nacho_xeneixe
Usuario (Argentina)
He aquí una antología de los mejores cuentos enviados al «Concurso de Cuento Corto Latinoamericano» convocado cada año por la Agenda Latinoamericana. Son cuentos que tratan de iluminar la actual coyuntura espiritual de América Latina: sus utopías, dificultades, motivos para la esperanza, alternativas, la interpretación de esta hora histórica... Los titanes del tiempo Aroldo Moisés PESCADO TOMÁS Se acercaba el tiempo de las luciérnagas en el aire, esas pequeñas luces que con las primeras lluvias dan la idea de ser chispas de fuego al extinguirse el incendio que quemaba la tierra en el verano. La noche que no era noche delineaba figuras chinescas por el camino de tierra, de piedra, de polvo, de lodo. En el lento vaivén del alarido de un viento quejumbroso flotaba la frescura de un cielo estrellado, sin nubes, sin sombras. Cuando pasaba por el camino de pedregales el sonido se hizo grande, que cubría todo, que lo envolvía todo y el firmamento se movía como si viajara en barco. De pronto se sintió caer en un profundo abismo, sintió volar hacia atrás, de espaldas por un segundo sin fin. El ladrido de un perro negro que dormía en el camino lo vino a despertar, era como alma de diablo que mostraba sus dientes blancos mientras pasaban Lila, una vieja mula acanelada, y él montado sobre ella casi dormido en el sueño del amanecer eterno. ¡Guau!, ¡guau!, ¡guau!, ¡guau!, guauuuu… ladraba el perro en tanto corría y regresaba como queriendo jugar a espaldas de la bestia, Lila seguía con su andar tranquilo como si también durmiera de tanto caminar. Don Encarnación se tocó la cintura para revisar si seguía ahí el machete que colocó con mucho cuidado al salir de su casa. Y tubo que sostenerse también el sombrero ancho para no caerse porque la mula despertó asustada, ya que se sintió caer de espaldas frente a la fuerza del ladrido de un lebrel pinto que se oponía a su camino. -¡ShÍÍtT!, ¡chucho! –dijo, para apartar al animal del pasaje-. Silencio. Atrás quedó la granja de los frailes y sus fieros guardianes caninos. -¡Mercado central!, ¡mercado central!, ¡vamos madre!, ¡llega, llega! Con las primeras luces sonaban las bocinas como reses para el matadero, docenas de canastos y sacos con plumas, frutos, verduras y hortalizas eran cargados al camión donde viajaría Ña Candelaria. Bajo la luz de las estrellas y luceros pálidos florecía un verdadero mercado terrestre, casi acuoso por el vapor de las tazas de café que servían unas mujeres prietas a los camioneros rechonchos y malhumorados. Cestos con gallinas, patos, pavos; limón, toronja, chile, tomate, cebolla; calabazas, porotos y maíz. En la alforja fósforos, ocote, pixtones, sal, chile, agua. La oscuridad palidecía como hombre que se asusta y que dormido enflaquece y despierto muere. La aurora aparecía tímida y ligera detrás de cerros con dioses seculares. El canto del cenzontle lloraba agua, y el hombre con su mula llegaba al monte, para trabajar la tierra sagrada y benévola, que generosa da a su tiempo la espiga que es la madre del pan, y el maíz, padre del hombre americano. El sol pintaba el horizonte con sus rayos de luz, mula y hombre eran como sombras en ese paisaje de oro. Los brazos y piernas reumáticos de tanto labrar la tierra comenzaron su larga faena. Olía a tierra seca. Doña Candelaria, mujer vieja y paciente como su esposo, llevó a vender miltomates verdes, gallinas amarillas y conejos blancos a la plaza de la ciudad. -¡Hoy no hay venta!, ¡aquí nadie vende más! –gritaron unos gendarmes. Y hubo que correr para salvar la vida, y dejar la venta para no ir al calabozo, y llorar para destruir el badajo de plomo en la garganta. Los miserables no tienen derecho a ganarse la vida honradamente porque causan desorden y afean las horribles ciudades. Y causan enojos a los grandes estadistas idiotas, burgueses que creen ver todo y no ven nada. Los primeros aguaceros agujerearon las viejas láminas de cinc. Don Encarnación regresó a casa y se quitó las botas de hule, ahora llenas de agua limpia y llovida. Entró a la cocina y vio a su esposa con las pupilas llenas de granizos calientes, tan calientes como lágrimas. Doña Candelaria narró con la voz quebrada cómo perdió todo y quedó ella sola, sin dinero, sin gallinas, ni conejos, ni nada. Los toscos brazos envolvieron a su esposa, los dos viejos lloraban. Menos mal que a ella no le había pasado nada. El agua sonaba como piedras en la lámina roja de tan oxidada, pero eran piedras tan duras como diamantes, gotas de esperanza. Un colibrí hecho con cabellos de luna volaba entre las gotas de lluvia y de sus alas se desprendían fracciones de tiempo color del arco iris en el crisol de la tierra seca y sedienta. Los trabajadores con su trabajo honrado y noble son los verdaderos héroes de la historia, de la patria, de esta tierra milagrosa y legendaria. El futuro de este pasado... Manuel Eugenio GÁNDARA CARBALLIDO Primer premio del «Concurso de Cuento Corto Latinoamericano» convocado por la Agenda Latinoamericana'2005, otorgado y publicado en la Agenda Latinoamericana'2006 Aquel lunes, una calma chicha se respiraba en el aire; cierta sensación de vacío pesaba sobre toda la parroquia. Ya desde temprano la soledad en las calles había hecho notar la diferencia. Curiosamente, ninguna de las mujeres había asistido a la misa tempranera. Al Padre Tomás, cura párroco desde hacía 12 años, le tocó recordar aquellas eucaristías que se celebraban antes del Concilio, misas sin pueblo. Cuando, llegada la tarde, ninguna de las fieles asiduas se hizo presente, la cosa se empezó a tornar preocupante: «todas no pueden estar enfermas», se decía el cura con más enojo que curiosidad, mascullando ya el llamado de atención que les haría por su «falta de compromiso». Pero la situación se repitió al día siguiente, y al siguiente… En realidad lo que más le incomodó al principio fue que no hubiese quien limpiara la capilla, y no contar con la ayuda de Carmen para saber qué difuntos nombrar. Ni siquiera Marta había ido a cantar, por lo que tuvo que improvisar algunos cantos para animarse un poco y no sentirse tan solo. Un movimiento raro se había venido sintiendo en los últimos tiempos durante las reuniones; pero ese secreteo fue tomado como chismorreo, como cosas de mujeres, un asunto sin importancia. El sábado, la catequesis tuvo que ser suspendida. Ninguna de las catequistas había asistido. La cosa parecía llegar al colmo. Pero la situación se volvió insoportable el domingo: sólo el señor Pablo y el señor José, los dos miembros de la Cofradía del Santísimo desde su fundación hace 26 años, asistieron a la misa de 7. En la de 10, los tres hombres que respondían como pueblo, luego de cruzarse algunas miradas nerviosas, como buscando respuesta, decidieron sentarse juntos. En la tarde, simplemente no hubo nadie. Fue entonces cuando el Padre Tomás decidió ir y hablar con Ana, encargada de las catequistas mucho antes de que él llegara a la parroquia, a ver qué estaba pasando. La encontró reunida con otras mujeres en el frente de su casa; se notaban nerviosas, pero había algo en sus miradas que daba cuenta de cierta satisfacción. Su respuesta ante el reclamo del cura no pudo dejarlo más confundido: «estamos de huelga, Padre, las mujeres de la parroquia hemos decidido hacer valer nuestros derechos». ¿Cómo podía ser aquello? ¿Huelga? Pero… ¿huelga de qué?, ¿por qué? El padre no alcanzaba a entender nada. «Simplemente, no vamos a asistir más hasta que se nos permita participar de verdad». Ciertamente, no era la primera vez que las mujeres expresaban su inconformidad con algunas cosas que pasaban en la Iglesia, pero una huelga, eso sí que era nuevo. Al cura le pareció una tontería típica de quien no entiende las cosas, y sin dejarlas siquiera terminar de hablar, trató en vano de convencerlas. Las respuestas que obtuvo no le parecieron ya tan tontas: «Claro que queremos a la Iglesia, pero la Iglesia no parece querernos ni respetarnos a nosotras, y si no, ¿por qué nos excluye?»