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neptunecruz71

Usuario (Perú)

Primer post: 26 ago 2009Último post: 26 ago 2009
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Un poquito feliz- Enrique Vásquez V.
Un poquito feliz- Enrique Vásquez V.
ArteporAnónimo8/26/2009

Hola taringueros, hoy les dejo un relato incluido en el libro " Un poquito feliz y otros relatos" de Enrique Vasquez V. El cuento me gusto tanto que decidi compartirlo con ustedes. Ha sido tipeado completamente por mi, porque no encontre dicho relato en Internet. Que no les de pereza leer, se que es "mucho" pero no se arrepentiran. Espero que les guste y comenten Un poquito feliz I No era la primera vez que le gastábamos una broma. En verdad, se las solíamos gastar con frecuencia. Y no por una supuesta debilidad de su parte. Sucedía tan solo que Priscilla no era como nosotros. No se reía ni tenía amigos, no lloraba ni se entristecía, no miraba a los chicos ni se pintaba los labios. Priscilla Satín era así. Un ser etéreo, delicado, pero tan firme en su soledad que difícilmente podía ser ignorado. Me atrevería a decir, incluso, que le llegábamos a temer. Y supongo que por eso le jugábamos bromas. Una manera de enfrentar ese miedo que sentíamos por ella. Como si aquellas bromas, absurdas y fugaces, nos arropara cierta seguridad. Bromas tontas, casi imperceptibles, pero capaces de mantener una distancia mínima entre ella y nosotros. Aquella tarde, como siempre, Priscilla mantuvo la calma. Se limitó a recoger su libro, alisó la cubierta con su mandil, y tras limpiarlo con una mano lo apiló junto a los demás. Luego, sin decir palabra, se dirigió a casa. Priscilla María Satín era la chica nueva de la escuela. Frágil pero cargada de una intensidad que a todos inquietaba, llevaba el pelo como listones de seda adheridos a sus mejillas. Silenciosa e indescifrable, sus ojos asemejaban dos cristales grises y sus labios, apenas visibles, simulaban tenues trazos de crayones. De piel suave y lejana, se veía tan pálida que fácilmente uno podía imaginarla transparente. Como si colocándola al trasluz pudiésemos indagar a través suyo. Sin embargo, y a pesar de esa frialdad en su piel, era inevitable sentirnos atraídos por ella. Y es que de alguna manera que no sabíamos explicar, y mucho menos aceptar, Priscilla era curiosamente bella. Y era con esa belleza, altiva e imperturbable, con la que soportaba las tontas bromas que solíamos jugarle. Lo hacía con naturalidad; con un desdén abrumador, pero sobre todo sin mostrar siquiera un atisbo de cólera o violencia. Apenas si fruncía ligeramente las cejas como dejando en claro que no era precisamente ella la que cumplía el papel de tonta. Luego volteaba hacia los demás y así, sin más, esbozaba una imperceptible sonrisa cuyo significado nadie entendía pero que a todos llegaba a alcanzar. Priscilla Satín había llegado a la escuela seis meses atrás. Ya andábamos en el penúltimo año de la secundaria y por entonces los romances brotaban como impulsados por una inagotable fuente de energía. Las chicas habían empezado a llevar las faldas más altas, sus uñas eran más largas e incluso, una que otra ya se había ganado una reprimenda por usar rubor en sus mejillas. Y con nosotros sucedía lo mismo. Nos peinábamos como nunca antes lo habíamos hecho; nuestros zapatos mostraban brillos inimaginables, y hasta nuestras camisas, usualmente estropeadas y llenas de arrugas, ahora se veían graciosamente planchadas y algunas hasta impecables. Y en medio de ese mar de cartitas de amor, silbidos conquistadores y mejillas ruborizadas, me encontraba yo, tratando de definir cuál de todas esas sonrisas me podría pertenecer, o en cual gesto coqueto encontraría la invitación al abordaje. Y, claro, también estaba Priscilla, quien a pesar del tiempo transcurrido, sabía mantenerse ajena a nuestra tempestad. Como si su nube volara más alto o como si habitara, sencillamente, en un mundo lejano y desconocido. Priscilla era, con la frente en alto y su tatuaje en un tobillo, un ser incapaz de verse envuelto en ese cerco de amor que por entonces parecía habernos rodeado. Durante ese año, como había