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paolitaguti

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Primer post: 28 may 2017Último post: 28 may 2017
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La criogenia humana “es como congelar un filete putrefacto”
Ciencia EducacionporAnónimo5/28/2017

El CSIC acoge un congreso sobre prácticas con cadáveres de dudosa base científica ¿Es posible congelar a un muerto con la esperanza de resucitarlo cuando se conozca la cura del cáncer o se pueda revertir el envejecimiento? Esta ha sido una de las preguntas centrales del que se anuncia como primer congreso internacional de envejecimiento y criopreservación, que se celebra en Madrid desde ayer hasta el sábado. El evento combina ponencias de científicos como Juan Carlos Izpisúa o María Blasco con las de profetas como Aubrey de Grey y un puñado de empresarios que cobran a sus clientes cientos de miles de dólares por preservar sus cadáveres usando una técnica de la que no hay pruebas de que sea reversible. El año pasado estas prácticas ganaron actualidad por el caso de una adolescente británica con cáncer que ganó una batalla legal para ser congelada después de fallecer. Max More, director general de Alcor, una de estas compañías, explica el procedimiento al que someten a sus “pacientes”. Hay dos opciones, congelar todo el cuerpo o solo el cerebro sin extraerlo del cráneo. “Lo ideal es que estemos al lado de la cama cuando el médico declara la muerte legal. Después empezamos el proceso de enfriamiento" del cadáver, "reiniciamos la respiración y la circulación y le damos 16 medicamentos diferentes para evitar que la sangre se coagule”, detalla. Cuando el cuerpo llega a las instalaciones de la entidad, radicada en Arizona, se sustituye la sangre con “anticongelantes médicos” y se introduce en un tanque con nitrógeno líquido a 196 grados bajo cero. “En ese punto se para el metabolismo, así que podemos esperar todo el tiempo que queramos, da igual si son 10 años o 100”, asegura este británico, filósofo de formación. Según las fantasías de More, en un futuro se podrán "clonar cuerpos" para los pacientes que revivan o revertir el efecto del envejecimiento en sus órganos. Una de las voces más autorizadas y críticas del encuentro ha sido la del español Juan Carlos Izpisúa, investigador del Instituto Salk de California especialista en células madre, regeneración de tejidos y generación de órganos humanos en animales. El científico resaltó varias veces que, en todos los casos, el estado de estas investigaciones es “muy preliminar” . Sobre la criopreservación señala a Materia: “estamos todavía empezando a saber cómo podemos congelar y preservar una célula, imagínate un órgano”. “He oído y entendido que existen personas que quieren preservar órganos o incluso un organismo que ya no funciona, que está muerto”. “ Si usted congela un filete putrefacto, cuando lo vuelva a descongelar seguirá putrefacto. Si usted congela un filete que está bien, pues estará bien, quizás las condiciones organolépticas no son las mejores, pero estará más o menos bien, pero seguirá estando muerto. No se resucita. Me resulta muy difícil de entender ese argumento y estas actividades en las que se trata de convencer a la gente de que se puede congelar un órgano o un organismo entero que ha dejado de funcionar”, espetó. “Estamos hablando de algo que no tiene sentido”, añadió Izpisúa. El investigador señala que asistió al encuentro "para conocer lo que se decía" y asegura no haber cobrado por participar. María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, ha sido otra de las ponentes de primer nivel. La investigadora ha expuesto el trabajo de su equipo en busca de tratamientos para alargar los telómeros, los extremos de los cromosomas, en ratones, y cómo esto puede revertir enfermedades cardíacas y pulmonares. Su hipótesis de trabajo es que alargar los telómeros podría alargar la vida y reducir los daños acumulados por el envejecimiento, aunque su esto aún no es aplicable a humanos. Blasco no hizo ninguna mención a la criopreservación de humanos durante su ponencia. Materia intentó sin éxito recabar su opinión sobre estas prácticas. Las dos primeras jornadas del encuentro se han celebrado en la sede central del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el mayor organismo público de investigación en España. El CSIC no ha respondido a por qué decidió albergar el congreso ni si ha recibido dinero por hacerlo.