… «Usted no hace más que repetir. Eso es lo mismo que dicen los obispos –que, de paso, son todos hombres- para justificarse»… «No Padre, con todo respeto, en eso San Pablo actuaba como todos los machistas de su tiempo… Jesús enseñaba otras cosas»… «Y, ¿por qué si decimos que somos una comunidad, no nos tratamos como iguales?». Después de un tiempo, viendo la imposibilidad de lograr su intención, decidió dejarlas a ver cuánto les duraba el cuento. Pasó una semana, sin catequesis, con «misas sin pueblo», antes de que el párroco se decidiera a enfrentar la situación para que las mujeres «se dejaran ya de tonterías». Una y otra vez se repetía lo mismo: «en la Iglesia no hay huelgas»… «Eso es cosa de política, no de religión»… «¿Quién les habrá estado llenando la cabeza con semejantes ideas?». Pero cada vez que él o alguno de los hombres que intentaron ayudarlo a «hacerlas entrar en razón» les decían algo para convencerlas, las mujeres se mostraban firmes como piedras de construcción. Habían pasado horas discutiendo el asunto entre ellas, afinando sus argumentos y convirtiendo la inconformidad en propuesta. La alegría de quien recupera algo perdido había tomado cuerpo a lo largo de aquellos diálogos. Ciertamente, no se iban a dejar vencer sin que se les convenciera: «Nos cansamos… nos cansamos de ser parte de la Iglesia sólo a la hora de limpiar, pero no en el momento de tomar decisiones. De recoger la limosna sin poder decidir en qué se va a gastar. De hacer bulto, de ser siempre sólo ovejas…». El asunto se había convertido en el tema de discusión preferido de todo el barrio. Había quienes aseguraban que aquello era una falta de respeto, que hasta pecado sería; pero tampoco faltaron quienes apoyaran la protesta. Las mujeres consideraron como buen signo el que algunos hombres decidieran sumárseles, y que se permitieran también decir aquello con lo que no estaban de acuerdo: «¿Por qué siempre los curas tienen la última palabra?»… «Si vieran las cosas desde nuestra perspectiva, otro gallo cantaría»… «Sí, siempre terminamos pareciendo un cura sin sotana»… Pensaban que si ellos entendían esta lucha y la hacían suya, entonces también los que dirigen la Iglesia podrían hacerlo. Pensaban. Las propuestas y argumentos de unas y otros fueron enriqueciéndose mutuamente y convirtiéndose en una sola palabra, un mismo sueño que les permitió experimentar un entusiasmo desconocido. Después de 2 semanas, en la soledad vacía de la casa parroquial, tras el tiempo ocioso invertido en tratar de entender el origen de todo, el cura empezó a angustiarse. Lo cierto es que desde el día en que arrancó la huelga la vida de la parroquia no era la misma. No lograba comprender cuál era el problema en dejar las cosas como estaban, como antes, como siempre habían sido y debían seguir siendo, como Dios manda. Preocupado por quedarse sin oficio, le había comunicado la situación al Obispo, pero éste no hizo más que reclamarle su falta de autoridad pastoral, pidiéndole que le mantuviera informado de la situación a través de su secretaria. Pero al párroco la cosa no le parecía tan simple; empezaba a entender que de seguir así, hasta las hostias se le iban a podrir en el sagrario por falta de uso… y decidió llamar a una reunión. El cura lo tenía todo planificado, había preparado sus respuestas, buscado las citas, incluso estaba dispuesto a hacer algunas pequeñas reformas. Pero la comunidad salió al paso a sus argumentos sobre la «incorrecta formación teológica» y el problema de las ideas «demasiado abiertas». Después de haber escuchado lo que el párroco tenía para decir (una interminable lista de artículos del derecho canónico y algunas citas bíblicas), según lo acordado, ellas tomaron la palabra. Una por una le fueron presentando sus quejas y propuestas. El planteamiento lo expusieron las catequistas más veteranas y las jóvenes mejor formadas, lo que no dejó de sorprender al cura; las señoras mayores subrayaban con ejemplos lo que las otras describían en detalle. Aunque algunos de los señores presentes para apoyar al cura no estaban de acuerdo con darles a las mujeres la oportunidad de expresarse, el Padre Carlos sintió que tenía que dejarlas hablar. Era claro que había que escucharlas si no quería que la cosa se alborotara todavía más: «Durante un tiempo creímos que esto iba a cambiar, pero desde hace unos años parece que vamos para atrás; ya ni al altar nos podemos acercar». «A mí lo que más me duele es que se use el nombre de Dios para justificar algo que no está para nada en los Evangelios». «Yo, la verdad, no me siento bien tratada. Es igual que en mi casa…». «Aunque se habla mucho de democracia, nadie puede ni chistar… No hay diálogo sino un monólogo entre varios con un guión escrito desde arriba». El tono sereno y fuerte de quien defiende su dignidad entre la rabia y el dolor acompañó cada palabra, cada gesto. Pero el párroco, sin ser un hombre inteligente, no era tonto. A lo largo de la reunión se repetía para sus adentros los mismos pensamientos que le venían inquietando desde el principio del conflicto: «Aunque en algo pudieran tener razón, yo no tengo mayor cosa que ofrecer a sus exigencias». «¿Qué puedo hacer yo que soy sólo un cura?» No podía dejar de sentir que a él la vida se le había ido en mantenerse y mantener aquello que ahora estaba siendo puesto en duda. Todo esto era algo para lo que simplemente no tenía respuestas… La reunión terminó sin llegar a nada. Ni ésa, ni la siguiente, ni la siguiente. Las mujeres y los hombres de la huelga esperaron, y esperaron, y esperaron. Poco a poco el tiempo y el silencio se encargaron de hacerles entender que nada pasaría. La falta de alegría y compromiso delataba a quienes después de un tiempo decidieron regresar a la parroquia. Algunos se sintieron reconfortados con la vuelta a la normalidad: «La Iglesia sabe lo que hace, por eso se ha mantenido en la historia». Pero la historia se encargó de decir otra cosa. La sensación de pesadez, el olor a guardado, los tonos grises se fueron apoderando del ambiente. Empezando por los más jóvenes, uno a uno se fueron retirando. Pocos años después se decidió el cierre de la capilla. El informe de la diócesis que decretaba su clausura señalaba en letras rojas: «Por la crisis de fe que aqueja a nuestro pueblo, producto del avance de las sectas y de la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas». Hoy sus muros sirven de sede a la casa de la comunidad. Curiosamente, a ella han vuelto mujeres y hombres. Algunos de los rostros ya conocidos y otros nuevos regalan sus risas y preocupaciones en los encuentros en que se comparte la vida, se sueña y hace posible el futuro del barrio, se construyen sentidos y se animan en la fe y en la esperanza. Curiosamente… Almas con olor a cebolla Cecilia COURTOISIE NIN Esta mujer tiene algo especial en las manos. Sus dedos gruesos hablan. Sus uñas negras, los nudillos apenas deformados. La resequedad de la piel. Aprieta el cuchillo entre los dedos y corta la zanahoria casi sin esfuerzo. Pedazos chiquitos para la sopa. Calabaza, puerro, cebolla. Bandejitas de verdura en juliana. Buen día ¿me da una banana? ¿una sola? Sí. Dos pesos. ¿Dos pesos? Por unidad es más caro. Bueno. ¿Algo más va a llevar? No, nada más, gracias. Detrás de la expresión seria, un dolor atrasado. El estómago oprimido se oculta bajo la redondez del cuerpo. Cuerpo cansado. Lento. Lejos quedaron los días de críos en la espalda. De palabras crueles de gente igual, pero con otra vida. Lejos, pero más presente que nunca. Los anhelos se arrancan de los azotes recibidos, los sueños deformados por lágrimas imperceptibles. Inaceptables. El pecho que se incendia con la naturalidad del aire y trasmite en esa fuerza, generación tras generación, el sabio sigilo de la lucha imperecedera. La victoria descalza deja huellas en la planta del pie. La angustia en silencio. El silencio que asume la rabia del otro, la absurda intolerancia. Los huesos sufren, pero se callan. ¡Deja las ciruelas quietas! Gabriel, vigila a tu hermano. ¿Qué le doy, señor? ¿un kilo? Los zapallitos dos kilos cinco pesos. Un kilo, tres. ¡Gabriel, vigila a tu hermano te he dicho! El brócoli se lo dejo dos con cincuenta porque no vino bueno. ¡Quita tu mano de allí te he dicho! ¡Gabriel! El tomate de oferta se ha acabado, tiene esos a cuatro pesos. ¡Gabriel! Muchos siglos esperando la esperanza. Con la esperanza a cuestas se sueña distinto, se lucha distinto, la dignidad es posible. El día empieza mucho antes si se hacen trámites. Filas eternas de personas que acampan, en busca de un sueño deseado por obligación. Dejar de pertenecer para ser de otra parte. Colas inacabables por una identidad legal. Prueba indeleble del exilio. Madrugadas enteras desperdiciadas en un papel. Punto de partida de una aparente vida nueva. Sudamérica, hermanos latinoamericanos. Buenos Aires, la utopía disfrazada de anhelos tangibles. Sábanas limpias, un trabajo digno. ¿Digno de quién? ¡Sudamérica! ¿hermanos latinoamericanos? La Patria Grande. Falta la partida de nacimiento. Pero yo he traído todo. Todo no, le falta la partida legalizada en su país de