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Usuario (Argentina)

EL ASADOR EL MISTICO tiene una fecha asignada para un ritual específico vinculado con la parrilla. El día de su cumpleaños —aunque puede ser cualquier otra fecha—cita a toda la familia en su patio y hace su tradicional lechoncito a las brasas. Trae el lechón desde el fin del mundo (puede ser el litoral o una granja en donde lo alimentan sólo con maíz tierno) y lo deja macerándose en una mezcla secreta durante veinticuatro horas. Al otro día, se levanta a la madrugada, y empieza a preparar el fuego que le lleva casi medio día de meticulosa ingeniería gastronómica. Su pico de felicidad es cuando se sienta en la punta de la mesa, con una cuchilla en mano, a recibir elogios y aplausos. Puede llegar a tener un brote maníaco si su mujer propone una mesa fría, pero se le pasa cuando le aclara, asustada, que no era más que un chiste o una equivocación. EL OBSESIVO también se apega a la tradición, pero de manera más enfermiza. Tiene que ir a buscar el asado a una carnicería específica en Villa Urquiza, trenzar los chinchulines a mano luego de hervirlos en leche durante 20 minutos, poner el diario y la madera de una forma particular en la parrilla, y salar cada 50 minutos para lograr que la carne no se seque. Invariablemente toma siempre a un hijo de asistente (que cuando cumple 13 años ya no quiere seguir ayudando), al que le relata todos los pasos de ese ritual con excesiva preocupación, y persigue a su mujer para que todo esté perfecto desde el miércoles a la tarde. Si, por casualidad, el asado sale mal (los invitados llegaron tarde y se secó, la carne estaba dura, o se largó a llover cuando estaba prendiendo el fuego) no puede dejar de hablar angustiado de ese evento durante toda la celebración. Mucho menos riguroso pero igual de pesado es EL EXAGERADO, que va al supermercado, compra 120 metros de tira de asado, 40 chorizos y 12 pollos para seis personas porque lo aterra que la gente se quede con hambre. No observa ninguna técnica en especial (ni siquiera limpia la parrilla), más que suplir con cantidad y exceso cualquier déficit de sabor. Es el mismo que invita a 140 personas para su cumpleaños, que ensucia todo el baño de carbón cuando se lava las manos, y que ocupa todas las fuentes de la cocina para hacer pruebas. Durante el almuerzo persigue a los comensales con expresión de preocupación porque nadie come la cantidad que él calculó en su mente escandalosa. Si alguien le dice que está satisfecho, pone cara de víctima y le pregunta “¿Un poquito más?” o le dice “¡Si no comiste nada!” mientras trata de ponerle otro pedazo de vacío en el plato. EL IMPERTINENTE es un hereje que no puede soportar los límites del asado tradicional y vive buscando variantes para usar la parrilla. Hay algo —falta de límites, necesidad de provocar, delirio de chef— que le impide tirar un vacío y unos chorizos a las brasas y ser feliz. Tiene que cambiar las cosas aunque sus recetas arruinen la receta original. Es, además, el típico fanático que prende un fuego para hacer dos hamburguesas y el defensor a ultranza de perversiones tales como el matambrito a la pizza o la pizza a la parrilla, o de cascarle un huevo encima a los morrones. Cree que un asado no es asado si no hizo todo a las brasas y también tiene su postre parrillero (asa bananas abiertas con una barrita de chocolate águila adentro) que sirve con orgullo a sus comensales desorientados. LA ANFITRIONA La anfitriona es el Robin del asador; la que se encarga de los detalles menores como la mesa, las guarniciones y detalles como el pan y las bebidas. No puede acercarse a la parrilla más que para llevar un vino, traer las fuentes que van usando, o pedir los fósforos prestados, pero es la responsable de organizar y hacer sentir cómodos a los demás. Las hay más prolijas y más descuidadas, más cancheras y más miedosas, o lo que es peor: más o menos malhumoradas. LA QUEJOSA, por ejemplo, está durante todo el almuerzo con cara de culo porque nadie lava y porque todos ensucian. En vez de relajarse y disfrutar, desde que traen el primer choripán está pensando en todo lo que va a tener que ordenar. Es la típica que le grita entre dientes al marido porque su hermano trajo a la nueva esposa o porque sus compañeros de fútbol están comiéndose el pan y la ensalada antes de que todos se sienten en la mesa. Levanta los platos inmediatamente después de comer y si alguien le dice que no se apure, le tira una indirecta filosa para silenciarlo: “No, gracias. Los voy a lavar ahora porque después la que se queda sola con la pila de platos soy yo”. Su contrafigura es LA ESPLENDIDA, una excelente anfitriona, que cocina divinamente y adora recibir gente en su casa. Siempre sorprende con algo insólito de entrada, guarniciones interesantes y novedosas, y un montón de gente piola para charlar. Tiene buen gusto, es canchera y se ocupa de que todos la pasen bien, sin tener que invertir un dineral. En general, de ahí te llevas dos recetas de ensaladas impensadas, una marca de vino buenísimo de 15 pesos, y la dirección de un monasterio en donde hacen la torta que sirvieron para el té. Con ella siempre se la pasa bien, incluso si su marido es el asador Hereje o el Exagerado. LA ATERRADA —una chica joven que está en pareja con un hombre maduro —siente que organizar un asado es más difícil que ofrecer una fiesta para la reina de Inglaterra. Le cuesta tanto acordarse de todo y resolver los pequeños conflictos de la organización que le termina dando pena a todo el mundo y nadie come nada para no molestar. Va a hacer las compras al supermercado y trae cualquier corte de carne, en vez de espinaca compra acelga, y pasa media mañana haciendo una receta de zanahorias glaseadas o papas aplastadas que vio en la tele, y que sirve temblorosa y avisando que es la primera vez que las hace y que no sabe cómo están. Si es la esposa del Místico o el Obsesivo, terminan siempre peleados, con ella lloriqueando en el dormitorio porque hizo todo mal y el marido le gritó. Bastante peor que la anterior es LA DESASTROSA, que organiza unos asados penosos y encima no le importa. Su mesa parece un puesto de vajilla usada en la feria de San Telmo; no hay un solo cubierto o plato del mismo juego y hay que compartir los vasos porque no alcanzan para todo el mundo. No tiene gaseosas light, se olvidó de llenar las hieleras, y para hacer choripán trajo las baguettes del supermercado. A la tarde sirve una torta quemada y rota que según ella “está rica igual” junto con café de filtro aguado en tazas diversas y se cree que está ofreciendo un té en la embajada de Austria. Su lema es “comelo así con la mano” o “enjuágalo un poquito” y en general, sus invitados huyen incómodos y sedientos a las tres de la tarde a buscar algo para picar en una estación de servicio. LOS INVITADOS En todo asado, hay un PRIMO AMARRETE que cae con su familia temblando de hambre y una botella de Pepsi caliente en la mano. En líneas generales, arrasa con la parrilla como si nunca hubiera comido, critica la marca del vino, cuenta toda la plata que gastó en Navidad, y se tira a dormir en los sillones del living mientras los demás levantan la mesa. Hay también siempre una DESUBICADA que se la pasa fumando mientras los demás ponen la mesa, avisa que ella no lava los platos porque el detergente le da alergia, y le da de comer al perro durante todo el almuerzo a pesar de que le advirtieron que no le hiciera. En general es la cuñada de la Quejosa, que termina loca de los nervios porque la Desubicada destrozó las tortas con su cuchillo, le dio chocolate a su hijo de seis meses y le mostró el tatuaje que tiene en el escote a su hija de trece años. Otra invitada insoportable es LA MALCRIADORA, una madre que está convencida de que el asado debe girar alrededor de las taras de sus dos hijos maleducados. Entre otras cosas, sus hijos lloran porque no hay Sprite, porque quieren pollo en vez de carne, porque quieren sentarse en la punta de la mesa y porque el perro tiene rulos. No hay minuto del asado en el que se pueda dialogar en paz, o en el que la anfitriona se pueda sentar a comer y no esté buscando algo para darle a los chicos y que se callen. Por último, existe LA NOVIA JOVEN de algún hijo o amigo que viene por primera vez y anuncia algo que hace tambalear el sagrado equilibrio del ritual: que es vegetariana. Desde ese momento, todo el asado queda articulado en función de su negativa de comer carne. La anfitriona le ofrece milanesas de soja o pedirle algo por teléfono, el asador le dice al novio que les hubiera avisado, y el resto de los invitados le pregunta durante todo el almuerzo por qué no come carne, qué come, si no se debilita y si lo hace por los animales. En vano ella jura que se arregla con ensaladas. Al final no come nada, pone a todos incómodos, acapara la conversación con sus discursos de Greenpeace y se pelea con la Desubicada por la tirita de cuero de un par de zapatos. Fuente: Planeta Joy

