racyal2014
Usuario (Argentina)

Buenas amigos de Taringa. Hoy les traigo el segundo video de la serie Relatos Anormales que llevo a cabo en mi canal de YOUTUBE. El video se llama En el Tunel, y es una adaptación propia del cuento Las Ratas del Cementerio del autor Henry Kuttner. Espero que lo disfruten. Abajo del video les dejo el cuento original para que lo comparen. Sin mas mi video: link: https://www.youtube.com/watch?v=_eYED_0CNSc&list=UUwtlM7zKqK_M09hb7iC-jCg El anciano Masson, guardián de uno de los más antiguos cementerios de Salem, mantenía una verdadera guerra con las ratas. Varias generaciones atrás, se había instalado en el cementerio una colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió aniquilarlas. Al principio colocaba trampas y veneno cerca de sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Las ratas seguían allí. Sus hordas voraces se multiplicaban, infestando el cementerio. Eran grandes, aun tratándose de la especie mus decumanus, cuyos ejemplares llegan a los treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola, pelada y gris. Masson las había visto grandes como gatos; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas pútridas cavernas cabía tranquilamente el cuerpo de una hombre. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños. Masson se asombraba a veces de las proporciones enormes de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos fantásticos que había oído al llegar a la decrépita y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida embrionaria que persistía en la muerte, oculta en las perdidas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los tiempos en que Cotton Mather exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de la siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas mansiones de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas. En cuanto a estos roedores, Masson les tenía asco y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes agudos y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había escuchado rumores sobre criaturas espantosas que moraban en lo profundo, y que tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según afirmaban los viejos, las ratas eran mensajeras entre este mundo y las cuevas que se abrían en las entrañas de la tierra. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos. El mito del flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma alegórica, un horror impío; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día. Masson no hacía caso de estos relatos. No tenía trato con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema tal vez iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas tumbas. Ciertamente hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a la voracidad de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson. Los dientes postizos suelen hacerse de oro, y no se los extraen a uno cuando muere. La ropa, naturalmente, es diferente, porque la empresa de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos estudiantes de medicina y médicos poco escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia. Hasta ese momento, Masson se las había arreglado para que no haya investigaciones. Negaba tajantemente la existencia de las ratas, aun cuando éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos saqueado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd. El tamaño de aquellos agujeros lo asombraba. Curiosamente, las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por los lados. Parecía como si trabajasen bajo la dirección de algo dotado de inteligencia. Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última palada de tierra húmeda, y de arrojarla al montón que había formado a un lado. Desde hacía semanas no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus cubiles; no se veía ni una. Pero el rostro flaco de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera. Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del muerto aún visitaban su tumba, aun lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala. Desde la colina donde estaba el cementerio, se veían parpadear apenas las luces de Salem a través de la lluvia. Sacó la linterna del bolsillo. Apartó la pata y se inclinó a revisar los cierres de la caja. De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un murmullo inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una ira insensata, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se le habían adelantado otra vez! En un rapto de cólera, arrancó los candados del ataúd, insertó la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las manos. Encendió la linterna y enfocó el interior del ataúd. La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso: estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz. El extremo del sarcófago había sido perforado, y el agujero comunicaba con una galería, aparentemente, pues en aquel momento desaparecía por allí un pie fláccido, inerte, enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado sólo unos instantes. Se agachó y agarró el zapato con todas sus fuerzas. La linterna cayó dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero. Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. Llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver de una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se enganchó la linterna al cinturón y se introdujo por el boquete. El acceso era angosto. Delante de sí, a la luz de la linterna, podía ver cómo las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel. Trató de arrastrarse lo más rápido posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra. El aire se hacía irrespirable por el hedor del cadáver. Masson decidió que, si no lo alcanzaba en un minuto, regresaría. El terror empeza a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Y prosiguió, cruzando varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección. Entonces observó que el barro casi obstruía la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le reveló en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta. El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta allí. Introdujo las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar desesperadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas. De repente, una puntada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, lanzó un gemido de horror: una docena de enormes ratas lo observaban atentamente, y sus ojos malignos parpadeaban bajo la luz. Eran deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbró una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra. La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de carmesí. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse. El estruendo lo dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez. Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, y no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron tanto. Masson aprovechó la tregua para reptar lo más rápido que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque. Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr. Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. Lo tomó por un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano. Se trataba de una momia negra y arrugada, y vio, preso de un pánico sin límites, que se movía. Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a poca distancia del suyo. Era una calavera descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía los ojos vidriosos, hinchados, que delataban su ceguera, y, al avanzar hacia Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre. Cuando aquel horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que le seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente. Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con la voracidad pintada en sus ojos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarazarse de ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas. Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel! La tierra estaba empapada por la lluvia. Se enderezó y empezó a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos. Se acercaban las ratas… Era el enorme ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra, y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel. La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando! Jadeando de terror, avanzaba mientras la tierra se desprendía. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror le descompuso. Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd, en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo! Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima? Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. En un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con las uñas una salida hacia el aire… hacia el aire… Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos oculares. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. De pronto, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró los ojos, sacó su lengua ennegrecida, y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos. Eso es todo gente, espero que les guste. Si el video es de sus agrado suscribase a mi canal y vean mis otros trabajos. https://www.youtube.com/channel/UCwtlM7zKqK_M09hb7iC-jCg Muchas gracias.
