mgongarcia
Usuario (España)

Este artículo es un homenaje a aquellos que alguna vez fracasaron al abrir una lata. Ya de niño seguro que te fascinó ver a tus padres abrir uno de esos pequeños recipientes que encerraba aburridas y pacientes sardinas. Tu pensabas ¡Yo quiero abrirla! Y casi siempre el primer intento resultaba un fracaso, es una maniobra que requiera cierta pericia, y un hito importante en la vida de un niño. Es un gran día ese en el que eres capaz de combinar maña con fuerza y conseguir hacer la presión necesaria para que sin que el abrelatas se salga de su carril curvo, hunda su punta perforando el metal. Otro fracaso, que alguna vez te puede haber ocurrido en una idílica excursión, es descubrir que hay lata pero no hay abrelatas, que cara de tonto se te queda, y solo puedes quedarte mirando la lata como si fuese un obelisco en medio del campo. Alguno al que le ocurrió esto , debió de ser el inventor del abrefácil de las latas modernas, pero no tan fácil, quien no se ha cortado al abrir una o se le ha roto la anilla del abrefácil generándole un nuevo problema. Por todo esto se acuño en la cultura popular la frase “Vosotros ir abriendo las latas”, frase no tan inofensiva como parece y que podía encerrar en algunos casos el inicio de una tortuosa aventura. No contentos con estas trabas para obtener los manjares encerrados en las “inofensivas” latas, se les ocurrió a los responsables de las industrias conserveras un escalón más en nuestra tortura, los tarros de vidrio envasados al vacío. Otro suplicio de la modernidad y que también ha dejado otra frase en la cultura popular “Ábrelo tú, que tienes más fuerza” con la que te pasaban el problema. En mi caso descubrí dos alternativas para vencer las tapas de estos tarros, la primera es muy simple, poner el tarro boca abajo y hacer palanca con un cuchillo para que entre aire en el frasco y así la presión atmosférica sea igual dentro que fuera del tarro y no haya que hacer prácticamente fuerza para desenroscar la tapa. Pero algunos tarros no dejan ninguna holgura para poder meter la palanca, aquí se puede emplear otro truco. Se coge una sartén pequeña, se calienta unos minutos y se coloca encima de la tapa del frasco, y se espera un minuto o dos a que la sartén le haya pasado el calor a la tapa del frasco, esta se habrá dilatado y será un poco más grande que el frasco de vidrio, lo suficiente para abrir sin casi resistencia la rebelde tapa. Si después de leer estas notas te has sentido reflejado en ellas, cuenta con mi apoyo solidario. Nota: Este articulo esta basado en hechos reales.
Mi cabello es pequeño, peludo, suave; tan blanco por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Estas primeras frases nos recuerdan el comienzo de un bonito libro. Yo las debía haber colocado al final del artículo porque describen como será mi pelo cuando sea anciano, o sea al final. Y esta es la historia de mis peluqueros y yo, y comienza en una antigua barbería de barrio, de esas que tenían en la entrada una barra con rayas azules, blancas y rojas, era el símbolo de las peluquerías antiguas, igual que la cruz verde de las farmacias, pero este símbolo ha perdurado. Los dos peluqueros eran un madrileño serio que no hablaba nunca y un andaluz de Huelva, que siempre estaba hablando de su padre el minero, y cuando callaba el peluquero onubense se oía de fondo las peticiones del oyente de radio España o el programa de Elena Francis, aquel consultorio radiofónico en el que se mitineaba a las mujeres de la época con la moral al uso. Eran unos peluqueros un poco marujones. Y del pelo qué, pues cada vez que tocaba ir lo temía porque mi padre le gustaba córtanoslo muy corto, una vez al mes, y la semana siguiente todo eran collejas y peleas con otros niños por llamarme pelón. Pasaron los años, cambie de barrio, se jubilo Elena Francis, y ya se oían los 40 principales en las peluquerías y yo cambie mi look, de ir peinado a raya con flequillito a imitar el estilo John Travolta con el pelo hacia atrás. Fue una época dura , no encontré un peluquero que entendiese mi pelo, alternaba dos peluquerías una en la que tres peluqueros cortaban el pelo como si estuviesen en el ejercito, de hecho alguno de ellos por la mañana estaba en un cuartel y otra peluquería en la que había dos peluqueras que hablaban ,hablaban y hablaban entre ellas y mientras usaban las manos en la comunicación no verbal de los gestos, dejaban de cortarte el pelo y cuando volvían ya no sabían por donde iban con lo cual te ibas trasquilado de trasquilones , eran peluqueas aristotélicas tenían potencia para cortar bien el pelo , pero el acto de cortarlo no resultaba satisfactorio. Después hubo una época de mi vida en la que por razones de trabajo viví en muchos sitios, y mi pelo lo cortaba cada vez un peluquero o peluquera diferente, con resultados desiguales pero ninguno llego a interpretar mi pelo, Por fin, cuando ya establecí la que es mi residencia actual encontré hace unos diez años un peluquero que es escultor de cabezas, y además es un vaquero de la tijera y el peine, Billy el rápido, desenfunda peine y tijeras y en escasos 5 minutos te deja más guapo que un San Luis, este si podía ir a unas olimpiadas peludas y no aquellos peluqueros de mi infancia que tardaban más de 20 minutos en cortarme el pelo, y es que España ha mejorado mucho en todos los deportes. Cada vez que me siento delante de mi amigo el peluquero, tengo una cita con el espejo en el que aunque no son más de cinco minutos me da tiempo a reflexionar cada mes como pasa el tiempo. Hace años, un buen día en la tela azul que protege mi ropa de la lluvia de pelos, vi empezar a caer canas, cada mes más, ahora todavía caen cabellos morenos, dentro de pocos años caerán los cabellos de las primeras frases del artículo.
