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Usuario (Argentina)
URQUIZA MASÓN El Capitán General Don Justo José de Urquiza fué un distinguido miembro de la Masonería Argentina Situada en la región mejor delimitada de la República, obra de dos ríos, el Uruguay y el Paraná, espinazo y esternón de la Mesopotamia; conformada y consustanciada con ellos. “Dos brazos de agua te nombran para siempre”, así le cantó a la provincia de Entre Ríos el inolvidable poeta Carlos Mastronardi. En ella, está Concepción del Uruguay, recostada a la vera de esa gran corriente -el Río de los Pájaros- que naciendo en las selvas brasileñas, se desliza por la dilatada depresión continental sudamericana. Es una villa en crecimiento, atractiva y acogedora, como tantas otras poblaciones ribereñas que se escalonan a lo largo de la prodigiosa vía fluvial, pero más pintoresca que cualquiera de ellas. En la villa, una estancia: San José. Afuera la luna, ilumina a pleno con sus plateados rayos. En la casona, alguien que sufre; vaivén de una solícita matrona, tres esclavos que la ayudan, y la contenida inquietud del hombre, que aguarda -como con vergüenza de no poder participar en el ritual- a que las entrañas de doña Cándida, su mujer, den a la vida un nuevo ser, fruto del amor compartido. No es distinto el cuadro de tantos otros: cuchicheos, consejos, palabras de aliento, y de vez en cuando el “Ya no puedo más” de la que si fuera cierto que no puede más, no merecería el nombre de madre... Hay un momento en el cual, todos los ojos con atónitas pupilas se buscan ansiosos, pero todo calla, todo es silencio ardoroso, apasionada sombra. Aparecen las primeras claridades del alba. Desde uno de los costados del campo, una leve luminosidad rosada anuncia la cercana salida del sol. De pronto se oye un grito de dolor, lo sigue un ansioso callar y por fin, sobre un murmullo de alegría, suenan los vagidos del recién nacido. ¡Es varón! ¡Es varón! grita la matrona. En el dormitorio, un pedacito de carne viva resplandece. Ya está limpio y una fajita de tela suave le ciñe la cintura. La madre sonríe casi exánime sobre la blancura de las almohadas, reclamando con la voz que aun le queda, que le alcancen al que hace un segundo no era nada, y de ahora en más será -para toda la vida- su sueño. El padre, con los ojos vidriados por la emoción, se inclina para besarla. Una mujer que tiene al recién nacido entre sus brazos -¡Qué tiene al porvenir de la patria entre sus brazos! exclama : “Si es un sol de lindo, vengan a verlo”. Aquel niño que bautizaron José Justo fue para esta patria nuestra Justo José de Urquiza. Nació en Entre Ríos el 18 de octubre de 1801. Han pasado muchos años. Quedaron atrás las primeras campañas militares de Justo José, el asesinato de su hermano mayor Cipriano José, en Nogoyá; la batalla de Vences llevada adelante contra su voluntad, que ratificó una vez más, su espíritu integrador. Quizás, el general victorioso, sin saberlo, ya enarbolaba los principios de la Masonería, escuchémoslo: “Al fin de mi carrera política, mi única ambición es contemplar desde el hogar tranquilo, una y feliz a la República Argentina, que ya me cuesta largos años de cruda fatiga. (...) “Vengo a ofreceros una paz duradera bajo la bandera de nuestros mayores, bajo una ley común protectora y hermosa. Deseo que los hijos de una misma tierra y herederos de una misma gloria, no se armen más los unos contra los otros, deseo que los hijos de Buenos Aires sean argentinos. Integridad nacional, libertad, fusión, son mis propósitos. Aceptadlos como último servicio que os prestará vuestro compatriota” ; el glorioso Pronunciamiento del 1º de Mayo de 1851 y al año siguiente, el 3 de