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psychoman

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El Corazón Delator [Edgar Allan Poe]
El Corazón Delator [Edgar Allan Poe]
ArteporAnónimo2/5/2009

El Corazón Delator Edgar Allan Poe ¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia. Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre. Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía. Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente. Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando: -¿Quién está ahí? Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte. Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación. Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre. Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito. ¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado. Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme. Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas. Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja! Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora? Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar. Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima. Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos. Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte! -¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón! F I N Traducción: Julio Cortázar Comic: Alberto Breccia

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Crap sobre Edgar Allan Poe
ArteporAnónimo11/11/2009

Sobre Edgar Allan Poe Solo Desde el tiempo de mi infancia no he sido como otros eran, no he visto como otros veían, no pude traer mis pasiones de una simple primavera. De la misma fuente no he tomado mi pesar, no podría despertar mi corazón al júbilo con el mismo tono; Y todo lo que amé, lo amé Solo. Entonces -en mi infancia- en el alba de la vida más tempestuosa, se sacó de cada profundidad de lo bueno y lo malo el misterio que todavía me ata: Del torrente, o la fuente, Del risco rojo de la montaña, Del sol que giraba a mi alrededor en su otoño teñido de oro, Del rayo en el cielo cuando pasaba volando cerca de mí, Del trueno y la tormenta, Y la nube que tomó la forma (Cuando el resto del Cielo era azul) De un demonio ante mi vista. Alone From childhood’s hour I have not been As others were; I have not seen As others saw; I could not bring My passions from a common spring. From the same source I have not taken My sorrow; I could not awaken My heart to joy at the same tone; And all I loved, I loved alone. Then- in my childhood, in the dawn Of a most stormy life- was drawn From every depth of good and ill The mystery which binds me still: From the torrent, or the fountain, From the red cliff of the mountain, From the sun that round me rolled In its autumn tint of gold, From the lightning in the sky As it passed me flying by, From the thunder and the storm, And the cloud that took the form (When the rest of Heaven was blue) Of a demon in my view. Psychoman

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Un pequeño poema
Un pequeño poema
ArteporAnónimo1/14/2010

Festividades Veo por la ventana, mientras los dias pasan una espesa niebla cae sobre la ciudad millones de personas transitan las calles ciegas agotadas caen, se arrastran y mueren Una fuerza extraña rie es el reflejo de sus caminos carcajadas de fondo mientras la luna transita otra noche de fiestas oscura festividad quizas piensan que sus almas salvaran vidas tono sepia pintadas de colores el primer rayo de sol te abraza, el ultimo felicidades Psychoman

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Sin Titulo 2
ArteporAnónimo6/11/2011

dijo:Les traigo una poesia de un amigo, espero que la disfruten (Se aceptan criticas constructivas) Sin Titulo 2 Caen sueños rotos en los cielos árabes explotan conciencias en manos de los señores. Artistas del tercer mundo se solidarizan y muestran el horror que nadie quiere ver. La historia la marcan las aves libres de los cielos conservadores. Pobres quienes tienen la suerte de nacer en un país donde la memoria no llega. Donde no llega la mano del cristianísimo Dios. Solo dedos anónimos, cortados y ultrajados, olvidados y dejados de lado en algún rincón. Oscuro lugar donde la luz de la humanidad no llego. Sigo la quebrantada linea que alguna vez dibuje de un negro profundo, marcada con el duro sentimiento de algún lápiz. Alrededor no mas que sueños rotos como cristales en un basural, ardiendo por lo que no fueron. chatarra insulsa que guia mis días solo son futuros cristales en lo profundo del abismo, limbo, pozo o lugar en que cada alma se sueña. Oscuro, frió y cálido en donde la libertad florece, donde el ser es sin mas. Donde no es condicionado, donde se entiende lo perfecto que hay en la imperfección. Una casa desprende su cielo hoy, un ente desprende sus alas, un cielo rojo en un ambiente invernal, un piso cada vez mas lejos, y un aletear mas duro (a cada centímetro de sentimiento) Sus labios sangran seco "Los Sueños Sangran Seco"

