rastaman9320
Usuario (Venezuela)
Sí, sí ya sé que lo máximo que tú y yo vamos vivir son 100 años, y eso si dejas de hacerte el handjob a diario. Ya por ahí tenemos que dar gracias a que hemos llegado vivos hasta hoy. La cosa es que a veces los días pasan y ni cuenta nos damos, cuando nos damos cuenta parece demasiado tarde y no se tú pero yo no quiero despertar un día con 30 años y no haber hecho nada. Es por eso que quiero compartir un artículo super útil para todos esos taringueros procrastinadores que no le han dado al curro y no saben cómo empezar, o que simplemente son más flojos que las manos de McDinero. Por supuesto siempre tenemos deseos, como ser el diamond más crapero de Taringa, tener un auto de lujo, mucho dinero dinero dinero o tener un harem de travas hermosas. Si eres venezolano, con desear estar vivo basta. Ahora, a lo que vamos. Resulta que hace mucho tiempo Antes de Chabelo, existieron unos verdaderos linces que eran llamados Estoicos, esta gente si tenía sus prioridades bien claras y creo que deberíamos tomar nota de lo que profesaban. Venga capo que tuvieron que pasar 2.300 años para que esta generación supiera de ellos. Te amo Thalita No fap by now! Seguramente habrán escuchado del fenómeno de la procrastinación, puede que padezcas este mal y también puede que estés consciente de ello y creas que la tengas gana, pero NO, saber que dejas las cosas para después no te ayuda en nada. "...y es que tal vez saber que estamos procrastinando es una de las causas que contribuye a seguir procrastinando, en una especie de parálisis por el análisis." Los verdaderos procrastinadores entederán al instante la frase de arriba Pero no os temais que ahora mismo te enseño a curarte de ese mal habito, aprovecha y sírvete algo. Tal vez porque el mundo moderno nos bombardea con innumerables estímulos, distracciones, ofertas de último minuto y microdecisiones (¿debo comprar esas cerezas orgánicas, debo probar esa nueva técnica de masaje bioenergético tailandés?), nunca habíamos estado tan conscientes de la existencia de la procrastinación. No es que saber que existe nos ayude mucho, no al menos según su creciente aparición en los medios y en la literatura médica, y es que tal vez saber que estamos procrastinando es una de las causas que contribuye a seguir procrastinando, en una especie de parálisis por el análisis. Procrastinar evidentemente afecta nuestra productividad, pero eso quizás sea lo de menos, ya que estudios recientes muestran que también afecta nuestra salud, al crear una atmósfera de microtensión permanente que pende sobre nuestra cotidianidad. Según el doctor Joseph Ferrari de la Universidad DePaul, los procrastinadores no sólo tienen niveles más bajos de autoestima, tienen más problemas para mantener relaciones estables y más problemas para autorregularse, también se enferman más. “La investigación del sector salud muestra que se enferman más. Tienen más dolores de cabeza y problemas gastrointestinales”. Ferrari atribuye esta patologización al silencioso enemigo del hombre moderno: el estrés. “Es la preocupación la que causa daño. Así que tenemos implicaciones de salud, implicaciones sociales e implicaciones personales”. En otras palabras, la procrastinación es una espiral integral decadente que poco a poco horada tu vida. Suena terrible, pero, ¿es suficiente para motivarte a hacer lo que tienes que hacer? El problema de la procrastinación evidentemente es que ejerce una presión psíquica más o menos permanente sobre un individuo y minuciosamente crea una fuga de la voluntad, lo que acaba formando una imagen personal bastante negativa y desempoderada, una especie de autoabandono. La función biológica del estrés es combatir una amenaza aguda que requiere de una respuesta contundente inmediata: el caso que se cita comúnmente es el de encontrarse con un depredador y huir (o luchar) para salvar la vida. Esto evidentemente no suele ocurrir muy seguido en la vida moderna y, sin embargo, el estrés parece ser una presencia ubicua en nuestra civilización (hemos tenido que inventar fantasmagóricos depredadores para llenar el vacío o el exceso de tiempo sin saber qué hacer). Al sentir estrés el organismo se inunda de hormonas como el cortisol y la adrenalina, que pueden ser inflamatorias y en general sumamente desgastantes para el sistema inmune cuando se producen crónicamente. La procrastinación –en el sentido de que sentimos una presión constante de hacer algo, la cual, aunque no le damos demasiada importancia, no eliminamos del todo– nos coloca en un estado casi permanente de tensión, hasta que finalmente hacemos lo que tenemos que hacer… y decapitamos al tigre invisible (o aplacamos a ese insidiosodaemon). Ferrari sugiere que nuestra sociedad debería fomentar una cultura de cumplir con los plazos indicados y no estirar la liga. Es decir, no crear una noción implícita de que las fechas de entrega siempre pueden ser postergadas y que cuando decimos que algo es para un día o una hora en realidad estamos diciendo que es para un día o una hora más tardía. Esto igualmente con nosotros mismos. Pero somos enormemente autoindulgentes, y eso nos puede estar lastimando; lo contrario también nos lastima, el categórico autotirano que nos exige hacer más y más cosas innecesarias y, en cuestiones prácticas, irrealizables, forzando nuestra delicada máquina orgánica. El hombre moderno no ha interiorizado lo suficiente el peligro que significa no tener disciplina, ya que sin disciplina nos volvemos presa fácil