maxee19
Usuario (Argentina)
Bueno, les dejo esta monografia, que hice hoy para el colegio... Espero que a alguien le sirva... Un saludo (: El viejo me puso un 10, aunque creo que ese viejo no sabe nada... JAJAJA. INTRODUCCION En este trabajo se va a realizar un análisis sobre Grecia, el cual tiene como propósito estudiar La Segunda Guerra Médica ocurrida durante los años 480 a.C. y 448 a.C., en el cual se enfrentaron griegos y persas. Este estudio esta hecho para conocer las razones del conflicto, el honor y gloria en el cual creían los griegos, sus conceptos de libertad y hasta que punto eran capaces por conseguir la misma. Con respecto a la metodología aplicada, el tipo de investigación fue documental, basado en un diseño bibliográfico. Se reviso material documental de manera sistemática, rigurosa y profunda para analizar lo acontecido en Grecia en torno a la Segunda Guerra Médica. La estructura de este estudio esta conformada en capítulos los cuales son: Capitulo I: El inicio de la segunda Guerra Médica. 480 a.C. En Persia se lleva a cabo una nueva expedición contra Grecia. Sobreviene la segunda Guerra Médica. Al mando de Jerjes I, parte desde Sardes el ejército más numeroso de la historia. Capitulo II: La batalla de Termópilas. 487-483 a.C. En Atenas. Agosto: Leonidas y sus 300 espartanos. La batalla de Termópilas. La evacuación de Atenas. El ingreso persa en Atenas y su saqueo en la ciudad. Capitulo III: El regreso de Jerjes I a Persia. Septiembre: Ocurre la batalla de Salamina. Jerjes I regresa a Persia. Bajo el mando de Mardonio, el ejército persa permanece en Tesalia durante el invierno. Capitulo IV: La batalla de Platea. 479 a.C. En Grecia tiene lugar la batalla de Platea, el ejército persa es derrotado. Se produce el triunfo naval griego en Micala. El ejército persa se repliega y abandona la guerra. CAPITULO I: El inicio de la Segunda Guerra Médica. 486 a.C.: Jerjes I, heredero de Darío, aunque fuera el mas grande monarca sobre la faz de la tierra, su imperio se extendía desde la Anatolia inmemorial hasta los márgenes del sagrado Indo, y sus huestes hubieran sometido a todos los pueblos que salieron a enfrentarlo, no conseguía dormir tranquilo en las noches. A pesar de ser el dueño toda la tierra, todavía no había conseguido realizar el sueño de su padre: Conquistar a aquellos quienes habían llevado a su padre a la ruina en la batalla de Maraton, los griegos. Pero no seria tan fácil, dado que encontrarían situaciones de peligro formidables, tanto en las resistencias de algunas ciudades griegas, como en la endiablada geografía de un país poblado de riscos y desempeñaderos. Ya Darío, padre de Jerjes, y también Ciro, su abuelo y fundador de la dinastía Aqueménidas, habían comprobado por si mismos estas dificultades. Desde siempre, Persia había sido un lugar de concentración para griegos traidores en busca de asilo y protección. Tales como el espartano Demárato, o de Hipias, o el adivino Onomácrito, quienes siempre rondaban en el palacio como consejeros del mismo Jerjes. Todos ellos se esforzaban por convencer a Jerjes sobre la necesidad de guerrear nuevamente con los griegos. Entre todos ellos el mas influyente era el general Mardonio quien ambicionaba secretamente ser nombrado virrey de toda la Helade. Por otra parte, el adivino Oromácrito, le ocultaba a Jerjes los oráculos que avecinaban algún tropiezo y en cambio le recitaba los que eran favorables. Idea de Oromácrito fue construir un puente sobre el mar Egeo, en aquel punto donde era mas estrecho –conocido como Helesponto- para que pudiera cruzar por el las tropas de Jerjes. Cuatro años necesito Jerjes para reclutar a su vasto ejército. Recién durante el quinto año emprendió la marcha el ejército mas grande que haya alguna vez caminado por la faz de la tierra. Para aquella oportunidad, los generales persas, decidieron adoptar una ruta distinta, dado que aun recordaba el desastre que había ocurrido en la expedición del rey Ciro. Jerjes dispuso una construcción de un canal que atravesara la montaña. Tres años de trabajo y la vida de miles de esclavos demando la obra que permitirá el paso simultáneo de dos galeras con sus remos desplegados. Por fin el ejército persa reunido en Critalos se puso en marcha. Su primera escala seria Calenas, hogar de un hombre muy rico llamado Pitio, quien ofreció a Jerjes todo el dinero que disponía para financiar su campaña. Jerjes ordeno levantar campamento en Calenas e hizo enviar emisarios a todo Grecia con un ultimátum: