nailchus
Usuario (Argentina)
En febrero de 1914, May Pierstorff, una niña de Grangeville (Idaho) de tan solo cuatro años de edad pidió a sus padres visitar a su abuela en Lewiston, a 75 millas de distancia. El billete del tren que atravesaba las montañas de Idaho hacia Lewinston costaba entonces el salario de varios días de trabajo de sus padres. Al darse cuenta que no existía una reglamentación específica acerca de enviar personas por paquete postal, decidieron “enviarla por correo”. El 19 de febrero de 1914, May y sus padres se presentaron en la oficina de correos en Grangeville, donde se constató que el “paquete” pesaba 48 libras y media, algo menos del límite permitido de 50 libras. El franqueo, de 53 céntimos en sellos, se pegó en el abrigo de May. La niña realizó todo el viaje en el compartimento de correo del tren, y al llegar a su destino fue entregada sana y salva en casa de su abuela por el secretario de turno, Leonard Mochel, según consta en los archivos del National Postal Museum. El caso de May no ha sido, ni mucho menos, único en la Historia. Entre los más conocidos destaca el ocurrido sesenta y cinco años antes, en 1849, cuando Henry “Box” Brown escapó de la esclavitud enviándose a sí mismo (con la ayuda de las redes abolicionistas) por correo a Filadelfia. Pasó 26 horas en una pequeña caja en un viaje de 275 millas, con la mala fortuna, además, de pasar mucho tiempo bocabajo. Y entre los más actuales destaca en 2003 el caso de Charles McKinley, que quería visitar a su familia en Desoto (Texas) durante sus vacaciones de cuatro semanas. El 5 de septiembre se envió por correo a sí mismo (en una caja) en avión de Nueva York a Dallas. Sorprendentemente, las autoridades no lo capturaron hasta que, muy cerca ya de su destino, el repartidor llamó a la policía porque "había visto un par de ojos mirando desde el interior de la caja". Henry “Box” Brown lo hizo para escapar de la esclavitud... McKinley, aparentemente, solo quería escaparse de pagar los billetes de avión http://aldea-irreductible.blogspot.com/2009/05/la-nina-que-fue-enviada-por-correo-1914.html

Querido Diego: Antes que nada quiero decirte que me duele en el alma sumarme a la comparsa de tus detractores, aunque estoy seguro de que al final de mi carta entenderás mis razones. La mía no es una opinión escandalizada, es en todo caso un alerta, un llamado a la solidaridad del ídolo para que la próxima vez no confundamos batatas con porongas. Porque quiero decirte que el de mamar es un arte, un arte que exige dedicación y entrega al prójimo, concentración y experiencia. Estoy seguro de que sabés de qué te hablo y por eso va mi pregunta desesperada: ¿realmente te gustaría que te la chupen esos mismos personajes que quisieran ver tu nombre atado al carro de la derrota? Que te chupen las medias, en todo caso, pero no pidas ni embroncado que uno de esos pregoneros del sucio capital concentrado de los medios pose su boca en tu miembro porque, como siempre, terminarán mordiéndolo. Y aunque una suave masticadita podría llevar a cualquiera a la cima de las sensaciones, la mordida artera no forma parte del arte del sexo oral, tan vapuleado en las tribunas futboleras. Estoy seguro de que quisiste decir otra cosa, tal vez que sigan mamando esos fríos micrófonos que empuñan como armas, que chupen el piso por el que vos pasaste, pero no pidamos que “la” chupen, así como así porque eso sería denigrar una práctica exquisita de la sexualidad que este servidor podría llevar a su máximo exponente si sólo tuviera la oportunidad de arrodillarse delante de ti. ¡Qué sexy te veías con tu capita roja y tus cachetes inflamados de rabia! Se me llenaba la boca de juguitos de sólo mirarte y todo para qué, para que lances como una condena lo que a uno tanto le gustaría escuchar de tu boca. No es una condena chuparla, bien lo sabrás vos, que debés hacer maravillas con ese buzón que la naturaleza te ha dado —ay, Diego, y que si hubieras usado más tal vez podrías haber ahorrado el dolor de no reconocer a los hijos que dejaste por el mundo—, es un honor, un placer, un orgullo y hasta un poder. Sí, el poder de lograr que alguien más toque el cielo con las manos. Por eso te pido, te ruego, no uses el verbo en vano. Porque primero será el verbo, pero después todos se anotan para pasar a la acción. Con amor sincero, Cacho, de Fiorito dijo:Carta enviada a Pagina/12 que encontre y me pareció divertido compartir...
EROTISMO Y PERVERSION EN LOS ULTIMOS SIGLOS Viejas neosexualidades Examen de la inscripción cultural de la sexualidad, desde la época victoriana, pasando por la “revolución sexual” y hasta nuestros días. Es sorprendente que en la actualidad se hable sobre “nuevas sexualidades”, que algunos denominan “neosexualidades”: sólo tenemos que recorrer la literatura erótica de diferentes épocas para ver que lo nuevo es algo viejo, que siempre estuvo presente en nuestra condición humana. Claro, la sexualidad se mantenía como un secreto bien guardado, circulando por las profundidades de una subjetividad que debía disimularlo. Evidentemente esta situación ha cambiado. La sexualidad de la época victoriana, desde la cual Freud construyó el psicoanálisis, se sostenía en inhibiciones y represiones que eran la base de una serie de síntomas especialmente agudos en la época. La sociedad burguesa del siglo XIX definió nuevas reglas de juego para los placeres, que no estaban ya en manos de la religión, sino de la ciencia médica, en la cual se apoyaban los Estados modernos que consideraban un deber gobernar las prácticas sexuales para establecer que era “normal” y “patológico”. Como dice Elizabeth Roudinesco: “El discurso positivista de la medicina mental propone a la burguesía triunfante la moral con la que no ha dejado de soñar: una moral relativa a la seguridad pública modelada por la ciencia y ya no por la religión. Por disciplinas derivadas de la psiquiatría, la sexología y la criminología reciben, de hecho, la misión de explorar en su totalidad los aspectos más sombríos del alma humana”. Los escritos médicos de la época, para describir la sexualidad considerada “anormal”, crean una lista impresionante de términos derivados del griego y del latín: zoofilia, coprofagia, pedofilia, a tergo, cunnilingus, etcétera. En 1886, el médico austríaco Richard von Krafft-Ebing llevó a cabo una síntesis sobre las diferentes prácticas sexuales en su obra Psychopathia sexualis. El objetivo era establecer una separación clara entre una sexualidad denominada “normal”, al servicio de la procreación, de la felicidad de las mujeres en el matrimonio y la maternidad, y del hombre como pater familiae, y una sexualidad “anormal” que se asocia con la enfermedad, la muerte y la búsqueda del placer absoluto. Esta sexualidad anormal se podía encontrar en la mujer histérica que, al “simular” sus síntomas, evitaba la responsabilidad de la maternidad. Pero el verdadero paradigma de la perversión era la homosexualidad, así como la masturbación. Para el discurso médico positivista, el homosexual era el mayor de los perversos, ahora desde el punto de vista biológico. Sin embargo, no era considerado un enfermo, ya que se burlaba de las leyes de la procreación. De allí que, para desenmascarar al homosexual, se lo tratara de convertir en un criminal, un perverso sexual alienado, un violador de niños. Thomas W. Laqueur, en Sexo solitario. Una historia cultural de la masturbación, cuenta cómo la masturbación se transformó en una enfermedad. En la antigüedad, apenas si era mencionada como un problema. En 1712, en Inglaterra, el cirujano John Marten, un charlatán y estafador necesitado de dinero, publicó un folleto donde relataba los infinitos males que el onanismo traería a quien lo practicara. El texto tuvo un éxito inmediato. Su fama llegó a Francia, donde el médico Samuel A. D. Tissot publicó en 1760 El onanismo. Disertación sobre las enfermedades producidas por la masturbación. La tradición del siglo XVIII, que mezclaba medicina con pedagogía moral, propagó la versión del vicio solitario. Jean-Jacques Rousseau la condenó en sus Confesiones, y en su obra pedagógica Emilio la considera una de las más grandes amenazas a la integridad moral del sujeto. Voltaire siguió su ejemplo. La nueva “enfermedad” se convirtió en un adjetivo para señalar exceso de imaginación, falta de seriedad y un alejamiento de la razón o de una conducta educada. Como dice Laqueur, “tres cosas convierten el sexo solitario en antinatural". Primero, no era motivado por un real objeto de deseo sino por la fantasía; la masturbación amenazaba con imponerse a la más proteica y potencialmente creativa de las facultades de la mente, la imaginación, y llevarla a un precipicio. Segundo, mientras cualquier otro tipo de sexo era social, la masturbación era privada o, cuando no se la practicaba a solas, era social de mala manera: sirvientes perversos la enseñaban a los niños; perversos niños mayores la enseñaban a los más pequeños e inocentes; muchachas y varones en las escuelas la enseñaban fuera de la supervisión de los adultos. Y tercero, a diferencia de otros apetitos, la urgencia por masturbarse no podía ser saciada ni moderada. Practicada a solas, guiada sólo por las creaciones de la propia mente, era una transgresión primitiva, inevitable, seductora, incluso adictiva y fácil. De pronto, cada hombre, mujer o niño parecía tener acceso a los ilimitados excesos de la gratificación que pudo ser privilegio de los emperadores romanos. El combate contra la masturbación fue uno de los principales esfuerzos en la guerra librada por asegurar la correcta y medida privacidad de la naciente burguesía. Esta perspectiva se afianzó en la cultura victoriana. Su mundo erotizado era incontrolable, ya que la vida privada debía mantener