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Usuario (Argentina)

Primer post: 1 dic 2010
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El Conquistador, Federico Andahazi PART 2
Apuntes Y MonografiasporAnónimoFecha desconocida

SEGUNDA PARTE Los prófugos del viento Era consciente de que era aquél el prolegómeno de la más grande de todas las guerras. Pero esa batalla no podría librarse en el nombre de Huitzilopotchtli, sino en el de Quetzalcóatl; de otro modo estaría perdida antes aun de comenzar. Todo esto pensaba Quetza, cuando, desde lo alto del mástil, uno de sus hombres volvió a gritar: Al aproximarse a la costa, Quetza pudo divisar un promontorio en cuya cima había un templo erigido en honor del Cristo Rey. Tal vez a causa de la añoranza, el joven capitán mexica creyó que aquella colina era obra del hombre: estaba seguro de que se trataba de una pirámide y no se deshizo de aquella idea por mucho tiempo. Fue por esa razón que bautizó aquel puerto como Ailhuicatl Icpac Tlamanaca-lli, voz que significaba "La pirámide sobre el mar". Nombre este que a Quetza le resultaba más fácil de pronunciar que Marsella, tal como indicaba en ese punto una de las cartas que el capitán mexica había obtenido de manos del almirante de la reina. Piratas del Mediterráneo A diferencia de su entrada en Huelva, furtiva y en un recodo escondido, Quetza ingresó a Marsella por la ensenada principal del puerto. Luego del recibimiento con salvas y honores que le habían dado en España, no tenía motivos para ocultarse como un ladrón. Después de todo, se dijo, era un verdadero dignatario y venía con la bendición no sólo de su tlatoani, sino también conja de los reyes de Aragón y Castilla. A medida que se iba acercando, Quetza podía comprobar que Marsella era un puerto rodeado por una pequeña ciudad, como si las herniosas y sencillas casas blancas de techos rojos diseminadas a uno y otro lado de la gran dársena hubiesen sido traídas por los barcos desde algún lugar remoto. Pese a la enorme cantidad de naves que entraban, salían y fondeaban, la pequeña escuadra mexica se hizo notar de inmediato: todos los marineros, los que estaban embarcados y los que se hallaban en tierra, giraban la cabeza para ver esa extraña embarcación presidida por una serpiente emplumada. No podían disimular su asombro al ver a los tripulantes vestidos con aquellos ropajes extraños: Quetza llevaba puesta su pechera de guerrero, sus collares y brazaletes, pero en lugar de la vincha con plumas, tenía la cabeza cubierta por un sombrero de capitán español, obsequio del cacique de Sevilla. El resto de la tripulación mezclaba sin demasiado criterio las ropas que habían traído de la Huasteca con otras que intercambiaron con los nativos en España. Jamás habían visto los lugareños un barco como aquél y no se explicaban cómo esos extranjeros de piel amarilla y atuendos estrafalarios comandaban una carabela de origen español. Los marinos nativos hubiesen encontrado graciosa aquella escuadra insólita, de no haber sido por los armamentos que exhibían: cañones, arcabuces, arcos, flechas y lanzas. El motín de los coyotes Avanzaban por el ancho fondeadero y, cuando se disponían a soltar amarras, fueron flanqueados por tres naves que los escoltaron hasta una escollera. Quetza y Maoni, comandando sendos barcos, agradecieron con gestos grandilocuentes el recibimiento. Desde una de las embarcaciones nativas se vio el destello de un arcabuz, al que siguió una cantidad de estruendos y refucilos. El capitán mexica creyó que se trataba de una salva igual a la que recibieron al llegar a Huelva, pero al ver que uno de los proyectiles había alcanzado la cubierta, destruyendo parte de la balaustrada de la pequeña goleta, comprendió que no eran aquéllas muestras de bienvenida. Maoni esperó las órdenes su capitán: estaba dispuesto a contestar el ataque si asi lo decidía. Sin embargo, Quetza creyó prudente conservar la calma y explicar a los nativos que venían sin ánimos de iniciar hostilidades. Uno de los barcos se acercó y su capitán, en una lengua extraña, repleta de sonidos guturales que parecían modulados con la glotis y no con la lengua, interrogó a Quetza en forma imperativa. El comandante mexica no sabía qué contestar porque, en rigor, no había entendido una sola palabra; apenas si balbuceaba algo de castellano. Pero para sorpresa de todos los tripulantes, Keiko se dirigió al capitán nativo en aquel idioma indescifrable. Primera batalla A Quetza se le hizo evidente que, a pesar de su juventud, su futura esposa había vivido mucho más que cualquier otra muchacha de su edad. Los miembros de la tripulación fueron obligados a dejar todas las armas a bordo y, una vez en tierra, los condujeron hacia un recinto sombrío cercano al puerto. Las explicaciones que dio Keiko no parecían convencer a los nativos. El hombre que los interrogaba quería saber de dónde venían y cómo obtuvieron la carabela española, sugiriendo que la habían tomado por asalto, asesinando a su auténtica tripulación y robando su valioso cargamento. El hombre rió con una carcajada sonora cuando Quetza, a través de Keiko, le dijo que venían de España, que fue la propia reina Isabel de Castilla quien le había obsequiado el barco con su carga y los armamentos. Aquellas palabras fueron suficientes para que el capitán nativo ordenara que las naves fuesen decomisadas de inmediato. El hombre separó a Keiko del resto, sospechando que tal vez la mujer había sido secuestrada por aquellos extravagantes piratas, y dispuso que los encarcelaran sin más trámite. Habiendo recorrido la mitad del globo luego de haber sobrevivido a los tainos y a los canibas, a las mareas, a la tempestades y a las hogueras del Cristo Rey, Quetza veía cómo su empresa zozobraba de pronto en un abrir y cerrar de ojos. Sin poder hacer nada, vio cómo un grupo de hombres se llevaba a Keiko. La guerra de los salvajes Los sueños de Quetza y su pequeña avanzada se estrellaron de pronto contra los muros de una prisión fría, húmeda y hedionda. Aquellos salvajes tan poco hospitalarios no parecían dispuestos a creer que los extranjeros viniesen de Catay, tal como afirmaban. El comandante mexica hizo prometer a cada uno de sus hombres que no revelarían la verdadera procedencia bajo ninguna circunstancia, ni aunque fuesen sometidos a tormentos. Era preferible que los creyeran piratas a que supieran quiénes eran y de dónde venían. Debían estar dispuestos a morir antes de que esos nativos averiguaran que existía un mundo al otro lado del océano. Tal vez ninguno de ellos hubiese podido cumplir esa promesa antes de emprender la travesía; pero ahora, luego de la hazaña que habían protagonizado, ya no eran los mismos que zarparon. Habían comprobado que la épica no era solamente un género poético que recitaban sus mayores, sino que acababan de escribir, acaso, la página más gloriosa de la historia luego de la fundación de Tenochtitlan. Aquellos mexicas ladrones, asesinos, desterrados, esos huastecas sometidos, humillados, despreciados, se habían convertido en héroes. La casa del dios ausente Maoni le sugirió a Quetza que, perdido por perdido, organizaran un plan de rebelión y fuga; le hizo ver a su jefe que si habían sido capaces de surcar los mares y superar todas las adversidades que les deparó la travesía, podían doblegar a sus captores como guerreros que eran. Los mexicas habían vivido la mayor parte su vida en una cárcel más sombría que aquélla y los huastecas eran cautivos en su propia tierra hacía mucho tiempo. De manera que nadie podía mostrarse sorprendido, ni menos aún desesperado, ante una circunstancia que le era casi natural. De hecho, todos ellos habían protagonizado revueltas, fugas y motines. Quetza le dijo a Maoni que, bajo otras circunstancias, ya hubiese dado la orden para que se rebelaran, pero le hizo ver a su segundo que los nativos tenían a Keiko de rehén y que ante el menor intento de fuga, sin duda la utilizaría como pieza de cambio para disuadirlos. Sólo en la Tierra Entonces, luego de un largo silencio, el más viejo de los tripulantes mexicas dijo lo que todos pensaban: entendían lo que sentía por la niña de Cipango, pero ella no era parte de la tripulación. Él, como capitán de la escuadra, no podía traicionarlos por una mujer. No tenía derecho a supeditar los altos intereses de Tenochtitlan por asuntos sentimentales. Le dijo que los dioses no perdonarían su egoísmo, si, por ir detrás de una muchacha, desobedecía el mandato de su tlatoani. Quetza escuchó con la cabeza gacha. Cuando el subordinado terminó su discurso, el joven capitán se puso de pie y, furioso como nadie lo había visto antes, lo tomó del cuello con una fuerza tal que llegó a levantarlo en vilo. Para que nadie tuviese dudas de que él seguía siendo el capitán y que no estaba dispuesto a tolerar una insubordinación, se dirigió a toda su tripulación mirando alternativamente a cada uno de sus hombres. El libro de las maravillas Con las venas del cuello inflamadas, les dijo que el rescate de Keiko no se trataba de una cuestión sentimental, sino de un asunto militar. Les recordó que si ahora sabían cómo era la Tierra, era gracias a los mapas que había trazado Keiko. La vida de la niña de Cipango no era un capricho de un hombre enamorado, sino una razón de Estado: ella conocía, quizá como nadie, la ruta que conducía al Oriente Extremo y en sus manos estaban las llaves de las míticas tierras de Aztlan, lugar del origen de todos los pueblos del valle de Anáhuac. El lugar del origen Entonces Quetza creyó que era ése el momento de revelar sus planes a la tripulación. Un poco más