si deseaban mantenerse con vida, debían declararse sus vasallos y entregar sus tierras, posesiones y bienes, con todo lo que hubiera en ellas. En tanto Jerjes cumplía con esas previsiones, el innumerable ejército reinicio su marcha. En una ciudad llamada Abidos, dispusieron la construcción de un puente sobre el Helesponto pero cuando el mismo estuvo terminado y listo, sucedió un imprevisto: se desato una tempestad que destruyo el puente. Jerjes supo esta desgracia e hizo que las aguas del Helesponto fueran azotadas y las tratasen como un reo tirándole unos grilletes de hierro al fondo del mismo. Peor aun fue la suerte de los constructores del malogrado puente, ya que los hizo decapitar sin mayores trámites ni consideraciones. Prontamente otros ingenieros reemplazaron a los desgraciados antecesores, quienes idearon otro modo de construir el puente. Así, después de comprobar que su idea funcionaba y era estable, las tropas persas pudieron cruzar el Helesponto. Al comenzar la primavera, después de haber invernado, el ejército persa, retomo su marcha. Fue entonces cuando un hecho inesperado dejo los corazones persas perplejos. Al mediodía, cuando el sol se hallaba su cúspide más alta, se oculto repentinamente a los ojos de los persas. Esto produjo una gran inquietud, no solo en Jerjes, sino en todos los hombres de la legión y también en sus bestias. Los magos persas fueron consultados, a lo que respondieron, que el Sol, astro que protegía a los griegos, con su ocultamiento, les anunciaba a aquellos la proximidad de su ruina. Al llegar a Dorisco, Jerjes pensó que aquel era un buen lugar para contar sus efectivos. Procedió agrupando los hombres de diez mil en diez mil y los agrupo en el menor espacio posible. Después se trazo una línea y levantaron una pared sobre dicha línea de modo que al concluir quedo edificado un corral que contenía diez mil hombres por vez. El recuento dio como resultado la exorbitante cifra de un millón setecientos mil hombres. Seis generales eran los que Jerjes tenía para comandar todo el ejército de tierra, con la excepción de los diez mil inmortales a quienes mandaba Hidarnes. Eran estos soldados los más temidos de todo el imperio. Debían su nombre al hecho de que cuando uno de ellos caía en batalla era inmediatamente reemplazado por otro combatiente que tomaba su mismo puesto. Era así que, a pesar de las bajas, esta tropa parecía no tener fin alguno. Además de su valentía y de su inmensa crueldad, los diez mil inmortales eran fácilmente reconocibles por la riqueza de sus uniformes recubiertos con ornamentos de oro. Cuando Jerjes termino la cuenta de sus fuerzas mando a llamar a Demárato, el exiliado rey de los espartanos, a quien interrogó del siguiente modo: “Demárato, tú eres griego y podrás responder mi pregunta: ¿tendrán los griegos valor para combatir conmigo? Estoy convencido de que ni siquiera todos los hombres de occidente unidos serían capaces de enfrentarme en el campo de batalla”. Con estas palabras respondió Demárato: “Señor mío, si la verdad es lo que buscas, te diré que Grecia es una nación hecha de virtud y disciplina. Esto que digo vale para todos los griegos, pero te hablare de los espartanos, que son los que mejor conozco. Pues por más que derrotes a todos los griegos y acepten ser tus vasallos, nunca será así con los espartanos. Ellos siempre saldrán a recibirte con las armas en la mano y te darán pelea, sean diez, cien o mil” Jerjes se largo a reír: “¡Vamos, Demárato! ¿Qué locura es ésa que puede llevar a un hombre a ir a la batalla en condición tan alevosamente desigual? Podría ser así si temiesen a un soberano cruel y que por miedo a un castigo peor que la muerte sacaran fuerzas de su flaquezas, pero librados a su propia voluntad y dejados a su arbitrio, eso es imposible” Demárato reflexionó cuidadosamente antes de responder: “Es cierto. Majestad, son libres, pero no sin freno, pues tienen su soberano en la ley de su tierra, a la cual temen tanto o más cuanto a usted sus vasallos. Los espartanos ejecutan sin falta lo que ella les manda, lo cual es siempre lo mismo: durante una batalla, nunca volver las espaldas a ninguna muchedumbre armada y vencer o morir sin dejar jamás el lugar de lucha, tal es su mandato mas sagrado y su honra mayor. Después de el dialogo con Demárato, Jerjes ordeno que su armada se pusiera nuevamente en movimiento para seguir con su campaña conquistadora. Así sucesivamente, los países de Tracia, de Tesalia y la ciudad de Abdera fueron derrotados