las apariencias que la burguesía capitalista, en su primera época, dictaba para la vida pública. Ambos mundos necesariamente tenían que coincidir. Para ello, basaba su dominio en una lógica por la cual los sujetos debían intentar la represión y autodisciplina en sus manifestaciones sexuales. Los códigos sociales de la cultura medían la vida privada de los sujetos a costa de mantener en secreto el deseo sexual cuyas consecuencias sintomáticas Freud pudo dar cuenta en la clínica y los desarrollos teóricos del psicoanálisis. Contraculturas Recién a mediados del siglo XX podemos encontrar el primer estudio sistemático sobre la sexualidad, realizado por Alfred Kinsey. Basado en una investigación en la que participaron más de 12 mil personas, sacó a la luz los hábitos sexuales de la población de Estados Unidos, en dos libros clásicos: Conducta sexual del hombre (1948) y Conducta sexual de la mujer (1953). En los años ’60, Willian Master y Virginia Johnson iniciaron sus estudios controlados de laboratorio, publicados en Respuesta sexual humana (1966). En 1964, Robert Stoller utilizó por primera vez el concepto de género para estudiar el transexualismo y las perversiones sexuales desde la perspectiva del kleinismo y la psicología del self. Más tarde, esta noción se generalizó desde diferentes perspectivas para afirmar que el sexo es siempre una construcción cultural, sin relación directa con la diferencia biológica. De allí la idea de que cada sujeto podría cambiar de sexo según el género o el rol que se asigna a sí mismo. En los ’70, Shere Hite produjo el llamado “Informe Hite” sobre sexualidad femenina. Estos trabajos de investigación formaban parte del clima de los 60 y 70, cuando una “contracultura” se opuso a la cultura dominante. Este movimiento, si bien incluía a una minoría de la población, expresaba las ideas, fantasías y deseos de la época, cuya significación produjo transformaciones en la subjetividad. Los movimientos gay se organizaron para luchar por sus reivindicaciones. Los grupos feministas llevaron a una revolución en cuanto al sometimiento de la mujer a una cultura patriarcal. La revolución sexual, impulsada por la píldora anticonceptiva, de venta autorizada a partir de 1960, permitía libertades, y la familia dejaba de ser el fin último de la pareja. Sin embargo, el feminismo de la igualdad equiparaba la sexualidad femenina con la masculina, ignorando cualquier diferencia en las mujeres. De esta manera la sexualidad seguía centrada en la genitalidad y en el mito del orgasmo vaginal como modelo de la salud sexual considerada como normal. En los ’80 comienza un avance en las luchas feministas, al proponer la apropiación de la experiencia subjetiva de la mujer por fuera de la sexualidad heterosexual patriarcal. La sexualidad de la mujer comienza a considerarse distinta a la del hombre y el cuerpo femenino aparece erotizado en su totalidad. También los varones reivindican una sensualidad repartida en todo el cuerpo. Además aparecen reivindicaciones de identidad de género: hombre, mujer, transexual, transgénero, travesti, intersexual, queer, que rompen el modelo binario masculino-femenino. La heterosexualidad como modelo hegemónico a partir del cual la psiquiatría transformó el pecado en enfermedad ha perdido parte de su lógica en la cultura del capitalismo mundializado. Esta se sostiene en la ruptura del lazo social; el individualismo negativo ha transformado el deseo sexual, que debe ser vendido según las leyes del mercado capitalista. El mandato de la actualidad de nuestra cultura, a través de superyó, no convoca a gozar, como nos quieren hacer creer. Por el contrario convoca a protegernos de la amenaza de desamparo que la misma cultura produce. Doble juego que lleva a un camino sin límite. La agresión no es interiorizada como “conciencia moral”, ya que todo está permitido en la búsqueda de la utopía de la felicidad privada. La agresión se libera contra el yo y contra el otro, pues la ética que sostiene nuestro ser es reemplazada por el tener y ofrecerse como un fetiche mercancía, que adquiere la ilusión de protegernos de los infortunios de la vida. Es decir, de nuestra finitud. Si, en la época victoriana, la vida privada debía coincidir con lo que la cultura hegemónica dictaba para la vida pública, en la actualidad ocurre lo contrario. La vida privada se ha privatizado, en el orden del mercado. Es importante en la medida que pueda ofrecerse como una mercancía. Es en el espacio público donde tenemos que encontrar los valores de nuestra intimidad, medidos según las leyes de la economía de mercado. De esta manera, las relaciones humanas se miden como una mercancía y sus actividades se enuncian como un buen o mal negocio. Allí todo vale. Lo paradójico es que en este shopping en que se ha convertido la sociedad nadie vende nada. En este reality show, el éxito es efímero. Los negocios donde se ofrecen afectos, emociones, ideas conocimientos, amistad y sueños no funcionan. Algunos cierran y se abren otros, con nuevas vidrieras que se convierten en espejismos para negar una realidad donde predominan el desamparo y la soledad. Estamos en una época donde la sexualidad ha salido de los placares. De un secreto, pasó a ser preciado objeto de consumo: una sexualidad evanescente, fácil de ser intercambiada en el mercado de las relaciones sociales. Allí podemos encontrar las diferentes manifestaciones de la sexualidad, con nombres actuales y atractivos: gran-bang, petes, swingers, etcétera. Pero sus efectos en la subjetividad cuestionan la centralidad de los paradigmas iniciales en los que se construyó el psicoanálisis. Hoy, todas las características de la heterosexualidad patriarcal han sido puestas en crisis. La pareja heterosexual no es la condición para la reproducción, ya que la reproducción se ha separado de la sexualidad a través de la fecundación asistida. Las mujeres no necesitan a los hombres para la crianza de los hijos, a partir de su incorporación al mercado capitalista. Esto ha llevado al aumento de parejas sin hijos, el incremento de hogares monoparentales, la aceptación de mujeres que llevan adelante solas la maternidad, el aumento de parejas homosexuales con o sin hijos, el sexo virtual que elude el cuerpo del otro. Este proceso, que ha afianzado mayores libertades individuales al romper prejuicios y tabúes de otras épocas, ha traído nuevos problemas. Uno de ellos es que la sexualidad que propone la cultura se ha disociado de los afectos. Esta sexualidad evanescente ha dejado a la mujer y al hombre solos frente al otro, ya que podemos tener encuentros sexuales pero no intersubjetivos. Su resultado es dejarnos cada vez más solos e insatisfechos, al quedar atrapados por relaciones desubjetivadas donde se han perdido los parámetros del erotismo. La sexualidad, al no tener la fuerza para la transgresión del erotismo al servicio de la vida, queda domeñada por la perversión, efecto de la muerte como pulsión. Es decir, una sexualidad que se expresa como renegación del corte y de la muerte; que se le impone al sujeto como actos repetitivos. Una sexualidad sostenida en el sometimiento y la destrucción del otro. En definitiva, una sexualidad que produce un proceso de desestructuración subjetiva. Parafraseando a Freud, podemos decir que la perversión es el negativo del erotismo. Tener en cuenta una sexualidad plural nos lleva a revisar algunas cuestiones: 1) la pérdida de centralidad de la diferencia sexual como determinante exclusivo de la identidad subjetiva del sujeto; 2) la resolución del Complejo de Edipo como organizador de la normalización de la cultura debe ceder a una resolución dinámica propia de la “anormalidad” que nos hace humanos. Su protagonismo tiene que dar cuenta de procesos más tempranos ligados a ese vacío que nos constituye en tanto seres finitos; 3) la actualidad del campo de lo sexual se ha abierto a formas que no pueden seguir siendo calificadas de patológicas. De allí la necesidad de diferenciar claramente el erotismo de la perversión. No es la relación con una norma lo que determina lo propio de las perversiones, sino una sexualidad al servicio de la muerte como pulsión. Su contrario son las variaciones de la sexualidad humana al servicio del Eros, de la vida. Transcribo un fragmento de El mal de la muerte, de Marguerite Duras: Hasta esa noche usted no había entendido cómo se podía ignorar lo que ven los ojos, lo que tocan las manos, lo que toca el cuerpo. Descubre esa ignorancia. Usted dice: No veo nada. Ella responde. Duerme. Usted la despierta. Le pregunta si es una prostituta. Con una señal de que no. Le pregunto por qué ha aceptado el contrato de las noches pagas. Ella responde con una voz aún adormecida, casi inaudible: Porque en cuanto me habló vi que le invadía el mal de la muerte. Durante los primeros días no supe nombrar ese mal. Luego, más tarde pude hacerlo. Le pide que repita otra vez esas palabras: el mal de la muerte. Le pregunta cómo lo sabe. Dice que se sabe sin saber cómo se sabe. Usted le pregunta: ¿En qué el mal de la muerte es mortal? Ella responde: En que el que lo padece no sabe que es portador de ella, de la muerte. También en que estaría muerto sin vida previa al que morir, sin conocimiento alguno de morir a vida alguna. * Por Enrique Carpintero
