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Primer post: 29 abr 2011Último post: 29 abr 2012
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Un cúmulo estelar dentro de otro cúmulo
Un cúmulo estelar dentro de otro cúmulo
Ciencia EducacionporAnónimo4/29/2012

En esta nueva imagen, obtenida por el Wide Field Imager (instalado en el telescopio de 2,2 metros MPG/ESO, en el Observatorio de La Silla, en Chile), puede verse el cúmulo estelar NGC 6604. A menudo pierde protagonismo debido a su vecina, más prominente: la Nebulosa del Águila (también conocida como Messier 16), que se encuentra relativamente cerca. Pero en los márgenes de esta imagen, que sitúa al cúmulo estelar en un paisaje rodeado de nubes de gas y polvo, puede apreciarse cuán hermoso es este objeto. NGC 6604 es el brillante grupo que se encuentra hacia la parte superior izquierda de la imagen. Es un joven cúmulo estelar que conforma la parte más densa de una asociación más amplia y extensa que contiene alrededor de cien estrellas brillantes de color azul-blanco. La imagen también muestra la nebulosa asociada al cúmulo — una nube brillante de hidrógeno denominada Sh2-54 — y nubes de polvo. NGC 6604 se encuentra a unos 5.500 años luz de la Tierra, en la constelación de Serpens (La serpiente) y está situada a unos dos grados al norte de la Nebulosa del Águila. Las estrellas brillantes pueden verse fácilmente con un telescopio pequeño y fueron catalogadas por primera vez por William Herschel en 1784. Sin embargo, la débil nube de gas pasó desapercibida hasta los años 50 del siglo pasado, cuando fue catalogada por Stewart Sharpless a partir de fotografías del Atlas National Geographic–Palomar Sky. Las estrellas calientes y jóvenes del cúmulo ayudan a la formación de una nueva generación de estrellas en NGC 6604. Lo hacen gracias a sus fuertes vientos estelares y a su radiación, acumulando material para su formación en una región compacta. Esta segunda generación de estrellas sustituirá rápidamente a la generación anterior; a pesar de que las estrellas jóvenes más brillantes son masivas, consumen su combustible de manera rápida y viven poco tiempo. Al margen de la estética, hay otras razones por las cuales NGC 6604 atrae la atención de los astrónomos, ya que de él emana una extraña columna de gas caliente ionizado. Se han detectado columnas similares de gas caliente en otras partes de la Vía Láctea y en otras galaxias espirales, columnas que canalizan el material que emana de las estrellas jóvenes del cúmulo, pero el ejemplo en NGC 6604 está relativamente cerca, lo que permite a los astrónomos estudiarlo en detalle. Esta columna en particular (a menudo denominada “chimenea” por los astrónomos) es perpendicular al plano galáctico y se extiende hasta la increíble longitud de 650 años luz. Los astrónomos piensan que las estrellas calientes que contiene NGC 6604 son responsables de la producción de la chimenea, pero se necesitan más datos para comprender en toda su complejidad estas estructuras tan poco comunes.

