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Primer post: 18 jul 2008Último post: 3 may 2013
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Argumento sencillo sobre la explotación Capitalista.
Argumento sencillo sobre la explotación Capitalista.
InfoporAnónimo11/3/2008

Argumento sencillo sobre la explotación Capitalista. En lo que sigue presentamos una sencilla argumentación a favor de la tesis que dice que en la sociedad capitalista el trabajo asalariado es explotado. Fue presentada por Marx (en El Capital) y aquí nos limitamos a exponerla con cierto detalle, y a establecer sus conexiones con la llamada “súper-estructura”, así como sus consecuencias polémicas para lo que usualmente se enseña en economía. El argumento no sólo es lógico, sino también histórico. Situación A: una sociedad feudal ideal Partimos de un modelo de pequeña sociedad feudal. Hay un señor feudal que posee una extensión de tierra. Esta extensión de tierras se divide en dos partes. Una parte es tierra del señor; otra parte, de igual extensión que la del señor, está ocupada por 20 familias campesinas. Cada una de las 20 familias posee un lote de tierra. Con el trabajo en el lote, cada una obtiene una unidad de cereal, que consume íntegramente, elaborando el pan. Los campesinos no son propietarios de los lotes; pero los poseen “de hecho”, así como sus herramientas de trabajo. Legalmente los lotes son propiedad del señor. Por ese motivo los campesinos están obligados a pagar un tributo al señor, que consiste en trabajar la tierra del señor; y no pueden abandonar las tierras. Propiamente, son siervos campesinos. Los siervos campesinos trabajan 6 días; 3 en sus lotes, y 3 en la tierra del señor; los domingos descansan. En la tierra del señor producen 20 unidades de cereal que, naturalmente, van para el señor. El señor y su familia consumen 7 unidades de cereal (están mejor alimentados que los campesinos). El señor utiliza otras 1,5 unidades de cereal para mantener a un intelectual, quien explica a los campesinos que el orden social deriva de la voluntad de dios, y no tiene sentido intentar cambiarlo. También emplea 7,5 unidades de cereal para alimentar a 5 soldados (los soldados también consumen un poco más que los campesinos) que cuidan que los siervos campesinos no se rebelen, y cumplan con sus obligaciones. Por último, vende las 4 unidades de cereal restantes a un comerciante que viene de lejos. Éste le provee de armas para sus soldados; de algún libro para el intelectual; y de bienes de lujo (por ejemplo, a la señora del señor feudal le encantan las sedas). Cómo se juzga: Un marxista dirá que los campesinos no reciben remuneración alguna por los 3 días semanales que trabajan en la tierra del señor. El señor se apropia de un excedente por el que no ha trabajado, y del que vive él mismo, su familia, los soldados y el intelectual. Por lo tanto los campesinos son explotados. Un intelectual economista neoclásico seguramente acordará en esto. Situación B: trabajo asalariado y capitalismo El modo de producción capitalista se ha instalado. El señor se las ha ingeniado para despojar –violencia mediante, pero esto apenas es un “detalle histórico– a los campesinos de sus lotes de tierra y sus instrumentos de trabajo. Los campesinos han dejado de ser siervos, y pasaron a ser trabajadores libres. Son libres porque han sido “liberados” de los medios de producción y de la tierra, y porque pueden contratar libremente su fuerza de trabajo. La tierra, los instrumentos de trabajo y la semilla son propiedad privada del señor. Pero éste ya no es “señor”, sino “empresario capitalista”. Los 20 campesinos trabajan toda la tierra (la que antes era del señor y la que conformaba sus lotes) y producen 40 unidades de cereal. A cambio reciben una masa salarial en dinero, que equivale a 20 unidades de cereal. Esto es, lo suficiente para que cada familia se mantenga. El empresario lleva las 40 unidades de cereal al mercado más cercano. Los campesinos concurren a ese mercado y compran 20 unidades de cereal con el salario que han recibido. Con este dinero recibido de los campesinos, el empresario paga el siguiente salario a sus trabajadores; que éstos gastarán comprando de nuevo cereal; con lo que el dinero volverá a manos del empresario, y así de seguido. El salario es así una asignación dada a los campesinos para participar del producto que ellos mismos reproducen constantemente con su trabajo. Pero además en cada ronda al empresario le queda el equivalente de 20 unidades de cereal, que realiza en dinero al vender el producto en el mercado. Ese excedente en dinero es la plusvalía. Ahora, como antes, emplea el equivalente de 7 unidades para el consumo. Le quedan 13 para impuestos y otros gastos. Paga impuestos por una suma de dinero equivalente a 9 unidades del cereal que vendió. Con esto pueden mantenerse 5 soldados y un intelectual, que están contratados por el Estado. El intelectual, que ahora es economista, explica que los campesinos reciben una paga por su trabajo, y que la ganancia se debe al sacrificio que realiza el capitalista al postergar su consumo; esto es, la ganancia proviene de su abstinencia. Después de consumir y pagar impuestos, al empresario le queda el equivalente a otras 4 unidades. Pero en lugar de gastarlo en lujos, ahora está dispuesto a invertir ese dinero productivamente, arrendando tierras vecinas y contratando más campesinos para trabajar. Ya habrá tiempo para disfrutes. Está a un paso de convertirse en una máquina dedicada a acrecentar el capital que adelanta en cada ciclo de producción. De manera que tiene razón el economista. Su ganancia es un premio por su abstinencia. Nadie se sacrifica como él por el avance del progreso humano. Su lema pasa a ser “acumular y acumular”. Cómo se juzga: Un marxista dirá que con respecto a la situación A, donde la explotación aparecía de manera diáfana, sólo se modificó la forma social, esto es, la relación social. En A los campesinos producían 20 unidades de cereal que consumían directamente; y 20 unidades de cereal que entregaban al señor. En B los trabajadores campesinos siguen produciendo 20 unidades de cereal para su consumo. Y otras 20 unidades por las que no se les paga. Ahora, como antes, los productores entregan trabajo sin recibir nada a cambio. Éste es el secreto de la plusvalía, o ganancia del capitalista. Tampoco desapareció la coerción sobre los campesinos. Antes los campesinos estaban sujetos a la tierra y eran obligados por los soldados a trabajar en la tierra del señor. Ahora son libres; pero si no trabajan como asalariados del empresario, se mueren de hambre. Por lo tanto están obligados a contratarse como asalariados. Se ve que la ganancia no proviene de que el empresario se abstenga de consumir (¿alguien ha hecho la prueba de dejar de consumir para ver si lo ahorrado crece por sí mismo?). Muy distintas serán las conclusiones del economista neoclásico moderno. Heredero de aquel viejo intelectual que teorizaba sobre la abstinencia, dirá que aquí no hay explotación alguna. Provisto de sus correspondientes funciones de utilidad y producción, explicará que lo que gana el empresario se debe al “rendimiento marginal de la tierra y del capital” (el “capital” es el arado y demás herramientas, que parecen “rendir” sin que haya trabajo humano). Y dirá también que lo que gana el campesino es igual a la productividad marginal de su trabajo. ¿Explotación? ¿Lucha de clases? ¿Relaciones sociales de producción? Palabrería marxista para confundir a los jóvenes y desviar a la ciencia de su recto camino. Queda sin embargo por responder la pregunta clave: Si no hay explotación en la sociedad capitalista, ¿qué diferencia de fondo se establece entre la situación A y B descritas? Éste es el problema a resolver por quienes impugnan la teoría de la explotación de Marx. Rolando Astarita Rolando Astarita [Blog] --

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Corrupción y capitalismo (1) - Astarita
Corrupción y capitalismo (1) - Astarita
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/3/2013

En las últimas semanas la corrupción ha vuelto al primer plano de la atención pública, a partir de las denuncias realizadas por Jorge Lanata y su equipo de “Periodismo para todos”. Como no podía ser de otra manera, las opiniones están muy polarizadas. La oposición burguesa y los críticos del gobierno sostienen que la corrupción existe y está muy extendida, y es la causa última de los altos niveles de pobreza, la falta de obras de infraestructura y otros problemas. Los K-defensores y el gobierno, por el otro lado, minimizan el problema, o desvían la discusión. Algunos afirman que la corrupción no existe, o es despreciable (“están buscando el pelo en el huevo”); otros recurren al cómodo argumento de “no hay que hacerle el juego a la derecha” o “los que denuncian son desestabilizadores golpistas”. Y están los que, más o menos en privado, justifican el robo diciendo que es necesario hacerse de fondos para “enfrentar a los grupos concentrados” (también a la oligarquía, a los golpistas, etc.); o para generar una burguesía “antiimperialista”. Así, la corrupción podría llegar a ser una palanca del desarrollo nacional. Es un abordaje opuesto al que dice que la corrupción es la principal traba al crecimiento económico. En esta nota presento algunos elementos para ayudar al análisis y la reflexión. La he dividido en dos partes. Relación histórica entre corrupción y desarrollo económico La primera cuestión a señalar es que, contra lo que sostienen muchos, no existe una relación clara entre corrupción y desarrollo económico. Éste es un punto que establece con meridiana claridad Ha-Joon Chang (2009). Sostiene que países considerados muy corruptos, han tenido un desarrollo económico más elevado que otros con menos corrupción, y viceversa. También recuerda que hubo países que se industrializaron, a la par que “su vida pública fue espectacularmente corrupta”. Por ejemplo, en Gran Bretaña y Francia la venta de cargos públicos fue una práctica corriente hasta el siglo XVIII. En Gran Bretaña los ministros normalmente tomaban fondos públicos para su beneficio personal. En Estados Unidos el nepotismo dominaba la asignación de cargos públicos. También en Gran Bretaña y EEUU las elecciones eran claramente fraudulentas. Desde el punto de vista teórico, el argumento central de Chang es que la corrupción genera transferencias de riqueza, pero esto no implica necesariamente estancamiento, ya que el desarrollo depende de si esas ganancias “sucias” se invierten, o no, en el país. Podemos decir que si bien el planteo debería matizarse -pueden existir efectos negativos que Chang no considera-, socava la idea simplista, de Lanata, Carrió y tantos otros, de que basta con eliminar la corrupción para que haya desarrollo. En Argentina, en la época del tan elogiado (por los neoliberales) “modelo agroexportador”, la corrupción y el fraude en las elecciones eran la norma. Los negociados que se hacían con la obra pública, o la apropiación de tierras por parte de la elite gobernante, no tienen nada que envidiarle a lo que hizo el menemismo, o a lo que hacen los funcionarios K. Sin embargo, Argentina creció a altas tasas, hasta 1929. Es cierto que la economía argentina estaba atrasada con respecto a los países industrializados, pero esto no se debió a la corrupción. Otros ejemplos históricos son las industrializaciones de Japón, o Corea del Sur, atravesadas permanentemente por las vinculaciones oscuras y corruptas entre los políticos a cargo del Estado, los altos funcionarios y las grandes corporaciones. También en China es famosa la burocracia roja, que se apropia de una buena tajada a partir coimas y otras formas de extorsión, así como robo y apropiación de riquezas por parte de directivos de empresas. La situación es tan grave que ha sido reconocida por el propio Partido Comunista Chino. Sólo en 2009, y de acuerdo a informes internos del partido, 106.000 funcionarios habían sido encontrados culpables de corrupción. Sin embargo, China es el país que ha tenido las más altas tasas de crecimiento en las últimas tres décadas. Agreguemos que algunos autores (véase Girling, 1997) incluso encuentran que la corrupción ha sido parcialmente funcional para el desarrollo en países como Tailandia e Indonesia, en que las estructuras políticas eran muy rígidas: aunque sin dejar de reconocer que también es fuente de distorsiones y problemas. En cuanto a Marx, tampoco otorga una importancia central a la corrupción como factor de desarrollo, o no desarrollo. En El Capital, o en otras obras centrales, no se encuentra un tratamiento de la cuestión. La idea es que la generación de la plusvalía y la acumulación del capital proceden a través de un mecanismo económico, donde la extracción de plusvalía con violencia directa está ausente (la violencia actúa como “telón de fondo”, pero la explotación es económica). De todas maneras, en repetidos pasajes del capítulo 23 del tomo 1, dedicado a la acumulación originaria, Marx se refiere al rol que tuvieron el fraude, el robo y la corrupción, en la formación de las grandes fortunas que se volcaron luego al circuito