La realidad de la anécdota –contada in situ por Jaime García Márquez, hermano del escritor– no le quita cierta magia: “Al doblar por la calle de El Santísimo descubrimos un tramo de 40 metros tapizado por naranjas del mismo color y tamaño, ordenadas de tal manera que era imposible imaginar que fuera producto del azar. En esa ocasión Gabo conducía el automóvil y pasó por encima entre los chasquidos y las explosiones de las naranjas. Nos dio la sensación de que estábamos suspendidos en un espacio de levedad menos denso que el aire. Gabito soltó el timón, me miró sin dejar de apretar el acelerador y exclamó: ‘¡Cuéntalo tú, porque si lo hago yo con seguridad dirán que me lo inventé!’”. La Torre del Reloj y una de las entradas de la muralla colonial Escenas como la anterior y otras aún más increíbles se vienen sucediendo desde hace 477 años en las calles de la encantada Cartagena de Indias, cuya legendaria muralla colonial nunca pudo ser traspasada por el tiempo. Por algún extraño sortilegio de magia negra, a las puertas de la ciudad quedaron esperando los siglos XIX, el XX y el XXI, mientras adentro sobrevive e incluso florece una estructura arquitectónica colonial casi tan intacta como en los antiguos tiempos de esplendor esclavista. El trazado de Cartagena escapa un poco a la concepción renacentista de calles rectilíneas que sí tuvieron sus hermanas contemporáneas como La Habana y Ciudad de Panamá. Abundan entonces los callejones no del todo regulares, de los que resultan manzanas asimétricas, y los cruces de calles no resueltos en ángulos rectos. Esa irregularidad le agrega encanto a una ciudad que amalgama edificios y casas con estilos colonial americano, barroco, renacentista, neoclásico y mudéjar andaluz. En su origen, los nombres de las calles correspondían todos a santas y vírgenes, indicados en cada esquina con carteles de barro cocido que más tarde fueron reemplazados por las placas de mármol pulido con letras floridas que duran hasta hoy. Lo curioso es que el nombre de cada calle fue cambiando varias veces a lo largo de los siglos, según ocurrían los acontecimientos. Y en esos cambios se pueden rastrear algunas de las historias más fascinantes de todo el Caribe colonial. El domo de la Catedral de Cartagena se ve desde todas las terrazas de la ciudad. DE ANGELES Y DEMONIOS La actual Calle de las Damas se llamó Nuestra Señora de los Angeles hasta la tercera década del siglo XVII, cuando terminaron de levantarse las murallas cartageneras. Según Raúl Porto del Portillo, autor del libro Plazas y calles de Cartagena de Indias, al enterarse el rey de la abultada cuenta que tenía que pagar por el trabajo de amurallar la ciudad, tomó un catalejo para ver si una obra tan cara podía verse desde el otro lado del océano. Como no la vio, Carlos VI al parecer decidió evaluar personalmente la muralla de once kilómetros embarcándose de incógnito con algunos colaboradores, todos vestidos de mujer. En su periplo, el monarca se alojó en una casona de la calle Nuestra Señora de los Angeles. Y alrededor de este hecho se tejieron toda clase de conjeturas, como la que afirmaba justamente que aquellas encopetadas damas que habían aparecido de manera misteriosa, para regresar al poco tiempo a España, eran nada menos que el rey y algunos cortesanos. A partir de entonces, Nuestra Señora de los Angeles pasó a ser la Calle de las Damas. La historia de la Calle de la Amargura se remonta al 17 de junio de 1626, cuando se realizó el segundo “Acto de Fe” preparado con toda pompa por el tribunal del Santo Oficio. Uno de los condenados por hereje fue Pedro Sánchez Mancera (Fray Ambrosio), quien conducido hacia el tablado donde se leían las sentencias dijo a un compañero: “Amigo, resta muy poco para llegar al lugar del tormento; apenas nos falta andar la callecita que viene, que con el tiempo debería llamarse Ruta de la Amargura”. De las tres calles bautizadas Santo Domingo que hay en Cartagena, una alberga una leyenda de esas que en su época todos tomaban al pie de la letra. Allí mismo se levanta la fachada neoclásica del Convento Santo Domingo, y se cuenta que apenas fue inaugurado el diablo comenzó a aparecérseles en plena calle a los fieles que iban a misa. Pero según las crónicas de la época, la gente se acostumbró a ver al diablo y dejaron de temerle. Irritado, un día el hombre de cola y cuernos llenó de rocas la calle para obstruir el paso. Y ante el bullicio de la muchedumbre, el cura salió de la iglesia descerrajando una frase mágica: “Lucifer, con Dios tú no puedes”. Al mismo tiempo, con un ademán hizo rodar las rocas estrepitosamente. Al milagro le siguieron una carcajada quejumbrosa y un ventoso aleteo que dejó el aire impregnado de olor a azufre. La Calle de la Portería de Santa Clara, por su parte, se llama así por la entrada principal del Convento de Santa Clara, donde un joven cronista llamado Gabriel García Márquez asistió a la apertura de la tumba de una niña con cabellos largos, noticia que más tarde daría origen a la novela Del amor y otros demonios. En ese libro –que es pura ficción–, una niña poseída por el demonio es internada en ese convento, hoy convertido en un hotel cinco estrellas. Pero los hechos de la vida real que acontecieron allí en 1621 son casi tan increíbles como los avatares de la pobre Sierva María de todos los Angeles, ya que provocaron la retirada de Dios de la ciudad. Balcones de madera torneada, magia y misterio en la noche de Cartagena. Todo comenzó por un diferendo en apariencia menor en el que se enfrentaron las monjas clarisas de clausura con los frailes franciscanos de Cartagena, de quienes dependían administrativamente. Las profesas de Santa Clara se quejaron ante el obispo Benavides y Piédrola por los malos tratos y la fallida dirección económica que recibían de sus tutores franciscanos. El obispo las apoyó, mientras los seguidores de San Francisco se aliaron a los jesuitas y al gobernador. Las clarisas, considerándose independientes, se atrincheraron en su convento y el bando franciscano intentó invadirlas, acompañado de carpinteros y herreros para abrir las enormes puertas de madera. Ante tamaño conflicto, el obispo declaró la cessatio a divinis, es decir que quedaba suspendida hasta nuevo aviso toda actividad religiosa en Cartagena. De alguna manera esto significaba que Dios estaría ausente de la ciudad hasta que se calmaran las aguas, que sin embargo se agitaron cada vez más. Los franciscanos, enardecidos, atacaron el convento y las clarisas se defendieron como leonas. Avisadas de antemano, las monjas prepararon un espeso caldo hirviente y cuando los invasores se acercaron, las hermanas se mostraron dispuestas a todo en las elevadas ventanas, regadera en mano. Cuando se quedaron sin “municiones”, arrojaron piedras e incluso el contenido de sus retretes. Los vecinos, por su parte, dieron apoyo a las resistentes a tiro de arcabuces desde las terrazas. El enfrentamiento duró alrededor de una hora y ante la imposibilidad de invadir el convento, los franciscanos huyeron en retirada. ACCIDENTADAS CALLES El nombre en el cartel de cerámica ilustra la historia de esta calle con la contundencia de un título periodístico: Tumbamuertos. Originalmente tenía otro más agradable, Nuestra Señora del Popolo, porque según la leyenda colonial en una casa sobre esa calle habitó Pietro Margoli, un italiano alegre que todas las noches se pasaba de vino y salía al balcón a arengar al popolo. El nombre viró al actual a mediados de 1876, cuando una terrible epidemia de gripe arrasó con familias completas, dejando casas vacías sin herederos. La Calle del Popolo estaba entonces en condiciones lamentables, y al parecer varias de los procesiones fúnebres que pasaban por allí rumbo al cementerio tropezaban con los baches y terminaban con el cajón por el piso. A partir de entonces, en el barrio comenzaron a mencionarla como “la calle donde tumban los muertos”. Y no faltó quien descubriera allí un espíritu burlón que gozaba al ver a los difuntos caer despatarrados en el suelo. Por su parte, la Calle de la Bomba ha generado no pocos debates entre los historiadores cartageneros, ya que en este caso no existen documentos fidedignos como para explicar el nombre. La lógica suposición de que allí una vez cayó una bomba tiene detractores que se preguntan “¿en qué calle de Cartagena no cayó alguna vez una bomba?”. Y esta pregunta es más lógica que la hipótesis que la genera, porque entre 1544 y 1885 la ciudad sufrió ocho largos sitios, algunos victoriosos y otros fallidos. El más famoso de los asedios fue el del almirante inglés Sir Edward Vernon, quien en 1741 llegó con la intención de arrebatarles la ciudad de los españoles con una armada de 23 mil soldados metidos en 186 barcos. Entre los invasores estaba Lawrence Washington, hermano del futuro prócer norteamericano, mientras que del lado de los defensores había apenas 3 mil hombres. A los ingleses les llevó 16 días de combate tomar el Castillo de Bocachica. Pero fueron derrotados en el intento de invadir el Castillo de San Felipe, al tiempo que la disentería comenzaba a hacer estragos en sus tropas, obligándolos a retirarse. Es así que solamente durante el asedio de Sir Vernon deben haberse arrojado bombas en cada una de las calles de Cartagena. Por eso es más aceptada la hipótesis según la cual a comienzos del siglo XVII había en esa calle un polvorín conocido como Almacén de Pólvora, que más tarde fue trasladado al Castillo Grande por entrañar un grave peligro para la población. En el barrio de San Diego existe una casa embrujada que perteneció a un hombre cuyo apellido nombra hoy a la Calle de Quero. La historia cuenta que Miguel Quero había heredado una fortuna en monedas de oro, la cual guardaba con celo y avaricia en un enorme cofre de hierro. Una noche, al creer oír ruidos en el cuarto donde guardaba su tesoro, Don Quero encendió un candil y fue a ver qué pasaba. No encontró nada fuera de lo normal, pero no pudo evitar ponerse a contar su riqueza: y con tanta mala suerte, que mientras tenía la cabeza dentro del cofre la tapa le cayó encima, matándolo de un golpe seco en la nuca. Los vecinos, que echaban de menos al señor Quero, sospecharon lo peor cuando un olor nauseabundo comenzó a salir de la casa. A partir de entonces la morada deshabitada cobró mala fama y no había quien se atreviese a acercarse por allí después de la caída del sol. Hasta que una noche un valiente decidió demostrarles a todos que los miedos eran resultado de la fantasía, y encaró hacia la casa desde la esquina del Parque Fernández de Madrid. Pero antes encendió un cigarrillo, y al llegar frente a la casa un hombre le pidió fuego desde el balcón. Sin darle tiempo a reaccionar, una mano larga y huesuda se extendió desde lo alto y le arrebató al valiente el cigarro de un zarpazo, que le hizo perder el conocimiento por el susto. Otro que se le atrevió a la casona embrujada fue un antioqueño sin hogar que solicitó autorización para irse a vivir allí a pesar de los “peligros”. Antes de instalarse se hizo de un revólver, por precaución, y la primera noche que durmió en el lugar se acostó y comenzó a oír ruidos desde el comedor. El hombre le hizo frente al misterio arma en mano. Al cruzar la puerta una sombra pasó delante de él, que disparó seis tiros sin saber a quién. Pero una voz cavernosa le dijo, arrojándole las balas al piso: “A mí no me hacen daño tus balas; ahí te las devuelvo”. Está de más decir que el bravo paisano salió volando por las escaleras para no volver jamás, perdiendo la cordura por el resto de sus días. Es así que con el correr de los siglos los edificios de toda la Cartagena colonial van cambiando de aspecto, pero el fenómeno no tiene correlato en las calles. A lo sumo pasan de la tierra al pavimento: de un siglo a otro sólo les muta el nombre, según se acumulan las historias cuyo relato se modifica, también, de generación en generación. Fuente: Página 12