Luego de años de “reinado” de glam pop, ahora el rock lidera esta vuelta al rímel, las botas de cuero y las cabelleras batidas. El Club de Marilyn, Sacachispas, Jakks, She-Ra, Nixies o Nobarbies embanderan el género sin ironía, burla o cinismo. ¿Resurge el glam rock en la Argentina? O mejor dicho: ¿hace pie de una vez por todas? Si se tiene en cuenta que hasta ahora el glam –palabrita que designa brillo, sensualidad, remarcación sin pudores de la esquiva belleza masculina– siempre se asoció en estos pagos con el pop (desde Virus hasta Miranda! pasando por Babasónicos, Adicta y un largo etcétera) no es poca cosa que, después de tantos años, se dé vuelta la taba y sea el rock el que lidere esta vuelta al rímel, las botas de cuero y las cabelleras batidas. “A mover la cola. ¡Pero con rock!”, parecen aullar prendidos fuego desde el escenario grupos como El Club de Marilyn (pioneros históricos de la plataforma y la ropa colorinche hecha riff y coritos tipo uh uh uuuuh), Sacachispas (la aplicación de plumas y boas a la tradición stone local: ¡Mick Jagger se maquillaba!), Jakks (el hard rock a la manera de Poison o Skid Row), los ascendentes She-Ra (con un show que recrea la parafernalia de Kiss) o bandas de chicas como Nixies o Nobarbies (más punkies hard rock); y algo parecido puede decirse de fiestas como Glamnation, que les dan espacio a estas bandas entre bailarinas voluptuosas y pistas que estallan con Guns’n’Roses o Europe, o de la pionera Simpathy for The Party, que ya en 2001, en plena hegemonía rave, reinstaló la idea de que se podía bailar en una discoteca de rock. Y pasarla maravillosamente bien. “Recuperar la diversión y la alegría que siempre tuvo el rocanrol”, se entusiasman los She-Ra. “Hay un resurgimiento del glam en el rock”, coinciden todos los entrevistados en este informe. Porque lo cierto es que no siempre fue así. Y que prácticamente todos los devotos de la movida local –ya fueran músicos o fans– debieron lidiar más de una vez con la incomprensión o la lisa y llana burla. Y si no, ¿cómo explicar que te gustaban los Stones y a la vez maquillarte y salir a tocar con la ropa de tu tía? ¿O que para vos, en los áridos ‘90, tras el necesario sinceramiento grunge, todavía te despertaba la libido un buen riff de guitarra a lo Warrant o Poison? Del ostracismo a la aceptación “A nosotros nos exigían política, virtuosismo, solemnidad, cuando lo que buscábamos era exactamente lo contrario”, se lamenta –todavía indignado– Jorge Gayarre, guitarrista, compositor e ideólogo de El Club de Marilyn, cuando a mediados de los ‘70 (!) salía a rockear igualito a los New York Dolls. O sea: pantalones ajustados, plataformas y labios pintados, como mínimo. “Pelo y Expreso Imaginario nos daban la espalda”, cuenta Jorge. En esa época, apenas los simples de Avalancha se acercaban tímidamente al glam. Y los otros que se maquillaban, Espíritu y David Lebon (en su excelente primer disco solista, glam de punta a punta), tiraban más por lo progresivo y el pop, respectivamente, que por el rock tipo Stones o Faces. Por eso, los Marilyn debieron esperar a los ‘80 para obtener mayor visibilidad, pero un fallido contrato con Interdisc (los congelaron para apostar por Viudas e Hijas de Roque Enroll) por un lado, y mucho lío de sexo, drogas y rocanrol por el otro, demoraron la consolidación del grupo hasta hoy (con las ediciones de Hecho en la sombra en 2002 y Psicópata americano en 2008), al punto de ser considerado durante muchos años una leyenda perdida, el mito de una banda que alguna vez alguien había visto, pero sin estar seguro. “Tocábamos en lugares como Tizona o Interama, pero nunca llegamos al centro porque había que contar con un amiguismo que nosotros, por nuestro alto perfil, que a veces generaba envidia, no podíamos ni nos interesaba tener”, cuentan. Los ‘80, sin embargo, fueron también el aterrizaje del glam metal, esa apropiación yanqui del legado británico (Gary Glitter, Slade), que generó su considerable público local (la base de la que se nutre la escena hoy), pero que no pudo capitalizarse en ninguna banda, más allá de los infructuosos intentos de Alakrán (el mejor exponente) o de algún que otro momento de Rata Blanca. “Nosotros crecimos con ellos”, reconoce Alejo, cantante de Jakks, banda sub-25 promedio, que cuenta en su haber con Fuego en tu piel, su disco debut de 2008. “Fuimos a ver los Guns, a Bon Jovi, y la verdad que durante los ‘90 nos sentimos un poco solos. Pero eso ahora cambió.” Alejo delimita la escena entre el Astbury de Flores y Red Bell del microcentro, a los que suma el Indian de Rosario y el Abbey Road de Mar del Plata. “Con la banda buscamos recuperar un poco la alegría que transmitían aquellas bandas: los chupines y pantalones de cuero, las remeras cortadas, las calzas”, enumera divertido. Una propuesta que llevan todavía más lejos sus amigos de She-Ra, un quinteto de Ciudad Jardín que cuenta con un frontman, Gonzalo, en la tradición del género: alocado y seductor; y un show en la línea de Kiss que no escatima en piñatas, cotillón y pirotecnia de interiores. “Para nosotros es fundamental que haya espectáculo en el rock”, se planta Seba, el guitarrista de esta banda que ya cuenta con un EP, Cabaret show, de 2007. Lo mismo, a su manera, las Nobarbies: “En nosotros no vas ver fuegos artificiales como en She-Ra, que nos encantan”, avisa la cantante Julieta. “Pero sí una actitud y una energía similar arriba del escenario”, puntualiza. La banda –que completan Estefi y Ale en guitarras, Flor en batería y Everock en bajo– busca confluir sus distintas inquietudes que van de lo aguerrido del punk rock (“No quiero que sea rutina, tu amor es cocaína, tu amor es medicina, que arruina mi vida”, cantan en Amor enfermo) al glamour del hard rock. La pata stone Pero la escena glam no estaría completa sin su pata stone, el Mick Jagger que se androginizaba al punto de ¿intimar? con David Bowie en los ‘70, o que generaba proyectos de corte teatral como Rock’n’Roll Circus, pero sin perder su costado callejero y sabandija (al menos en sus inicios). De esa veta surgieron justamente los New York Dolls. Y por acá, a principios de 2000, los Sacachispas, la banda paralela con la que Gori y Pato Rollínguez (líderes de Fantasmagoria y Domínguez, respectivamente) buscaron echarle purpurina a la tradición stone local (Carca, inhallable para este informe, hizo lo propio con la herencia de Pappo y T-Rex). “Empezamos con la consigna de cambiar el vestuario en cada recital”, revela Pato sobre esta particular banda que armó su repertorio en base a borracheras y arranques compositivos de una sola noche. “Ibamos con Gori a Once y nos traíamos por dos mangos cosas que después nos poníamos en los shows”, cuenta. Y así, al clásico atuendo de pantalones ajustados, botas de cuero y pañuelitos stone, los Sacachispas sumaban boas, sombreros de copa, pulseras, blusas y camisas de todo tipo y color. “Está bueno que un show también entre por los ojos”, dice en coincidencia con el resto de la banda. “La elegancia y el brillo en la indumentaria a mí me hace feliz”, agrega. Un dato importante, y que todas las bandas se preocuparon por resaltar, es que no hay ironía, burla o parodia cínica en su acercamiento glam (como sí existe en los mexicanos de Moderatto). “No me gusta cuando se lo toma en broma”, se planta Pato con respecto a esas fiestas que pegan un tema de Europe a un reggaetón o un “tema bizarro ”. “Para mí es una filosofía de vida. Esos temas nos gustan. Si no, no los pasaríamos”, dice Pato, responsable junto a Gori de las Simpathy for the Party. “Vas a cualquier boliche de música tecno y no encajás. En las fiestas glam, en cambio, hay menos careteo”, dice Alejo de Jakks con respecto a la movida, mientras que Estefi de Nobarbies acuerda: “Ves a una banda glam o vas a una fiesta y salís siempre con una sonrisa”. Y destaca la diversidad: “Te aparece un tipo con el pelo todo batido con spray y al lado un rockabilly o un metalero con chaleco y cadenas. No es un ambiente cerrado”. Para Jorge de El Club de Marilyn se trata, en definitiva, de la diferencia entre tener o no tener onda: “En los ‘80, los fans se nos metían en los camarines para espiarnos, ver nuestra ceremonia, cómo salíamos más unidos que un equipo de fútbol. Y está bien porque, al final, ¿quién es más divertido? ¿Johansen de los New York Dolls o tipos virtuosos como Al Di Meola?”. Por Juan Manuel Strassburger

Somos Carne de diván Aunque Sigmund Freud jamás consideró a la homosexualidad como enfermedad o como perversión, muchos de sus herederos no sólo negaron el derecho de las personas homosexuales a ejercer el psicoanálisis, sino que también las señalaron como carne obligada de diván y de posible “cura”. A pesar de que han transcurrido casi 40 años desde que la Asociación Psiquiátrica Americana quitó a la homosexualidad de la lista de las enfermedades mentales, aún hoy ronda el fantasma de la desviación en algunos consultorios. Y, sin dudas, el tema de las familias “homoparentales” vuelve a dividir las aguas y a poner en jaque la concepción de la normalidad, del modelo moral y correcto del que esta disciplina suele colocarse como fiel guardián. ”La homosexualidad no es, desde luego, una ventaja, pero no hay nada en ella de lo cual avergonzarse: no es un vicio, ni un envilecimiento y no podría calificársela de enfermedad; nosotros la consideramos como una variación de la función sexual provocada por una interrupción del desarrollo sexual. Muchos individuos sumamente respetables, de los tiempos antiguos y modernos, fueron homosexuales, y entre ellos encontramos a algunos de los más grandes hombres (Platón, Miguel Angel, Leonardo da Vinci, etcétera). Perseguir la homosexualidad como un crimen es una gran injusticia, y también una crueldad.” Con estas palabras, Sigmund Freud trataba de tranquilizar a una mujer norteamericana que le había enviado una carta en 1935, angustiada por la homosexualidad de su hijo, y a quien lejos de ilusionarla con la posibilidad de “desarrollar los marchitados gérmenes de heterosexualidad presentes en todo homosexual”, le dejaba en claro que si algo podía hacer el psicoanálisis por él era disipar las inhibiciones que pudiera tener en su vida social, pero no revertir