de valorización del capital. Asimismo, era consciente del elevado grado de corrupción que existía en Gran Bretaña, en el siglo XIX (véase, por ejemplo, “Corruption at Elections”, New York Daily Tribune, 4 de septiembre de 1852) y en otros países capitalistas. Todo indicaría que en su visión la corrupción constituía una transferencia de plusvalía entre fracciones de la clase dominante. Pero a lo largo de su obra, el foco está puesto en la explotación del trabajo que, por supuesto, subsiste exista o no corrupción. Por este motivo, los marxistas nunca podemos coincidir con el diagnóstico burgués, o pequeño burgués, de que la corrupción es “el” problema de la sociedad capitalista. Lo esencial es que se trata de una sociedad sustentada en la explotación; la cuestión de cómo se reparte el botín tiene una importancia secundaria. Aunque, como veremos luego, la corrupción sí puede jugar un rol importante como factor de desmoralización, desorganización y división en las filas del movimiento obrero y en las organizaciones revolucionarias (una cuestión que subrayaron Marx, Engels y Lenin). Generalidad del fenómeno La segunda cuestión que debería tenerse presente es que la corrupción K es parte de un fenómeno generalizado. Las denuncias y escándalos por corrupción se extienden por los más diversos países: Italia, Francia, Brasil, México, Corea del Sur, India. En algunos casos se habla de fortunas de miles de millones de dólares: Suharto de Indonesia, Marcos de Filipinas, Mobutu de Zaire, Collor de Mello, de Brasil, Carlos Salinas (hermano del ex presidente Salinas) de México, y otros. El Banco Mundial calcula en un billón de dólares anuales los sobornos que pagan las empresas u hogares a funcionarios gubernamentales. Esto sin contar dineros obtenidos por desfalcos, robo o mal uso de los activos estatales. Tampoco se toma en cuenta el fraude del sector privado. La Unión Europea calcula en 1,3 billones de dólares anuales los ingresos que se pierden anualmente por evasión o elusión fiscal, solamente en el área europea. También se calcula que unas 120.000 empresas y trusts están en paraísos fiscales. De acuerdo a Tax Justice Network, una organización con sede en Gran Bretaña, personas adineradas, hacia finales de 2010, ocultaban unos 32 billones de dólares en refugios offshore. Según una investigación realizada por economistas de McKinsey & Co, actualmente menos de 100.000 personas poseen activos en paraísos fiscales por 9,8 billones de dólares (datos tomados de Bloomberg). De acuerdo al Bloombergs Billionaires Index, más del 30% de las 200 personas más ricas del mundo, que poseen una riqueza colectiva por un valor neto de 2,8 billones de dólares, controlan parte de sus fortunas personales a través de alguna empresa offshore, o alguna entidad doméstica donde los activos son tenidos de manera indirecta. Además, habría que contabilizar los fondos provenientes de actividades ilícitas: de la droga, de la trata de personas, del comercio ilegal de armas, y similares. Estos flujos se blanquean a través de los circuitos financieros, nacionales o internacionales, o con empresas pantalla; alternativamente, se reinvierten en mantener, o ampliar, las actividades ilícitas. De conjunto, en 1996 el FMI estimaba que el lavado de dinero representaba entre el 2 y el 5% del PBI mundial; aunque, por su propia naturaleza, no hay forma de conocer cuánto es el monto exacto que se mueve. La misma estimación hace hoy la Oficina sobre Drogas y Crimen de las Naciones Unidas. Según otras estimaciones, realizadas a partir de audiencias tenidas por el Congreso de EEUU, a comienzos de los 2000 los bancos norteamericanos y europeos lavaban entre 500.000 millones y 1 billón de dólares anualmente, provenientes del crimen. Salida de dinero Un argumento de Chang es que la corrupción no afecta el desarrollo, siempre que quede en el país. Pero la realidad es que buena parte del dinero sale de los países atrasados. Es parte del fenómeno más general de transferencia de plusvalías y capitales desde el tercer mundo a los centros adelantados. En algunos países estas salidas representan montos importantes. Según Global Financial Integrity, un grupo con sede en Washington, en la década que va del 2001 al 2010 salieron de China fondos por un total de 2,74 billones, provenientes de la evasión fiscal, el crimen y la corrupción. Aunque una parte de este dinero, probablemente, volvió a entrar en China, una vez lavado. En 2011 el país habría perdido otros 600.000 millones de dólares. Se piensa que sólo la familia de Wen Jiabao, ex primer ministro, tiene una riqueza acumulada de 2700 millones de dólares. También de acuerdo a GFI, entre 2001 y 2010 salieron de México 476.000 millones; y de Malasia 285.000 millones. India también padece una salida endémica de dinero, del cual una parte importante es producto de ilícitos. En 2006 los bancos suizos dijeron que los indios tenían más de 1,4 billones en cuentas en sus bancos; algunos consideraban que si se agregaban las cuentas mantenidas en todos los paraísos fiscales, se llegaba a 2 o 3 billones de dólares. Pero éstos son solo algunos casos notables, porque el fenómeno es muy general. En cuanto Argentina, todo indica que buena parte del dinero proveniente de la corrupción sale del país y se integra a las tenencias de argentinos en el exterior, que algunos calculan en unos 202.000 millones de dólares. Posiblemente, solo una pequeña fracción vuelve al país. Un ejemplo sería la compra de la gráfica Ciccone por el oscuro Old Fund (no es casual que los legisladores hayan estatizado la empresa sin averiguar el origen de esos fondos). Vinculación con el capital financiero Lo anterior demuestra la íntima relación entre las llamadas “burguesías nacionales” (y los gobiernos “nacionales y populares”) con el capital financiero internacional. No sólo porque la colocación en activos financieros internacionales es un destino favorito de muchos fondos, sino también por la misma naturaleza de las operaciones involucradas en hacer “productivos” los flujos de dinero sucio. Es que entre el atesoramiento de los flujos líquidos, y su lanzamiento al circuito de acumulación, debe mediar el lavado. Como es conocido, el lavado es el proceso por el cual el dinero recibido por una acción criminal, que no ha pagado impuestos, etc., se convierte en dinero aceptable legalmente, borrando las vinculaciones con su origen. Puede realizarse al interior del país, o en el exterior, y se realiza de diversas maneras, que involucran, en diferentes grados, la colaboración del Estado y del sistema bancario. Por ejemplo, se montan negocios que mueven mucho líquido; la mafia norteamericana, por caso, operaba con restaurantes, lavanderías y similares para blanquear dinero. Naturalmente, los órganos de recaudación y fiscalización, hacen “la vista gorda”. También se lava dinero mediante la confección de facturas apócrifas. Otra forma de lavado se da cuando los gobernantes aumentan sustancialmente, año tras año, sus declaraciones patrimoniales, en la seguridad de que la Justicia no averiguará sobre el asunto, o desestimará cualquier denuncia. Apuntemos que todas estas operaciones implican sumas destinadas a actividades improductivas; desde ese punto de vista, y contra lo que afirma Chang, se trata de un factor negativo para el desarrollo de las fuerzas productivas. A su vez, cuando se trata del blanqueo en el exterior, es imprescindible la cooperación de las instituciones financieras internacionales, tanto para abrir cuentas, como para mover el dinero. Es que una de las operaciones más usuales consiste en mover el dinero muchas veces entre diferentes países y cuentas, a fin de que se pierda su rastro. Dado que en la actualidad el sistema financiero está altamente conectado, el dinero puede ser transferido a través de muchas jurisdicciones en cuestión de minutos. Los lavadores de dinero explotan la complejidad de estas interconexiones, así como las diferencias entre las leyes nacionales sobre lavado de dinero. Evidentemente, no es posible el lavado de esas siderales sumas de dinero sin el concurso de grandes bancos de las principales potencias. Al respecto, existen múltiples investigaciones y denuncias. Por ejemplo, Global Witness ha denunciado muchas veces la renuencia de los grandes bancos de EEUU a rechazar fondos sospechosos. Un caso representativo es lo sucedido con el HSBC. Según Global Witness, entre 2007 y 2008 la sucursal de México introdujo 7.000 millones de dólares en EEUU, que solo podían provenir de los negocios de la droga. En 2012 un subcomité del Senado de EEUU llegó a la conclusión de que el HSBC había permitido a lavadores de dinero, traficantes de drogas y terroristas mover sus dineros a través del sistema financiero estadounidense. La Justicia probó que por lo menos había lavado 880 millones de dólares para el cartel de Sinaloa, y fue condenado a pagar 1.900 millones de dólares en multas. Global Witness también ha dado una lista de otros bancos que operan en grandes centros financieros y hacen negocios con funcionarios corruptos de Nigeria, Angola, Turkmenistán, Liberia, Guinea Ecuatorial y República del Congo. A su vez, en 2011 un estudio realizado por las autoridades reguladoras del sistema financiero británico encontró que los bancos de Gran Bretaña sistemáticamente no realizaban los controles anti lavado, en especial cuando se trataba de cuentas sospechosas. El sistema también colabora para que capitalistas de todo el mundo estén a salvo de los impuestos de sus países. Por ejemplo, en 2011 los miembros de la Delegación Florida de la Cámara de Representantes sostuvieron que, debido a las leyes de privacidad vigentes en el país, habría depósitos de no residentes en instituciones financieras estadounidenses por unos 1,3 billones de dólares. Indudablemente, con la extensión de las relaciones mercantiles, “todo se vuelve venal y adquirible” (Marx), y afecta incluso a las almas más puras y santas: en 2012 el economista Gotti Tedeschi, al frente del banco del Vaticano (el Instituto para las Obras de la Religión), encontró que detrás de algunas de las cuentas cifradas del banco se ocultaba dinero sucio de empresarios, políticos y jefes de la mafia. Entre estos últimos, estaba Matteo Denaro, jefe de jefes de la Cosa Nostra. Como vemos, no se trata solo de los paraísos fiscales, o de Suiza. En cualquier caso, y con lo visto en este punto, se hace insostenible el argumento “nacional” de que la corrupción contribuye a las fuerzas “progresistas antiimperialistas”. Más bien parece tratarse de un intento de fracciones de burguesías atrasadas, y sus agentes y representantes, de insertarse en la mundialización financiera. Desde el punto de vista de la acumulación global, los fondos que salen del país -que no se destinan a ampliar la infraestructura productiva, la obra pública, etc.- constituyen una sangría de excedente. Acumulación “primitiva”, corrupción y la deidad del dinero La persistencia y extensión de la corrupción, y sus conexiones con el crimen, obligan a pensar en las razones del fenómeno. Como hemos señalado antes, desde el punto de vista de la teoría marxista, la explotación del trabajo y la acumulación de lo producido, no exigen, necesariamente, el fraude y la corrupción. Tampoco se puede sostener que las grandes orientaciones económicas son regidas por la corrupción, como piensa una parte del progresismo izquierdista argentino (véase aquí). Esta tesis (aunque aplicada sólo al menemismo) constituye el reverso de la que sostiene que “el” problema del país es la corrupción. Sin embargo, es un hecho que el fraude, el robo y la apropiación violenta de riqueza, jugaron y siguen jugando un papel en la acumulación. Sucedió cuando la acumulación originaria, esto es, durante la acumulación que es previa a la acumulación capitalista (caracterizada por el ciclo Dinero – Mercancía – Dinero acrecentado). Históricamente, se trató del proceso por el cual se crean las condiciones para la existencia del capital: la concentración de la propiedad de los medios de producción, y la generación de una clase de trabajadores “libres”. Y en la actualidad este proceso se repite para fracciones de la clase dominante que pueden acceder a las vías del enriquecimiento rápido. Esto ocurre a partir del dominio directo de palancas fundamentales del Estado; o por vinculación con estamentos del Estado. También cuando se desarrollan actividades en las cuales la violencia, el pillaje y el fraude juegan un rol de primer orden (y sólo se pueden desplegar en combinación o complicidad con el Estado). Es claro que ya no se trata de crear una clase de hombres libres; pero sí de apropiarse y concentrar riqueza con el fin de lanzarla al proceso de valorización. Así, los métodos de la acumulación primitiva se reproducen, parcialmente, una y otra vez, en diversos países y circunstancias. Tal vez uno de los ejemplos más claros ha sido la apropiación, por medio de la violencia, de los medios de producción “socialistas” desde fines de la década de 1980, en los territorios de la ex URSS. Las mafias en Rusia y otros territorios de la ex URSS, y el despliegue de la violencia, fueron las parteras del