Tienen la función de ayudarnos a cruzar ríos, fosos o acantilados. Sin embargo, hay algunos que no son aptos para aprensivos: sólo cruzarlos se convierte en una aventura en sí misma. Aquí tienes el top diez del terror. 1.Aiguille du Midi Bridge (Francia). Es casi imposible que no te entre el vértigo. Este impresionante puente está situado en los Alpes franceses, concretamente cerca de la localidad de Chamoix. Para llegar hasta él tienes que coger un teleférico que sube a más de 3.000 metros de altura en veinte minutos. ¿La única ventaja de cruzarlo? Es corto (tiene solo 200 metros), así que puedes salir corriendo si te entra un ataque de pánico. link: http://www.youtube.com/watch?v=UGDlsg1DSug 2. Royal Gorge Bridge (Colorado, EE.UU). Es el puente colgante más alto del país. Se construyó en el año 1929, pero hasta 1982 no le colocaron unos cimientos para protegerlo del viento. Está a más de 280 metros de altura y situado sobre el río Arkansas. 3. Trift Suspension Bridge (Suiza). Cruzarlo nos asegura una descarga de adrenalina. Es un puente peatonal que se construyó en 2004 para poder acceder a una cabaña aislada por un glaciar situado en los Alpes suizos. La impresión es brutal, sobre todo hasta 2009, año en el que tuvieron el detalle de colocar un pasamanos. El puente está a 99 metros de altura. 4. Carrick-a-Rede Rope Bridge (Irlanda del Norte). Lo primero: nadie se ha caído nunca por este puente. Sin embargo, muchos turistas deciden regresar a su destino en barco antes que volver a cruzar esta pasarela. La plataforma fue construida por unos pescadores que querían acceder a una pequeña isla para la pesca del salmón. Al principio, el puente era una simple tabla colgante, pero ante la curiosidad de los turistas las autoridades decidieron sustituirla por una construcción más estable y con dos pasamanos. Tiene 30 metros de altura. 5. Capilano Suspension Bridge (Canadá). Originalmente construido en 1889, este puente colgante de tablones de cedro es muy estrecho e inestable. Eso sí, las vistas son impresionantes: la plataforma recorre un río en mitad de un bosque cerca de Vancouver. Si no eres miedica, espera hasta la próxima primavera: los visitantes podrán acceder al puente a través de una serie de pasarelas suspendidas que se unirán a un precipicio. Está a 70 metros de altura. 6. Mackinac Bridge (Michigan, Estados Unidos). Muchos lugareños se ponen tan nerviosos que son incapaces de cruzarlo. Por eso, las autoridades de Michigan, en Estados Unidos, han puesto en marcha un servicio de conductores que te llevan el coche hasta el otro lado del puente. Qué detallazo. 7. Puente de Ojuela (México). Esta plataforma conduce a un pueblo fantasma, deshabitado por la extinción de su mina. Afortunadamente, ahora los cables de acero recubren este puente, pero cuando el ingeniero alemán Santiago Minhguin lo construyó sólo utilizó madera. Se sitúa a 100 metros de altura. 8. Chesapeake Bay Bridge (Maryland, Estados Unidos). Con más 180 metros de altura, conecta la costa este y oeste de Maryland. Cruzar esta pasarela no es sencillo: las tormentas son muy frecuentes y la visibilidad es prácticamente nula. A veces los coches se tienen que parar en la mitad de la plataforma -de cinco kilómetros- y esperar que paren las lluvias. 9. Monkey Bridges (Vietnam). Se llama el puente de los monos porque tendrás que encorvarte como ellos si quieres cruzarlo. Están hechos de bambú y podrás encontrártelos si visitas el Delta del río Mekong. 10. Hussaini Hanging Bridge (Pakistán). Este puente sólo es apto para los más aventureros. No tiene ninguna estabilidad y recorre el río Hunza, famoso por sus fuertes corrientes. Para más inri, mientras uno lo cruza, se encontrará con los restos del puente anterior: maderas rotas, cables colgando.En 2010 se inundó, pero ya lo están levantando de nuevo. link: http://www.youtube.com/watch?v=td01erGwYv4 Fuente: Yahoo

Quien pudiera gozar de la mirada de un pájaro, no podría sino detenerla con admiración sobre la superficie de un país de América Central, tan pequeño como fascinante. Guatemala podría entrar casi tres veces en la provincia de Buenos Aires: y en esa superficie, unos 108.000 kilómetros cuadrados, hay volcanes que superan los 4000 metros, selvas de altura, lagos nacidos en la profundidad de los cráteres y playas de arena dorada. Una montaña rusa de la naturaleza, y un marco exuberante para una cultura no menos extraordinaria, que floreció antes de la conquista española y siglos después sigue fascinando con sus monumentos y sus tradiciones. Ante el viajero llegado de otros rincones del mundo, en Guatemala la civilización maya sale de los libros y se revela en toda su vital complejidad. GUATEMALA CITY “Guate” o “La capital”: son las formas más amigables de llamar a la ciudad que oficialmente porta el nombre de La Nueva Guatemala de la Asunción. Situada a 1592 metros, es la capital más alta –y también más fría– de América central: sus inviernos, parecidos a los que soporta cualquier porteño, están a años luz de los de Managua, donde la temperatura siempre calurosa supera fácilmente los 30 grados. Basta echar un vistazo alrededor para comprender que esta tierra accidentada es reino de volcanes, como los gigantes de Agua, de Fuego y Acatenango que rodean la ciudad. Si además se recuerda que el país entero está situado sobre una zona de importante actividad geológica, no extrañará que la ciudad haya sido modelada también por los desastres: erupciones y terremotos fueron una constante a lo largo de su historia. Hoy Guatemala es una capital desigual; sus 25 zonas, organizadas sobre una estructura cuadrada y surcadas por avenidas de nombres grandilocuentes –Los Próceres, Las Américas, La Reforma– van desde el deteriorado centro histórico (en las zonas 1, 2 y 3) hasta la concentración de edificios públicos del Centro Cívico (en las zonas 1 y 4) y los hoteles y centros comerciales de la Zona Viva (como se conoce a la zona 10). Probablemente en estos sectores se concentrará la mayor parte de una visita: en el casco antiguo se encuentra la Plaza Mayor, junto al Palacio Nacional de la Cultura, la Biblioteca Nacional, la Catedral, el Portal del Comercio y el Archivo General de Centroamérica. En la parte posterior de la Catedral, el Mercado central invita a comprar toda clase de artesanías; entretanto las numerosas iglesias –La Merced, Santo Domingo, Santa Rosa, Capuchinas– conservan obras de arte de los siglos XVI al XIX. También el curioso Mapa en Relieve de Guatemala, realizado a principios del siglo XX, que sobre unos 1800 m2 reproduce con todo detalle la geografía del país a una escala 1:10.000 para la extensión horizontal y 1:2000 para la vertical. Para darse una idea, el cono que representa al volcán Acatenango, de 3880 metros snm, supera los dos metros de altura. La capital guatemalteca tiene también dentro de sus límites el sitio arqueológico de Kaminal Juyu, en la zona 7, y a unos 60 kilómetros el sitio Mixco Viejo, o Jilotepeque Viejo, todavía habitado cuando llegaron los españoles. El Arco de Santa Catarina, en Antigua Guatemala. La vieja capital es una joya de la arquitectura colonial.Fotos: Instituto Guatemalteco de Turismo ANTIGUA GUATEMALA En una primera mirada, no hay que confundir la capital guatemalteca con Antigua Guatemala, situada a menos 50 kilómetros: esta ciudad fue la tercera capital fundada aquí por los españoles, en 1543, después de una destructiva inundación. Pero no tuvo mejor destino; asolada por pestes y terremotos, en 1773 un sismo acabó de destrozarla. Sin embargo, lo que quedó de su arquitectura colonial es una joya que la convierte en un gran atractivo turístico a un paso de la capital moderna. La Plaza Mayor, con centro en la legendaria Fuente de las Sirenas, está rodeada por el Palacio de los Capitanes Generales, el Ayuntamiento, la Iglesia de San José, el Palacio Arzobispal y el Portal del Comercio. Para las fotografías son una tentación la fachada barroca de la Catedral, los abigarrados productos del Mercado de Artesanías, el muro de piedra tallada del Palacio del Ayuntamiento, el frente de la Iglesia de la Merced, las columnas de la Iglesia de San Francisco y las arcadas del patio circular del Convento de las Capuchinas. Todo en ella respira tiempos antiguos, haciendo honor a su nombre, como un libro abierto en las páginas de un pasado eterno. El Templo del Gran Jaguar de Tikal, una de las más espectaculares ciudades rituales de los mayas. Partiendo de Antigua Guatemala se puede visitar el Pacaya, uno de los volcanes más activos del territorio guatemalteco, que muestra una vida constante desde la violenta erupción registrada a mediados de los años ‘60. Convertido en el centro de un Parque Nacional, forma parte del llamado “arco volcánico centroamericano” y se llega en menos de dos horas de viaje desde la antigua capital: sin embargo, es mejor reservar el ascenso –siempre con guías autorizados– sólo a quienes tengan cierto entrenamiento en la montaña. No por la altura del cráter, en torno de los 2500 metros, sino por las dificultades del terreno, con desniveles y grietas de donde brota el intenso calor del magma. Un espectáculo único, como caminar sobre fuego, que revela la vida intensa y oculta sobre el perfecto cono del volcán y sus luminosos ríos de lava. SITIOS MAYAS Guatemala, que fue maya, lo sigue siendo. Millones de habitantes son de la estirpe indígena que creó un magistral calendario; que tejió en sus telares los secretos del universo; que levantó monumentales pirámides de piedra. Millones de habitantes siguen hablando las decenas de lenguas heredadas por una civilización de auténticos “hombres de maíz” del Popol Vuh y Miguel Angel Asturias. Hoy los pueblos mayas están lejos del esplendor de su pasado, pero se sacuden los siglos de opresión en los vivos colores de sus tejidos, reveladores