noseasmalo
Usuario (Argentina)

Estos cuentos forman parte de un proyecto-libro titulado "Cuentos para analfabetos". Fueron escritos entre los años 2000 y 2003. Hace Tantos Años... Don Julio salió apurado, olvidó su abrigo; lo necesitaba porque no estaba bien de salud y cualquier “vientito” lo ponía de cama por lo menos tres días. El cielo estaba oscuro, nublado, siempre amagando a llover. Y llovía, vaya si llovía. La habitación donde dormía estaba siempre encharcada si afuera había temporal. Un día de estos me subo y lo arreglo, decía. Lejos estaba siquiera de arrimar la escalera. El hombre ya estaba grande, tenía ochenta y ocho. Había quedado viudo a los sesenta y siete. Vilma, su mujer, había fallecido por un descuido de su doctor. Al realizarle una operación con una jeringa sucia, se le produjo una infección grave. Murió de tétanos. Don Julio, no tenía consuelo, solo y sin hijos. Ese día, sintió ganas de volver al viejo bar. Hacía mucho que no se tomaba algo con los “pibes”, aunque los “pibes” quizás ya no estuvieran allí. Entró con miedo, mojado hasta los huesos; no reconoció a nadie. Había una mujer sentada en una esquina, mirando a la calle y un mozo que servía cafés no se sabe a quien. Se sentó en una mesita, observando que todo estaba intacto, tal como él lo había visto treinta años atrás. Un feca, pidió, levantando su brazo derecho. Nadie le prestó atención. ¡Un café por favor!, insistió. Nada. De pronto, las puertas del boliche se abrieron de par en par dejando entrar algunas gotas de lluvia y viento. El individuo que entró era también un anciano. A Don julio le pareció conocerlo. ¿De donde?, pensaba. ¡Ernesto!, era Ernesto, compañero de truco en el bar “El Santo”, donde se encontraban en ese momento. -Che, Ernesto... ¿qué haces?, -comenzó a reír Don julio, mezcla de nervios con felicidad. El tipo no emitió sonido alguno, aunque dio a entender con un gesto instintivo que lo había escuchado. Pidió un vaso de vino, el cual le fue servido por el mismo barman. Hablaron dos minutos, cuando Ernesto se levantó y mirando fijo a Don Julio, se encaminó hacia su mesa. -Julio, te estuvimos buscando por el barrio durante años, nunca te ubicamos, tampoco volviste -Don julio no entendía la forma repentina con la que su amigo le hablaba después de tanto tiempo, menos razonaba lo que le decía. Pero si él vivía a tres cuadras del negocio desde que tenía veinte años, ¿cómo podía ser posible que nadie lo encontrara?. -Pensamos que te habías mudado, incluso Jorge juró haber estado en tu funeral -Ernesto parecía franco, su tono de vos demostraba entre seriedad y desinterés, como el de un profesor que comunica un aplazo. Don Julio estaba verdaderamente azorado, era una confusión o una broma de mal gusto. -No sé que decirte Ernesto, te pido perdón -Don Julio salió del local, saltó un pequeño charco y cruzó la calle. Se detuvo a mirar el viejo edificio desde la vereda de enfrente. Una mujer con un paraguas negro lo protegió del diluvio. -Venga Don Julio, ¿para qué lo mira?, si el viejo bar cerró hace tantos años... ________________________________________________________________________________________ Una Noche Infinita. Era una noche que de poder haberla guardado en un frasquito, la hubiéramos ubicado junto a otras noches maravillosas, otras tantas mañanas y quizás alguna que otra siesta. Todo era perfecto; la hora, la estación, el vientito que se escurría con timidez por la ventana, el olorcito de ese viento; suave, sutil, de terciopelo, como esos airecitos que sin proponérselo, y sin avisarnos, nos tornan optimistas, animados, deseosos de salir a buscar mas aromas. En es ambiente Luis escribía su cuento; ese cuento que necesitaba redactar para el colegio, pero sobre todo, que narraba para ser elegido por la maestra como el mejor del curso. Claro, las palabras no salían fáciles, y Luis, con cada frase que borraba, se ponía más nervioso, más indeciso. Un sorbo de leche, tres palabras, una mirada hacia la calle, dos palabras. La trama estaba planteada: se trataba de un muchacho cuya escasa inspiración, no le permitía continuar escribiendo un cuento que debía tener listo para el día siguiente. Pero si al personaje de mi cuento le pasa lo mismo que a mí, pensó, tengo que hacer algo diferente para que mi personaje haga lo mismo y así poder terminar la historia… Luis tomó su bicicleta y salió de su casa sin olvidarse de su inseparable mochila. Tenía esperanzas de que el barrio le obsequiara algún chisme para contar. Las luces tenues de los faroles con sus bichitos visitantes, los autos con lenta marcha que quedaban atrás y la plaza de su infancia, que no estaba tan lejos como parecía. Allí se sentó, en un banco que él creía, era el que