febrero de 1852, la batalla de Caseros, que puso en fuga a Rosas hacia Inglaterra, terminando así con la noche más larga, oscura y aciaga que había cubierto al país durante veinte años. La Constitución de 1853 -su sueño dorado- era una realidad. Después, sobrevino la batalla de Pavón. Corría el año 1847. El parque principal del Palacio, lucía en todo su esplendor: plantas de las más diversas clases; dos enormes pajareras con enrejado de cobre y los umbrales de mármol de Carrara, revestidas con paneles de cristal, y adentro, multicolores pájaros, traídos especialmente desde lejanas tierras tropicales. Un poco más allá, tres acacias, recordaban la casa paterna. Un poco más lejos todavía, una fuente de hierro fundido, con aplicaciones de bronce, y una caída de agua permanente. Junto a ella, dos camaradas de luchas y batallas conversaban: Urquiza y el general José Miguel Galán. -General, dijo Galán, -¿Qué sabe usted de la Masonería en nuestro país? -Verá Galán, sé que el Gral. San Martín ya traía esa idea cuando regresó de España a realizar la gran gesta libertadora y fundó la Logia Lautaro. -¿Nada más, preguntó Galán? -Mire, parece que en el Brasil hay algunas logias que han sentado sus reales, y que hay varias, aquí cerquita, cruzando el Río de los Pájaros... -Así es general, yo tengo una vinculación muy estrecha con la Logia Jorge Washington Nº 44 en la Banda Oriental. -Entonces podrá explicarme bien qué es esto de la Masonería, le espetó Urquiza, irguiendo su cabeza y mirando a Galán, desde arriba, como era su costumbre. -Pero ahora no., lo detuvo Urquiza. Parece que mis hijas van a hacer un poco de música... ¡Vamos! Usted sabe cómo me gusta escucharlas, no porque sean mis hijas... pero esas chicas son unas verdaderas artistas. -Y muy bonitas, replicó Galán. Urquiza lo miró de reojo; con su mano derecha lo tomó del brazo, y juntos se encaminaron hacia el patio del parral. Los dos entraron en la sala donde las hijas mayores de Urquiza, se deleitaban con ejecuciones de piano y de violín. Tomaron asiento.-Yo no esperaba General, encontrar a dos niñas tan hábiles para la música, aquí, en el medio del campo, comentó Galán. ¿Pero... por qué no me sigue contando eso de las logias, Galán ? dijo Urquiza, cambiando de tema.-¡Cómo no! -En América, las primeras logias surgieron en los Estados Unidos al promediar el año 1700. Por entonces dependían de las Grandes Logias de Inglaterra y de Escocia. El mismísimo general Jorge Washington, fue Gran Maestre de una de ellas... -¿Jorge Washington? preguntó Urquiza con extrañeza. -Así es, pero no debe extrañarle amigo mío. El rey Amadeo I y su padre Víctor Manuel II, rey de Italia, son masones; y también otros hombres, como nosotros, que han intervenido en movimientos libertadores: Bolívar, O´ Higgins, José Martí. -Todo esto está muy bien, dijo Urquiza, pero todavía no me ha dicho usted lo principal: ¿Qué es la Masonería? ¿Es cómo un club? ¿Acaso cómo el Club del Progreso? Le contaré con gusto quiénes son mis amigos de la acacia. -¿Amigos de la acacia ? preguntó intrigado don Justo. -Es una manera de decir, algo simbólico replicó Galán. Esos tres árboles que usted ha mandado plantar cerca de las pajareras, son plantas consagradas como símbolos de la Masonería. -¡Ajá!, dijo Urquiza, y yo sin saberlo... -Cuando un masón dice: “Mi nombre es acacia”, equivale a: “He estado en la tumba, he triunfado en ella levantándome de entre los muertos y tengo derecho a una vida perdurable”. Continuó Galán. -¡Vamos Galán! ¡Déjese de embromar, que yo estoy hablando en serio! le espetó Urquiza. -Yo también hablo seriamente general. La acacia, es un símbolo para los masones; recuerda al hombre -por medio de su naturaleza siempre viva e invariable- la parte espiritual que existe en nosotros mismos. -Pero mírenlo al general Galán, dijo Urquiza socarronamente, tan valiente en el campo de batalla, se me ha convertido ahora en un filósofo. Cuando se lo comente a las chicas, no podrán creerlo. -Por favor, don Justo, suplicó Galán, acortando distancias: no debe usted decírselo ni a Flora ni a Dominga. ¡Nadie debe saberlo! -¿Acaso la Masonería es secreta ? preguntó Urquiza. -Debo contradecirlo, replicó Galán. No es secreta. Es solamente discreta, y...