Buenas linces taringueros, Hoy les traigo la tercer entrega de la serie Relatos Anormales En la presente el video es una adaptacion del cuento Maldad Pura escrita por Enrique Ceballos: Sin mas les dejo el video y mas abajo tienen el cuento original link: https://www.youtube.com/watch?v=5y8UiLitONg No se olviden de pasar por mi canal para ver mis otros trabajos, suscribanse si es de su agrado. Cualquier critica y sugerencia sera bienvenida. Saludos MALDAD PURA Nestor era un chico desobediente, tenia 13 años, y no le gustaba hacer sus tareas, a pesar de que su madre lo castigaba, el simplemente actuaba como si no tuviera arreglo. Tanto era su mal comportamiento, que le gustaba torturar animalitos, si encontraba gatitos, o perritos abandonados, los pateaba, o los quemaba con fosforos hasta que morian, por su forma de ser, no tenia amigos, porque todos se alejaban de el. Pero como todo vicio, y el de el era la maldad, sentia que necesitaba hacer algo mas grande, algo que realmente lo hiciera sentir especial, asi que una noche se escapo de casa, y se fue a caminar por un camino pedregoso, donde habian vagabundos que acostaban a dormir al borde del camino, pasando hambre y frio, Nestor penso que ya era hora de lastimar a algun humano, ya que los animalitos le estaban resultando aburridos. Esa noche no parecia haber vagabundos en la calle, lo que estaba frustrando a Nestor. -Que aburrido, tanto que me costo salir de casa sin que mama me viera, y no logro ver a ningun sucio pordiocero….vaya, pero que veo, alli en el suelo hay uno…..dijo Nestor con una sonrisa en el rostro. Por fin habia encontrado a un anciano, sucio, acostado, el cual se veia muy debil, y que parecia estar dormido, Nestor rapidamente se le acerco, ya que no habia mas nadie cerca, era una gran oportunidad para saciar sus deseos de maldad, quien mejor que un viejo debilucho. Nestor se agacho primero, para ver si dormia, pero no pudo verle el rostro, no le importo, y empezo a patearlo, mientras lo insultaba, el vijeo estaba tan debil, que apenas se podia quejar de los golpes de Nestor.. -Sucio viejo, porque no mueren los vagabundos comos tu, te golpeare el cuerpo, la cara, hasta que sangres, no sabes lo mucho que me gusta hacer esto……..Nestor lo estaba disfrutando. Una vez se canso de golpear y patear al viejo vagabundo, se dio cuenta de que lo dejo sangrando por todos lados, era claro que esta vez habia exagerado, el viejo parecia inconciente, asi que Nestor, algo inquieto por lo que hizo, decidio alejarse, por el camino oscuro, pero al estar algo alejado, escucho como si alguien hubiera susurrado su nombre, esto lo asusto un poco y lo hizo mirar hacia atras, y para su sorpresa, alli, en la orilla del camino, estaba el viejo vagabundo de pie, sangrando, no le podia ver el rostro, pero sentia que lo miraba fijamente, Nestor no sabia como era posible que el viejo se levantara, y ahora parecia, perseguirlo, Nestor acelero el paso, pero cuando volvio a mirar atras, el viejo venia caminando detras de el, algo mas lento, pero definitivamente lo perseguia, Nestor empezo a correr, asustado, y luego de un rato, miro hacia atras, y no habia nadie, el viejo ya no lo seguia. -Ufff!! que susto me ha a dado ese estupido vagabundo, parece que solo fue mi imaginacion….dijo aliviado Nestor Pero al volverse para seguir caminando, el viejo de pronto estaba frente a el, a menos de un metro, sosteniendo un pedazo de hierro, o varilla de metal, la cual para mayor susto de Nestor, levanto para golpearlo en la cabeza, Nestor grito, y el viejo lo golpeo dejandolo inconciente. Al cabo de un tiempo, mientras Nestor se despertaba, su cabeza estaba sangrando, tenia tanta sangre saliendo qie le empezaba a cubrir el rostro, pero tambien se dio cuenta, que estaba siendo arrastrado por el viejo vagabundo, el viejo lo llevaba de los pies, mientras sus brazos y cabeza se golpeaban contra el suelo, Nestor trato de gritar, de decir algo, pero estaba aun tan mareado por el golpe que nada salia de su boca. Sin Nestor poder hacer nada, el viejo lo arrastro hasta dentro de una pequena casa al final del camino. una casa que Nestor jamas habia visto antes, una vez dentro, lo llevo al sotano, y lo encadeno de pies y manos sobre una mesa, estaba realmente oscuro el sotano, pero el viejo encendio una luz muy tenue, Nestor por fin pudo hablar. -Que…que hace?..suelteme…..que me va a hacer, siento lo que le hice……yo solo me divertia un poco…dejeme ir… Nestor no obtuvo respuesta del viejo, al cual le pudo ver el rostro brevemente mientras se movia dentro del sotano, y pudo ver que tenia la cara totalmente desfigurada, y tambien pudo ver porque el viejo no le contestaba, para horror de Nestor, parecia tener los labios cocidos por hilos, y tampoco tenia orejas, como si se las hubieran cortado. Nestor empezo a llorar, a gritar pidiendo ayuda, pero sus gritos no iban a ser escuchados por nadie, el viejo habrio una pequena puerta dentro del sotano, como una especie de cuarto aparte, de donde lentamente salio un nino, mas o menos de la misma edad que Nestor, totalmente desnudo, pero al salir el nino, el viejo subio rapidamente las escaleras del sotano, aun sangrando por los golpes de Nestor, como si huyera de aquel nino, Nestor estaba aun mas confundido y asustado… -Oye niñoo…..tu tambien estas atrapado aqui?…ese viejo vagabundo te ha secuestrado como a mi?…..por favor ayudame y escapemos de aqui si?… Pero antes de recibir respuesta del nino, la tenue luz del sotano empezo a parpadear, muy rapidamente, un aire tenebroso se empezo a sentir dentro de ese oscuro y sucio sotano, mientras el viejo cerraba y trancaba la puerta, Nestor estaba asustado, porque no lograba ver nada, pero cada vez que la luz parpadeaba, podia ver como el nino se acercaba a el, mientras su rostro se tornaba en maldad pura, pero no como la maldad que Nestor pensaba tener, este nino era ago sobrenatural, el era una maldad inmaculada, y mientras se aproximaba a Nestor empezaba a sonreir, y su mirada era cada vez mas diabolica… -No Nestor, el no me ha secuestrado, y yo no quiero escapar….decia el nino, mientras las unas de sus manos se alargaban hasta parecer filosas navajas, y las pasaba lentamente por el rostro de un asustado Nestor.. -Pero que haces?