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Edgar Allan Poe
Edgar Allan Poe
ArteporAnónimo12/12/2008

Edgar Allan Poe (Boston, 1809 - Baltimore, 1849) Documental: link: link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=7TpuQppGxkE Annabel Lee Fue hace muchos y muchos años, en un reino junto al mar, habitó una señorita a quien puedes conocer por el nombre de Annabel Lee; y esta señorita no vivía con otro pensamiento que amar y ser amada por mí. Yo era un niño y ella era una niña en este reino junto al mar pero nos amábamos con un amor que era más que amor —yo y mi Annabel Lee— con un amor que los ángeles súblimes del Paraíso nos envidiaban a ella y a mí. Y esa fue la razón que, hace muchos años, en este reino junto al mar, un viento partió de una oscura nube aquella noche helando a mi Annabel Lee; así que su noble parentela vinieron y me la arrebataron, para silenciarla en una tumba en este reino junto al mar. Lo ángeles, que no eran siquiera medio felices en el Paraíso, nos cogieron envidia a ella y a mí:— Sí!, esa fue la razón (como todos los hombres saben) en este reino junto al mar) que el viento salió de una nube, helando y matando mi Annabel Lee. Pero nuestro amor era más fuerte que el amor de aquellos que eran mayores que nosotros— de muchos más sabios que nosotros— y ni los ángeles in el Paraíso encima ni los demonios debajo del mar separarán jamás mi alma del alma de la hermosa Annabel Lee:— Porque la luna no luce sin traérme sueños de la hermosa Annabel Lee; ni brilla una estrella sin que vea los ojos brillantes de la hermosa Annabel Lee; y así paso la noche acostado al lado de mi querida, mi querida, mi vida, mi novia, en su sepulcro junto al mar— en su tumba a orillas del mar. Balada Nupcial En mi dedo el anillo, la guirnalda nupcial mi sien decora; de sedas y diamantes busco el brillo, y soy feliz ahora. Y mi señor me brinda amor seguro; pero al decirme ayer cuánto me adora, tembló mi corazón, como al conjuro, de "quien cayó en la guerra", al pie del muro, y que es feliz ahora. Pero él tranquilizóme, y en mi frente besó la palidez que le enamora. Y he aquí que en un ensueño, vi presente, al muerto D'Elormy: -suyo, en mi frente, fue el beso; y suspiré ( ¡cuán dulcemente! ): "-¡Ah, soy feliz ahora!" Y si pude otorgar palabra nueva, así el voto juré, y aunque traidora, y aunque un luto de amor el alma lleva, ved brillar ese anillo que "me prueba" que soy feliz ahora. ¡Ah! ilumíneme Dios aquel pasado, pues si sueña o no sueña el alma ignora, y el corazón se oprime, y conturbado pregúntase, oh Señor, si el "Olvidado" será feliz ahora! Pais de Hadas VALLES de sombra y aguas apagadas y bosques como nubes, que ocultan su contorno en un fluir de lágrimas. Allí crecen y menguan unas enormes lunas, una vez y otra vez, a cada instante, en canto que la noche se desliza, y avanzan siempre, inquietas, y apagan el temblor de los luceros con el aliento de su rostro blanco. Cuando el reloj lunar señala medianoche, una luna más fina y transparente desciende, poco a poco, con el centro en la cumbre de una sierra elevada, y de su vasto disco se deslizan los velos dulcemente sobre aldeas y estancias, por doquier; sobre extrañas florestas, sobre el mar y sobre los espíritus que vuelan y las cosas dormidas: y todo lo sepultan en un gran laberinto luminoso. ¡Ah, entonces! ¡Qué profunda es la pasión que ponen en su sueño! Despiertan con el día, y sus lienzos de luna se ciernen ya en el cielo, con inquietas borrascas, y a todo se parecen: más que nada semejan un albatros amarillo. Y aquella luna no les sirve nunca para lo mismo: en tienda se trocará otra vez, extravagante. Pero ya sus pedazos pequeñitos se tornan leve lluvia, y aquellas mariposas de la Tierra que vuelan, afanosas del celaje, y bajan nuevamente, sin contentarse nunca, nos traen una muestra, prendida de sus alas temblorosas. Versión de Màrie Montand Soneto a la Ciencia ¡Ciencia! ¡verdadera hija del tiempo tú eres! que alteras todas las cosas con tus escrutadores ojos. ¿Por qué devoras así el corazón del poeta, buitre, cuyas alas son obtusas realidades? ¿Cómo debería él amarte? o ¿cómo puede juzgarte sabia aquel a quien no dejas en su vagar buscar un tesoro en los enjoyados cielos, aunque se elevara con intrépida ala? ¿No has arrebatado a Diana de su carro? ¿Ni expulsado a las Hamadríades del bosque para buscar abrigo en alguna feliz estrella? ¿No has arrancado a las Náyades de la inundación, al Elfo de la verde hierba, y a mí del sueño de verano bajo el tamarindo? El Cuervo link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=XXSbafnPsiU Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones, sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones inclinaba soñoliento la cabeza, de repente a mi puerta oí llamar; como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta mano tímida a tocar: "¡Es - me dije - una visita que llamando está a mi puerta: eso es todo y nada más!". ¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo, y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo. Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura procurando en vano hallar tregua a la honda desventura de la muerta Leonora; la radiante, la sin par virgen rara a quien Leonora los querubes llaman, ahora ya sin nombre... ¡nunca más! Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras, de tal modo que el latido de mi pecho palpitante procurando dominar, "¡Es, sin duda, un visitante-repetía con instancia- que a mi alcoba quiere entrar: un tardío visitante a las puertas de mi estancia..., eso es todo, y nada más!". Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando: "Caballero, dije, o dama: mil perdones os demando; mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza me vinistéis a llamar, y con tal delicadeza y tan tímida constancia os pusistéis a tocar, que no oí", dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia: ¡sombras sólo y... nada más! Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños, quedé allí-cual antes nadie los soñó-forjando sueños; más profundo era el silencio, y la calma no acusaba ruido alguno..., resonar sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora yo me puse a murmurar, y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...! Esto apenas, ¡nada más! A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia, Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia: "De seguro-dije-es algo que se posa en mi persiana, pues, veamos de encontrar la razón abierta y llana de este caso raro y serio, y el enigma averiguar: ¡Corazón, calma un instante, y aclaremos el misterio...: es el viento, y nada más!". La ventana abrí, y con rítmico aleteo y garbo extraño, Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño. Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, con aspecto señorial, fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta de mi puerta el cabezal; sobre el busto que de Pallas representa fue y posóse, y ¡nada más! Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza con su grave, torva y seria, decorosa gentileza; y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro no eres cuervo nocturnal, ¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla...! Dime, ¿cuál tu nombre, cuál, En el reino plutoniano de la noche y de la niebla...? Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho, si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho; pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura que lograse contemplar ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, ave o bruto reposar sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada, con tal nombre: "Nunca más". Mas el cuervo fijo, inmóvil, en la grave efigie aquélla, sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada, ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar... Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado, y la aurora al despuntar, él también se irá volando cual mis sueños han volado". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido, "no hay ya duda alguna -dije-, lo que dice es aprendido; aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte persiguiera sin cesar, persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo, sus canciones terminar y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo de: ¡Jamás, y nunca más!". Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa, mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y de cornisa; luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía dime entonces a juntar, por saber que pretendía aquel pájaro ominoso de un pasado inmemorial, aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso al graznar: "¡Nunca jamás!". Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma, cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma. Esto y más-sobre cojines reclinado-con anhelo me empeñaba en descifrar, sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella luminosa mi fanal, terciopelo cuya púrpura ¡ay! Jamás volverá élla a oprimir, ¡ah, nunca más! Parecióme el aire, entonces, por incógnito incensario que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario, perfumado. "¡Miserable ser-me dije-Dios te ha oído, y por medio angelical, tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora te ha venido hoy a brindar: bebe, bebe ese nepente, y así todo olvida ahora!". Dijo el cuervo: "Nunca más". ¡Oh, Profeta -dije- o duende!, mas profeta al fin, ya seas ave o diablo, ya te envía la tormenta, ya te veas por los ábregos barrido a esta playa, desolado pero intrépido, a este hogar por los males devastado, dime, dime, te lo imploro. ¿Llegaré jamas a hallar algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?. Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". "¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho, combo velo de zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo a quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida, presa infausta del pesar, si jamás en otra vida la doncella arrobadora a mi seno he de estrechar, la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora...". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". "¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida -grité alzándome-, retorna, vuelve a tu hórrida guarida, la plutónica ribera de la noche y de la bruma...! ¡De tu horrenda falsedad en memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El busto deja! ¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja...!". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". ¡Y aun el cuervo inmóvil!, fijo, sigue fijo en la escultura, sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura.... y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo, las visiones ve del mal; y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo flota..., nunca se alzará..., nunca jamás! Fuente