una situación en la que no había nada que fuera de por sí patológico. La respuesta, publicada en 1951 junto con la correspondencia de Freud y citada en la biografía escrita por Ernest Jones, se ha vuelto famosa por la elocuencia con que el padre del psicoanálisis expone allí su punto de vista sobre un tema del que no se ocuparía demasiado en su obra. Algo que nada tiene que ver con el descuido o la omisión sino con su idea de que ningún homosexual era forzosamente objeto de diván, salvo que fuera también un neurótico. De hecho, como clínico, Freud se excusó varias veces de tratar a pacientes homosexuales, quienes muchas veces acudían a él a instancias de un psiquiatra, un médico de familia o un pariente como la madre norteamericana. No en vano son casi inexistentes los casos protagonizados por homosexuales en su obra. Con la sola excepción de una joven homosexual que trató hacia 1920 y cuyo análisis quedó trunco luego de que ella tuviera un intento de suicidio y Freud decidiera derivarla. Pero lo cierto es que para él los homosexuales no constituían “casos”, por lo que no había razón alguna para ponerlos por escrito. Y esa manera abierta y desprejuiciada de entender la homosexualidad, que en parte se debía a su creencia de que todo sujeto es susceptible de hacer esa elección sexual en función de la bisexualidad que está en la base del psiquismo, también se ve en cómo Freud sostuvo hasta su muerte –a contrapelo de la opinión de la mayoría de sus colegas– que no había motivos para que se les negara a los homosexuales la solicitud como aspirantes a psicoanalistas. Fue esa controversia la que dividió, en diciembre de 1921, a los miembros del Comité Directivo de la IPA, la internacional freudiana, luego de que los analistas berlineses se negaran a otorgar ese derecho a los homosexuales, desoyendo al propio Freud y a Otto Rank, quienes bregaban porque la homosexualidad fuera considerada un factor neutral en la evaluación de los candidatos, o directamente no fuera tenida en cuenta. En nombre del padre Así quedaban al desnudo las diferencias sobre el estatuto de la homosexualidad que existían –y continuarían existiendo– entre Freud y muchos de sus continuadores. Un debate en el que Anna Freud desempeñaría un papel central, tergiversando las tesis de su padre. “Ella misma, de quien los medios psicoanalíticos sospechaban que mantenía una relación ‘culpable’ con su amiga Dorothy Burlingham –apunta Elizabeth Roudinesco en su libro La familia en desorden–, militó contra el acceso de los homosexuales a la jerarquía de analistas didácticos y, al mismo tiempo, promovió la idea, contraria a toda realidad clínica, de que una cura exitosa debe encauzar a un homosexual por el camino de la heterosexualidad.” Concepciones que junto con la creciente influencia que por aquellos años tenía la sociedad psicoanalítica norteamericana y la nosografía psiquiátrica (recién en 1974 la American Psychiatric Association, presionada por los movimientos gay-lésbicos, retiraría a la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales) contribuyeron a que se siguiera considerando la homosexualidad como una patología hasta bien entrado el siglo XX. Cuando en 1964 fundó la Escuela Freudiana de París (EFP), Jacques Lacan, contrariamente a sus colegas de la IPA, brindó a los homosexuales la posibilidad de ser psicoanalistas. Y si bien la decisión de prohibirles el acceso a la profesión nunca llegó a ser una regla escrita en los estatutos de la IPA (lo cual permitió que algunos de sus partidarios dijeran que no existía y, por ende, que no era necesario derogarla), la posición de Lacan explica “por qué hay más psicoanalistas homosexuales ‘visibles’ en las actuales sociedades psicoanalíticas salidas de la antigua EFP que en las filas pertenecientes a la IPA” (la cita, otra vez, es de Roudinesco). No extraña, entonces, que en 2002 Daniel Widlöcher, presidente de la IPA, se comprometiera públicamente a poner en práctica una política de no discriminación hacia los homosexuales dentro de la institución, lo que equivalía a decir que antes se los discriminaba... Un síntoma de cómo la asociación psicoanalítica más importante a nivel mundial no puede, hasta el día de hoy, terminar de erradicar sus prejuicios sobre el tema. La Argentina, por supuesto, no está al margen de ello. “Yo quisiera separar la posición del psicoanálisis de la posición de los psicoanalistas, porque los psicoanalistas no son un todo homogéneo. Hay tantas maneras de leer a Freud como de leer a Faulkner. Y lo que hace tal o cual grupo psicoanalítico puede estar más ligado a qué tipo de clientela consigue y a cuáles son las demandas de esa clientela. Si no, no existirían los líos que existen: Lacan por un lado, Freud por el otro, Melanie Klein, etcétera, etcétera”, opina Germán García, director de la Fundación Descartes y uno de los psicoanalistas más prestigiosos de la Argentina. “Más que hablar de los psicoanalistas, habría que atender un poco al origen social que compone un colectivo profesional. Dentro del psicoanálisis, hay personas de clase media alta que cuando se divorcian lo ocultan porque es como en el ejército: queda mal, no está bien visto. Un psicoanalista tiene que estar casado, tener hijos. Y si bien entre los psicoanalistas argentinos de clase media hay una actitud menos prejuiciosa, no veo que haya psicoanalistas gays y lesbianas que construyan un discurso desde su sexualidad. No se animan o tratan de ser discretos. Y en algunos casos hasta optan directamente por no hacer clínica, evitando tener su consultorio y sus pacientes. Pero más allá de que la comunidad psicoanalítica tenga, de manera silenciosa, prejuicios sobre el tema, parte del error reside en que todavía haya analistas gays y lesbianas que transigen ante esos prejuicios.” Pequeña aclaración Se sabe que la categoría de perversión jugó un papel no menor en el asunto. “No es que el psicoanálisis haya considerado la homosexualidad como una perversión durante mucho tiempo sino que hay que ver qué significa en psicoanálisis el concepto de perversión”, dice García. “La idea de que hay una identidad homosexual es posterior a Freud, y para él el psicoanálisis mismo consiste en cuestionar que alguien tenga identidad. Mi identidad es producto de múltiples identificaciones, incluso contradictorias entre sí. Freud decía que ‘el niño es perverso polimorfo’, y ahí ya queda claro que la palabra perversión no tiene el mismo sentido que podía tener, por ejemplo, en el discurso psiquiátrico o en el código policial.” En efecto, Freud no clasificaba la homosexualidad como tal en la categoría de las prácticas sexuales perversas (zoofilia, fetichismo, coprofilia, exhibicionismo, etcétera) y distinguía la perversión de los actos sexuales perversos que tanto hombres como mujeres podían realizar, fueran homosexuales o no. “Para el psicoanálisis existen tres estructuras clínicas: neurosis, psicosis y perversión”, explica la psicoanalista Anabel Salafia, quien en 1974 formaba parte del grupo encabezado por Oscar Masotta que fundó la Escuela Freudiana de la Argentina. “La homosexualidad es, en todo caso, una conducta sexual, una elección de objeto, una posición diferente respecto del goce. En psicoanálisis se habla de elección sexual, pero no se trata de una elección de la conciencia. Es algo que se le impone al sujeto y que lo vive como una tendencia, como algo incoercible. La elección sexual se produce en los primeros años de la infancia, y el sujeto que realiza una elección homosexual en la mayoría de los casos lo puede verificar en sus recuerdos perfectamente. Vale aclarar que el análisis no está destinado, de ninguna manera, a cambiar esa posición, ya que la homosexualidad no es un síntoma. Salvo que alguien consulte porque quiere cambiar esa conducta sexual que lo perturba, lo cual es muy poco frecuente.” Germán García, en este sentido, aclara que Freud nunca se propuso intervenir sobre la conducta de la gente sino sobre el sufrimiento que una conducta determinada provoca. “A Freud le interesa ver qué es lo que uno rechaza de su propio ser”, precisa García. De lo que se desprende que en nada cambia para un analista que un paciente sea gay, lesbiana, bisexual o trans. “Al menos en análisis, he visto personas neuróticas atormentarse por el tema de la homosexualidad sin ser homosexuales (tipos casados con hijos que por ahí no van a tener nunca una experiencia gay, pero que tienen fantasías que los atormentan; algo que Freud llamaba ‘masoquismo moral’), pero no he visto gente que una vez asumida su posición homosexual se plantee cambiarla. Alguien que viene con un problema amoroso lo plantea en los mismos términos, ya se trate de una pareja heterosexual u homosexual.” Del dicho al hecho... Pero una cosa es la posición de Freud, y otra la manera en que su legado fue luego interpretado y llevado a la práctica. Para Jorge Raíces Montero, psicólogo clínico y coordinador del Departamento Académico de Docencia e Investigación de la CHA, esas divergencias se advierten, sobre todo, en el sinuoso camino que ha unido históricamente psicoanálisis y diversidad sexual. “Cuando me fui metiendo en el medio me di cuenta de que mucha gente de la comunidad gay ha tenido muy malas experiencias con el campo psi”, cuenta quien forma parte de la CHA desde sus inicios. “Desde la época en que te atendían psiquiatras y te encajaban testosterona, hasta los psicoanalistas que interpretaban cualquier cosa que dijeras como perversión, todo eso fue quedando grabado en el inconsciente colectivo. A tal punto que mucha gente que no tiene idea de lo que es el psicoanálisis, cuando acude a una consulta, me pregunta: ‘¿Vos no hacés psicoanálisis, no?’, exponiendo de entrada sus recelos.” Fue su trabajo con la CHA lo que