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El homínido que vivió en África junto al ‘Homo sapiens’
Ciencia EducacionporAnónimo5/28/2017

El 'Homo naledi', un humano muy primitivo, podría haber sido el primero en enterrar a sus muertos, sugiere un estudio Hace dos años, en Sudáfrica, un equipo -formado enteramente por investigadoras- consiguió meterse por las angostas grietas de un profundo sistema de cuevas y salir con una nueva especie humana entre las manos. Se trataba de Homo naledi, un homínido de metro y medio de alto y con un cerebro del tamaño de un chimpancé. Aquel nuevo miembro de la familia humana era una especie de frankenstein evolutivo. En su cuerpo convivían partes primitivas como el tronco y la columna vertebral y otros mucho más modernos como el pulgar oponible, esencial para fabricar herramientas, unos dientes pequeños y similares a los de nuestra especie, y la capacidad de caminar erguido. Parecía inexplicable que todos aquellos fósiles, unos 1.500 en total, hubiesen llegado hasta la cámara subterránea donde fueron hallados, pues la única explicación posible, según sus descubridores, es que alguien hubiese recorrido 80 metros de cueva y los hubiese dejado allí, un comportamiento funerario que se pensaba exclusivo de nuestra especie, los Homo sapiens. Lo más desesperante era que no se pudieron datar los restos, con lo que no se sabía cuándo había sucedido todo aquello. La datación de los fósiles y los sedimentos de la cueva, publicados hoy en la revista de acceso abierto eLife, aportan una enorme sorpresa, pues tienen entre 230.000 y 335.000 años, muchísimo menos de los dos millones de años que cabía esperar por los rasgos tan arcaicos del naledi. Las fechas implican que este homínido vivió en África al mismo tiempo que los primeros Homo sapiens y otros homínidos mucho más evolucionados, algo que hubiera resultado impensable hace pocos años y que supone una importante cura de humildad para nuestra especie y la versión clásica de la evolución del género Homo, con una progresión de homínidos cada vez con más cerebro hasta culminar en el sapiens, mientras desaparecen las especies menos evolucionadas. “Ya no podemos asumir que sabemos qué especie hizo ciertas herramientas, o decir que fueron los humanos modernos los que iniciaron algunos de los comportamientos y tecnologías más rompedoras dentro del registro arqueológico de África”, señala Lee Berger, paleoantropólogo de la Universidad de Witwatersrand y coautor de los estudios, en una nota de prensa difundida por su institución. “Si hubo otra especie que compartió el mundo con los humanos modernos en África, es muy probable que haya otras. Solo tenemos que encontrarlas”, resalta. En otro estudio publicado hoy, el equipo describe una segunda cámara en la cueva Rising Star donde se han hallado fósiles de al menos otros tres individuos, uno de ellos un niño de menos de cinco años. Entre los fósiles hay un cráneo muy completo que contribuye a dibujar el rostro de la nueva especie. Esta segunda cámara está a unos 100 metros de la primera. No hay restos de ningún otro animal ni de crecidas que pudieran haber arrastrado los huesos y parece que la cueva no tenía más entradas. “Esto añade peso a la hipótesis de que el Homo naledi utilizaba sitios oscuros y de difícil acceso para depositar a sus muertos. ¿Qué posibilidades hay de que un segundo caso idéntico al primero se deba a una mera casualidad?”, señala John Hawks, investigador de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE UU) y coautor de los estudios publicados hoy. Como ya pasó tras su descubrimiento en 2015, los nuevos datos sobre naledi plantean muchas preguntas sin respuesta. ¿Cómo pudo sobrevivir un homínido tan primitivo en el mismo territorio que los humanos modernos? María Martinón-Torres, del University College de Londres, señala que “estamos ante un caso parecido al Hombre de Flores, pero no se explica cómo [los naledi] pudieron permanecer aislados en las sabanas de África, es una intriga tremenda”. El hallazgo guarda también paralelismos con la Sima de los Huesos de Atapuerca, otra concentración de fósiles humanos que posiblemente fueron puestos allí a propósito. “En un periodo similar, los homínidos de la Sima de los Huesos también enterraban a sus congéneres, pero existen diferencias abismales en su morfología y su capacidad craneal con los naledi. Habrá que plantearse cuán importante es el tamaño del cerebro para inferir comportamientos que considerábamos tan elevados”, resalta. “El 95% de África está sin explorar en cuanto a fósiles humanos, su historia en el último medio millón de años puede ser tan compleja como la de Europa, con sus cinco tipos de humanos”, resalta Chris Stringer, investigador del Museo de Historia Natural de Londres. “Hace unos 300.000 años en África había al menos tres tipos de humanos, los Homo rhodesiensis, los Homo sapiens tempranos y los naledi, y quién sabe qué más habrá ahí afuera”, explica. El científico plantea dudas sobre el posible enterramiento. “Aunque no se ha planteado ninguna otra hipótesis satisfactoria para la disposición de los restos del naledi, muchos expertos consideramos que un comportamiento tan complejo es poco probable para una criatura con un cerebro similar al de un gorila, especialmente cuando hace falta dominar el fuego para iluminarse” dentro de la cueva, explica. Posiblemente se descubran otras entradas por las que los huesos podrían haber llegado allí de forma accidental, sugiere.