de su profunda dimensión mítica. Basta mirarlos para revivir, de un solo vistazo, la vasta impresión que causa la contemplación de sus antiguas ciudades. De todas ellas, la más famosa e imponente es Tikal, en la región de Petén y perteneciente al periodo clásico de la civilización indígena, que ya había concluido a la llegada de los españoles. Los principales monumentos de Tikal fueron construidos en ese período, entre los años 200 y 850 de nuestra era, hasta que el sitio fue abandonado por sus pobladores a fines del siglo X. Paradójicamente, este sitio central para el mundo maya no se conoce con su nombre auténtico –que se pudo descifrar como “Mutul” o “Yax Mutul”, basándose en las inscripciones de la piedra– sino con la denominación que le dio el arqueólogo norteamericano Sylvanus Morley, estudioso de la región: “Tikal”, o “lugar de las voces”. Extendida sobre unos 60 kilómetros cuadrados, sólo una pequeña parte fue despejada y liberada de la selva: el resto sigue ocultando secretos del pasado, como los que pueden descubrirse en las seis grandes pirámides y el palacio real que hoy forman, junto con otras pirámides más pequeñas y varias residencias, el conjunto central de Tikal. Hasta 55 metros de altura se eleva el Templo del Gran Jaguar, construido en torno del año 700 como tumba del gobernante Hasaw Chan K’awil. Su esposa está sepultada en el Templo de las Máscaras o Pirámide de la Luna, de 50 metros de altura, y cerca de ella se levanta el Templo de la Serpiente Bicéfala, de 64 metros, construido por el hijo de Hasaw, Yaxkin Chan Chac. El Templo del Gran Sacerdote, el Templo V y el Templo de las Inscripciones completan el corazón de estas bellísimas ruinas, que sólo fueron redescubiertas a mediados del siglo XIX y aún están siendo minuciosamente investigadas por los arqueólogos. Otro sitio maya para descubrir es el de Quiriguá, en el departamento de Izábal, famoso por las estelas de piedra y altares grabados con detallados jeroglíficos. Situado en los alrededores del río Motagua, donde fueron hallados varios objetos valiosos, el sitio de la ciudad –rival de la vecina Copán– fue redescubierto durante las exploraciones del siglo XIX. Y aquí, como en otras ciudades mayas de México y Guatemala, también se encuentran restos de palacios, esculturas zoomórficas, una plaza central y una cancha de juego de pelota rodeada de escalinatas. Todo lo que inspiró las famosas palabras de Aldous Huxley, durante su visita a Quiriguá en los años ’30: “El triunfo del hombre sobre el tiempo y la materia; y el triunfo del tiempo y la materia sobre el hombre”. NATURALEZA EN VERAPAZ Además de la riqueza de su pasado maya, Guatemala es un destino de aventura. Escalar volcanes, navegar rápidos, explorar la selva: aquí todo es posible, sobre todo en las exuberantes regiones de Alta y Baja Verapaz, conocidas como “las Verapaces” (antiguamente, “Tierra de Guerra” o “Tezulutlán”). El terreno accidentado y cruzado de ríos le da una increíble diversidad, como si la naturaleza lo hubiera puesto todo junto al servicio del aventurero: rápidos para hacer rafting, cursos tranquilos para nadar o practicar canotaje, cascadas y grutas de majestuosa profundidad para iniciarse en la espeleología. Acompañados por guías conocedores de esta naturaleza muchas veces imprevisible, donde en cualquier momento puede caer un aguacero, es posible descubrir en los cielos de las Verapaces nada menos que el quetzal, el ave nacional guatemalteca, y en sus bosques la “monja blanca”, la flor nacional, entre numerosas orquídeas. Allí están, muy cerca y para descubrir, las Cuevas de la Candelaria, una de las más grandes de América, las piscinas y lagunas naturales de Semuc Champey, la laguna de Lachuá y muchos otros paisajes de ensueño. Cuando dan los tiempos, vale la pena dedicarle a la región varios días, porque más allá de la naturaleza son los pobladores la gran riqueza local: sus costumbres son heredadas de los pueblos ancestrales de la región y la mezcla con los españoles y otros inmigrantes europeos produjo un mestizaje duradero que parece replicar, en su diversidad cultural, toda la complejidad geográfica de las Verapaces. Fuente: Página 12

El mundo tiene pocos lugares rodeados de un ambiente religioso tan perfecto como el de Meteora, donde un puñado de monasterios trepados a la cima de las montañas del norte de Grecia no parecen un reino de este mundo, sino la manifestación terrestre de un utópico paraíso monacal que en los días de niebla parece levitar sobre las nubes. Los monjes pasan de un templo a otro en insólitos y precarios vehículos. En griego, Meteora significa “suspendido en el aire”: una descripción literal de la impresión que causan estos gigantes grises al emerger de la llanura de Tesalia cerca del pueblo de Kalambaka, a 320 kilómetros de Atenas. Lisos y perpendiculares, algunos perfiles de estos sólidos pilares de piedra parecen restos de una pared construida por el hombre, bosques de estalagmitas gigantes que buscan el cielo. Coronando estos formidables pináculos, al borde de abismos vertiginosos, los monasterios de Meteora son el hogar de los eremitas cristianos ortodoxos que eligieron entregarse aquí al rezo y el estudio de los ancestrales textos griegos, como si vivieran en la Edad Media, produciendo su propio vino y fabricando sus propios muebles. REFUGIO DE ASCETAS En el valle de Meteora se siente el perfume de las flores silvestres, se escucha el eco de las campanas y se puede admirar el vuelo rasante de las águilas. Allí, hace ya más de mil años, los primeros eremitas –harapientos y entregados al ascetismo– se establecieron en un paraje desolado entre el cielo y la tierra. En un principio escalaban los hondos precipicios y se instalaban en cuevas y fisuras que daban al vacío, en la más absoluta soledad. Algunos de los precarios oratorios que perduran todavía son inalcanzables, salvo para expertos escaladores, aún asombrados por la capacidad de los antiguos anacoretas para escalar las escarpadas rocas sin los medios técnicos de la actualidad. Aquellos místicos habían encontrado el lugar ideal para que nadie los estorbara, totalmente ajenos al reino de este mundo, pero había también otra razón para buscar refugio en esta suerte de fortalezas naturales, y esa razón fue la seguridad, ya que en tiempos del Imperio Otomano los cristianos eran perseguidos por los turcos y los albaneses. El esplendor de Meteora se vivió en los siglos XIV y XV, cuando se fundaron 24 monasterios en distintas montañas. De ellos sólo seis siguen funcionando; el resto está en ruinas y no hay forma de acceso posible. Por otra parte, muchos de ellos fueron seriamente dañados durante la Segunda Guerra Mundial, porque la resistencia griega a los nazis se refugió en estas paredes inexpugnables, convertidas en escenario de combates. Hasta 1923 la única forma de ascender a los monasterios era gracias a unas peligrosas escaleras plegables. Quienes no confiaban en sus propias fuerzas preferían delegar la tarea en terceros, acurrucándose dentro de una cesta envuelta en redes que se hacía subir con un sistema de sogas y poleas desde la cima. Según testimonios de la época, la ascensión duraba media hora de angustia y terror. Un sudor gélido empapaba al visitante cuando la cesta se elevaba del suelo y giraba circularmente en el vacío –mientras la cuerda chirriaba amenazante, cuando no se cortaba– hasta que finalmente se la “pescaba” con una pértiga provista de un garfio y se colocaba al monje en tierra firme. Actualmente el visitante sube con seguridad, aunque no sin esfuerzo, ya que hace 85 años se tallaron escalones en la roca. El sistema de poleas, por su parte, quedó sólo para cargar provisiones. El monasterio de Rousanou parece levitar entre las nubes de los cielos de Tesalia. SAN NICOLAS ANAPUSA Cuando se ingresa al valle de Meteora, a la izquierda del camino se encuentra el monasterio de San Nicolás Anapusa, apoyado en lo alto de una roca colosal de cumbre muy angosta. La construcción parece un bloque de piedra del mismo color de la montaña, como si estuviese tallada directamente en la roca. La pequeña nave de la iglesia se ve iluminada con unos somnolientos candiles que parpadean bajo el soplo de la brisa, mientras el aroma de un sahumerio impregna el ambiente de un halo trascendental. Los rezos de los monjes en voz alta reverberan bajo la cúpula, sin que la presencia de turistas parezca inmutar a los barbados hombres de negro, como colocados en una dimensión ajena a la humana. La vida monacal es muy estricta en Meteora, lo que suele excluir contactos entre los viajeros y los religiosos, inmensos en sus oraciones durante gran parte del día. Igualmente, la visita es toda una experiencia. En este monasterio se encuentran los frescos e iconos del famoso artista Teofanis (1500-1559), uno de los grandes exponentes de la escuela cretense de pintura bizantina. Al alzar la vista hacia la cúpula se ve la serena figura de Cristo rodeado de ángeles que sostienen el cáliz y el candelabro de tres brazos. Tras recorrer el convento de Rousanou, donde vive un grupo de monjas, y el monasterio de Varlaam, fundado en el siglo XIV por un eremita que vivió solo aquí hasta el día de su muerte, se arriba al Monasterio Gran Meteora, construido a 413 metros de altura. Se accede a través de un pequeño túnel tallado en la roca, con 146 escalones que facilitan el ascenso hacia la cumbre: allí sobresale la cúpula de 24 metros de la Iglesia de la Transfiguración, rodeada por otros edificios religiosos. En el interior de la iglesia, colmada de reliquias, un trono episcopal tallado en madera y decorado con teselas de nácar exhibe un epígrafe griego de 1616 que reza: “Jesucristo Vence”. Los domingos es mejor acercarse a la hora de la misa, cuando los monjes entonan cantos gregorianos y rezan en la sillería, mientras los incensarios colgantes despiden humo y penetrantes aromas. Todo transcurre en una enigmática penumbra, frente a la luz tenue de los candiles que hacen brillar las aureolas doradas de los santos en los iconostasios. Las sacristías y bibliotecas de los monasterios resguardan la herencia histórica y espiritual de la rama ortodoxa del cristianismo, que se escindió del clero romano en 1054, con el llamado Cisma de Oriente