calmo, pero aún con el pecho convulsionado por la ira, les dijo a todos lo que ni siquiera le había confesado a su segundo, Maoni: no volverían a Tenochtitlan por la misma ruta por la que habían llegado a España, sino que seguirían navegando hacia el Levante; irían hasta Aztlan y harían el mismo camino que hiciera el sacerdote Tenoch para llegar hasta el valle de Anáhuac. Y no podrían hacer la travesía sin la guía de Keiko. De manera que, tal como pedían, dijo Quetza, quizá lo más sensato fuese organizar un plan de fuga, siempre y cuando el propósito último fuese conseguir la liberación de Keiko. No esperó a que sus hombres le manifestaran su acuerdo: era una orden. El sueño de Tenoch Del otro lado de la reja había dos guardias armados con sables, que vigilaban la celda. Ninguno de los mexicas había podido ocultar en sus ropas ni siquiera una punta de obsidiana. Habían sido despojados de cuanta cosa pudiese resultar punzante o contundente: brazaletes, collares y piedras les fueron incautados. Por otra parte, ambos guardias, sentados a más de diez pasos de la reja, estaban fuera del alcance de los presos. Ni siquiera se acercaban para traerles agua y comida: hacían esto arrimando un cuenco y una fuente repleta de pan ácimo y granos con una suerte de pala provista de un mango, equivalente a dos brazos de largo. De modo que los presos estaban completamente inermes y no tenían forma de hacer contacto con los guardias. O al menos, así lo creían los nativos. La niña de Cipango Quetza señaló los labios de Tlantli Coyotl, un muchacho muy delgado que tenía una boca desmesurada, y no hizo falta que le hablara para que entendiera el plan: asintió sonriente mostrando su dentadura temible de animal salvaje. Tlantli Coyotl significaba "dientes de Coyote" y no era este nombre metafórico. Para asombro de los desprevenidos, el chico se quitó entera la dentadura superior, que estaba hecha con auténticos colmillos de coyote engarzados en una falsa encía de cerámica, que encajaba sobre la quijada. Quitó dos de los afiladísimos dientes de la cuña, los puso en la palma de su mano y volvió a colocarse el resto de la dentadura. Lo que hizo luego impresionó aún más a quienes no conocían sus secretos: se llevó las manos hacia el soporte del cuello y, a través de un orificio en la piel, comenzó a extraerse, lentamente, el hueso de la clavícula. Cuando lo hubo sacado por completo, los demás pudieron ver que el hueso estaba ahuecado en su centro. Entonces tomó uno de los colmillos y lo introdujo dentro de la falsa clavícula que ocultaba bajo el pellejo, resultando el diámetro de uno perfectamente coincidente con el de la otra. Ahora tenía una mortífera cerbatana. Sólo había que esperar que el guardia que tenía las llaves se acercara un poco para arrimarles agua y comida. Un viaje sereno Pasaron varias horas hasta que esto sucedió. El hombre avanzó unos pasos y, a prudente distancia, se detuvo, cargó los víveres en aquella suerte de bandeja y, echando levemente el cuerpo hacia delante, la empujó con el mango. En el mismo momento en que el guardia inclinó el cuerpo, Tlantli Coyotl sopló con fuerza y el colmillo, afiladísimo, se incrustó en medio de la garganta del hombre que, azul de asfixia, cayó cuan largo era. En el preciso instante en que el otro nativo se levantó para auxiliar a su compañero caído, recibió el segundo colmillo cerca de la nuez. El primer tiro fue preciso: al muchacho no le preocupaba su puntería jamás fallaba, sino el momento: el guardia no debía caer ni para atrás ni para un costado, sino para adelante, de otro modo no podrían alcanzarlo para quitarle las llaves. Y así sucedió. Estirando mucho los brazos pudieron tomarlo por los cabellos y acercarlo hasta la reja para quitar las llaves que pendían de su cuello perforado por el diente. La lluvia bajo las aguas Una vez fuera de la celda, tomaron los sables de los guardias y todas las armas que encontraron a su paso. Avanzaron por un corredor y, con la misma llave, abrieron las puertas de las demás celdas liberando a todos los prisioneros nativos. El propósito de soltar a todos los presos era crear la mayor confusión a la hora de salir del edificio, haciendo que, en su huida desordenada, les sirvieran de vanguardia y retaguardia. Tal como supuso Quetza, en el exterior había muchos más guardias custodiando las puertas y, al ver la estampida, la emprendieron con sus armas sin discriminar quién era quién. Así, en medio del tumulto, los mexicas consiguieron escapar entre la multitud de incautos nativos que intentaban fugarse y, sin plan ni método, caían a manos de los soldados. Ocultos en un pequeño establo en las afueras de Ailhuicatl Icpac Tlamanacalli, tal el nombre con que Quetza había bautizado a Marsella, el ejército mexica deliberaba sobre el modo en que habrían de rescatar a Keiko del cautiverio del cacique y luego recuperar sus barcos para continuar el periplo hacia las tierras de Aztlan. Quetza había perdido uno de sus barcos, parte de la tripulación y las pruebas de su epopeya. Había perdido a su padre y a las dos mujeres que amaba. Pero aún podía perder mucho más: su patria. Tenochtitlan estaba en peligro. Debía hablar cuanto antes con el tlatoani. Con el corazón quebrado, intentando recomponer su paso enclenque y su investidura de capitán, marchó hacia el Templo Mayor. El centinela junto a las gaviotas No bien Quetza se presentó en Huey Teocalli, supo que el emperador Tízoc, quien había apadrinado su expedición, había muerto y ahora lo sucedía Ahuízotl. El nuevo tlatoani ni siquiera estaba al tanto de la empresa que su antecesor confiara al joven capitán. Quetza narró al emperador cada detalle del viaje. Le habló de las tierras que se hallaban a ochenta jornadas navegando hacia el Este, relató las ambiciones territoriales de España y Portugal y su encuentro con la reina Isabel. Con gesto impávido, buscando posición en su trono, Ahuízotl permanecía en silencio. Quetza le habló a su rey del poderío naval de los reinos de Europa, de aquellas bestias maravillosas, fuertes y sumisas, los caballos, que hacían que los ejércitos pudieran avanzar veloces y contundentes. Le describió los carros que se deslizaban sobre ruedas, las armas de fuego capaces de demoler muros y castillos de piedra. Le dijo que si las tropas mexicas contaran con una caballería y aquel armamento, no podrían ser derrotadas por ningún otro ejército. Le relató el modo en que se habían apoderado por algunas horas de la ciudad de Marsella, haciendo prisionero al cacique luego de haber derrotado a su guardia y tomado su palacio. Las palabras se le agolpaban en la boca para describirle al tlatoani las maravillas que había visto en Venecia, ciudad que definió como gemela de Tenochtitlan, en Florencia y en todos los reinos de la península itálica. Quetza intentaba no mirar a los ojos del rey, pero tal era la emoción que imprimía al relato que, por momentos, se olvidaba del protocolo. De rodillas ante Su Majestad, le habló de la Puerta de Ambos Mundos, la increíble Constantinopla, de las ciudades que se diseminaban a lo largo de los ríos de la Mesopotamia, le describió los camellos, aquellas bestias que podían cruzar desiertos llevando agua dentro de unas gibas que tenían en su lomo; le relató sus impresiones de la India y de Catay. De pronto Quetza guardó un silencio recogido para encontrar las palabras más adecuadas y entonces, por fin, incorporándose, le dijo a Ahuízotl que había estado en las lejanas tierras de Aztlan, el lugar del origen desde donde había partido el sacerdote Tenoch. El capitán mexica esperaba que en este punto el emperador dijera algo, pero ante su cerrado silencio, continuó: luego de acariciar las costas de una isla llamada Cipango, navegó hacia el Este hasta completar la vuelta a la Tierra, llegando a los territorios del Imperio por Oaxaca. Pero el tlatoani no pronunció palabra. Sólo entonces, una silueta agostada y temblorosa surgió desde las sombras, elevándose lentamente detrás del trono de Ahuízotl. Quetza pudo reconocer en esa figura marchita a su viejo verdugo: el sacerdote Tapazolli. Apoyándose en un bastón, el religioso caminó con paso trémulo y con aquella misma voz que tanto le conocía dijo: Imagino que debes haber traído alguna de todas esas maravillas. Quetza, de rodillas como estaba, se derrumbó en un llanto silencioso. Hecho un infantil ovillo de tristeza, lloraba como nunca lo hizo. No creyó necesario decir que todas las pruebas de su travesía habían quedado sepultadas en el fondo del océano. No creyó necesario decir eso ni ninguna otra cosa. De hecho, decidió no volver a pronunciar una sola palabra más. Desterrado por segunda vez, Quetza fue nuevamente obligado a partir a la Huasteca y confinado en la Ciudadela de los Locos. Maoni y los compatriotas que lo acompañaron fueron sacrificados en Huey Teocalli como enemigos de Tenochtitlan. Los demás, volvieron a la misma cárcel de la que habían salido. Quetza solía encaramarse sobre los techos, en el lugar más alto, y desde allí, en cuclillas, contemplaba el mar sin pausa desde el amanecer hasta el ocaso. Mientras abajo los demás reclusos deambulaban cargando con sus espantajos invisibles, discutiendo a los gritos con los demonios que anidaban en sus cabezas, Quetza, con los ojos abiertos, sin parpadear, esperaba el momento en que, desde el horizonte, surgieran los mástiles de las naves del almirante de la reina, trayendo consigo los dioses de la muerte y la destrucción. Aquel centinela agazapado sobre lo alto era el único que lo sabía: la guerra de los dioses estaba por comenzar. ESPERO Q LES HAYA SERVIDO...

