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EN CREACION... "La idea principal de estos post, es difundir nuestra cultura ancestral de inigualable valor cultural y patrimonial, afirmando o desmintiendo ciertas confusiones en el ámbito mitológico (específicamente con los espíritus superiores de los cuales en muchas paginas y otros post los catalogan como dioses o divinidades erróneamente) mezclando la cultura oriental del viejo mundo con nuestra cultura, cosa que engendro bastante confusión y posterior aceptación equivocada en ciertos puntos de nuestras creencias (¡ahora profanadas!)." INDICE: -I PARTE DEL POST -MITOS Y LEYENDAS *CHILOÉ: Mitos terrestres -El Trauco -La Fiura -La Condená -La Llorona -MITOS Y LEYENDAS Información obtenida en su mayoría gracias a chiloemitologico, wikipedia.org entre otras paginas, reorganizadas según su categoría regional CHILOÉ: Mitos terrestres El Trauco Es de espíritu del amor fecundo, creador de la nueva vida. padre de los hijos naturales. Habita en los bosques cercanos a las casas chilotas. Para las muchachas solteras, constituye una incógnita que las preocupa y las inquieta. Según opinión de unas, se trata de un horrible y pequeño monstruo, que espanta y de cuya presencia hay que privarse, a toda costa. Otras opinan distinto y manifiestan, que si bien es feo, no es tan desagradable sino, muy por el contrario, atractivo. Otra. en lucha tenaz y permanente, dicen haberlo eliminado se sus pensamientos , en los que alguna vez vibró quemando sus extrañas. La preocupación por el Thrauco no sólo la comparten muchachas, sino tanto o más que ellas, las madres, que saben muy bien el resultado de sus fechorías. Ellas toman todas precauciones del caso, para evitar que sus hijas ya “solteras”, viajen solas el monte en busca de leña o de hojas de “radial” para el “caedizo” de las ovejas. Pues, generalmente es en el curso de estas faenas, cuando “agarra”, o con más propiedad “sopla”, con su “pahueldún”, a las niñas solitarias; pero nunca si van acompañadas, aún de sus hermanitos menores. El Thrauco no actúa frente a testigos. El Thrauco, siempre alerta, pasa gran parte del día colgado en el gancho de un corpulento “Tique”, en espera de su víctima: una muchacha que ya tenga formas de mujer. En cuando obscurece, regresa a compartir la compañía de su mujer gruñona y estéril, la temida “Fiura”. Cuando desea conocer de cerca, las características de su futura conquista, penetra en la cocina a fogón donde se reúne, al atardecer toda la familia, transformado en un manojo de “quilineja”, que en cuanto alguien intenta asirlo desaparece en las sombras. A las muchachas que le tienen simpatía, les comunica su presencia depositando sus negras excretas, frente a la puerta de sus casas. El Thrauco, es un hombre pequeño, no mide más de ochenta centímetros de alto, de formas marcadamente varoniles, de rostro feo, aunque e mirada dulce, fascinante y sensual; sus piernas terminan en simples muñones, sin pies.Viste un raído de quilineja y un bonete del mismo material; en la mano derecha lleva un hacha de piedra, que reemplaza por un bastón algo retorcido el “Pahueldún” cuando está frente a una muchacha. Todo su interés se concentra hacia las mujeres solteras, especialmente si son atractivas. No le interesan las casadas: ellas podrán ser infieles, pero jamás con él. Cuando divisa, desde lo alto de su observatorio a una niña en el interior del bosque, desciende veloz a tierra firme y con su hacha, da tres golpes en el tronco de tique, donde estaba encaramado y tan fuerte golpea, que su eco parece derribar estrepitosamente todos los árboles. Con ello produce gran confusión y susto en la mente de la muchacha, que no alcanza a reponerse de su impresión, cuando tiene junto a ella, al fascinante Thrauco, que la sopla suavemente, con el Pahueldún. No pudiendo resistir la fuerza magnética, que emana de este misterioso ser, clava su mirada en esos ojos centelleantes, diabólicos y penetrantes y cae rendida junto a él, en un dulce y plácido sueño de amor. Transcurridos ¿minutos? ¿horas?, ella no sabe; despierta airada y llorosa; se incorpora rápidamente, baja sus vestidos revueltos y ajados; sacude las hojas secas adheridas a su espalda y cabellera en desorden, abrocha ojales y huye, semiaturdida, hacia la pampa en dirección a su casa. Amedida que transcurren los meses, van apreciándose transformaciones, en el cuerpo de la muchacha, poseída por el Thrauco. Manifestaciones que en ningún instante trata de ocultar, puesto que no se siente pecadora sino víctima de un ser sobrenatural, frente al cual, sabido es, ninguna mujer soltera está lo suficientemente protegida. A los nueve meses nace el hijo del Thrauco, acto que no afecta socialmente a la madre ni al niño, puesto que ambos, están relacionados