El señor Lobo Feroz había sido el hazmerreir de los cuentos infantiles de nuestra niñez. Sus dos fracasos más sonados fueron ante dos clanes familiares, el formado por la Abuelita y Caperucita y el formado por los tres Cerditos. Pero un buen día pensó que su estrategia vital estaba equivocada y recordó la frase de si no puedes con ellos, únete a ellos y opto por cambiar el argumento de todos los cuentos infantiles, estaba cansado de ser un paria. Tuvo una entrevista con la Abuelita y Caperucita y las propuso ser socios y montar una cadena de pastelerías aprovechando las exquisitas recetas de la abuelita y el desparpajo de Caperucita para hablar con extraños. Tuvo también otra entrevista con los tres Cerditos, más bien con el listo porque los otros dos no daban mucho de sí, y pacto con el cerdito listo la incorporación de su empresa constructora al holding que estaba creando el señor Lobo Feroz. Esta empresa tenía dos divisiones, una la llevaba personalmente, digo animalmente, el propio cerdito listo y se dedicaba a la construcción de viviendas solidas y robustas y otra división, donde tenía recogidos a sus dos hermanos dedicada a la arquitectura efímera , realizaban stands para todo tipo de ferias del mundo de los Dibus y en esto si eran verdaderos especialistas los dos hermanos, en construir para unos días. Para todo esto necesitaba dinero, para lo cual pensó en ponerse en contacto con el pato Donald y que este le preparase una entrevista con el tio Gilito para hablarle de sus proyectos y conseguir que fuese su socio capitalista. Pato Donald también le presento a su amigo Ratón Mickey, los dos le contaron algunos proyectos empresariales que tenían, pero el señor Lobo Feroz no quiso tener unos socios a los que vio demasiado inocentes para el mundo de los negocios. No dudo en ponerse en contacto con Aladino, que tenía experiencia en alfombras voladoras y en cumplir deseos, ideal para proponerle hacerse cargo de los negocios de agencias de viaje y la compañía aérea del holding. Aladino le presento a su novia Jazmin, y esta a su vez le puso en contacto con las demás princesas y a todas las propuso crear una cadena de boutiques de ropa bajo la franquicia que se llamaría Zarpa. Las madrastras de Cenicienta y Blancanieves cuando tuvieron noticias de esto, con lo envidiosas que eran de sus hijastras fueron a ver al señor Lobo Feroz, para ver si había algo para ellas pero el señor Lobo Feroz tenía mucho mundo corrido y enseguida se dio cuenta de que eran mala gente y no le convenían como socias. El conejo Bugs Bunny y el Pato Lucas , también quisieron hacer negocios con él, pero los calo en seguida y vio que uno era un “listo” y el otro un “pringao”. Entonces pensó que un holding como este debería tener una empresa de seguridad y decidió hacer el encargo al leñador del cuento de Caperucita, sabia de su profesionalidad, la había experimentado en otras épocas en sus propias carnes. Pero en toda esta actividad no podía estar solo, tenía dos animales de confianza, que habían tenido vidas paralelas a la suya, no eran otros que el Coyote y Silvestre que ya se habían cansado de perseguir toda la vida a Correcaminos y Piolin, y querían ser unos animales de provecho, con un futuro en la vida. Y esta es la historia de cómo el señor Lobo Feroz se hizo un magnate de los negocios, el día que decidió cambiar de vida. Consejo: Si tenéis hijos no les leáis este cuento.