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El Conquistador, Federico Andahazi PART 1
Apuntes Y MonografiasporAnónimo12/1/2010

EL CONQUISTADOR Autor: Federico Andahazi Resumen Del Libro UNO Los jardines flotantes Por aquellos días en Tlatelolco y Tenochtitlan gobernaba Axayácatl un rey justo, que sin embargo cualquier celebración la consideraba propicia para realizar sacrificios. Un personaje que odiaba estas actividades era Tepec, un anciano venerable pero que sin embargo no era atendido por los monarcas o los sabios. Tepec había ideado el sistema de diques que defendía a la isla de los avances del agua. Como Tepec estaba en contra de los sacrificios siempre trató de evitarlos, esta vez eran cuatro personas las elegidas, entre ellas un niño de dos años que se veía sumamente enfermo y que no había escogido esa forma de morir, como sí lo hicieron las otras personas que iban a ser sacrificadas en nombre del Dios de la Guerra. El elegido Axayácatl estaba a punto de enterrar el cuchillo de obsidiana sobre la carne del niño huérfano, pero en ese momento Tepec saltó del lugar en donde se encontraba y se dirigió hacia el emperador, y de un modo muy respetuoso le dio razones para que no sacrifique al niño, las cuales eran que al ser un niño enfermo los dioses no van a aceptar ese sacrificio al considerarlo mínimo y van a mandar pestes sobre la ciudad. Otro sacerdote llamado Tapazolli se oponía a los argumentos de Tepec y quería que el sacrificio se realice de una vez. Tepec logró convencer al emperador de que no realice el sacrificio sin embargo le ordenó que desde ese momento Tepec se iba a hacer cargo del niño en todo aspecto. La calle de los herbolarios Tepec maldecía su suerte. Ya en su casa solo atinaba a mirar al niño llorar sin para en el suelo, no quería volver a criar a un niño, el tuvo dos hijos y no quería volver a pasar por eso. El vientre del niño estaba muy hinchado, lleno de parásitos, sin embargo parecía que estaba sano en general, eso sí muy flaco. Tepec vivía en el barrio Mollonco Itilillan tenía siete esclavos, tuvo dos esposas y dos hijos que habían muerto. Tepec se dirigió con el niño hacia el mercado que estaba muy bien organizado, se dirigió hacia el herbolario, saludó al dueño y le pidió ayuda con el niño, el dueño examinó al niño y consideró que no iba a vivir, sin embargo le dio una redoma alargada que contenía una pócima y un atado de ramas de ahuejote, le explicó como debía administrar el remedio y se dio cuenta de que no iba a poder dormir en los próximos tres días. Tepec había perdido a sus dos hijos y no estaba dispuesto a entregar esa última oportunidad de descendencia. Otoño en primavera El viejo se negaba a rendirle culto al Dios de la Guerra y los Sacrificios, pues sus hijos que nunca fueron educados para la guerra fueron asesinados ya que formaron parte del gran ejército mexica que fue a la conquista de de los vixtotis, Tepec no pudo hacer nada para evitar que sus hijos no vayan a la guerra, al contrario era su obligación enviarlos. Esto estaba recordando el viejo mientras encendía una rama de ahujote y trataba de que el niño se recuperara y no muera. Luego de los tres días con sus noches que Tepec pasó al lado del niño cubriendo todas sus necesidades el niño se restableció. Tepec le puso el nombre de Quetza al niño, que significa “El resucitado”. Las voces del valle Existían dos diferentes educaciones en Tenochtitlan: Telpochcalli y Calmécac, los primeros de educación sin embargo se reservaban para los padres, las mujeres educaban a las hijas y los padres a los hijos. Tepec crió a Quetza en el cariño y el consentimiento y no en el rigor propio de la crianza de los mexicas. Quetza tuvo una infancia feliz, lo único que Tepec lo obligaba a hacer era el rigor intelectual. En general el modo de enseñanza de los padres a los hijos dentro del hogar se ajustaba al enunciado de los huehuetlatolli, que se trataba de una cantidad de apotegmas, proverbios y discursos que resumían los principios mexicas. Las mujeres en cambio decían fórmulas a sus hijas acerca de la preparación para el matrimonio y la crianza de los hijos. Quetza se convirtió en un niño robusto y estatura breve. Tepec lo había criado en la idea de que todos los pueblos que compartían el valle y la lengua náhuatl, alguna vez fueron un solo pueblo y deberían volver a serlo. Quetza recibía la indiferencia y el rechazo de los demás niños del calpulli, cosa que no ocurría con los niños de los esclavos que eran los amigos de Quetza. Sus grandes amigos eran Huatequi e Ixaya. Los varones eran amigos inseparables, sin embargo, la presencia de Ixaya agregaba a su relación fraterna un componente de rivalidad. Entre los amigos jugaban toda clase de juegos como el Tlachtli, la lucha de los caballeros Águila y los caballeros Jaguar. Fue por estos días de infancia cuando Quetza descubrió la vocación que habría de signar su existencia. Madera de navegantes Desde pequeño Quetza demostró su habilidad para armar y diseñar embarcaciones, podía pasarse horas en la orilla de los canales estudiando como se comportaban las naves frente a las adversidades que el mismo les deparaba. Se dirigía al mercado y observaba la elaboración de las canoas, con el tiempo se hizo amigo de un hombre llamado Machana que elaboraba embarcaciones y era muy hábil en ese aspecto, Quetza lo ayudaba en pequeñas tareas, pronto se convirtió en su aprendiz y al final del día le regalaba unos juncos para que construya sus pequeñas embarcaciones. Machana le decía a su aprendiz que cuánto más esmero pusiera en la construcción de una canoa, más lejos habría de llegar y ciertamente que Quetza quería llegar lejos. Un día cuando Quetza llegó al mercado y Machana lo estaba esperando sobre un tronco, él le había dicho a su aprendiz que le iba a recompensar con la mejor de todas las balsas por la ayuda que había recibido durante todo ese tiempo, Quetza no veía por ningún lado su bote, luego entendió que Machana estaba sentado sobre su bote, se decepcionó pero Machana le hizo entender que era la mejor madera para construir botes y que él debería hacer el mejor. Fueron cuarenta jornadas de trabajo arduo, solo pensaba en la canoa día y noche. Luego de todo ese tiempo Quetza llamó a Machana a que observara su obra. Quetza regaló esa magnífica embarcación a su maestro ya que consideró que podía hacer una mejor. El adelantado de las estrellas Cuando Quetza cumplió quince años era un hombre de cuerpo fuerte y macizo, pero no era ni alto ni agraciado. Su nariz era pequeña y se lamentaba por eso ya que eso no les gustaba a las mujeres. Ahora Huatequi y Quetza procuraban tener la mayor atención de Ixaya en diferentes habilidades pero no tanto como juego de niños sino de hombres. Las noches de luna nueva mientras todos dormían, Quetza e Ixaya se escapaban de casa y se iban directo al Templo Mayor, ascendían y observaban con detenimiento el cielo y hablaban sobre el cielo y el mar y lo que se podría encontrar en los límites de estos lugares, y mientras hablaba Ixaya, Quetza pensaba en besarla, pero no lo hacía por cordura y por seguir manteniendo esos encuentros furtivos entre los dos muchachos. La infancia de Quetza junto a Tepec y a sus amigos fue un remanso de felicidad. Sin embargo el ingreso al Calmécac fue para Quetza un inmerecido castigo. Blanco, rojo, negro Calmécac es la escuela donde acudían los hijos de la nobleza, de ahí egresaban los futuros gobernantes, generales y sacerdotes. Cuando cumplió quince años, Quetza se vio obligado a dejar la casa e internarse en el Calmécac. Él no quería ir a esa escuela, sin embargo Tepec ya había tomado la decisión. El primer día de clases Tepec acompañó a Quetza, que estaba vestido con el ropaje para el ritual, hasta el Calmécac. Al pie de la gran pirámide había miles de jóvenes que ocupaban toda la explanada, todos vestidos de blanco de pies a cabeza. Llegó el momento y Quetza se despidió de Tepec para luego alejarse y perderse entre los demás jóvenes. Afuera todo era blanco, pero al entrar al templo todos se tornó negro y rojo, en las paredes se podían ver figuras de demonios y monstruos. Les ordenaron que se desvistieran y les cubrían el cuerpo con tinta negra, en esa oscuridad no veían nada y se chocaban unos con otros. Luego un sacerdote les ponían un collar de piedras a cada uno y les perforaban los lóbulos. El sacerdote pronunció unas palabras al grupo que eran una invocación al terror, y el enunciado de lo que les esperaba. El jardín de las ortigas En el Calmécac fueron cinco años en las que todas las madrugadas, el día se iniciaba con un baño en las aguas heladas del lago, luego comían pan de maíz y agua. Luego limpiaban sus aposentos. Durante el primer año, cuando comenzaba a clarear, los chicos eran conducidos hacia un campo sembrado de ortiga, donde los obligaban a caminar durante horas. Pero para Quetza era peor ya que él debía caminar un poco más por pedido del Sumo Sacerdote. A Quetza no le resultaba fácil hacer amigos y podía sentir la hostil indiferencia de sus compañeros. A medida que pasaba el tiempo el trato de sus compañeros era más de provocación, algunos sacerotes le trataban peor que a otros alumnos. Eheca era el nombre de uno de los líderes que comenzaron a parecer en la escuela y él empezó a molestar a Quetza y a repudiarlo. De repente Quetza se convirtió sin previo aviso en el líder del grupo que por alguna razón no rendían pleitesía a Eheca. Un incidente sin importancia provocó una batalla campal en donde los grupos quedaron bien establecidos. Un sacerdote intervino y la lucha terminó. El año iba a terminar y por lo tanto se aproximaba la lucha final, una lucha a muerte, nadie durmió esa noche. La tierra de las garzas El bando de Quetza no podía calificarse precisamente de temible, eran en número menor y sus integrantes no eran precisamente unos titanes. Uno de ellos era diferente a todos, él era Citli Mamahtli, que tenía el cuerpo de un ídolo de piedra pero era manso y parecía que no podía pelear. El primer año tenía como objetivo curtir el cuerpo y forjar el corazón de los chicos. En el segundo año aprendían