y sometidos a su despótico yugo. Al llegar a orillas del río Estrimón, los magos persas debieron hacer rituales y sacrificios para encantar el río y conseguir aplacar sus turbulentas aguas que impedían el paso de los persas. Despues de vadear el turbulento río, la legión persa se puso de nuevo en camino, esta vez hasta la ciudad de Acanto, donde Jerjes ordeno que la armada se separara de la costa y navegara hasta la ciudad de Terma, el próximo lugar de encuentro. En su siguiente etapa de su campaña, sus naves atravesaron el canal abierto en el monte Athos y fueron sometiendo a todas las naciones que encontraran en su camino. Mientras, Jerjes, habiendo dejado Acanto, marchaba con su ejército por el interior del continente con el objeto de llegar a Terma. Durante ese tiempo, comenzaron a llegar los heraldos que habían sido enviados hacia las distintas ciudades de Grecia pidiendo la entrega de su país. Escarmentado por lo que años atrás le había sucedido a su padre, Jerjes no había enviado emisarios a Esparta ni a Atenas. Pues cuando Darío, también por entonces en campaña contra los griegos, envió a sus embajadores portando el mismo mensaje, tuvo que soportar la humillación de que estos fueran asesinados en el báratro –pozo donde se arrojaban a los delincuentes-. Aquel fue un grave crimen, ya que antes nadie había osado asesinar mensajeros. Sencillamente era algo que no encajaba en el código y se considero un atentado contra el respetado “derecho de gentes”. Mientras tanto, y después de transcurridas varias jornadas, las fuerzas de Jerjes volvieron a reunirse en Terma. El emperador pudo verificar que su numero había aumentado y las filas de su legión se extendian mas alla de donde la vista alcanzaba. De ese modo, se estimó y quedo para la posteridad que la armada persa rondaba los tres millones de almas entre infantería, caballería, marina y toda una muchedumbre de parientes, sirvientes, caballerizos y herreros que permitían que la infinita legión pudiera mantenerse en movimiento y preparada para la guerra. Capitulo II: La batalla de Termópilas. En toda la Hélade y el Peloponeso, aun antes de que Jerjes partiera hacia su campaña conquistadora y los emisarios persas arribaran con su ultimátum, ya tenían conocimiento de la invasión cercana. La primera en saber lo que se avecinaba fue Gorgo, reina de esparta y esposa de Leonidas, futuro héroe de Termopilas. En la hora sin sombra, estaba la reina Gorgo en compañía de otras mujeres de la corte. Los hombres, como era costumbre, comían todos juntos en una mesa; hablaban de lo abundante que seria la proxima cosecha de trigo y de lo fuerte que se desarrollaban los niños. Las mujeres, se ocupaban de hilar y tejer las túnicas de los grandes guerreros. Fue cuando pudieron ver a lo lejos una nube de polvo elevándose en el aire; era un jinete que se acercaba al palacio. Un manto de inquietud cayó sobre los presentes; pues las buenas noticias nunca llegaban sin aviso. Los hombres, con Leonidas al frente, salieron a su encuentro. El jinete salto de su montura y coloco una rodilla en tierra mientras le extendía a Leonidas unas tablillas enceradas que llevaba ocultas entre los pliegues de sus ropas. Le dijo que las tablillas eran enviadas por Demárato, pero que desconocía sus significados. Nadie podía entender el significado de las tablillas mas aun por ser enviadas por Demárato, quien había sido depuesto del mando de Esparta y ahora vivía en exilio junto a los persas. Leonidas tomó las tablillas pero sin poder comprender su significado fue pasándolas entre las manos de los hombres, pero ninguno pude encontrar en ellas significado alguno. Las mujeres, que seguían atentamente la situación comenzaron a reirse de los hombres y murmurar entre ellas. Leonidas, un poco molesto por la situación, maliciosamente entrego las tablillas a las mujeres para que ellas tambien quedasen perplejas al no poder descifrar su mensaje. Gorgo, que no por nada tenia el titulo de reina, se acercó hasta Leonidas, tomo las tablillas y las miro por unos cuantos minutos. Entonces, Gorgo tomó una pequeña daga que siempre llevaba consigo, raspó la cera que recubria a las tablillas y le mostro a los hombres el significado del mensaje escrito por Demárato. En ellas, Demárato le anunciaba a los espartanos que los persas preparaban una nueva invasión contra Grecia y que, para tal fin, Jerjes estaba reuniendo la armada mas grande de la historia. En tanto, la invasión persa no se detenia, arrasaba todo a su