miento
Usuario (Argentina)
Espero que les guste el poema que ahora he transcrito para uds. Opinión aparte: ¿como puede ser que el pro siga ganando en capital? Por favor ¡Si van a ser gorilas por lo menos voten algo respetable! (mil perdones si molesta lo que dije a quien le moleste, es tan solo una opinión, aun siendo un militante K puedo comprender la mayoría de las críticas al gobierno) Nostalgia Se fue, y el mundo en nada cambió, los vasos siguen sirviendo para tomar agua, los platos para servir la comida e incluso los cuchillos para cortarla. Se fue, y todo sigue igual, las pavas sirven de pisapapeles, los libros para mentir sin descaro y las puertas disfrutan de marearnos. El vidrio sigue siendo buen telépata, el riachuelo sigue limpio y claro, e incluso las luciérnagas ladran. No tolero mas la felicidad, que cada día carcome mi pecho y me hace olvidar que hay un mañana. Todo sigue igual.

Recién escribí un cuento corto a base de un ejercicio de un libro sobre escritura de ficción. El ejercicio era: "Toma esta frase inicial: «Sam no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre pero sí sabía que...». Escribe ese inicio y continúa la historia..." Espero que lo disfruten, lo demuelan en los comentarios a base de su sentido común y me manden a la reputa madre que me re mil parió. El cuento: Sam no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre pero si sabía que el aroma almendrado que brotaba de la copa de su mejor amigo indicaba una amenaza o advertencia. Por gracia divina había sido volcada sin ser probada por labio alguno, el vino quedó derramado en el mantel. Se peinó el pelo con las manos y dejó fluir el aire (levemente enrarecido por el cianuro) por sus tercos pulmones ennegrecidos por el tabaco. Miró al implacable techo que tapaba el cielo, la bóveda tachonada de estrellas, miró a su amigo y sintió que la respuesta estaba cerca, como si estuviera en la punta de su lengua o en la luz láser que marcaba la frente de su amigo. Pudo ver el encéfalo de su amigo esparcido en la mesa y oír el sonido del trueno. La rabia cubrió su torrente sanguíneo. Miró hacia la humeante pistola y vio que la sostenía el aire, no apuntaba hacia el. Se le acercó y la empujó, automáticamente calló al suelo. El cargador estaba casi vacío, le quedaba solo una bala. Oyó un murmullo a través de la puerta que daba a esa habitación, se acercó. No pudo reconocer en el discurso más que su nombre y un tono emocional que indicaba que sería el próximo ejecutado. Vio en sus manos la pistola. ¿Abriría la puerta y dispararía o esperaría que la abran? ¿Le dispararía a ellos o a el? Acercó su mano derecha al pomo de la puerta y la retiró. Escuchó la voz más grave alejándose al igual que la más aguda en una dirección y escuchó la respiración de la tercera voz al lado de la puerta. Seguramente lo que fuera estaba fumando un cigarrillo parado tranquilamente esperando a que abriera la puerta, para no disparar a través de ella dejando marcas, o quizá estuviera en la misma posición que el viendo cuando abrir la puerta, con las mismas dudas que el del otro lado, como un reflejo simétrico de si mismo pero con motivaciones diferentes, mas oscuras y siniestras. O quizás estaba sentado en una silla mirando la puerta sosteniendo su mentón con su palma imitando la imagen de la famosa escultura “el pensador” salvo por una sonrisa viperina con su lengua bífida de serpiente y sus ojos sangrando de emoción. Quizá era una bestia aterradora de una especie rayana la extinción que existía desde hace millones de años bajo tierra o proveniente de una lejana estrella que había decidido que era el fin de la humanidad y el comienzo de una nueva era para su raza, o tal ves solo era seguidor de el líder que hubiera decidido eso, o peor todavía, un cipayo humano que había decidido traicionarnos con el fin de obtener un gran poder dentro del estatus de la humanidad ya sometida a esos bichos espantosos. Inhalé profundamente y decidí que eso abriría la puerta y yo lo liquidaría. Escuché como giraba el pomo de la puerta, y pensé en sangre. Al abrirse la puerta hice sonar mi arma que perforó al hombre verde con branquias y sin nariz que había estado agitando una bandera blanca. Los otros hombres verdes me miraron con una expresión indescifrable en su rostro. -Manuel, ¿no es una lástima? ¿No había otra forma de solucionar nuestro conflicto con ellos? -Ya tratamos, pero viste como eran los humanos. Al inicio del conflicto les ofrecimos la paz, después de solo unas pocas muertes de cada lado. Ellos no la aceptaron, no nos dejaron otra alternativa.
