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Primer post: 7 oct 2015Último post: 29 jun 2017
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George Boole:El matemático que allanó el camino a Google
George Boole:El matemático que allanó el camino a Google
InfoporAnónimo11/2/2015

Creó un sistema de códigos basados en la lógica que hoy día utilizan todos los programadores George Boole fue el creador del álgebra de Boole que hoy se utiliza para programar Al hablar de la creación de Google, vienen a la memoria los nombres de Larry Page y Serguéi Brin, pero mucho antes de que ellos pensaran en el buscador, incluso mucho antes de que ellos nacieran, George Boole ya había abierto el camino de lo que sería siglos más tarde la página web más famosa del mundo. George Boole es uno de los grandes matemáticos de la historia y está considerado como el padre de las ciencias computacionales, principalmente por la creación del álgebra booleana, el álgebra de la lógica. Se trata de una estructura que esquematiza las operaciones lógicas y sin la cual hoy seríamos incapaces de realizar tareas de programación . Desde las aplicaciones de los «smartphones» hasta los videojuegos, pasando, por supuesto, por los buscadores de internet, nada sería posible sin sus aportaciones. Como a la hora de construir una casa, fue George Boole el que puso el primer ladrillo del rascacielos que es hoy día Google. Sin él y sin sus códigos, sin su forma de componer la realidad en un sistema binario de ceros y unos, sería imposible encontrar paginas en un buscador. «Las interpretaciones respectivas de los símbolos 0 y 1 en el sistema de lógica son 'nada' y 'universo'», explicaba. De origen irlandés, Boole nació el 2 de noviembre de 1815, por lo que este lunes se cumple el 200º aniversario de su nacimiento. Para su gran creación, usó lo que llamó «puertas lógicas», es decir, preguntas que se hacen a un enunciado para crear una lógica a partir de él. Las más famosas –que hasta hace bien poco se seguían usando para buscar términos en internet– eran «and», «or» y «not». La tecnología ha permitido que a día de hoy se utilice un lenguaje mucho más común para realizar búsquedas, pero fue George Boole quien sentó las bases. Boole se casó con Mary Everest, sobrina de uno de los topógrafos más conocidos de la historia y a quien se le debe el nombre del famoso monte. El matrimonio tuvo cinco hijas y dos de ellas quisieron seguir los pasos de su padre. Alicia Boole Scott, la tercera, realizó grandes aportaciones al mundo de la geometría, mientras que su hermana Lucy Everest se convirtió en la primera profesora de Química de Inglaterra. Él fue también profesor, en la Queen-College de Cork (Irlanda). Un hombre tan adelantado a su tiempo que murió sin ser reconocido, clave de ello fue que la publicación de «Investigación sobre las leyes del pensamiento» no tuvo ningún tipo de éxito. Lo que había creado no tendría sentido hasta más de un siglo después de que falleciera a causa de de una fiebre en diciembre de 1864, cuando tenía 49 años

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La Historia de: Mahoma
InfoporAnónimo10/7/2015