y Occidente. Allí se conservan pergaminos con el Evangelio escrito en letras floridas, cálices y cruces de oro y plata con lujosos estuches de madera, y coloridas vestiduras litúrgicas bordadas con hilo de oro. Además se conservan miles de códices bizantinos, algunos del siglo X, incluyendo el manuscrito griego más antiguo que se conoce, que se remonta al año 861. SANTISIMA TRINIDAD Las mejores panorámicas de Meteora son las que depara el Monasterio de la Santísima Trinidad. Una mirada hacia el horizonte abarca toda la llanura de Tesalia y la cuenca del río Piniós, protegida por las altas cumbres nevadas de la cadena del Pindo. Cuatrocientos metros más abajo, casi al pie de la gran roca, están las casas del pueblo de Kalambaka. La cima de esta montaña es el lugar ideal para permanecer largas horas sentado sobre una roca, observando cómo los juegos de luces del cielo van coloreando el paisaje. En las mañanas soleadas, las tejas rojas de los monasterios resplandecen, en agudo contraste con el gris de las rocas. Por la tarde, el sol enciende el verdor de la frondosa vegetación que circunda la zona. Y por la noche, iluminados con poderosos reflectores, los monasterios de las montañas vecinas parecen flotar en el cielo, mientras un misterioso anillo de bruma rodea las rocas. Sólo desde la cima de estas montañas sagradas se puede llegar a comprender a aquellos ascetas que hace mil años eligieron un lugar tan inaccesible para transcurrir el resto de sus días, en constante súplica a las fuerzas divinas para ser merecedores de una paz espiritual absoluta, tan calma como la muerte misma. Fuente: Página 12
Según datos oficiales en Taiwan hay 4037 templos budistas y 8604 taoístas. En términos religiosos la sociedad taiwanesa es sincrética y politeísta. Por eso es común que un templo tenga a su deidad mayor en un altar principal y otras secundarias alrededor, donde se combinan santos budistas, taoístas y confucianos sin contradicción alguna. “Nosotros casi no tenemos psicólogos porque tenemos muchos dioses”, me dijo el profesor de historia Wang Yu. Esos dioses, por su parte, tienen muy bien definida la división del trabajo: los comerciantes le piden éxito en los negocios a un barbudo cara roja llamado Kuan Kong; los estudiantes ofrendan apios, tamales de arroz y nabos al Señor Wenchang para que les vaya bien en los exámenes; las futuras parejas le piden felicidad y armonía hogareña al Viejo de la Luna (o “Casamentero Celestial”); al caballo de Kuan Kong se le reza por el regreso de los objetos perdidos; Bhaisajyaguru otorga salud; y a Ma Zu, la diosa del mar, los pescadores le solicitan una navegación segura en una fiesta masiva que se repite en todo Taiwan durante dos semanas del tercer mes lunar. El monasterio Chung Tai Chan es una rareza de la arquitectura budista moderna. En medio de esa mezcolanza el papel de los antepasados es fundamental. Los ancestros habitan en las casas de sus descendientes de manera incorpórea y se los venera a diario quemando incienso frente a un altar con el árbol genealógico de la familia, que a veces llega hasta veinte generaciones. Además se les dan los buenos días, las buenas noches y se los consulta ante una encrucijada existencial: igual que a los dioses, se les pregunta sobre un cambio de casa, de trabajo o de pareja. Y desde un más allá no muy lejano el antepasado responde que sí o que no a través de las prácticas maderitas puá pué. En una sociedad tan religiosa hay también espacio para supersticiones cotidianas como el miedo al número 4, que se pronuncia “szzh”, una sonoridad muy parecida a la palabra muerte. Por eso muchos no comprarían nunca un departamento en un cuarto piso, y en algunos hoteles los ascensores directamente se saltean ese nivel. El estilo de los templos de Taiwan es el mismo que los del sur de China (la provincia de Fujián), es decir mucho más sobrecargados que los del norte, con un barroquismo decorativo que impone cubrir con adornos cada centímetro de techo, cielorraso, pared, columna, viga, dintel y frente del edificio. Tanto en el interior como en el exterior de los templos reina una explosión multicolor de esculturas rojas y doradas, incrustaciones en madera, columnas con dragones enroscados, caligrafía china, ofrendas de frutas exóticas, frescos, bajorrelieves, piezas de cerámica, velas, leones de piedra, arreglos florales, arbolitos bonsai... todo en un ambiente silencioso con humo de incienso. La estructura de los templos más tradicionales tiene planta rectangular, con un patio central rodeado de galerías con capillas para cada santo. Además suele haber un patio delantero donde los viejos juegan al ajedrez chino, los chicos corretean, se presentan óperas y shows de títeres, y hay puestos de comida que a veces son el atractivo principal del templo. En estos patios frontales se organizan incluso actos políticos. Los míticos dragones están presentes en las columnas y techos de todos los templos del país. BUDISMO POSMODERNO En cada país de Asia donde se practica el budismo los templos tienen su estilo tradicional, que predomina con pocas variantes. Esta norma también vale para Taiwan, pero con una majestuosa excepción: el monasterio Chung Tai Chan, ubicado en el centro del país, en las afueras de la ciudad de Puli. Al acercarse en auto a la colina donde se erige este monumental monasterio de 16 pisos, lo primero que aparece a la distancia es una torre de 150 metros coronada por un gran domo dorado con forma de flor de loto pero realizado en titanio, sosteniendo una esfera con una stupa. La fulgurante aparición me despertó del marasmo de un paseo en el que pensaba ver un templo más de tantos que hay en la isla. Pero me encontré con un singularísimo megamonasterio diseñado por C.Y. Lee, el genial arquitecto del Taipei 101, el famoso rascacielos de la capital del país. Lejos de cualquier austeridad budista, el Chung Tai Chan fue inaugurado en 2001, a un costo de 650 millones de dólares, y parece más bien un futurista palacio real. Con un lujo digno del Vaticano –San Pedro empalidece al lado de este soberbio edificio que irradia fulgores solares durante el día y eléctricos en la noche– el monasterio remite en su forma general al Potala del Tíbet. Pero según su arquitecto “combina estilos de Grecia, India y Egipto adaptados a la esencia del budismo”. Junto con nosotros ingresaron al complejo budista de 25 hectáreas unos monjes rapados con túnica negra montando pequeñas motos. Y antes de entrar vimos una pantalla electrónica gigante, como las de los estadios del Mundial de Sudáfrica. En el monasterio todo parece hecho para empequeñecernos. En la entrada hay tres pares de altísimas puertas de cobre que pesan cinco toneladas cada una, aunque tienen un sistema de bisagras que las aliviana como para abrirlas con una sola mano. Al poner un pie dentro del templo nos salen al paso dos Guardianes Celestiales, guerreros de granito negro de 12 metros de alto con cuatro cabezas cada uno y una gran espada. Las pantallas gigantes se reproducen por doquier, montadas en carros que las trasladan de acuerdo con las necesidades escenográficas de los masivos eventos religiosos, que según se ve en las fotografías de las paredes copian recursos y tecnologías de los grandes recitales de rock. La estrella de estos eventos es Wei Chueh, un monje que en los ‘70 se recluyó la década completa a meditar en los suburbios de Taipei y fundó una congregación que multiplicó sus seguidores de manera asombrosa por todo el mundo, alcanzando la cifra de 1080 centros de meditación (incluyendo una sucursal en la Argentina sobre la Avenida Cramer). La encargada de recibirnos fue una monja alemana de penetrantes ojos marrones, totalmente rapada, que vestía túnica oscura. El nombre que adoptó en su vida asiática es Jian Xiao Fashi y nos contó que lleva cinco años viviendo en el monasterio. Xiao sería mi traductora de chino en la charla con el vice abad del monasterio, Yun Fashi. El maestro zen –también rapado al ras– tenía unos 30 años, hablaba en susurros y portaba una túnica negra con cuello mao que le cubría todo el cuerpo, incluso los pies. Cuando caminaba con las manos en los bolsillos parecía levitar. A todo gran monumento budista al que se llega en peregrinación, los fieles ascienden de manera circular por los distintos niveles siguiendo las etapas que recorrió Buda en su camino a la iluminación. Y en Chung Tai Chan es igual, pero se sube en un gran ascensor. En el noveno piso las puertas se abrieron en el Gran Hall de la Iluminación, donde piso, paredes y techos eran de un mármol blanco reluciente que nos encandiló como un flash. En el fondo se levantaba un Buda blanco en posición de loto, rodeado por un aura radiante, la misma que predomina en todo este templo hiperlumínico. Esta blancura permanente representa la pureza del vacío, la falta de forma que alcanza el espíritu al abandonar la carne en la etapa superior del camino al nirvana. El ascensor principal del monasterio es todo de vidrio y recorre un conducto también transparente que atraviesa la médula de la torre central del edificio. Piso tras piso se va viendo desde ese “vehículo celestial” el brillo del lujo y la pulcritud extrema del monasterio. El mármol, la madera, los metales, todo está pulido a la perfección, sin la menor mancha, rayadura o descascaramiento. No existe en todo el monasterio la más mínima imperfección en nada. Hay flores por todos lados pero ni una sola hojita en el suelo. El rigor incluye los modales de absoluta formalidad de los monjes, la calva perfecta, la ropa sin un solo pliegue. El vice abad Yun me contó con sonrisa zen los rigores de la vida monacal: 3.45 a.m. “a levantarse”; 4.30 cantos y recitado de sutras; 5.00 silencio y meditación; 6.00 desayuno; 6.30 limpieza; 7.00 todos se distribuyen en los departamentos de cocina, lavado de ropa, mecánica de autos, costura, carpintería, publicaciones... luego llegan el almuerzo, la siesta, nuevos rezos, la cena y a dormir. Nuestra recorrida alcanzó su punto culminante en el piso 16. Las puertas se abrieron ante una obra maestra de la arquitectura religiosa en madera: una lustrosa pagoda de siete pisos encastrada sin un solo clavo dentro de la torre para protegerla de las inclemencias del ambiente. Frente