¿quiere que le diga algo? usted, mi general, es un masón encubierto. Solo le bastaría iniciarse en una Logia. -¿Encubierto yo? ¡Pero que está diciendo, Galán! - Lo digo, porque la Masonería tiende a lograr una evolución dinámica del pasado y a olvidar las pasiones y los intereses materiales, para alcanzar la serenidad de juicio y de acción tan necesarios en los momentos decisivos, y al decir esto, me parece estar escuchándolo después de la batalla de Cepeda. ¿Se acuerda mi general? -¡Me acuerdo! Me acuerdo ¡Vaya si me acuerdo! ¿Pero valió para algo ? Mire general, filosofó Galán, en política muchas cosas terminan por revelarse como efectos de la estupidez. Se olvida demasiado el papel de la estupidez en los asuntos públicos -Me parece que tiene razón Galán, acotó Urquiza - Pero dígame, ahora cómo debo hacer para acercarme a esos amigos de la acacia, como usted les dice ? Quizás alguna vez... -Le confesaré algo -dijo a media voz el general Galán- en verdad, lo estamos esperando. Yo arreglaré todo para que su iniciación se concrete lo antes posible. Le avisaré. Las casas de Concepción del Uruguay, seguían un modelo que recibía el nombre de “italianizante”, ese estilo múltiple y único que invadió el país en la época de la inmigración. El edificio de la Logia, no escapaba a esta arquitectura de “casa chorizo”, como le decían. Construida exclusivamente de ladrillos, su frente mostraba estriados, molduras y cornisas, y en el centro, un gran medallón con una escuadra montando un compás abierto a 45º. Salvo este detalle -desconocido para la mayoría- nada hacía suponer qué tipo de actividades se desarrollaban adentro del edificio. Sus persianas y puertas, permanentemente cerradas, le daban a la casa cierto aspecto misterioso. El día anterior, el general Galán llegó al Palacio San José. A la tardecita, partiría junto con el Gral. Urquiza hacia la ciudad. A eso de las nueve de la noche iban a recibirlos en la Logia Jorge Washington Nº 44, cuya patente había sido otorgada por la Logia Madre de la Banda Oriental del Uruguay. Resonaron los tres golpes de la aldaba. Ni uno más, ni uno menos, de acuerdo con el ritual. -Bienvenido Excelencia, saludó un hombre que al parecer oficiaba de portero. Urquiza solo hizo un movimiento de cabeza. Ingresaron a un gran patio. -General, dijo Galán a su amigo, lo abandonaré por un momento, luego nos veremos. Siga las instrucciones del Hermano, nada tiene que temer. El hombre hizo pasar al Gral. Urquiza a un cuarto pequeño y lo invitó a sentarse en un rústico banquillo ubicado frente a una mesa cubierta con un lienzo negro. Entonces le advirtió: -Excelencia, van a empezar las ceremonias de su iniciación en la Orden francmasónica. Fijará su atención sobre las inscripciones que encuentre en las paredes y sobre los objetos que lo rodeen. Reflexione sobre ellos, y luego conteste por escrito a las preguntas que hay en este papel que le dejo sobre la mesa. Dicho esto, el hombre se retiró. El vencedor de Caseros, estaba a punto de tomar una de las decisiones más importantes de su vida. Ya en soledad, el Gral. Urquiza se distendió. Miró lentamente a su alrededor. El cuarto