surgimiento de fortunas colosales, de la noche a la mañana. Se trató de una suerte de nueva “acumulación originaria”. Un dato ilustrativo es que a comienzos de los años 90 hubo, en Rusia, unos 800.000 guardias armados privados, y las mafias llegaron casi a administrar justicia y a erigirse en un “Estado” paralelo. Aunque una vez obtenido el botín, lo que se busca es legalizarlo, normalizar la situación, imponer el imperio de la ley. Esto se acompaña de la construcción de algún relato que permita justificar el robo ante los ojos de los desposeídos (algo así como el cuento del “abogado exitoso” que hizo fortuna trabajando). Algo similar ocurrió en China, como ya hemos señalado. Y en menor escala, se reproduce en muchos países capitalistas. La corrupción K, y de tantos otros regímenes, tendría este rol objetivo: permite a fracciones de las clases dominantes realizar “su” acumulación originaria. En Argentina incluso asume formas “clásicas”: la apropiación de tierras fiscales a precios viles y los negociados con la obra pública, han sido recurrentes en la historia del sistema capitalista. ¿O acaso en la época del viejo modelo agroexportador, o en la década infame, fue tan distinto? Pero también la envergadura que adquiere la corrupción debería vincularse a la extensión y profundidad de las relaciones mercantiles y capitalistas. Nunca debería perderse de vista que la sociedad capitalista tiende a la mercantilización de todas las relaciones. Por eso, en última instancia, las virtudes y la decencia, incluidos votos de parlamentarios, y sentencias judiciales, se compran y venden, como cualquier otra mercancía. Detrás de las promesas de “nos preocupamos por la gente”, está el contenido de toda política burguesa (esto es, de toda política que defiende la propiedad privada y la explotación). Y el dinero, la encarnación misma del valor y del poder social, es el centro de la atracción. “La triste esclavitud en que el dinero mantiene al burgués se trasluce claramente en el mismo lenguaje de la burguesía. Es el dinero el que da valor al hombre. … Quien tiene dinero es respetable, figura en la “mejor clase de gentes”, escribía Engels en una de sus obras juveniles (1981, p. 513). Y por la misma época Marx, inspirado en Shakespeare, anotaba que “el dinero es la deidad visible que se encarga de trocar todas las cualidades generales y humanas en lo contrario de lo que son, la confusión y la inversión general de las cosas…. el dinero es la ramera universal, la alcahueta universal de los hombres y los pueblos” (1987, p. 643). Ante esta “deidad-ramera-alchahueta” todo se sacrifica. ¿Qué importa que no se hagan obras para evitar inundaciones? ¿Qué importa que se desvíen fondos destinados a mejorar los ferrocarriles? ¿Qué importa que se utilicen subsidios para afianzar mi poder? ¿Qué me importan los muertos por inundaciones, por accidentes ferroviarios? ¿Qué me importa la gente sin trabajo ni recursos? ¿Qué me importa todo esto, si yo me enriquezco de la noche a la mañana? ¿Qué me importa si “el dinero convierte la lealtad en felonía, el amor en odio y el odio en amor, la virtud en vicio y el vicio en virtud, el siervo en señor y al señor en siervo, a la estupidez en talento y al talento en estupidez”? Ésta es la civilización burguesa “en acto”; y es la razón última de la corrupción generalizada. Textos citados: Chang, H-J, (2009): ¿Qué fue del buen Sanmaritano? Naciones ricas, políticas pobres, Bernal, UNQ y AEDA. Engels, F. (1981): “La situación de la clase obrera en Inglaterra”, Escritos de juventud, México, FCE. Girling, J. (1997): “Corruption, Capitalism and Democracy”, Londres y Nueva York, Routledge. Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI. Marx, K. (1987): “Manuscritos económico-filosóficos de 1844”, Escritos de Juventud, México, FCE. Twitter: @rolandoastarita Facebook: RolandoAstaritaBlog

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Capitalismo globalizado, imperialismo y militarismo
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/5/2012

Por Rolo Astarita A raíz de la nota sobre Corea del Norte, defensores de los regímenes stalinistas enviaron varias críticas a mis posturas en “Comentarios”. Entre ellas, hubo una que se repitió con cierta insistencia, que sostiene: a) usted plantea que la dominación colonial (también semicolonial o neocolonial) ha dejado de ser el método privilegiado de apropiarse del excedente; b) además, usted agrega que la explotación no ocurre entre países, sino entre clases, específicamente, entre el capital y el trabajo; c) por lo tanto usted no puede explicar por qué EEUU (y otras potencias) mantienen tantas bases militares desplegadas alrededor del mundo, o por qué sigue habiendo intervenciones armadas contra países. De manera que, según esta crítica, si la contradicción hoy se da entre el capital globalizado y el trabajo, el mundo es algo así como un paraíso del pacifismo burgués. El problema aquí es que se piensa que, en última instancia, la explotación del trabajo no encierra violencia. Por supuesto, Marx explicó que la explotación capitalista ocurre por medios económicos. Esto es, dado que los trabajadores no poseen los medios de producción, están obligados a intentar vender su fuerza de trabajo en el mercado. Es desde este punto de vista que la extracción del excedente, bajo el capitalismo, no opera con medios político-militares, como ocurre en otros modos de producción, donde el trabajador es obligado, por medio de la coerción extra económica, a entregar el excedente (sea bajo la forma de trabajo forzado, de tributos, etc.). En el capitalismo los trabajadores son “libres” de ser explotados por el capital o… morirse de hambre. La coacción está dada aquí por las relaciones sociales de producción, asentadas en la propiedad privada del capital. ¿Significa esto que la violencia ha desaparecido? En absoluto. El Estado es la institución que, respaldada en armas y aparatos represivos (aunque no solo en ellos), se constituye en el garante último de la propiedad de la clase capitalista. Es con este marco teórico que en “Valor, mercado mundial y globalización” defendí la vigencia de la noción de imperialismo. Transcribo entonces lo central sobre el tema: “A lo largo de este libro hemos intentado mostrar cómo la extracción de excedente se da hoy, en lo esencial, no por coerción extraeconómica, sino a través del mercado y por la generación de plusvalía. Por lo tanto, hemos planteado que el antagonismo fundamental que anida en la economía mundial es entre el capital y el trabajo. De aquí se desprende que, si con el término “imperialismo” se entiende una forma internacional de extracción del excedente basada en la coerción extraeconómica, colonial o semicolonial; o la explotación de unos países por otros, el mismo no sería aplicable a la realidad actual. De la misma manera, el término tampoco sería adecuado si se busca denotar un sistema mundial en el que fuesen inevitables las guerras entre las potencias por nuevos repartos colonialistas del mundo. ¿Significa esto que la noción de imperialismo ha perdido sentido, como afirman muchos “globalistas”? Pensamos que no, que el término conserva vigencia en la medida en que mantiene una carga crítica de la mundialización capitalista y del despliegue militar que conlleva, y si se lo adecua a la realidad del capitalismo mundializado. Es que lejos del mundo de la paz y tranquilidad que algunos auguraron a la caída del Muro de Berlín, la última década y media (aclaración: “Valor…” fue escrito en 2005) ha sido testigo de intervenciones militares, operaciones desestabilizadoras y bloqueos económicos contra regímenes que resisten “el orden mundial del capital”, y de muchos conflictos y tensiones por zonas de influencia. Cabe preguntarse entonces cuál es la razón de ser de esta violencia sistemática, si no están en juego, como sucedía a principios de siglo, el pillaje directo, la imposición de la empresa colonial y las guerras por arrebatar colonias a las potencias rivales. La respuesta que podemos dar a este interrogante es que hoy se trata de garantizar las condiciones jurídicas, políticas y sociales para que la mundialización del capital, o sea, la subsunción bajo su mando de los recursos y las fuerzas productivas planetarias, se lleve hasta las últimas consecuencias. Esto es, si la ley del valor permite la obtención sistemática de plusvalías extraordinarias, entonces está en el interés del capital “en general”, y en particular de sus fracciones más internacionalizadas y poderosas, que la competencia opere de la forma más abierta y segura. La burguesía, dueña de estos capitales altamente concentrados, necesita que el planeta se conforme como un campo de maniobra en el que se despliegue a plenitud la dialéctica de los capitales en proceso de valorización. Para esto, reclama seguridad jurídica, desmantelar toda traba al movimiento transfronteras de los capitales y el desplazamiento de todo gobierno que se interponga en esos objetivos. El capital más internacionalizado y concentrado necesita, mediante la violencia y el despliegue del aparato técnico militar más sofisticado que haya conocido la historia, garantizar las condiciones para la explotación e imponerse en la guerra de la competencia. Estados Unidos y las potencias que lo acompañaron no invadieron Grenada, Panamá o Afganistán por las riquezas que directamente pudieran existir en estos lugares, sino porque sus gobiernos o regímenes no ofrecían garantías al despliegue mundial del capital altamente concentrado. Tampoco serían las riquezas de Corea del Norte las que están en la base del hostigamiento sistemático de este país, sino su postura “fuera de órbita” frente a la globalización y el mercado mundial. El objetivo central en Irak es garantizar los derechos plenos del capital en una zona vital, dadas las reservas energéticas; socavar a largo plazo a la OPEP; y establecer regímenes que garanticen esa libertad frente a las resistencias nacionalistas. En todos los campos las empresas más poderosas luchan por imponer la fuerza de su tecnología y su capacidad financiera y comercial. Este programa ha sido expresado en múltiples ocasiones: en las reuniones anuales de Davos, en las conferencias y encuentros del FMI, del Banco Mundial, de la OMC, de la OCDE; en las reuniones y documentos de instituciones más discretas, como la Transatlantic Business Dialogue o la Business Investment Network, que agrupan a grandes corporaciones de Estados Unidos y Europa. A pesar de las diversas formulaciones, la exigencia siempre es la misma: desmantelar las reglamentaciones (ambientales, de sanidad, seguridad) y los elementos que puedan obstaculizar este despliegue. Los mercados deben funcionar a pleno para que las leyes de la concurrencia actúen también a pleno. La ideología que se enseña en las principales facultades de Economía del mundo -libre competencia, mercados walrasianos, teoría neoclásica- es funcional a este programa. Varios ítems están en liza en esta tendencia hacia la plena libertad de acción del capital. Mencionemos la reafirmación de los acuerdos sobre la propiedad intelectual; las presiones por liberalizar los intercambios agrícolas; el Acuerdo General sobre comercio en servicios; los acuerdos bilaterales de inversiones; los acuerdos también bilaterales de tratamiento impositivo. (…). Bajo la presión de los capitales globalizados se afirma la existencia de un “derecho de intervención” y el giro ideológico y político hacia la “soberanía limitada”… de los Estados más débiles. Es con este objetivo que el gobierno de Estados Unidos y sus aliados no vacilan en asesinar a cientos de miles de personas y en provocar las más terribles devastaciones y sufrimientos a muchos otros millones de seres humanos. Si en los orígenes del capitalismo fue necesario bombardear Cantón con cañoneras británicas y ocupar Hong Kong para obligar a China a abrirse al comercio externo, hoy también se está dispuesto a intervenir militarmente o presionar de la manera que sea, con el fin de que todos acaten el orden mundial regido por la ley de la valorización del capital. Fue la política aplicada frente a los sandinistas en Nicaragua o Kadhafi en Libia. Es la táctica del “garrote y la zanahoria” que también se intenta con Cuba, Corea del Norte y otros países. Esto explica por qué la intensidad de la acción imperialista y el despliegue militar no han cedido con la globalización. Sólo en las dos últimas décadas Estados Unidos intervino militarmente en Grenada, Libia, Panamá, Irak, Somalia, Haití, Afganistán, Sudán y Yugoslavia. Aun cuando en los años que siguieron a la primera Guerra del Golfo redujo sus gastos militares, estos nunca bajaron de los 250.000 millones de dólares. Y en 2004 rozaban los 500.000 millones. Es el gasto más grande en su historia. Washington ha puesto en marcha, además, un plan para desarrollar la producción de bombas atómicas de baja intensidad. Esto implica el propósito de utilizarlas efectivamente en guerras, a diferencia de lo que sucedió durante la Guerra Fría, cuando la construcción del arsenal atómico tenía un carácter disuasivo. A la vista de estos desarrollos, parece imposible coincidir con la