hizo que Raíces Montero tuviera muchos pacientes gays y que su sexualidad fuera, para la mayoría, un asunto explicitado. “Si un paciente me pregunta si soy gay, yo no tengo problema en decirle que sí, pero enseguida le aclaro que eso no hace a la cuestión. La tranquilidad te la tiene que dar la transferencia, poder hablar de cualquier tema sin sentirte censurado, y no que el terapeuta o la terapeuta sea gay o lesbiana. De hecho, hay profesionales gays que son homofóbicos, y eso sí puede ser un problema en el tratamiento.” Un problema –la homofobia– que Raíces Montero no sólo advierte en la sociedad sino también entre sus colegas. “Hay muchos chicos gays –y esto se ve sobre todo en grupos– que tienen como meta ponerse en pareja porque parten de una idea que es: ‘Si me pongo en pareja, me salvo’. Me salvo de estar solo, de los problemas afectivos, de los problemas sexuales, de tener que andar seduciendo hasta a las paredes. Como si la pareja fuera una suerte de panacea cuando, en realidad, de lo que se trata es de levantar las barreras de la homofobia internalizada. En este sentido, hay mucha gente en la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) que es gay y que ni se le ocurre abrir la boca ni llevar a su pareja a un congreso, por ejemplo. Y esto se debe a la homofobia del entorno. El problema no es la homosexualidad sino la homofobia. La homofobia es una patología psicológica, una enfermedad mental, más allá de que muchos se nieguen a entenderla en esos términos.” La familia en disputa! La no siempre unívoca posición del psicoanálisis con respecto a las familias compuestas por padres gays y madres lesbianas es otra arista del problema. De hecho, allí donde hay parejas homosexuales dispuestas a adoptar (siempre y cuando la legislación se los permita), siempre hay un equipo de psicólogos listo para realizar sus peritajes. Una forma de sospecha que ha adoptado, en otras circunstancias, el escandaloso sentido de la afrenta, como cuando el psicoanalista francés Charles Melman, discípulo de Lacan y antiguo director de enseñanza de la Ecole Freudienne de Paris, dijo en un programa de televisión que “los hijos de las parejas homosexuales serían juguetes de peluche destinados a satisfacer el narcisismo de sus padres”. Por suerte, entre los psicoanalistas no son mayoría los que piensan de esta forma. Aunque algo que se repite como cantilena (¿como reparo?) es la falta de experiencia clínica que existe en la materia. “Todavía no hay una experiencia lo suficientemente amplia como para saber qué pasa con los niños de las parejas homosexuales, no hay un número de adopciones que nos dé la pauta de qué ocurre en esos casos”, advierte Anabel Salafia, para quien la diferencia sexual puede estar tranquilamente desdibujada en el caso de una pareja heterosexual, ya que es la madre la que a veces ocupa el lugar del padre y viceversa. “Hay una confusión: la familia como estructura no tiene nada que ver con el psicoanálisis. Hay una confusión que proviene del hecho de considerar que hay una homología entre el complejo de Edipo y la familia, mientras que la familia es algo que siempre está en vías de construirse.” Una concepción que Salafia contrapesa con lo que su experiencia clínica sí le ha permitido observar en relación a los padres gays y las madres lesbianas que salen del closet con sus hijos ya crecidos. “En los casos en que la mamá de un niño es lesbiana y hace una decisión tardía con respecto a su sexualidad, las situaciones para los hijos suelen ser muy complicadas. Para un hijo varón es muy difícil comprender que una mujer sustituya al padre, y parece ser más complicado y más violento que sea la madre y no el padre quien da un paso en ese sentido.” Algo que Salafia no termina de justificar y en lo que dice no admitir como variable el machismo. Amparado igualmente en su inexperiencia clínica, a Germán García tampoco le resulta del todo sencillo teorizar sobre las llamadas familias “homoparentales”. “En lo que a mí respecta, no he atendido a ningún hijo de padres gays o de madres lesbianas. Sí he escuchado casos de mujeres lesbianas que, bordeando los 40, empiezan a pensar que deberían tener hijos porque la edad después se los impide. Pero también las mujeres que andan con hombres se plantean a esa edad lo mismo. Sí me parece más equívoca la cuestión de tener hijos si nos vamos del lado de los hombres. No me parece que haya un deseo puro de parte de los hombres de ser padres sino que es un deseo que surge de una mezcla de identificaciones y de cómo el deseo de ser madre de una mujer los toca de una determinada manera. Yo he ironizado al respecto diciendo que las reivindicaciones de gays y lesbianas muestran la potencia que la familia occidental tiene todavía. Ellos reivindican un tipo de familia que está siendo abandonado por el resto de la población heterosexual, que no quiere saber nada con casarse y que insisten cada vez más en vivir cada uno en su casa. Hoy en día las mujeres que no tienen necesidades económicas lo piensan tres veces antes de irse a vivir con un hombre. En esas cosas pareciera que todavía somos muy conservadores en el siglo XXI.” Pero ¿tiene algún sentido decir que las personas Glttbi han llegado tarde al reparto de migajas de una institución familiar que está en crisis desde hace décadas? ¿Ese supuesto anacronismo menoscaba en algún punto el derecho de esas personas a formar una familia? Para Raíces Montero, al psicoanálisis le hace falta aggiornarse. “Recién el año pasado, la Asociación Psicoanalítica Argentina sacó un libro, que es una porquería, sobre parejas homosexuales que se llama algo así como Neofamilias. ¿Neo de qué? ¡Como si los homosexuales no formáramos familias desde hace siglos! Eso te da la pauta de que están muy atrasados.” Un atraso que se corresponde con la demora en la aprobación de leyes en nuestro país que les otorguen a las minorías sexuales el derecho a casarse y tener hijos. “Si la idea es pensar qué distingue a una familia formada por un padre y una madre de otra formada por dos mamás o dos papás –en la medida en que ser padre o madre no tiene nada que ver con poseer determinados atributos físicos sino con cumplir determinadas funciones–, habría que decir que casi no hay diferencias. Eso lo dije en la última conferencia que di en la APA: ‘¿Ustedes me pueden garantizar que tuvieron papá y mamá? ¿Mamás con vaginas y papás con penes que hayan cumplido todas sus funciones?’. Porque no se trata de un señor y una señora, eso está claro. Y menos en una época como ésta, en la que como analista uno a veces atiende a señoras con pene y señores con vagina.” Una pregunta que cabría hacerse es si el modelo familiar podrá, al transformarse, transformar el psicoanálisis. Y, más urgentemente, si no habría que esperar de parte de las instituciones psicoanalíticas una mayor predisposición para instalar en la sociedad estos temas de debate. Que la homosexualidad siga siendo motivo de prejuicios entre los propios psicoanalistas no deja de sorprender, sobre todo si se tiene en cuenta que si algo buscó Freud fue liberar las ataduras que durante siglos constriñeron nuestros cuerpos y sexualidades. Ese debería seguir siendo nuestro norte. En la cama, en la escuela, en la familia, en el diván, en todas partes. Por Patricio Lennard FUENTE: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-959-2009-09-08.html

Adios Mundo Cruel La muerte de Fernando Peña el miércoles pasado despertó una tristeza tan peculiar como él: cientos de miles de personas que eran sus oyentes desde hace más de una década, y con los que había entablado esa intimidad única que da la radio, de pronto sintieron no que habían perdido a una persona querida con la que compartían sus mañanas, sino a siete, ocho, una docena. Milagritos López, Sabino, Palito, Reboira Lynch... Tal era el talento con que Peña les había dado voz y vida. Por eso, por encima de sus declaraciones polémicas, de las provocaciones, del show tanático y de la exposición de la enfermedad, hoy despido a todos esos personajes irrecuperables que revolucionaron la radio y que se fueron junto a él. Fernando Peña tenía una entrega total al espectáculo. En una especie de lucha contra la intimidad, llevó a la radio el drama y la interpretación actoral e hizo también de su relación con la enfermedad un objeto mostrable, con más y menos maquillaje (desde Esquizopeña, una de sus obras de teatro más vistas hasta el documental que estaba grabando en sus últimos días sobre su lucha contra el cáncer). La historia de la irrupción de Fernando Peña es conocida y no por eso menos colorida. El continuaba con su servicio como comisario de a bordo, pero ya estaba cansado, y entonces aprovechaba esos micros comunicativos que surgen en cualquier viaje para desplegar su sinfonía de personajes. El más conocido fue Milagros López, pero también desfilaron por allí Susan Müller, una alemana sexy y comehombres; un cubano estridente o un argentino que luego se convertiría en el célebre Rafael Orestes Porelorti. Sin embargo, fue la cubana la que conquistó el corazón del pasajero Lalo Mir, quien pidió desesperadamente conocerla en varias oportunidades hasta que se encontró cara a cara con el hombre detrás de la dulzura caribeña. Fernando Peña aterrizó en la radio, el hábitat en donde logró expandir y conectar a sus criaturas entre sí y con el mundo. Pronto llegaría al teatro y escribiría un libro sobre su experiencia como comisario de a bordo (Gracias por volar conmigo), además de generar uno sobre él (Las siete vidas de Fernando Peña, de Mariana Mactas). Durante sus inicios, estuvo con Lalo Mir y con la Negra Vernaci, sus padrinos en el medio. Lalo dimensiona así su ingreso al mundo radial: “Lo dio vuelta, la rompió en mil pedazos, hizo lo que no era políticamente correcto. Y también irrumpió con su temeridad... Era una persona multiplicada en personajes, todos ellos caminando por un filo sobre un barranco mil metros abajo”. Primero fueron grabaciones en cassette y después empezó a ir en vivo: “Empezó a meter la otra ficha. Apareció de repente Celestino, el marido de Milagritos. O el oficial Brown. Y empezó a explotar, a quebrar el espejo en mil pedazos. ¡Y no me avisaba!”