sido habitual durante la secundaria, mi carpeta se ubicó en una de las esquinas del salón. Primera carpeta, a la derecha y pegadito a la ventana. Lugar perfecto para mirar a mis compañeros sin sentir el ahogo de sus bromas. Me permitía, además, curiosear hacia el patio, donde las chicas hacían gimnasia con sus falditas azules y sus politos ceñidos al cuerpo. Bastaba con girar el rostro para tropezarme con la realidad de que en verdad Beatriz Mercante tenía las mejores piernas del salón y que a la Valverde, nunca supe desde cuando, le habían empezado a crecer los senos de una manera espectacular. Pero sobre todo, porque inevitablemente, me tropezaba con la esmirriada pero atractiva figura de Priscilla Satín, quien con los mismos dieciséis años que los míos, apenas si me miró una o dos veces durante los dos primeros semestres. A Priscilla, pues, siempre le gastábamos bromas. Un cuaderno escondido, su nombre en una voz impostada, un papel volando sobre su carpeta. Un mecanismo que quisimos activar para mantenerla alejada, o quizás, como en el fondo siempre lo creí, una excusa apenas para compartir algo con ella. Y es que estoy seguro de que todos, de una u otra manera, hubiésemos deseado que Priscilla Satín nos llamara por nuestro nombre aunque sea tan solo una vez. Y así, Priscilla, sin que lo notase, empezó a convertirse en un ser misterioso. Un mito viviente que de a pocos dio pie a una serie de ridículas teorías. Priscilla, pues, pasó de convertirse en la hija única de una familia de fugitivos extranjeros a una hechicera que se dedicaba a efectuar rituales de magia negra. No faltaron quienes, envidiándola secretamente, asegurasen que Priscilla era una asesina en potencia, a la espera solo de la oportunidad de acabar con alguien. Yo por supuesto no tomaba en cuenta esas historias. Para mí, Priscilla era solo un ser atípico. Alguien, que por sentirse superior. O peor aún, por serlo, no tenía interés alguno en estrechar vínculos con nosotros. Y eso sería, supongo, lo que de a pocos despertó mi interés por ella. Fue en primavera, antes de que llegara octubre, cuando tomé la decisión de seguir cada uno de sus pasos. No fue un impulso lo que me condujo a ello. Se trató de una decisión meditada, producto de una atracción que ya me resultaba cínica negar. Como la gota de agua que cincela la roca en su caída, Priscilla había ido despertando en mí un sentimiento del que me sentía incapaz de escapar. II Recuerdo de Priscilla, entre tantas cosas, su silencio absoluto y esa infalible puntualidad. Era de las primeras en llegar a la escuela. Asomaba por el salón poco antes de las ocho y se acomodaba, sin hacer el menor ruido, en su carpeta, la última de la fila central. Sacaba sus cuadernos, forrados con etiquetas floreadas y láminas de Hello Kitty, y ahí, prácticamente sin moverse, permanecía las siguientes horas del día. No le importaba que llegara el recreo o que le gastáramos una de nuestras tontas bromas, Ella permanecía ahí. Con la mirada sobre sus cuadernos o escribiendo cosas que ignorábamos y que nunca quiso mostrar a nadie. Si alguien se le acercaba, ella se limitaba a rechazarlo con una ternura que le impedía ser odiada, pero que alejaba eficazmente todo intento de amistad. Ya con el timbre de salida, Priscilla regresaba sus cuadernos a una inmensa mochila amarilla y sin un adiós, sin siquiera una sonrisa, se la cargaba a la espalda para alejarse a paso lento de la escuela. Fue poco o nada lo que obtuve de Priscilla durante el seguimiento de aquellos días. Conocía sus escasos movimientos, cada uno de sus gestos, el destino de sus miradas. Sin embargo, nada nuevo había obtenido. En las clases, su figura era invariablemente la misma. Su falda bajo las rodillas, sus zapatos negros, su blusa siempre de mangas largas. Fue entonces que me quedo claro. Si quería conocer su mundo era necesario que me adentrara en él. Priscilla Satín había inoculado en mí la impostergable necesidad de su presencia. Se había convertido en un objetivo inmediato y urgente. Una especie de adicción empezaba a someterme a ella y no haría el menor esfuerzo por evitarlo. En el salón de clases, pasaba