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Jim Morrison
Jim Morrison
ArteporAnónimoFecha desconocida

Jim Morrison se definia a si mismo como un "hombre de palabras", como un poeta. La poesia era el fin ultimo de su vida: ser considerado un verdadero escritor y poeta no un "rock star", era su ambicion. Poemas A Feast Of Friends / The Severed Garden Wow, estoy harto de dudas Vivir en la luz de la certeza Sur Crueles ataduras Los esclavos tienen el poder hombre perros y sus mezquinas mujeres tirando pobres mantas sobre nuestros marineros. ¿Y dónde estabas en nuestra recostada hora? ¿Ordeñando tu bigote, o moliendo una flor? Estoy harto de estas severas caras Mirandome desde la torre de la televisión, Quiero rosas en mi enrejado jardín, ¿cava? Bebes reales, rubíes deben ahora reemplazar a los abortados. Extranjeros en el fango. Estos mutantes, comida de sangre para la planta que es arada. Están esperando para llevarnos dentro del cortado jardín. ¿Sabes cómo de pálida y lasciva aterradora viene la muerte en la desconocida hora? Sin previo aviso, imprevista como una aterrador y amigable invitado que has traído a tu cama. La muerte hace ángeles de todos nostros y nos pone alas donde teníamos hombros suaves como garras de cuervo. No más dinero, no más disfraces Este otro reino parece desde lejos el mejor hasta su otra mandíbula revela incesto y obediencia perdida a una ley vegetal. No iré Prefiero una Fiesta de Amigos a una Familia Gigante American Night ¡Aclamad todos a la noche americana! ¿Qué era eso? No lo sé Suena como a armas... truenos (RoadHouse Blues se corta aquí apra que Jim haga una pequeña participación final con el público) ¡Bien,Bien,Bien! ¡Hey, escucha! ¡Escucha! ¡Escucha, hombre! ¡Escucha, hombre! No se cuántos de vosotros creéis en al astrología... Sí.. está bien.. está bien, nena, Yo.. yo soy Sagitario El más filosófico de los signos. Pero de todos modos, no creo en eso. Pienso que es un manojo de gilipolleces, yo mismo. Pero te digo esto, hombre, te digo esto. Nose que va a pasar, hombre, pero quiero tener fuerzas antes de que esta mierda de casa arda entera en llamas. ¡Por supuesto! An American Prayer ¿Conoces el cálido progreso bajo las estrellas? ¿Sabes que existimos? Has olvidado las llaves del reino. Acabas de nacer ¿y estás vivo? Reinventemos los dioses, todos los mitos de los tiempos. Celebremos símbolos desde el profundo y antiguo bosque. (Has olvidado las lecciones de la antigua guerra) Necesitamos grandes y doradas cópulas. Los padres están ocultos en los árboles del bosque. Nuestra madre está muerta en el mar. ¿Sabes que estamos siendo conducidos a matazas por apacibles almirantes? ¿Y que gordos y lentos generales están siendo obscenos en sangre joven? ¿Sabes que estamos siendo manejados por la televisión? La luna es una bestia de sangre seca. Bandas guerilleras hacen rodar números en el siguiente bloque de verde vid acumulado para guerras sobre inocentes, pastores que solo están muriendo. Oh gran creado del ser concedenos una hora más para realizar nuestro arte y perfeccionar nuestras vidas. Las polillas y los ateos son doblemente divinos y morir. Vivimos, morimos y la muerte no termina con esto. Nos hace viajar hacia la Pesadilla, aferrarnos a la vida. Nuestra pasión florecerá. Aferrarnos a coños y pollas de desesperación. Conseguimos nuestra visión final por aplauso. La ingle de Colón se llenó de sangre verde. (Toqué su muslo y la muerte sonrió.) Nos hemos reunido dentro de este antiguo e insano teatro. Para propagar nuestra ambición de vida y escapar de la sabiduría que invade las calles. Los graneros son asaltados Las ventanas se mantienen Y solo uno de todo el resto para bailar y salvarnos con burlas divinas de palabras. La música inflama el temparamento (Cuando los verdaderos asesinos del Rey son dejados correr libremente mil Magos surgen en la Tierra) Dondé están los banquetes que nos prometieron Dónde está el vino, el nuevo vino. (Muriendo en la vid) Angels And