paso, derramando todo su poder destructor por toda Grecia. Allí la conmoción era total y se observaba claramente quienes habian decidido ser vasallos de los persas y los que habian rechazado el sometimiento, pero observaban que carecian de armada y ejercito para hacerles frente. Los atenienses enviaron sin demora a un grupo de anfictiones, sus representantes religiosos, al oráculo de Delfos, para que el dios Apolo expresara su parecer. El mismo dijo por la boca de la sacerdotisa: “¡Infelices! ¿Qué es lo que pretenden con tanta súplica? Dejen sus casas, dejen el palacio. No estarán seguras sus cabezas, ni sus cuerpos, ni el último árbol. Todo lo que caiga será abrasado por el fuego persa. Muchas murallas y templos caerán y serán consumidos por las llamas”. Al oír los presagios de Apolo, los anfictiones atenienses quedaron perplejos, pero viéndolos tan afectados por el oráculo, uno de los sacerdotes les sugirió que hicieran una nueva consulta, pero que esa vez se presentaran con ropas humildes y la mayor contrición. Nueva mente, los atenienses con sus prendas humildes y un gran arrepentimiento interrogaron al oráculo. Está les respondió con el mismo tono, pero esta vez les mostró una pequeña esperanza: “Firme como un diamante es mi oráculo y no lo cambiarán con halagos. Todo será tomado por los persas, pero hay un muro de madera que nunca lo será y servirá de refugio para ti y para tu descendencia. No quiero que sufran el ímpetu de la caballería, ni de tanto infante que viene de Asia. ¡Oh, infausta Salamina! ¡Oh, cuantos hijos perderás, sea la Helade una o se separe!” Los anfictiones atenienses tomaron nota de cada palabra y luego, sin demora emprendieron el regreso a Atenas. Cuando llegaron se presentaron ante el pueblo, y transmitieron el oráculo a la Asamblea. A partir de ese momento comenzó una encendida polémica en torno a las palabras de Apolo, habia quienes afirmaban que el muro de madera era el antiguo alcázar de Atenas. Otros proponian que atenas debia ser evacuada y erigida en otro asentamiento. Tomó la palabra Temístocles, un notable orador, que era partidario de la formación de una escuadra naval para enfrentar a la armada persa. Temístocles argumentaba que el muro de madera serian los barcos griegos y que la infausta Salamina era el lugar donde debian darles batalla. Asi, logro Temístocles que la mayoria se sumara a su partido y lo impulsaran al gobierno de Atenas sacando del cargo a Arístides, quien debio pasar un tiempo en el exilio para luego volver a ser llamado. Para fortuna, los atenienses contaban con una excelente reserva en el tesoro de la ciudad, pues habian comenzado la explotacion de unas minas de oro y plata. Por aquellos tiempos, Atenas se encontraba en guerra con Egina, y por esa razon, tambien a instancias de Temístocles, destinado a la construccion de doscientas naves. Esas embarcaciones, que finalmente no habian sido utilizadas contra los de Egina, permanecían ancladas en el puerto de El Pireo. Esto hacia que atenas poseyera una base concreta para enfrentar, aun en desventaja, la armada invasora. Durante esas jornadas se realizo un congreso de los pueblos de la Hélade y Peloponeso, al que concurrieron representantes de las ciudades dispuestos a resistir el ataque. Luego de la conferencia, se resolvió enviar emisarios a todos los pueblos con los que estubieran enemistados para imponer paz. Luego, decidieron enviar espias a el ejercito persa para vigilar sus movimientos, como tambein, enviar emisarios a Creta y Sicilia, para involucrarlos en la conformacion de la milicia griega. En Atenas, entonces, tubo lugar otro debate acerca cual seria el mejor lugar para enfrentar a los invasores. Finalmente prevalecio la opinión que sostenia que el lugar mas apto para enfrentarse a los persas seria un estrecho paso llamado Termópilas. El Paso de Termópilas era -al menos en apariencia- el unico camino para ingresar al pais ateniense, dado que era un desfiladero por el cual, en su parte mas estrecha, sólo podia pasar un carro a la vez. Por el oeste estaba un monte escabroso e inaccesible, mientras que por oriente, tenia por limite unas cienagas sulfurosas y pozos termales, de los cuales recibio el nombre “puertas calientes”. Antiguamente, habia existido un muro que habian construido los Focios para repeler una posible invasión de Tesalia en sus tierras, pero para esos tiempos ya era una ruina, los griegos decidieron volver a reconstruirlo y valerse de el para su defensa, pues allí, los persas no podian