origen. Pero yo he traído todo lo que me han dicho ustedes. ¿No entiende lo que le digo, señora? Falta la partida legalizada. A ver, ¿de dónde es usted? ¿y tiene familia allá? Bueno, mándeles la partida para que le hagan el trámite y vuelva otro día. Ya vine cinco veces. ¡Le falta la partida, señora! Vuelva otro día, hoy no puedo hacer nada. Otra vez el silencio. Las manos de esta mujer tienen algo. Hablan. Cuentan su historia. Llega a casa cuando la noche está avanzada, con sus hijos de las manos. El más pequeño quizás en brazos. Abierta al reencuentro que la espera puertas adentro, donde todo está en calma. La familia unida, por el exilio, por la historia compartida, por el porvenir que están creando. La familia toda, completa, los que ya están, los que van llegando. La esperanza contenida en los sabores que pasan de mano en mano, hombres y mujeres, núcleo inseparable, inquebrantable. El aroma de los otros que allá están, que son pero no son. Desconocidos de la misma raza, humanos, seres que explotan de vida, de angustia, de anécdotas que son distintas y tan iguales. Rituales que son de todos y que ellos se llevaron a otra parte. Rituales compartidos a la distancia con aquellos que aún luchan en la tierra que los trajo. Pacha al rojo vivo que guarda en frasquitos los vientos huracanados. Puertas adentro el alma se reconstruye, se comprende. Puertas adentro de casa, y del país que una vez fue nuevo. De cara al sol José ARREOLA “El amor, madre, a la Patria No es el amor ridículo a la tierra, Ni a la yerba que pisan nuestras plantas, Es el odio invencible a quien la oprime Es el rencor eterno a quien la ataca.” José Martí. Cabalgarás a contra orden en primera línea. Te llamará el peligro, la osadía, los deseos, la luz eterna. Caerás del caballo, por un golpe extraño, desconocido hasta ahora. Quedarás boca arriba, de cara al sol. Te sentirás convertido en otros pero siendo siempre tú. Cuando repares en el sol, cuando sientas sus rayos en el rostro, intentarás regalarle una sonrisa. Sentirás un breve dolor, un agudo dolor, un sonoro dolor, penetrando como ráfaga en tu carne. Sabrás que eres tú ese mismo que asalta el cuartel Moncada; que eres tú ese que reprime el grito cuando le arrancan los ojos. Te verás viajando a otro país, en casas de seguridad, buscando armas, haciendo preparativos para la libertad. Sentirás el necesario temor cuando desembarcando en tu patria los reciban las balas del tirano deshaciendo casi por completo la expedición, será, apenas, tu sentido de la orientación el que te salve. El calor y la humead de la sierra no te dejarán en paz, las botas estarán pesadas, el fango te llegará hasta el pecho. La sed, la maldita sed, te secará la boca pero no te impedirá saborear la victoria con los tuyos cuando declares que se han ganado el derecho de empezar. Te llenarás de heroísmo los pulmones en Girón. Aunque la disnea te impida respirar y sientas esas contracciones en el torso, tus sueños te llevarán hasta Bolivia. Sentirás lo quemante de una bala en tu pierna, escupirás a un oficial que querrá humillarte, quedarás, después, inmóvil, como en un sueño, sin sentir pero sintiendo, con tu rostro angelical. Llorarás cuando la muerte te bese las barbas y el asma. Te ahogara el calor, ni siquiera las palmas frescas te aliviarán. Todo es un segundo, todo te parecerá una eternidad. Acostado, mirando el cielo, descubrirás verdades en él y en las hojas de los árboles. Escucharás, a la distancia, la entrada de los tanques en Moneda, los disparos, las injurias, el último mensaje de un buen hombre; te llenarán de escupitajos, serás muerto nuevamente en el estadio, junto a otros miles. El sudor recorrerá tu frente, querrás gritar y levantarte, andar en el caballo, cabalgar al infinito, ahogar las penas y la angustia, terminar con la tortura, querrás matar para poder vivir. Serás desaparecido, te buscarán las abuelas, las Madres de Plaza de Mayo, reirás de tan feliz cuando te encuentren. Llorarás inexorablemente. La vista se te irá nublando, poco a poco, sin oportunidad de nada más. Se extinguirá el aire por más que intentes aspirarlo. Todos los dolores de tu tierra se posarán en tu pecho, en tu pierna, en tus brazos, en tus ojos, en tu angustia, en tu ausencia. Sentirás como las fauces de la bestia en que viviste casi se tragan a ese pedazo del mundo, a esa isla hermosa. Sentirás que vuelves a nacer, a vivir, a pelear, a ganar, aunque ya casi no respires, aunque la vista se te nuble. El calor, la sed, el cansancio, se extinguirán, no tendrás más dolor, ni nada. Tus músculos quedarán relajados debajo del uniforme guerrillero que con tanto ahínco y sacrificio te ganaste; quedarán la levita y las antiparras en tu mochila inseparable junto a tu confidente diario de campaña. La sangre brotará de ese orificio hecho por la bala, regará la tierra, le dará vida. Todo se oscurecerá. Caerá el fusil acompañándote, dormirá a tu costado izquierdo. Sabrás que el mundo se te acaba. Que la oscuridad te irá bebiendo. Que la tierra te reclama para ser semilla. Mirarás al infinito, en él observarás lo que soñaste, lo que peleaste. Verás a los tuyos rompiendo las cadenas. Escucharás a Venezuela gritando “yanquis de mierda”; a la indígena Bolivia levantarse, llenarse de júbilo y verdad; a Ecuador decidiendo su destino. Tus ojos mirarán a la América mestiza siendo ella, libre, independiente, soberana. Nadie, José, nadie entenderá porque ahora que la bala te está matando, se te dibuja una sonrisa. Nadie, Martí, nadie, entenderá porque te vas alegre, pese a todo. Nadie, José, nadie, entenderá porque te vas sereno, hermoso. Nadie entenderá que mueres para empezar a vivir eternamente con los pobres de la tierra. Nadie entenderá que te vas contento porque desde Dos Ríos, a instantes de la muerte, tú José, tú Martí, sabías que seríamos para siempre libres. Por eso, tú, José Martí, exhalas, este 19 de mayo de 1895, el último y contento aliento, de cara al sol como soñaste.

¿Qué paso el 2 de Abril de 1982? El 2 de Abril se conmemora el Día del Veterano y de los caídos en la guerra en Malvinas (FERIADO NACIONAL). Desde la Juventud de Pilar de Francisco de Narváez queremos contarle a usted vecino que ocurrió el 2 de Abril de 1982. El 2 de Abril de 1982 se llevó a cabo LA OPERACIÓN ROSARIO. Con el objetivo de tomar las Islas y así poder acelerar las negociaciones diplomáticas con el Reino Unido. Había que romper la hegemonía Británica, antes que se cumplieran los 150 años de gobierno ininterrumpido, de lo contrario luego de eso ya no existiría derecho a reclamo. La “Operación Rosario”, bautizada así en honor a la Virgen del Rosario, comenzó el 28 de marzo cuando se embarcaron en la base Naval de Puerto Belgrano las fuerzas militares cuya misión era recuperar las Malvinas. El contingente naval militar que estaba a cargo del contraalmirante Carlos Busser estaba compuesto por los buques de la Armada Argentina: Buque Rompehielos ARA “Almirante Irizar”, Buque Destructor ARA “Santísima Trinidad” y Buque Multipropósito “Cabo San Antonio”. A las 23.30 hs. del jueves 1° de abril de 1982, alrededor de 60 hombres de la agrupación Buzos Tácticos y Comandos Anfibios desembarcaron hacia la costa en Puerto Enriqueta, al sur de la Bahía de la Anunciación desde el Buque ARA Santísima Trinidad. El segundo gran desembarco se concretó a las 3.45 hs. del viernes 2 de abril cerca del faro San Felipe, donde se destruyó una alarma eléctrica conectada con el cuartel inglés. Ya en suelo malvinense, el destacamento anfibio se dividió en dos grupos: el más numeroso al mando del capitán Guillermo Sánchez Sabarots, el cual comenzó en una larga marcha hacia el cuartel de los Royals Marines en Moody Brook (cuartel principal británico en la isla); el segundo liderado por el capitán Pedro Giachino, buscó la casa del gobernador Rex Hunt. Cuando las tropas argentinas llegaron al aeropuerto se encontraron con la pista cubierta de vehículos, maderas, hierros y grandes trozos de turba, lo cual fue un indicativo de que se aguardaba de alguna manera una ofensiva militar argentina. Allí, en el aeropuerto, tuvo lugar el primer enfrentamiento armado con un grupo de marines que estaban de guardia, quienes fueron rápidamente disuadidos. El equipo del Capitán Sánchez Sabarots llegó a Moody Brook y confirmó que estaba desocupado. Para esa hora se difundía un mensaje en inglés, por la emisora de la isla, en donde se informaba sobre el desembarco argentino y se solicitaba a la población que permaneciera en sus casas. Aproximadamente a las 8.45 hs. hubo un fuerte enfrentamiento en