Mahoma, el profeta (nabi نبي) fundador del Islam, nació en La Meca, c. el 26 de abril de 570/571 y falleció en Medina, un 8 de junio de 632). Su nombre completo en lengua árabe es Abu l-Qasim Muhammad ibn ‘Abd Allāh al-Hashimi al-Qurashi del que, castellanizando su nombre coloquial Muhammad (مُحَمِّد), se obtiene Mahoma. a continuación, te traemos algunos datos sobre la vida de Mahoma. • Nacido en una familia pobre de una tribu noble de Quraish, Mahoma, quedó huérfano a los seis años y fue adoptado por un tío paterno llamado Abú Talib. Éste era comerciante y Mahoma lo acompañaba en sus viajes de negocio. • El profeta trabajó como mercader en la ruta entre Damasco y La Meca al servicio de Jadiya. Ella era una viuda rica, veinte años mayor que Mahoma. Sin embargo, a pesar de la diferencia de edad, en el año 595 se casaron. • Su matrimonio le ayudó a tener un puesto más alto en la escala social, ya que era analfabeto, y empezó a ser un comerciante respetado. • A los cuarenta años, se retiró al desierto donde pasaba días enteros en una cueva del monte Hira. Allí recibió la primera visita del ángel Gabriel, el que le traía un mensaje de Alá donde le ordenaba memorizar y recitar los versos enviados por Dios. Estos, posteriormente, quedaron plasmados en el Corán. Además, el arcángel le dijo que él era el último de una serie de profetas y que debía dedicarse a divulgar la palabra de Dios. • Jadiya lo impulsó para que predicara en su ciudad natal, La Meca. Allí se presentaba como el continuador del mensaje que alguna vez habían dado a conocer Abraham, Moisés y Jesucristo. • Los seguidores del profeta solían venir de los lugares más pobres de los centros urbanos, y poco a poco, fue ganándose la enemistad de los más ricos. • A medida que los seguidores de Mahoma comenzaban a aumentar en número, se convirtió en una amenaza para los jefes de las tribus locales. La riqueza de estas tribus se basaba en la Kaaba, el recinto sagrado de los ídolos de los árabes y el punto principal religioso de La Meca. Si rechazaban a dichos ídolos, tal como Mahoma predicaba, no habría peregrinos hacia La Meca, ni comercio, ni riqueza. El repudio al politeísmo que denunciaba Mahoma era particularmente ofensivo a su propia tribu, la qurayshí, por cuanto ellos eran los guardianes de la Kaaba. Es por esto que Mahoma y sus seguidores se vieron perseguidos. • Cuando la situación era insostenible, huyó a Medina. A su huida se le llama Hégira y se le considera la fecha fundacional de la era islámica. • En Medina, intentó acercarse a la comunidad judía, pero fue rechazado por la manera diferente en que interpretaba las Escrituras. Desde ahí data el cambio de orientación de la oración musulmana: si antes se hacía hacia Jerusalén, se cambió en el sentido de La Meca. • Durante el mismo período fue que surgió el concepto de Guerra Santa. Con el fin de convertir a los fieles a la religión musulmana, vieron en el uso de la fuerza un medio legítimo para captar a más seguidores. A la muerte de Mahoma, el ejército musulmán había unificado a la Península Arábica y la había convertido a la religión islámica. • Como Mahoma no sabía escribir, confiaba las palabras del Corán a los hafiz o memoriones. Ellos eran obligados a repetir incansablemente la verdad revelada que se plasmaría en el libro sagrado musulmán. Fueron los discípulos del poeta quienes la transcribieron al papel. • De acuerdo a la religión musulmana, Mahoma es considerado el "sello de los profetas" (jātim al-anbiyā' خاتم الأنبياء), por ser el último de una larga cadena de mensajeros, enviados por Dios para actualizar su mensaje, que según el islam, sería en esencia el mismo que habrían transmitido sus predecesores, entre los que se contarían Ibrahim (Abraham), Isa (Jesús) y Musa (Moisés). • Hasta la fecha, los musulmanes profesan amor y veneración por Mahoma, aunque no adoración religiosa. Para hablar de él, su nombre siempre tiene que estar precedido por la palabra profeta, y seguido por la frase "bendígale Dios y le dé su paz" o por "la paz y la oración estén con él".