valerse de su inmensa multitud de tropas y menos aun de su caballeria. Jerjes que continuaba dando la orden de que su ejercito siguiera en movimiento, despacho 10 naves, las mas rapidas de todas, en el lugar donde los griegos habian dispuesto 3 naves de observación, la primera en ser capturada fue la de ciudad de Tracen, donde los persas, una vez a bordo decidieron degollar al prisionero mas gallardo por considerar que ese sacrificio les seria buen agüero. Otra galera, de la isla Egina, por el contrario, permanecio y enfrento el ataque valerosamente. Entre los de Egina uno un soldado, llamado Pites que dio prodigiosas muestras de valor. En el momento la lucha, resistio con armas en la mano hasta que por tantas heridas no pudo mantenerse en pie. Los persas, que respetaban a los guerreros valerosos, quedaron muy admirados y cuando le vieron un pequeño hilo de vida, se empeñaron en que sobreviviera. La tercera galera era de los atenienses, habia varado en un banco de arena pero al llegar los persas su nave ya se encontraba sin ningun tripulante pues los atenienses habian saltado a la arena y caminado hasta Atenas. El ejercito naval griego, pudo observar las señales de fuego por los vigias y navegaron para ponerse a salvo. Despues de ese enfrentamiento, persas y griegos, por lo que los persas navegaron hasta Termópilas a sus anchas. Allí los persas comenzaron a depositar sus naves en la arena, pero pronto sus naves colmaron la rivera; por lo que muchas comenzaron a anclar en las aguas de la bahia. Asi paso la noche la flota persa, pero antes del amanecer, comenzo a soplar el temible viento Helespontias; entonces, el cielo se volvió sombrío y las aguas se hincharon y convulsionaron. Antes de la tormenta, y por sugeriencia de un oráculo, los atenienses habian invocado a Bóreas, el viento del norte, para que soplara contra los invasores bárbaros. En las proximidades de Termópilas, comenzaron a concentrarse las fuerzas griegas. Desde cada rincon del pais llegaban homrbres listos para entrar en accion, movidos por un unico sentimiento: el rechazo a los que pretendian desplazarlos de sus tierras y apropiarse de los frutos producidos con esfuerzo. Por eso, a pesar de las distancias recorridas, iban llegando a Termópilas hombres de Tegea, los deMantinea, de Arcadia y de Orcñomeno, de Corinto y Fliunde, de Micenas, de Tespia, de Beocia, de Tebas, los de Lócrida y Focia, quienes por su cercania al lugar fueron los primeros en llegar, a todos los cuales se incorporarían los trescientos espartanos. Así, el numero de guerreros sumaria un numero de seis mil hombres. Cada legion griega tenia su propio general, pero habia uno que comandaba a todos: era Leonidas, de la estirpe de los Heráclidas y rey de Esparta, quien desobedecio el oráculo y a los Éforos, agrupo a trecientos hombres que eligió entre los mas aptos y marchó con ellos a Termópilas. Para los espartanos no habia mayor gloria que aquella obtenida en combate, a la cual acudian con un mandato ineclinable: no rendirse nunca ni retirarse jamas. Los espartanos eran educados en el culto de la disciplina y el rigor; apenas dejaban la niñez, eran puestos bajo la tutela del estado y alejado de sus padres. A partir de los 20 años eran incorporados a la comunidad de los guerreros, para luego integrar las mesas comunes. Leónidas fue mucho más que un rey: fue un caudillo, un lider que comprendió todo lo que estaba en juego en aquella hora crucial, en la cual no sólo deberia enfrentar el ejercito mas grande de la historia sino tambien su propio destino, puesto que el oráculo habia vaticinado que Esparta sólo se mantendria invicta y gloriosa si su rey perecia durante el combate. Ávido por conocer las actividades de los griegos, Jerjes envio un espía para que viese que hacian en la vispera de su ruina, pues le habian informado que se habia juntado alli un pequeño grupo de espartanos comandados por Leonidas. Pero poco fue lo que el espia pudo ver, dado que alli habia una alta muralla que le impedia observar que pasaba del otro lado por eso no tuvo otro remedio que conformarse con lo que veia del lado anterior. Justo en ese momento los espartanos se encontraban de guardia, de modo que pudo ver a guerreros haciendo ejercicios fisicos y entrenandose para la lucha, pero lo que mas le sorprendio, fue ver como peinaban con dedicacion sus melenas y lustraban sus equipos, pues los espartanos siempre iban a la batalla acicalados y con sus mejores afeites, porque si les tocaba morir querian