idea de que “en la base del desarrollo y la expansión del imperio hay una idea de paz”, y que su “naturaleza” sea la paz (Hardt y Negri, Imperio, p. 152). Es desde esta perspectiva entonces que puede comprenderse y debe mantenerse, en nuestra opinión, la noción de imperialismo. Podemos definir al imperialismo como la política -y el aparato militar e institucional que la acompaña- destinada a garantizar “los derechos universales del capital”. Las instituciones internacionales (FMI, BM, BIS, OMC, OCDE, Consejo de Seguridad de la ONU), las alianzas militares -en primer lugar la OTAN- y los Estados más poderosos, conforman esta estructura que se corresponde con el capital globalizado. A ella se pliegan las burguesías de los países subdesarrollados que logran insertarse, con mayor o menor éxito, en la globalización. Este “primer corte” en la noción del imperialismo debe articularse con la determinación nacional y geopolítica. Esto significa que en este despliegue cada capital, y su Estado de referencia, buscan posicionarse de la mejor manera frente a la competencia. De ahí que, si bien comparten intereses estratégicos, cada capital intente obtener las mejores condiciones -políticas, diplomáticas- para avanzar en la explotación del trabajo. Pero en este marco se despliegan tensiones geopolíticas y choques de intereses de las potencias entre sí, y de éstas frente a los gobiernos y Estados más débiles, a favor de “sus” capitales. Los dos aspectos de la globalización, internacional y nacional, se expresan entonces en la dinámica del imperialismo hoy. El imperialismo se puede concebir así como un producto genuino de las tendencias profundas del capitalismo mundializado: tendencia a la centralización y concentración de los capitales; a la subsunción real y creciente de la mano de obra bajo su mando; a la mercantilización de todos los valores de uso y su producción bajo condiciones capitalistas; a la competencia mediante el cambio permanente de las fuerzas productivas, que provoca crisis de acumulación por caída de la tasa de ganancia. Esto exige que los Estados más poderosos actúen como “policías del mundo” en defensa de los derechos a la explotación del trabajo. Esto es tanto más necesario en la medida en que la polarización entre las clases, el disciplinamiento por medio del mercado, la competencia y las diferencias de ingresos se exacerban y provocan un aumento de las tensiones sociales a nivel mundial. Se trata entonces de un mundo en que la polarización entre el capital y el trabajo se profundiza, en que las leyes de la acumulación -y de las crisis- operan de manera más abierta y que, por lo tanto demanda una respuesta de las fuerzas del trabajo sustentada en la solidaridad internacional” (pp. 357-61). -- Fuente: Rolando Astarita

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La estatización de YPF [Rolando Astarita]
La estatización de YPF [Rolando Astarita]
Apuntes Y MonografiasporAnónimo4/21/2012

“YPF recuperada. Patria sí, colonia no”. El cartel, colgado en una avenida muy transitada del sur del Gran Buenos Aires, y firmado por el partido Comunista, resume el entusiasmo que ha despertado en la población, y en amplios sectores de la izquierda, la expropiación de parte del paquete accionario de YPF. Dado que personalmente no comparto este entusiasmo, en lo que sigue presento algunas reflexiones sobre el significado de esta medida. Mi objetivo es, en primer lugar, ubicar la estatización de YPF en tendencias que están operando a nivel mundial, y en su perspectiva histórica. En segundo término, analizar la medida en relación al “modelo K” de crecimiento. En tercer lugar, argumentar por qué no estamos ante la vuelta del estatismo anterior a las privatizaciones del 90. Esta nota se complementa con otras que he escrito sobre el capitalismo de Estado (ver aquí) . ¿Qué es una empresa capitalista de Estado? El primer punto a señalar es que se ha producido un giro bastante importante en la noción misma de qué se entiende por una empresa capitalista de Estado (en adelante, ECE). Hace algunas décadas atrás el tema parecía claro: una ECE era propiedad del Estado, y la dirigía un directorio nombrado por el Estado. En Argentina, los ejemplos típicos eran YPF, ENTEL, Aerolíneas Argentinas, y similares. Por eso, todavía a fines de los años 1980, cualquier apertura de la propiedad al capital privado era entendida como una “privatización”. Así, por ejemplo, la propuesta de Rodolfo Terragno, ministro del gobierno de Alfonsín, de que YPF, y otras ECE, salieran a bolsa y colocaran el 49% de sus stocks accionarios entre inversores privados, para que el Estado retuviera el 51%, fue considerada, lisa y llanamente, una privatización (y por muchos, una traición a la patria). Hoy, sin embargo, la compra por parte del Estado del 51% de las acciones de YPF parece habilitar para calificarla de “empresa estatal”, y saludar la medida como un acto de liberación nacional. Esto muestra entonces que en la actualidad existen diversos grados de injerencia estatal, y que los límites entre lo privado y estatal, en alguna medida, se han difuminado. Según algunos criterios, son ECE aquellas empresas en las que el Estado tiene un control significativo. La UNCTAD, por ejemplo, considera ECE a las empresas en que el Estado tiene más del 10% del paquete accionario. Por eso, y de acuerdo a este criterio, Sudáfrica tendría más empresas multinacionales estatales que China (54 contra 50), e YPF habría sido una ECE hasta 1999. Otros consideran ECE aquellas empresas que son totalmente propiedad del Estado. Es el criterio que aplica la OCDE para analizar la situación en China. Y otros solo consideran estatales a las empresas en que el Estado es propietario de más del 50% de las acciones. En definitiva, y volviendo a YPF, se la consideraría “estatal” según los criterios actuales, pero no de acuerdo a los parámetros “estatistas” anteriores a los 90. Algo así como que la “patria” que hoy reivindica el PC es una patria “al 51%” (y cotizando en bolsa, dicho sea de paso). ECE y globalización La segunda cuestión a analizar se relaciona con la idea que tienen muchos sectores de la izquierda progresista, de que el conflicto fundamental de la época está planteado en términos “Estado versus mercado”, y más precisamente, “Estado nacional versus globalización”. Según este enfoque, la acción del Estado se opone a la voracidad sin límites de los mercados y los capitales privados. Las ECE, en particular las que pertenecen a los países atrasados, pondrían vallas al hambre incesante de ganancias de las compañías transnacionales, que se despliegan a nivel planetario, arrasando con las naciones. Por lo cual la estatización de YPF sería una medida casi revolucionaria. Pero esto es lo que dice el mito, no lo que sucede. De hecho, las ECE, incluidas las de los países atrasados, son partícipes activas de la globalización. En este terreno no hay contradicción ni enfrentamiento, sino complementación. Según la UNCTAD, en 2010 había unas 650 empresas multinacionales estatales, que poseían 8500 afiliadas externas a lo largo del planeta. A pesar de representar el 1% de las empresas transnacionales, estas grandes empresas fueron responsables por el 11% de las inversiones extranjeras directas. En este universo, las ECE de los países atrasados y de las economías “en transición” tienen un peso significativo: abarcan el 56% de las transnacionales estatales. Esto nos está mostrando que estas ECE se integran perfectamente en la mundialización del mercado. No hay aquí un conflicto de fondo con el mercado y las leyes de la valorización. Las ECE de los países atrasados explotan mano de obra y participan de la extracción de plusvalía en combinación con las empresas privadas, de países adelantados y atrasados, en los más diversos países. Además, el núcleo de estas ECE está conformado por petroleras. Éstas poseen la mayor parte de las reservas mundiales: las 13 principales petroleras de países tradicionalmente considerados no imperialistas controlan el 75% de las reservas mundiales (The Economist (21/01/12). Exxon Mobil, la más grande de las que son totalmente privadas, ocupa el lugar undécimo. Las compañías estatales de Irán, Arabia Saudita, Venezuela, Kuwait, Rusia, Qatar, Irak, Unión de Emiratos Árabes, Libia, China y Nigeria figuran entre las principales propietarias de las reservas probadas de gas y petróleo. Aramco de Arabia Saudita y NIOC de Irán poseen, cada una, aproximadamente el 10% de las reservas totales. A esto habría que agregar las estatales Pemex, de México, Petrobrás de Brasil y Petronas de Malasia. Estas compañías más o menos rutinariamente hacen tratos con gobiernos y capitalistas locales, con los que acuerdan las condiciones en que realizan sus inversiones. Se trata de relaciones entre Estados y empresas capitalistas, de fuerza desigual, que negocian sus participaciones en la plusvalía generada en el negocio. Las relaciones que establecía Repsol con Argentina no eran cualitativamente distintas de las que establece Petrobrás con Argentina, o con cualquier otro país latinoamericano, o las que pudieran haber establecido los chinos si éstos hubieran terminado comprando Repsol (China habría llegado a un acuerdo con Respsol para comprar YPF, poco antes del anuncio del gobierno K). En este marco, no hay lugar para que se desarrolle un conflicto “capitalismo mundial – Estado nacional” que pudiera derivar en algún tipo de régimen burocrático estatista (los “socialismos reales”), y menos aún en la aplicación de algún programa de transición al socialismo, con que especulan algunos. No va a haber ruptura de fondo. La cuestión en perspectiva histórica Vinculados a la expropiación, por estos días circulan discursos que nos presentan una historia argentina plagada de “patriotas” y “vendepatrias”, según los funcionarios de turno hayan favorecido al capitalismo estatista, o las privatizaciones. En algunos casos habrían sido “entreguistas” en los 90, pero patriotas (o parcialmente patriotas) hoy. Así, incluso Menem, que ahora votará a favor de la expropiación, estaría por redimirse. La visión que defiendo es un poco distinta a este relato de “eternautas” y villanos. Según mi punto de vista, aquí hubo cambios de orientación que afectaron al conjunto de las clases capitalistas de los países atrasados, y que estuvieron condicionados por circunstancias históricas y sociales. Si bien hay matices y diferencias, a grandes rasgos podemos decir que durante décadas, y hasta la crisis de la industrialización por sustitución de importaciones, el Estado fue considerado una palanca para la acumulación. En los 1980 y 1990 el giro privatista fue generalizado Y ahora estaríamos en una fase en la que se acepta como “normal” la participación de las ECE en la mundialización, pero con diferencias marcadas con respecto a la anterior etapa “estatista”. Aunque con virajes más abruptos, la suerte de YPF tuvo que ver con estos derroteros. Recordemos que históricamente las empresas estatales cumplieron un rol en la consolidación de capitalismo locales en América Latina y otras regiones del tercer mundo. Es que en estos países el capitalismo privado no estaba en posición de establecer empresas capaces de asumir las inversiones necesarias en infraestructura, energía y similares. De ahí que la clase dominante apelara a las palancas del Estado. Marx decía que en tanto el capitalismo es débil, utiliza las “muletas” del Estado, y que las deja cuando se siente lo suficientemente poderoso. Más en general, y contra lo que dice el relato neoliberal, la realidad es que los mercados nacionales nunca se construyeron espontáneamente. Desde que el capitalismo es capitalismo, siempre hubo participación del Estado en la economía, y esto se aplica a los países atrasados. La vasta red de empresas estatales, y de intervencionismo estatal, al menos en América Latina y en muchos países de Asia, tuvo su razón, histórica y social, en la necesidad de crear condiciones para la acumulación del capital, e impulsarla. Esto explica que en Argentina, por ejemplo, tanto gobiernos conservadores, nacionalistas, como progresistas, hayan promovido empresas como YPF, las telefónicas, los ferrocarriles o la energía nuclear. Por otra parte, en este largo período, hubo también fases de mayor participación privada. En lo que respecta al petróleo, se pueden señalar los acuerdos de Perón con la Standard Oil, a principios de los 50, luego los contratos petroleros de Frondizi, y más tarde el plan Houston, aplicado por Alfonsín. Lo importante es que estos vaivenes eran la expresión de un problema más profundo, que consistía en que las empresas del Estado, al permanecer relativamente al margen de la “disciplina” que impone la ley del valor, y de la valorización, en muchos casos se descapitalizaban, y terminaron enfrentando crecientes dificultades. La historia de YPF es ilustrativa. Por ejemplo, bajo la dictadura 1976-83 la obligaron a endeudarse (y no para realizar inversiones), y posteriormente le impidieron tomar seguros de cambio. Como resultado, en 1983 YPF estaba fuertemente endeudada. Además, se privatizaron muchos servicios periféricos, lo cual dio pie al