a la pagoda hay un ventanal de 30 metros de alto por todo el ancho de la pared, con paneles de vidrio sostenidos por modernas técnicas de hilos de acero. El ventanal tiene una flexibilidad de 43 centímetros para soportar la furia de los tifones que azotan Taiwan. Y a través del vidrio la pagoda se ve desde afuera del monasterio en la noche totalmente iluminada. Cuando nos retiramos la vimos brillar a la distancia, como flotando en el cielo. Un feroz guerrero de piedra y un alegre Buda en la entrada al monasterio Chung Tai Chan. UN TEMPLO TRADICIONAL El templo Longshan, en el antiguo centro comercial de Taipei, es uno de los más populares de Taiwan. Y es el paradigma de templo taiwanés tradicional en todo: estructura, variedad de dioses, sobrecarga decorativa, dragones por doquier y carteles electrónicos con ideogramas rojos que brindan información útil a los fieles. Al atravesar el portal nos encontramos con unas 2000 personas que cantaban a coro al ritmo de un envolvente tambor. Me acompañaba un colega de Burkina Faso, calvo y con la piel tan negra y brillante que la luz del sol se le reflejaba en la frente. Los taiwaneses dejaban de rezar para mirarlo con sorpresa y algunos lo señalaban con el dedo entre risas. Una nenita, en cambio, gritó de espanto y se escondió entre las piernas de la madre. Lo que parecía una fiesta religiosa resultó ser simplemente la cotidianidad del templo. Entre los fieles había una hipermaquillada adolescente con minifalda plateada, una señora con su caniche bajo el brazo, un joven con una mujer semidesnuda estampada en la remera, una señora que recién había comprado la revista Cosmopolitan y no había tenido tiempo de guardarla. En un patio central se acumulaban miles de ofrendas de comida. Mientras un hombre dejaba unos mangos enormes y una bolsita de chicharrones, otro ofrendó una lata de Coca-Cola. La mayoría de las personas encendía un manojo de inciensos, lo levantaba con las dos manos frente a la cabeza y se inclinaba levemente cuatro veces antes de clavarlo en la arena de los incensarios de bronce. Por eso había tanto humo y un olor tan penetrante en el ambiente que apenas se podía respirar. RELIGIONES CIBERNETICAS A diferencia de otros países de Asia, Taiwan no es un lugar de grandes diferencias. Todo es más o menos moderno, la historia no está muy a la vista y casi todos sus templos son nuevos. No se ve como en Tailandia el contraste entre la opulencia hipercapitalista frente a los monjes budistas mendigando en sandalias por la calle. Aquí la relación entre lo sagrado y lo profano es más fluida y natural. En Taiwan hace rato ya que la tecnología está naturalizada –¿sacralizada?– dentro de los templos, adonde ingresa sin pudores en forma de pantallas de cristal líquido. También hay monjes de túnica roja que adentro de un templo se permiten buscar en su Blackberry una palabra en inglés para entenderse mejor con un periodista, o atender el iPhone delante de un Buda de piedra. Taiwan es uno de los tigres tecnológicos más aguerridos de Asia. En las últimas décadas sus fuerzas productivas se desataron en una carrera sin límites y su liderazgo mundial en producción de laptops y semiconductores es cuestión de orgullo máximo nacional. Hay quienes plantean que el culto a la tecnología en Taiwan ya es parte de una cosmovisión, como si la diosa Razón hubiese conquistado esta isla del Oriente a fines del siglo XX. No es casual entonces que el icono máximo del país sea el Taipei 101, ese rascacielos con aura de pagoda posmoderna que hasta hace unos meses fue el más alto del mundo. A medida que se recorre este industrializado país, en el tren bala por ejemplo, se van conectando los elementos sueltos de la personalidad taiwanesa. Y las observaciones que parecían insólitas comienzan a cerrarnos un poco mejor. En esos cibernéticos templos taiwaneses unos dioses muy diversos conviven en un panteón versátil y tolerante, donde incontables deidades y antepasados de las personas hablan cara a cara con los fieles. Y en este contexto no sería descabellado revisar las grabaciones nocturnas de las cámaras de seguridad, a ver si Buda, Confucio y Lao Tsé se sientan en las escalinatas de un templo a debatir las actualizaciones teológicas frente a tanta modernidad. Fuente: Página 12
El pueblo de Tolar Grande está casi escondido en uno de los rincones más áridos –llueven 100 mm. por año–, más deshabitados –0,3 hab/km2– y más aislados de la Argentina. Se llega en un viaje de 9 horas desde la capital salteña, pasando de los verdes paisajes del valle de Lerma a la sequedad más extrema y la ausencia casi total de vida animal y vegetal. Pero esos inhóspitos paisajes tienen como contraste un colorido como quizás no haya otro en el país, un exotismo de formaciones geológicas dignas de otro planeta, y una riqueza cultural autóctona muy singular. Por eso esta travesía andina es un gran viaje en el sentido clásico del término, donde uno sale al encuentro de panoramas desconocidos y de personas con un modo de vida y creencias que tienen muy poco en común con nuestra cotidianidad. Los atardeceres encienden de naranja las montañas. DESDE SALTA La travesía a la Puna salteña comienza en la capital provincial por la Ruta Nacional 51, recorriendo casi todo el trayecto del Tren a las Nubes, al cual vemos pasar al costado de la ruta y cuyas vías cruzaremos varias veces. Rápidamente recorremos el valle de Lerma con sus grandiosas montañas para desembocar en la quebrada del río Toro. En la localidad de Santa Rosa de Tastil superamos los 3000 metros y la altura comienza a latirnos en las sienes. Más adelante una tropilla de llamitas gráciles le otorga movimiento al paisaje de pastos ralos. Y de repente descubrimos en la parte baja de un valle al pueblo de San Antonio de los Cobres, rodeado de cumbres que sobrepasan los 5500 metros. Una pobladora de Tolar Grande camina sobre el árido suelo de la Puna salteña. A partir de San Antonio de los Cobres entramos en la Puna, esa dura superficie plana que no se quebró al surgir los Andes y se elevó junto con ellos hasta los 3500 metros, conformando una árida altiplanicie con suaves ondulaciones. La Ruta 51 sube hasta el abra del Alto Chorrillo, el punto más alto del viaje: 4560 metros. Ya en San Antonio la vegetación había desaparecido casi por completo, salvo por unos fragmentos amarillos de pasto puna. Pero al llegar al abra ya no queda rastro alguno de vida sobre la tierra. El chofer detiene el vehículo y descendemos a un lugar azotado por el viento para dejar una piedra en la apacheta al costado del camino, un rito kolla que garantiza un viaje seguro a los que atraviesan los Andes. A partir de allí comenzamos a descender hasta el pueblo de Olacapato –4120 m.s.n.m.– cuyos 100 habitantes viven en casas de adobe que brotaron de la tierra alrededor de una estación de tren ya abandonada. Cuando quisimos ir al baño del único barcito del pueblo lo encontramos clausurado porque, a pesar de ser un mediodía a pleno sol, las cañerías estaban aún congeladas por la helada de la noche anterior. Luego pasamos por el Salar de Pocitos –una planicie perfecta totalmente blanca– y la Recta de la Paciencia que atraviesa la nada. En el laberinto geológico de Los Colorados, el camino caracolea a lo largo de 20 kilómetros entre unos cerritos rojos de punta redondeada. Luego el paisaje se abre en una nueva planicie, en este caso totalmente roja: el Desierto del Diablo –no hay que olvidar que estamos en una extensión del Desierto de Atacama–, una de las cumbres de este viaje con ribetes interplanetarios, donde pareciera que el mundo que nos rodea es un planeta rojo sin indicios de vida. La planicie del Desierto del Diablo está rodeada por cerros sedimentarios del precámbrico también rojizos, que le otorgan un aura surrealista a este paisaje bautizado así por los habitantes de Tolar Grande porque muchos aseguran haber visto allí sombras en la noche. Y ya en la década del ’40 muchos mineros vieron siluetas oscuras sentadas en una piedra llamada La Mesa. Al dejar atrás el valle rojizo pasamos sin transición a otra dimensión extrema, en este caso de una blancura absoluta que irradia del Salar del Diablo. La última parada antes de Tolar Grande es en el Mirador del Llullaillaco, ese volcán de 6739 metros donde se encontraron tres famosas momias incas, unas vírgenes ofrendadas al sol que se pueden ver en el Museo Arqueológico de Alta Montaña (MAM) en la ciudad de Salta. El Cono de Arita se levanta inexplicablemente en medio de una planicie de sal negra. EL PUEBLO La historia de Tolar Grande es bastante singular comparada con otros pueblos de la Puna. En la década del 40 del siglo XX vivían allí unas 4000 personas cuya economía estaba ligada a la Mina Julia (azufre) y la Mina Arita (ónix). Para el transporte de los minerales había un tren y el pueblo estaba habitado por familias de mineros y ferroviarios. Pero en los ‘80 las minas cerraron y con ellas se fue el tren. Las cerca de mil personas que vivían en el barrio ferroviario emigraron a otros lugares y hoy se pueden ver las casas de adobe vacías. Los mineros también se fueron y hacia 1996 sólo quedaban en Tolar Grande 16 personas. El pueblo iba directo a la desaparición hasta que el gobierno provincial tomó la decisión de que no podía borrarse del mapa porque era el último lugar poblado antes de la frontera con Chile. Entonces comenzó un plan para repatriar pobladores, muchos de ellos jóvenes hijos de tolareños o simplemente pobladores de la Puna a quienes se atrajo con la oferta de recibir casa, agua y luz de manera gratuita, además de un trabajo municipal. La única condición era que fuesen kollas de la Puna. Así el pueblo comenzó a repoblarse y hoy tiene 256 habitantes. Los habitantes de Tolar Grande son empleados del municipio, aunque ahora la economía se está reconvirtiendo hacia el turismo. Todo comenzó en 2005, cuando tocó la puerta de la municipalidad José Piu –recién recibido de licenciado en Turismo– quien le propuso al intendente llevar a cabo el plan de desarrollo turístico de su tesis de graduación. En aquel momento estaba también la alternativa minera, pero el consejo kolla se reunió con su cacique al frente, debatieron y se votó. El resultado fue “no a la minería” y se autoproclamaron “municipio turístico de aventura y comunidad kolla”. Según nos explicó José Piu –ahora director de Turismo–, “el turismo es un complemento económico para los habitantes del pueblo, que al tener subsidiados los servicios viven sin carencias, pero de todas formas aspiran a superarse... algunos son guías, otros tienen un restaurante, reciben gente en su casa o trabajan en el refugio. A lo que apuntamos es a un turismo responsable que respete el ambiente y los modos de vida y creencias de los pobladores”. Por decisión comunal se votó que las fiestas del pueblo que estarían abiertas al turismo serían la de la Pachamama y el ascenso ceremonial a la montaña sagrada Macón –para no más de 60 visitantes–, mientras que la fiesta patronal y el Carnaval son cerrados. Así que si alguien llama para estas dos fiestas a reservar alojamiento se le suele decir que no hay lugar. Según José Piu, la idea es que no venga gente con la postura de “ay qué lástima los collitas, mirá dónde les toca vivir..”