con la magia de un ser extraterreno; quien, no siempre responde al “culme”, lanzado con el objeto de alejarlo y escapar de los efectos de su presencia; o los azotes dados a su Pahueldún, que deberían afectarlo intensamente; como en igual forma a la quema de sus excrementos. Su potencia es tal, que en ciertas ocasiones, nada ni nadie puede detenerlo. El mito del Thrauco, ha desempeñado importantísimos papeles en el curso evolutivo de la mente: en épocas muy remotas, su presencia fue invocada, para explicar el extraño fenómeno del nacimiento de un niño; puesto que los pueblos primitivos, en general, no establecieron relación alguna, entre el acto sexual y el nacimiento de una criatura; la aparición de esta nueva vida, la culparon a fuerzas mágicas o a un ser extraterreno; dando así explicación a este maravilloso acontecimiento. Hasta no hace mucho tiempo, en las selvas amazónicas, existían tribus indígenas que sustentaban esta creencia. Cuando el conocimiento humano logró explicar racionalmente, el verdadero origen de un niño; el Thrauco, no cayó se su trono y continuó reinando, pero con un papel distinto, en favor de la armonía social; actuando, primero de freno al instinto sexual de las muchachas, ayudándolas por el temor, a conservar su virginidad y pureza. Y ante los hechos consumados, constituyó una muy satisfactoria disculpa, frente al embarazo y parto de una mujer soltera. Mostrando a la madre y al niño, como víctimas inocentes y ajenas a todo pecado; lo que les permitía vivir, sin alteraciones en su contextura moral. En la figura del Thrauco, todo es simbolismo sexual, su hacha de piedra, con la que golpea, tan fuerte, en el tronco de los árboles; su Pahueldún, bastón hueco, con el que “sopla” a las muchachas y las hace caer, en un sueño de amor fecundo, y hasta los muñones de sus piernas. La Fiura Pequeño monstruo, en forma de mujer; el mito la muestra habitualmente, danzando sobre la débil alfombra de un “hualve”, sin temor a que, en cualquier instante se rompa y se la trague el pantano. Detiene su baile, para contemplar su horrible rostro en el espejo de un charco y peinar su larga cabellera con un reluciente peine de plata. Contonea coqueta, su exuberante busto y corre ágil, haciendo flamear su breve pollera roja, en los troncos quemados de los roces, mimetizando sus miembros con los semicarbonizados de ganchos de los árboles. Se escaba entre los matorrales, en busca del fruto de las espinosas “chauras” que come con glotonería. El más leve ruido la asusta, adoptan de súbito, caprichosas y convulsivantes posturas; hace muecas horrendas con su feísimo rostro y con sus ojos chispeantes, ocultos por una descomunal nariz; alarga sus brazos en todas direcciones y mueve nerviosamente los dedos deformes de su enorme mano, en demanda de una víctima, para “tirarle un montón de aire”. La Fiura, hija única de la Condená, es la mujer del viri Thrauco, más esto no le impide ofrecer su amor a todos los hombres a quienes impone, como severa condición; “aceptarla con los ojos cerrados”. No admite mirada alguna, ni siquiera la de los animales sin aplicar al instante su castigo: El osado que atrevió a mirarla quedará torcido en algún lugar de su cuerpo. Si quien la mira es un niño o un animal, le deforma generalmente las extremidadades, haciéndoles imposible la marcha, ” los tulle”. Luchar contra ella, es tarea imposible; posee una fuerza y destreza tal que cuantos hombres quieran pueden pelear con ella pero los deja a todos maltrechos y contusos, cuando no queda “teldelde” (tremulos). En cambio a ella, no se logra asestarle un solo golpe: “es como pegarle a la sombra”. Las deformaciones causadas por la Fiura, son prácticamente incurables; en casos afortunados, se consigue alivio, utilizando el siguiente tratamiento: al amanecer se corta una rama de una enredadera llamada “pahueldún”, una vez transportada junto al enfermo, se azota, hasta arrancarle la savia; líquido que debe beberse el enfermo y enseguida se la lleva arrastrando hasta la playa, para lanzarla al mar (en Europa, los pueblos primitivos realizaban una ceremonia parecida, con el árbol, que representaba el espíritu de los árboles). Por haber obtenido, con ello, buenos resultados también se aconseja tomar raspaduras de “Piedra de Ara”. A modo de somera interpretación, podemos decir que la Fiura, representa, mirada en un sentido, el primer paso hacia la interpretación o explicación de ciertas deformidades que afectan a los seres humanos y también a los animales; producidas por enfermedades, hoy bien identificadas, como el raquitismo, el reumatismo, diversos tipos de parálisis, etc.,etc.; pero que en épocas remotas eran totalmente desconocidas. En otro sentido podemos ver en la Fiura, al espíritu protector de los bosques (Diana). Y desde el