Sailors Ángeles y marineros chicas ricas vallas de jardines tiendas de campaña. Sueños mirándose el uno al otro, suaves y lujosos coches. Chicas en garajes, desnudas, fuera para coger ropa y licor, medio galón de vino y seis paquetes de cerveza. Saltado, llevado a cuestas, nacido para sufrir, hecho para desnudarse en el páramo salvaje. Nunca te trataré mal. Nunca empezaré ninguna clase de escena. Te diré en cada lugar y en cada persona en los que he estado. Siempre un instructor en el campo de juego, nunca un asesino. Siempre una dama de honor al borde de la fama o sobre ella. Manipuló a dos chicas para entra en su habitación del hotel. Una, una amiga, la otra, la más joven, una nueva desoconcida. Vagamente mejicana o puertorriqueña. Pobres muslos de muchacho y nalgas llenas de cicatrices del cinturón de su padre. Ella intenta hablar. Historias de su novio, de drogas, juegos adolescentes de muerte. Chaval guapo, muerto en un coche. Confusión. Sin conexiones. Ven aquí. Te amo. Paz en la tierra. ¿Morirás por mí? Cómeme. Este camino. El fin. Siempre te seré sincero. Nunca saldré, ocultándote cosas, nena Si solo me mostraras la Lejana Arden otra vez. Me sorprende que la hayas podido despertar. Él la azota ligeramente, irónicamente, con el cinturón. ¿No ha sido ya suficiente? Pregunta ella. Ahora vestida y yéndose. La chica española comienza a sangrar. Dice que es su menstruación. Esto es el cielo católico. Tengo un antiguo crucifijo indio alrededor de mi cuello. Mi pecho es fuerte y moreno. Mentiras sobre sábanas, miserable, manchadas con una virgen sangrienta. Podríamos planear un asesinato O empezar una religión. Black Polished Chrome/Latino Chrome La música era nueva, negro cromo pulido y vino después del verano, como noche líquida. El DJ tomó pastillas para mantenerse despierto durante siete días y poder tocar. Ellos fueron al estudio Y alguien lo conocía Alguien conocía al empresario de TV. Él fue a vuestra fiesta en casa y pinchó discos. Y cuando se marchó con el cálido sol del mediodía y anduvo hacia su coche. Vio que unos chavales habian escrito F-U-C-K en su parabrisas. Lo limpió con un trapo y sonriendo se fue tranquilamente. Es rico. Tiene un gran coche. Mi pandilla te conseguirá. Escenas de violación en el arroyo. Seducción en los coches, en los edificios abandonados. Peleas en las tiendas de comida. El polvo, los zapatos. Camisas abiertas y cuellos levantados. Esculpido pelo brillante. Eh, tío! ¿Quieres chicas, pastillas, hierba? Vamos... Te enseñaré a pasarlo bien. Este sitio tiene de todo. Vamos... yo te enseño. The End Este es fin Hermoso amigo Este es el fin Mi único amigo el fin De nuestros elaborados planes, el fin De todo lo que permanece, el fin Sin seguridad o sorpresa, el fin Nunca miraré en tus ojos……..otra vez ¿Puedes proyectar lo que será tan ilimitado y libre Necesitando desesperadamente de una mano extraña En una tierra desesperada? Perdidos en un desierto romano de dolor Y todos los niños son insanos Esperando por la lluvia veraniega, si Hay peligro en las afueras del pueblo Recorre la autopista del rey, nena Extrañas escenas dentro de la mina de oro Recorre la autopista hacia el oeste, nena Monta la serpiente Hacia el lago, el lago anciano, nena La serpiente es larga, siete millas Monta la serpiente……..es vieja, y su piel es fría El oeste es mejor El oeste es mejor Ven aquí y nosotros haremos el resto El autobús azul esta llamándonos El autobús azul esta llamándonos Conductor, ¿a donde nos lleva? El asesino despertó antes de que amaneciera Se puso las botas Tomó un rostro de la antigua galería Y avanzo por el pasillo Fue al cuarto donde vivía su hermana Y…….entonces él Visitó a su hermano, y entonces él Avanzó por el pasillo Y llegó hasta una puerta…….y miró adentro Padre, ¿si hijo?, quiero matarte Madre…..quiero….cogerte Vamos nena, date una oportunidad con nosotros Y encuéntrame detrás del autobús Haciendo una piedra azul Matar, matar, matar, matar, matar, matar Este es el fin