negocio de contratistas, que hicieron fortunas a costa de YPF. En otras ocasiones, se dispuso una política de precios ruinosa para la empresa, con el objetivo de “anclar” la inflación. También se la obligaba a comprar a empresas nacionales insumos a un precio muy superior al internacional; era transferencia de plusvalía para grupos locales. En definitiva, el capitalismo estatal no fue un canto a “la defensa de la patria”, como ahora se lo quiere presentar. Dio lugar a muchos negocios, que favorecieron a determinadas fracciones de la clase dominante. Esta situación terminaría de hacer crisis, en Argentina, hacia finales de los 80 y principios de los 90. Privatizaciones y la ley del mercado La agravación de los déficits fiscales, el peso de las deudas, el reconocimiento de que en muchas empresas estatales estaban tecnológicamente atrasadas, y la circunstancia de que los capitales locales enfrentaban una creciente presión del mercado mundial, generaron las condiciones para el viraje hacia las privatizaciones. En los años 1980 esta presión aumentó con la caída de la URSS y de los “socialismos realmente existentes”. La decadencia de muchas ECE, palpable a fines de los 80, creó el clima para que las privatizaciones fueran aceptadas por la población. YPF, en particular, estaba descapitalizada, tenía baja productividad y ya se había avanzado en su desarticulación. En esta coyuntura se impuso entonces el “no hay alternativa al mercado”, y se desató la ola de privatizaciones, con el apoyo mayoritario de los capitalismos locales. A mediados de los 90 el Banco Mundial calculaba que se habían privatizado unas 15.000 empresas estatales. Como en otras partes, en Argentina las privatizaciones también tuvieron el beneplácito de prácticamente toda la clase dominante. Había discrepancias en cuanto a las formas (el plan de Terragno y Alfonsín no era el mismo que el de Menem), pero no en contenido. Los capitales exigían que todos los sectores productivos se sometieran a la ley del valor, y las privatizaciones se visualizaban como la vía más rápida y expeditiva para lograrlo. De ahí la ferocidad con que se despidieron trabajadores, se anularon beneficios sociales, se dejaron pueblos enteros en la desolación. Cuando Menem, con el apoyo de los Kirchner, y de tantos “patriotas” de hoy, impulsaba las privatizaciones, estaban respondiendo a intereses de clase bien definidos. Hubo apoyo del Congreso, de cámaras empresarias, de los grandes medios y, por supuesto, de los organismos internacionales. En estas operaciones participaron capitales privados, nacionales y extranjeros, asociados de las más diversas formas. Compraron a precio de liquidación los activos, e hicieron fortunas con su posterior valorización. No hubo una “imposición” colonial para que actuaran de la manera que actuaron. Es hora de terminar con ese cuento, la burguesía argentina y sus gobernantes no son “oprimidos”. Son explotadores, que reclaman lo suyo de la manera que más les conviene en cada coyuntura. La venta de las acciones de YPF de 1999 también evidencia que las relaciones entre el capital extranjero y el Estado argentino fueron de naturaleza puramente “capitalista”. Y el tema tiene trascendencia, porque de alguna manera estableció, al menos parcialmente, las condiciones que regirían en los 2000. Es que en 1999 el gobierno argentino aceptó que Repsol comprara las acciones de YPF endeudándose. En consecuencia, Repsol estaba casi obligada a tener una política de alta distribución de utilidades, y baja inversión, porque debía pagar a sus acreedores internacionales. Para adquirir la empresa, Repsol ofreció 45 dólares por acción, cuando estaban a 33 dólares. Sin embargo, en ese momento los precios del petróleo estaban deprimidos. De manera que se quedó con YPF por poco dinero (1600 millones de dólares), y la empresa pasó a ser el apéndice de un grupo trasnacional. A su vez, el ingreso de eso dólares le permitió al Estado cubrir el déficit fiscal. Muchos de los que hoy hablan de la estatización de YPF como de un acto de liberación nacional, aplaudieron a rabiar esa venta. Petróleo y modelo K Repetidas veces se ha señalado que YPF invirtió poco, con la consecuencia de la baja de la producción y de las reservas; estas últimas cayeron 18% entre 1998 y 2010. El año pasado el país debió importar petróleo y gas por más de 9.000 millones, y en 2012 la cuenta sería más pesada. Esta es la razón por la cual el gobierno terminó optando por la expropiación. Pero la caída de la inversión en petróleo y gas debe inscribirse en la dinámica del “modelo productivo K”. Como hemos señalado en otras notas (aquí; también en Economía política de la dependencia y el subdesarrollo) una característica del “crecimiento sustentado en el tipo de cambio alto” que promovieron los gobiernos K fue la caída relativa de la inversión en infraestructura, y no sólo energética. El caso del transporte ferroviario, que se puso bajo la luz a raíz de la tragedia de Once, es también parte del mismo fenómeno (ver aquí). En buena medida la renta agraria y petrolera (y ahora la minera, en crecimiento) no se ha reinvertido en ampliar la matriz productiva. Por diversos canales, una parte ha ido al exterior (los giros de utilidades de Repsol son solo parte del problema); otra se ha canalizado hacia la inversión inmobiliaria; y hacia el gasto corriente del Estado. En este último respecto, las provincias, reciben, en promedio, el 12% de lo facturado por las empresas; y el Estado nacional se hace de otra parte de la renta petrolera, por medio de las retenciones. Globalmente, la diferencia entre el precio internacional del barril y 42 dólares queda en manos del Estado. Cuando desde distintos sectores, tanto de la derecha como de la izquierda, se señalaba que el proceso de acumulación era estructuralmente débil, la respuesta de los K-defensores era que no había por qué preocuparse, ya que estimulando el consumo (y el Estado jugaba un rol en esto), la inversión se daría casi automáticamente. Pero la realidad no confirmó el K-diagnóstico; y no pudo seguir ocultándose. En el área del petróleo y gas la debilidad de inversión tiene efectos catastróficos. Es que a medida que se agotan los pozos en existencia, es necesario realizar fuertes inversiones en exploración y también, por supuesto, en la puesta en funcionamiento de los yacimientos encontrados. Para desarrollar la producción de Vaca Muerta, en Neuquén (contiene grandes reservas de gas), sería necesaria, según los especialistas, una inversión de unos 5.000 millones de dólares anuales, durante una década. Pero no solo Repsol no invirtió (o invirtió poco), sino tampoco lo hicieron las otras compañías que tienen áreas concesionadas. Después de todo, YPF maneja solo el 34% de la producción, y la caída de las reservas es generalizada. Lo cual indicaría que en todos lados tendió a prevalecer la mecánica de sacar la máxima ganancia con la mínima inversión, cuando no una lógica puramente especulativa. Como se ha señalado repetidas veces, el grupo Petersen entró a YPF, en 2007, comprando primero el 10% de las acciones, y luego otro 15%, prácticamente sin poner un dólar. Simplemente tomó préstamos de un sindicato de bancos, con la promesa de devolverlos con las utilidades que reportaría YPF. Los españoles aceptaron porque en contrapartida el gobierno permitiría subir los precios (cosa que sucedió). Pero entonces Repsol profundizó la política de girar dividendos a sus accionistas. No solo se repartieron todas las utilidades, sino también reservas contables por 850 millones de dólares. En esencia, era la misma operatoria de 1999, cuando Repsol compraba la tenencia accionaria del Estado tomando créditos. Todo esto se hizo con el visto bueno del gobierno nacional. El acuerdo entre Respsol y Petersen fue aprobado por Guillermo Moreno. Los balances de Repsol fueron aceptados por el representante del Estado en el directorio. El movimiento nacional y popular K, a todo esto, se rompía en elogios por la “argentinización” de YPF. Pero se trataba de un vaciamiento, liso y llano. Y fue una operación realizada con el pleno acuerdo de un Estado soberano. Aquí hubo fabulosos negociados de capitalistas de todos los colores y nacionalidades. Un festín de plusvalía que se reparte a dentelladas entre lobos. Luego, y aprovechando su carácter multinacional, Repsol apuró la transferencias de utilidades y, en los últimos tiempos, buscó salir de Argentina definitivamente. El repaso de las concesiones de explotación que adjudicaron las provincias en los últimos seis años arroja el mismo resultado: hubo una lógica especulativa, casi de saqueo. De las 190 áreas que se concedieron, 87 correspondieron a grupos económicos que no tenían la menor relación con el petróleo (pero sí con el gobierno). Lázaro Baez, Vila y Manzano y Raúl Moneta (Cristóbal López también recibió áreas). Todo indica que estos personajes se metieron en el asunto para obtener ganancias especulativas. Ninguno se preocupó por la inversión productiva. Agreguemos todavía que Enarsa, la empresa estatal creada por los K, posee desde hace años el monopolio de la exploración en el mar argentino. Pero prácticamente no invirtió un dólar en ello. Aunque sí se dedicó a importar gas (metiendo al amigo Cirigliano, de paso). A esto todo esto, en fin, se le llama “el modelo productivo”. El nuevo escenario, capitalismo de Estado y globalización Luego de la etapa estatista y de la fiebre privatizadora de los 90, en los últimos años ha tendido a estabilizarse un nuevo capitalismo de Estado que, como vimos, participa activamente en la mundialización. Miles de empresas que antes eran estatales se privatizaron, pero algunas estatales adquirieron dimensiones de gigantes transnacionales, y como tales son aceptadas por el capital en general. Se pueden discutir detalles y aspectos de su funcionamiento, pero prácticamente nadie duda de que son parte integrante del modo de producción capitalista. Organismos como el Banco Mundial hoy reconocen su “aporte”. Lo más significativo, para lo que nos ocupa, es que en su inmensa mayoría se rigen más y más por las leyes de la valorización que le caben a cualquier capital. Esto es, sean estatales o privadas, todas las unidades productivas se sostienen en la explotación del trabajo. Las recomendaciones de la OCDE para el “buen gobierno” de las ECE expresan esta necesidad. Según la OCDE, el Estado no debe interferir en la marcha de la empresa estatal, ni involucrarse en el día a día de su gestión. Debe separar su función en cuanto regulador del mercado, de su rol de propietario, a fin de no “distorsionar la competencia”. Tiene que permitir que los consejos de directorios de las ECE actúen con independencia; el ejercicio de sus derechos de propiedad debe estar claramente identificado. Las ECE deben aceptar auditorías externas y la inspección de los órganos de control estatal específicos. Tienen que disponer esquemas de remuneración que acerque personal de conducción capacitado. El Estado y las ECE deben reconocer los derechos de todos los accionistas, y que éstos reciban un trato igualitario. Es necesaria una política de transparencia e información plena a los accionistas. Los directores deben ser plenamente responsables por el desempeño de las ECE. Y si se admiten representaciones de los trabajadores en los directorios, las mismas deben contribuir a la buena marcha de la empresa. Las ECE cada vez cumplen más estrechamente con estas pautas. Además, son regidas por directores que se entrenan en las mismas escuelas de negocios que entrenan al personal jerárquico de las privadas. La valorización y los balances son puestos bajo escrutinio de los inversores, que “votan” en las bolsas de valores. Estamos muy lejos del viejo estatismo vinculado a la industrialización por sustitución de importaciones. Los nuevos criterios para definir qué es una ECE, y las ambigüedades que surgen al tratar de establecer los límites entre lo privado y lo estatal, tienen que ver con este giro. Es en este marco en el que debería analizarse a la “estatizada” YPF y sus perspectivas. Naturalmente, en lo inmediato va a haber fuertes tensiones y disputas por el precio a pagar al grupo español (en el cual también está implicada Pemex). Pero por encima de esto, el gobierno intentará renegociar con el capital internacional. La propia burguesía argentina lo está pidiendo. El gobierno ya ha solicitado a Petrobrás que aumente su participación en el mercado del 8% actual al 15%, y se apresta a iniciar conversaciones con Exxon, Conoco Phillips y Crevron. En conclusión, en medio de un clima de exaltación patriótica, es conveniente recordar que por debajo de estos giros subyace la explotación del trabajo. El conflicto no es entre “patria y colonia”, sino entre distintos grupos de explotadores. Lo que negociará el gobierno con Petrobrás, Chevron o Total son las porciones que corresponden a los respectivos explotadores, sean estatales o privados, nacionales o extranjeros. Es la “liberación nacional” de los tiempos que corren. La clase trabajadora y el pueblo no deberían depositar esperanzas en ninguna de estas fracciones. La crítica desde la perspectiva socialista, parece imprescindible. -- Rolando Astarita

