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Usuario (Argentina)

Hola, esta es una compilación de 3 cuentos de terror que copié de la siguiente web: www.666cuentosdeterror.com, espero que les guste!! Un cuento de terror en el hospital: LA COLA DEL DIABLO EN EL HOSPITAL las horas se sucedían muy lentamente, sobre todo en el turno de noche, y las enfermeras tenían la costumbre de contarse historias entre ellas, de todo tipo: divertidas, dramáticas, de terror y de amor. Pero eran las historias de terror las que preferían las novatas. Una vez, una de las enfermeras más viejas, Mercedes, durante una noche contó lo siguiente: “Hace mucho tiempo, en la década de los setenta, tuvimos como paciente a un anciano de unos ochenta años, el señor Moore, que llegó al hospital con un cuadro agudo de peritonitis. Lo operaron de urgencia y en esa misma operación descubrieron que sus tripas estaban carcomidas por el cáncer. Los doctores cerraron la herida y luego lo pusieron en la sala del pabellón tres, donde generalmente van a parar los pacientes que ya no tienen más remedio. Nadie quería atender al señor Moore. Las drogas y el dolor lo habían vuelto loco. Era muy agresivo y mordió en varias ocasiones a las enfermeras más distraídas. Lo ataron a la cama, pero aún así trataba de mordernos si nos acercábamos demasiado. Sus dientes castañeaban en el aire y aún recuerdo ese ruido escalofriante que hacían al chocar entre sí: “tic tic tic tic”. Una noche, escuché el timbre de uno de los pacientes y al ver el tablero me di cuenta que se trataba de la habitación de Moore. Como yo era la más nueva generalmente me mandaban a mí, por lo que no tuve más remedio que ir a ver qué pasaba. Pero cuando llegué a la habitación me encontré con una sorpresa. La cama de Moore estaba vacía, y había sangre en el centro de las sábanas. Mucha sangre. El paciente que compartía la habitación con él era quien había apretado el timbre, para alertarnos. Salí de la habitación para buscarlo, y de repente me sentí embargada por un terror inexplicable, que me sacudió de pies a cabeza. Ustedes saben que el pabellón tres es un lugar de por sí tétrico, la gente muere ahí todos los días, se escuchan lamentos, llantos, gemidos. Los pasillos siempre están mal iluminados y huele muy mal, aunque una termina por acostumbrarse. Miré hacia abajo y vi que un rastro de sangre se dirigía hacia los ascensores. Seguí el rastro con la mirada y al llegar al extremo del pasillo, donde hay una curva, vi que algo se arrastraba sobre el suelo. Parecía una serpiente, al principio pensé que era una serpiente, pero luego, con horror, me di cuenta que se trataban de las tripas del señor Moore. Se le había abierto la herida y arrastraba las tripas como una horrible cola de unos diez metros de longitud. Se tambaleaba en dirección a la puerta abierta del ascensor, con aquella asquerosidad siguiéndolo. Corrí hacia él y resbalé en la sangre del piso. Y creo que fue una suerte, porque cuando el señor Moore se metió al ascensor se dio vuelta y me sonrió. Fue la sonrisa más maligna y demencial que vi en mi vida. Sus ojos estaban negros por el dolor o la locura. Apretó el botón de la planta baja, y las puertas del ascensor se cerraron. Y gran parte de sus tripas había quedado afuera. No necesito decirles lo que ocurrió cuando el ascensor bajó, tampoco quiero hacerlo, porque fue repugnante y estremecedor. Incluso los médicos más experimentados vomitaban al ver el interior del ascensor. Pero el horror no terminó allí. Al cabo de una semana de haber muerto el señor Moore, una enfermera dijo haber visto a un anciano caminando por el pasillo del pabellón tres, con las tripas siguiéndolo como un rabo. La enfermera renunció algunos días después, y el mito del fantasma del señor Moore quedó, aunque nadie volvió a verlo”. Apenas la enfermera Mercedes terminó de contar esto, una de las novatas señaló con cara de espanto hacia el pasillo. Allí, a través de la puerta entreabierta, podía verse un intestino largo y ensangrentado, que con lentitud de gusano se arrastraba sobre el suelo en dirección a los ascensores. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Un cuento sobre una interminable espera: VISITA AL DENTISTA LA SALA DE ESPERA ESTABA PINTADA DE BLANCO y lucía convenientemente aséptica. La niña se removía nerviosa en el asiento y miraba constantemente hacia la puerta cerrada del consultorio, desde donde provenía una serie de ruidos que le ponían los pelos de punta. Ruidos mecánicos, de succión, de cosas punzantes que giraban y se clavaban en el hueso. No debía haberse sentado tan cerca de la puerta. Tomó una revista del revistero y la hojeó sin mirarla, pero al cabo de un rato la dejó. Una mujer regordeta sentada frente a ella la miraba con cierta simpatía, y cuando la niña alzó la vista, le sonrió y le puso una mano cariñosa sobre el brazo. -No te preocupes, no es tan malo como parece- le dijo la desconocida. Pero luego de unos minutos el ruido del torno cambió, se volvió más agudo, como el de un enjambre de avispas enfurecidas, y la desconocida hizo una mueca de desagrado o temor y ya no intentó volver a consolarla. La niña transpiraba frío. Tenía una imaginación muy vívida y en su mente podía ver las cuchillas afiladas del torno que se introducían entre las doloridas muelas del paciente. La aguja de la anestesia, clavándose en la carne de las encías, cada vez más profundo, hasta llegar al hueso del maxilar. Abriéndose paso entre la carne mientras el paciente retorcía sus manos y pies sobre la camilla. No era la primera vez que iba al dentista, pero nunca conseguía acostumbrarse a esa larga espera que parecía eterna, durante la cual siempre se imaginaba este tipo de cosas. Cerró los ojos y trató de calmarse. “Si mi mamá estuviera aquí…”, pensó. Pero no estaba, no tenía a nadie quien la cuidara. El verano anterior había sido realmente dramático y entonces… -Viviana Rodriguez- dijo la asistente, saliendo abruptamente de la puerta. Esa era otra cosa que le asustaba tanto. Los pacientes entraban por una puerta, pero salían por otra. ¿Por qué? ¿Qué era lo que el dentista no quería que viesen los demás? Los hacía salir por una puerta trasera, como si fuesen… como si fuesen… -Viviana Rodriguez- repitió la asistente con impaciencia. Como si fuesen los muertos de un hospital. La niña se paró con gran esfuerzo y se dirigió al consultorio. Sus piernas parecían de goma. La asistente por poco no la empujó hacia la camilla. La niña se recostó, mejor dicho se dejó caer sobre la camilla, y al rato vio la cabeza enmascarada del dentista, que se recortaba contra la fuerte luz de la lámpara extensible. -A ver esos dientes- dijo el doctor a través de la mascarilla. Comenzó a examinarle la dentadura, primero con los dedos enfundados en guantes, luego con la ayuda de un espejo de metal. Y al cabo de un rato el médico frunció el entrecejo. -¿Qué… Fue en ese momento que los dientes de la niña, largos y afilados como navajas, se cerraron sobre sus dedos y los cercenaron. La niña tenía los ojos rojos y echaba una espuma verde por la boca. Una lengua bífida, de unos treinta centímetros de largo, salió de su boca y lamió con avidez la sangre del dentista. Y luego se echó sobre él, antes de que pudiera gritar. La recepcionista, que se había perdido detrás de una puerta interna, salió al escuchar un ruido y su bandeja de metal cayó al suelo. La niña se volvió hacia ella. Ahora tenía su propia máscara, hecha de sangre oscura y caliente. La lengua le colgaba como la de un perro, hasta la mitad de su pecho. La recepcionista comenzó a girar su cuerpo para huir, pero la chica saltó en dirección a su cuello y su boca se abrió con un crujido. -Cuánto qué tarda- dijo la mujer regordeta en la sala de espera-. Espero que la niña esté bien. Los otros pacientes no le respondieron. Se sentían nerviosos. Del otro lado de la puerta les llegaban sonidos de succión, de chapoteos. ¿Qué diablos le estaban haciendo a esa pobre niña? Al rato, la puerta se abrió, pero la recepcionista no salió. Desde el interior del consultorio, se escuchó una vocecita que decía: -El siguiente. La mujer regordeta dejó a un lado la revista y se incorporó de la silla. -Mi turno- dijo a nadie en particular, ensayando una sonrisa vacilante. Tomó una profunda inhalación y se metió en el silencioso