….que eres?.. como sabes mi nombre?…..dejenme salir por favor……..Nestor lloraba de horror, y recordaba en ese momento, los consejos de su madre, y penso que tal vez si hubiera actuado de otra manera, esto no le pasaria. -Te gusta divertirte con los animales, crees saber jugar con la maldad, deberias alegrarte, vas a conocer la verdadera maldad, asi como se la mostre a mi padre……dijo el nino, mientras con sus garras, cortaba las orejas de Nestor, le cortaba la cara, arranco un brazo, y al ver que Nestor gritaba demasiado de dolor y terror, le arranco la lengua, el nino se divertia con Nestor, asi como el lo hacia con los demas. Cuando termino de divertirse, regreso a su pequena habitacion dentro del sotano, dejado a Nestor con la boca cocida, sin ojos y lleno de heridas, el viejo vagabundo entro con mucho cuidado al sotano, libero a Nestor, y lo cargo para sacarlo de la casa y moribundo tirarlo al camino en la oscuridad, Nestor murio a las horas por las multiples heridas que tenia. El viejo regreso a la casa, a tratarse sus golpes, pero una voz gruesa, como si de un animal o una bestia se tratara, se escucho del sotano…. -Papa, sera mejor que salgas, y me busques a alguien mas para jugar, o volvere a jugar contigo OTROS POST QUE PUEDEN INTERESARTE http://www.taringa.net/post/videos/18528370/La-narcolepcia-y-el-Valle-del-Sueno.html http://www.taringa.net/posts/videos/18535588/La-24-caras-de-la-locura-el-caso-de-Billy-Milligan.html http://www.taringa.net/post/paranormal/18543238/Presentando-mi-nuevo-canal-de-youtube.html http://www.taringa.net/posts/paranormal/18551442/Blanche-Monnier-Entre-la-oscuridad-y-la-soledad.html http://www.taringa.net/posts/paranormal/18584268/Relato-Anormal-II-En-el-tunel-Las-ratas-del-cementerio.html No se olviden de pasar por mi canal para ver mis otros trabajos, suscribanse si es de su agrado. Cualquier critica y sugerencia sera bienvenida. Saludos
Relato Anormal II: En el tunel (Las ratas del cementerio) Buenas amigos de Taringa. Hoy les traigo el segundo video de la serie Relatos Anormales que llevo a cabo en mi canal de YOUTUBE. El video se llama En el Tunel, y es una adaptación propia del cuento Las Ratas del Cementerio del autor Henry Kuttner. Espero que lo disfruten. Abajo del video les dejo el cuento original para que lo comparen. Sin mas mi video: link: https://www.youtube.com/watch?v=_eYED_0CNSc&list=UUwtlM7zKqK_M09hb7iC-jCg El anciano Masson, guardián de uno de los más antiguos cementerios de Salem, mantenía una verdadera guerra con las ratas. Varias generaciones atrás, se había instalado en el cementerio una colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió aniquilarlas. Al principio colocaba trampas y veneno cerca de sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Las ratas seguían allí. Sus hordas voraces se multiplicaban, infestando el cementerio. Eran grandes, aun tratándose de la especie mus decumanus, cuyos ejemplares llegan a los treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola, pelada y gris. Masson las había visto grandes como gatos; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas pútridas cavernas cabía tranquilamente el cuerpo de una hombre. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños. Masson se asombraba a veces de las proporciones enormes de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos fantásticos que había oído al llegar a la decrépita y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida embrionaria que persistía en la muerte, oculta en las perdidas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los tiempos en que Cotton Mather exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de la siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas mansiones de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas. En cuanto a estos roedores, Masson les tenía asco y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes agudos y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había escuchado rumores sobre criaturas espantosas que moraban en lo profundo, y que tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según afirmaban los viejos, las ratas eran mensajeras entre este mundo y las cuevas que se abrían en las entrañas de la tierra. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos. El mito del flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma alegórica, un horror impío; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día. Masson no hacía caso de estos relatos. No tenía trato con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema tal vez iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas tumbas. Ciertamente hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a la voracidad de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson. Los dientes postizos suelen hacerse de oro, y no se los extraen a uno cuando muere. La ropa, naturalmente, es diferente, porque la empresa de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos estudiantes de medicina y médicos poco escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia. Hasta ese momento, Masson se las había arreglado para que no haya investigaciones. Negaba tajantemente la existencia de las ratas, aun cuando éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos saqueado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd. El tamaño de aquellos agujeros lo asombraba. Curiosamente, las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por los lados. Parecía como si trabajasen bajo la dirección de algo dotado de inteligencia. Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última palada de tierra húmeda, y de arrojarla al montón que había formado a un lado. Desde hacía semanas no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus cubiles; no se veía ni una. Pero el rostro flaco de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera. Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del muerto aún visitaban su tumba, aun lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala. Desde la colina donde estaba el cementerio, se veían parpadear apenas las luces de Salem a través de la lluvia. Sacó la linterna del bolsillo. Apartó la pata y se inclinó a revisar los cierres de la caja. De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un murmullo inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una ira insensata, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se le habían adelantado otra vez! En un rapto de cólera, arrancó los candados del ataúd, insertó la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las manos. Encendió la linterna y enfocó el interior del ataúd. La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso: estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz. El extremo del sarcófago había sido perforado, y el agujero comunicaba con una galería, aparentemente, pues en aquel momento desaparecía por allí un pie fláccido, inerte, enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado sólo unos instantes. Se agachó y agarró el zapato con todas sus fuerzas. La linterna cayó dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero. Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. Llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver de una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se enganchó la linterna al cinturón y se introdujo por el boquete. El acceso era angosto. Delante de sí, a la luz de la linterna, podía ver cómo las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel. Trató de arrastrarse lo más rápido posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra. El aire se hacía irrespirable por el hedor del cadáver. Masson decidió que, si no lo alcanzaba en un minuto, regresaría. El terror empeza a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Y prosiguió, cruzando varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección. Entonces observó que el barro casi obstruía la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le reveló en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta. El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta allí. Introdujo las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar desesperadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas. De repente, una puntada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, lanzó un gemido de horror: una docena de enormes ratas lo observaban atentamente, y sus ojos malignos parpadeaban bajo la luz. Eran deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbró una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra. La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de carmesí. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse. El estruendo lo dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez. Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, y no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron tanto. Masson aprovechó la tregua para reptar lo más rápido que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque. Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr. Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. Lo tomó por un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano. Se trataba de una momia negra y arrugada, y vio, preso de un pánico sin límites, que se movía. Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a poca distancia del suyo. Era una calavera descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía los ojos vidriosos, hinchados, que delataban su ceguera, y, al avanzar hacia Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre. Cuando aquel horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que le seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente. Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con la voracidad pintada en sus ojos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarazarse de ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas. Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel! La tierra estaba empapada por la lluvia. Se enderezó y empezó a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos. Se acercaban las ratas… Era el enorme ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra, y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel. La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando! Jadeando de terror, avanzaba mientras la tierra se desprendía. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror le descompuso. Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd, en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo! Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima? Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. En un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con las uñas una salida hacia el aire… hacia el aire… Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos oculares. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. De pronto, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró los ojos, sacó su lengua ennegrecida, y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos. Relato Anormal II: En el tunel (Las ratas del cementerio) Eso es todo gente, espero que les guste. Si el video es de sus agrado suscribase a mi canal y vean mis otros trabajos. https://www.youtube.com/channel/UCwtlM7zKqK_M09hb7iC-jCg Muchas gracias.

