos los pejerreyes, dorados y surubíes, a los vecinos de las barrancas. Pasaron también al olvido los banquetes de pan y carne, asada con los gajos desprendidos de su copa, alimento cotidiano de los trabajadores que construyeron el ferrocarril del bajo y dejó al río más allá del “camino de fierro”. Y los amores que amparó cuando niñas vestidas de blanco ofrecían sus labios a mocitos de pantalón corto, escondidas tras sus sombrillas antes de que el sol desapareciera del otro lado del río. El árbol guardó para siempre su silencio vegetal. Nunca sabremos qué paginas dieron vuelta a su sombra, los jóvenes que en aquellos años apoyaban las espaldas en su tronco y se entretenían al aire libre con el cuadrángulo que les ofrecía imágenes sin control remoto y la fantasía les mostraba, como en una pantalla, imaginarias selvas; sus animales y héroes; desiertos galopados por los buenos y los malos; monstruos del mar ; exóticas naves submarinas; globos que en ochenta días contornaban al mundo. Yo recuerdo que disfruté allí mis primeras lecturas: Amalia y Juveniila. Y viajé de los Apeninos a los Andes de la mano del pequeño Marco. ¡Tántas cosas se habrán olvidado, guardadas por el viejo algarrobo para siempre, entre sus tentáculos de madera! Como la historia oculta tras la mano que hirió su corteza a punta de cuchillo, tallando un corazón flechado y el nombre María. Hay leyendas que escaparon o las liberó el algarrobo. La Historia se va escribiendo de alguna manera. Disfraza pero no oculta. Se supo que al pie del algarrobo se sentaron dos hombres de espada para planear la campaña contra el dominio español en estas tierras del sur. Pero yo no he venido aquí a contar la Historia. Así que dejaré que de Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas y José de San Martín, Gran Capitán de nuestros ejércitos, se ocupen los herodotos de oficio o aquellos que, con menor rigor científico, manipulan la historia para armar historietas. Porque nunca se sabrá con certeza qué hablaron bajo este algarrobo O bajo el “Ombú de la Esperanza” que sobrevive muy cerca de la actual estación Acasusso, donde San Martín habría imaginado junto a otros generales el cruce de los Andes. Ni las conversaciones de nuestros próceres, bajo otros ombúes alcanzados en largas cabalgatas, a lo largo de estas chacras, desde el borde de las barrancas hasta el límite del fondo, a una legua. Jamás se hubiera conocido el secreto que guardamos el algarrobo y yo, si ahora no estuviera dispuesto a revelarlo para lograr en los últimos años de mi vida apaciguar mi conciencia por el crimen que cometí siendo niño. * Te contaré Antonio lo que sé de estas barrancas, antes de que se vayan conmigo los recuerdos. Comencemos esta mañana lúcida de primavera y en próximos domingos soleados volvamos hasta aquí. Desde el algarrobo te entregaré fragmentos de mi memoria, encendidos cuando me preguntaste: “¿Siempre fuimos de San Isidro?” Sabrás lo que vine sabiendo desde que por primera vez llegué al pié de este árbol, hace más de setenta años, cuando mi abuela se aterrorizó por el golpe militar que derribó por primera vez a un Presidente constitucional. Si bien en mi familia saludaron alborozados la noticia, imaginó peligros de guerra civil que aconsejaban llevarnos a todos a buen recaudo. “Nos alejaremos de la Capital, por un tiempito”, dijo la respetable matrona viuda, que comandaba un clan de diez hijas mujeres y un varón. Era pudiente tu tatarabuela, Antonio. Tenía hacia el Oeste unas estancias, desde donde un administrador fiel le enviaba dineros, hasta que dejó de serlo y comenzó a mandar sólo cuentas que nadie pagaba. Pero esa es otra historia. Te decía que entonces ya estaba el árbol. Yo tenía poco más de cinco años, pero me acuerdo de los barquitos porque siempre me gustaron. Ahora el río que ves allí se ha desplazado hacia el este por el avance del Delta, tiene más turbio su color por la polución que transporta y ha perdido la pureza del color del limo, entre naranja y rosado. Las velas de los barquitos son ahora blancas y triangulares, y contrastan mejor con el trasfondo oscuro. Entre las boyas del canal se desplazan grandes paquebotes transatlánticos. Hacia acá, las mismas chatas de entonces siguen sus rutinas, condenadas para siempre a destinos areneros. Aquella primavera llegamos en nuestros automóviles, el Minerva de la abuela haciendo punta y nosotros cerrando el desfile con un Ford T descubierto, recorriendo un camino bordeado de zanjones por donde corrían las aguas servidas que disparaban olores y remolinos de tierra. El macadán, como una larga alfombra de cemento, nos trajo en tres horas desde el Retiro hasta la mansión que la abuela había alquilado. Había sido propiedad del pintor