consultorio. La puerta se cerró a sus espaldas. -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Un mito urbano sobre la famosa broma de "El exorcista" EL EXORCISTA SUPONGO QUE TODO EL MUNDO ha recibido la ya clásica broma de la chica de “El exorcista”. Para quienes no la conocen, se trata de un juego que el bromista nos envía por email, en el cual hay que acercarse a la pantalla con la excusa de ver un punto rojo que es difícil de percibir a simple vista. Entonces, cuando quedamos con la nariz casi pegada al monitor de la pantalla, aparece el horrendo rostro maquillado de Linda Blair, acompañado de una música estridente que nos sobresalta hasta límites inconcebibles. Como todo el mundo, yo recibí esa broma y me dio un susto de los mil demonios. Pero a la noche no pude dormir muy bien, y cuando desperté al día siguiente me llevé la primera sorpresa. Al mirar la hora en el celular, descubrí que el fondo de pantalla del aparato había cambiado y ahora mostraba aquella cara demoníaca, que me miraba con los ojos en blanco. Solté una maldición y por poco no dejé caer el aparato. “Maldito Gutierrez”, pensé. Era él quien me había enviado el email con aquella estúpida broma. Era un compañero de oficina y nunca paraba de hacer esa clase de chistes. Seguramente había sido él quien había puesto aquella cara en mi celular, aunque ignoraba cómo diablos lo había hecho. Cambié el fondo de pantalla por el anterior, que mostraba una isla paradisíaca, y luego me dirigí a la oficina. Tenía pensado decirle un par de cosas a Gutierrez, pero misteriosamente ese día faltó al trabajo y pese a que lo llamaron en varias ocasiones, nunca atendió el teléfono. Me dispuse a iniciar las tareas del día. Abrí la notebook, mientras me tomaba el primer café, y entonces otra vez, el rostro endemoniado de Linda Blair me sonrió desde la pantalla de quince pulgadas. Salté de la silla y algunos compañeros se rieron, pero yo a esas alturas estaba completamente furioso. Apenas terminó la jornada laboral, a las seis, me dirigí a la casa de Gutiérrez. Vivía solo, al igual que yo, aunque él se había casado y luego la mujer lo había dejado por el profesor de gimnasia de los chicos. Golpeé la puerta pero nadie me atendió. La casa era sencilla, de tejas rojas y grandes ventanales que daban al Porsche. Estaba por retirarme cuando vi que algo se movía detrás de los cortinados blancos. Retrocedí sobre mis pasos y traté de mirar hacia el interior, pero el reflejo del vidrio me impedía ver nada. Así que me hice sombra con ambas manos y pegué mi nariz al vidrio, y entonces fue que un rostro maligno y verde apareció del otro lado, emitiendo horribles sonidos y echando una especie de baba negra por la boca. Los ojos de aquella cosa eran del tamaño de dos pelotas de tenis y ocupaban la mayor parte de su cara. Sacó la lengua, que era tan larga como un brazo, y la pasó a lo largo del vidrio, primero hacia arriba y después hacia abajo, y luego su boca regurgitó una cantidad demencial de esa sustancia negra que casi parecía sangre coagulada o podrida. Se vieron unos brazos que sujetaban aquella aparición y por un momento entreví el rostro de Gutiérrez, que trataba de alejar a su hija de la ventana. Gutierrez, ya lo he dicho, era un tipo jovial que aún no había cumplido los cuarenta, pero ahora parecía un anciano decrépito a punto de morir. Retrocedí dos o tres pasos, en dirección a la calle, y me tropecé con un hombre que se había parado frente a la casa de mi compañero de oficina. Volví para mirarlo, y vi que era un sacerdote joven, con un maletín en la mano y una cara de susto que debía lucir igual a la mía. Salí corriendo de allí, y nunca más volví a saber de Gutierrez, aunque a veces, sobre todo en la noche, recibo un mensaje en el celular y cuando lo agarro para leerlo, me doy cuenta de que el fondo de pantalla ha cambiado de nuevo. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Bueno, espero que les haya gustado. Recuerden que hay más cuentos en: www.666cuentosdeterror.com. Saludos!!

Hola, comparto estos microcuentos de terror. Algunos tienen humor negro y otros son más de suspenso. Saludos! Fuente: www.666cuentosdeterror.com