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Lagos efímeros en Titán y en la Tierra
Lagos efímeros en Titán y en la Tierra
Ciencia EducacionporAnónimo4/29/2012

Las observaciones realizadas por la sonda Cassini muestran que una región de la luna Titán de Saturno es muy similar al Salar de Etosha, en Namibia. Los dos son lagos efímeros – grandes depresiones de poca profundidad que no siempre están llenas. El Lago Ontario es el mayor lago del hemisferio sur de Titán, la mayor luna de Saturno. Es un poco más pequeño que su tocayo, el Lago Ontario de Norteamérica, pero completamente diferente en muchos otros aspectos. El lago de Titán está lleno de hidrocarburos líquidos, en vez de agua, y su profundidad máxima es de tan sólo unos pocos metros. Este lago se encuentra en una cuenca sedimentaria, rodeado por pequeñas cadenas montañosas. Un reciente estudio indica que las características orográficas y las condiciones climatológicas de su entorno son muy similares a las de las regiones semiáridas de la Tierra, tales como los salares del sur de África. Estas observaciones fueron realizadas por la sonda Cassini, parte de la misión Cassini-Huygens de la NASA, la ESA y la Agencia Espacial Italiana al sistema de Saturno. Hasta ahora se pensaba que el Lago Ontario estaba permanentemente lleno de metano, etano y propano líquidos, pero estas nuevas observaciones, publicadas en la revista Icarus, sugieren que no siempre es así. Al combinar los datos recogidos por los instrumentos ópticos, espectroscópicos y radar de Cassini en dos observaciones del Lago Ontario, el equipo de científicos dirigido por Thomas Cornet, de la Universidad de Nantes, Francia, descubrió una serie de surcos en el lecho del lago, en la orilla sur de la depresión. Estos canales permanecieron visibles entre diciembre de 2007 y enero de 2010. “Llegamos a la conclusión de que el fondo del Lago Ontario había quedado al descubierto en esa zona”, explica Cornet. Por otra parte, las imágenes enviadas por Cassini muestran una acumulación de sedimentos alrededor del Lago Ontario, lo que indica que el nivel de hidrocarburos descendió recientemente. Este fenómeno es similar al que se puede observar en los lagos efímeros de la Tierra. Los investigadores sugieren que este lago de Titán guarda grandes similitudes con el Salar de Etosha, en Namibia. Durante la temporada de lluvias, este lecho salino queda cubierto por una fina capa de agua, procedente de un acuífero subterráneo, que termina evaporándose dejando una marca de sedimentos que indica hasta dónde llegó el nivel del agua. Cornet y su equipo piensan que el Lago Ontario también podría estar alimentado por un cauce subterráneo de hidrocarburos, que en ocasiones se desborda inundando la depresión, para luego volver a secarse. Aparte de la Tierra, Titán es el otro único cuerpo del Sistema Solar capaz de mantener líquidos de forma estable en su superficie. Similar al ciclo del agua de la Tierra, Titán cuenta con su propio ciclo de hidrocarburos, basado en el intercambio de hidrógeno, carbono y nitrógeno entre su atmósfera, la superficie y el subsuelo. Los lagos de Titán son una parte esencial de este proceso.

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Sobre la viveza criolla
OfftopicporAnónimo4/29/2011

Canelones I. A las bromas telefónicas las llamábamos ‘cachadas’ y eran tan antiguas como el teléfono. Había una gran variedad de métodos, pero casi todos tenían como objeto molestar a un interlocutor desprevenido; sacarlo de las casillas, desubicarlo. Con el Chiri nos convertimos en expertos cuando promediábamos el secundario. Éramos magos al teléfono. Pero entonces ocurrió una desventura que nos obligó a abandonar el profesionalismo. Una historia que aún hoy nos recuerda que llevamos la maldad dentro del cuerpo. Empezamos, como todo el mundo, siendo niños. Cuando los teléfonos eran negros, a