Pridiliano Pueyrredón, hijo del Brigadier General Juan Martín, que nació y murió en la casona que allí ves. Se la alquilamos a “los Aguirre” para pasar el verano del 31. El cuadro de Doña Pascuala, casada con un ministro de Juan Manuel de Rosas, todavía cuelga en una de sus paredes, lo pintó Pridiliano. Si observas bien, su rostro tiene el óvalo casi perfecto de nuestra familia. Sus ojos también son claros, y la calva avanza sobre su frente y se detiene, por ser mujer, a medio camino. Pascuala está en la vertical de nuestra genealogía. No se qué sigue más allá de chozna que es, parto más o parto menos, lo que la Pascuala vendría a ser tuya. Fue dueña de la chacra vecina, que años antes perteneció a Mariquita Sánchez de Thomson. En su casa, es sabido, se cantó por primera vez el Himno Nacional y se urdieron tejemanejes de la política de entonces. Pero sigamos en donde estamos, en esto que es el hoy el Museo Pueyredón, “la chacra del Bosque Alegre” en aquél entonces, cuando la abuela decidió exiliarnos para protegernos de las balaceras. Muy pocos recuerdos me quedan ya. Pocos de felicidad. Muchos de ser víctima de una permanente acusación de “nene travieso”, “chico nervioso”, “insoportable Kelito” y de una permanente sensación de prematura angustia existencial, que se manifestaba en mi insistente pregunta de “¿Ocho es mucho?”, respondida al lógico “¿Ocho qué?”, con un constante y simple “¡Ocho!” La geografía me ha quedó más nítida. La casa blanca y su galería de columnas, donde tomábamos el te, mortificados por los mosquitos. En una esquina, hacia atrás, un aguaribay plantado por Sarmiento, muy cerca un inmenso un ombú, de los mucho que habían en las chacras de entonces y un cedro del Líbano, donde practicaba alpinismo con mi primo Robertito hasta llegar a la cumbre para descubrir la Torre de Anchorena del otro lado del río, en el perfil bien dibujado de la orilla uruguaya. - Me pica el bagre, abuelo. - Podemos seguir otro domingo. Almorcemos a pocas cuadras de aquí, donde subsiste la primera casa de dos piso que se construyó en San Isidro, aguantando el embate de la modernidad. Fue de otro antepasado nuestro y hoy es un restorán que vale la pena. - Cerrá aquí la historia que me estuviste contando, hasta el próximo domingo. Me gusta oírlas bajo el algarrobo. Yo en el almuerzo te contaré en lo que ando. - No está mal. Si no te echo un lazo, es difícil agarrarte. * Pasaron tres domingos, porque los comienzos del verano son lluviosos en las cercanías de la costa. Era un día soleado y ventoso, y el río se veía sucio, como salpicado de algodones. Los barquitos corrían con sus mástiles escorados y sus paños reducidos. Entonces atrasé el tiempo, para contarle a Antonio otra fuga de Buenos Aires hacia San Isidro, cuando mi familia paterna escapó de la fiebre del cólera que diezmó la Capital en 1867. Vinieron a refugiarse al pie de estas barrancas “donde soplaba el aire fresco del río que aleja la peste”. Nosotros nos salvamos y otras familias que vinieron también, privilegios de una burguesía bien alimentada, con la salud en manos de los mejores médicos. Sin embargo, le dije, en San Isidro murió de cólera la tercera parte de la población, porque el flagelo se ensañó con los sectores más humildes. Aquí nació mi padre en el 900, frente a la plaza y a la Catedral donde fue bautizado, inaugurada dos años antes. Gran parte de la familia se arraigó aquí. Fueron todos buenos vecinos. Profesionales, jueces, funcionarios públicos. Alguno llegó a intendente. Militares, los hubo, marinos de la Armada Nacional. Hay vocación marinera en nuestra sangre. Será porque venimos de vascos pescadores. El primero que llegó a nuestras playas supo tener su flota mercante al amparo de favores oficiales. Yo también salí marino, pero sin charreteras. Navego desde la juventud. Los años no me han desalentado. La torre de la catedral de San Isidro, que eleva su cruz a setenta metros de altura, fue durante muchísimos años mi referencia para enfilar al puerto, hasta que la tecnología me alejó de un placer que me llevaba a destino y me acercaba recuerdos, como la casa natal de mi padre. El patio tras la puerta cancel; el aljibe en el centro; alrededor los cuartos y el alero protector de soles y lluvias. Y las carbonadas de la tía Ercilia o la ambrosía de Nené. Mi familia paterna volvió al centro. Papá se recibió de abogado, se casó, formó un hogar y sacó carta de ciudadanía porteña. Visitábamos con frecuencia a “las chicas”, como él llamaba a las tías octogenarias. San Isidro fue para mí un destino constante. No sólo por las habituales visitas familiares de entonces, sino por los deportes, que me interesaban mucho más. Hoy, en la hora del reposo del guerrero, volví a San