. Como era de esperarse, llegó el momento del show propio, Grafitti. Y luego pasó a hacer El Parquímetro, su programa emblema que condujo prácticamente hasta el final, junto con su co-conductor Diego Scott y los columnistas Martín Lipszyc y Juan Butvilofsky. Diego Ripoll fue uno de sus primeros coequipers y el que le insistió para pasarse a la Metro, donde estuvo –interrupciones mediante– durante casi una década: “Yo encontré en el juego la clave para seguirlo. Fernando tenía una noción de timing radial impecable. Y yo con él jugaba, como cuando uno es chico. Quizás él estaba hablando con Palito, y de repente se escuchaba al aire el ruido de las pulseras que usaba Fernando, entonces yo aprovechaba y le preguntaba algo a la Mega. Pero no había método alguno. Y en todos los años que trabajé con él no pude descifrar lo que hacía y cómo. Tenía una mente prodigiosa dividida en esos personajes. Su cabeza era una multiprocesadora y yo trataba de ser la unión de ese vitreaux. Más de una vez me llegaron a preguntar si yo también era un personaje de Peña”. Sebastián Wainraich trabajó en el equipo en esa misma época, primero en Metro y después en Rock and Pop. Y justamente habla de uno de los consejos que le dio, para poder afrontar su rol de productor, el operador Javier Bravo: “Hay que seguirlo”. “Ese consejo me sirvió. Con Peña me saqué todos los prejuicios, y me di cuenta de que tenía muchos del tipo ‘con estas cosas no se jode’, si bien siempre me gustó el humor negro. El iba más allá y yo me terminaba riendo. Para él, el límite lo ponía el oyente o espectador, que apagaba la radio o se levantaba de la función. Aprendí un montón con él. Es muy difícil explicarlo con palabras. Yo venía con una cabeza muy radial y un poco cuadrada, y me di cuenta de que el desorden a veces puede estar bueno. De hecho, él me dijo hace poco, cuando se cumplieron los 10 años de El Parquímetro: ‘Vos me querías hacer tener secciones’. De los personajes, yo tenía muy buena relación con Palito y con Sabino. En esos años, a los 25, me había ido a vivir solo, y Peña me llamaba para hacerme esas voces: Sabino me preguntaba si necesitaba que me hiciera una instalación eléctrica, Palito si podía llevar una mina... El es un antes y un después en la radio. Si en el mundo existiera otro así, nos habríamos enterado. Sería famoso a nivel mundial.” El medio radial genera una especie de comunidad con los oyentes. Esa cercanía inefable, probablemente inexistente en otros medios de comunicación, producto de varias horas de escucha al día y de cierta transparencia que se da entre los que hablan y los que escuchan. Si bien Peña tejió el artificio hasta el borde de lo humano (¡era como 15 personas interactuando!), esa especie de falta de pelos en la lengua, además de toda su aura como icono, explique el agujero negro que están atravesando sus seguidores. Quienes compartieron con él parte de su trabajo o su vida, no ocultan su tristeza. Su co-conductor actual, Diego Scott, vive en el universo de El Parquímetro desde los inicios mismos. Su entrenamiento en la interacción con todos los Peñas tuvo mucho que ver con observar a Ripoll desde el detrás de escena, cuando él era productor junto a Wainraich. El, en realidad, trabajaba en Radio América y un día fue a pedirle unos separadores “al que hace de Milagritos” y se quedó fascinado por esa parafernalia individual. Peña le preguntó qué hacía y él empezó con unas columnas de economía (!), cuando el programa se gestaba a pura estridencia y densidad. Luego pasó a ser productor (con algunas apariciones al aire, como Wainraich) y tiempo después, se convirtió en un hombre indispensable del conductor y sus criaturas: “Me parecía lo más divertido del mundo imaginarnos cada cosa. Si Milagritos decía ‘Ayer estuve con una amiga’, yo enseguida le preguntaba ‘cómo se llamaba’ y ahí seguíamos. No había límites. Nunca me pasó que le preguntara algo y que no hubiera respuesta. Era seguirlo, tirarle cosas, alimentar la conversación”. Carlos Ulanovsky todavía se acuerda de cuando escuchó por primera vez a Dick Alfredo, el mexicano que disparaba dardos fascistas desde la FM. Estaba indignado, e incluso debe haber comentado con otros acerca de este polémico personaje radial, hasta que descubrió de qué se trataba todo: “Verlo trabajar era algo impresionante. Porque para hacer lo que él hacía no sólo había que tener una garganta de oro, sino también un punto de vista extraordinario. No se equivocaba nunca. Por el aspecto vocal, podría establecer una relación con Tomás Simari. Pero en cuanto a cómo él componía los personajes, el armado artesanal y primoroso que hacía que tuvieran un cuerpo, tengo que mencionar a Niní Marshall”. Ulanovsky cuenta, además, un debut radial anterior al de Lalo que Fernando repetía. Se remonta a su niñez. Como “hijo de”, acompañaba a su padre, el periodista deportivo Pepe Peña, a Radio Rivadavia. El, un niño impaciente y ansioso, se quedaba esperándolo, hasta que uno de sus reclamos salió al aire: “¡Papá, me estoy meando!”. Esa sería la primera de una larga lista de intervenciones hilarantes, en radio, televisión y aquello que se considera “la opinión pública”. En sus primeros años de aparición mediática, el asumido Fernando Peña tuvo un protagonismo radical en la aparición de la homosexualidad como tema que debía ser naturalizado. En los últimos años, Peña tenía una obsesión por aparecer tanto como sus personajes, no perderse entre ellos. “No sé, no lo hablé con él”, dice Lalo. “Calculo que él se puso celoso de sus personajes. El era muy saltimbanqui, muy cambiante de opinión, en cambio los personajes eran coherentes. Peña desorientaba, los personajes no.” Scott agrega: “Yo creo que él tenía muchas facetas. Por un lado era genial lo creativo que era y lo que podía hacer con los personajes; por otro lado, quería que el mundo fuera como a él le parecía justo que fuera, quería decir lo que le parecía mal. Con los personajes no lo podía hacer porque se cagaban de risa. Pero tenía sus épocas: a veces estaba más peleado con sus personajes, a veces más amigado. El no quería que se olvidaran de él, de que estaba él en el medio”. Generoso con sus colaboradores, obsesivo en los detalles y, sobre todo, muy muy muy humano, Fernando Peña volvió a meterle espectacularidad a la radio, entre otras cosas. Ripoll no lo duda: “Fue el que reinventó el espectáculo en radio, le devolvió la verdadera magia. Logró algo maravilloso: la gente no se podía bajar del auto. Generaba esa cosa mágica, tenía la habilidad de hacerte creer cosas que sólo ocurrían en tu imaginación. Te hacía volver a ese estado naïf, infantil, de creer que ellos existían. Le metió arte a la radio. Pero yo creo que todo lo que hacía estaba en función de otro objetivo: estimular las libertades, que realmente vos hicieras lo que quisieras hacer de tu vida”. Ulanovsky describe esta cualidad teatral del estilo Peña: “Yo tengo la hipótesis de que la radio se parece mucho al teatro, tanto que algunos lo han llamado teatro de la mente. Alberto Migré decía que cuando él decía ‘rojo’ en el marco de un radioteatro, cada uno elegía qué tipo de rojo quería ver. Fernando Peña daba esa posibilidad al oyente, la de terminar de abrazar a los personajes cada uno por su cuenta”. Lalo, por su parte, sintetiza uno de los grandes aportes de Fernando Peña, invaluable para todo el público. Un mensaje que firma su insignia: “Es posible hacer cosas que antes no se podía hacer... Eso es muy importante”. Por Natali Schejtman

Lo amo Sr. Spock ¿Aragorn y Legolas dejan las batallas en Tierra Media para escapar en un fin de semana romántico? ¿Frodo y Sam usan el anillo para comprometerse? No, no son reinterpretaciones de El señor de los Anillos, son ejemplificadoras historias de slash fan fiction, un subgénero literario en el cual las chicas sacuden un poco la testosterona de nuestros héroes Crossover es la palabra que en el mundo del comic define un cruce de personajes de historias diferentes, pero que una vez reunidos interactúan entre sí para vivir aventuras inigualables. Harry Potter visitando a Aragorn de El señor de los Anillos en Tierra Media sería un ejemplo. En el mundo real, la relación ya clásica: mujer (hétero) y hombre (gay) ha atravesado varios terrenos. Desde los comienzos de las luchas por sus derechos pasando por la amistad, el amor, el desprecio y la marginación. Esta dupla vuelve a cruzarse en el crossover más “particular” de su historia: el slash fan fiction, un nuevo ¿subgénero literario? en el cual los fans de los programas, libros, películas y series de tv más exitosas deciden por el solo placer de hacerlo, escribir nuevas historias donde los personajes principales (generalmente masculinos) mantienen una relación gay. ¿Dónde está el cruce? Simple: la mayoría de los escritores de slash son mujeres heterosexuales. Los culpables “Kirk tomó el rostro de Spock entre sus manos. Lo miró sonriendo, con una sonrisa que decía mucho más que las palabras. Después lo empujó suavemente para besarlo otra vez. Primero besó el párpado izquierdo de Spock, que tenía los ojos cerrados. Más tarde empujó despacio la cabeza de Spock hacia la izquierda, y recorrió con la lengua su oreja, hasta el extremo puntiagudo, que besó amorosamente.” Este párrafo es sólo un ejemplo de los relatos que podemos encontrar