la casa del gobernador de las islas, ya que todos los militares ingleses se replegaron allí por que el Gobernador Hunt se negaba a dialogar con el Contraalmirante Busser. En el enfrentamiento, cae el capitán de corbeta argentino Edgardo Giachino única baja en la operación ya que ingreso a la casa para dialogar con el Gobernador, y fueron heridos de gravedad el Teniente de Fragata Diego García Quiroga y el Cabo Segundo (enfermero) Ernesto Urbina, quien acudió a curar a Giachino. Pero tal como se había ordenado, no se derramó sangre británica. El gobernador Rex Hunt finalmente se rindió, y negoció su entrega a las 9.45 hs. Una hora antes, la Radio Malvinas ya integraba por primera vez en su historia la cadena de LRA Radio Nacional. Tras entregarse y rendir a toda su fuerza, Hunt se negó a darle la mano a Busser y le preguntó por qué tomaban las islas, el militar argentino respondió: “desembarcamos en la misma forma en que ustedes lo hicieron en 1833, y mis órdenes son desalojarlo a usted y a las tropas británicas para restituir el territorio a la soberanía argentina”. Un avión Hércules de la Fuerza Aérea Argentina trasladó a Comodoro Rivadavia al ex gobernador Rex Hunt, su familia y comitiva y a los Royal Marines. Los británicos fueron reembarcados en un Boeing B-707 de la Fuerza Aérea, que despegó de Comodoro Rivadavia a las 23:40 hs., con destino al aeropuerto de Carrasco en la República Oriental del Uruguay. La “Operación Rosario” había terminado en una victoria y las islas Malvinas volvían a la soberanía argentina luego de 150 años de usurpación. La recuperación de las islas sin provocar bajas para los británicos había sido casi una condición que se habían autoimpuesto los militares argentinos. El no derramamiento de sangre inglesa podría facilitar las negociaciones diplomáticas por la soberanía, ya que Argentina le demostraba al mundo que pudo tomar las Islas Malvinas sin matar a ningún soldado inglés.

La casa del árbol olvidado En Palermo hay una casa donde alguna vez salió un árbol de su ventana. Ello dio pie para que naciera una leyenda en aquella zona que se confunde con Villa Crespo Que es una leyenda sino una licencia. Licencia que permite tomar elementos imaginativos que hace transmitir una narración haciéndola pasar por verdades, esa leyenda puede partir o basarse de una realidad. Generalmente pasan de generación en generación y se suprimen o añaden datos. Pues lo que se va a contar es una novel leyenda urbana que escuché de un vecino. Es la historia de un árbol, que alguna vez estuvo en la ventana de una casa del barrio de Palermo, llegando a Villa Crespo; y ahora no está por decisión del propietario que, posiblemente, veía el riesgo de la estructura de su casa. En la avenida Scalabrini Ortiz 1353 hay una casa, hasta hace poco tiempo de su interior salía un árbol, cuyas ramas, en perfecto estado, se elevaban buscando la luz exterior. Enfrente a esa casa, cruzando la avenida, está la parroquia del Perpetuo Socorro, una iglesia de obra inconclusa, por razones presupuestarias o de otra índole nunca llegó a completarle. Aún así al día de hoy continúa dictándose misa. Cuenta la leyenda, que una vez un cura se hizo cargo de la iglesia, le decían el padre Andrés, y su aspiración era completar la obra. El cura aprovechó la amistad de unos vecinos e instaló su cuarto en la casa de ellos, al cual fue invitado a hacerlo, ya que era imposible vivir en el templo en el estado en que se encontraba. La casa donde residía el cura quedaba enfrente a la iglesia, apenas cruzando la avenida Scalabrini Ortíz. La ventana de su cuarto daba a la calle, y entraba mucha luz. Un día una feligrés le regaló un ficus, se lo dio para cuidarlo y cuando estuviera en condiciones la iglesia colocara la planta dentro de la parroquia para alegrar el ambiente. Así hizo el padre Andrés. Tomó la planta y lo llevó a su casa; en su habitación notó que el piso tenía un hueco y éste daba a la tierra. Con sus propias manos armó un macetero y plantó el ficus en el agujero de su habitación. El padre cuidó mucho de la planta, lo regaba todos los días, antes de ponerse a leer. El ambiente era agradable porque entraba la luz necesaria y una humedad del lugar lo ayudaba a mantenerse. Cuentan que el ficus sentía el cariño que propendía el cura, por ello en poco tiempo era una planta fuerte y erguida. Mientras tanto el padre Andrés luchaba para poder culminar la obra de la iglesia. Un día recibe un telegrama en el cual se informa su transferencia a un pueblo del interior. Tenía que luchar contra su deseo de quedarse para continuar con su iglesia o cumplir con el deber que le encomendó la orden eclesiástica. Por supuesto, para él estaba su deber ante todo. El día de su partida, con tristeza el cura se despidió de la planta que tanto quería. El mismo se prometió que cuando termine su misión volvería a la casa para que, una vez culminada las obras de la parroquia, lo traslade a la iglesia que es el lugar donde debe estar, por ello oró para que la obra terminara. Fue así que se marchó. La leyenda cuenta que el pequeño ficus no soportó el alejamiento de su protector y se convirtió en árbol, colándose por la ventana hacia la calle para contemplar la iglesia y esperar allí la vuelta del padre Andrés para que lo llevara a su nuevo hogar. Ese árbol dio camino a la vida para permanecer durante mucho tiempo fuera de los barrotes de la ventana. Finalmente, y no hace mucho, el dueño de la propiedad puso fin a la vida de ficus mandándolo a cortar para así cerrar las ventanas del padre Andrés, quién nunca más volvió. El único rastro de esa leyenda que hay es la foto donde se ve al árbol testimoniando que la vida puede abrirse paso a pesar de los obstáculos. Más allá de lo legendario del relato, cuando pasemos por la iglesia inconclusa, sabremos de una historia donde dice que alguna vez hubo un árbol que esperaba a su protector, para que lo llevara a su hogar. La Casa de los Leones Una leyenda urbana cuenta que un extravagante millonario decide tener animales peculiares en su casa y eso desatará una tragedia en su familia. Barracas, es un barrio del sur de la ciudad que se ha caracterizado en la historia por las barracas en donde se trabajaba las carnes y cueros durante el siglo XIX; también por allí pasaba uno de los caminos más importantes que iban al puerto del riachuelo, la calle larga, hoy bautizado como Montes de Oca. Es el barrio donde en el siglo XX asentaron su fábricas empresas alimenticias como Canale, Bagley y Aguila y hoy copan espacio importantes imprentas del país. Por la avenida Montes de Oca pasan lugares con historias y leyendas, desde la antigua iglesia de Santa Lucía hasta la iglesia de Santa Felicitas, que cuenta la legendaria historia de Felicitas Guerrero. También una importante institución alberga esa avenida, se trata de la ex casa cuna y actual Hospital de Niños “Pedro Elizalde”. Si bien la leyenda de Felicitas es la más conocida, en ese mismo barrio se encuentra una casa con una leyenda menos conocida pero no menos apasionante. Estamos hablando de la casa de los leones. Una casa de estilo francés que queda a la altura 100 de la avenida Montes de Oca, justamente al lado del Hospital. Esa casa fue adquirida por Eustoquio Díaz Vélez, uno de los hombres más ricos de mediados y fines del siglo XIX. Su fortuna era comparable a los Anchorena, los Alazaga, los Guerrero y otras familias encumbradas de la ciudad. La fortuna de Díaz Vélez radicaba principalmente en las grandes extensiones de tierras que tenía en las costas del sur de la provincia de Buenos Aires, sus estancias y actividad ganadera le redituaban importantes ingresos que lo colocaban en las altas esferas de la sociedad porteña. La ciudad de Necochea y sus alrededores se encuentra en esas tierras que pertenecieron a su familia y las donaron para fundar ese partido costero. Aún así, el estanciero contaba con muchas hectáreas para continuar con el comercio. Si bien este hombre era muy conocido en la ciudad, quién llevó el apellido a la historia argentina fue su padre, el general Eustoquio Díaz Vélez; este hombre luchó en las invasiones inglesas y en las guerras de la independencia que le valió ascensos hasta llegar a ser el segundo del general Manuel Belgrano en el ejército del norte. El general Díaz Vélez tiene también el alto honor de haber sido quién sostuvo la bandera Argentina mientras Belgrano le juraba fidelidad. Y fue este general quién supo adquirir, en buena ley y mediante actos de comercio, la gran cantidad de hectáreas en el sur de la provincia que fueran