ohdeito
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Un cuentito que escribí hace algunos años. Espero que les guste! La desgarrante historia del virginal joven quien luego de recibir tantas negativas por parte de diversas señoritas misteriosamente se arroja del tren en el preciso momento en que mantenía fluidamente una charla con su compañera de asiento. Así como un segundo antes de morir recordamos toda nuestra vida; Marcelo Cobreros iba rememorando su pasado en el Munro Express. Marcelo, había nacido gordo, vivía gordo y murió a causa de una de sus flaquezas: la casi infranqueable timidez que siempre lo atormentó. Durante su pubertad y primera adolescencia, como casi todos los de su edad, fue al colegio secundario. Allí comenzaron sus penurias. Amó a muchas, (por no decir a todas) pero nunca fue correspondido. Lo que comenzó siendo un pequeño problema; con los años se convirtió en complejo, el cual hizo crisis momentos antes de su violento final. El gordo, como lo llamábamos cariñosamente sus amigos, había amado entre otras a Alejandra Lauría, Claudia Brunel, Claudia Potús, Betty Ferrando, Rosario Schang, Anita Schivetti, Miryam Casacia, Alicia Hidalgo, Luján Pérez, Mirta García y Cecilia Echevehere entre otras. A ésta última y a Alicia Hidalgo, tras hacer un supremo esfuerzo, el gordo logró esbozarles vagas frases de amor al mejor estilo de Bécquer, (o como se escriba) pero, hoy en día, a poco del siglo veintiuno, todos sabemos que lo único que eso provoca en una mujer no es precisamente amor sino una gran mofa e hilaridad. Pero en fin, Marcelo era un sentimental, cuando pensaba en su amor de turno no reparaba en el calendario. Demás está decir que el sistemático no de las jovencitas, dejó al gordo hecho una verdadera piltrafa espiritual. Todos creíamos con firmeza que Marcelo se había dado por vencido cuando decidió abandonar la realidad y comenzó a soñar; sí; simplemente a soñar sus romances. En su mente, no cabía la palabra “no”, todas las chicas le consentían todo. Era hermoso, era un edén privado. Tan bello que Marcelo llegó a asumirlo. Debo confesar que más de un millar de veces nos hemos reído a sus espaldas, de las insólitas historias que nos relataba. En efecto, nunca podré olvidar aquella inefable narración en la que el gordo se pintaba conduciendo el Peugeot 504 de su hermano acompañado por dos esbeltas muchachas y entrando a un conocido hotel de parejas en la Panamericana. Pero retomemos; como decía, todos estábamos casi convencidos de que Marcelo se había alejado de la realidad y nunca volvería a hablarle a una chica; hasta aquel día en el tren... De regreso a su casa, en Munro; el gordo sentado junto a la ventanilla soñaba otro romance mientras veía pasar vertiginosamente los edificios. Al cabo de un par de estaciones Marcelo cayó en la cuenta de que frente a él se encontraba sentada una dulce y tímida señorita. Dulce, porque esbozó una disimulada sonrisa; y tímida porque al cruzar su mirada con la del gordo dejó caer sus párpados. Marcelo se sintió flechado y sus labios se sellaron. No podía coordinar palabra alguna ¿Qué decirle? ¿Cómo iniciar una plática sin parecer cargoso o caer en ridículo? Así es, la timidez aún continuaba haciendo estragos en su persona. De repente, la joven inquirió con voz acaramelada: -Disculpame, ¿Conocés la avenida Mitre en Munro?- -Por supuesto, yo vivo en ese barrio, puedo acompañarte, voy de paso por ahí.- Susurró Marcelo en un tono tan bajo como se lo permitía el ruido del tren. A partir de ese instante comenzó un delicioso cruce de palabras, miradas y risas al unísono. De repente, la muchacha, algo acalorada intentó levantar la ventanilla, sin obtener éxito alguno. El gordo, en un gesto de galantería, se inclinó, tomó ambos pestillos de la ventanilla y luego de hacer sólo un poco de fuerza, al cabo que la ventanilla iba cediendo, el gordo se iba desgraciando en un largo y característico sonido que brotaba impunemente de su cuarto trasero. ¡Pobre gordo! A él lo cortés le quitó lo valiente. Al no animarse a ver a la niña a los ojos... se arrojó del convoy, ignorando que la chica era sorda y leía los labios. Y aún hoy, casi superado el dolor, muchos nos preguntamos: ¿Cómo hizo el lechón pa` pasar por la ventanilla? Daniel Otero ©1984 Comenten... o camino por los palitos