disco y del Estado. Las primeras cachadas infantiles siempre tienen como víctima a personas que se apellidan Gallo (nadie sabe por qué, pero es así). En la guía telefónica de Mercedes había nueve y los llamábamos a todos, uno por uno. —Hola, ¿con lo de Gallo? —Sí —decían del otro lado. —¿Está Remigio? —Acá no vive ningún Remigio. —Disculpe, entonces me equivoqué de gallinero —y cortábamos, muertos de la risa. Existían docenas de estas bromas básicas, y siempre nos las copiábamos de hermanos mayores o primos que ya se dedicaban a otras más elaboradas. Como se comprende, las primeras incursiones en el oficio buscaban sólo la propia risa: una carcajada limpia que no causaba grandes molestias a la víctima. Ah, ojalá nos hubiésemos quedado en ese punto muerto de la infancia, donde no existen la maldad y la culpa. Pero no: debíamos avanzar, y avanzamos. En los pueblos chicos siempre circulan rumores, informaciones y datos sobre la existencia de vecinos propicios a las cachadas. Vecinos a los que llamábamos ‘chinches’. Se trataba de una clase de señor mayor que, ante una broma telefónica, desataba toda la fuerza de su ira y era incapaz de colgar el teléfono. Alrededor de los diez o doce años, nos llegó una información de primera mano: había que llamar al señor Toledo y decir la palabra clave. —Hola, ¿hablo con lo de Toledo? —Sí. —¿Está “cornetita”? Ésa era la contraseña para que el señor Toledo, que tenía la voz aguda y estridente, comenzara a insultarnos con frases llenas de palabras groseras, resoplidos desopilantes y desenfrenados neologismos. Nos poníamos el Chiri y yo en el mismo auricular e imaginábamos a Toledo en su casa, en calzoncillos, con los cachetes de color borravino y sacando humo por las orejas. Cuando, a los diez minutos, su diatriba perdía la fuerza y sus pulmones el aire, sólo era necesario decir “pero no se enoje, cornetita” para que todo comenzara otra vez. Era el desiderátum. Pero el niño crece, y con él madura también la ambición, la estructura dramática y —aún dormida— gana forma la maldad. Con el Chiri no tardamos en aburrirnos de invisibles Gallos y Toledos, que sólo eran voces incorpóreas detrás de un cable, y nos pasamos al nivel de las cachadas en tres dimensiones, que tenían como víctimas a sujetos presenciales. A las siete de la tarde, el pelado de enfrente comenzaba a cerrar su negocio para volver a casa, sin haber vendido nada en cinco horas de aburrimiento. Nosotros podíamos verlo, resignado, desde la ventana del comedor. Cuando el pelado bajaba la persiana pesadísima del local, justo antes de poner el candado, lo llamábamos por teléfono. El pobre hombre, que no quería perder una venta, se desesperaba y abría otra vez la persiana, corría hasta el fondo del negocio y, al quinto o sexto timbre, decía jadeante: —Alfombras Pontoni, buenas tardes. Colgábamos. Al rato lo veíamos otra vez, humillado y vencido, cerrar la persiana gigante; le costaba el doble. Su vida era una mierda, se le notaba en los ojos y en la curvatura de la espalda. Entonces el pelado escuchaba otra vez el teléfono dentro del local. “Si el que ha llamado antes llama ahora, quiere una alfombra con urgencia”, pensaba el comerciante, y otra vez le bombeaba el corazón, y otra vez levantaba la persiana, otra vez corría hasta el fondo, y otra vez decía ‘alfombras Pontoni, buenas tardes’, con un hilo de voz. Colgábamos. Colgábamos siempre. Un día repetimos el truco tantas veces, pero tantas, que al enésimo llamado falso el pelado no tuvo más remedio que decir ‘alfombras Pontoni, buenas noches’. Hubiéramos seguido así hasta el final de los tiempos, pero un año después nos dimos las narices contra el futuro. Al primer llamado, el pelado Pontoni sacó del bolsillo un mamotreto con antena y dijo “hola”. Se había comprado un inalámbrico. La llegada de la tecnología, antes que amilanarnos, propició nuevos métodos de