heredadas por sus hijos y otra parte donada para la fundación del partido de Necochea. Eustoquio hijo, supo aprovechar la fortuna heredada e hizo crecer la misma en forma hábil y sostenida. Sin embargo, este hombre millonario era muy extravagante, y ello es el tema que nos lleva a hablar de la leyenda de la Casa de los Leones. En el año 1880, Díaz Vélez decidió vivir en el barrio de Barracas, más precisamente en la calle larga. Para ello adquirió una mansión de estilo francés, adujo que él viajaba constantemente a sus estancias en el sur; y esa casa era una de las más cercanas al puente Gálvez –hoy puente Pueyrredón-, el único que cruzaba el riachuelo. Por otro lado, en esa época ese barrio se caracterizaba por albergar importantes casas-quintas, pocos años antes y a pocas cuadras fue donde ocurrió la tragedia de Felicitas Guerrero. Eustoquio Díaz Vélez además de terrateniente también fue dos veces presidente del club El Progreso, un ambiente de elite donde los políticos, ciudadanos y empresarios de importancia se reunían para hacer sociales para que surgieran importantes negocios y se tomaran decisiones políticas para el país. Estuvo casado con Josefa Cano Díaz Vélez, quién era sobrina de él ya que era hija de una hermana suya. Y con ella tuvo hijos que luego, cuando heredaran la gran casona, la transformaron dándole un estilo más europeo con amplias mansardas en la parte superior. El jardín lo dejaron intacto como lo diagramó su padre. Hemos dicho que este hombre era un millonario extravagante, y así fue, su casa estaba muy alejada del centro y temía que por la noche algunos moradores entraran para robar; si bien lo común era abastecerse de perros guardianes, Díaz Vélez sentía pasión por los leones, es por ello que mandó a traer tres de estos felinos africanos para que cuiden el hogar. Los animales estaban sueltos por el jardín por la noche y durante el día de los dejaba en jaulas que estaban debajo de la casa pero se ingresaban por una escalera exterior. Cuando había eventos nocturnos en la mansión, los leones quedaban en sus jaulas para que no ocurriera ningún accidente con los invitados. Una de las hijas de Díaz Vélez se enamoró de un joven que también pertenecía a una familia de estancieros. Los dos estaban tan enamorados que decidieron comprometerse. El padre estaba muy feliz con la novedad, no solo porque compartían la misma actividad económica, sino también porque conoce a la familia del pretendiente y eran amigos desde hace tiempo. Era costumbre de la época que las fiestas de compromiso se organizaran en la casa de la novia; por ello don Eustoquio se encargó personalmente de los preparativos del evento. Era su primera hija en casarse y quería hacer una gran fiesta, invitó a todos los socios del club, también a muchas familias del barrio y a sus conocidos de todos los rincones de la ciudad. No solo eso, también mandó a traer a todos los capataces y peones de sus estancias, pues quería compartir con ellos su felicidad; además siempre sostuvo que los trabajadores de sus campos participaron en la crianza de su hija, no podía dejarlos afuera. Para ello, los albergó en un importante hotel en el barrio de Constitución. Llegó la noche y las mesas estaban sobre el jardín, era una noche clara de tiempo templado, como suele ser en los primeros meses del año. Una orquesta amenizaba la fiesta con música de fondo. En la entrada a la mansión se encontraban don Eustoquio y doña Josefa para recibir a los invitados. Como era costumbre, los leones estaban encerrados en sus jaulas, no podía dejar a los invitados a merced de la voluntad de estos felinos. Sin embargo, un error humano, dejó una jaula mal cerrada; el león movió la puerta y ésta se abrió posibilitando la huida del animal. La fiesta era monumental y había tanto jolgorio que nadie se percató del escape del león. De hecho el animal salió con mucho sigilo del lugar logran eludir las seguridades del lugar. La música y tertulias fue interrumpida por el novio, quién solicitó la atención de todo el público presente. Agradeció a todos su presencia e invitó a su amada a acercarse a quien le pidió matrimonio y le entregó un anillo en muestra de su amor. La alegría de ambos pretendientes era de tal magnitud que contagió a los invitados y plasmaron en un gran aplauso el compromiso, el padre de la novia fue uno de los que profería mayor plausibilidad por la felicidad que sentía al ver el acontecimiento. Es en ese instante, el león sale de uno pequeños matorrales que había en la medianera de la casa para abalanzarse sobre el novio. Mientras el hombre luchaba contra el gigantesco animal y gritaba de desesperación, su novia y los invitados miraban consternados el suceso. Nadie sabía cómo reaccionar, solo las mujeres atinaban a gritar, pues quien iba a imaginar que en las costas del Río de la Plata alguien podía ser atacado por un león. Don Eustoquio fue quien reaccionó rápidamente. Se dirigió a su despacho y tomó una escopeta que utiliza para cazar animales en el campo. La cargó y desde la ventana apuntó y con mucha certeza derribó al animal, matándolo en el acto. Era tarde, el novio yacía destripado y muerto en el jardín víctima de las garras y colmillos del león. La fiesta pues, había terminado en tragedia. La policía y los médicos llegaron inmediatamente, lo galenos nada pudieron hacer por el hombre, si uno observaba el descuartizamiento, sabría que era imposible que estuviera vivo. La familia del novio culpó a don Eustaquio por su muerte, ya que no entendía cómo podían tener en su casa animales salvajes y carnívoros. Pero para desgracia del dueño de la casa, no eran ellos solamente quienes lo culpaban de lo sucedido. Su hija también lo encaró y lo maldijo, ella quedó con el corazón destrozado, pues el único hombre que había amado fue muerto por uno de los animales de su padre. La tragedia de la familia de don Eustoquio se profundiza más cuando la joven Díaz Vélez decide quitarse la vida porque no soportaba más convivir con el dolor de haber perdido a su amado. Luego de enterrarla, don Eustoquio cae en una profunda depresión; no visita más sus estancias como solía hacerlo y se encierra en su cuarto pasando la mayor parte de los días allí. Algunos cuentan que –en un estado de locura- el hombre decide sacrificar a los leones para recuperar a su hija. Pero la pasión por estos animales continuaba en Díaz Vélez, por ello decide hacer monumentos de los leones y colocarlos en el jardín. La extravagancia llega a tal punto, que una de las estatuas es un león atacando a un hombre que lucha contra las fauces del animal. Esa escena hace suponer que representa el ataque al pretendiente de la hija de Díaz Vélez. La casa continúa en la avenida Montes de Oca al 100, y también las estatuas. Hoy allí funciona la asociación VITRA –Fundación para Vivienda y Trabajo para le Lisiado Grave-. Los huéspedes del lugar cuentan que por las noches escuchan gritos y llantos, los que conocen la historia dicen que los gritos pertenecen al novio y los llantos a la novia. Es así que al día de hoy, la casa de los leones despierta la curiosidad de los transeúntes por la historia que despiertan los leones que posan en el jardín de lo que fue la casa de Eustoquio Díaz Vélez. La casa de la palmera Esta es la tenebrosa leyenda de una familia del barrio de Balvanera que vivió a escasos metros del Congreso Nacional Una misteriosa y macabra leyenda engloba a la familia que vivió en la casa de Riobamba al 100 –a escasos metros del Congreso Nacional- a fines del siglo pasado. La casa tiene una prominente palmera en su frente que cubre la casa, por ello es conocida como la casa de la Palmera. Si bien algunos dicen que la casa inspiró a Julio Cortázar para su libro “Casa Tomada”, lo cierto es que conocedores del escritor niegan rotundamente la versión. La tenebrosa historia comienza a fines del siglo pasado, donde en Buenos Aires había una viuda llamada Catalina Espinosa de Galcerán, su esposo -el Dr. Galcerán- era un médico muy reconocido en la ciudad, murió durante la fiebre amarilla de 1871 mientras ayudaba a los enfermos. La viuda compró la casa, le gustó el estilo de petit hotel francés, que aquella época era inusual, y sin dudarlo la adquirió. Su interés principal era de tener una casa grande porque tenía seis hijos, cinco varones y una mujer. Catalina era una mujer millonaria que contaba con fortunas heredaras de sus padres y con la fortuna de su difunto esposo, quién también le dejó una considerable pensión por sus heroicos actos durante la fiebre amarilla. Sus hijos no tuvieron necesidades, por