Un cuentito que escribí hace algunos años. Espero que les guste! La desgarrante historia del virginal joven quien luego de recibir tantas negativas por parte de diversas señoritas misteriosamente se arroja del tren en el preciso momento en que mantenía fluidamente una charla con su compañera de asiento. Así como un segundo antes de morir recordamos toda nuestra vida; Marcelo Cobreros iba rememorando su pasado en el Munro Express. Marcelo, había nacido gordo, vivía gordo y murió a causa de una de sus flaquezas: la casi infranqueable timidez que siempre lo atormentó. Durante su pubertad y primera adolescencia, como casi todos los de su edad, fue al colegio secundario. Allí comenzaron sus penurias. Amó a muchas, (por no decir a todas) pero nunca fue correspondido. Lo que comenzó siendo un pequeño problema; con los años se convirtió en complejo, el cual hizo crisis momentos antes de su violento final. El gordo, como lo llamábamos cariñosamente sus amigos, había amado entre otras a Alejandra Lauría, Claudia Brunel, Claudia Potús, Betty Ferrando, Rosario Schang, Anita Schivetti, Miryam Casacia, Alicia Hidalgo, Luján Pérez, Mirta García y Cecilia Echevehere entre otras. A ésta última y a Alicia Hidalgo, tras hacer un supremo esfuerzo, el gordo logró esbozarles vagas frases de amor al mejor estilo de Bécquer, (o como se escriba) pero, hoy en día, a poco del siglo veintiuno, todos sabemos que lo único que eso provoca en una mujer no es precisamente amor sino una gran mofa e hilaridad. Pero en fin, Marcelo era un sentimental, cuando pensaba en su amor de turno no reparaba en el calendario. Demás está decir que el sistemático no de las jovencitas, dejó al gordo hecho una verdadera piltrafa espiritual. Todos creíamos con firmeza que Marcelo se había dado por vencido cuando decidió abandonar la realidad y comenzó a soñar; sí; simplemente a soñar sus romances. En su mente, no cabía la palabra “no”, todas las chicas le consentían todo. Era hermoso, era un edén privado. Tan bello que Marcelo llegó a asumirlo. Debo confesar que más de un millar de veces nos hemos reído a sus espaldas, de las insólitas historias que nos relataba. En efecto, nunca podré olvidar aquella inefable narración en la que el gordo se pintaba conduciendo el Peugeot 504 de su hermano acompañado por dos esbeltas muchachas y entrando a un conocido hotel de parejas en la Panamericana. Pero retomemos; como decía, todos estábamos casi convencidos de que Marcelo se había alejado de la realidad y nunca volvería a hablarle a una chica; hasta aquel día en el tren... De regreso a su casa, en Munro; el gordo sentado junto a la ventanilla soñaba otro romance mientras veía pasar vertiginosamente los edificios. Al cabo de un par de estaciones Marcelo cayó en la cuenta de que frente a él se encontraba sentada una dulce y tímida señorita. Dulce, porque esbozó una disimulada sonrisa; y tímida porque al cruzar su mirada con la del gordo dejó caer sus párpados. Marcelo se sintió flechado y sus labios se sellaron. No podía coordinar palabra alguna ¿Qué decirle? ¿Cómo iniciar una plática sin parecer cargoso o caer en ridículo? Así es, la timidez aún continuaba haciendo estragos en su persona. De repente, la joven inquirió con voz acaramelada: -Disculpame, ¿Conocés la avenida Mitre en Munro?- -Por supuesto, yo vivo en ese barrio, puedo acompañarte, voy de paso por ahí.- Susurró Marcelo en un tono tan bajo como se lo permitía el ruido del tren. A partir de ese instante comenzó un delicioso cruce de palabras, miradas y risas al unísono. De repente, la muchacha, algo acalorada intentó levantar la ventanilla, sin obtener éxito alguno. El gordo, en un gesto de galantería, se inclinó, tomó ambos pestillos de la ventanilla y luego de hacer sólo un poco de fuerza, al cabo que la ventanilla iba cediendo, el gordo se iba desgraciando en un largo y característico sonido que brotaba impunemente de su cuarto trasero. ¡Pobre gordo! A él lo cortés le quitó lo valiente. Al no animarse a ver a la niña a los ojos... se arrojó del convoy, ignorando que la chica era sorda y leía los labios. Y aún hoy, casi superado el dolor, muchos nos preguntamos: ¿Cómo hizo el lechón pa` pasar por la ventanilla? Daniel Otero ©1984 Comenten... o camino por los palitos