varias veces a su lado. Buscaba tan solo el aroma de su pelo o el disimulado roce de sus brazos. Le dirigí, incluso una o dos veces la palabra, sin conseguir más que una respuesta seca y un claro desinterés por mí. Por eso, pero principalmente porque las horas sin ella empezaron a parecerme interminables, decidí seguirla también de regreso a casa. Aquel lunes no pude evitar un asomo de vergüenza. Nunca antes había seguido a alguien y menos aún a una mujer. Ella salió de la escuela, como todos, apenas dieron las tres. Tomó su mochila amarilla y tras alisarse el pelo se dirigió hacia la puerta. Luego comenzó a caminar por la Petit Thouars hacia Miraflores. Algunos metros atrás iba yo. Sentí una sensación extraña y placentera. Una agradable vergüenza y un orgullo absurdo, atribuible quizás, a ser el primero en verla caminar por las calles. Y ella lo hacía sin prisa. Con el cuerpo ligero, sesgado apenas hacia su derecha pero a la vez firme y seguro. Ondulaba serenamente sus afiladas caderas mientras la palidez de su piel parecía brillar bajo el tibio resplandor de octubre. No había sido fácil iniciar la persecución. Tardé en dar mis primeros pasos, inmovilizado, tal vez, por esa imagen casi espectral que reflejaba Priscilla. Recordé entonces, que de niño, siempre me habían causado temor los ángeles. Las primeras cuadras no me dijeron nada especial. Caminó sin mirar a nadie, no se detuvo en lugar alguno y apenas si aceleró ligeramente sus pasos al cruzar una esquina. Llegando a la avenida Teniente Cruz, volteó a la derecha y cincuenta metros más allá, con el mismo paso lento y cansino, volteó por la calle Madrid para ingresar a u pequeño y nuevo edificio en el que la perdí de vista. Eran cerca de las cuatro de la tarde y mi persecución parecía haber llegado a su final. Pero no me conformaría con tan poco. Había que tomar una decisión y me resultó muy sencillo hacerlo. Recuerdo que por entonces vivía en Jesús María y era habitual, para mamá, que ciertos días llegara tarde a almorzar. Justificaba mis atrasos en algún partido de fútbol o en uno que otro almuerzo en casa de amigos. No me costó entonces tomar la decisión y esperar unos metros más allá a que algo sucediera. Esperaría, frente a ese edificio, el tiempo que fuese necesario. No me importarían los minutos ni las horas que transcurriesen. Lo único que me interesaba era verla salir y volver a seguirla hasta donde fuera. Pero fue en vano. Nada sucedió. Permanecí en esa esquina hasta más allá de las diez sin que Priscilla asomase nuevamente. Aquella noche, sin embargo, llegué a casa convencido de que no cejaría jamás en mi intento. La seguiría cada tarde por la única razón que podía entender: sentirla cerca. III Muchos hechos de aquellos años han quedado grabados en mi mente. Por entonces mi padre compró la primera computadora y semanas atrás, mi equipo de fútbol llegó a campeonar en un torneo interbarrios. Ese mismo año, viajaría también por primera vez en un avión rumbo a Buenos Aires. Sin embargo, los días que siguieron a aquel martes de octubre parecen ahora opacar esos recuerdos. Aquel martes volví a seguir a Priscilla Satín. Llegó como esperaba, muy puntual. Traía, como siempre, ese tono lívido y apagado que reinaba en su piel. Ya había notado, en mi secreta vigilancia, que la palidez de Priscilla se hacía más intensa en determinados momentos. Ese martes fue uno de aquellos. Alguien incluso dibujó un fantasma en una hoja de papel y lo dejó sobre su carpeta. Ella como de costumbre lo miró con desinterés. Luego, con una imperceptible sonrisa cuyo significado nadie entendió, tomó el papel entre sus manos y lo aprisionó cuidadosamente entre las páginas de su libro de Geografía. Miré a Priscilla y la vi más pálida y linda que nunca. Luego me dediqué a esperar la hora de salida. En el ínterin y deseoso de sus misterios, rocé su cuerpo un par de veces y hasta le alcancé un lápiz que rodó de su carpeta. Como de costumbre no conseguí nada. A las tres en punto sonó el timbre y yo, como lo tenía previsto, me dispuse a seguir sus pasos. Llevaba conmigo una mochila y un par de sándwichs, una revista de deportes y media