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Manual de Instrucciones [Julio Cortázar]
ArteporAnónimo1/25/2009

Julio Cortázar Manual de Instrucciones: Introducción del Manual de Instrucciones "La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrise paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañan topar con el paralepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero «Hotel de Belguique». Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien. Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para remover el café. Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los numeros que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina." Instrucciones para Llorar Instrucciones para llorar. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos. Instrucciones -Ejemplos Sobre la Forma de Tener Miedo En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere. En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados. En Amalfí, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola. Un señor está extendiendo pasta dentrífica en el cepillo. De pronto ve, acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de miga de pan pintada. Al abrir el ropero para sacar una camisa, cae un viejo almanaque que se deshace, se deshoja, cubre la ropa blanca con miles de sucias mariposas de papel. Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj de pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos. El médico termina de examinarnos y nos tranquiliza. Su voz grave y cordial precede los medicamentos cuya receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando alza la cabeza y sonríe, alentándonos. No es de cuidado, en una semana estaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa vemos las piernas del médico. Se ha subido los pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer. Instrucciones para Entender Tres Pinturas Famosas El amor sagrado y el amor profano por TIZIANO Esta detestable pintura representa un velorio a orillas del Jordán. Pocas veces la torpeza de un pintor pudo aludir con más abyección a las esperanzas del mundo en un Mesías que brilla por su ausencia; ausente del cuadro que es el mundo, brilla horriblemente en el obsceno bostezo del sarcófago de mármol, mientras el ángel encargado de proclamar la resurrección de su carne patibularia espera inobjetable que se cumplan los signos. No será necesario explicar que el ángel es la figura desnuda, prostituyéndose en su gordura maravillosa, y que se ha disfrazado de Magdalena, irrisión de irrisiones a la hora en que la verdadera Magdalena avanza por el camino (donde en cambio crece la venenosa blasfemia de dos conejos). El niño que mete la mano en el sarcófago es Lutero, o sea, el diablo. De la figura vestida se ha dicho que representa la Gloria en el momento de anunciar que todas las ambiciones humanas caben en una jofaina; pero está mal pintada y mueve a pensar en un artificio de jazmines o un relámpago de sémola. La dama del unicornio por RAFAEL Saint-Simon creyó ver en este retrato una confesión herética. El unicornio, el narval, la obscena perla del medallón que pretende ser una pera, y la mirada de Maddalena Strozzi fija terriblemente en un punto donde habría fustigamientos o posturas lascivas: Rafael Sanzio mintió aquí su más terrible verdad. El intenso color verde de la cara del personaje se atribuyó mucho tiempo a la gangrena o al soísticio de primavera. El unicornio, animal fálico, la habría