ello pudieron dedicarse a sus estudios sin necesidad de trabajar. Todos terminaron su carrera profesional, había un médico, un ingeniero, un abogado, un escribano y un arquitecto. También estaba la única mujer cuyo nombre es Elisa. Ella era muy religiosa, a tal punto, que iba a misa todos los días y siempre iba a un taller de biblia que se daba en la parroquia de Nuestra Señora de Balvanera, a escasas cuadras de su casa. Además ella era una persona muy aplicada, muy estudiosa y muy trabajadora, allá por el año 1909 terminó su carrera de taquígrafa. Cuentan que cuando llegó a la puerta de su casa, Elisa antes de ingresar giro su cabeza y fijó su mirada en un palacio inaugurado hace tres años atrás que estaba a 100 metros de su propiedad. Era el Congreso Nacional y sin dudarlo se dirigió allí para solicitar trabajo; la providencia hizo que justo estuvieran buscando taquígrafas para cubrir vacantes y por ser tenaz se lo habían dado. Elisa cuando ingresó a su casa no solo anunció que se recibió sino que al día siguiente iba a trabajar de taquígrafa en el Senado de la Nación. Catalina estaba muy orgullosa de ella, sentía que la había educado bien, era religiosa practicante, estudiosa y trabajadora. No sentía lo mismo por sus hijos varones. Si bien ellos obtuvieron un título universitario, nunca les interesó trabajar. Los cinco varones Galcerán, siendo mayores de edad, recibieron su parte de la herencia del padre. La parte de cada uno era una considerable fortuna que les permitía vivir holgadamente. A Elisa, le molestaba que ellos no trabajaran, no por el dinero sino por la dignidad de la familia. Sin embargo no era eso lo que más irritaba a la única mujer Galcerán. La vida libertina de sus hermanos iba en contra de sus propias creencias y de lo que su madre siempre trató de inculcar. Además de no ir a misa como pregonaba la progenitora, algunos se consideraban ateo. Elisa no podía tolerarlo. Ya anciana, la muerte le llegó a la pobre Catalina poco años después del centenario de la República. Habían quedado los hermanos sin su madre. Ninguno de los varones tenía intención de dejar la vivienda, no querían tener que hacerse cargo solo de una casa. Fue Elisa, como única mujer, que se encargó de las tareas domesticas y administrativas del hogar, distribuyendo su tiempo con el trabajo en el Senado. Los hermanos siempre traían mujeres de vida fácil a la casa y, a veces, hacían fiestas que terminaban a la madrugada. Elisa, esas noches se encerraba en su habitación rezando e implorando a Dios que cambien la forma de vida de sus hermanos. Además de mujeriegos, sus hermanos eran deportistas, por ello siempre Elisa tenía que preocuparse que el servicio doméstico limpiara las ropas de ellos y las coloquen en el armario correspondiente. Si la empleada se equivocada de ropa, quién recibía la reprimenda era Elisa, lo mismo sucedía si la comida no estaba bien o no era lo que querían comer. Los hermanos Galcerán amaban mucho a su madre, a tal punto, que luego de que ella falleciera, decidieron clausurar el cuarto y dejarlo como estaba sin tocar absolutamente nada, como una suerte de museo pero sin visitantes. Años después de la muerte de Catalina, una serie de hechos comenzó a desencadenarse y afectaría a los habitantes de la casa de la Palmera. Un día uno de sus hermanos falleció repentinamente mientras desarrollaba un partido de tenis con sus amigos. La causa, un infarto que provocó la muerte súbita. Luego del entierro, y al llegar la noche los hermanos se encontraban en el living principal de la casa descansando de un día exhausto por las visitas de pesar que habían recibido todo el día. La hermana de ellos habló y dijo que así como se clausuró el cuarto de la madre para preservar su memoria, se hiciera lo mismo con el cuarto de su hermano. Ellos, tristes y acongojados por la repentina partida de un querido miembro de la familia, asintieron con su cabeza. Lo único que llamó la atención es que Elisa no manifestaba ni el más mínimo sentimiento de dolor; así fue a cerrar la puerta del cuarto de su hermano para siempre se dirigió a su aposento para meterse en la cama a dormir. Más aún, a la mañana siguiente fue a trabajar como si fuera un día cualquiera. Meses después otro hecho iba a enlutar a la familia, uno de los hermanos de Elisa estaba disfrutando un día de sol en el Yatch Club Argentino con una amiga, luego de unos tragos en el bar, estando totalmente ebrio se dirigió a su velero para salir a pasear por el río. Mientras subía a la embarcación tropezó y cayó al agua, la mala suerte hizo que en la caída llevara consigo una soga de amarre, ésta lo enredó y murió ahogado. La misma escena se había repetido, salutaciones de condolencias y Elisa cerrando la puerta del cuarto definitivamente. Sus hermanos seguían acongojados y Elisa continuaba con sus quehaceres. Al año siguiente, otro de sus hermanos muere en un accidente automovilístico; sus hermanos no podía soportar que hayan perdido a otro ser querido y Elisa seguía clausurando cuartos. Tiempo después, el libertinaje seguía con sus dos hermanos y Elisa ya sentía odio y rencor por la forma de vida que ellos llevaban; sin embargo todos querían la casa y nadie se quería ir, eso los obligaba a convivir en el mismo espacio. Uno de sus hermanos salió de juerga como muchas noches; estaba con sus amigos en lo de Hansen, un lugar de bar y baile de tango en la esquina de Figueroa Alcorta y Av. Sarmiento que en aquella época rondaban malevos, chicas fáciles y “niños bien” –como se les decía- que buscaban mujeres y alcohol. Estando ebrio, el hermano de Elisa se enfrentó por una mujer con uno de los malevos más peligrosos del lugar. En la pelea, un cuchillo atraviesó el estómago de Galcerán provocando su muerte. El único hermano varón que quedaba vivo era el médico, quién por las noches tenía una aventura con una de las mucamas de la casa. Los cuartos de la sirvienta quedaban en la planta baja detrás de la cocina; cada una de ellas tenía su propia habitación, si bien era pequeña le daba privacidad. Por las noches, cuando todos dormían, él acostumbraba a bajar para ir a la habitación de ella a tener noches de pasión. Elisa se daba cuenta de ello y despertaba más su ira, pero tenía que guardársela porque él era un hombre mayor y no podía impedírselo. La noche posterior al entierro, en un clima frío de invierno, hubo una fuerte discusión entre su hermano sobreviviente y Elisa. El médico le recriminó su frialdad, y hasta le sugirió que sospechaba que ella tenía algo que ver con las muertes de sus hermanos. Ella, luego de quedarse mucho tiempo callada, espetó un grito y en voz alta le dijo todo lo que sentía. Elisa le había dicho que era una ridiculez pensar que ella tenía que ver con esas muertes; le recriminó que se hayan alejado de Dios y que si murieron eran porque se lo merecían para rendir cuentas antes el señor. Su hermano no podía creer lo que escuchaba, le dijo que era una mala hermana, que la frialdad que tiene la hace mala persona y que por ello siempre estuvo y estará sola, nunca un hombre se iba a fijar en una persona con tanto resentimiento. Al decir esto el hombre subió a su habitación y con un fuerte portazo se encerró. A la mañana siguiente, Elisa ingresa a la comisaría del barrio para denunciar que su hermano yacía muerto junto con la mucama en la habitación de la empleada doméstica. Luego de la denuncia la policía llega a la casa de la palmera e ingresa a la habitación. Allí se encontraban Galcerán y la mucama muertos en la cama desnudos. Lo que llamó la atención a los investigadores es que encontraron un brasero en la habitación. Si bien aquella noche hacía mucho frío, y en aquella época era común calentar los ambientes con braseros, dormir con uno de ellos en el cuarto cerrado es peligroso porque cortan el oxigeno y asfixian a quienes se encuentran en la habitación. Esto debía saberlo Galcerán porque era médico. Las sospechas recayeron en Elisa cuando las empleadas contaron los gritos que escucharon la noche anterior proveniente del living de la casa, adjudicando las voces a los hermanos Galcerán. La policía no encontró ninguna prueba que sindicara directamente a la única sobreviviente, por eso se archivó la investigación. Elisa echó a las empleadas que la habían denunciado y empezó a vivir sola. Durante muchos años, ella iba a su trabajo, luego hacía las compras y después se encerraba en su casa. En los años que ella vivió sola nunca nadie entró a la casa de la Palmera. Si bien tuvo una vida de ostracismo en el barrio nunca vieron algo sospechoso de