Isidro y aquí me quedaré, en mi casa del “camino de Afuera” de la viejas chacras, a pocas cuadras de este árbol, hasta que Dios mande. Más allá no quise ir. Era tiempo de guardar una distancia razonable para que el Algarrobo, en mis últimos años, siga protegiendo en silencio la impunidad de mi delito. Me queda por confiarle un último recuerdo, cuando quebranté el Quinto Mandamiento del Dios, en Quien creía. Había jurado callarlo para siempre. Pero he decidido desprenderme de él y entregárselo, para conservarlo en mi propia sangre. Mi vida se prolonga más allá de lo esperado y quiero recorrer el último tramo sin el peso de esa carga sobre mi conciencia. * Necesité otro domingo. No quise que fuera el fragmento de un relato anterior. Merecía la dedicación exclusiva de una mañana para liberar al algarrobo del secreto y a mi alma de esa culpa por un crimen cometido hace setenta años, guardada veinte años en soledad, después que murió mi primo Rober. Nos sentamos por última vez bajo el árbol, un día nublado. Soplaba del sudeste y estaba más bien fresco. Le dije a Antonio que trajera un abrigo. Esta vez no era necesario un día de sol. Hablé: Fuimos responsables de la muerte de un hombre: el Negrito. Era un grandote cuarentón, de cara muy redonda y aniñada, mota como viruta y una sonrisa de ángel. Ángel, se llamaba el Negrito. Era hijo de la vieja Anselma, que convivía con la abuela desde que otros parientes se la entregaron al no poder más sostener un legado con cargo recibido cuando se abolió la esclavitud. El Negrito oficiaba de ayudante de cocina, manejaba el Minerva y, para la abuela, era irremplazable para masajearle las cervicales cuando soportaba los tremendos dolores de cabeza que trataba de aplacar colocando sobre su frente finas rodajas de papa cruda. Cuando ya volvíamos, el día previo al fin de la larga estadía en la chacra “Los Ombúes”, decidimos con el primo Rober regalarle al Algorrobo un tesoro y enterramos bajo su copa un pequeño cofre de cobre, con un anillo robado a la abuela mientras el Negrito la masajeaba el pescuezo. ¿Fue un juego de piratas, de niños inocentes que los emulaban robando una joya del montón de la abuela para ocultar un tesoro? ¿Disfrazábamos nuestra codicia con la artimaña de regalárselo al árbol? ¿No habíamos planeado, acaso, recuperar el tesoro en una próxima aventura nocturna? ¿O fue un crimen? ¿Acaso no había muerto un hombre? La pregunta nos atormentó durante años. Por eso he querido exculparme y entregarte el fardo. Hacé lo que te parezca mejor. Mientras sea secreto quedará en la misma sangre. Si no, algún día se sabrá que el abuelo no fue el santo varón que parecía. Antonio escuchaba atentamente. Parecía azorado. En este punto, interrumpió: - Esperaba que confesaras un crimen. Me costaba imaginarlo cometido por dos niños de seis o siete años. - Fue un crimen. - ¿Pero a quién mataron? - No matamos, pero murió un hombre. Y podríamos haberlo evitado confesando nuestra picardía. Al no hacerlo, porque fuimos cobardes, cometimos un crimen. - La abuela descubrió la desaparición del anillo y lo acusó al Negrito de haberlo robado. “Negro ladrón”, le gritó. “Te entregaré a la policía”. Nosotros callamos. La vieja no lo va a entregar, pensamos. Nos quedamos con el secreto del tesoro y un misterio en la familia. Uno más. Había otros. Vimos al Negrito alejarse, pasar bajo el algarrobo, pisando el tesoro escondido, descender por las barrancas y alejarse. “”Se va por la vergüenza, no lo merece”, comentamos en voz baja. A la hora del almuerzo la tensión familiar era notoria. Ni una palabra. Ni las moscas volaban. Nosotros comíamos en el comedor chico, observados como siempre por las institutrices encargadas de nuestro bueno modales. “¿Qué les pasa chicos?”. La pregunta quedó sin respuesta. Estábamos pelando la olla del dulce de leche, que el Negrito siempre nos guardaba para rasparla con el cucharón de madera. Sentimos un griterío. Por el parque corría Celestino, el jardinero. A los gritos, como un loco. De la mesa principal se levantaron los hombres. “¿Qué pasa, che?”, se preguntaban los grandes. El Rober y yo cruzamos miradas. Nos quedamos como congelados en nuestros banquitos. Antes de que nadie alcanzara la galería irrumpió Celestino en el comedor. “¿Cómo se atreve? ”, habrán pensado los grandes. Con gravedad y respeto, temeroso de haber violado propiedad privada, soltó: - ¡Se ahogó el negrito! Lo encontraron flotando en el río.
1 Cuando al naciente se desnuda la noche cubro tu sombra 2 El mar enciende fuego de noctilucas hasta la aurora 3 La misma esquina sorprendió el primer beso y un no te quiero 5 No seas vida nada más que rutina de nuestra muerte 6 Soñaban siempre con lejanas ausencias tus ojos ciegos