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Enfoques alternativos sobre Libia (y la revolución árabe)
Enfoques alternativos sobre Libia (y la revolución árabe)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo3/4/2011

Por Rolando Astarita En las últimas semanas han circulado numerosas notas, artículos y declaraciones del campo de la izquierda, con interpretaciones de los levantamientos en Túnez, Egipto y más recientemente en Libia. A grosso modo, de la lectura de esos trabajos -muchos se pueden leer en sitios de Internet dedicados al pensamiento crítico, pero también de los partidos de izquierda- es posible distinguir dos líneas de interpretación principales. Por un lado, la que sostiene que en el mundo árabe se está desarrollando una revolución de contenido obrero y popular, que está en tren de barrer a los regímenes dictatoriales y pro-imperialistas, y podría profundizarse en un sentido socialista. Esta visión -que defienden algunos grupos trotskistas- exalta no solo los logros democráticos, sino también el “poder de las masas sublevadas” y el “avance hacia su autoorganización”, que no podrían controlar los poderes establecidos. El criterio de esta interpretación pasa por el eje “confrontación entre todas las clases dominantes, por un lado, y las masas trabajadoras y oprimidas por el otro”. La segunda corriente, mucho más extendida, interpreta el conflicto en términos del “imperialismo (y sus agentes, insertos en los países árabes) enfrentando a las naciones oprimidas, y sus gobiernos”. Dado que en “Reflexiones sobre la revolución en Egipto” me centré en el primer tipo de enfoques, en esta nota presento los argumentos por los cuales tampoco acuerdo con la segunda línea. Paralelamente ofrezco mi interpretación (que de todas maneras ya había adelantado en la nota sobre Egipto). Antes de entrar en el asunto, señalo que estas diferencias suscitan enfrentamientos enconados en la izquierda. Es que las cuestiones que se debaten están lejos de ser neutras, o “académicas”. Por caso, si Kadhafy manda disparar contra los manifestantes, unos pueden “mirar para otro lado” porque en el fondo están convencidos de que es “un mal necesario para frenar al imperialismo”; y otros denunciarán que “estamos ante el asesinato del pueblo por el dictador”. Es imposible que ante diferencias tan abismales no se exacerben los ánimos, y suban de tono los calificativos. Por eso son frecuentes acusaciones del tipo “usted objetivamente está con el enemigo”, y que el debate termine bloqueado. El problema de fondo es que estamos ante diferencias ideológicas, que se ponen al rojo vivo en una coyuntura de alta tensión de la lucha de clases . Por eso, no se trata de que haya compañeros “traidores”, o que deseen el triunfo “del enemigo”. En estas coyunturas afloran las convicciones profundas, y éstas no cambian de la noche a la mañana. Frente a esto, solo me cabe apelar a que cada cual tenga la máxima honestidad intelectual posible; y ofrecer mis propios argumentos. La interpretación “nacional” La interpretación de las rebeliones árabes en clave “nacional”, o de “imperialismo/naciones oprimidas”, ha sido planteada, de manera muy sintética, por Chávez, Castro y Ortega, y desarrollada, con matices y rectificaciones parciales, por muchos compañeros. Chávez y Castro plantearon la línea fundamental: en Libia está en juego la defensa nacional frente a un ataque encubierto del imperialismo. Y esta directriz interpretativa se extiende al resto de los procesos árabes. En este marco, el análisis pasa entonces por determinar si los dictadores o regímenes derribados, o que están siendo cuestionados, son “agentes” o “personeros” del imperialismo, o por el contrario, tienen algún rasgo de “anti-imperialismo” (por débil y vacilante que sea). La cuestión de las libertades democráticas, en esta óptica, juega un rol muy secundario, como contenido del enfrentamiento (aunque no en la superficie). Así, por ejemplo, la caída de los gobiernos en Túnez y Egipto, en principio, no ofrece problemas para muchos partidarios de la interpretación “nacional”. Es que en estos países, sostienen, habrían caído “personeros del imperialismo”, con la consecuencia de que EEUU y Europa disminuyen su presencia en la zona. Sin embargo, continúa el argumento “nacional”, el enfrentamiento en Libia sí es problemático. Es que a pesar de que en los últimos años Kadhafy se había abierto a los negocios con los capitales y gobiernos de EEUU y Europa, no es tan sencillo catalogarlo como un “personero” de Washington. Después de todo, es un amigo de la revolución venezolana, y es defendido por Fidel y Ortega. Y tradicionalmente estuvo enfrentado -durante muchos años- o semi distante -en el pasado más reciente- de las potencias occidentales. Por lo tanto, si bien la falta de democracia pudo haber alimentado la rebelión en Libia (a partir de Túnez y Egipto), el problema central en este país, sostiene el argumento “nacional” es que EEUU está operando para quedarse con todo. La gente pobre y los trabajadores que están luchando contra Kadhafy, y apoyan a la rebelde Coalición Nacional Libia, si bien tienen legítimas aspiraciones a la democracia, están siendo manipulados por los agentes infiltrados del imperialismo. La democracia es la forma bajo la cual se avanzan los intereses del imperialismo, y sus agentes. El contenido, definido por el propósito oculto, es el intento del imperialismo de apoderarse de las riquezas de Libia. Los trabajadores y los pobres son instrumentados por líderes que quieren imponer un gobierno títere de EEUU y Europa. Este es el núcleo del discurso “nacional centrado” en relación al Libia. Dentro de este esquema general, hay por supuesto matices. Por ejemplo, algunos no derivan de lo anterior la necesidad de apoyar “mecánicamente” a Kadhafy. Así, en Argentina, muchos intelectuales de izquierda (incluso marxistas) se cuidan de llegar a estos extremos, que los pondría en una posición algo incómoda (en Venezuela o Cuba sería más sencillo). Sin embargo, se abstienen de cuestionar el apoyo de Castro y Chávez a Kadhafy. O de decir que están a favor de que triunfe la rebelión. “Khadafy es un sangriento dictador, pero… “. Paralelamente, ponen el acento en que EEUU está preparando una intervención a Libia, para quedarse con el país. Y sostienen que “el plan imperialista” es dividir a Libia, separando la zona del Este, dominada por los rebeldes, para implantar un gobierno favorable a los intereses de las compañías petroleras. Así se adelantan argumentos para justificar un ataque en toda regla -de indudable contenido “anti-imperialista”- contra Benghazi y otras ciudades sublevadas. No faltó incluso quien comparara (una analista internacional en la TV estatal) la situación en el Este de Libia con la de Santa Cruz en Bolivia. “Son dos zonas en las cuales los agentes del imperialismo y la derecha quieren hacerse fuertes”, sostuvo. Por este motivo tampoco en el discurso “nacional” se dice palabra sobre el empleo por parte de Khadafy de mercenarios para atacar a su pueblo. Sin embargo, si los rebeldes solicitan cualquier tipo de apoyo, son tachados de “títeres del imperialismo”. En términos del esquema “nacional”, es lógico: un mercenario de Malí, que asesina libios sublevados, realiza una acción “objetivamente” anti-imperialista. Pero un país europeo que haga llegar un cargamento de municiones a los sublevados, realiza una intolerable intromisión en la dignidad nacional de Libia. Y los que acepten las armas serán “agentes de la CIA”, aunque sea la única forma que tengan de defenderse de los ataques armados de sus enemigos. En definitiva, el régimen de Khadafy debería tener, en los hechos, vía libre para ahogar en sangre a esta rebelión “infiltrada por el enemigo”. “Lo sentimos mucho por los pobres libios que han sido engañados”, viene a decir el argumento. “Pero la lucha contra el imperio es un objetivo superior, frente al cual algunos miles de muertos carecen de significación histórica”. Anoto que estos razonamientos ya los hemos visto en otras ocasiones. Por ejemplo, un sector de la izquierda consideraba que no había que alinearse, o al menos mantenerse neutral, en la ex Yugoslavia, frente al dictador Milosevic, aunque éste llegara al genocidio de pueblos, “porque detrás de esos pueblos que ataca Milosevic están las manos del imperialismo”. Naturalmente, los que cuestionamos este enfoque, también somos “agentes objetivos del imperio”. Un punto de vista alternativo El enfoque alternativo que propongo parte de un análisis general de la evolución del capitalismo, que he presentado en varios lugares (Valor, mercado mundial y globalización; Economía política de la dependencia y el subdesarrollo). Las ideas centrales son que en las últimas décadas hemos asistido a la mundialización (y profundización) de las relaciones de producción capitalistas, y que a raíz de este proceso, domina la contradicción entre el capital y el trabajo, y no la contradicción “nación explotadora/ nación explotada”, como suponen las tesis tradicionales del nacionalismo de izquierda. Esto significa que lo que prevalece en la actualidad son países con diferentes grados de desarrollo capitalista, en los que han surgido clases capitalistas con poder propio, que no están sometidas a relaciones de explotación colonial, o neo-colonial. Por esto mismo sus gobiernos no son meros “títeres” del imperialismo, aunque negocien con el FMI y Washington. Por esto también, el objetivo de las potencias no es establecer hoy ocupaciones coloniales, que por otra parte son prácticamente imposibles de sustentar. Naturalmente, en la medida en que existen diferencias de poder económico entre los capitales y los Estados que defienden esos capitales, habrá presiones políticas, diplomáticas, y de todo tipo para hacer prevalecer sus respectivos intereses. Pero se trata de relaciones complejas, mediadas por múltiples influencias, propias de países dependientes en lo económico, pero políticamente soberanos (soberanía formal, pero importante). Ya hemos explicado, con respecto a Egipto, que en los últimos años, al calor de la entrada de capitales no provenientes de EEUU y Europa, se desarrollaron sectores burgueses con capacidad de maniobra relativa. Es un ejemplo (y hay muchos en el tercer mundo) de que no se pueden interpretar los cambios que están ocurriendo con la matriz “títere del imperialismo” reemplazado por “gobierno anti-imperialista” o “nuevo títere”, etc. Ni tampoco con la idea de que los “agentes de la CIA” son los que tienen la capacidad para imponer sus gobiernos, a voluntad, (y para colmo, en medio de levantamientos generalizados como el que está ocurriendo en Libia). Es un error pensar que los que están hoy al frente del gobierno en Benghazi, en el Este de Libia, solo pueden ser “personeros” de las empresas extranjeras, ya que no tienen capacidad alguna de maniobra. ¿De dónde se sacan estas cosas? Por supuesto, si se producen cambios, y hay convulsiones, las potencias tratan de meter las narices, para preservar sus intereses y los negocios de sus empresas. Pero esto no significa que las potencias tengan capacidad para “expropiar” a voluntad estos procesos. Seguramente intentarán posicionarse de la mejor manera para renegociar. Los capitales extranjeros, y sus gobiernos, negocian con quien sea necesario para establecer las mejores condiciones para la explotación del trabajo, y es en función de esto que actúan. En este respecto, también aceptaron a Kadafi, cuando éste viró hacia una postura más amigable con los capitales extranjeros. El último informe del FMI elogiaba el crecimiento de Libia (más del 10% en 2010) y “los esfuerzos de liberalización y privatización” del gobierno. ¿Era por esto Khadafy un “títere” de los imperialistas? No, no lo era, simplemente actúa como cualquier capitalista de un país dependiente y atrasado, y toma medidas que considera favorables para los intereses de su fracción. En una nota de este blog mostré cómo la política de Evo Morales es aprobada por el FMI, y no por ello debemos concluir que ahora Evo es un “títere” del imperialismo (en última instancia, la interpretación “nacional” anda a los bandazos: los “revolucionarios socialistas” de buenas a primeras pasan a “títeres”, y viceversa, sin ton ni son). Dentro de estos marcos, por supuesto, habrá diferencias en estrategia y políticas de desarrollo, etc. Pero estas cuestiones no pueden interpretarse en clave “nacional”, porque lleva a incoherencias. ¿Cómo se aplica todo esto al análisis de las rebeliones en el mundo árabe, y en Libia en particular? La respuesta es que el peso del análisis cambia, ya que el foco no debe ponerse en las políticas de las potencias (que andarían poniendo y sacando “títeres”, contra la voluntad de los pueblos y en especial de sus clases dominantes), sino en las relaciones internas, en las fuerzas sociales propias, de cada país; y sus conexiones con el mundo árabe. Y para esto es necesario un análisis materialista, que supere las interpretaciones subjetivas y conspirativas (del tipo “el problema son los agentes infiltrados”). La interpretación liberal burguesa más común de lo