Buenos dias amigos taringueros: les traigo mi cuarto video sobre una mujer la cual fue encerrada por mas de 25 años. Muchas veces el mundo real es peor que los cuentos de terror que no te dejaron dormir alguna vez. Infinidad de escalofriantes casos invaden las noticias y uno piensa ¿En serio hay gente capaz de hacer una cosa así? Y sí, uno no sabe hasta donde puede llegar la crueldad humana; más aún si la culpable de tanta maldad es la madre de la víctima. Dicen que el amor de madre es lo más puro que existe, muchas veces no es así. Mademoiselle Blanche Monnier experimentó la maldad de su madre durante un cuarto de siglo ¿Cuál fue su error? Enamorarse de un hombre que, según su madre, no estaba a la altura de pertenecer a la familia Monnier. link: https://www.youtube.com/watch?v=Y1aCdLiaI_Y&list=UUwtlM7zKqK_M09hb7iC-jCg&index=1 El 23 de mayo de 1901, la Procuraduría General de París recibió la siguiente carta: El Procurador General Monsieur: Tengo el honor de informarle de un acontecimiento de excepcional gravedad, se trata de una mujer que se encuentra encerrada en la casa de Madame Monnier, muerta de hambre y vive en una litera pútrido durante los últimos veinticinco años, es decir, en su propia porquería. MADAME MONNIER Madame Monnier era una viuda de 75 años de edad, quien vivía en su finca de clase alta con su hijo abogado, Marcel. En un momento, ella tenía una hija, pero la chica desapareció cuando ella tenía 25. Los Monnier era una familia muy respetada. Antes de morir, Madame Monnier había ganado un premio de la Comisión de las Buenas Obras por sus generosas contribuciones a la ciudad. EL HORROR Aunque la policía era consciente de la excelente reputación de la familia Monnier, decidieron investigar el patrimonio. En una habitación superior de la casa, los policías notaron una puerta cerrada con candado. Cuando le quitaron la cerradura y la abrieron de golpe, un hedor horrible llenaba sus narices. Los montones de heces y vómito cubrían el suelo y en la cama, se encontraba una mujer extremadamente desnutrida, recostada en un colchón de paja podrida entrecerrando los ojos a través de la luz que no había visto en 25 años. BLANCHE De inmediato la llevaron al hospital y después de que ella recibió comida y un baño, reveló ser la hija de Madame Monnier, de nombre Blanche. La mujer, una vez hermosa, tenía 49 años de edad y pesaba sólo 55 kilos. Blanche dijo a las autoridades que su madre la había encerrado cuando ella insistió en casarse con un abogado poco exitoso, por lo mismo, Madame Monnier no era simpatizante de la idea. Su madre planeaba encerrarla en su habitación hasta que accediera a romper este romance. El abogado murió en 1885 cuando Blanche Monnier seguía encerrada habitación... por otros 15 años más, olvidada por completo. Madame Monnier fue detenida al día siguiente. Una multitud indignada se reunió alrededor de su celda y su amonestación provocó en ella un ataque al corazón. Madame Monnier murió en la enfermería 15 días después. Asimismo, los cargos contra el hermano de Blanche, Marcel, fueron retirados, ya que, técnicamente, nunca ejerció ningún tipo de violencia en contra de la víctima. Blanche pasó el resto de su vida bajo cuidado psiquiátrico, muriendo en 1913.