historia, estudiaban el calendario y los arcanos de la religión. Pollecatl era un maestro de la escuela que les adelantaba unas clases de historia que verían en un libro de historia pintado con pictogramas del próximo año, la historia que escondía y mostraba Tenochtitlan era enorme y todos al oírla se engrandecieron de orgullo. La espada sobre la piedra El combate inicial se aproximaba, y en esa lucha los oficiales podían ver las aptitudes de los chicos en estado puro. La lucha final se desarrollaba en una de las explanadas adyacentes al Gran Templo en el lugar asistían todos los alumnos de todos los años del Calmécac, y luego apareció Tizoc, el nuevo monarca sucesor de Axayácatl. El azar decidiría quién sería el primero en elegir: el sacerdote hizo girar una espada sobre la superficie de una piedra rectangular en donde cada líder de grupo se encontraba a cada lado, la espada giraba y apuntó al final a uno de los líderes, el más fornido. Él iba a escoger primero a uno del grupo que iba a ser el edecán, posteriormente escogía el otro y así sucesivamente hasta conformar un grupo de siete personas, cada grupo se vestían con trajes de Águila y de Jaguares respectivamente. Entonces el emperador bajando el brazo ordenó que se iniciara el combate. Mariposas de obsidiana Los dos grupos enfrentados cerraron filas. Los caballeros Gato parecían más confiados y agresivos que los caballeros Halcón. Los gatos dieron un gran salto y se lanzaron contra los halcones que esquivaron el ataque dando un salto mayor, ahora los Halcones tenían la ofensiva, atacaron y uno de los hombres Gato quedó tendido en el piso y fue retirado por dos sacerdotes. Los gatos atacaron con furia de nuevo a los halcones y los embistieron, corrió un río de sangre, un sacerdote detuvo el combate. Tres caballeros halcón quedaron tendidos en el piso y fueron retirados del campo. Eheca sintió miedo, mientras que Quetza tenía la mirada desafiante, al ver ese acto Quetza se llamó a la calma tal como le enseñó su padre. El combate se restableció hasta que solo quedaron ambos jefes, exhaustos sangrando y sudando. El gato atacó pero su ataque fue detenido por el halcón, en una lucha muy pareja al final el gato ganó la batalla y le clavó las dos espadas sobre el vientre de su contrincante. Cinco heridos y tres muertos fue el resultado de la batalla. Los corazones de los muertos fueron ofrendados a Hutzilopotchtli. Asuntos pendientes El gran día se aproximaba. Quetza nunca había imaginado el sombrío desenlace de la lucha final. Por su parte Eheca se veía reconcentrado y desafiante. Quetza decidió seguir el ejemplo de los sacerdotes y no pensar en la lucha. Era de noche y todos dormían. Quetza se levantó con sigilo y salió a la plaza para escaparse con la ayuda de una pequeña cuerda. Rodeó una columna con la cuerda y empezó el ascenso. Cuando se encontraba arriba vió la figura de un sacerdote que se acercaba, pero solo pasó cerca de él y no lo vió. Quetza recuperó el aliento. Llegó hasta lo más alto, luego bajó por el otro lado y escapó del Calmécac. Quetza se dirigió a la casa de Ixaya, ella se despertó y luego de reconocerlo se abrazaron. Ixaya ayudó a secarse a Quetza junto al fuego. Sin pronuncia una sola palabra, ambos sabían donde tenían que ir. La cima del mundo Recostados en la cima del mundo, en lo alto de la pirámide. Quetza e Ixaya conversaban como si no hubiera pasado ni un solo día desde que se separaron. El corazón de Quetza palpitaba con fuerza ya que esa podría haber sido la última que veía a Ixaya. Quetza e Ixaya se besaron apasionadamente, ambos tenían sentimientos encontrados pero estaban excitados. De repente oyeron pasos, Quetza se asomó y vió al mismo sacerdote que estuvo a punto de descubrirlo en el Calmécac subiendo por las gradas del templo. Rápidamente bajaron por la cara contraria del templo y se perdieron por una calle, se despidieron rápidamente y se alejaron. Quetza volvió a su cuarto y en el momento que se metía en la cobija llegó el sacerdote y encontró todo en orden. El combate El momento llegó. Todo el templo estaba lleno y Huitzilopotchtli estaba sediento de la sangre de los jóvenes caídos en combate. Los elegidos para ser los líderes fueron Quetza y Eheca, la espada dio a Eheca el turno de elegir primero y ante el asombro de todos escogió como su edecán a Citli Mamahtli, Quetza lo pensó y escogió a uno de los de su grupo y no del otro, Eheca siguió y escogió a otro compañero de Quetza. El ejército de Eheca quedó completo con cuatro compañeros de Quetza y dos de los más bravos compañeros de Eheca. Quetza no sabía que hacer, todavía estaba atónito. Quetza se vistió con las ropas del caballero Gato. Las máscaras no dejaban ver quién era quién, el plan de Eheca iba muy bien, Quetza consideró en lanzar su espada contra Eheca ya que no estaba protegido y de inmediato terminaría el combate. Pero cuando el emperador dio la orden de empezar la batalla, ésta terminó de inmediato, Citli Mamahtli atravesó su propio corazón con su lanza, dando por terminada la batalla y dándole el triunfo a Quetza. Y según las reglas la vida del jefe rival quedaba en manos del jefe victorioso, Eheca imploró perdón de rodillas, Quetza estaba dispuesto a matarlo, pero distinguió a su padre en el Consejo de Sabios, y lanzó la espada lo más lejos que pudo. Ya tendría la oportunidad de vengarse de Eheca en la batalla final, donde no tendría compasión. El círculo perfecto A partir de ese momento, Quetza se convirtió en el único jefe. Los incondicionales de Eheca ya ahora le eran incondicionales a Quetza ya que veían en él a un verdadero hombre, además Eheca los había traicionado en la batalla inicial. Todos en Calmécac le respetaban a Quetza, excepto uno: Tapazolli. Para coronar la secreta furia de Tapazolli, Quetza resultó ser un alumno brillante. Incluso elaboró un calendario en un medallón. El calendario comprendía dieciocho meses de veinte días y cinco días de inactividad, cada cuatro años se agregaba un día a la inactividad, y cada ciento treinta años se suprimía un día a la inactividad. Cuando Quetza presentó su calendario en plata l maestro quedó tan sorprendido que le hizo llegar su obra al emperador. El emperador quedó tan sorprendido que escogió ese calendario como el oficial del imperio y lo mandó a reproducir en piedra. Todavía no había terminado el Calmécac y Quetza ya gozaba del mismo prestigio que los sabios del Consejo de Ancianos. Muchos lo veían como el posible sucesor del rey. El oráculo de piedra Quetza continuó con la obra de su padre y mejoró el sistema de represas para contener el lago cuando este se inundaba. Perfeccionó los puentes móviles de la ciudad. Diseño naves inéditas y enormes capaces de transportar más de cincuenta hombres con fines militares de ataque y de defensa, sin embargo los planos nunca fueron construidos. Quetza fue llevado al emperador para que le ayude a conocer el por qué de las últimas derrotas del ejército en el intento de conquistas. El emperador comenzó a preguntarle a Quetza, y él le respondió de una forma descarnada lo que debían hacer y lo que podría pasar: La siguiente guerra sería entre dioses y por eso debían buscar más allá del lago y las montañas, su futuro estaba en el mar. Quetza se ofreció a ir al encuentro del futuro y evitar el pasado. Un día perfecto Quetza marchaba con paso firme hacia un porvenir que se adivinaba promisorio, pero un hecho inesperado cambiaría el rumbo de las cosas. Durante el último año podían salir dos veces a ver a sus familiares. Tepec se encontró con su hijo que era todo un hombre. Salieron a hacer las actividades que solían hacer cuando Quetza era un niño. Mientras cenaban Quetza y Tepec, los guardias de Tapazolli entraron en la casa, Quetza se escondió mientras Tepec convencía a los guardias que su hijo no estaba y que sería mejor que lo lleven a él, los guardias accedieron pero en ese momento Quetza salió de su escondite para evitar que se lleven a su padre, tenía que enfrentar su futuro. La voz de los dioses Quetza jamás había entrado en los recintos del templo mayor, la costumbre era que los guardias no podían ingresar al templo, por ende tenia que entrar solo. Estaba muy nervioso, adentro era muy oscuro aun así ingreso a la casa de los dioses, tiempo después vio una llama la cual era el ingreso al primer recinto, era aterrador. Cuando ingreso vio la imagen Tlaloc Dios de la lluvia, Tlaloc era un dios exigente para proveer de lluvia precisaba la sangre de los niños, después de haber visto al dios de la lluvia Quetza prosiguió su camino, entro en un pasillo angosto y avanzo totalmente a ciegas. Ese pasillo es el que unía al templo de Tonacatepetl con su gemelo el templo Hutzilopotchtli este ultimo dios de la guerra y los sacrificios, Quetza sentía el olor de la muerte, tiempo después vio otro resplandor, cuando ingreso inmediatamente cerro los ojos ante la visión espantosa, la imagen que veía Quetza era pavorosa, Cuando de pronto se escucha una voz diciendo y ordenando: “Póstrate ante los pies de tu señor, que de el será tu sangre” Deuda de sangre Quetza no podía quitar la mirada del dios de la guerra que tanto miedo causaba, Quetza después de un tiempo descubrió que debajo de la efigie estaba el mismísimo emperador, sin duda era un honor estar frente a el. Quince años mas tarde con el pelo blanco y tan largo que cubría la espalda por completo el sumo sacerdote conservaba la herida que le había dejado la llama filosa que le había dejado la humillación publica, por fin iba a cobrar venganza. De esa manera, el sacerdote pretendía demostrar que gracias a los conocimientos que le fueron impartidos en el Calmécac, pudo Quetza legar a Tenochtitlan sus brillantes aportes tales como el nuevo calendario, el sistema de contención de las aguas, y el mejoramiento de los puentes móviles. Le dijo que su pueblo se había hecho grande cuando fue generoso con el. Quetza había demostrado que era uno de los hijos más valiosos de Tenochtitlan, además de ser un joven lleno de conocimientos, dio prueba de un corazón de guerrero. El veredicto Quetza sabia que mientras Tapazolli viviera, iba