que está sucediendo en el mundo árabe viene a decir que los levantamientos y las revoluciones están impulsadas por la idea de libertad, que ya anduvo por el Este de Europa en 1989, y ahora llegó al norte de África, y zonas del Golfo. Por supuesto, hay un sentimiento de libertad, pero el mismo tiene bases sociales. Hay fuerzas pro capitalistas -sectores de las burguesías comerciales, la pequeña burguesía, incluso del gran capital nativo- que demandan la libertad de mercado, pero también injerencia en los asuntos públicos. También luchas entre fracciones de las clases dominantes por la apropiación de la renta, que no están “dictadas” por las potencias extranjeras. A esto se suma el descontento de los sectores populares empobrecidos. En Libia, una de cada cuatro familias viven sin ingresos regulares, y el desempleo es muy generalizado, como han señalado diversos especialistas. Por supuesto, es necesario realizar análisis concretos, pero lo que estoy pidiendo es otro enfoque global. Si en Egipto el ejército se mantuvo como un bloque, y garantizó un cambio del gobierno bastante ordenado para la clase dominante, y si en Libia el ejército se fracturó, la explicación de estas diferencias debe buscarse esencialmente en las diferentes estructuras sociales y políticas de estos países, y no en la acción de los “agentes manipuladores” de Washington o Bruselas. Por esto también es un error pensar que por el hecho de obtener apoyo de tal o cual potencia los sublevados de Benghazi se convierten en títeres o agentes del país que los ayude. Existen muchos casos de colaboraciones de este tipo, que no derivaron en gobiernos o movimientos títeres; incluso a veces a los que ayudaron “les salió el tiro por la culata” (el caso Bin Laden con la CIA). Pero esto se puede entender si se capta que estamos ante fuerzas con fuentes de acumulación propias. No son meros “testaferros” del capital extranjero. Libertades democráticas Por lo explicado hasta aquí, considero que el contenido de estos movimientos es democrático y capitalista. Esto es, soy contrario a caracterizarlos como “obreros y socialistas” (remito de nuevo a la nota sobre Egipto), pero por el otro lado no acuerdo en medir su progresividad según la vara “nacional o personero de los yanquis”. En Túnez, Egipto (o en Libia si cae Khadafy) habrá gobiernos con más o menos vinculaciones con las potencias occidentales (o de otros países), y en este respecto no hay que ilusionarse con grandes cambios. ¿Qué se logró entonces? Lo que se ha logrado es una conquista de libertades burguesas. En Benghazi, y otras ciudades sublevadas, ahora mismo la gente está viviendo una “primavera democrática”. ¿Es esto progresivo? La línea “nacional” no dice palabra, porque esto no entra en su “radar”. Para este enfoque, es secundario el tema de las libertades, frente al hecho de si hay “títeres”, o no, del imperio en el gobierno. La interpretación “revolución socialista”, por el contrario, exalta hasta las nubes lo logrado, borrando de hecho las limitaciones de clases. Pienso que una interpretación marxista correcta explica el logro, sin dejar de destacar que se trata de un logro burgués (democracia capitalista), y que siempre será recortada. Pero no por ello hay que negar que permite mejorar las condiciones para la crítica, la propaganda, la agitación, la organización de los trabajadores. Para el intelectual occidental que goza de relativas libertades democráticas, esto puede parecer irrelevante. Pero no lo es para gente que por primera vez, en décadas, puede decir lo que piensa. Ya escucho al que me dice “pero es una libertad burguesa”. Sí, es burguesa, pero es progresiva frente a una dictadura. Por otra parte, en la medida en que los desarrollos capitalistas subyacentes a los procesos sean más profundos, habrá más probabilidades de asistir a una diferenciación de clases en el seno de la revolución “democrática”. Es lo que sucedió, de forma incipiente, en Egipto, con la ola de huelgas que se desató no bien cayó Mubarak. En otros lugares posiblemente esta diferenciación sea más atenuada. En cualquier caso, subrayo, las libertades democráticas ofrecen mayores posibilidades. Lamento que muchos intelectuales argentinos, ubicados en la línea “nacional” de interpretación, pasen por alto esta circunstancia, cuando su propia experiencia debería haberles inducido a mirar con otros ojos lo logrado en el norte de África. La “progresividad” del régimen bajo Alfonsín con respecto al de Galtieri no la medimos por el grado en que uno haya sido más o menos anti-imperialista, sino por las libertades burguesas logradas. Si Benhazi es bombardeada, y se ahoga en sangre a la ciudad, no habrá que saludar el hecho como una “derrota de la maniobra imperialista para dividir a Libia”, sino como una derrota de un movimiento democrático y burgués. Pienso que es el ABC de los análisis políticos.

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¿Qué Es la Economía Política de la Droga?
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/18/2008

ECONOMÍA POLÍTICA DE LA DROGA En esta intervención trataré de aplicar categorías de la teoría económica a la cuestión de la droga concebida como mercancía y a lo que voy a llamar el narco-capital, y plantearé algunas implicancias de este análisis en lo político e institucional. Cuando digo que voy a aplicar las categorías de la teoría económica, en realidad estoy diciendo una abstracción. Porque ustedes saben que no hay un enfoque económico sino varios enfoques en competencia. Específicamente, sobre la cuestión del valor y de la mercancía hay dos teorías antagónicas. Una, que es la predominante en las universidades y el establishment, es la neoclásica, que sostiene que el valor está dado por la utilidad de los bienes. Por razones que aquí no puedo desarrollar por falta de tiempo, considero que esta teoría es inaplicable al estudio de la sociedad capitalista. Por lo tanto no voy a trabajar con las categorías de la economía neoclásica, sino con las categorías de la teoría que dice que el valor está dado por el trabajo humano. Es la teoría que viene de la tradición de David Ricardo y de Carlos Marx. Más específicamente, voy a utilizar las categorías del análisis marxiano Mercancía, Valor de Uso y Valor en la Droga Tenemos que partir del hecho que la droga es una mercancía. Es decir, es un producto que va al mercado y como tal tiene valor de uso, y posee, además un valor que se manifiesta en los precios. Amplío un poco la cuestión del valor del uso, porque es importante para el análisis que vamos a hacer. Cuando Marx se refiere al valor de uso, no está significando que el valor de uso pueda tener utilidad desde el punto de vista social general o que todo el mundo pueda considerar a determinada mercancía útil desde el punto social general. Para que haya valor de uso sólo es necesario que una parte de la sociedad considere que determinado bien posee utilidad. Una bomba tiene valor de uso, aunque muchos de nosotros, seguramente la mayoría, pensemos que sería mejor que no hubiese bombas. Una mercancía tiene valor de uso en tanto satisfaga cualquier tipo de necesidad humana. Precisemos también que las necesidades humanas no se limitan a las fisiológicas. Por el contrario, la inmensa mayoría de las necesidades son “humanas” en el sentido que son social e históricamente determinadas. En síntesis, lo que importa para la existencia del valor de uso es que la sociedad en su conjunto, o una parte de ella, piensen o sientan que determinada mercancía satisface alguna necesidad. Si esto se cumple, la mercancía tiene valor de uso. El valor de uso es la base material para la existencia de la mercancía. Una mercancía sin valor de uso no tiene valor, y todo aquello que contribuya a acrecentar el valor de uso, por lo tanto contribuye a acrecentar el valor de la mercancía. Desde este punto de vista es trabajo productivo –en el sentido que acrecienta el valor de la mercancía y genera plusvalor- todo trabajo relacionado con la producción y el transporte de la mercancía. Sobre esta base material, el valor de uso, Marx plantea que la mercancía a su vez tiene una propiedad que es social, tiene valor. Una propiedad social significa que es una propiedad que no surge naturalmente, sino a partir de relaciones sociales que establecen los seres humanos; por eso las denominamos también “propiedades relacionales”. Para clarificar esta cuestión: una mesa, por ejemplo, tiene propiedades naturales, como ser de madera, de color marrón, etcétera. Pero a su vez en esta sociedad esa mesa tiene propiedades sociales, tales como ser mercancía y tener valor; son propiedades objetivas (ya que le pertenecen), que derivan de las relaciones sociales. Según la tesis de Ricardo y Marx, la mesa tiene valor porque tiene trabajo social humano –en el sentido de gasto humano de energía- invertido en la producción. Sin embargo esta propiedad la mesa no la manifiesta con su cuerpo natural de mesa, sino a través de la relación que establece con el dinero, que funciona como encarnación general del valor. Así decimos que la mesa vale tanto dinero; tiene valor porque contiene tiempo de trabajo social objetivado, pero este valor existe como tal en tanto se manifiesta y se expresa a través de su relación con el dinero. Es importante destacar que el valor está dado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir la mercancía. Siguiendo a Marx, el concepto de “socialmente necesario” debemos entenderlo desde dos puntos de vista. Por un lado, desde la tecnología aplicada a la producción de la mercancía, y la intensidad del trabajo. Por ejemplo, si soy productor de la mercancía A, debería producirla, por lo menos, con la tecnología media imperante en el mercado, y al mismo ritmo de trabajo que el resto de la competencia. Por otro lado, el tiempo empleado en producir la mercancía A debe ser socialmente necesario desde el punto de vista de la demanda social. Este aspecto del concepto “socialmente necesario” se refiere entonces al tiempo de trabajo que la sociedad, o una parte de ella, está dispuesta a entregar a cambio de la mercancía. Si los productores de mercancías A han empleado la tecnología modal (o promedio), pero sin embargo han producido demasiadas mercancías para lo que el mercado puede absorber, entonces una parte de su tiempo de trabajo no será validado en el mercado como generador de valor. En este caso, si la oferta supera a la demanda, los precios caen, los valores no se realizan, y los capitales se desvalorizan. Por lo tanto el valor surge de una articulación compleja de producción y mercado. El valor no es solamente un fenómeno de la producción. Esta es una diferencia entre la teoría del valor de Marx y la de Ricardo, que muchas veces se pasa de alto. Pero es clave para entender algunas particularidades de la droga y el narco-capital. Por último, señalamos que hay una condición para la existencia del valor (entendido como tiempo de trabajo humano objetivado), y es que la mercancía debe ser reproducible, y reproducible libremente. Así, nadie puede pretender que Los Girasoles de Van Gogh, por ejemplo, sean valuados por el tiempo de trabajo que empleó Van Gogh en producirlos; se trata de un bien no reproducible, y por lo tanto su precio no puede explicarse por la ley del valor trabajo. Esta ley no tiene aplicación universal, reconoce límites. Apliquemos ahora los anteriores conceptos al análisis de la droga. Se trata, en primer lugar, de una mercancía que tiene valor de uso y valor, y es reproducible, pero no libremente. Veamos las consecuencias de esto último. Supongamos que la demanda de la mercancía A de nuestro ejemplo anterior supera a la oferta. En este caso el precio de A se va a elevar, lo que está indicando que en esa rama de la producción es necesario invertir más tiempo de trabajo (y por lo tanto capital) para aumentar la oferta. Es decir, hay una demanda por parte de la sociedad de transferencia de tiempo de trabajo social hacia ese sector, demanda que se expresa a través del lenguaje de los precios. Pero si por algún motivo esa transferencia no puede operarse libremente, pueden suscitarse dos escenarios: o bien baja la demanda (la sociedad, o una parte de ella puede prescindir de la mercancía), o bien desde el conjunto de la sociedad (o una parte de ella) se transfiere el valor correspondiente, a través de la suba de los precios, hacia el sector productor de A. Subrayamos que en este último caso la sociedad (o una parte de ella) transfiere, a través del acto de compra de la mercancía, más tiempo de trabajo que el que estaría determinado por las meras condiciones tecnológicas de producción. En cambio, si hubiera libre flujo de capitales hacia el sector que produce la mercancía A, aumentaría la oferta de A hasta que su precio se alineara con los tiempos de trabajo socialmente necesarios. Si esto no ocurre, y la demanda se mantiene, se establece de manera permanente un valor, es decir, una validación de tiempos de trabajo en el mercado, superior al que existiera si hubiese libertad de transferir tiempo de trabajo hacia el sector productivo en el cual la demanda supera a la oferta. Esta es la base para que los capitales