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Así era la Roma imperial: un paseo por la ciudad eterna
Apuntes Y MonografiasporAnónimo6/29/2017

En torno al año 300 d.C., quienes visitaban Roma no dejaban escapar la ocasión para tomar un baño en las termas de Caracalla, ver una carrera de cuadrigas en el circo Máximo o ir de compras por los mercados de Trajano La calle mayor de Roma La vía Sacra transcurría por el centro de Roma, entre el Capitolio, el Foro y el Coliseo. En esta imagen se ve el tramo que atraviesa el Foro, con el arco de Tito al fondo. El corazón de la Urbe El Foro de Roma era el núcleo de la ciudad. Los patricios iban allí cada día, en litera y con su séquito, para ocuparse en los asuntos de los tribunales o del Senado. En la imagen, el templo de Saturno en el Foro. Una pirámide en Roma Gayo Cestio, un magistrado romano, se hizo construir una curiosa tumba en forma de pirámide entre los años 18 y 12 a.C. Callejero romano La Forma Urbis era un gran mapa de Roma en mármol que fue colocado en el templo de la Paz en el siglo III. Medía 234 m2, pero hoy día sólo quedan fragmentos, como éste conservado en el Museo de la Civilización Romana, Roma. Las termas de Caracalla Entre 212 y 217, Caracalla hizo construir en Roma un complejo termal que se convirtió en el más grande y fastuoso de la ciudad. En la imagen, vista de las ruinas. Mercados de Trajano Este enorme complejo comercial fue concebido por el emperador Trajano y se construyó en paralelo a su foro. El mercado estaba distribuido en seis niveles y llegó a albergar 150 tiendas. En torno al año 300 d.C., quienes visitaban Roma no dejaban escapar la ocasión para tomar un baño en las termas de Caracalla, ver una carrera de cuadrigas en el circo Máximo o ir de compras por los mercados de Trajano Hacia el año 300 d.C., aunque ya mostraba signos de decadencia, Roma seguía siendo la ciudad más poblada del Mediterráneo, con unos 700.000 habitantes, y concentraba en el interior de sus murallas los principales núcleos administrativos y comerciales del Imperio. Ciudadanos de todo el mundo acudían a la metrópoli para resolver asuntos judiciales, para establecer contactos comerciales o, simplemente, para admirar sus sofisticadas infraestructuras y los magníficos monumentos de un pasado glorioso. Los viajeros accedían a la ciudad a través de diecisiete puertas abiertas en la muralla que Aureliano había mandado construir en el año 271 d.C. para proteger la capital de las incursiones bárbaras. Una de las más frecuentadas era la Porta Ostiensis. Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia (Roma tenía un puerto fluvial, pero allí sólo se transportaban mercancías), donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas, la cisia, que los acercaba a la capital por la vía Ostiense en menos de dos horas. En el trayecto en carro se alcanzaban a ver las salinas del Tíber y los cientos de esclavos y bueyes que servían para arrastrar río arriba las pequeñas naves cargadas con los productos necesarios para abastecer las necesidades de una ciudad densamente poblada. Conforme el viajero se acercaba a la ciudad podía ver las numerosas tumbas situadas a ambos lados de la vía y tal vez tropezaba con algún cortejo fúnebre, precedido por flautistas y plañideras, que guiaba al difunto y a sus familiares y amigos hasta el sepulcro. Sin duda, no dejaría de fijarse en una tumba en forma de pirámide erigida por un liberto adinerado del siglo I a.C., justo al lado de la puerta. Allí mismo dejaría el carro en la estación de cambio -mutatio- cercana a la puerta de la muralla, en la que se podía dar de beber y de comer a los animales antes de emprender el camino de regreso con nuevos pasajeros, y acto seguido se adentraba en la bulliciosa metrópoli. La llegada a la Urbe Antes de empezar a callejear, si lo requería, el viajero podía aliviarse en los retretes públicos, letrinas situadas junto a la puerta de la muralla y comer algo en alguna de las numerosas posadas (llamadas cauponae o tabernae) que ofrecían raciones de jamón, queso, aceitunas y vino. Desde la puerta tenía la opción de tomar un camino por la izquierda que lo llevaba al puerto fluvial de Roma, el llamado Emporium, donde se alzaban los inmensos graneros de la Marmorata. El ambiente allí era de ajetreo incesante. Elio Arístides, un retórico griego del siglo II d.C., afirmaba en su Elogio de Roma que en el puerto del Tíber «confluye de cada tierra y de cada mar lo que generan las estaciones y producen las diversas regiones, ríos, lagos y las artes de los griegos y de los bárbaros. Si uno quiere observar todas estas