En las entrañas del mall Mediodía. Al menos una semana sin encontrar la salida. La gente va de un lado a otro, sin brújula y sin radio, disimulan disfrutar, muestran con poses su sufrimiento o disfrutan encontrarse en este infierno. La vanidad, la estupidez y la pereza, la mentira y el lujo y el descaro del vómito consumista. Voy otra vez al patio de comidas. Me detengo en el McDonalds y compro una hamburguesa. Pago con la tarjeta de crédito que le robé a una anciana moribunda. El cajero se da cuenta y me pide un soborno para aceptarla. Le doy dos pesos y se pone contento. Voy mofando la hamburguesa. Está en tan mal estado que a la media hora ya tengo que ir al baño para evacuar, porque me causa diarrea. Después de limpiarme el orto me doy cuenta que un yuta está esnifando merca. -¿Querés un poco de coca?-Me ofrece el yuta. -Dale.-Me sirve un pase. Lo tomo. Quedo re duro. -Si queres otro pase mata al viejo que está tomando un café en Starbucks. Hay un cuchillo que está debajo del bonsái de palmera. Salgo del baño, agarro el cuchillo, voy al café. El viejo está medio vomitado. -Te mandó a matarme, ¿no? Dejo que reine el silencio. Estoy en la duda de si cortarle el cuello o apuñalarlo. -Te chamuyó, no tiene más frula. Si volves te pega un tiro.-…Decido cortarle el cuello…-Y si te interesa salir de acá yo se como podés hacerlo.-Me detengo. Lo miro. -Te escucho. -¿Vos sabes que es este lugar?-Me pregunta el abuelillo. -Es un mall. -No. Este es Él Mal.-Lo miro. Pienso “¿Cómo puede esto ser el mal, si el mal y el bien no existen, viejo chupa pija?”. Se ríe y niega. -Se que no me creés. Te olvidaste al llegar, al igual que yo, al igual que todos los que estamos acá, que diferencia había entre lo malo y lo bueno. Parecen ser lejanas abstracciones de hipócritas… pero viendo este lugar te das cuenta de lo vacío que deja a todo el que pisa acá.-Asiento ante lo que me dice el viejo hincha huevos… ¿me tengo que comer la introducción y cuatro capítulos antes de que me diga lo que sabe? -¿Por qué te quedas acá si sabes como salir de este eterno bodrio? -Yo no puedo salir. Me quedé demasiado tiempo acá. Lo miro. -¿Y como salgo? -Mira, yo soy físico -Sigue divagando…-e Ingeniero nuclear, trabajo por “whatsapp” para el pentágono. Por eso me pude dar cuenta que era lo que uno tenía que hacer… lo único que tenes que hacer es todo el camino exactamente al revés de cómo lo recorriste para entrar. -¿Solo eso? Ya traté y no pude. Comenzó a reírse a carcajadas. -¿Cuál es el chiste, viejo forro? -La segunda ley de la termodinámica. Es inviolable, dice que “todo proceso real es irreversible” o, en castellano “lo hecho, hecho está”.-Dijo desternillándose de risa. “nadie puede volver atrás los pasos que caminó” Lo miré con todo mi odio. Lo apuñalé con mi mirada antes de degollarlo. El cuchillo corrió para atrás. Se le reconstruyó el cuello, fue al revés nuestra conversación al él ponerse serio. Volví al baño, dejando en mi camino el cuchillo. Estornudé toda la cocaína. Mi orto tragó toda la mierda del baño. Vomité la hamburguesa. Un cajero me dio dos pesos de un soborno y después gané dinero vendiéndole a McDonalds la hamburguesa, me pagaron a la tarjeta de banco de una anciana a la que devolví la vida reconstruyendo su cabeza al correr los fragmentos de un jarrón… Unas dos semanas antes retorné al flujo habitual del tiempo. -Volver del mal es imposible, por la segunda ley de la termodinámica.-Dijo Ulises, mi amigo. -Te equivocas. Solo es muy improbable.-Le dije.- La segunda ley es estadística. Te tengo que contar algo que está para que lo escribas...