lucir esplendidos al lleguar al mas alla. Al quinto dia de espera, Jerjes penso que la obstinación de los griegos era falta de juicio. Todo aquello era mas de lo que el emperador del mundo no podia tolerar, envio un regimiento con la orden formal de que prendiesen a quellos locos y los presentasen vivos. Era el año 480 a.C.; era verano en el mar Egeo y en toda la Hélade; la batalla de Termópilas finalmente iba a comenzar. Los persas atacaron sin saber a quienes se enfrentaban. Torpemente subestimaron a sus adversarios y pagaron un precio muy alto por aquello. El primer combate duro todo el dia; fueron muchos los persas que cayeron en la embestida y, aunque fueron relevados por otros contingentes de soldados, no consiguieron hacer retroceder a la legion griega. Jerjes, inquieto, reemplazo el regimiento derrotado e hizo avanzar a los legendarios Inmortales de Hidarnes, confiado en que estos arrasarían con el enemigo. Pero los inmortales, con lanzas mas cortas que los griegos, poco pudieron hacer y su terrible fama y su multidinario numero no les sirvieron de nada. Allí en Termópilas, todos los pueblos griegos hicieron prodigiosos actos de valor casi por igual, pero serían los espartanos quienes con sorprendentes muestras de habilidad demostrarian que en todo eran guerreros expertos y veteranos. Era el modo disciplinado en que combatian los espartanos, quienes, difícilmente lo hacian en solitario, ya que formaban grupos en los cuales lo fundamental era la confianza que cada uno depositaba en su compañero pues el escudo de cada uno de los guerreros cubria mas al camarada que a uno mismo. Esas razones hacian de cada unidad de guerreros una auténtica maquina de guerra. Jerjes continuaba mirando desde lo alto de una montaña como su ejercito era aplastado por los combatientes griegos. Iba y venia entre las carpas, buscando una respuesta. Mando a llamar a todos sus magos y generales. A quienes les encomendó, a los magos realizar grandes sacrificios para tener el favor de los dioses y a sus militares les ordeno aplastar a los griegos a cualquier precio. Al dia siguiente, no fue mejor para los persas, quienes se lanzaron al campo de batallas pensando que sus enemigos iban a estar desmoralizados y cubiertos de heridas. Pero lamentablemente para Jerjes y los suyos, los giregos ingresaron al combate con mucho aplomo y espiritu, y ordenados según su lugar de procedencia. Solo faltaron los focenses quienes habian sido mandados a custodiar una senda ubicada en la retaguardia. El segundo dia fue para los persas tanto o mas adverso de lo que habia sido el primero pues debieron retirarse del campo de batallas desmoralizados. Jerjes se hallaba confundido y no queria escuchar a nadie. Pues parecia que Termópilas fuese la tumba para su campaña conquistadora. Mientras Jerjes seguia con sus pensamientos, Epialtes, el traidor, rogo una audiencia con el rey persa, pues conocia la existencia de un sendero oculto, olvidado por todos que atravesaba las escarpadas montañas y caia directo a espaldas de los griegos. De inmediato Jerjes mando a llamar a Hidarnes y ordeno que, guiados por Epialtes, siguiera con la tropa el camino que este le señalara. Los persas se hallaron a orillas del rio Asopo y marcharon por el cruzando una larga y estrecha quebrada. Caminaron toda la noche y al despuntar el alba se hallaron en el monte donde acampaban los mil focenses que cubrian la retaguardia. Los focences dieron la voz de alarma y todos corrienron a tomar las armas, los persas rapidamentes los rodearon. Pero Hidarnes, que no sabia quienes eran, le pregunto a Epialtes si eran espartanos, y este, para tranquilidad de Hidarnes les dijo que eran focenses. El comandante de los persas ordeno una descarga de flechas contra los focenses con lo cual los mismos no tubieron otra opcion que reagruparse en el monte. Para cuando los focenses pudieron reagruparse y se dispusieron a pelear, los persas ignorandolos y rehusando la lucha los rodearon y avazaron directamente hacia Termópilas. Epialtes habia cumplido con su cometido, pero el Congreso de Anfictiones le había puesto precio a su cabeza. Huyo hacia Tesalia, con la confianza que en territorio amigo persa ningún enemigo podría hallarlo. Pero se equivocaba, porque un hombre llamado Atenades daria con el y le hizo pagar con su vida la traicion. La primera señar de lo que se avecinaba y que los persas por fin conseguirían derrotarlos les vino de Megistias, el adivino. Para cubrirlos con su manto de penumbra, llegaron