de la formación de cualquier tipo de hábito no intencional y no controlado. Estos hábitos son, además de difíciles de suspender, la principal fuente de enfermedad en la vida moderna (como aguas estancadas en la mente-cuerpo). A esto Ferrari agrega que debemos también incentivar la acción temprana, como dice el dicho: “al que madruga Dios le ayuda” y estructurar la sociedad para que se gratifiquen estas acciones y buscar eliminar o aminorar todo este mercado de las ofertas de último minuto. A la luz de esto uno debería tener cuidado con sus propósitos de Año Nuevo y todas esas elucubraciones mentales de todo lo que vamos a hacer y ser –siempre después– lo cual seguramente nos va a hacer mejorar (algún día) y ahora sí vamos a lograr ser quien queremos ser (porque creemos que nuestro ser está en el futuro, cuando por fin nos guste quién somos). Por supuesto, es un impulso natural querer crecer y cumplir nuestros deseos, pero hay que cultivar la mesura y operar desde una mezcla equilibrada de espontaneidad y orden. En su nivel más básico y tóxico la procrastinación nos disocia del presente, en una perpetua hipoteca, hace que, como escribiera Emerson “nos estemos siempre preparando para vivir pero nunca viviendo”. Ni aquí ni allá, fragmentados, procastrados. Para explicar de manera más completa el fenómeno de la procrastinación, debemos entenderla también como el resultado de una sociedad de consumo y de crecimiento infinito (el paradigma de la economía que vivimos) que ejerce una presión constante para que seamos productivos y que seamos siempre mejores (y para ello compremos cosas y experiencias) y podamos competir con nuestros pares para alcanzar nuestros sueños diseñados por las agencias de publicidad. Que seamos como la máquina que nunca descansa, como el minisúper o el feed de Facebook que están las 24 horas todos los días del año suministrando bienes o información. Ciertamente existe este nefasto y cuantioso efecto colateral del modelo económico en la psique individual. Entre más deseos tenemos, más posibilidades tenemos de procrastinar y/o frustrarnos. Por eso es indispensable que el ser humano sea capaz de distinguir entre toda esta influencia externa que le hace creer que necesita tener y hacer cosas que no son de ninguna manera esenciales y sus verdaderas necesidades, aquellos imperativos que se originan en la profundidad de su psique (en otras palabras, separar el grano de la paja). Es cuando deja de hacer lo que realmente le es necesario y, quizás de manera más precisa, cuando deja de actuar desde lo necesario en su vida diaria (en cuyo defecto se actúa desde la fantasía, desde la confusión o simplemente desde la insignificancia) que se producen las enfermedades y las heridas más profundas que alteran el funcionamiento natural del organismo, el cual está diseñado justamente para realizar lo que necesitamos pero no para un excedente. Entonces podríamos decir que para “curar” la procrastinación primero deberíamos colocarnos en un estado en el que podamos realmente discernir qué es lo necesario y así eliminar todo lo innecesario (lo cual es también una definición de un modelo de crecimiento, para plantas u hombres). Así la procrastinación no es sólo una cuestión psicológica, es también un problema filosófico, por lo cual nos serviría recurrir a los estoicos, por ejemplo, quienes enseñaron que la virtud era actuar en concordancia con la naturaleza, todo los demás entra dentro de lo que podemos llamar innecesario. Y es que, recordemos, la necesidad, Ananké, para los griegos era incluso superior a los dioses e incluso los Olímpicos debían ajustarse a sus leyes. VAMOS TIGRE, SE COMO ROCKY Y DEMUESTRA QUE TÚ PUEDES! ¿Pero cuál es la brújula de los estoicos para tomar una decisión? ¿Existe alguna recomendación que, basada en esta filosofía, nos facilite resolvernos por una opción u otra? En el blog How To Be a Stoic encontramos una entrada dedicada al “algoritmo para toma de decisiones de los estoicos”, sin duda una síntesis creativa de dicha filosofía para hacernos reflexionar sobre aquello que está implicado en una resolución de vida. SABIDURÍA JUSTICIA TEMPLANZA O CARÁCTER VALENTÍA El diagrama comienza por la sencilla pregunta de si el dilema existencial al que nos enfrentamos está o no bajo nuestro control. Si no, no hay nada qué hacer; si en parte, hay que saber distinguir qué concierne a nuestro horizonte de decisión, si el intento o el resultado; si nos involucra por completo, la siguiente pregunta es si la decisión involucra a la virtud; si no, es en cierta forma indiferente para nuestra existencia y, si acaso el único momento de dilema es si dicha decisión entra en conflicto con la sabiduría, la justicia, la templanza o la valentía; si es una decisión que concierne de lleno a la virtud, un estoico te recomendaría tomarla para ejercer estos mismos valores. Al final, esto último es lo más sustancioso. Ante una decisión pregúntate si tomarla requerirá de tu sabiduría, tu sentido de la justicia, tu templanza o tu valentía, o si una vez tomada serás más sabio, más justo, más ecuánime o más valiente. Si la respuesta es afirmativa, ¡toma la decisión! Probablemente después descubrirás que hacerlo valió la pena, que tus temores no eran tan terribles como lo supusiste y, lo más importante, que seguramente tu carácter es más fuerte de lo que creías. Eso es todo pequeños rufianes, es pero que les haya servido y que lo pongan en práctica. No olviden comentar, puntuar, recomendar, favoritear. RASTAMAN9320