en los centenares de sitios web dedicados al slash de Star Trek. Y es que allí empezó todo. A finales de los años ‘60 algunos de los seguidores de la serie Viaje a las estrellas decidieron tomar la historia original y manipularla a gusto hasta, en muchos casos, cambiarla completamente. Este tipo de relato, por algunos catalogado como género se llama Fan fiction (literalmente ficción hecha por fanáticos). En sus inicios estas historias alternativas eran editadas en publicaciones independientes (fanzines). Algunas fanáticas no tardaron mucho en convertir la tensión sexual que existía entre los protagonistas de la serie en una relación homosexual en la cual se centraban las nuevas aventuras. A este tipo de fan fiction se lo llamó Slash: nombre en inglés de la barra oblicua “/” que era la que se utilizaba para separar a los involucrados (Kirk/Spock) y que con el tiempo se transformó en el símbolo para etiquetar las historias que se centran en una relación homosexual: Harry/Draco, en Harry Potter; Jack/Sawyer, en Lost, y las combinaciones son infinitas. Y es que cuando Internet se masificó en la década del 90, se convirtió en el medio adecuado para distribuir las historias. La comunidad de slashs (escritoras y lectores) comenzó a reunirse en centenares de sitios web, como fanfiction.net, dedicados a publicar y criticar los nuevos relatos. Cada uno de estos websites contiene a su vez cientos de historias. Prácticamente no existe serie de tv, libro o película taquillera que no tenga su versión fan fiction y por supuesto una slash. La otra dupla clásica La palabra homosexual en muchos casos es asociada al escándalo, o para no ser tan tajantes, a la polémica. Como es de suponer, el slash ha generado numerosas discusiones que van más allá de los derechos de autor. Algunos fanáticos sostienen que estas historias “empañan” a los personajes originales al presentarlos de una manera en la que no fueron concebidos. Esto, obviamente, en referencia al carácter homosexual y frecuentemente erótico de los relatos. Las autoras, por su parte, afirman que las obras originales tienen un subtexto romántico. Ellas son las que se encargan de explicitar la tensión sexual entre dos personajes que son “grandes amigos” (como por ejemplo los slash Starsky/Hutch) o “eternos rivales” (Obi Wan Kenobi/Darth Mhaul, en Star Wars). En la página www.HarryPotterPrincipeMestizo.com, uno de los websites de slash de Harry Potter más populares, una autora llamada Callie (la mayoría de las autoras usan seudónimos) define un poco más la situación: “Viendo con ojos de slasher (escritora de slash), las relaciones, la tensión, pueden o no estar ahí (esa es la naturaleza del subtexto después de todo). Lo que más me gusta del slash es que transforma los programas, libros, etc. Transforma ese universo. ¿Y eso no es lo que el romance hace, transformarlo todo en el mejor de los mundos posibles?”. La cuestión legal con los slash fan fiction no es tan sencilla: si consideramos las narraciones de las fanáticas como derivadas de creaciones protegidas por los derechos del copyright, son ilegales. Pero si son entendidas como creaciones originales quedan dentro de lo legal. En ambos casos se trata de temática homosexual y escandaliza lo mismo: la empresa Lucas Films, por ejemplo, ha iniciado acciones legales para prevenir y evitar cualquier reinterpretación gay de los personajes de La guerra de las galaxias (ocurre que las luchas con sables luminosos están servidas en bandeja). También son notorios los intentos de Anne Rice para detener la produccion de slash basadas en sus Crónicas vampíricas. A pesar de esto por lo general los grandes estudios o editoriales no arremeten contra el slash. Se sabe que mientras más se hable de un producto, más se lo consume y que no es aconsejable ofender a los fans. El lápiz no es japonés, es femenino En los últimos años el slash ha sido objeto de estudio, no tanto por la temática queer de las nuevas producciones, sino por el hecho de que, según las encuestas, las autoras en su mayoría son mujeres heterosexuales jóvenes, transitando sus veinte años. El debate en cuestión gira en torno de la pregunta ¿por qué las mujeres quieren leer y escribir acerca de hombres que se relacionan con hombres? En su foro de discusión, nuevamente Callie pretende responder a esta cuestión: “Fundamentalmente escribo y leo slash porque me gusta. Poner mis dedos sobre los personajes me parece sexy. No puedo explicarlo de otra manera. A algunas personas les gustan los cuentos de hadas, a otras les gusta Playboy, a mí me gusta el slash. Y si te gusta, te gusta, y si no, no”. Pero el tema es mucho más complejo que una simple cuestión de gustos. El slash ha sido definido como importante para la comunidad glttb y para la formación de la identidad queer, ya que representa un tipo de resistencia a la heterosexualidad obligatoria. Al mismo tiempo se lo ha descrito por una parte de la comunidad gay como no representativo, se lo entiende más como un medio para expresar la frustración feminista con la ficción en general. Kirby Crow, una de las autoras más prolíficas de slash Harry Potter, en algunas ocasiones, ha sido acusada por algunos círculos gays de no entender las costumbres de los homosexuales, ante lo cual aclara: “Esto no es acerca de porno gay. Las mujeres heterosexuales disfrutamos del slash básicamente por el nivel de intimidad que existe entre los personajes masculinos. Las mujeres usamos el slash para tener control sobre el cuerpo de los hombres para nuestra propia diversión, como los hombres han estado haciendo con el cuerpo de las mujeres durante siglos. Si un hombre me calienta, dos hombres me calientan aún más, eso es algo que los hombres han estado diciendo durante años acerca de las lesbianas”. Más allá de las opiniones contrapuestas, lo cierto es que el slash saca a los televidentes y a los lectores de su rol de pasivos y los hace interactuar. Estas autoras al tomar el subtexto de romance queer y ponerlo como eje central de sus historias están cambiando el paradigma heterosexual dominante, están reescribiendo su narrativa ampliando el espectro de posibilidades: “Estamos tomando el control de nuestra propia sexualidad y sensualidad. El lápiz es más fuerte que la palabra. Y en nuestras manos el lápiz es femenino”, sentencia Crow. Queremos héroes propios El tema de las mujeres como autoras de slash desconcierta y mucho. La heterosexualidad impuesta como obligatoria y su necesidad de clasificarlo todo para saber con qué se enfrenta, y poder “atacar”, choca de lleno ante este nuevo subgénero literario: no existe una etiqueta para nombrar a una mujer que escribe sobre hombres que se relacionan amorosamente con otros hombres. No se las puede ajustar a esa gran caja que son las relaciones sexuales “reales”. Pese a esto el fenómeno slash sigue creciendo. Aparecen términos como Femslash, para remarcar las historias sobre dos mujeres, y surgen en los relatos los primeros personajes travestis o transgénero, aunque en muchísima menor cantidad. Algunos teóricos sostienen que el fan fiction en general, y dentro de este, el slash, son una vuelta de los mitos al pueblo: “Es una forma cultural de reparar el daño que ha causado un sistema donde los mitos no son propiedad de la gente sino de las corporaciones”. Quizá sea así, y quizá sea esto lo que moleste cuando las mujeres hacen que los personajes principales de los producciones más exitosas mantengan una relación homosexual. La heteronormativa cultural prohíbe los héroes homosexuales en la mitología contemporánea. De todas formas, la mecha ha sido encendida. Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-948-2009-08-29.html
![Vampiras Lesbianas [Vamp Less]](https://storage.posteamelo.com/assets-adonis/assets/2017/05/19/vamp.jpg-93z6fu7rKUJ.webp)
Muérdeme mucho... Las vampiras lesbianas están impresas en el ADN mismo de las historias de seres sedientos de sangre. Más o menos explícita su sexualidad, los personajes femeninos no sólo aventajaron en casi cien años el nacimiento de Drácula, sino que además contaron con una inspiración en la vida real insoslayable: la sangrienta condesa Erzébet Bathory, que inmortalizaron tanto Valentine Penrose como Alejandra Pizarnik. En la zaga de las mejores vampiras amantes de mujeres, este año se estrenan dos películas: la excelente Let The Right One in —con la primera vampira intersex— y la un tanto denostada Lesbian Vampire Killers. Y como bonus track, la serie True Blood también presenta a su dama de dientes afilados y deseos lésbicos en la piel de la hermosa Evan Rachel Wood. Las vampiresas son más raras que sus hermanos los vampiros o, mejor dicho, son menos famosas, menos visibles. En las mitologías abundan, pero se mezclan con otros monstruos femeninos. En la literatura, su presencia es mucho más temprana que el Drácula de Bram Stoker, pero menos reconocida. Cosa extraña: fue nada menos que Goethe el primero en escribir un relato de vampiros (un lieder, en realidad) con protagonista femenina en 1797, con La novia de Corinto. Primera de las bellas damas impiadosas, mujer fatal primigenia, todavía es heterosexual, y viene en busca de la sangre de su amado. Lo mismo pasa con otra vampira célebre: la lúbrica cortesana Clarimonda del relato La muerta enamorada de Teophile Gautier (1836, casi setenta años antes de Drácula). Para entonces, de la mano del romanticismo, los relatos de vampiros (desde supersticiones campesinas hasta cuentos literarios) se volvían populares. Para que los vampiros hombres se volvieran gays hizo falta mucho: lo lograron recién a mediados del siglo XX, aunque por supuesto la sensualidad prohibida siempre llevó implícita la posibilidad de la androginia y de la diferencia. Pero para que las vampiras se encarnaran como lesbianas no hizo falta tanto: en 1872, el irlandés (Stoker también lo era, ¡cómo gustaba el vampirismo en Irlanda!) Joseph Sheridan Le Fanu publicó “Carmilla”, uno de los cuentos más famosos del género, y también uno de los más logrados. Dice la protagonista, una jovencita que recibe en casa a una desconocida, joven como ella, supuesta hija de una familia amiga: “Lo cierto es que yo sentía algo inexplicable por aquella hermosa forastera. Me sentía, como ella decía, atraída hacia ella, pero experimentaba también algo de repulsión. No obstante, en ese sentimiento ambiguo prevalecía enormemente la atracción. Era tan hermosa y tan indescriptiblemente atractiva que me intrigaba y me subyugaba”. Y más tarde, cuando Carmilla la corresponde, el relato —si bien jamás explícito— se vuelve francamente erótico: “Jamás he estado enamorada de nadie, y nunca lo estaré —susurró—, salvo que lo esté de ti... Querida, querida mía —murmuró—. Yo vivo en ti y tú morirás por mí. Te amo tanto...”