cosas, tiene que ir a verlas viajando por todo el mundo conocido o venir a esta ciudad, pues cuanto nace y se produce en cada pueblo es imposible que no se encuentre siempre aquí y en abundancia». En efecto, al puerto fluvial de Roma llegaban cargamentos de la India y de Arabia, tejidos babilonios, adornos de las regiones bárbaras, mármoles griegos y africanos, aceite hispano y, principalmente, toneladas de trigo de Sicilia y de Egipto, que se depositaban en los almacenes del puerto, los horrea. La mayor parte de ese trigo se distribuía después gratuitamente por las panaderías industriales diseminadas por la ciudad para asegurar el pan a los más pobres. Cerca del puerto había numerosos hornos de pan (Forum Pistorium) así como dos grandes mercados: uno de frutas y verduras (Forum Holitorium) y otro de carne (Forum Boarium). Las ánforas en las que llegaban envasados el aceite y el vino, una vez vaciadas se rompían y se tiraban a un depósito al sur del puerto fluvial, que terminó convirtiéndose en una colina artificial de treinta metros de altura y de un kilómetro de circunferencia, conocida hoy como el monte Testaccio. Si el viajero deseaba evitar el jaleo del puerto, podía, desde la puerta Ostiense, emprender la subida al monte Aventino siguiendo el camino denominado vicus portae Radusculanae. El Aventino era una de las zonas más venerables de Roma. Allí se había alzado la acrópolis desde la que la plebe romana se había enfrentado a los patricios y que había albergado numerosos templos. Hacia 300 d.C. éstos se hallaban ya deteriorados, como el templo de Diana –copia del Artemision de Éfeso– y los santuarios de Ceres, Libero y Libera. Cercanos a éstos, en los últimos tiempos habían surgido templos dedicados a dioses orientales, como Júpiter Doliqueno, Mitra e Isis. Las casas populares que cubrían el monte en tiempos de Augusto habían sido sustituidas paulatinamente por refinadas residencias aristocráticas, que gozaban de una ubicación excelente, cercana al centro neurálgico de la ciudad y con vistas incomparables sobre Roma. No era de extrañar que en un lugar tan privilegiado hubieran tenido su residencia personajes como Trajano y Adriano antes de ser nombrados emperadores. Una tarde en el circo En la ruta hacia el circo Máximo, el camino pasaba por los aledaños de dos termas privadas de lujo, las Suranae y las Decianae, y de las termas públicas construidas por el emperador Caracalla, que podían acoger a 1.600 bañistas por turno y en torno a 8.000 personas al día. Las termas de Caracalla no eran tan grandes como las establecidas por el emperador Diocleciano al norte de la ciudad, entre los barrios del Quirinal, el Viminal y el Esquilino, pero ofrecían igualmente magníficas piscinas de agua caliente y fría y pórticos y jardines en los que se podían contemplar bellas esculturas y asistir a conciertos y recitales poéticos. Continuando el paseo hacia el norte se llegaba al circo Máximo, el mayor edificio de espectáculos con el que contó Roma. Fundado en el siglo VI a.C., fue objeto de continuas restauraciones y ampliaciones hasta dar acogida a nada menos que 385.000 espectadores. En él se desarrollaban principalmente carreras de caballos al menos una vez a la semana. Asistir a uno de los ludi circenses resultaba una experiencia inolvidable. Según recordaba el obispo cristiano Juan Crisóstomo: «El edificio se llena hasta las últimas gradas. Las caras son tan numerosas que el corredor superior y el techo mismo quedan escondidos por la masa de espectadores y no se ven ni ladrillos ni piedras, sino que todo es rostros y cuerpos humanos». Eran frecuentes, además, las representaciones teatrales en el teatro de Marcelo y, sólo diez días al año, los cuestores de la ciudad pagaban juegos gladiatorios y cacerías (venationes), que tenían lugar en el anfiteatro Flavio, el Coliseo. Hay que tener presente que en el siglo IV había 177 días festivos en el calendario romano, aunque el pueblo sólo abandonaba sus ocupaciones para ir a los espectáculos durante algunas horas. El ajetreo del foro Desde el Coliseo, el viajero se vería sin duda arrastrado hacia la zona de los foros, tanto el de época republicana como los adyacentes construidos por Julio César, Augusto, Vespasiano, Nerva y Trajano. Ésta era sin duda la zona más concurrida y bulliciosa de la ciudad. En el Foro romano, en particular, se podía encontrar todo tipo de personas dedicadas a los oficios más diversos, no siempre respetables. El comediógrafo Plauto había descrito así el ambiente del foro: «Los maridos ricos y los derrochones se pueden buscar en los alrededores de la basílica; allí