ella; de hecho cuando se relacionaba con los demás era muy amable. Han pasado cuarenta años de la muerte de su último hermano. Elisa todos los días de su vida iba a las misas en la parroquia de Nuestra Señora de Balvanera, si un día faltaba la llamaban por teléfono y ella confirmaba que estaba enferma, luego se reponía y recuperaba las misas perdidas yendo más de una vez por día. Aquel día no asistió a la misa y tampoco atendió el teléfono; el párroco decidió ingresar a la casa con un feligrés médico para constatar que estuviera bien. Al ingresar a la casa el cuadro era espeluznante, todo estaba oscuro y no funcionaban las luces, luego de llamarla observan la puerta que va al sótano abierta y se dirigen allí. Un tragaluz iluminaba el lugar. Estaba amoblado como una habitación, y en la cama yacía Elisa muerta, su cansado corazón dejó de latir. La policía se dirigió al lugar y luego de sacar el cuerpo de Elisa, observaron que en el sótano estaban todos los muebles de la mujer que pertenecía a su cuarto. Su cama, su mesa de luz, su rosario, su biblia, su espejo y mesa y un pupitre para arrodillarse y rezar. Evidentemente había armado su habitación allí. Luego deciden subir y se encontraron con escaleras estaban llenas de polvo y telarañas; de los cuartos clausurados salían olor a pestilencia y ratas. Las habitaciones de la madre de Elisa y de sus hermanos estaban intactas aunque muy sucios por el paso de los años; mientras que la habitación de Elisa estaba totalmente vacía. Lo que más llamó la atención es que la capa de polvo en las escaleras y los pisos superiores eran de un considerable grosor y no había huellas, a esto se suma el olor y las ratas muertas que había en el lugar. Los investigadores concluyeron que Elisa no había subido por muchos años a los pisos superiores. Algunos dicen que luego de clausurar la habitación de su último hermano, Elisa decide trasladar los muebles de su habitación al sótano y vivir allí. Desde ese día nunca más subió a la planta alta. De hecho su vida se pasaba en el trabajo, la parroquia y el sótano. En ningún lugar más. Por muchos años la casa estuvo cerrada, luego allí funcionó una escuela y, al día de hoy allí funciona el Instituto del Pensamiento Socialista. La leyenda cuenta que todo hombre que haya tenido una vida de ocio, libertina y sea mujeriego experimentará fuertes dolores estomacales al momento de ingresar a la casa; esos dolores se agravarán aún más y lo dejará postrado en la cama por varios días con un cuadro de gastroenteritis o una infección al colon. Eso sucede porque ronda en la casa el espíritu de Elisa para castigarlos. La Torre del Fantasma El barrio de la Boca es conocido por el fútbol y los inmigrantes, pero guarda una vieja leyenda llena de misterio de principios del siglo XX. Las grandes ciudades del mundo tienen sus leyendas y fantasmas, y Buenos Aires no escapa a ello, una ciudad llena de historia y misterios no podía dejar de tener sus fantasmas. En el sur de la ciudad de Buenos Aires, en la boca del riachuelo se encuentra un barrio de inmigrantes y fútbol, es el barrio de la Boca, con sus faroles, tango y paseos. En la avenida principal aparece una casa con una torre cuya historia es por demás misteriosa. La torre es objeto de una leyenda peculiar alimentada por muchos años de boca en boca por los vecinos del lugar. En pleno corazón de la Boca, sobre las intersecciones de la avenida Almirante Brown y las calles Wenceslao Villafañe y Benito Pérez Galdós un antiguo edificio construido sobre un perímetro trapezoidal llama la atención; especialmente porque tiene la primer apariencia es un pequeño castillito del cual sobresale una torre parecida a las tradiciones fichas de ajedrez. La historia de ese antiguo edificio comienza a mediados de la década de 1910, en esa época, en el centro de la ciudad de Buenos Aires, residía una poderosa estanciera llamada María Luisa Auvert Aurnaud. Ella vivía en un pequeño palacete de la ciudad, pero distribuía su tiempo con su estancia en la localidad de Rauch, provincia de Buenos Aires. La estancia estaba compuesto por miles de hectáreas de campo, por ello, la actividad agrícola le redituaba muchas ganancias, es así que la señora Auvert Aurnaud era una de las personas más ricas de la ciudad. Su apellido francés sugiere que su familia vivía por aquella zona francesa, pero en realidad, sus padres y abuelos provenían de una localidad de Catalunya, España, en los Pirineos fronterizo con Francia. Es común que por esos lugares los habitantes tuvieran apellido de origen francés. La señora Auvert era una persona muy ambiciosa, y gustaba de acrecentar su fortuna haciendo negocios. Un día, un hombre de negocios le ofreció un terreno en la boca, este señor le sugirió invertir en construcciones ya que el barrio estaba creciendo por el contante ingreso y afincamiento de inmigrantes que se daba en el lugar. Pues parece que la señora entendió el negocio, ya que compró un terreno sobre la avenida principal con el objeto de construir una vivienda colectiva y probar si los negocios inmobiliarios allí reditúan mucho dinero. De ser exitoso el emprendimiento ella continuría con otro más. Una vez adquirido el terreno la señora contrata los servicios del arquitecto catalán Guillermo Álvarez. Ella siempre añoraba la Catalunya de su familia, por eso le encomendó al arquitecto la construcción de un edificio que tuvieron un estilo de aquel lugar. Es así como construyó una vivienda colectica de estilo catalán moderno. La señora no solo quería una construcción de Catalunya, también quería amoblarlo y adornar el edificio con objetos de ese lugar. Es por ello que trajo muebles y plantas de aquella zona ibérica. Una vez terminado el edificio, la propietaria quedó tan maravillada con la construcción que decidió irse a vivir allí y dejar a un lado el negocio de rentar sus habitaciones. Así es como dejó su palacete del centro de la ciudad y llevó sus cosas y los sirvientes al edificio de la avenida Almirante Brown. La señora Auvert no solo amobló el edificio, sino que en todos los balcones puso plantas exóticas de Cataluña que mandó a traer especialmente para su nuevo hogar. Entre las plantas aparecieron uno hongos característicos de España llamados Setas, algunas especies son comestibles y otras son alucinógenas. Luego de un año de vivir en el edificio, la señora Auvert y sus sirvientes abandonaron en silencio y misteriosamente el lugar, durante el año de estadía vecinos del lugar afirmaban escuchar gritos de sustos que partían de la mujer o de uno de los sirvientes; finalmente hubo un grito categórico de la propietaria que decía “me voy, este lugar no lo piso más”. Finalmente fue a vivir al campo en Rauch y nunca más se supo de ella. Auvert en su rauda partida, dejó encargado la venta del edificio a una inmobiliaria de la zona, quién dividió en departamentos la estructura e hizo de ella una vivienda colectiva de renta. Es así como la casa de la torre tuvo nuevos inquilinos. La mayoría de los que vivían allí era inmigrantes o artistas, ya que tenía un estilo bohemio para la época. En el barrio de la boca han surgido artistas brillantes de la cultura porteña como es el caso de Benito Quinquela Martín. El último piso del edificio era habitado por Clementina, una pintora de estilo clásico que armó su atelier en el piso superior de su departamento, es decir en la torre sobresaliente de la casa. Era una mujer hermosa, de larga cabellera, alegre y muy querida por el barrio. Ella se pasaba todo el día en el atelier. Tenía la costumbre de ir por las tardes a tomar un café al bar que quedaba enfrente y se podía quedar horas leyendo un libro. Cuentan que los transeúntes no podían dejar de admirar en la ventana su belleza, más cuando se la veía pasible tomando su café. Clementina además de pintar, estaba estudiando historia de las artes en la Facultad. Ella vino de Venado Tuerto, su padre era un estanciero que pagaba la vivienda en Buenos Aires y sus estudios; quería que su hija estudiara lo que ella deseara pero en una buena universidad, y en Buenos Aires estaban las mejores. Era una mujer de muchos amigos, cada tanto armaba encuentros de artistas en su casa. Un día, en uno de aquellos encuentros una periodista de nombre Eleonora quería hacerle un reportaje; ella ya era una pintora conocida en el ambiente artístico, varios de sus cuadros fueron exhibidos en importantes eventos y galerías de la ciudad. Por ello la reportera quería conocer su carrera y su trabajo. Clementina y Eleonora subieron al atelier, allí se encontraban colgados sus cuadros