cajetilla de cigarrillos. Esperaría nuevamente frente a su edificio hasta que algo sucediera. Los primeros pasos fueron un remedo del día anterior. Veía tan ligera y volátil a Priscilla que si hubiese caminado por la playa, sus pies no habrían dejado huellas sobre la arena. Caminó por Petit Thouars, luego por teniente Cruz y por último por Madrid. Finalmente ingresó al mismo edificio. Yo solo me aposté en una esquina y sentado sobre un muro que circundaba un pequeño bazar italiano inicié la espera. Permanecería ahí todo el tiempo posible hasta la medianoche si fuera necesario, con tal de verla aparecer nuevamente. Pero no fue así. Apenas si tuve tiempo de probar uno de los sandwichs preparados por mamá. Media hora después, y cuando me aprestaba a fumar el primero de mis cigarrillos, la vi salir. Tardé en reconocerla. Llevaba un polo celeste que parecía bailar sobre su cuerpo; jeans bastante sueltos también y unas sandalias grises, sin tacos, que dejaba ver la blancura de sus pequeños pies. Su rostro, sin marca alguna de maquillaje, sin un ápice de color, se veía, como siempre, cercado por los listones de su pelo marrón. Priscilla caminó tres cuadras por la Madrid y a la altura de Constitución detuvo su paso. Luego cruzó la calle y se dirigió directamente a un moderno edificio que se alzaba a mitad de cuadra. Con la naturalidad de quien ejecuta una rutina, Priscilla hizo su ingreso en él. Inquieto y dominado por la curiosidad, detuve mi paso junto a esa fachada de losetas celestes. Sobre la amplitud de su puerta, un letrero azul con letras blancas se apostaba llamativo: CENTRO DE DIÁLISIS PROVIDENCIA. Esa tarde me dediqué a esperar a Priscilla desde la esquina de Madrid con Constitución. Ignoraba las razones que la habían conducido hasta aquel lugar pero estaba claro que nada bueno sucedía ahí adentro. Se trataba de un edificio de paredes blancas, inmaculadas, de esos que estremecen la piel por su pulcritud. Odio a la pulcritud, ese desdén por la mácula natural, el extremo absoluto de la asepsia. A mí la pulcritud siempre me dio náuseas. Hasta hoy sostengo que las cosas en extremo limpias solo sirven para ocultar desgracias. Ese día lo confirmé. Fueron cuatro las horas que esperé, tres los cigarrillos que fumé y dos los sandwichs de jamón y queso que llegué a devorar hasta que Priscilla salió. Eran cerca de las nueve de la noche. Hacía algo de frío y ella caminaba con dificultad, como si el hacerlo le costara un trabajo excesivo. No tuvo que recorrer más de cinco metros hasta el taxi que la esperaba; sin embargo, lo hizo con tal lentitud que hasta un anciano habría tardado menos. El auto había estado ahí por varios minutos y era evidente que venía por ella. Priscilla subió en él. Lo hizo apoyada en el brazo de una de las enfermaras. No cabía duda, estaba enferma. Fue al día siguiente, cuando le pregunté a papá, cuando supe lo que era un centro de diálisis. La respuesta fue corta, pero clara: era el lugar en el que lavaban la sangre de los enfermos de los riñones. Seguí a Priscilla Satín durante el resto de la semana y luego por dos semanas más. La rutina se repitió invariablemente. Lunes, miércoles y viernes iba directamente a casa, al departamento de la calle Madrid y permanecía ahí hasta el día siguiente. Martes y jueves en cambio, dejaba su departamento a eso de las cuatro para dirigirse, siempre sola y caminando, hacia el Centro de Diálisis Providencia. Permanecía ahí por cuatro o más horas y abandonaba el edificio, en un taxi, cerca de las nueve. Salía débil aunque menos pálida, pero siempre como si hubiera dejado la mitad de su vida allá adentro. Dolía verla así. Más aún cuando para mí algo había quedado claro; la amaba. Supuse entonces que esas bromas que le gastaban debían ser insignificantes frente a la cotidiana realidad de sus penas. Y yo era testigo de aquello. Había conocido el secreto de Priscilla y eso de alguna manera hacía que la sintiera un poco mía. Mis días empezaron a transcurrir alrededor de sus movimientos. Desde esa tarde no existió otra cosa por la cual interesarme, que no fueran los días de Priscilla Satín. Un día me llené de valor. Una mañana