trabajo. Cuando en casa tuvimos el segundo teléfono (uno con cable, otro no) con el Chiri inventamos la telefonocomedia, que era una forma de cachada a dos voces con receptor pasivo. Consistía en llamar a cualquier número y hacer creer a la víctima que estaba interrumpiendo una charla privada. VICTIMA: —¿Hola? CHIRI (voz de mujer): —…claro, pero eso es lo que te gusta. VICTIMA: —¿Diga? HERNAN (voz masculina): —Lo que me gusta es chuparte el culo. CHIRI: —Mmmm, no me digas así que me se ponen las tetas duras. VICTIMA: —¿Quién es? HERNAN: —Yo lo que tengo dura es la poronga, (etcétera). El objetivo de este reto dramático era lograr que el interlocutor dejara de decir “hola” y se concentrara en nuestra charla obscena, como si se sintiera escondido debajo de una cama de hotel. Cuanto mejores eran nuestras tramas, más tardaba la víctima en aburrise y colgar. Fue, supongo, un gran ejercicio literario que nos serviría —en el futuro— para mantener a los lectores atrapados en la ficción de un relato. Una tarde, después de diez minutos de telefonocomedia, una de nuestras víctimas comenzó a jadear, y nos dio asco. Con dieciséis años, o diecisiete, ya podíamos considerarnos profesionales del radioteatro. Habíamos ganado en pericia escénica, en impronta y, sobre todo, en naturalidad de reflejos. El Chiri y yo faltábamos a las clases vespertinas de gimnasia y nos encerrábamos en casa con dos o tres teléfonos, un grabadorcito Sanyo y algunos elementos para generar sonidos de lluvia, de tráfico, de incendio, de ventisca. También teníamos a mano claras de huevo, por si era necesario cambiar los matices de la voz. No nos hacía falta hablar entre nosotros: nos comunicábamos con gestos y miradas, como locutores de radio detrás del vidrio. Hacíamos magia. Éramos capaces de mandar a un desconocido a la Municipalidad a buscar un impuesto inexistente, seducir a la secretaria de un médico hasta enamorarla, hacer sonar la sirena de los bomberos en el momento que se nos ocurriera y convencer al kiosquero de la 19 y 30 que estaba saliendo en directo para una radio de Luján. Nos creíamos dioses, y quizás por eso tocamos fondo en el cenit de nuestra gloria. II. Promediaba el año ochenta y ocho. Lo recuerdo porque ya usábamos relojes digitales para cronometrar nuestras hazañas. Era de noche y mis padres no estaban en casa. Hacía horas que, con el Chiri, jugábamos un juego apasionante: hacer durar a la víctima en el teléfono a cualquier precio. Cuando te convertís en un profesional de la cachada volvés a lo básico, a lo simple. El mecanismo del juego era llamar a cualquier número y sacar una conversación de la nada. El reloj corría desde el “hola” y hasta el “clic” de cierre. Esa noche Chiri llevaba una performance ideal: había logrado una conversación de 17m 12s con una señora, diciéndole que hablaba desde la tintorería. Tuvieron una charla graciosísima sobre el planchado en seco y acabaron cantando “Nostalgias” a dúo. Chiri la paseó por donde quiso, con guiños magistrales y toques de genialidad. Era imposible que yo pudiera superar esa maniobra. Tiré los dados. Me salió el 24612. Marqué el número. Chiri tenía el cronómetro en la mano y me miraba cancherito. Cuando la voz de una vieja dijo “hola” comenzó a correr el segundero. Yo había desarrollado una técnica, una marca de la casa, que sólo usaba en momentos clave. Era un sistema muy arriesgado que consistía en poner una voz masculina estándar, atónica, pausada, y provocar que la víctima adivinase mi identidad. Aquella noche, en la que sería la última cachada de mi vida, utilicé este método. —¿Quién habla? —preguntó la vieja después de mi “hola”. —Lo que faltaba —dije— ¿Ya ni de mi voz te acordás. Eso era un peón cuatro rey. La apertura clásica. Generaba del otro lado sensación de familiaridad. Siempre hay un sobrino que ha crecido y le ha cambiado la voz, o un ahijado; siempre. —No sé —dijo la vieja—. ¿Con quién quiere hablar? —¡Con vos, boludona! Jugada arriesgadísima. Yo estaba sacando la reina al medio del tablero. Muy poca gente del entorno de una vieja le dice “boludona”. Pero si quería superar el tiempo de Chiri, tenía que actuar como un kamikaze. Funcionó: —¿Daniel! —dijo ella, en ese tono intermedio entre la interrogación y la exclamación. El tono se llama “deseo”. La entonación del nombre propio me dio un millón de pistas. Daniel no era un sobrino, ni un ahijado, porque el grito de la vieja había sido estremecedor. No podía ser más que un hijo. Posiblemente, único. Y ese mismo dato me llevaba a otra cosa: el hijo vivía lejos y no era muy dado a llamar a su madre. Me tiré de cabeza: —¡Claro, mamá! ¿Quién va a ser? —¡Dani, Danielito! —sollozó la vieja, mientras Chiri, en silencio, se sacaba de la cabeza un imaginario sombrero, rendido ante mi jugada. Ahora, el tiempo corría de mi parte. Me fui a caminar con el inalámbrico, para que Chiri no intentara hacerme reír con gestos. Él se quedó escuchando desde el fijo. En cinco minutos supe que Daniel vivía en el sur (“¿y hace frío ahí?”, preguntó la vieja en pleno septiembre) y también que la relación entre ellos no había sido, en los últimos años, muy afectuosa. —Papá hubiera querido que estuvieses en su entierro. —No es fácil, mamá. Hay heridas abiertas, la vida no es tan simple. Supe que Daniel tenía una esposa, la Negra, y dos hijos. El más chico, Carlitos, no conocía a su abuela. Supe también que la ciudad en la que vivía Daniel era Comodoro Rivadavia, y que trabajaba en una fábrica de televisores. A los doce minutos de charla, cuando ya todo estaba encaminado para superar el récord del Chiri, la vieja empezó a sospechar algo, comenzó a hacer preguntas ambiguas, y debí improvisar. —¿Pero cómo es que te escucho tan cerquita, nene? —quiso saber ella, y entonces no tuve opciones. —Mamá —dije, sorprendido por mi crueldad—. Estoy acá, en la Terminal. Del otro lado escuché un silencio, y después un llanto contenido. Me di vuelta buscando los ojos de Chiri, que me miraba pálido. No sonreía. Yo sentí, por dentro, la pulsión de la maldad. La sentí por primera vez en la vida. Estaba en el estómago, en el pito y en el cerebro al mismo tiempo, como una santísima trinidad diabólica. Con un gesto, le pregunté a Chiri qué tiempo llevaba. 16 minutos. —No llores, viejita —dije. —¿Habías venido ya otras veces a Mercedes? —me preguntó con la voz rota— A veces sueño que venís, de noche, y que no pasás por casa… —No. No, no… Es la primera vez que vengo, te lo juro. Pero no quería aparecer así, de golpe. Por eso te llamé. —¡Hijo! —gritó ella, desgarrada— ¡Colgá y apurate, vení, vení! Casi 17 minutos, hacía falta algo más. Cuando supe lo que iba a decir, mi puño izquierdo se cerró. Ahora creo que la maldad ya me había invadido. Creo que no era yo el que hablaba. Eso que no sabemos qué es, eso que nos hace humanos y horribles, ahora estaba enquistado en mí y yo era su marioneta. —Tengo que hacer un par de cositas antes, y después voy a casa —dije—. Escucháme, mamá. ¿Me hacés canelones? Estoy muerto de hambre. —Claro, Dani. —Siempre extraño tus canelones. —Apurate, yo ahora te hago. —Un beso. —Chau, nene. Estoy toda temblando, apuráte. Y la mujer colgó. Lo miré a Chiri, que tenía la vista en el suelo. No me miraba, supongo que no podía verme a la cara. Ni siquiera se acordó de parar el cronómetro, así que tampoco supimos quién ganó. Estuvimos un rato largo en los sillones, sin decirnos nada. Media hora más tarde entendimos que en alguna parte de Mercedes había una casa, que en esa casa había una mesa, y que en esa mesa ya humeaba un plato caliente. Nuestra adolescencia, supimos entonces, duraría hasta que se enfriaran los canelones de Daniel. Fuente: Revista Orsai; Hernán Casciari | 19 de abril, 2007

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