pretender cobrar esa vieja deuda. Quetza no había sido solo educado por Tepec en el descontento de los sacrificios, sino que era el testimonio viviente de aquella oposición y así no entregar su alma en vano. Quetza tenía una convicción sobre el destino de su pueblo, pero necesitaba de la vida para probarla. Hacia pocos días le había dado su parecer al emperador, estaba frente a una disyuntiva crucial y no se decidió a quien hacer caso, no sabia si sacrificar o no a Quetza. Postrado como estaba de rodillas en el suelo y con la cabeza inclinada Quetza se dirigió al emperador sin mirarlo y dijo: “Entrego mi sangre y mi corazón” No lo escuches grito Tapazolli igual que lo hizo tantos años atrás en las escalinatas de la pirámide. El emperador el mando a callar, después de que el emperador pensó en la posibilidad de sacrificarlo de una vez, mejor decidió el desterrarlo, y efectivamente lo destierro. Así Quetza tenía que partir a los confines del imperio, sobre las costas del mar, a las tierras de la Huasteca, allí con la ayuda de los dioses, le dijo habría de construir un barco y navegaría hacia el futuro antes de que se cumpliera la profecía del calendario. Otra vez el sumo sacerdote debía morder el polvo de la humillación y guardarse las ganas de arrancaron sus propias manos el corazón del hijo de su enemigo. El país de los desterrados Junto a las tropas Quetza partió al destierro, iban a la campaña de conquista para extender los límites del imperio hacia el sur y mantener el dominio de los pueblos costeros de la Huasteca. Quetza siempre había guardado la secreta ilusión de tomar como esposa a su amiga de la infancia al termino del Calmécac, pero jamás imagino que ni siquiera iba a terminar sus estudios, tiempo después Quetza y el grupo alcanzaron su destino, exhaustos se cobijaron bajo la sombra de las palmeras, Quetza era la primera vez que veía el mar y sin embargo tuvo la certidumbre de que su procedencia y la de su pueblo estaban ligadas a aquellas aguas. Se negaba a creer que aquella línea desmarcaba el fin del mundo, por el contrario era esa la puerta al nuevo mundo, al futuro. El grupo se fue cerrando en torno de el, pronunciaban palabras que no podía entender, aunque resultaba evidente que estaban llenas de beligerancia, tenían una apariencia salvaje y aterradora, el cráneo deformado, los dientes limados, la nariz perforada y el gesto amenazador con que estaban pintados sus cuerpos. Quetza adopto una posición de defensa sus piernas y cubriéndose el pecho y la cara con los brazos; pero lejos de intimidarse, los nativos, armados con hojas filosas hachas con alguna clase de caparazón que escondían en la palma de las manos, se dispusieron a saltar sobre el extranjero. En ese preciso momento, en el aire trono el chasquido de una penca; de inmediato los nativos se dispersaron en tropel como animales asustados. No hay que temerles. Son como los coyotes: muestran los dientes, pero si se les levanta la mano salen corriendo. Mi nombre es Papaloa dijo inclinando levemente la cabeza, soy el encargado de mantener el orden. Soy Quetza, hijo de Tepec se presento el recién llegado devolviendo la inclinación de cabeza, lo se lo se dijo Papaloa, te estaba esperando. El quetzal entre los coyotes El pequeño poblado en el que habría de vivir Quetza se llamaba Tlatotoctlan; aunque pudiera parecer una paradoja, este término significaba la tierra de los desterrados. Uno de los peores castigos que podía recibir un hombre era el destierro a la Huasteca. Si los Huastecas humillados y sometidos a la condición de animales de trabajo, resultaban una amenaza constante para Quetza, sus propios compatriotas, los criminales desterrados, iban a convertirse en un peligro aun mayor. Quetza se dijo que tenía que construir una embarcación cuanto antes y escapar hacia el mar. Pero las cosas no serian tan sencillas, Quetza no ignoraba que iba a necesitar una tripulación. Y por cierto, era aquella la única gente con la que podía contar el futuro navegante. Y por cierto Quetza, encontraba en el espíritu navegante de los Huastecas un punto de comunión. Estaba admirado por la solidez de sus canoas, con ellas podrían enfrentarse a las olas del mar y atravesarlas fácilmente, sin que sus estructuras sufrieran daño alguno. Además los nativos mostraban gran valentía al internarse mar adentro, incluso cuando las aguas estaban embravecidas. Manejaban los remos como nunca antes había visto y eran capaces de encaramarse sobre la cresta de las enormes olas y trasladarse así por largas distancias. Quetza fue ganándose la confianza de algunos nativos. Y cuanto mas se relacionaba con ellos, tanto mas los valoraba. No eran los salvajes que pretendía Papaloa, ni mucho menos, los fieros coyotes que había que tratar a punta de caña. Al contrario muchos de ellos dominaban varias lenguas, incluso el Náhuatl, y mostraban una tradición acaso mas antigua que la de los mexicas. Mientras trabajaban en la embarcación, Quetza llego a hacerse amigo de un joven que tenia su misma edad llamado Mahon. Pese a que se entendían con dificultades, ya que sus idiomas, aunque emparentados, eran diferentes, compartían las mismas inquietudes. Maoni le enseño a Quetza sus técnicas de navegación. Cuando anochecía salían a navegar guiándose por las estrellas. Luego le hizo notar que el trabajo que implicaba la construcción del barco era realmente pesado; talar, cargar y cortar troncos, no resultaba una tarea liviana sin saber que podía ser más agotadora que trabajar en los cultivos. Pero Papaloa no estaba dispuesto a discutir. La nave de los desterrados Al cabo de los diez meses de trabajar ininterrumpidamente la nave estuvo por fin terminada. Quetza y los huastecas habían trabajado en soledad, y casi en secreto, en un pequeño claro enclavado en medio de la selva a la orilla de un rió que desembocaba en el mar. Quetza no solo quería evitar miradas indiscretas sino intentar evitar el saqueo de su obra, de los saqueos que a menudo llevaban a cabo los presos bajo el control de Papaloa. Quetza y Mahon tomaron los remos delanteros y las otras diez plazas fueron ocupadas por el resto de los constructores. A la voz del joven capitán remaron acompasadamente y entonces la nave se desplazo suave y ligera como si fuese una pequeña canoa y no el inmenso monstruo que era. La embarcación tenía una amplia cubierta debajo de la cual estaba el habitáculo donde se ubicaban los remeros guarecidos de la intemperie y había también un espacio para que varios hombres pudieran dormir. Mientras avanzaba paralela a la playa, una multitud se reunía para verla pasar, era hermosa y a la vez atemorizante. El movimiento de los remos, sumado a su aspecto de animal, le confería la materialidad de un ser animado. Quetza trepo al mástil que se erguía en el centro de la nave soltó una cuerda y entonces se desplegó un enorme velamen de juncos que le daba una apariencia colosal. Pero un hombre permaneció quieto y silente. Papaloa no parecía dispuesto a permitir que eso sucediera. Agito la caña en el aire, giro sobre sus talones y se alejo del bullicio. El sueño de los derrotados Todo parecía avanzar con la misma facilidad que el barco sobre las aguas. Pero de pronto Quetza cayó en la cuenta de que aun no tenía tripulación, solo comentaba con su mano derecha Maoni, quien además de ser un excelente marino, compartía con el su particular visión del universo. Comparado con su situación Quetza no tenía derecho a quejarse. Lejos de resultarle un alivio, las palabras de su amigo eran un puñal que le atravesaba el pecho y se sumaban al dolor de la añoranza. Durante los días calmos en los que el viento les era favorable, podían valerse de las velas y un par de remeros. Según los cálculos de Quetza, si no hubiese tierras en el medio, partiendo hacia el levante podrían dar la vuelta al mundo y regresar el Poniente en aproximadamente ochenta días. El horizonte infundía un miedo ancestral; muchos pensaban que era el límite después del cual el mundo se despeñaba hacia un abismo sin fin, o que había una tierra habitada por demonios o dioses malignos desterrados del panteón. Por otra parte fue la huasteca donde por primera vez el culto a Quetzalcóatl, la enorme cantidad de antiquísimas imágenes labradas en piedra eran el testimonio de su relación con el dios de la vida. Pero por muy convincentes que fueran los argumentos no había forma de persuadirlos de participar en la empresa. Pasar de presos desterrados a nobles señores, dueños de grandes extensiones, era una idea tentadora. Pero claro antes había que dialogar con Papaloa. “Tengo los hombres para tu tripulación” le dijo Papaloa a Quetza El joven capitán estaba en una encrucijada, la gente que le ofrecía Papaloa eran los peores criminales del pueblo mexica, desterrados de la misma. Y para colmo eran los peores enemigos de los huastecas. Si conseguía que unos y otros se aceptaran entre si una ves en alta no tendrían otra alternativa que convivir pacíficamente. A menos que se decidieran a suicidarse. En una semana cuando brillara la luna llena, el barco habría de zarpar. La tripulación quedo finalmente conformada. DOS DIARIOS DE VIAJE DE QUETZA CARTAS A IXAYA En el nombre de Quetzacóatl Mi amadísima Ixaya: Nunca te he confesado que era mi sueño pedir a tus padres que te entregaran en matrimonio y que fueras mi esposa. Pero nada de esto pude ver concretado: no me fue permitido concluir mis estudios, ni me han autorizado a verte ni siquiera antes de que el rey me obligara a partir al exilio. No he podido tampoco despedirme de mi padre. Tengo la certeza, como tantas veces te eh dicho, de que hacia el Levante existe otro mundo, muchos honores me serán dados, así me lo ha dicho el rey, si hallo en mi empresa las tierras de Aztlan u otras donde extender los dominios del imperio, ni los títulos o cargos tendrían para mi importancia alguna si eso significara renunciar a ti. Traigo conmigo cincuenta libros de tela de maguey y de piel de cordero, que resisten mejor que el papel, las inclemencias del mar, en cuyas páginas habré de escribir todas las alternativas de este viaje. Mi amada Ixaya además