niinaan9
Usuario (Argentina)
link: https://www.youtube.com/watch?v=KzWPxrFds9w GUÍON Y FOTOS: Niina An MÚSICA: cuerdasdeaserrín
MI ÚLTIMA NOVELA: "EL ESCAPE" http://el-escapee.blogspot.com.ar/2014_02_01_archive.html CAPÍTULO 1 EL ESCAPE- CAPÍTULO 1 Capítulo 1 Sólo recuerdo que todo sucedió muy rápidamente: los horarios de entrega, aquellos malditos horarios de entrega en donde mi nombre aparecía como una sombra sobre la letra pequeña en aquella revista aburrida donde se publicaba mi columna semanal como un mero antojo del editor por exaltar aquél “innato talento “que él dice con soltura y con un poco de contradictorio desprecio, “ que yace en mí como un volcán a punto de erupcionar y arrasar con todo el plantel de escritores y periodistas que trabajan en la revista” . A veces no sé si debo aceptar aquello como un mero cumplido o una simple llamada de atención para que todas las mañanas al sentarme sobre la silla de mi escritorio recuerde con insistencia que él, Javier, es el dueño de la editorial y por consiguiente mi cara de hastío debería transformarse en una expresión de indulgente aceptación acompañada de una gran sonrisa. Realmente no sé si fue aquellas inconformes ganas por evitar el estancamiento en una revista que no aportaba ni aportaría nunca nada a mi vapuleada carrera de escritora que fuera de la editorial y puertas adentro, en la oscuridad del pesar de aquellos días angustiosos y en la soledad de mi departamento, las palabras no existían, se evaporaban incluso antes de que posara suavemente mis manos sobre el teclado para acariciar lo que en ese entonces y a esas horas de la madrugada yo esperaba impaciente por una recompensa. Pero no pasaba nada…, nunca realmente había pasado absolutamente nada desde que mi vida se había convertido en una ruina de depresiones y desesperadas ganas de estar en otro lugar, en donde fuera que me mantuviera a salvo de la insensatez, de la inseguridad que aquellas mañanas me llevaban nuevamente a hacer exactamente lo mismo con lo que los demás llamaban “talento”: menospreciarme. Porque hacía ya varios años que había estado menospreciando cada palabra que salía de mi mente, cada historia, cada verso, cada prosa que en secreto escribía a diario, incluso mucho antes de que Javier me ofreciera aquél empleo que terminó con el poco talento que siempre consideré que vivía en mí, adentro mío. Creo que hubo algún momento, alguna de esas madrugadas de una extenuante frustración que me mantenían durante horas seguidas como un zombi mirando el monitor de la computadora condicionada por mis propias represiones, lo que me impulsó aquél día a tomar esa decisión: irme lejos. Lejos del impecable departamento, lejos de mi ropa bien ordenada sobre las perchas de acero frío que colgaban en mi placard, lejos de la repisa colmada por todos aquellos libros. Lejos de su orden alfabético que durante las mañanas me mantenía inquietamente absorta observando mi peculiar manera de organizarlos y de distribuirlos por todo aquél mueble viejo que me había regalado mi padre con la esperanza de que algún día yo pudiera llenar una estantería de aquél tamaño con mis propios libros. Simplemente quería irme lejos de aquél estancamiento que parecía definitivo. Porque no había otra salida, porque el acumulamiento de vacíos que durante todos aquellos años se habían estado propagando por todo mi cuerpo como una enfermedad, asfixiándome hasta dejarme completamente inmovilizada, atrapada sobre un mutismo desolador y agobiante. Encerrada sobre la contemplación de los días que iban y venían adormeciéndome el habla, despedazando cualquier intento por calmar mi mente que, para aquél entonces no era otra cosa que un agujero negro sin recuerdos envueltos sobre emociones de las cuales alimentarme. Porque yo lo sabía muy bien, sabía que ya no había nada de lo que pudiera nutrirme para llenar aquél enorme vacío que había convertido mi mente en un pozo ciego, ilimitadamente profundo en un sueño eterno que concluiría con un final. Mi final. Fue por eso que aquella madrugada sólo atiné a guardar algunas mudas de ropa en el bolso, apagué mi celular, lo puse en el fondo de la mesita de luz de mi habitación; tomé las cuatro cajas selladas de pastillas que el médico meses atrás me había recetado para poder conciliar bien el sueño de las cuales nunca había tomado ni una. Revisé que todo el efectivo que quedaba en mi billetera con algunas de mis tarjetas de crédito estuviera sobre mi cartera, di un último vistazo a cada rincón específicamente diseñado y decorado del living con el fin de recrear un ambiente de inmejorable confort. Con la sensación de desapego sobre mis manos apagué las luces del departamento y salí de allí lo más rápido que pude en busca de un taxi que me llevara a la terminal de ómnibus de mi ciudad. Saqué un pasaje en el primer colectivo que salía y al subir al mismo sentí como recorría a través de mis venas la adrenalina de no saber lo que sucedería luego…Porque aquél era un acto puramente impulsivo, lleno de vida, de aquella espontaneidad que se parece tanto al momento previo del acto creativo. Ni siquiera me había detenido a pensar hacia dónde iba, porque nada de eso era realmente importante para mí. Sólo apoyé la cabeza en aquél asiento y sin esperar nada más, cerré los ojos y quedé profundamente dormida.