punto de vista sexual, una buena disculpa a los galanes cuyas muchachas le resultaban hurañas… y a la vez un freno para el instinto sexual de los varones. La Condená Los placeres desenfrenados y los vicios, que traen consigo la degradación moral y la desintegración de la personalidad humana, tienen también su genuino representante en la mitología chilota; de modo igual a lo que ocurre en otras regiones de la Tierra. Al personaje que encarna este aspecto negativo y denigrado del género humano, se le conoce con el nombre de “La Condená”. El mito, la describe como una mujer de mediana edad, que fue muy hermosa en su adolescencia y juventud, pero en la madurez de su lamentable existencia, muestra una mezcla grotesca de una insinuante, con lo mustio, y lo desfigurado por las huellas profundas e indelebles, que imprime la vida disipada; cuando desbocan todos los cauces de la fuerzas instintivas y de las inquietudes mórbidas en loco frenesí. En las entrañas marchitas de esta eximia inventora y cultora de todos los vicios, de múltiples placeres exóticos, perversiones y excesos de toda índole, germinó este espíritu del mal, dando origen a una criatura deforme y altamente perversa, digna descendiente de una madre depravada y que a su nacimiento recibió el nombre de Fiura. Esta fue la única semilla que logró fructificar, en ese vientre diabólico, destruido en su fecundidad por su propia simiente, lo que le trajo una congoja sexual, que le roía las entrañas y la llevó hacia el despeñadero. Si bien este mito, yace en la actualidad, borrado por la pátina del tiempo, la palabra “condená”, continúa usándose con cierta frecuencia y precisamente, para referirse a personas, que se apartan de la línea clara y recta de una conducta moral adecuada por decir las órdenes de ese guía maravilloso que se llama conciencia, juez supremo, que señala la senda de la corrección, la sobriedad, la honestidad, etc. La personalidad de la Condená, tiene ciertos puntos de contacto, con la diosa Afrodita, de la mitología europea; quien basta recordar tuvo varios amantes e implantó la prostitución sagrada prematrimonial, como venganza y castigo a las demás mujeres. La Llorona Durante los largos inviernos, con sus noches obscuras y tempestuosas, la familia chilota, se reúne alrededor del fogón cuyos leños chisporrotean inquietos, tratando de incorporar su irregular compás, a la multitud de ruidos y sonidos, que producen, la lluvia, el viento y las olas del mar embravecido. Una tenue luz, emerge de una papa ahuecada, rellena de grasa y ayuda a reforzar pobremente, la movediza y escasa iluminación, proyectada por las llamas del fogón. Afuera protegida por la tormenta, se desliza, como un fantasma transportado por el viento y semiconfundida con las sombras, “la Llorona”; en figura de mujer alta, muy delgada, de vestido negro y liso, parecido a una mortaja; con un pañuelo negro y fino cubre su cabeza y parte de su rostro color verde pálido y siempre lloroso. El viento agita sus cabellos largos y erizados, cual vibrantes alas negras. Recorre, una y otra vez, infatigable y siempre llorando a mares, el camino que va desde una casa de la aldea, en la cual yace postrado en su lecho, un grave enfermo, hasta lo alto de un cero cercano, donde se encuentra ubicado el cementerio. El ir y venir de esta sombra fatídica, llegada desde el mundo de lo desconocido, hasta el humilde poblado, tiene como objeto anunciar, a un desfalleciente enfermo, su impostergable muerte, que se producirá durante la bajamar, una de las próximas noches, cuando la luna esté en menguante. La Llorona, conocida también con el nombre de “La Pucullén” (de cullén=lágrima y pu=plural), es sólo visible para gente de corta vida, los machis y algunos animales, entre ellos los perros, que anuncian se presencia con lastimeros aullidos. Indica, con la ruta invariable de sus pasos, el camino que debe recorrer el muerto, para llegar desde su morada terrenal y temporal, hasta el más allá definitivo. Con un cristalino charco, producto de sus abundantes lágrimas, señala en camposanto, el sitio preciso, donde debe abrirse la fosa, para depositar el féretro. La tierra necesaria para cubrirlo, debe ser suficiente, ya que si ella faltara, significaría que antes de cumplirse un año, moriría un familiar del difunto. Se supone que “la Pucullén”, llora por todos los familiares, especialmente por aquellos parcos en lágrimas y además para que todos se consuelen pronto, de la pérdida de su deudo. En esta forma ella evita que el finado, desconforme por la escasez de lágrimas y sentimientos, de parte de sus parientes , venga a penarlos. Este personaje fúnebre, “la Llorona”, tiene sus equivalentes en los mitos de otros pueblos de la Tierra, así por ejemplo, “Lebitina”, la diosa romana de los funerales.