. sino que por el contrario vean que aquí vive gente igual que ellos –con otra cultura– orgullosa de su modo de vida. En la casa de Flavio Quipildor y María Casimiro –donde nos alojamos– María me comentó mientras miraba un noticiero de Buenos Aires por DirecTV que ellos le piden mucho a la Pachamama “por ustedes los porteños, por lo mal que viven allá y por la inseguridad”. La excursión más asombrosa que se hace desde Tolar Grande es la que llega al Cono de Arita, una pirámide casi perfecta que se levanta inexplicablemente en medio de la planicie de un salar. En el camino hacia el cono –86 km desde Tolar Grande– se atraviesa el Salar de Arizaro, cuyos 5500 km2 lo convierten en el tercero más grande del continente. A comienzos del siglo XX se creía que una pirámide tan perfecta sólo podría haber sido construida por el hombre. Pero se trata de un pequeño volcán al que le faltó fuerza para estallar y por eso nunca tuvo cráter ni echó lava. Todo a su alrededor es sal negra sacada a la superficie por antiguas corrientes subterráneas de magma. De acuerdo con los restos arqueológicos encontrados en el cono, el lugar fue un centro ceremonial anterior a la llegada de los incas. El impresionante Desierto del Diablo, un mundo rojo de extrañas formaciones. ENTRE DIOS Y LA PACHA Los pobladores de Tolar Grande tienen su propia religiosidad característica de los pueblos andinos. En el borde del pueblo hay una iglesia sin cura a la que casi nunca va nadie. Pero según nos cuenta José Piu, “si vos les preguntás ellos se consideran católicos, pero lo son tanto como creyentes en la Pachamama... una vez al año viene acá un cura de apellido Pagano que oficia todos los bautismos juntos. Los curas les insisten que no le recen a la Pacha, pero ellos le rezan igual”. A la Madre Tierra se le hacen ofrendas, que pueden ser comidas y bebidas o la simple colocación de una piedra en una apacheta. También se cree mucho en los duendes, a los que se considera “almitas en pena” de niños que murieron sin bautizar, un miedo promovido por la iglesia en el pasado. Cuentan que los duendes son almas que no pueden descansar en paz y andan buscando un padrino que los bautice. Como son niños hacen travesuras y se llevan a otros niños a jugar. También suelen aparecérsele en la noche a los conductores en el asiento de atrás –los ven por el espejito– y tiran objetos para asustar a la gente o corren cosas de lugar. El más conocido de ellos habita en la escuela, que está al lado de la comisaría. Y dicen en el pueblo que más de una vez se ha caído alguna silla en la noche, y las maestras que duermen allí, al sentir ruido, llamaron a los únicos dos policías de la comisaría, quienes se negaron a ir justamente por el miedo que le tienen al duende. Flavio Quipildor –nuestro anfitrión– nos contó que una vez estaba hachando en la montaña y se le apareció uno. “Directamente me preguntó si podía ser su padrino, y yo le dije que sí; entonces salió corriendo y se escondió detrás de un arbusto de tola tola. Cuando me acerqué a ver, sólo encontré cenizas y unos huesitos.” Fuente: Página 12

Madagascar es una isla grande en todos los aspectos. La más grande de Africa, y una de las de mayor superficie en el mundo. País desconocido, alejado y misterioso para la mayoría de los argentinos –porque está fuera de sus preferencias turísticas–, es un auténtico paraíso soñado de la flora y fauna. Por eso aún hoy conserva parte de esa magia tan primitiva e invocadora de los primeros tiempos de la Creación que caracterizan al continente africano. Mujeres malgaches, en una pequeña aldea a varios cientos de kilómetros al sur de la capital. “Nuestras casas no tienen chimeneas, porque los buenos espíritus se van a través del humo y si no dejamos salir el humo del fuego, los espíritus se quedan dentro de la casa”, me explicaron casi con voz susurrante los sakalava, o “gente del valle largo”, habitantes de Morofandilia. Esa pequeña aldea situada 800 kilómetros al sur de Antananarivo, la capital del país, presenta viviendas de color rojizo, como la tierra misma, siempre orientadas en dirección Este-Oeste “para recibir mejor toda la bendición de Dios, a través de los rayos del sol”, según dicen sus ocupantes. “Grandes como iglesias”, los baobabs impresionaron al Principito en el relato de Saint-Exupéry. Todos los sábados el mercado bullicioso hace vibrar al pueblo, que se tiñe de colores, sabores y aromas, a la vez que se pueden escuchar las más variadas lenguas ancestrales. Este heterogéneo grupo étnico se formó a partir de pobladores nativos sumados a la llegada de pobladores del continente negro: desde tiempos ancestrales, se dedican a la crianza de grandes manadas de cebú y al comercio de ese ganado. También, por ser los primeros habitantes de la isla en poseer armas de fuego, antiguamente traficaban esclavos y así lograron expandirse entre las diversas tribus. PUEBLO DE TRADICIONES Sin embargo, los sakalava se distinguen principalmente por practicar el culto a los difuntos y antepasados, que ellos denominan “fomba” o “razana”, y son divinizados. A estos antepasados se les consulta cada actividad importante por realizar, y se les ofrecen animales (pollos, cebúes) o comidas (ron, miel) como sacrificio, al igual que en las ceremonias indígenas latinoamericanas que honran a la Pacha Mama. Sus creencias también indican la existencia de un Dios único, creador del universo y de la vida, al que llaman “Andriamanitra” (el Señor Perfumado) o también “Andriananahary” (el Señor Creador). A su vez las tumbas, elaboradas en madera policroma y ornamentada, están decoradas con estatuas eróticas que simbolizan la vida. “Durante la ceremonia fúnebre, el ataúd es sacudido mientras bailamos alrededor y cantamos agitando palmas. Después lo enterramos en elaboradas tumbas de madera, con vistosos ornamentos y colores, decorando el lugar con estatuas eróticas que representan la vida. Para finalizar de honrar al difunto, repartimos abundante carne entre los presentes”, cuentan los pobladores. SABANA Y BAOBAB En ese rincón de Madagascar (“la isla roja”), los campos lucen, antes de la temporada lluviosa, opacos. La sabana es el paisaje predominante, con una alfombra de hierbas y pastos amarillentos. Sin embargo, los amantes de la naturaleza y los árboles se pueden llevar una sorpresa mayúscula: en efecto, desde el momento mismo en que se llega al lugar, el visitante queda hipnotizado a medida que camina por la celebérrima “avenida de los baobabs”. Los baobabs (Adansonia grandideri) se hacen cada vez más grandes, hasta que llegan a medir más de 50 metros de altitud y 12 de circunferencia, manifestando la fuerza de su naturaleza milenaria. Son los mayores ejemplares que existen sobre la Tierra. Sobrecoge pensar que algunos árboles están allí observándonos desde hace más de 3000 años. Y que pueden almacenar hasta la increíble cantidad de ¡100.000 litros de agua! Al atardecer, sus siluetas misteriosas dan paso a inquietantes sombras oscuras sobre un telón de fondo anaranjado. Desde el punto de vista biogeográfico, Madagascar es uno de los lugares con mayor endemismo del mundo, donde la flora y fauna únicas se originaron a partir del aislamiento de la isla en los últimos millones de años. Así, muchas de sus especies tienen más relación con la India que con Africa, debido a la unión que existía en aquel primigenio continente de Gondwana. Por eso faltan en ella los grandes mamíferos tan propios del continente africano, aunque los baobabs los reemplazan con creces. Baobabs, un gigante cotidiano y un árbol legendario por su fuerza y altura. PARQUE NACIONAL ISALO Hace cientos de años, un rey mandó a esconder todos sus tesoros dentro de estas montañas para protegerlo de los piratas portugueses. El rey envió a sus soldados con el cargamento desde Tana, y cuando ya pasado el peligro les preguntó dónde habían puesto sus tesoros, ellos respondieron: “En las montañas de Isalo están protegidos”. El Parque Nacional Isalo, con una extensión de 80.000 hectáreas, presenta una geología y paisajes espectaculares. En el fondo de sus profundos cañones, una rica vegetación cubre las formaciones de roca arenisca erosionadas por el agua. Cuando se camina por los bosques, se oyen ruidos secos y crujidos en las ramas de los árboles: son los lémures, mamíferos primates de larga cola anillada. El trekking en el Parque Nacional es uno de los mejores momentos del viaje. Ese es el territorio del pueblo bara; allí las escarpadas montañas forman un inmenso grupo pétreo que divide la tierra y encierran en su seno valles llenos de árboles, torrentes, pequeños lagos y muchas leyendas. Dicen que los espíritus habitan en el bosque. Cuando algunos rayos de sol logran romper esa maraña de verdes, todo se llena de colores. Detenidos en la catedral de la naturaleza, en silencio, comenzamos a mirar rama por rama, hasta que divisamos por fin a los esquivos lémures, uno de los animalitos más simpáticos y extraños del mundo, saltando de rama en rama y retorciéndolas. La agilidad y precisión de cada uno de sus movimientos sorprenden al visitante. Una reacción que parece mutua, ya que sus enormes ojos, bien abiertos, también miran como asustados al intruso. Un paisaje verde hasta el infinito, en una de las islas más grandes y exóticas del mundo. En Madagascar, que tiene una de las faunas y floras más variadas y extravagantes que existen, a veces resulta difícil distinguir pasado y presente, realidad y ficción. Más que entender sobre biología, es mejor la revelación literaria de Antoine de Saint-Exupéry en su relato inolvidable: “Le hice comprender al Principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab”. Página 12