contaminado: en su cuerpo duermen los pecados del mundo. Después se vio que bastaba levantar las falsas capas de pintura puestas por los tres enconados enemigos de Rafael: Carlos Hog, Vincent Grosjean, llamado «Mármol», y Rubens el Viejo. La primera capa era verde, la segunda verde, la tercera blanca. No es difícil atisbar aquí el triple símbolo de la falena letal, que a su cuerpo cadavérico une las alas que la confunden con las hojas de la rosa. Cuántas veces Maddalena Strozzi cortó una rosa blanca y la sintió gemir entre sus dedos, retorcerse y gemir débilmente como una pequeña mandrágora o uno de esos lagartos que cantan como las liras cuando se les muestra un espejo. Y ya era tarde y la falena la habría picado: Rafael lo supo y la sintió morirse. Para pintarla con verdad agregó el unicornio, símbolo de castidad, cordero y narval a la vez, que bebe de la mano de una virgen. Pero pintaba a la falena en su imagen, y este unicornio mata a su dueña, penetra en su seno majestuoso con el cuerno labrado de impudicia, repite la operación de todos los principios. Lo que esta mujer sostiene en sus manos es la copa misteriosa de la que hemos bebido sin saber, la sed que hemos calmado por otras bocas, el vino rojo y lechoso de donde salen las estrellas, los gusanos y las estaciones ferroviarias. Retrato de Enrique VIII de Inglaterra por HOLBEIN Se ha querido ver en este cuadro una cacería de elefantes, un mapa de Rusia, la constelación de la Lira, el retrato de un papa disfrazado de Enrique VIII, una tormenta en el mar de los Sargazos, o ese pólipo dorado que crece en las latitudes de java y que bajo la influencia del limón estornuda levemente y sucumbe con un pequeño soplido. Cada una de estas interpretaciones es exacta atendiendo a la configuración general de la pintura, tanto si se la mira en el orden en que está colgada como cabeza abajo o de costado. Las diferencias son reductibles a detalles; queda el centro que es ORO, el número SIETE, la OSTRA observable en las partes sombrero-cordón, con la PERLA-cabeza (centro irradiante de las perlas del traje o país central) y el GRITO general absolutamente verde que brota del conjunto. Hágase la sencilla experiencia de ir a Roma y apoyar la mano sobre el corazón del rey, y se comprenderá la génesis del mar. Menos difícil aún es acercarle una vela encendida a la altura de los ojos; entonces se verá que eso no es una cara y que la luna, enceguecida de simultaneidad, corre por un fondo de ruedecillas y cojinetes transparentes, decapitada en el recuerdo de las hagiografías. No yerta aquel que ve en esta petrificación tempestuosa un combate de leopardos. Pero también hay lentas dagas de marfil, pajes que se consumen de tedio en largas galerías, y un diálogo sinuoso entre la lepra y las alabardas. El reino del hombre es una página de historial, pero él no lo sabe y juega displicente con guantes y cervatillos. Este hombre que te mira vuelve del infierno; aléjate del cuadro y lo verás sonreír poco a poco, porque está hueco, está relleno de aire, atrás lo sostienen unas manos secas, como una figura de barajas cuando se empieza a levantar el castillo y todo tiembla. Y su moraleja es así: «No hay tercera dimensión, la tierra es Plana, el hombre repta. ¡Aleluya! ». Quizá sea el diablo quien dice estas cosas, y quizá tú las crees porque te las dice un rey. Instrucciones para Matar Hormigas en Roma Las hormigas se comerán a Roma, está dicho. Entre las lajas andan; loba, ¿qué