de viernes, bajo un sol que brillaba con firmeza, me sentí con el derecho de merecer su amistad. La seguí hasta su casa y tras esperar un tiempo prudencial, llamé a su puerta. IV Fueron dos meses después de aquella visita cuando Priscilla Satín se dirigió por primera vez a mí. Ya para entonces corrían los primeros días de diciembre y me encontraba totalmente enamorado de ella. Todo fue por una de esas tontas bromas que le solían gastar. Alguien quiso esconder su libro de Inglés en una mochila ajena y yo no estaba dispuesto a permitirlo. Era la hora de salida. Priscilla no preguntaba nada a nadie, no iba a ningún lugar en especial, tan solo miraba hacia los lados buscando inútilmente el libro. No lo soporté. Me enfrenté al promotor de la broma, intercambié golpes con él y hasta le rompí su camisa en el jaloneo. Yo a cambio me llevé un ojo morado. Minutos después, Priscilla se me acercó. Quedé sorprendido. Más aún después de todo lo que llegó a decirme aquella tarde en que fui a buscarla a su departamento de la calle Madrid. Aquel viernes, de dos meses atrás, me había pedido que no la volviera a buscar y menos aún que vaya siguiéndola por las calles. “¿Qué derecho tienes de meterte en mi vida?, ¿desde cuándo lo haces?” me inquirió con una voz que por primera vez llegué a sentir sonora y agresiva. “Solo quiero ser tu amigo”, recuerdo haberle dicho; “tan solo ser tu amigo”. Pero de nada valió. Se le veía alterada, nerviosa. No me permitió siquiera que me asomara al interior de su departamento. Incapaz de mencionar el amor que le tenía, disfracé mis sentimientos de un afecto especial. Le conté de mis seguimientos, mis largas esperas en la esquina del Centro de Diálisis, de lo consciente que era de que algo malo le ocurría. Fue entonces que me largó. Se le llenaron los ojos de lágrimas y me pidió que me marchara, que nunca más regrese, que por favor nunca más le volviera a hablar. Por todo eso quedé sorprendido cuando Priscilla Satín se me acercó aquella tarde de diciembre. Yo estaba adolorido, con la camisa sin botones y no terminaba aún de jadear, cuando reconocí sus pasos a mis espaldas. Sin duda me dolían los golpes; sin embargo, no era esa la razón de mi malestar. Si algo me dolía de verdad era imaginar su sufrimiento. Pero no. Estaba equivocado. Priscilla no estaba sufriendo. - No te pelees por mí –me dijo con una voz en la que percibí vestigios de amor-. Ven, acompáñame a casa –agregó. Nunca antes Priscilla había tomado la iniciativa para conversar conmigo. Yo asentí en silencio. Caminamos por primera vez juntos. Los primeros metros lo hicimos rápidamente, como si escapáramos de algo. Yo nervioso, incapaz de soltar una palabra o mirarla directamente a los ojos. Ella con los labios temblorosos, buscando la frase adecuada para iniciar una charla. Lucía pálida, más que otras veces. El brillo de la tarde parecía esquivar su piel. - No te pelees por mí, por favor. - No tienen derecho a hacerte ese tipo de bromas –la miré por primera vez a los ojos. - Escúchame –dijo esbozando una sonrisa que sentí hecha para mí. Fue entonces que Priscilla me lo dijo. - Si hay algo que disfruto en la escuela son las bromas que me hacen. Iba a interrumpirla, decirle que no tenía que aceptar ese tipo de bromas. Que ella era demasiado buena para eso. Que por último, nadie sabía de ella ni de sus problemas… - Sí, ya sé que te parece extraño –continuó-. Pero es así. Antes de esta escuela estuve en otras en las que todos conocían mi mal. Era duro. Me compadecían, me trataban como si fuera de cristal, me tenían lástima… No sabes cuánto disfruto ahora esto… que por fin me hagan bromas, que me traten sin ese cuidado exagerado y lastimero. - ¿Qué tienes, Priscilla? ¿Por qué vas a ese centro de diálisis? Priscilla detuvo su andar. Me miró a los ojos. Un brillo húmedo descansaba en ellos. Luego me respondió con dos preguntas. Las mismas que me hiciera meses atrás, solo que una ternura en su voz anunciaba otro final. - ¿Por qué me has seguido?, ¿qué buscas de mí? Ya no pude más. La tenía frente a mí. Nuestros labios se encontraban a centímetros. Mis ojos se sostuvieron en los suyos. - Te quiero –le