de apuntar todo lo que mis ojos vean y lo que mi corazón sienta, tengo el propósito de hacer mapas nuevos en los que situare todos los mares y las tierras que en medio encontrarte. Y así te lo habré de describir todas las noches. Serpiente 5 Zarpamos desde la punta de la bahía de Atototl cuando el sol comenzaba a despuntar. El mar estaba calmo y una brisa suave henchía el velamen. Cuatro remeros eran suficientes para mantener una velocidad considerable a bordo reinaba la misma tranquilidad que en las aguas; los ánimos de la tripulación estaban tan serenos que tal vez ese fuese el presagio para una calamidad. Los huastecas expertos navegantes, se movían seguros de aquí para allá por la cubierta sin perder el equilibrio; en cambio los mexicas se mostraban vacilantes, por momentos sufrían mareos y se arqueaban sobre la baranda para vaciar las tripas. Pasado el medio día note de pronto una expresión de pánico en la cara de los mexicas, a donde mirara no veía mas que agua. Todas mis creencias, todas mis convicciones han quedado suspendidas sin tener en donde afirmarse. Cráneo 6 El mar y los ánimos a bordo continúan calmos, pusimos el sol hacia el norte, nos dirigimos hacia las islas de los tainos, donde habremos de tomar provisiones. Los huastecas solían tener comercio con los isleños hasta la ocupación mexica. Son grandes navegantes y fabrican excelentes canoas. Según me relato mi segundo Maoni, además de expertos navegantes, los canibas son los mejores constructores de naves, a las que llaman piraguas, las cuales están hechas con un solo y gran tronco y pueden transportar hasta doscientos guerreros, veinte veces mas que los tripulantes que llevamos a bordo. Venado 7 Mí amada Ixaya: no tengo palabras para describir la noche en medio del océano nunca he visto nada comparable. No tengo palabras, desearía que estuvieras aquí. Conejo 8 Hoy hemos vuelto a ver tierra. El sol se alzo por encima de una delgada franja verde. No es nuestra intención tocar tierra, pues no es necesario aun hacernos de provisiones ni establecer contacto con los nativos; deberemos en lo posible evitar encuentros que puedan provocar confrontaciones. Si bien esta es tierra de tainos, nunca se sabe cuando acechan los canibas, por la noche estando el celo estrellado, hemos visto caer una lluvia de fuego sobre el mar. Fue algo maravilloso aunque mis hombres sentían miedo de ser alcanzados por las gotas de fuego. Parecía furia desatada por Huitzilopotchtli. De pronto todo ceso. El mar el cielo y las estrellas, todo fue quietud, maravilloso. Agua 9 Hoy ha sido un día difícil, sucedió lo que yo tanto temía. La cercanía de tierra firme hizo que alguno de los mexicas recuperaran un poco de seguridad y hubo un altercado con los huastecas, todo comenzó con un intercambio de palabras, luego unos insultos y finalmente dos hombres terminaron centrados en lucha. Por primera vez tuve que hacer valer mi autoridad: ordene a otros hombres que los separasen, y detuvieran a pelea; obedecieron de inmediato, de otro modo la expedición hubiese zozobrado en ese mismo instante, ya que Michoani, enceguecido por la furia, blandía el remo sin importarle, destruir todo lo que estaba a su alcance. Estábamos cerca de la isla de Quisqueya, las montañas que se veían corresponde a Haití, que en idioma taino significa tierras altas. No habían terminado de alcanzar la costa cuando vimos surgir de entre los arbustos una enorme cantidad de nativos armados con lanzas y flechas de punta roja, cuyo color vivaz, igual que la piel de las serpientes, advertía que tenían veneno. Estaba seguro que eran esos los canibas que devoran hombres. Perro 10 Es en estas circunstancias extremas es cuando realmente se ve quien es quien. Mi segundo Maoni, me dijo que me tranquilizara, que no eran los temibles canibas, sino sus más encarnizados enemigos, los ciguayos. Maoni desde el barco, les hablo en la lengua de ellos, el taino. Maoni me dijo que no era conveniente que nosotros los mexicas, nos presentáramos como tales, ya que como he dicho, nos guardan un temor hostil. Muchos de los nativos mostraban gran interés en subir a bordo del barco para conocerlo por dentro. Maoni, en señal de amistad, invito a un grupo de hombres a que subieran a cubierta y les tendió una cuerda para que pudiesen trepar. Yo baje a la bodega y volví con algunos regalos: unos cuantos sacos de cacao y algunas piedras de obsidiana. Todos se mostraban muy amigables, salvo el Cacike, palabra que en el idioma taino designa al Jefe grande, que sin embargo no se corresponde con el tlatoani. Este cacique era un hombre muy extraño, era un hombre viejo y extremadamente bajo, que fumaba una hoja enrollada de piciyetl, que aquí llaman coiba, quien permanecía en actitud desconfiada. Mientras los huastecas hacían buenas migas e intercambiaban saludos, brazaletes y collares con los ciguayos, los mexicas se mostraban atemorizados y algo hostiles. Al cabo de una extensa y agotadora conversación, Maoni me tradujo el dialogo: el jefe quería saber cual era el propósito de nuestra de nuestra expedición; el le explico que era un simple viaje de reconocimiento sin propósitos militares, ni comerciales. Y solicitábamos su permiso para poder reparar la nave y así seguir viaje. Había pasado ya el mediodía y Maoni todavía no había regresado, pese a su juventud era el mas inteligente y experimentado de la tripulación, de modo que deje de pensar en la idea de que podía perderse en la selva. No acabe de imaginar semejante cosa cuando, como por ejemplo de mi propio pensamiento vi aparecerse desde el horizonte el mástil de una embarcación. Mientras veía como los nativos se perdían en la espesura, yo no resolvía que hacer, si huíamos junto a ellos, nuestra embarcación habría quedado a merced de los atacantes, si los enfrentábamos, la inferioridad numérica nos depararía una segura derrota. Mientras pensaba todas esas cosas, sus canoas ya estaban fonteando junto a nuestro barco. Me dije que si los ciguayos, aun siendo superiores numéricamente, huyeron ante la sola mención de la palabra caniba. Talvez no deberíamos ocultar nuestra condición de mexicas. Un hombre bajo, de aspecto algo diferente del resto, se paso a la canoa del jefe y se paro junto a el. El cacique le dijo unas palabras y para mi asombro, el otro hombre dirigiéndose a mí, las tradujo a mi lengua. Te saludo en nombre de los dioses de la buenaventura para que te protejan de Juracán. Si hasta antes de la llegada de los canibas me preocupaba la larga ausencia de mi segundo, ahora me inquietaba que pudiese aparecer, inadvertido de la nueva situación, y que le dieran muerte. Los perros con rostros humanos se acercaron inexpresivos, aunque moviendo sus colas en señal de alegría y dando saltos en torno del cacique. Luego dio una orden a sus oficiales y vi como tomaron a mis hombres prisioneros. Los perros con cara humana corrieron tras ellos con actitud intimidante. Mono 11 Desperté sobresaltado a causa de un sacudón. Era para mí un enigma por que aquel hombre, cuya fisonomía era indudablente mexica, vivía entre aquellos lejanos nativos con quienes jamás habíamos tenido trato. El cacique me invito a que me sentara y con calma me dijo que ya tendríamos tiempo para conversar y hacer negocios mientras comíamos. Me sirvieron una bebida amarga pero sabrosa. Bebí con una sed largamente contenida, tanto que vacie el cuenco de un solo trago. De pronto me atore con algo duro, carraspee y quite de mi boca lo que supuse un hueso. Cuando le quitaron la tela que ocultaba su rostro, pude ver que era mi segundo, estaba sano y salvo. Hierba 12 Zarpamos a la madrugada llevando con nosotros todas las provisiones que nos hacia falta para los próximos cincuenta días, plazo que estimaba para llegar al otro lado del mar. Mi tripulación estaba completa. Caña 13 Atrás quedaron las islas, nuevamente el horizonte se convirtió en un circulo perfecto de agua. Yo podía ver con exactitud en que momentos se imponían las negras creencias sobre sus ilusiones de gloria y viceversa. Mi querida Ixaya, te he dicho ya que no me lleva el deseo de adueñarme de las tierras descubiertas, ni de extender los dominios del imperio. Jaguar 1 Las calmosas corrientes que nos habían impulsado hasta el momento, los suaves vientos que henchían los juncos de las velas y el cielo diáfano, soleado el día y estrellado por las noches, de pronto nos abandonaron. Nunca había visto el mar tan furioso de pronto la nave se elevaba como si fuese a volar, y caímos a un pozo que parecía no tener fin. Dos días enteros anduvimos bajo esa tempestad, de pronto con la misma espontaneidad con la que se había gestado la tormenta se extinguió. Supuse que podíamos continuar con nuestra empresa sin complicaciones. Mono 12 El cielo estaba claro y el viento calmo sin embargo el rostro de muchos hombres estaba sombrío. Un mexica viejo, el mayor de todos ellos, soltó el remo, se incorporo y se acerco hasta mi, sin mirarme a los ojos en señal de respeto, me dijo que los dioses tenían razones para estar enfurecidos, debíamos hacer una ofrenda a Tlátoc. Hierba 13 Navegamos con rumbo Este. Hay buenos vientos y el mar está calmo. Hemos avanzado una gran distancia. Los ánimos de los hombres están impacientes. Caña 1 He comentado con Maoni lo que estaban pensando los mexicas sobre la necesidad de ofrecer sacrificios al Dios de la Lluvia. Se ha mostrado muy preocupado. He podido adivinar un dejo de irritación de su parte. Ruego a Quetzalcóatl mantenga la paz. Jaguar 2 Unas nubes negras asomaron hoy desde el horizonte y todos miraron hacia el cielo con pánico. El recuerdo fresco de la tormenta reciente ha hecho estragos en la moral de mis hombres. Me decían que los estaba conduciendo hacia el lugar donde las aguas se precipitan a los abismos infinitos. Más cerca estábamos en esa dirección que de volver. Jaguar 3 Todo continúa igual Águila 4 Mis hombres están empezando dar muestras de hambre y debilidad. Los remeros se fatigan con rapidez. No podríamos soportar otra tormenta. Casi no he comido. No puedo ocultar que los víveres están escaseando, y el agua queda para muy pocos días. No