invertidos en ese sector puedan gozar de plusvalías extraordinarias de manera más o menos permanente, y por lo tanto de ganancias extraordinarias. Y esto es lo que sucede con la droga. Este producto, al generar hábitos de consumo compulsivos, genera una demanda extremadamente inelástica –la persona adicta busca droga a cualquier costo- lo que garantiza que una parte de la sociedad esté dispuesta a continuar “validar” en el mercado un valor muy superior al que correspondería si la droga se produjera y comercializara en condiciones de libertad de competencia. El que existan impedimentos para que la producción aumente libremente, genera entonces la posibilidad de que haya plusvalías extraordinarias más o menos constantes. Narco-Capital Lo anterior permite comprender algunas características del negocio del narco-capital. No hablo de narcotráfico, sino de narco-capital, porque incluye el capital dedicado a la producción, transporte y comercialización, y el involucrado en los mecanismos financieros. Se trata de un circuito global, aunque puede dividirse en sub-circuitos relativamente autónomos. En muchas de las fases que recorre este capital en proceso se invierte más del tiempo de trabajo del que sería necesario en condiciones de libre producción y circulación. Así, por ejemplo, en condiciones de libre circulación el costo de transporte de la droga se abarataría si la droga se pudiera transportar en containers. En cambio, si hay que transportarla con "mulas", se exige una gran inversión en capital y en fuerza de trabajo por unidad de producto. Pero en tanto exista una demanda suficiente, en el mercado se valida socialmente esa mayor cantidad de fuerza de trabajo y capital necesaria para colocar a la droga en el lugar de venta. Remarcamos también que el transporte –la fase específica del narcotráfico- genera valor de uso, y por lo tanto valor. Pero además en todo este proceso es imprescindible la intervención de trabajo improductivo. Hablamos de trabajo improductivo para referirnos al trabajo que no atañe estrictamente a la generación de valores de uso y valor, pero que es necesario para el funcionamiento del circuito capitalista. Por ejemplo, la persona encargada del acto puro de la venta –lo que Marx llama la metamorfosis de la mercancía en dinero- no genera valor; si el acto de venta se prolonga, el vendedor no agrega un átomo de valor a la mercancía, aunque trabaje más. Su trabajo es improductivo, pero necesario para la obtención de plusvalor. Otro ejemplo puede ser el del vigilador de una empresa: su trabajo, consistente en defender la propiedad privada, no agrega valor a los productos, aunque sea necesario para el funcionamiento del sistema capitalista. Con respecto al narco-capital, y debido a las características propias de ilegalidad en que se mueven estos circuitos capitalistas, la actividad insume una enorme masa de trabajo improductivo. Esto es, trabajo que no genera valor, pero es necesario para el funcionamiento del narco-capital. Un ejemplo de este gasto improductivo es la operación del lavado del dinero en los circuitos financieros. Los trabajos de transferencia, transporte de dinero, disimulación, etcétera, no agregan valor a la droga, pero insumen enorme cantidad de trabajo. A esto se suman los gastos improductivos que suponen los sobornos y “arreglos” de jueces, policía, instituciones, políticos y demás instancias institucionales y legales. Todas ellas se nutren de la transferencia de valor y plusvalía que se realiza desde otros sectores de la sociedad. Esto es importante porque aquí no está funcionando una relación capitalista en sentido puro; es una relación capitalista atravesada por relaciones políticas, jurídicas e institucionales, sin las cuales no puede funcionar. La transferencia de valor desde otros sectores de la sociedad implica una validación en el mercado de estos gastos improductivos, destinados a salvar los obstáculos legales represivos que afectan al negocio de la droga. De todas maneras, la sostenida demanda de droga y el vuelco de recursos –capital y productores- estarían en el origen de la caída tendencial del precio de la droga en los mercados de los países desarrollados. Se ha calculado, por caso, que el precio de la cocaína puesta en Nueva York habría bajado a la quinta parte en los últimos veinte años. A partir de lo anterior se puede encarar el análisis del circuito capitalista de la droga. El circuito capitalista, en su sentido más general, es el circuito del dinero que compra fuerza de trabajo y medios de producción, produce una mercancía que está valorizada, es decir, contiene plusvalor, y se cierra cuando esa mercancía se vende por dinero (= capital adelantado + plusvalía). Luego el dinero obtenido vuelve a entrar al circuito. Es decir, el capital es valor en proceso de valorización, dinero que da dinero a través de una relación de explotación del trabajo asalariado. Utilizamos ahora esta categoría de capital para analizar el negocio del narco-capital dividido en las fases de producción, de transporte y comercialización, y financiera; esta última atañe a lo que popularmente se llama el lavado de dinero, que conduce al reciclado de parte de la plusvalía generada en el negocio del narco capital “a la superficie”, para actuar ahora como capital, blanqueado y legalizado. La magnitud en cifras del capital involucrado en esto es difícil de calcular, entre otras cosas debido a la propia naturaleza del fenómeno. Pero según datos del FMI (de 2002) el negocio global ilegal en el mundo movería un valor equivalente a entre el 3 y el 5 % del producto bruto interno mundial. Esto sin contar con lo que ya está legalizado. Se puede considerar con seguridad que una buena parte de esta suma está involucrada en el narco capital (otros negocios son el tráfico de armas, de seres humanos, la prostitución, contrabando, lavado de dinero por ilícitos de todo tipo). El narco capital entonces comprende varios circuitos que, como dijimos antes, pueden ser relativamente autónomos. El narco-capital se dividiría en una parte que es específicamente de tráfico, en una parte que es de narco-producción, y en una parte narco-financiera o narco-dineraria. Todas éstas son diferentes formas de existencias del capital en reproducción. Estos circuitos, internacionalizados, no pueden existir por otra parte si no los ubicamos en el marco de lo que ha significado la globalización. No sólo la producción se realiza en una parte del planeta y la venta en otra, sino que muchas veces la misma producción está internacionalizada; por ejemplo, el cultivo se realiza en un país, pero la preparación de la droga para el consumo puede terminarse en otro país. Y la fase del lavado está también internacionalizada. En lo que respecta a la producción, sin embargo, hay que distinguir la posibilidad de existencia de dos modos de producción. Es que cuando se trata del productor campesino, del productor simple de mercancía (droga), no estamos ante un capitalista. El campesino que no emplea mano de obra asalariada no es un empresario capitalista, aunque está ligado al circuito capitalista de la droga, al narco-capital. Si al campesino se le paga sólo el equivalente a la reproducción de su fuerza de trabajo, es explotado por el circuito capitalista que lo enlaza, en tanto productor mercantil, con el mercado mundial. Se trata de un modo de producción precapitalista, subordinado al circuito capitalista globalizado. La competencia y la presión bajista de los precios en los mercados mundiales de muchos productos agrícolas obligan a los campesinos de muchos países subdesarrollados a dedicarse a la producción de la materia prima para la droga, para sobrevivir. Su inserción en los mercados mundiales está mediada por el narco-capital, y por los obstáculos legales e institucionales, todo lo cual debilita su fuerza negociadora en tanto productor mercantil. El capital, en cambio, domina directamente la segunda fase de la producción, en donde se emplean laboratorios, productos químicos, mano de obra más o menos especializada; y las fases del transporte, distribución y financiera. También puede dominar la primera fase de la producción si, por ejemplo, establece plantaciones en las que emplee trabajo asalariado. En muchas fases en las que opera propiamente el circuito capitalista se incorpora mano de obra asalariada no especializada, que realiza trabajos segmentados. Es, por ejemplo, el caso de las "mulas", en donde en apariencia el capital paga una remuneración superior al valor de la fuerza de trabajo; pero dadas las características de trabajo altamente peligroso (para la salud y la represión), en promedio estos asalariados o asalariadas no salen de la pobreza. Se reproducen en cuanto fuerza de trabajo explotada por el narco-capital. También en la fase de la distribución, que debe llegar capilarmente a todos los rincones, se emplea mano de obra fraccionada y descalificada, altamente explotada, que asume buena parte del riesgo del negocio. Una situación social de pobreza y desocupación estructural constituye una fuente de aprovisionamiento inagotable de esta fuerza de trabajo, dispuesta a arriesgar su libertad e incluso su vida, para sobrevivir trabajando en una relación de dependencia y extrema alienación. Algunas Implicancias para el Análisis Político Todo lo anterior tiene implicancias políticas, dado que no se puede entender el narco capital si no es con la participación de instancias institucionales en el negocio. Esto deriva en que se instala, en muchos países, una lógica de lucha por el control de los aparatos estatales que supera en intensidad y profundidad lo que ha sido la lucha “tradicional” por el poder. Tradicionalmente las fracciones del capital podían luchar (y lo siguen haciendo) por tener representación e influencia en el plano gubernamental y estatal; pero esta pelea no era necesariamente determinante para su supervivencia. En el narco-capital, en cambio, el acceso al control de palancas estatales es vital para el mantenimiento del circuito y para insertarse en los circuitos globalizados. Existe entonces una base material acrecentada para explicar determinados enfrentamientos políticos por el poder. Por otra parte es de señalar que la participación en el narco-capital, como en otros circuitos ilegalizados, ha posibilitado que fracciones de las burguesías de países atrasados pudieran insertarse en los circuitos globalizados. Se trata en este respecto de una respuesta defensiva de estas fracciones del capital frente a la globalización. Este fenómeno no es sólo argentino. Arraiga en la necesidad de inserción de la superestructura político legal en la relación económica que está generando la narco-plusvalía y el narco-capital. Brevemente aludiré a otras dos cuestiones. En primer lugar, que no se puede entender el circuito del narco-capital sin la participación de grandes instituciones financieras a nivel internacional. No hay manera de reciclar, transferir, manipular, reinsertar en los circuitos “de superficie” esas enormes sumas de dinero, si no es con la participación de bancos, fondos de inversión, y grandes instituciones financieras transnacionales. En esta fase del proceso, además, tienen mucho que ver las tecnologías informáticas, la mundialización de las redes financieras y la aparición de instrumentos financieros altamente sofisticados y complejos, que permiten disimular y borrar las huellas de los movimientos del dinero. Con el agregado de una masa de capital que ya se ha blanqueado, y se reproduce bajo condiciones de normalidad capitalista. Lo que genera, a su vez, plusvalor que puede ser reinvertido en el negocio del narco-capital y viceversa. Para terminar, y desde el punto de vista de la reproducción del capital de conjunto social, hay que distinguir el interés del capital en general, del interés del capital ligado al circuito del narco-capital. Ambos intereses no coinciden necesariamente. Al respecto podemos señalar algunos elementos que hacen a esta tensión. En primer lugar, para el capital de conjunto, (el capital en general), el negocio de la droga representa una deducción de trabajo productivo general, un desvío de la plusvalía de la acumulación. En segundo término, la droga amenaza a largo plazo la reproducción de la fuerza de trabajo, dada su incidencia en la salud. E incluso genera problemas para la propia clase dominante en cuanto muchos de sus sectores también están afectados por el consumo. En tercer lugar la participación sistémica de las instancias legales y políticas en la plusvalía que proviene del negocio de la droga genera un problema grave en lo que hace a la exigencia del capital en general de garantía por parte del Estado de “iguales derechos” en la lucha competitiva en los mercados. Existen por lo tanto dos lógicas que pueden colisionar y que colisionan en efecto muchas veces; aunque por momentos encuentran formas de convivencia. Esta tensión entre conflicto y convivencia puede ser fuente también de impulsos que se reflejen o expresen en movimientos políticos. Fuente: Rolando Astarita http://rolandoastarita.com/PonenciaEconomdeladroga.htm --

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