Los niños preinformáticos, esa subespecie humana de la que os he hablado en otras ocasiones convivió con algunos oficios urbanos de los cuales vio su extinción. Yo, como niño preinformático que fui, os voy a narrar como viví la desaparición de algunos de estos oficios. El primero, era el sereno, encargado de custodiar las calles por las noches, llevaba un pito, una porra y un manojo de llaves, el pito le servía para comunicarse con otros serenos en caso de necesitar apoyo, y para llamar la atención a los inusuales viandantes nocturnos, la porra era su elemento de defensa contra los escasos malhechores que podían aparecer y el manojo de llaves le servía para abrir y cerrar los portales de su zona. En las madrugadas se podía oír el grito de ¡Serenooooooooo! Para que este acudiese a abrir el portal al despistado vecino que no se había llevado la llave, hay que tener en cuenta que los serenos no convivieron con los porteros automáticos, ellos desaparecieron cuando desaparecieron estos últimos, después de estar por las calles de las ciudades españolas desde principios del siglo XVIII. Cuando los serenos se retiraban a dormir, al amanecer se oía por las calles el sonido de una trompetilla con la que un basurero anunciaba a las mujeres el inminente paso del camión de la basura, al oír ese sonido las mujeres sabían que tenían unos minutos para bajar al portal con su cubo de basura, allí se reunían todas las vecinas, solamente este insignificante acto social hacia que se conociesen todas, y esperando la llegada de los basureros con el camión de la basura intercambiaban sus últimos chismes y cotilleos, que daba personalidad a la comunidad en donde nadie era anónimo. Las mujeres entregaban de forma ordenada su cubo de basura al eficiente basurero que lo volcaba en las fauces del camión y se lo devolvía vacío a cada ama de casa para que esta al llegar a su casa lo lavase y después de secado lo protegiese forrándole por dentro con unas hojas de papel de periódico, hay que tener en cuenta que no existían las bolsas de basura y cuando aparecieron era un lujo difícil de entender, ¡Comprar bolsas para tirarlas, llenas de basura! Era un concepto difícil de entender en un país en vías de desarrollo. En esa época quedaban años para que apareciesen en la s calles los ahora familiares contenedores de basura y sus complementarios iglus verdes para vidrio, los amarillos para plásticos y los azules para cartones y papel. Otro sonido que no se producía a diario , pero si con cierta frecuencia eral el silbido armónico del afilador, también era una señal acústica inequívoca para que amas de casa y sobre todo carniceros y pescaderos acudieran con sus mellados cuchillos para que el afilador con su rueda y su piedra les diese de nuevo su capacidad de cortar. Recuerdo que era un sonido muy agradable el del silbato del afilador, salvo si era sábado y te despertaba con su insistencia de tus últimos sueños de la noche, también recuerdo que a los supersticiosos no les gustaba oírle los viernes porque decían que daba mala suerte para el domingo. Otro oficio nómada que llegue conocer fue el botijero, acudía a las calles de las ciudades con su burro cargado con una enorme bala de paja dentro de una red, y entre la paja escondidos sus tesoros cerámicos de los cuales el rey era el botijo, el botijo blanco que previa limpieza con agua con anís para quitar el sabor a barro, servía para mantener fresca el agua en alguna sombra de cualquier rincón de la geografía española, Hay que tener en cuenta que no había maquinas dispensadoras de latas de refrescos o de botellas de agua, porque tampoco existían las latas de refrescos ni las botellas de agua mineral. Yo la primera botella de agua mineral que vi. fue de Solares, por supuesto de vidrio, y la vendían en las farmacias, también hay que pensar que entonces no existían los supermercados ni mucho menos los grandes centros comerciales con los hipermercados. Había que tener también “oficio” para beber en botijo y no terminar con el cuello y el pecho mojados, pero una destreza que se adquiría similar a la necesaria para beber en la bota de cuero o en el porrón de vidrio el vino que vendían los bodegueros, tenderos que lo único que tenían en sus tiendas era las tinajas en las que almacenaban el vino que se compraba a granel en aquella época. Otro oficio que desapareció también era el de los cobradores de autobús, iban montados en la parte trasera de los autobuses, la puerta trasera daba acceso a un vestíbulo inicio de un pasillo cuya entrada era custodiada por el cobrador que además se convertía en juez cuando los padres le preguntaban ¿El niño paga, tiene 5 años? Y el cobrador del autobús emitía su juicio tras mirar al niño y juzgar s tenia un tamaño digno de pagar billete, La frase típica del cobrador de autobús era "Pasen adelante que hay sitio", con la que regulaba