también están las mujeres de mala vida y los negociantes sin escrúpulos […] En la parte más baja del Foro pasean las personas honestas y los ricos, y en el centro, los fanfarrones. Bajo los viejos talleres, están los usureros. En el vicus Tuscus se encuentran los hombres que comercian con su cuerpo; en el Velabro, el panadero, el carnicero, el arúspice , los embrollones…». Panorama del Foro, con la Basílica de Majencio a la izquierda. Al fondo, el Coliseo. Foro de Augusto, con la antigua escalinata del Templo de Marte Por encima de las voces de todos ellos se podía oír al pregonero anunciando los espectáculos patrocinados por los ricos o a algún orador que pronunciaba sobre la nueva tribuna el elogio fúnebre de un difunto, acompañado por el clamor de tubas y cuernos; e incluso podían aparecer los senadores reunidos sobre las escalinatas de alguno de los templos de la plaza. Como apuntaba Plauto, por la noche, después de que las tiendas, los talleres y las oficinas de la administración pública hubieran cerrado, el Foro se convertía en lugar de encuentro para la prostitución, tanto masculina como femenina, aunque existían también prostíbulos (lupanares) repartidos por toda la ciudad. Foro de Trajano, con los pilares de la Basílica Ulpia y la Columna Trajana. Si el forastero que visitaba Roma quería ir de compras, lo primero que tenía que hacer era cambiar moneda en el puesto de un banquero, que solía encontrarse en el centro de los mercados permanentes (macella). Después podía adquirir productos de mayor calidad en las tiendas cercanas al Foro o en las instaladas dentro de los mercados de Trajano, el mayor centro comercial de Roma, o bien buscarlos a bajo precio en los puestos ambulantes de los mercadillos que se organizaban en los barrios cada nueve días (nundinae). Via Biberatica. Mercados de Trajano Barrios bulliciosos Separado del foro de Augusto por un alto muro de piedra, que servía también de cortafuegos, se encontraba el barrio de la Subura, famoso como centro de prostitución. La calle que atravesaba el barrio, el clivus suburanus, era una áspera vía siempre interrumpida por el lento paseo de las recuas de mulas, según describe Marcial, con el empedrado sucio y mojado por el agua de la fuente de Orfeo. Más allá de aquella fuente comenzaba un barrio de fastuosas mansiones dotadas de grandes peristilos internos, como la que habitó Plinio el Joven. Con la Subura colindaba por el noreste el Sambucus, un barrio popular de callejones tortuosos e irregulares y de casas rústicas, dotadas de pequeños postigos, corrales y huertos, donde los vecinos se despertaban cada mañana con el canto de los gallos. Muralla que separaba la Subura de los foros y de la casa de los Caballeros de Rodas Paseando por aquellos barrios, el viajero podía tener la falsa sensación de estar en un pueblo. Pero si dirigía sus pasos hacia la vía Flaminia, que partía desde el Foro hacia el norte de Roma, encontraría un panorama de grandes bloques de apartamentos (insulae), de entre tres y ocho plantas. Las vertiginosas torres de viviendas que «parecían alcanzar las nubes», según describen los poetas romanos, eran grandes moles de ladrillo organizadas en torno a un patio de luz interno, con accesos y escaleras colocados en diversos lados y dotados de amplios balcones. En cada esquina del edificio había una fuente y a lo largo de la calle se levantaba un amplio porticado, sobre el que se abrían diferentes negocios en los que vivían hacinados los esclavos que los gestionaban. Los mejores apartamentos estaban en los pisos bajos, mientras que los más pequeños y peor ventilados ocupaban los pisos más altos. Pasada la jornada en medio del bullicio de la gente, el ruido de los carros, las continuas y repetitivas cantinelas de los vendedores o los malos olores de las lavanderías y los mercados, llegaba el momento de buscar alojamiento para la noche. Lo más habitual era alojarse en casa de un ciudadano con el que la familia tenía un pacto de hospitalidad, el cual se demostraba mediante una tessera hospitalis, un objeto, normalmente en bronce, compuesto por dos partes que encajaban entre sí. Según las normas de hospitalidad, el anfitrión debía recibir a su huésped, hacer un sacrificio en su nombre, prepararle un baño, servirle una buena cena, darle conversación, ofrecerle una cama cómoda y colmarlo de regalos a su partida. Pero si no era así, había que conformarse con un camastro en el piso superior de una caupona, un bar normalmente mugriento y oscuro, en donde se daban cita borrachos, jugadores y prostitutas.

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