quiero escribir. Temblor 6 Ya no queda nada, ni agua ni alimentos. Los hombres están exhaustos y los enfermos, agonizantes. Soy el único culpable de esta tragedia. Quizá debí permitir que me entregaran en sacrificio. Pedernal 7 Hoy, mientras estaba echado boca arriba esperando la muerte, he visto un pájaro que sobrevolaba la nave. Era una indudable señal de tierra. Un hombre subió al mástil y gritó ¡Tierra!, fue como si acabáramos de resucitar. TRES El ídolo en la Cruz El diario de viaje de Quetza se interrumpió con la llegada a nuevas tierras. Cuando los tripulantes cansados y casi moribundos, después de navegar casi setenta jornadas se dieron cuenta que sobre su barco volaban gaviotas y los juncos cada vez más abundantes flotaban sobre el agua, se alegraron por que sabían que era señal indudable que se acercaban a tierras aunque tenía certeza que era tierra totalmente desconocidas. El aroma a tierra húmeda y una columna oliente de humo a carne asada hizo despertar los sentidos de todos los tripulantes que se desesperaban por probar un poco de comida. El primero en pisar suelo fue Quetza y agradeció a su Dios porque nunca antes alguien había llegado tan lejos. Quetza ordeno a todos que vistieran sus ropas de guerra y así estar listos para cualquier imprevisto. A lo lejos se diviso un rebaño a cual todo corrieron para tomar una oveja, matarla y comérsela sin importarles que la carne estaba cruda debido a que mayor esta su hambre, Todos estaban llenos de sangre sus bocas rojizas, parecían caníbales y por esa apariencia asustaron al que cuidaba el rebaño de ovejas. Ese hombre era de tez blanca y corría despavorido a ocultarse. Caminaron y dieron con un sendero y, de inmediato divisaron una casa muy parecida a las chozas pobres de las afueras de Tenochtitlan. Hacia allá fueron para presentarse ante los pobladores, pero ellos huyeron a la carrera, entonces Quetza por la reacción de ellos bautizo a esa tierra como Tochtlan que significaba “tierra de conejos”. Aunque los habitantes habían huido, Quetza decidió entrar a la vivienda, la cual esta construida de adobes, el piso era tierra y el techo de paja. De pronto se sobresalto al ver, sobre la cabecera del techo un hombre que se desangraba clavado de pies y manos sobre dos maderos cruzados. Le resulto una macabra visión, evidente mente en esas tierras se practicaban sacrificios hacia los dioses. Concedieron en que sus ropajes y su apariencia asusto a todos los lugareños y siguieron caminando hacia en centro de la población atraídos por el olor a carne asada. Quetza trato descifrar los escritos que existían en ese pueblo que le era difícil para todos era un idioma desconocido, en la calle estaba escrito “HUELVA” y podía ver como se acercaba un ser gigantesco que resulto ser un hombre subido en un caballo que venia a su encentro; caminaron y vieron una multitud reunida en una plaza, que vociferaba “Viva Cristo el Rey”, en la reunión estaba un sacerdote indígena vestido con una tunita grande, el era el encargado de hacer la ofrenda a dios, ofrenda que consistía en matar a un hombre y quemarlo como si fuera un animal. Quetza aprendió el nombre del rito en idioma de aquellos salvajes y era Santa Inquisición. El panteón de los salvajes Algunos vestidos de hombre y otros de mujer aprovecharon para entrar al templo, era un templo formado por cuerpos cúbicos en el cual se podía distinguir la veneración de ese pueblo a muchos ídolos. Pronto Quetza se formo la idea de cómo esta constituido el panteón de los aborígenes: el Cristo el Rey y la Diosa de la fertilidad ocupaban el primer lugar en su creencia Lugo venían los personajes que surcaban los cielos y los semidioses de origen terrestre y no les podía faltar los seres del mal que se materializaban como demonios. La anónima comitiva mexica se escabullo rápidamente entre las personas del pueblo para cuidar sus vidas. Huelva o Tochtlan bautizada por Quetza era una cuidad pequeña, tenia plazas y calles completamente secas, no se ven plantas ni agua. Mahon insistía en los hombres no se dejaran ver los rostros para no terminar en la hoguera. La mayoría de los a aborígenes presentaban color de piel pálida como si estuviesen enfermos. A Quetza le llamo la atención la forma de vestir de los habitantes de los pueblos, todos están cubiertos de pies a cabeza, los nativos eran personas que no conocían el hábito del aseo diario. La cuidad representaba el desaseo total, a simple vista se veían los acueductos de que traen agua limpia y devuelven agua servida, las agua de desperdicios son arrojadas por las ventanas junto con excremento. En la ciudad todos gritaban para comunicarse y las mujeres hacia gestos con sonidos desagradables. A Quetza le resultaba de vital importancia conocer y revelar los secretos del Nuevo Mundo. Quetza realizo varios descubrimientos, se dio cuenta que los aborígenes sabían utilizar sus recursos, tenían conocimientos de las utilidades del los animales en especial del caballo, sabían todo de navegación incluso tenían mejores embarcaciones que los mexicas, el calendario era mas perfecto debido a que era en forma de circulo, conocían las ruedas para tener mejor trasporte y sin mayor esfuerzo. Mahon estaba convencido de que los descubrimientos volcaban el futuro a su favor. Quetza sabía que era esta una idea difícil de llegar y considerando la superioridad de navegación los aborígenes decidió atacarlos para conquistar un poco de su territorio. La flecha de fuego A la mañana siguiente puso en marcha su plan de apoderarse de un barco nativo. Quetza y Mahon analizaron las posibilidades que tenían, una atacar mar a dentro y otra llegar hasta el puerto y atacar. Las huestes mexicas tenían mayores posibilidades de salir victoriosas en el combate. El plan era sencillo. Capturaban el barco, cargaban en el los elementos mas importantes, establecer mapas, trazar nuevas rutas de navegación y volver a Tenochtitlan con ambas naves. Los hombres esperaban a un barco pequeño aborigen, y cuando lo divisaron se dispusieron a atacar, gran equivocación, con todos los planes hechos no pudieron distinguir que se acercaba otra embarcación aborigen de mayores dimensiones. Ellos no fueron los que atacaron, mas bien, fueron ellos los atacados y vencidos debido a que de las embarcaciones aborígenes les disparan una gran bala que destruyo el barco de los mexicas. Quetza ordeno bajar las armas y actuar con diplomacia, realizo señas amistosas no tenia otra alternativa temían se descubierto como extranjeros y se ofrecidos como sacrificio a Cristo el Rey. El juego de disfraces verdaderos Para sorpresa de todos los hombres fueron recibidos como reyes, con una gran ceremonia y llena de banquetes, con reverencias y saludos. Al llegar ante el cacique a Quetza le entregaron un plato lleno de piedras preciosas, como agradecimiento Quetza ordenó a uno de sus hombres entregar un saco de caco y piezas de obsidiana. Cuando entrego el obsequio vio los ojos de los nativos brillar con luz de asombro. Enseguida salio un hombre con facciones parecidas a los mexicas, el cacique ordeno que le traduzca para comunicarse pero no reconocieron su lenguaje. Quetza al están en medio de la incertidumbre se dio cuenta que habían sido confundidos con un grupo de orientales los mismos que mantenían nexos comerciales. Quetza creyó entender que el cacique preguntaba cual era el nombre de la patria que venía, y sin dudarlo dos veces dijo Aztlan y no mentía. Los dignatarios de la nada Quetza y sus hombres eran tratados como verdaderos reyes, los que antes era presidiarios, asesinos, desterrados ahora eran tratados con honores. Quetza sabía que nada era gratis y que tanta atención significaba el dar algo a cambio. Huelva pertenecía al gran reino de Sevilla. En este pueblo se daba una fuente relación comercial con los países de medio Oriente. Todas las piedras preciosas, porcelanas y vestidos procedían del Oriente. Él sabia que los pagos en los pueblos era con oro y plata. Quetza y Mahon empezaron a entender a algunos nativos así se enteraron que Catay era riquísima en oro, plata y especies. Para los mexicas era claro que los aborígenes tenían sed de oro y plata. Siempre que los aborígenes trataban de comunicarse, Quetza tomaba nota para entender su idioma y lo estaba logrando. Quetza tenía dos ventajas: una había llegado antes a tierra de los nativos y otra los salvajes ignoraban que la tierra es una esfera. El triangulo de oro Durante la estancia en Huelva Quetza conoció a Carmen, que en realidad se llamaba Keiko pero que los aborígenes al resultarles difícil de aprender sus nombres bautizaban a los extraeros con otros por ejemplo a Quetza lo llamaban César y a Mahon Manuel. El cacique había escogido a las mejores doncellas de rasgos orientales para saciar los placeres carnales de los mexicas y como es de imaginarse a Quetza le tocaba escoger primero a una de ellas; el escogió como es lógico a la mas hermosa y de cuerpo despampanante pero con una dulzura cautivadora, el sabia que la prostitución también existía en el nuevo mundo y también el ignoraba que a partir de ese momento nunca más iba olvidar a esa mujer. Siete deseos Keiko no parecía una prostituta sino un ángel dispuesto a complacer todo lo que Quetza quería, ella esperaba encontrase con un grupo de asiáticos pero se dio cuenta que ninguno pertenecía a tierra Orientales, que su escritura y su lengua no era ni similar a los de los mundos conocidos. Quetza aun recordaba a su gran amor Ixaya, pero Keiko con su naturalidad y ternura fue conquistándolo hasta llegar a entenderse como dos personas que se conocen de toda una vida, la comunicación entre los dos era excelente. Ella le contó que era de uno de los pueblos del Oriente llamado Cipango y fue contándole todo tipo de cosas que le ayudaban a Quetza a conocer las extrañas rutas de su supuesta proveniencia. Keiko era la única persona en la que se podía confiar en nuevas tierras. Quetza hizo Siete pedidos al cacique. Un barco, cuatro caballos, la rueda de un carruaje y unas cuantas semillas de plantas de frutos, flores y hortalizas. Por ultimo rogó llevarse a Keiko con