carrera de piedras preciosas te secciona la garganta? Por algún lado salen las aguas de las fuentes, las pizarras vivas, los camafeos temblorosos que en plena noche mascullan la historia, las dinastías y las conmemoraciones. Habría que encontrar el corazón que hace latir las fuentes para precaverlo de las hormigas, y organizar en esta ciudad de sangre crecida, de cornucopias erizadas como manos de ciego, un rito de salvación para que el futuro se lime los dientes en los montes, se arrastre manso y sin fuerza, completamente sin hormigas. Primero buscaremos la orientación de las fuentes, lo cual es fácil porque en los mapas de colores, en las plantas monumentales, las fuentes tienen también surtidores y cascadas color celeste, solamente hay que buscarlas bien y envolverlas en un recinto de lápiz azul, no de rojo, pues un buen mapa de Roma es rojo como Roma. Sobre el rojo de Roma el lápiz azul marcará un recinto violeta alrededor de cada fuente, y ahora estamos seguros de que las tenemos todas y que conocemos el follaje de las aguas. Más difícil, más recogido y silencioso es el menester de horadar la piedra opaca bajo la cual serpentean las venas de mercurio, entender a fuerza de paciencia la cifra de cada fuente, guardar en noches de luna penetrante una vigilia enamorada junto a los vasos impereiales, hasta que de tanto susurro verde, de tanto gorgotear como de flores, vayan naciendo las diercciones, las confluencias, las otras calles, las vivas. Y sin dormir seguirlas, con varas de avellano en forma de horqueta, de triángulo, con dos varillas en cada mano, con una sola sostenida entre los dedos flojos, pero todo esto invisible a los carabineros y a la población amablemente recelosa, andar por el Quirinal, subir al Campodoglio, correr a gritos por el Pincio, aterrar con una aparición inmóvil como un globo de fuego el orden de la Piazza della Essedra, y así extraer de los sordos metales del suelo la nomenclatura de los ríos subterráneos. Y no pedir ayuda a nadie, nunca. Después se irá viendo cómo en esta mano de mármol desollado las venas vagan armoniosas, por placer de aguas, por artificio de juego, hasta poco a poco acercarse, confluir, enlazarse, crecer a arterias, derramarse duras en la plaza central donde palpita el tambor de vidrio líquido, la raíz de copas pálidas, el caballo profundo. Y ya sabremos dónde está, en qué napa de bóvedas calcáreas, entre menudos esqueletos de lémur, bate su tiempo el corazón del agua. Costará saberlo, pero se sabrá. Entonces mataremos las hormigas que codician las fuentes, calcinaremos las galerías que esos mineros horribles tejen para acercarse a la vida secreta de Roma. Mataremos las hormigas con sólo llegar antes a la fuente central. Y nos iremos en un tren nocturno huyendo de lamias vengadoras, oscuramente felices, confundidos con soldados y con monjas. Instrucciones para Subir una Escalera Nadie habrá dejado de observar que con frequencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situá un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de transladar de una planta baja a un primer piso. Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie). Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso. Preámbulo a las Instrucciones para Dar Cuerda al Reloj Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. Instrucciones para Dar Cuerda al Reloj Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa. F I N

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