En el nombre del lector ¿Sabes que es lo triste de dormir? La gente usualmente tiene dos respuestas: una es, con algún dejo de romanticismo melancólico, dormir es triste porque al despertár dejas de soñar. La otra afirmación es de un optimismo tanguero. Un tercio de tu vida se va sin sentido alguno. Mientras miro por la ventana del tren, me pregunto si mi respuesta personal es valida. A pocas estaciones de distancia hay alguien esperándome (o estará esperando allí a mi llegada). Quiero concretar mi sueño. Un día leí en un sueño un cuento que jamás había leído, referido a un misterioso libro arcano. El cuento después lo leí en una antología de cuentos argentinos. Desde ese día solo sueño con cuentos que leo, y mientras los leo se que mi sangre se vuelve tinta y se escabulle, para escribir las páginas del próximo libro que iré a leer. Después, ya despierto, encuentro que todo lo que leo ya lo hube leído anteriormente. Siendo librero, y la pasión de mi vida la lectura, siento que mi vida ha quedado descolorida. Hace poco llegué a la conclusión de que si no conseguía el libro de mi sueño y podía romper la maldición dormir me llevaría al suicidio. En la búsqueda de mi zahir no he cesado en recorrer las librerías y bibliotecas de la ciudad de buenos aires. Vanamente. Ayer a la noche el Tano me llamó por teléfono, me dijo que encontró el libro por Lincoln, en una biblioteca abandonada que hay en el subsuelo de una casa habitada solo por un “anciano decrépito”. Al llegar a la estación de tren y saludar al Tano siento perder la conciencia. Al despertár, tengo los ojos vendados, y siento el ronroneo de un auto (supongo que estoy en uno). -¿Qué pasa?-Digo. -Estamos por entrar en la casa, el viejo me dijo que no quiere que se sepa que el tiene el libro oculto allí. Escucho apagarse el motor. Me llevan hacia un lugar, escucho abrirse las puertas. Me sacan la venda de los ojos y saludo a un señor cano, con las manos enjoyadas con anillos dorados. Se sonríe morbosamente. Me invita a pasar al sótano, lo sigo. A paso de tortuga llegamos a un anaquel. Me señala entre los tomos uno no muy grueso. -Hace años que no me atrevo a abrirlo. Años atrás lo encontré en la biblioteca nacional. Después de obsesionarme unos meses con él comenzó a ocurrir que toda hoja que buscara en el decía siempre lo mismo. “A vos no te convoqué”. Me aburrí y lo dejé acá juntando mugre. A mí si me había llamado, le pedí al señor que me deje contemplar a solas el libro. Se rió pa’ sus adentros y se fue. Lo saqué cuidadosamente de la estantería, abrí el libro de arena, se abrieron las venas de mi mano derecha, se transformaron en una lapicera. Comencé a escribir. HOY SOY EL LIBRO Y SOY FELIZ (ya no duermo).

Hola, recién termino de rendir parciales este cuatrimestre. Pronto me pongo a estudiar para finales. Les dejo este cuento, espero que lo disfruten. ¿Alguien sabe como es que T! pasó de ser una comunidad en la que se compartían desde boludeces y cosas relevantes sobre política, ciencia, arte y cosas curiosas a ser esta comunidad plagada de fachistas descerebrados? La última vez que miré, estaba tan lleno de post nazis y de gorilismo bizarro que parecía una convención de evangelistas y asratu. Acá va el cuento (que lo escribí hace mas de un año). Soy nacionalista, pero no idiota ni xenofobo, por lo que digo ¡viva Cristina!. Sapo de este pozo Había sido un chiste tan malo que ni había causado gracia a los sapos de la laguna, los cuales estaban siempre risueños desde que las fábricas de la periferia de la urbe encontraron conveniente arrojar sus residuos en dicho lugar. Me apené un poco al darme cuenta que no me dejarían cruzarla, y debería bordearla para llegar a mi poblado. Siendo así, llegaría más allá de las nueve, en lugar de a las ocho, y ya habría terminado el festival, y debería dormir sin cenar por ser demasiado tarde y yo levantarme demasiado temprano para ir a enseñar al colegio. Ya habiendo caminado la orilla durante quince minutos apareció un sapito un tanto peculiar, teñido de arcoíris. -¿Queres cruzar? – Preguntó de un modo anómalamente descarado.