el. Era un precio bajo para establecer el comienzo de relaciones comerciales duradera y fructíferas; pero como nada en la vida es gratis el cacique pidió a cambio el mapa con todos los detalles para llegar a Catay. El mapa del fin del mundo Las cartas de navegación que Quetza había trazado era un secreto, el prefería destruir las cartas de navegación antes de entregárselas a los cacique del nuevo. Esas cartas eran el tesoro más valioso de su epopeya. En esas cartas se encontraban distancias, corrientes marinas, vientos y accidentes costeros, y señalaban con exactitud cuantas jornadas de navegación separaban cada jalón. Quetza no tenia forma de imaginar como llegar a las islas Malucas, ignoraba cuales eran los puntos donde los moros habían impuestos los bloqueos. Triste Quetza comunico a Keiko que iba a poder llevarse la con el porque no tenia como hacer los mapas de las supuestas tierras que provenían. Keiko sonrió y tomo pintura, papeles y plumas; y sentada de piernas cruzadas empezó a dibujar como si cada una de las rutas estuvieran en su frente, dibujo mares interiores, lago desiertos y cadenas montañosas, y mientras mayor era la creación de Keiko el se daba cuenta que estaba totalmente enamorado no solo por su belleza sino por sus grandes habilidades en la caligrafía y el dibujo. El mapa que había trazado Keiko junto con los había realizado Quetza eran la representación de todas las rutas del mundo y que a tenia en sus manos una forma de conquistar gran parte del mundo. Con la ayuda del mapa que realizo Keiko, Quetza comenzó a realizar un mapa falso a llenarlo de grandes peligros y bestia mitologiaza y por precaución elimino del mapa las verdaderas tierras. Terminado el mapa Quetza fue entregar el mapa al cacique el mismo que con gran alegría lo tomo pero se asombro de ver que los mexicas pasaron por grandes peligros. El nombre de Dios En el camino hacia la capital del reino, Quetza pudo conocer muchas provincias. De inmediato comprendió que esa tierra era llamada España y que era un reino que guardaba como muchos una cierta rivalidad entre colonias. Quetza pudo deducir que la rivalidad entre colonias estaba dad debido a las religiones y aunque adoraban a diferentes dioses el tributo era solo para uno que lo llamaban con diferentes nombres, incluso los libros de religión que utilizaban el las diferentes ciudades eran los mismos. Así armo el rompecabezas que tenia en sumamente, se dio cuenta que los sacrificios no eran con fines de rendir tributos a los Dioses, sino solo con fines de obtener gloria y poder. Los aborígenes eran seres que lo único que les internaba era tener mas riquezas. El imperio universal En su viaje a la cuidad real se había sumado Keiko, los mexicas que antes estaba acostumbrados al trabajo fuerte ahora eran tratados como reyes. Quetza se imaginaba como los estados que recorría se podían convertir en tierra de su imperio. Se dio cuenta que tenia que construir un mercado mayor porque las relaciones comerciales iba a se de vital importancia, el sabia que lo primero que debía hacer antes de conquistar esas tierras era ganarse la voluntad de sus habitantes y eso solo se lograría si se rompía das barreras de egoísmo existentes entre comunidades. Si duda el nuevo Reino era un lugar hermoso lleno de paisajes y recursos para construir un gran imperio. Quetza llego a un lugar impresionante era una gran construcción, un templo levantado en antiguos templos musulmanes destruidos. Las aborígenes eran personas que trabajaba sobre todo lo que encontraban y conquistaban solo les importaba la grandeza de sus pertenecías. La tierra según los desterrados Llegaron al palacio del tlatoani. Pese a la reconquista, la casa real todavía conservaba su nombre musulmán Al-Casar, los mexicas estaban maravillados de los jardines de aquel palacio que les recordaba a los jardines de las casas de la nobleza de Tenochtitlan. Tan impresionado quedo Quetza con aquel paisaje que renombro a Sevilla con el nombre de Xochitlan, “el lugar de los jardines” Quetza y Keiko al caminar juntos parecían verdaderos príncipes del Oriente, todos se preguntaban de qué lugar del mundo provenían. Keiko se preguntaba qué había sucedido en su vida, hasta hacia poco tiempo era una simple y despreciada pupila de mancebía y ahora todo el mundo se inclinaba a su paso, era recibida por los representantes del rey de Castilla y ante sus pies se extendían alfombras rojas. Quetza y Keiko llegaron ante el representante del rey de Castilla para ambos sacar el mayor provecho, las nuevas rutas comerciales que suponían iban a inaugurar con el ilustre extranjero, debían tenerlos como principales convidados. Y para esto el cacique debía ofrecer a Quetza las mejores condiciones, ventajas y privilegios que los demás reinos. Quetza descubrió entonces que el corazón de esos nativos estaba corrompido y sus ojos enceguecidos por la ambición ilimitada de oro, especias y todos los tesoros que guardaba el Oriente. Pero eso no le impedía tener una mirada imparcial sobre ambos mundos; era conciente de que los asuntos de la política eran tan oscuros aquí como allá. Pero nunca había visto tanta intriga y contúrbenlo, tanta falta de escrúpulos y corrupción, jamás pensó que el ser humano fuera capaz de semejante grado de sutileza para el mal, tanto ingenio para el robo y tanta exquisitez para la rapacidad. A los gobernantes poco les importaba el bien de sus pueblos o el honor de sus nombres; aquí impera sobre cualquier otra cosa: el oro. La alianza de los Dioses Quetza pidió que le hicieran conocer los dominios de la corona. Su propósito era el de trazar un mapa completo de las nuevas tierras, establecer los puntos estratégicos, estudiar potenciales alianzas y conocer el carácter de los nativos comunes; futuros súbitos del Imperio Mexica. Quetza pensaba que una buena alianza sería con los mahometanos ya que ellos tenían resentimientos con los cristianos por ser expulsados u obligados a convertirse al cristianismo, pero su segundo Mahon sostenía que sería una alianza condenada al fracaso. Quetza no olvidaba cual era su propósito, ya había probado que existían nuevas tierras al otro lado del mar. Por otra parte estaba en condiciones de demostrar a los incrédulos de poner en frente de sus ojos el hecho innegable que la tierra era una esfera. Gracias a los mapas de Keiko, tenía en sus manos casi la totalidad de la carta terrestre, pero aun le faltaba probar los más importantes: La existencia del lugar de origen de su pueblo la mítica Aztlan. Y encontró lo que tanto anhelaba ante sus ojos un enorme castillo en medio de una llanura terracota, el mismo que le confería a Quetza ese aspecto temible que experimentaba al observar las pirámides de su tierra. A medida que se acercaba al palacio el corazón le latía con más fuerza él sabio que los designios de aquel reino dependería, en un futuro próximo su destino. Cada mundo coincidía, para él con el imperio de las generaciones de emperadores que, según fuesen más benévolos o más crueles, atribuían sus decisiones a tal o cual Dios. El Imperio Romano, el Turco, el dominio Mongol, entre los monarcas actuaban bajo la advocación de sus dioses, eran parte de una misma historia que, más tarde o más temprano, habrían de unificarse cuando el mundo fuese solo uno. El almirante de la reina Quetza y Keiko fueron recibidos por la reina en una sala austera pero íntima. Quetza se ajustaba al protocolo de su tierra no mirar a la alteza a los ojos y permanecer con la cabeza gacha. La impresión que se formo cuando vio a la reina fue que rea el rostro de una mujer campesina como que en nada se diferenciaba del de las campesinas. La reina expuso la situación a Quetza sin ambages, era urgente para la corona establecer una ruta por mar o tierra que pudiese eludir el cerco impuesto por los musulmanes para mantener el comercio con el Oriente. La reina le suplico a Quetza que le mostrara las cartas de navegación que le habían permitido llegar hasta la península, le presentó un hombre que vestía las ropas de los navegantes, debajo del brazo llevaba varios mapas, notas y cartas, los dos se miraron fijamente y el marino de la reina le dijo a Quetza que le indicara la ruta que había tomado para navegar en los mapas que le presento, pero los dos notaron una particularidad en el dibujo el mundo que contenía el mapa era un círculo perfecto y marcadamente plano. Entonces Quetza confirmó lo que sospechaba ambos supieron que eran dueños del mismo secreto: la Tierra no era plana, sino esférica. Pero ambos no pronunciaron una sola palabra. Quetza hizo que le repitieran el nombre de aquel almirante a lo que le respondieron: Colombo, Cristophoro Colombo. La carabela de Quetzalcóatl Quetza sabía que no tenía derecho a dudar de Keiko. ¿Acaso él mismo no había emprendido la travesía buscando la respuesta a la pregunta por su propia existencia? La búsqueda de las míticas tierras de Aztlan tal vez no tuviese el único propósito de encontrar las raíces del pueblo mexica, sino, quizá, fuese un intento de hallarse con sus propios orígenes. Él no ignoraba que sus verdaderos padres fueron asesinados por las tropas mexicas, ni que el tlatoani al que servía era sucesor del que ordenó matarlos. Sabía que la ciudad que amaba, Tenochtitlan, era la culpable de su tragedia pero también le había dado lo que más quería: a su padre adoptivo, Tepec, a una de sus futuras esposas, Ixaya, y a sus entrañables amigos, los vivos y los que llevaba en la memoria hasta los confínes del mundo. Y le había ofrecido la posibilidad de ir hasta donde nadie había llegado. Aunque adoptado, él era un extranjero en Tenochtitlan; aun perteneciendo a la nobleza, llegó a ser un desterrado. Tal vez por eso se sentía cerca de los sometidos, de los esclavos, de los macehuates, de los más pobres. Por esa razón buscaba la unión de los pueblos del valle, porque creía que eran todos hermanos provenientes de Aztlan, que nada los diferenciaba, que Huitzilopotchtli no hacía más que someterlos a guerras inútiles y fratricidas. Y mientras miraba a Keiko, de pie en la

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