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San Carlos de Bariloche, según Marco Polo
OfftopicporAnónimoFecha desconocida

San Carlos de Bariloche, extracto de las ciudades invisibles. Inútilmente, magnánimo Kublai, intentaré describirte la famosa ciudad de San Carlos de Bariloche, pues para ello debería recurrir al lenguaje onírico, a expresiones y metáforas que ya nada tendrían que ver con la ciudad original. Según he logrado entender, su nombre proviene de un doctor que por descuido santificaron en una epístola, y del nombre mal escrito de una tribu ubicada en la parte meridional del cerro Tronador, que los Tehuelches llamaban Vuriloches (gente de atrás de la montaña). Con no poca dificultad, se puede distinguir entre un paisaje relativamente artificial y uno relativamente natural. El viajero que pase por esta ciudad lamentará que la mano del hombre haya llegado tan profundo, aunque no pensará lo mismo de su propia incursión. La ciudad crece sobre la madre tierra como un hongo en un bosque cálido y húmedo. Sus torres cónicas formadas a través de miles de años nada tienen que ver con las rectangulares nacidas de la noche a la mañana. En el centro de la ciudad crece lastimosa la mayor de ellas, cortando la tierra y el aire cual daga filosa clavándose en el pecho de un hermano. Solo algunos habitantes de San Carlos de Bariloche conocen sus lagos espejados, la sucesión de altos cerros nevados, sus arroyos cristalinos de deshielo y las lagunas plateadas, los bosques nativos mixtos o temáticos, los senderos mallinosos del valle. El hombre que sube y baja a la montaña, no deja de reencontrarse consigo mismo, con Dios, con la naturaleza, con algún ser querido, con algún amor no correspondido. Como los magos, va tomando fuerza a medida que conoce los nombres de la flora que lo circunda: lengas, ñires, coihues y cañas colihues son algunas de las especies más notables del bosque, sin olvidarse del alerce, el ciprés, el radal, el arrayán; unas embellecen el paisaje cambiando el color de sus hojas en otoño, otras mantienen su follaje siempre verde. Protegen el suelo de las laderas montañosas, evitando la erosión y dando refugio a una increíble variedad de vida. No hay que olvidarse de la fauna que acompaña al caminante durante una travesía. Sobrevolando las altas cumbres, el majestuoso cóndor planea describiendo círculos en el aire. Huemules, pumas, pudúes, zorros y pájaros carpinteros son algunos de los silenciosos habitantes del lugar; escondidos entre la espesura, van dejando evidencia de sus rastros al visitante atento. Debo decirte, oh gran Kan, que la ciudad se refleja en el lago Nahuel Huapi, y por lo tanto no es una, sino dos. En los días calmos es imposible distinguir una de otra, luciendo exactas pero en sentido opuesto. Durante las jornadas ventosas puede observarse como una de ellas se crispa y la otra resulta indeleble. No lo he presenciado, pero las líricas que desprenden los trovadores en las peñas clandestinas hablan de días tormentosos, en los que la imagen especular desaparece completamente, soportando la ciudad todo el peso de su propia identidad.

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