terminados y había alguno en elaboración. Entraba una luz de primavera agradable que dejaba observar las pinturas en su esplendor. Mientras hablaban la periodista tomaba fotos de las pinturas, pues quería acompañar la nota con fotografías del arte de Clementina. En los días posteriores a la entrevistas se empieza a desencadenar una serie de hechos misteriosos, una noche extraño suceso ocurrió, los vecinos escucharon gritos que provenían de la torre; pero esto no terminaba allí, Clementina se arrojó al vació provocando la muerte cuando su cuerpo impactó en el duro cemento de la vereda. El barrio quedó impactado por el suceso, no encontraban motivo para semejante determinación, era una mujer alegre y con futuro, de hecho sus amigos cuentan que ella estaba muy entusiasmada con el último cuadro que estaba por terminar porque iba a ser la estrella de su próxima exposición. Se trata de un cuadro que tardó años en pintarlo pero iba a ser la gran obra de su vida. Los misterios continúan; Eleonora recibe las fotografías que mandó a revelar sobre las pinturas de Clementina. Para su sorpresa, en una de ellas, específicamente en la fotografía del cuadro que estaba por terminar observa tres duendes; estos gnomos no estaban en el cuadro al momento de ser fotografiado, eso llamó mucho su atención. Fue así que la periodista tomó la iniciativa de investigar la muerte de Clementina a pesar aunque para la justicia se tratara de un suicidio. Indagando a los vecinos se topó con el dato de que la antigua dueña del lugar abandonó imprevistamente el edificio y nunca más se la vio, se fue en forma misteriosa. Por supuesto se trataba de Auvert; la periodista recibe los datos del paradero y se informa de que ella se encuentra recluida en Rauch. Antes de llegar a aquella localidad bonaerense, Eleonora había concertado previamente una cita telefónicamente con la señora Auvert, en esa época no era común que hubiera teléfonos en la estancia, por eso la comunicación se realizó a la cooperativa de Rauch, donde se pasó el recado y la repuesta había sido positiva. Eleonora bajó del tren y esperó que la buscaran en la estación del pueblo, un automóvil llegó y la llevó a la estancia, durante el viaje el chofer le indicaba que la señora Auvert la iba esperar en el jardín de la casa. Al llegar, la periodista observaba el casco de la estancia. Era una casa señorial, de muchas habitaciones, la construcción era de un estilo Tudor. En el jardín había una mesa blanca con sillas, en una de ellas estaba sentada la dueña esperando a la invitada. Como buena anfitriona le ofrece tomar un té a la que Eleonora accede, luego de los saludos de rigor se inicia la entrevista. Auvert pregunta a Eleonora si creía en duendes, a lo que ella responde negativamente. Allí comienza a narrar una antiquísima leyenda de Cataluña, la cual dice que en los bosques de los Pirineos viven los follets, unos pequeños duendes que siempre duermen en los hongos de las setas. Estos duendes, científicamente fueron asociados con los efectos alucinógenos de las setas, hongos que pueden a veces ser venenosos, pero otros dicen que existen en realidad. Los follets pueden ser muy colaboradores, pueden ayudar a las personas en sus trabajos o quehaceres, pero si se los alteran pueden ser de los más traviesos y no tienen límites. La señora Auvert contó que mientras vivía con los duendes, estos personajes colaboraban con los sirvientes, un día, uno de ellos quiso propasarse con una sirvienta y cuando uno de los mucamos tomó de él y lo arrojó a la pared para apartarla de ella el duende enfureció tanto que la casa comenzó a ser un infierno. No solo vivía desordenada, los muebles se caían, las patas de las sillas y las mesas aparecían cortadas, sino que también los cuchillos volaban y se incrustaban en la pared, poniendo en peligro la vida de sus habitantes. Fue así que Auvert decidió deshacerse del edificio del barrio de La Boca e instalarse en su apacible campo de Rauch con sus sirvientes. Nunca contaron la historia ella ni los sirvientes porque era conciente de que no le iban a creer y la podían tomar por loca. La señora era muy inteligente y sabía que si la tomaban por loca podrían declarar insana y no administraría nunca más sus bienes. Eleonora se retira de la estancia para volver a Buenos Aires, pero no ha podido descubrir nada nuevo, solo una vieja leyenda de la cual por supuesto no creyó. La periodista abandonó la investigación, antes de irse juró a la señora Auvert no contar la historia para que no crean que la rica señora de la estancia de Rauch no estaba en sus cabales. Es así como el misterio de Clementina alimentó la leyenda de la Torre del fantasma; algunos dicen que al ser fotografiados los duendes se enojaron tanto que no dejaron nunca que la pintora terminara su obra magistral; le escondían los elementos de pintura y, a veces, encontraba manchas sobre la tela del futuro cuadro. La frustración fue tan grande que sin pensarlo se arrojó al vacío y así terminar con su vida. Otros dan una versión más macabra; cuentan que el enojo y el resentimiento de los duendes sobre las mujeres hermosas, por no poder tomar a aquella sirvienta, era tan grande, y, sumado a que han sido fotografiados, poniéndolo molestos, directamente empujaron a Clementina al vacío o, al menos, instigaron su suicidio. Lo cierto es que en la actualidad los habitantes del edificio del barrio de la Boca dicen escuchar por la noche los pasos de una persona en la torre. También denuncian que les desaparecen cosas que nunca más vuelven a aparecer o son encontrados años más tarde en otro lugar. El cuadro no terminado de Clementina es uno de los objetos desaparecidos y, cuenta la leyenda, que los pasos que se escuchan en la torre son los que el fantasma de ella hace recreando su carrera al vacío; la única manera de terminar con los maleficios es encontrar el cuadro escondido y darle una pintada final para que la agonía del fantasma finalice. Los cuentos de fantasmas en la ciudad de Buenos Aires son diversos y forman parte del encanto de la ciudad. La leyenda de la Torre del Fantasma es una más, habla de una pintora y su cuadro eternamente inconcluso. Los cambios de la Casa Rosada El fuerte es el primer antecedente de la casa de gobierno, si bien en la época colonial estaba el Cabildo, en el solar donde se ubica la actual Casa Rosada existía un fuerte con un gran terraplén en la barranca de la costa que lo protegía de cualquier agresión –recordemos que en la época colonial era común en las grandes ciudades costeras que se construyera un fuerte con una gran muralla en la costa para protegerse de cualquier ataque naval-. Es en ese fuerte, donde en el siglo XIX residían las autoridades. Detrás de ese fuerte estaba la barranca del Río de la Plata, donde hoy es Leandro N. Alem y Paseo Colón era el inicio del Río. Valer decir que en lo que hoy es Puerto Madero no existía ni siquiera las tierras que sostienen sus cimientos, era todo agua. Sobre el Río y detrás del fuerte se construye una importante estructura semicircular que pasará a ser la Aduana de Taylor. Como el calado del puerto era muy bajo, los grandes barcos no podían llegar a la costa; es por ello que de la Aduana salía hacia el Río un muelle de trescientos metros para transportar la mercadería que se bajaba de los buques. A mediados del siglo XIX se construye al lado de fuerte la oficina de Correos, un importante edificio de estilo francés que se ubicaría sobre la actual calle Hipólito Yrigoyen y enfrente a la Plaza de Mayo. Tiempo más adelante el fuerte es derrumbado y en su lugar se construye la casa de gobierno que estaría al lado de la oficina de Correos separado por una calle que comunica la plaza de Mayo con la Aduana Taylor. El presidente Julio A. Roca observó que la oficina de Correos era más grande que la casa de gobierno, por ello decidió mudar aquella oficina a otro lugar y, en donde estaba la calle que separaba los dos edificios construyó un gran arco central unificándolos y así quedó creada definitivamente la actual Casa Rosada. El destino de la aduana Taylor no fue auspicioso, en la última década del siglo XIX se decidió derrumbar una parte y enterrar la estructura sobrante para crear Puerto Madero. Actualmente los restos de la Aduana Taylor se encuentran enterrados en la plaza Colón, donde lo único que ha quedado al aire libre es el patio de maniobras. Si se observa bien el frente de la Casa Rosada podrán notar que ambas alas no son armónicas, pues eso sucede porque originalmente fueron dos edificios independientes que luego fueron unificados.