dije. Un segundo eterno, silencioso, de cristal, se interpuso entre los dos. No había dejado de mirarme un solo instante. Luego extendió sus brazos y me rodeó con ellos. Me abrazó con fuerza. Sentí sus manos, sus hombros sobre los míos, la tibieza de sus senos sobre mi pecho. Su estómago temblaba, sus muslos se apoyaban en los míos… estaba llorando. - Yo también –me dijo entre sollozos. V Días después conocí a su mamá, doña Laura , una viejita que vivía con ella y que pasaba sus días inmovilizada sobre una silla de ruedas. Me sentí el hombre más feliz del mundo cuando una tarde me la presentó. - Ya no tienes por qué preocuparte, mamá. Él me acompañará al Centro a partir de ahora. Doña Laura esbozó un gesto de sonrisa. Suficiente para entender su alivio. Acompañé a Priscilla todo ese verano al centro de diálisis. Con el transcurrir de los días me fui ganando la confianza de Priscilla. Un día me lo contó; requería un transplante de riñón pero los intentos habían fracasado por diversas razones. Donantes incompatibles, pacientes con más tiempo de espera, descoordinaciones de último momento. Tras varias semanas de acudir al Centro de Diálisis, me pidió que la acompañara a la clínica. Su mal no progresaba y requería de un tratamiento espacial y sofisticado. “Sé que moriré”, me dijo, “por eso no quería querer a nadie”. La primera vez que Priscilla ingresó a la clínica lo hizo a las cuatro de la tarde. Permaneció en ella hasta las nueve de la noche. Todo parecía complicarse. Las diálisis no bastaban y el donante no llegaba nunca. La visita fue más larga aún. Para entonces se encontraba más delgada y pálida que nunca. Pasaría la noche allá, se sometería a unas evaluaciones especiales y yo recién la recogería al día siguiente. Sin embargo, existían razones para estar felices; por primera vez habían llegado noticias firmes de un donante. Lo celebramos a su salida de la clínica con una torta de chocolate y el beso más intenso que recuerde haber recibido. Una semana después debí llevar nuevamente a Priscilla a la clínica. Se hallaba demasiado débil y fui yo quien la cargó hasta la sala de emergencias. Dos enfermeros me la arrebataron de los brazos para colocarla sobre una camilla. Luego me pidieron que me retirase. Supongo que me tomaron por un simple compañero de escuela y no me dieron importancia. Después todo fue confusión. Los movimientos apurados, la camilla veloz, las botellas de sangre y suero. Alguien me tomó del brazo y me condujo hacia la sala de espera. Permanecí ahí sin recibir noticia alguna. Priscilla Satín murió dieciocho horas después. Recuerdo haber estado en la sala de espera cuando doña Laura llegó en compañía de un enfermero. Corrí hacia su silla de ruedas y me arrodillé frente a ella. Me miró a los ojos. Era la misma mirada de Priscilla. Luego dejó caer una lágrima. Todo estaba claro. El año siguiente fue el último de la secundaria. El primer día de clases fingí un reencuentro agradable. Abrazos, chistes tontos, sonrisas forzadas. Ninguno de mis compañeros se había enterado de lo sucedido aquel verano. Conforme se acercaba la hora de clases, las carpetas comenzaron a ocuparse. Todas menos una, la de Priscilla Satín. El verla vacía fue demasiado para mí. No pude siquiera moverme. Imaginé su silencio, sus ojos grises, su figura ligera. Ocultando una lágrima decidí ocupar su ubicación, la última carpeta de la fila central. Al igual que Priscilla Satín, me había convertido en un ser triste y silencioso. Con el paso de los mese, sin embargo, algunas cosas cambiarían. Descubrí, por ejemplo, que no existía un mejor lugar para sentarse que aquel que había elegido Priscilla. Desde ahí me sentía seguro, como abrazado por todos. Qué importaba si ellos desconocían mis penas, si igual eran mis amigos. A veces, mis compañeros se acercaban e intentaban jugarme una broma. Yo los dejaba hacer. Desde mi ubicación era imposible que pasaran inadvertidos. Veía sus preparativos y les hacía creer que me estaban sorprendiendo. De esa forma, aunque sea por instantes, llegaba a sentirme un poquito feliz . Gracias de antemano .

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