mejor vista tenía. Esperó unos minutos, observando todo a su alrededor. A pocos metros suyo, una parejita nueva, había advertido la concentración con la que el chico buscaba algo. Al rato, la plaza era toda de Luis, que comenzó a caminar por los senderos que marcaban las piedritas. Miraba también las rosas del jardín, que por la mezcla de luces, ahora se veían negras. Sintió en un momento, de manera muy especial, cómo una brisa lo transformaba en un ser sumamente feliz. Era casi un aura milagrosa, con la cual hubiera deseado ser abrigado hasta sus últimos días y que el resto de las personas también gozara. Se volvió hacia el asiento donde estaba apoyada su bici. Busco ligeramente en la mochila algo que lo pueda ayudar. La vuelta fue más vertiginosa. Anhelaba llegar tan pronto a su casa que olvidó obtener alguna buena anécdota para su cuento. Quizás esa ráfaga le habría “organizado” las palabras en su cabecita. Subió presuroso a su habitación, anotó una fecha en un papelito y la pegó en un frasco que colocó muy cautelosamente sobre un estante, junto a otros tantos recipientes de vidrio. De inmediato tomó una lapicera y escribió su historia, mientras la negra noche le regalaba sus más vergonzosos secretos. __________________________________________________________________________________ La Final del Mundo. Alberto observó con cierta admiración como Pancho dormitaba sobre una vieja frazada, con la tranquilidad que tiene un niño cuando arma un castillo de arena. Aquel perro, consentido, perezoso, era por sobre todas las cosas, su consejero silencioso. Bastaban solo un par ladridos para dar el “OK” cuando Alberto le preguntaba algo. Y ese domingo, Beto y su can, tenían una cita de honor. El fútbol los convocaba, los unía en una mañana de final frente al televisor. “Su” River, el River de su infancia, el de tardes de lágrimas y sonrisas, el River por el cual soportaba soles de frente y toleraba apretujones y aludes de hinchas enardecidos por un gol, ese River, jugaba la final del mundo contra los italianos; tipos aguerridos, pegadores, veteranos de mil cruzadas futbolísticas. Alberto no había dormido en toda la noche, era demasiado para él. Había ganado todos los campeonatos y copas posibles. Menos esa. A las seis y media compró el diario, preparó unos mates y de pasada, gastó por anticipado a Julián, su vecino hincha de Boca. Y ese era otro problema. Alberto vivía en una pensión de La Boca desde que tenía veintidós años. Era el blanco perfecto para todo tipo de cargada cuando los clásicos rivales se enfrentaban. Y lo peor. Nunca había podido lucir la camiseta de sus amores en público, por razones obvias. -¿Hoy ganamos Panchito?...El perro ladró incesantemente. Ese “OK” lo dejaba tranquilo. Al menos por ahora. El encuentro ya había comenzado, el que dominaba era River. Alberto temblaba como en un día de invierno y Pancho desde su camastro, le transmitía tranquilidad. Para los treinta y cinco del primer tiempo, el travesaño permitía que la Banda no caiga en el resultado. Los Argentinos, ahora, poco y nada; un remate de Sánchez quizás pudo haber aligerado varios corazones, pero nada más. Alberto, cada vez mas loco. Los minutos pasaban y el segundo tiempo ya era un hecho, con los gringos arriba en el marcador. El lateral derecho de River, pifie mediante, permitió que el nueve “mole” de ellos, convirtiera con la mayor comodidad. -¡Me quiero morir! –Beto buscó en Pancho una esperanza, un compañero que le diga: no te preocupes, ahora lo damos vuelta. Pero el animal estaba dormido, ya no podía escuchar un ladrido que estire la ilusión. Sin embargo, a los ochenta y ocho del complemento se produjo un milagro, un suceso que podía emparejar la cuestión: ¡penal!, y el encargado de la ejecución era Amadeo. Mario Amadeo, nacido en Balbanera. El corazón de Beto estalló; el mundo le daba la oportunidad de ser libre, de poder gritarle a todo ese barrio hostil: ¡Viva River! Y aunque ese tanto solo le otorgaba la igualdad, Beto se sentía poderoso, casi Campeón. Alterado, excitado, zamarreó la cola de Pancho para despertarlo. Ese era un momento que debía compartirlo con el compañero inseparable, con su consejero silencioso. -¡Pancho!...¡Pancho!...¿lo mete? -Beto se quedó duro, el planeta dejó de dar vueltas. -¡Panchito...! -Pancho lo miró fijo, pero no movió un solo pelo de los millones que le cubrían la trompa. El televisor se apagó antes de que la pena máxima se ejecutara. Estaba todo dicho. Otra lagrima más que Alberto derramaba por su querido River. __________________________________________________________________________________________ De a poco voy a ir subiendo mas, espero que lo disfruten. Comenten aunque sea si sigo escribiendo o no