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quillero2803

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La maldición del carro de James Dean
La maldición del carro de James Dean
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/2/2009

La maldición del carro de James Dean “Sueña como si fueras a vivir para siempre. Vive como si fueras a morir hoy.” - James Byron Dean, actor norteamericano (1931 – 1955) en memoria del Sayayín (the Silver Bullet) La historia del automóvil del incomprensiblemente legendario y mediocre actor James Dean es increíble. Guarda semejanza con esa novela de terror titulada Christine, llevada al cine y escrita por Stephen King (una de sus peores obras), en la que un carro poseído por una entidad diabólica va causando muerte y tragedia a su alrededor. El de Dean era un Silver Porsche 550 Spyder, apodado cariñosamente Pequeño Bastardo por el actor. Sólo se fabricaron noventa noventa modelos como éste en 1955, y la primera víctima mortal que se cobró fue su propio dueño, el 30 de septiembre de ese mismo año. En la tarde de esa fecha, Dean murió al volante después de exclamar: “Ese tipo tiene que detenerse. Él nos verá…”, antes de estrellarse casi de frente y a más de ciento veinte kilómetros por hora contra una Ford Custom Tudor coupe conducida por un estudiante universitario. Al menos esto fue lo que contó sobre las últimas palabras de James Dean, después de recobrarse de sus graves heridas en el hospital, su copiloto y mecánico de carreras, el paracaidista Rolf Wütherich, quien moriría en 1981 en Alemania, en otro accidente de tráfico, tras sobrevivir a varios intentos de suicidio. Pocas horas después de la muerte de Dean, cuando su maltrecho Spyder fue remolcado desde el lugar del accidente hasta un garaje cercano, el motor se le desprendió y aplastó las dos piernas de un mecánico. Este motor fue comprado y reparado por un médico aficionado al automovilismo (Troy McHenry), quien lo instaló en su propio carro de carreras, en el que después se mataría durante una competición. En esa misma competición quedó gravemente herido otro corredor, también médico (William Eschrid), que corría con un vehículo al que se le había adaptado la barra de transmisión del Porsche de James Dean. Eschrid dijo después que la dirección de su carro se había trabado, inexplicablemente, mientras entraba en una curva. Poco después, el taller utilizado para reconstruir el carro del fallecido actor, con el fin de exhibirlo ante su desconsolado público durante una gira por el Oeste Norteamericano (y no como merecido gesto de agradecimiento hacia el vehículo por haberle ahorrado a la humanidad cinéfila quién sabe cuantos años más de pésimas interpretaciones actorales) fue devorado por un incendio. Todos los demás automóviles que estaban en el taller quedaron destruidos por el fuego. El Pequeño Bastardo no fue tocado por las llamas. Ya reconstruido, durante una parada para exhibirlo en Sacramento, el carro cayó de su soporte y fracturó la cadera de un adolescente, casi un niño. En otra exhibición, en Oregon, un remolcador sobre el cual reposaba el Porsche perdió los frenos y se estrelló contra una vitrina de un almacén, destrozando el interior del negocio. Unas semanas después, un conductor de camiones (George Barkuis) murió aplastado por el fatídico carro cuando lo transportaba hacia Los Ángeles. El hombre se vio envuelto en un aparatoso accidente de carretera que lo arrojó fuera de su camión- cama, y el Porsche le cayó encima. La doble ruina de esta máquina de la muerte fue enviada a bordo de otro camión a California, y de ahí en adelante, “misteriosamente”, escriben algunos, no se supo más nada de él. Esperemos, por el bien de la humanidad, que sus restos hayan sido pulverizados. Es difícil calcular el grado de veracidad que pueda atribuírsele a estas historias anecdóticas. Parecen formar parte de la siempre creciente colección de leyendas urbanas que circulan por la web. Pero aunque sólo una parte de lo que se cuenta de este carro resultara ser cierto, podríamos entonces empezar a aceptar la posibilidad de que, sí, pueden existir objetos salados o funestos. Hasta malditos. Como el Diamante Hope. Como la momia de Tutankamon. Como el Silver Porsche Spyder de James Dean. No se hallarían entonces motivos para descartar que también puedan existir sitios o lugares así, igualmente salados, como cajeros automáticos, rectorías, cajas de cambio, comisarías policiales, estaciones militares, juzgados, sedes de entidades estatales y bancarias, casas, edificios, o ciudades, departamentos y países. Pero es mejor no avanzar (para no alimentar el desconsuelo) por el camino abierto a la especulación que este silogismo plantea sobre el destino del país al que los colombianos insistimos en inscribir bajo el patronazgo y la protección del Sagrado Corazón. En todo caso, el Pequeño Bastardo de James Dean podría servirle a algunos de consuelo. Es decir, si tú eres de esos que se queja porque tu carro anda mal, ya se hizo viejo, consume mucho, te deja tirado a cada rato, es de repuestos costosos y hay que llevarlo cada dos por tres al taller, mejor es que lo vayas sabiendo, y des las gracias: tu carro es una dulce hueva.

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