era pequeño, pintado de negro, una vela titilando; había algunos huesos desparramados por el piso. Sobre la mesa, una calavera, un plato con sal, otro con ceniza, un vaso de agua, un trozo de pan, un tintero, una pluma para escribir y un reloj de arena a punto de agotar su medida. No más de media hora, le llevó a Urquiza completar la hoja de papel, con su letra clara y pareja. Un rato después, el hombre volvió a buscarlo. Le cubrió los ojos con un paño negro y juntos se encaminaron a través de la galería. Se detuvieron, y el hombre dio tres fuertes y sonoros golpes. En el interior del recinto se escuchó una voz: -¡Ved quien llama de ese modo! Se entreabre la puerta y el hombre contesta: -Soy el Hermano Experto que conduce a un profano que desea ingresar a nuestra Orden -¿Quién responde por él? -Yo, que soy su conductor, respondió el Hermano Experto. ¡Dadle entrada! La puerta se abrió estrepitosamente; el Gral. Urquiza fue guiado hasta que pudo sentarse en un banquillo triangular, ubicado en el centro de la Logia. Se produjo entonces el siguiente diálogo: -Caballero: aseguraos por el tacto, qué objeto es el que os oprime el pecho y decídnoslo -Una espada, respondió Urquiza. -Esa espada significa simbólicamente, el remordimiento que habréis de tener si llegarais a traicionarnos. Señor ¿Estáis dispuesto a seguir vuestra iniciación, sin temor alguno, hasta lograr vuestros deseos ? -¡Sí señor! respondió Urquiza con la reciedumbre que lo caracterizaba y agregó: -Confío en ustedes y en el amigo con quien vine, contestó Urquiza. El Venerable Maestro que presidía la reunión, le informó al gobernador Urquiza, que normalmente los profanos suelen ser sometidos a tres viajes simbólicos, pero que en esta circunstancia, en atención a su investidura, se había decidido con acuerdo de todos los Hermanos prescindir de estas pruebas. Urquiza, estaba intrigado, pero al mismo tiempo algo cansado de toda esta ceremonia. Él era un guerrero... ¡Qué embromar! Ni siquiera la Iglesia católica lo había sometido a pruebas semejantes, cuando decidió construir una capilla dentro del Palacio San José. De pronto, un golpe -como el de un mazo, sobre una madera- lo sacó de sus elucubraciones. -¡Hermano Experto, cumplid con vuestro deber! ¡En pie y al orden! dijo una voz estentórea. Todos obedecieron y rodearon al general Urquiza, dirigiendo hacia él, sus espadas. -Hermanos Primero y Segundo Vigilante: ¿qué pedís para el candidato que se halla entre Columnas? -¡La luz! contestaron ambos. -Entonces, la luz le será dada al tercer golpe de mallete que parta del Oriente. Tres golpes, tan fuertes y misteriosos como el anterior, resuenan en el Templo. Rápidamente el Hermano Experto, quita la venda negra al Gral. Urquiza, quien con los ojos entrecerrados mira lentamente el recinto. Nunca había visto u oído hablar de algo igual: la forma de la Logia, el piso de mosaicos a cuadros blancos y negros; el techo pintado representa un cielo estrellado; desde el Oriente parten rayos luminosos, cuya intensidad disminuye hacia Occidente, donde el cielo está cubierto de nubes. Los Hermanos conducen a Urquiza hasta la Biblia y le hacen extender la mano derecha sobre ella. El Venerable Maestro, baja del trono llevando en la mano izquierda una espada flamígera y en la derecha, el mallete En ese momento, el Hermano Experto y el Maestro de Ceremonias cruzan sus espadas por encima de la cabeza de Urquiza; el Venerable Maestro apoya la suya sobre las otras dos, y solemnemente dice: -Yo, Venerable Maestro de esta respetable Logia, Jorge Washington, dependiente del Oriente de Montevideo, en uso de las facultades que me han sido conferidas, os instituyo y os consagro masón, y ciño a