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Mascar chicle o comer genera electricidad para cargar
Ciencia EducacionporAnónimo5/28/2017

Diseñan una cinta elástica que convierte el movimiento de la mandíbula en energía eléctrica. El material sólo consigue unos microvatios pero sus creadores creen que hay mucho margen de mejora Los comilones, los parlanchines y los amantes del chicle van camino de convertirse en minicentrales eléctricas portátiles. Investigadores canadienses han creado una cinta elástica que, colocada bajo el mentón, convierte el movimiento de la mandíbula en energía eléctrica. Por ahora sólo han obtenido unos cuantos microvatios (µW) pero creen que en el futuro estas bridas podrían alimentar pequeños dispositivos electrónicos. El cuerpo humano es fuente de energías nada esotéricas. El movimiento de brazos y piernas genera energía cinética y el calor corporal, térmica. Ambas se están investigando (e incluso aplicando) para alimentar desde sensores hasta baterías. Pero hay una tercera energía aún poco explorada, la procedente de la tensión muscular y hay pocos músculos que se muevan más que los de la mandíbula. Lo que han hecho dos ingenieros de la Escuela de Tecnología Superior de Montreal ha sido convertir la energía mecánica generada al masticar en energía eléctrica. Para eso se han aprovechado de la piezoelectricidad. Se trata de un fenómeno eléctrico propio de buena parte de los cristales descubierto a finales del siglo XIX. Estos materiales se polarizan eléctricamente al ser sometidos a estrés mecánico. Una fuerte presión o un golpe hace que produzcan carga eléctrica. Aprovechado en la invención del sónar o en los mecheros eléctricos, no ha sido hasta ahora, con las investigaciones en nanomateriales, que se ha empezado a imaginar su uso para obtener energía del cuerpo humano. Sobre un sustrato elástico, los investigadores desplegaron una capa de nanofibras de cerámica punteadas con electrodos de cobre y todo el conjunto recubierto de un material aislante. La cinta la unieron a unos cascos y la colocaron debajo de la barbilla. En su experimento, uno de los ingenieros estuvo mascando chicle durante 60 segundos, tiempo suficiente para comprobar que el dispositivo funcionaba, consiguiendo generar picos de 18 µW y una potencia de salida sostenida de 10 µW. “Por ahora, el nivel de potencia que hemos logrado no llega para alimentar dispositivos electrónicos”, reconoce en una nota el ingeniero Aidin Delnavaz, coautor de la investigación. “Sin embargo, podemos multiplicar la potencia de salida mediante la adición de más capas a la correa de la barbilla. Por ejemplo, 20 capas, con un grosor total de 6 mm, serían capaces de alimentar un protector auditivo inteligente de 200 mW “, añade. Aún les queda para poder recargar un móvil, que anda en el orden de los vatios, pero tal y como explican en su estudio publicado en la revista Smart Materials and Structures, solo la masticación diaria podría arrojar unos 581 julios (J, unidad para medir la energía), equivalente a una potencia media de unos 7 milivatios (mW). Los modernos audífonos y otros dispositivos cocleares funcionan ya con esa potencia. Otros aparatos de la llamada wearable tech (algo así como tecnología para llevar puesta), como las gafas de Google, también podrían aprovecharse de esta nueva fuente de energía si se consigue aumentar el número de elementos piezoeléctricos y se incluye en el diseño un circuito para gestionar la potencia y una minibatería recargable que almacenara la energía generada al hablar, bostezar o comer. Ese es el camino que van a seguir ahora estos ingenieros canadienses. Los investigadores saben que queda mucho por hacer pero están empeñados en acabar con la dependencia actual de los dispositivos electrónicos de las baterías. Delnavaz y su colega Jérémie Voix dieron buena muestra de ello cuando, en 2012, presentaron en una conferencia un microgenerador de energía obtenida del simple hecho de respirar y que podría aplicarse en sistemas portátiles de respiración asistida.

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