al campamento griego unos desertores con la noticia de que los persas estaban realizando una avance por la retaguardia. Con la llegada de la aurora los centinelas griegos quienes pudieron observar por si mismos el modo en que la gruesa columna persa avanzaba serpenteando por los montes, los centinelas corrieron para darle esta novedad tan nefasta a Leonidas. Se realizo un consejo donde se debatio que hacer en esas horas decisivas. Se establecieron dos bandos: uno sostenia que debian retirarse y proteger lo que quedaba de Grecia. Los otros, en minoria, sostenian que debian resistir allí hasta su ultimo aliento. Fue Leonidas, jefe de los espartanos y a la sazon comandante del ejercito griego, quien definio como se procederia. Por lo que decidio licenciar a los indecisos y los cobardes. Y a los otros que estaban dispuestos a la gloria y la inmortalidad les pidio que se unieran a el y a sus trecientos espartanos. Despues, los distintos contigentes griegos fueron abandonando el paso de las Termópilas; los unicos que permanecieron voluntariosamente junto a los espartanos fueron los valerosos soldados tespiences quienes, al mando de Domófilo, manifestaron que no solo no se irian de allí, sino que, además, lucharian a brazo partido junto a los espartanos. Quien tampoco quiso abandonar a Termópilas, fiel a Leónidas y a Esparta, fue Megistias, el adivino. En cambio, los tebanos, debieron permanecer en Termópilas, pues a Leónidas le sobraban razones para sospechar que los de Tebas estaban resueltos a traicionarlos. Al día siguiente, a Jerjes se lo vio mucho mas tranquilo y en calma después de varios días; entonces, reunió a su gabinete, y cuando todos sus ministros estuvieron presentes, dio la orden de que sus fuerzas avanzaran. Mientras, en el campamento griego, Leonidas ordenó repartir ración extra para todos sus soldados, consientes de la gravedad de la hora. Se dirigió Leónidas a sus hombres con estas palabras: “¡Espartanos, coman y beban hasta la saciedad porque esta noche cenaremos en el Hades!”. Cuando finalmente persas y espartanos estuvieron frente a frente, Jerjes les dio el ultimátum final al gritarles: “¡Espartanos, entreguen las armas!”. En medio del silencio mas ominoso las palabras de Jerjes resonaron entre las paredes de Termópilas. Entonces, repentinamente, una voz resonó como un trueno entre las filas espartanas: “¡Si las quieres, tendrás que venir a buscarlas!” Los trecientos espartanos y sus camaradas tespienses festejaron la ocurrente respuesta golpeando sus escudos con sus lanzas, y fue como si lanzaran una insultante carcajada de desprecio a la cara del todopoderoso Jerjes. Como hombres que están hartos de esperar y que buscan saber como es el descarnado rostro de la muerte, fueron los espartanos quienes tomaron su iniciativa embistiendo contra la muchedumbre persa. El estrago provocado por los espartanos fue enorme. Los persas caían en el campo de batalla como cae el trigo segado en la cosecha. Espartanos y tespienses sabían que el fin estaba cerca y que pronto serian rodeador por los persas guiados por Epialtes. En el fragor del combate no eran pocos los espartanos que caían y asi muchos valiosos guerreros fueron pareciendo. Uno tras otro cayeron, hasta que la muerte vino a alcanzar al propio Leónidas. Entonces, el combate recrudecio y se volvio encarnizado en torno al cuerpo de su cadáver. Los persas sabían que si conseguían arrebatar a los espartanos el cadáver de Leonidas seria el mas valioso trofeo que podian obtener de la batalla, pero los espartanos jamas entregarian el cuerpo de su amado caudillo, que aun sin vida seguia agrupandolos como un estandarte de libertad. El furor del combate duró hasta que comenzaron a llegar los persas guiados por el infame Epialtes. Pronto fueron rodeados por una marea humana que se extendia hasta donde el ojo posara; el acto final estaba por comenzar. Los espartanos pelearon como nunca lo habia hecho nadie en toda la historia; con espada, los que todavía la conservaban; otros lo hacian con sus manos, y hasta los que ya no podian levantas sus brazos a causa de las heridas se defendian a dentalladas, siempre juntos, sin retroceder, sin rendirse. Fue entonces cuando huyo la luz del día y del oscurecido cielo comenzo a llover coposamente afiladas puntas de flechas. Espartanos y despienses quedaron sepultados por las saetas que les arrojaban miles de arqueros persas. Uno a uno los heroicos guerreros fueron apagandose, cayendo, hasta que sus cuerpos ya sin vida no