- Si me das la cinta que hay sobre tu pecho te lo permito. Lo miré con extrañeza. Miré hacia donde señalaba, tenía una cintita roja sobre el centro de mi pecho, tenía escrito algo. La saqué para verla mejor y se puso rosada, tenía escrito mi nombre. La giré un poco, se la entregué al sapito y me ofreció una balsa. Crucé por el río. La fiesta fue agradable, mis amigas y mis amigos me brindaron mucho afecto y charlamos bastante. Había habido recientemente una abundante pesca de aguas vivas. Estaban sabrosas con tomate y palta. Bebí sin excederme demasiado y caminé en tranquilidad hacia mi hogar. Dormí con mi frente cultivando una suave resaca que me acompañaría a dar clases entorpeciendo la fluidez de mi lenguaje. Al despertar con le retronar de la alarma que inauguraba mi día fui a vestirme, luego traté de apagar la alarma pero mis intentos fueron en vano. Desayuné tostadas, agua (mucha) y una aspirina. Agarré el morral, la bicicleta, y pedaleé hasta el colegio. Cuando llegué al aula mi trabalenguas resacoso impidió que se comprendiera nada de lo que mi boca profería… igual los alumnos no registraron mi presencia… incluso pasó una desconocida, vestida de corbata, que dio la clase que debía dar yo. Al tomar todos con naturalidad ese hecho me fui con la furia en mi encarnada al bar, a escabiar. El dueño no me registró y me serví por mi cuenta lo de siempre. Pagué y me fui cargando preocupación en mi encéfalo. Sentía que me faltaba algo. Fui a meditar frente a la laguna. Pasó el sol, pasó la luna y varias veces vi repetirse ese ciclo. En una de esas se acercó a mí el sapo arcoíris. -¿Sabes que cuando me entregaste tu nombre dejaste de ser y pasaste a formar parte de mi imaginación? Me desperté. Todas las cintitas seguían estando, flotando en el estanque, sobre la hoja.
La autopista Me desperté en medio de un valle de faroles y árboles, era de noche. A lo lejos se veía el nacimiento de un monte que terminaba por encima de las nubes (tal vez en el infinito, me imaginé hace unos años). Me levanté y busqué a mi alrededor los árboles blancos. Me dolía la cabeza, como si una estrella de mar de ardiente estuviera pegada desde mi coronilla hacia mi frente. No había ningún árbol que yo conociese hasta donde alcanzaba mi mirada, y de reojo recordaba de mi sueño una sonrisa. Encontré un rastro de sangre en el suelo, como si estuviera mal limpiado, y la tierra parecía un abominable vampiro bebiendo el rastro. Empecé a seguir el rastro entre árboles y faroles, en paralelo a la montaña, oliendo los jazmines alienígenas que me rodeaban. Llegué a una cueva, donde había una estatua de piedra de un anciano gnomezco, con una grotesca sonrisa. Me adelanté a esa boca que surgía del suelo. Había una tenue neblina adentro y un silencio denso como sopa de cebolla, había luces de túnel en el techo. Colgué mirándolas, y en un momento encontré que había perdido el rastro de mi sangre. Recordé la estatua del anciano, tenía sangre entre los dientes. Escuché el ruido a lo lejos, creí comprender todo y eché a correr, hasta que vi que se abría una grieta en el cielo. Los árboles blancos, y el anciano de piedra sonriéndome. Salté como un gato a la rama mas cercana, escuché durante unos minutos su rugido, y después su risa descarada, una carcajada. -¡Ya te vas a bajar!-Rujia el anciano, relamiéndose entre palabra y palabra. No le contesté, y fui saltando rama a rama, de árbol en árbol, acercándome a la ciudad. -Ya te vas a caer, ¡cagón! – rugía a veces. Yo sentía como pasaba de a poco la semana. Empecé a escuchar los autos a lo lejos, estaba cada vez más cerca de la ciudad. Vi la autopista. -¡Vas a venir de rodillas, pidiéndome que te salve del olvido y de la muerte!-Me dijo, como babeándose de hambre, supuse. Entré a la ciudad. Vi como yo mismo salía, las personas decidieron olvidarme… me acerqué a hablarles, nadie me escuchaba. Unos diablos y gusanos se me acercaron con lanzas y empezaron a atacarme. Huí despavorido de ese infierno y fui a buscar al anciano de piedra, para que me comiese. Lo ví a lo lejos, y al borde del desmayo me acerqué a él, sangrando y llorando como un cerdo, colmado de cortaduras que los diablillos y gusanos me habían hecho. El anciano me ofreció un puñado de cerezas, escupió al piso un carozo. Sus dientes parecían manchados de sangre, agarré de las cerezas que el me ofrecía, comí. Empezó a limpiar y curar mis heridas. -Esta vez no huyas, primero recuperate y después vemos como hacemos para volver.-Dijo el anciano. -¿Vamos a volver? Se murió el viejo sabio y la Pacha está sellada por un maleficio. -Vamos a volver, también Odín murió, pero continuaremos igual, tenemos a Minerva de nuestro lado.