Quienes disfrutan del viaje en auto a lo largo de grandes distancias lo suelen tener muy en cuenta: los caminos de montaña ofrecen mucho más que paisaje y señalización de tránsito. Estos trayectos, como el que va de Purmamarca a Jama, en la provincia de Jujuy, tienen una dinámica y un ritmo propios, sobre todo cuando atraviesan territorios extremos. Antes de emprender la travesía, como la mayoría de los que llegan desde latitudes al sur, hicimos escala en San Salvador de Jujuy, la capital provincial, donde conviene tener en cuenta tres recomendaciones: primero, asegurar la provisión del tanque de nafta, ya que por delante quedan kilómetros tan intensos como solitarios; segundo, salir temprano para aprovechar la luz natural; tercero, abastecerse de hojas de coca, ya que el destino final está bien arriba, en los 4200 metros de Jama. El trayecto en ascenso de San Salvador a Purmamarca se hace en paralelo al río Grande por la Ruta 9, lo que supone pasar de los 1200 a los 2300 metros. El cerro de los Siete Colores es el icono de Purmamarca (“pueblo de la tierra virgen”, en aymara), un poblado antiquísimo que forma junto con la famosa montaña, la más conocida postal turística puneña. Sin embargo, a pesar de su concentración cromática, el Siete Colores no es la más imponente de los coloridas montañas de la región, y posiblemente el auge turístico le haya quitado algo de su misticismo. Lo cierto es que este pueblo conserva hasta donde puede –sobre todo en sus calles de tierra y casas de adobe– el sesgo entre autóctono y colonial que comenzó a forjar en los tiempos de su fundación, allá por el siglo XVII. Lo demás es la presencia de guardias urbanos ordenando, pechera fluorescente mediante, el ir y venir de los turistas en las angostas callecitas; la proliferación de imponentes fincas y hoteles boutique; la comida norteña –-tamales y platos a base de carne de llama– como caballito de batalla de los restaurantes locales. Para comprar el típico souvenir, nada mejor que la feria de la plaza central, donde se encuentran desde instrumentos musicales como sikus o quenas hasta hilados, ponchos y coloridos gorros collas. Los textiles en vicuña asustan por el precio, de modo que uno suele conformarse con los más populares y típicos de llama. Vicuñas que corren libremente por la árida vegetación de la desolada Puna. TIEMPO DE LIPAN Dejamos Purmamarca y, ahora sí, arremetemos por la Ruta 52. Bajo un sol pleno, pese al frío del invierno, pronto damos con las elevaciones precordilleranas. De cuando en cuando vemos al costado del camino cultivos en terraza de maíz o papa andina, mientras el múltiple colorido del paisaje que disfrutamos en Purmamarca va tornando hacia el amarillo de la sequedad, y al gris y marrón de la roca. Nos adentramos en la Puna. Diecisiete kilómetros después de Purmamarca se viene la Cuesta de Lipán, donde la ruta va zigzagueando en curvas de 45 grados, en decidido ascenso entre las montañas, por lo que resulta muy útil contar con GPS. Dadas las características extremas del trazado, los carteles que indican 40 kilómetros por hora como límite de velocidad resultan casi un formalismo. Se entra en Lipán a 2800 metros, para tocar los 4 mil metros en el clímax; y pese a la altura, entre las montañas se siguen apreciando los aislados cultivos de los pueblos originarios. Poco a poco la Cuesta de Lipán va quedando atrás. A tanta altura, la desolación abunda, apenas interrumpida por la presencia de los lugareños y de nuestros compañeros de ruta: sobre todo ómnibus turísticos que van y vienen de Chile, además de “camiones mosquito” (los que trasladan autos) que van hacia el país trasandino en busca de vehículos que luego tendrán como destino Paraguay. Las montañas que nos arropaban en el tramo de Lipán ahora se muestran lejanas; en tanto, los picos nevados de la Cordillera de los Andes recortan el horizonte. PAISAJE DE SAL Ya estamos a 120 kilómetros de Purmamarca. La sequedad se siente en la boca, los labios se cuartean sin que nos demos cuenta. De un momento a otro, ambas márgenes de la ruta se van transformando, aclarando. Es el turno de Salinas Grandes, que con una superficie de 12 mil hectáreas es uno de los salares más grandes y bellos de nuestro país. Aquí el sol, que refleja la inmensidad blanca, nos hace entrecerrar los ojos. Pronto, a 300 metros del camino, vemos un conjunto de vehículos estacionados, conformando una suerte de recreo. Bajamos de la ruta siguiendo las huellas de los rodados que nos precedieron. Estacionamos y descendemos. El frío invernal se hace sentir, pero no es nieve lo que nos rodea. Estamos, como lo intuíamos, en una suerte de paseo turístico improvisado. A lo lejos, bien adentro en el salar, se ven camiones y galpones, y acá nomás obreros cavando las piletas rectangulares donde la sal se cristaliza, para luego ser extraída y procesada. También hay mostradores a cielo abierto, donde artesanos locales trabajan y venden objetos de sal y laja tallados. Las inclemencias del clima seco los llevan a combinar pasamontañas con anteojos de sol, una extraña apariencia a los ojos no habituados. Tiempo de seguir. Desde Salinas Grandes, indica el mapa, hay una conexión con La Quiaca, a través de la mítica RN 40, que en ese segmento es de ripio. Pero nuestra intención inicial es continuar por la RN 52 hasta Jama, por lo que dejamos la explanada blanca y volvemos al camino, donde cruzamos un hotel de sal cuyos ladrillos salinos, oreados por el tiempo, se muestran más amarillentos que el resto del paisaje. La extrema vastedad de la Puna y, a lo lejos, los picos nevados de la Cordillera. CAMINO A SUSQUES Por delante, la Puna en estado cada vez más virgen. Entre la aridez y las montañas erosionadas, antiguas minas abandonadas y puentes de ferrocarril en desuso, pero también casitas de adobe provistas de paneles de energía solar. Desde la ruta hay que prestar atención para encontrar estas construcciones, que a veces –juntas, al pie de la montaña– forman un poblado de cuatro o cinco casas. De repente, un momento esperado. Las llamas y vicuñas salvajes que anunciaban los carteles atraviesan la ruta, indiferentes a nuestra mirada. Más adelante averiguaremos que, durante la noche, el intenso frío tiende a alejarlas del camino. En general son mujeres collas las que, junto a rebaños de 30 o 40 llamas –el ganado de la zona–, demuestran el tesón arriero. En lugar de tener marcas, estos animales son señalados: un colorido tejido pende de una de sus orejas, identificando cada animal como parte de un rebaño. Cada tanto descubrimos sus corrales: círculos de pirca (piedra a secas, o unidas por barro) de menos de medio metro de alto, donde muy juntas las llamas descansan para protegerse del frío. A metros de estos corrales también es común ver una montaña de bosta, que se convertirá en fertilizante. Todo debe aprovecharse. A veces las pircas dejan de ser circulares y, derruidas, se mimetizan con las cimas de las colinas desérticas. No son corrales; se trata de antiquísimos pucarás o construcciones que servían para comunicación o vigilancia de las comunidades andinas. Quedan pocos en pie o identificables, si no se anda con la mirada atenta o el dato certero. Llegamos al kilómetro 88 de la RN 52: Susques, a 3890 msnm, ya en el extremo noroeste de la provincia. Estamos en el último poblado con servicios e infraestructura antes de Jama (hasta hace quince años, Susques hacía las veces de Jama como paso fronterizo) para cargar nafta y volver a probar la gastronomía puneña. Durante el almuerzo tardío en uno de los pocos restaurantes del lugar, nos recomiendan un paseo que haremos luego: visitar una antiquísima iglesia de adobe y techo de paja, levantada en 1670 e inmersa en un caserío de arquitectura colonial honrosamente conservada. Volvemos a la ruta: restan 120 kilómetros. Todo parecido, pero igual de magnético. Quebradas, volcanes quietos y plegados cual tapiz, pircas, llamas, corrales, casitas de adobe. De a poco el entorno se va tornando más desértico, lunar. Continuamos devorando kilómetros, acompañados, en paralelo a nuestro lado, por el hilo congelado de un curso de agua de deshielo. Atravesamos la Quebrada del Mal Paso. La vegetación escasea. Sólo unos erguidos cactus de más de dos metros de altura se asoman como un ejército de guardianes; resulta extraño verlos crecer desde la roca. El escenario se repite, pero cada vez se muestra más extremo, más inhóspito. La tarde va cayendo. Paramos al costado del camino para estirar las piernas, y el viento indiferente y frío nos corta la cara. Artesanos trabajando y protegiéndose del sol en Salinas Grandes. EN DESTINO Ya falta poco para el kilómetro 276, es decir Jama. La erosión se palpa en el paisaje de altura, redondeado, pulido. Todavía se deja ver la luz solar, pero a lo lejos asoman también algunas luces artificiales. El cielo, como siempre, límpido. Un conjunto de casas se amontona alrededor de una estación de servicio, que incluye el único hotel de Jama, nuestro destino. Aquí, nos dicen, moraban muchos de los trabajadores que construyeron la nueva infraestructura del paso fronterizo, situada medio kilómetro más adelante. En dicho paso trabaja gran parte de la población nómade del lugar: hombres y mujeres que hacen los controles de Aduana, Migraciones y Gendarmería. Estamos a 160 kilómetros de San Pedro de Atacama, Chile, que podríamos recorrer en un trayecto de ripio que forma parte sustancial del corredor bioceánico Atlántico-Pacífico. Otra opción sería volver a Susques, pero decidimos quedarnos a pasar la noche (-25 grados) en el hotel de Jama, donde todavía nos falta visitar el salar, con restos arqueológicos y la presencia de flamencos. Mientras tanto, la bandera argentina del Paso ruge quejumbrosa y se muestra deshilachada; es que el viento no sabe de patrias. Fuente: Página 12