el tráfico interior del autobús mientras su compañero, el conductor estaba pendiente del tráfico exterior. Cuando empezaron a desaparecer y tuvimos que entrar por la parte delantera de los autobuses y pagar al conductor, los mas mayores decían que así habría muchos accidentes por el conductor se iba a despistar, pero como todo la evolución adapto la nueva situación apareciendo bonobuses y demás artilugios que simplificaron la vida del nuevo conductor cobrador. También existían cobradores a domicilio, que te visitaban con todo tipo de recibos que ahora tenemos domiciliados en cuentas bancarias, luz, agua teléfono, seguros…..todos éramos preinformáticos y los empleados de banca también, estaban todavía con manguitos y apuntes manuales y los cobradores a domicilio eran imprescindibles hasta que los atracos que empezaron a sufrir y la era informática termino con ellos. Por supuesto en esa época no se podía pagar con tarjeta porque no existían todavía. En el otro medio de transporte que existía entonces en muy pocas ciudades, el metro, existía otro oficio que también desapareció, el responsable de abrir las puertas cundo llegaba el convoy del metro a cada estación, y después cuando entraban los viajeros miraban que no quedase nadie a medio entrar y después de hacer sonar un silbato cerraban las puertas Y termino el repaso de estos oficios desaparecidos , con el vendedor de tebeos , pipas , chicles y regaliz, que pocas mas chuches existían entonces y que era también quien nos suministraba alo niños preinformativos los sobres de cromos y los de diminutos soldaditos, normalmente ran mayores y bastante antipáticos estos vendedores o por lo menos los que a mi me tocaron. Parece increíble pero todo esto ocurrió hace poco más de 40 años.
En los últimos años, en las urbanizaciones privadas de promociones de viviendas de nueva construcción, nos encontramos con cierta frecuencia, paseos hundidos, vallas partidas, pavimento fisurados y patologías similares relacionadas con una falta de compactación del terreno, estas incidencias acaban en muchas ocasiones en demandas de las comunidades de propietarios. ¿ Porqué ocurre esto? Porque la urbanización se ejecuta al final, cuando todo son prisas y ello se une a la poca trascendencia que los técnicos de edificación dan a un concepto que es propio del mundo de la obra civil, de donde se ha importado la misteriosa frase “hay que compactar al 98% del proctor “. Cuando hemos estado en la playa con nuestros hijos o nosotros mismos cuando éramos niños, hemos llenado un cubito con arena seca, le hemos dado golpes (energía) y hemos comprobado como disminuía el volumen ocupado por la arena del cubo. En esto se basa todo el misterio del amigo Proctor, ese de quien todos hablan y casi nadie conoce. Cuando vamos a compactar un terreno, llevamos unos sacos del material de ese suelo al laboratorio y en una especie de mortero echamos una parte, pesándola previamente, le damos golpes con una maza y volvemos a rellenar repitiendo la operación hasta completar el volumen del mortero ( hacemos dos tongadas). El peso del material que hemos compactado dividido por el volumen del mortero, nos da la densidad máxima que hemos de conseguir en la obra para que no haya disminución de volumen con el tiempo, y que debido a las lluvias se produzcan los asientos naturales que son la causa de las patologías mencionadas al principio. El segundo misterio del amigo proctor es la “humedad óptima “. Para una buena compactación el terreno no puede estar seco, entonces no se amasa, ni muy húmedo, ya que aparecen los “ blandones” espectaculares de ver cuando un camión o una máquina pasa por encima de ellos moviendo el terreno como si fuese una ola del mar. Y es realmente una ola ya que la estructura microscópica de la arcilla es muy pequeña comparada con el tamaño de la molécula del agua y esta es como el pez que está capturado dentro de la red. Para que desaparezca el blandón hay que romper la red para que escape el pez, por eso la solución es arar el terreno para romper la estructura de la arcilla y que se evapore el agua. Esto es lo que se llama “ escarificar y orear”. La compactación hay que hacerla en tongadas (capas de 30 cm ), suministrando la energía necesaria y comprobando que la densidad es la obtenida en el laboratorio, dan miedo las respuestas a la pregunta ¿Habéis compactado? Del tipo “ Si; lo hemos pisado”, llevan asociadas futuras patologías por disminución de volumen. Cada suelo tiene una densidad máxima y una humedad optima diferente, función de los porcentajes de arcilla y de arena, y del tamaño de los granos (granulometría). Espero que después de estas notas conozcamos un poco más el misterio del amigo proctor, le respetemos. Y le tengamos en cuenta para evitar las sorpresas desagradables que siempre terminan apareciendo cuando se hace una mala compactación.