. “Carmilla” no tuvo una descendencia sostenida. Ese relato quedó allí, como un clásico, pero no se desprendió de él una legión de vampiresas lésbicas. Y eso que poseían un antecedente real capaz de desbancar a cualquier otro asesino con características vampíricas: la brutal condesa Erzébet Bathory, que hacia fines del siglo XVI aterrorizó Hungría con su intento de lograr la juventud eterna mediante baños en la sangre de muchachas jóvenes, la mayoría a su servicio. LA BELLEZA CONVULSIVA En 1962, la escritora francesa Valentine Penrose escribió un hermoso libro, mitad lirismo, mitad historia, llamado La condesa sangrienta, que describía la vida, muerte y crímenes de Erzébet. El relato de los crímenes, que la condesa perpetraba con ayuda de sus asistentes Darvulia y Jó Ilona, era bello y brutal: “...A las dos o tres jóvenes las dejaban completamente desnudas, con el pelo suelto. Eran hermosas, y siempre tenían menos de dieciocho años, a veces doce... Cuando la muchacha no era sino una llaga tumefacta, Dorkó tomaba una navaja de afeitar y hacía incisiones acá y acullá. La sangre brotaba de todas partes, las mangas blancas de Erzébet Bathory se teñían de ese diluvio rojo... La bóveda y las paredes chorreaban”. En Argentina, el libro fascinó a Alejandra Pizarnik, que escribió su propio La condesa sangrienta (1965), un homenaje que recuenta lo escrito por Penrose con el inconfundible estilo de la poeta: “El camino está nevado, y la sombría dama arrebujada en sus pieles dentro de la carroza se hastía. De repente formula el nombre de alguna muchacha de su séquito. Traen a la nombrada: la condesa la muerde frenética y le clava agujas”. Esta mujer insondable pudo haber sido lo que Vlad Tepes, cruel noble y guerrero húngaro nacido en 1410, fue para el Drácula de la literatura: una inspiración basada en crueldades históricas, en un gusto malsano por la tortura y la sangre. Pero no lo fue. Erzébet fue juzgada después de haber asesinado a unas 500 muchachas y emparedada hasta la muerte (ocurrida en 1610) en su castillo de Csejthe. Su caso ni siquiera tiene una película todavía —es decir, tiene algunas menores, como Daughters of Darkness del belga Harry Kumel, estrenada en 1971. (Nada que ver, está claro, con los Drácula de Lugosi o Coppola.) Por lo menos hasta este año: Julie Delpy, la hermosa actriz de Antes del amanecer, acaba de estrenar en el último Festival de Berlín su versión de los hechos, que ella dirige y protagoniza. La película se llama The Countess, el trailer ya se puede ver online, y todavía no tiene fecha de estreno. VAMPIRAS LESBIANAS EN EL CINE La visibilidad de las chicas hambrientas de sangre y amándose entre ellas en el cine no es mucho mayor —salvo en el reino del cine porno a partir de los ’70, donde hay varias vampiras lésbicas en películas para hombres heterosexuales (como suele suceder)—. Antes de los ’70, los ejemplos de cine no abundan: la más famosa es la Condesa Zaleska, que interpretó Gloria Holden en la película La hija de Drácula de 1935: hay una seducción clara e indudable a una jovencita de parte de la vampira. Pero la Condesa es una sufrida: nada que ver con Et mourir de plaisir (1960) de Roger Vadim, la primera versión de “Carmilla” para cine, con dos chicas hermosas. Popularidad, eso sí, todavía se les escamoteaba. Más bonitos aún y más populares fueron la trilogía basada en Carmilla de la productora clásica Hammer Films: The Vampire Lovers (1970), Lust for a Vampire (1971), y Twins of Evil (1972), película de explotación pura que tenía a dos conejistas de Playboy, Madeleine y Mary Collinson, mordiendo tetas turgentes. Los ’80 trajeron a la gran película lésbica de vampiras: El ansia, de Tony Scott, basada en una novela del mismo nombre de Whitley Strieber. Era 1983 y a Catherine Deneuve (Miriam) se le moría su amante de siglos (John, interpretado por David Bowie). Miriam es egipcia (un poco raro eso, teniendo en cuenta la rubiez de la Denueve, pero bueno), y cuando su amante agoniza va en busca de la gerontóloga Sarah Roberts, interpretada por Susan Sarandon. Todo se precipita entonces: Miriam ya ha encontrado reemplazo de compañía eterna con la hermosa médica. El ansia tiene una de las escenas lésbicas más famosas del cine: las dos mujeres espléndidas bebiendo su vino y luego apasionadas, en una cama de tules y telas, todo blanco y rojo. En la película todo es estilo, desde la exquisitez de Deneuve hasta Nueva York y aquella escena de club nocturno donde Bauhaus canta "Bela Lugosi's Dead". Susan Sarandon, en su momento, dijo que filmar la escena lésbica había sido un placer porque, bueno, era Catherine y su blanca hermosura. Pero, como la condesa, no hubo demasiada descendencia de The Hunger, salvo una serie erótica del mismo nombre a la que le fue pésimo con la crítica (con bastante justicia) a pesar de que tenía episodios escritos por especialistas como Harlan Ellison o Poppy Z. Brite. En los ’90, el evento fueron las colecciones de cuentos de vampirismo lésbico erótico editadas por Pam Keesey (ya existían de vampirismo erótico a secas, editadas por Poppy Z Brite y llamadas Love In Vein). Las de Keesey fueron Daughters of Darkness: Lesbian Vampire Tales de 1993, que tenía, claro, la seminal Carmilla e incluía un curioso texto de Pat Califia, transexual y bisexual; le siguió Dark Angels de 1995, que incluía una traducción de La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik, y piezas de habitués en estas recopilaciones como Melanie Tem o Thomas S. Roche. Ninguna se consigue en castellano. La revancha de las vampiras quizás ocurra finalmente este año. En TV, la serie True Blood presenta en su segunda temporada a la reina Shopie Ann de Louisiana, una vampira lesbiana interpretada por Evan Rachel Wood, una actriz increíble (El luchador, A los 13) y, famosamente, ex novia de Marilyn Manson. Estará en los últimos dos episodios: la serie de Alan Ball (creador de Six Feet Under, y gay) tiene cada vez más éxito, pero todavía no incluía a una amante de mujeres. Evan, con su belleza juvenil pero helada, es ideal para el papel. Además, en 2002, ya había interpretado a una adolescente que despertaba a su sexualidad lésbica en la serie Once and Again, con dos famosos besos televisivos en los labios de la entonces también jovencísima Mischa Barton. En otro tono, este año también se estrena Lesbian Vampire Killers, una comedia de terror británica (para cine). Pero aquí la suerte no parece estar del lado de los realizadores: la crítica en general la destrozó, y un grupo de activistas llamado “Angry Lesbians” habló de un retrato “insultante y estereotipado”. Se trata de una comedia de muchachotes. Y finalmente, aunque retrasada ahora por la gripe A, llegará Let The Right One In de Thomas Alfredsson, una maravilla de película sueca que además de buen cine es una historia de iniciación que incluye crítica social, perversión, brutalidad escolar, padres ausentes y quizá la primera vampira intersex (su género está indeterminado… o mejor callarse lo que sucede y dejar que el lector descubra): la ambigua y extraordinaria Eli (Lina Leandersson), la ambigua y extraordinaria Eli, un ángel de la muerte de 12 años que camina sobre la nieve sin dejar rastro. El director cuenta que le costó un año encontrar a esa niña andrógina, y que la espera valió la pena. No diremos más para no arruinar la trama del mejor estreno del año (así de buena es), pero quienes quieran anticiparse pueden recurrir a la novela en que se basó la película, Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist, un libro estremecedor, que corre los límites del horror y el vampirismo como metáfora tan pero tan lejos que seguramente pasará mucho tiempo hasta que otro escritor esté a la altura de tomar el guante. Por Mariana Enriquez Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-869-2009-07-20.html

dijo:Leonid Afremov es un pintor moderno israelí, famoso por sus increibles paisajes urbanos y rurales logrados con solo una paleta, pintura al óleo y lienzo! "I tried different techniques during my career, but I especially fell in love with painting with oil and pallette-knife. Every artwork is the result of long painting process; every canvas is born during the creative search; every painting is full of my inner world. Each of my paintings brings different mood, colors and emotions. I love to express the beauty, harmony and spirit of this world in my paintings. My heart is completely open to art. Thus, I enjoy creating inspired and beautiful paintings from the bottom of my soul. Each of my artworks reflects my feelings, sensitivity, passion, and the music from my soul. True art is alive and inspired by humanity. I believe that art helps us to be free from aggression and depression." ~ Leonid Afremov