vuestra cintura este mandil, con el que se han honrado los hombres más eminentes del saber humano. El Venerable Maestro se acerca al oído del general Urquiza y le dice -sin que ningún otro pueda escucharla- la “Palabra Sagrada” A partir de ese momento, el general D. Justo José de Urquiza ya estaba bajo el símbolo de la acacia. Ese mismo día, también se afilió su hermano Cipriano José. EPÍLOGO. La Masonería es un sistema de moral dentro del que caben los principios y creencias de todos los hombres amantes de la humanidad y del progreso, y dotados de rectitud de criterio y buena voluntad. La Masonería es un arte tan útil como propagado. Su fin inmediato es la práctica de la filantropía en todas sus manifestaciones y aplicaciones. Los medios que emplea, son el trabajo, la verdad y el estudio. Su fin último o mediato consiste en el perfeccionamiento de la humanidad. Como arte tiene secretos, porque en todo arte existen misterios que requieren una progresión gradual de conocimientos para llegar a cualquier grado de perfección en él. Los que niegan al Gral. Urquiza y a otros próceres que construyeron nuestra nacionalidad, su carácter masónico, sostienen que “ eran profundamente católicos”. ¿Por qué ese afán en negar el carácter masónico de nuestros prohombres? La actitud beligerante de la gente, casi siempre está abonada en el hecho de que la Masonería ha sido reiteradamente condenada por las autoridades del Vaticano, desde el 24-4-1738 en la que apareció la encíclica In Eminenti Apostolatus Specula, del Papa Clemente XII. Sobre esta encíclica, se basó Felipe V en el año 1740, para legislar en contra de los masones; ejemplo que estimuló la promulgación del Real Decreto del 2 de julio de 1751, y otras sucesivas medidas de las autoridades españolas, con las que el gobierno franquista condenaba con una pena máxima de doce años y un día de prisión, el “delito de Masonería”. Se argumenta por ejemplo, que siendo profundamente católicos, no podrían ser masones los patriotas de 1810 y de la independencia argentina, ya que la Iglesia había “condenado a la secta”. Contesto que con tal criterio, esos mismos hombres, ante la aparición de las bulas de los Papas Pío VII, del 30 de enero de 1816, y las de León XII, el 24 de septiembre de 1824 y del 10 de febrero de 1825, en que condenaban los movimientos libertadores de América, nuestros padres fundadores deberían haber abandonado las armas y vuelto a someterse a Fernando VII y a sus sucesores. Los documentos, medallas, y mandiles; muestran la condición masónica del Gral. Urquiza. Observemos ésta, su alocución al pueblo, después de la batalla de Cepeda, (...) “En una lucha de familia, debe preferirse toda transacción a una batalla; la reconciliación tranquila y fraternal funda la paz e inspira nobles sentimientos para el porvenir, mientras que la sangre que se vierte en los campos de batalla, fermenta odios inextinguibles” (...). BOSCH, Beatriz- “Urquiza y su tiempo”. Y está todo dicho. BIBLIOGRAFÍA. BOSCH, Beatriz. “Urquiza y su tiempo” Eudeba. Segunda edición 1980. FRAU ABRINES, Lorenzo y ARÚS ARDERIU, Rosendo. “Diccionario Enciclopédico de la Masonería”. Editorial Kier. Buenos Aires. Segunda edición 1962. LAPPAS, Alcibíades.“La Masonería Argentina, a través de sus hombres”. Editorial Masónica. Tercera edición 2000. LAPPAS, Alcibíades. “San Martín y su ideario liberal”.Editorial Símbolo 1982. MASONERÍA ARGENTINA. REPOSITORIO PRIVADO. VINCENT de URQUIZA, Luis José “Bajo el símbolo de la acacia” Fuente: http://maicito.blogspot.com/2006/06/urquiza-masn-el-cap.html Les pido a los QQ.'. HH.'. que son miembros de T! que me escriban para contactarnos. Mi mail es: [email protected] T.'. A.'. F.'.