fueron mas que jirones sanguinolentos. Ni uno solo habia sobrevivido. Ni uno solo se habia entregado. Ninguno se habia rendido. El honor de Esparta permanecia intacto. Leónidas y sus trescientos espartanos, junto con sus camaradas tespienses, habian alcanzado la gloria eterna, les pertenecía por completo. Deberian pasar muchos años para que los persas abandonaran sus afanes de conquista y para que los héroes de Termópilas pudieran recibir homenaje. Al mismo tiempo que las huestes de Jerjes, que ya habian abandonado Termópilas, se dedicaban a asolar cada poblado del norte de Grecia, dejando a su paso una estela de ruina y destrucción, los atenienses impulsaban el traslado de la flota griega a Salamina, sitio muy cercano a Atenas y refugio para los pobladores que se autoevaluaban. Para esto se vieron obligados a derrotar al consejo de la Liga Griega a los que buscaban replegar la flota hasta el istmo que une el Peloponeso con el resto de Grecia y allí enfrentar a la flota y el ejercito persa. El encargado de convencer a los generales griegos sobra la conveniencia de peleas en las aguas de Salamina e imponer asi el parecer de los atenienses fue, una vez mas, el providencial Temístocles. Las fuerzas invasoras se habian dividido en tres columnas dado que asi podrian desplegar mas efectivamente su poder destructivo. Una de las tres columnas habia sido designada para conquistar y saquear el sitio mas sagrado de toda Grecia: el oráculo de la ciudad de Delfos. En cuanto supieron lo que iba a acontecer, los habitantes abandonaron la ciudad y trasladaron sus pertenencias a las alturas del monte Parnaso; solo permanecieron en Delfos el sacerdote Acerato y sesenta hombres para defensa del templo. Cuando los invasores atacaron el sitio, acontecio un hecho que los sobrecogio de terror. Era un día soleado y luminoso, cuando estalló un poderoso relampago en la ladera del monte Parnaso. La explosion provoco el derrumbe de parte de la montaña que desplomo toneladas de roca sobre los sacrilegos agresores. Los defensores del templo emprendieron entonces la persecución de los aterrorizados persas sobrevivientes del desastre, quienes afirmaron y juraron que en su huida habian sido perseguidos por dos feroces hoplitas de dimensiones sobrehumanas. Mientras tanto, mas fuerzas de Jerjes avanzaban contra incontenibles sobre Atenas. Los atenienses, puestos sobre aviso, habian conseguido evacuar a toda la población. Cuando Jerjes entro finalmente en Atenas encontro una ciudad desierta, salvo por unos pocos que de tan pobres carecian de medios para abandonar la ciudad y por otros que permanecían en el interior de la ciudadela dispuestos a resistir hasta el ultimo aliento. La ciudadela fue sitiada por los invasores hasta que los invasores consiguieron entrar en la ciudad. Algunos atenienses, al ver a los persas muros adentro del fortificado recinto, prefirieron quitarse la vida arrojandose al vacio; los demas buscaron un ultimo refugio dentro del templo de Atenea. La primera tarea que se dieron los persas fue pasar cuchillo a todas las personas refugiadas dentro del templo, saquear los objetos de valor y por ultimo, para concluir su bestial labor, incendiar a la ciudadela. Cuatro meses pasaron desde que la armada persa iniciara su marcha y, con la profanación del templo de Atenea, Jerjes por fin consumaba su anhelada venganza contra los atenienses. Pero Atenas, no sucumbiría, y como el ave fénix volvería a renacer de sus propias ruinas. Capitulo III: El regreso de Jerjes I a Persia. Fue ahí cuando Temístocles intervino, quien estaba convencido de que los griegos tenian posiblidades de derrotar a los persas, decidio emprender una operación personal y secreta, por lo cual razono de este modo: “Si los griegos no quieren luchar, seran los persas quienes los obliguen”. Reunio un grupo de soldados -dispuestos de llevarse el secreto a la tumba- y les encomendo la mision de cruzar las lineas persas para parlamentar y decirles que los griegos estaban dispuestos a huir y ese era el momento para atacar. Los generales de Jerjes ordenaron que a la medianoche, las embarcaciones persas rodearan la isla de Salamina con el mayor sigilo. Mientras esto ocurria, los griegos todavía deliberaban. En ese momento irrumpio el recinto otro de los hombres mas admirables en Atenas, Arístides, quien regresaba del exilio para participar en la defensa de Atenas, trayendo la noticia de que los persas habian rodeado a los griegos. Al amanecer del día siguiente, todo era calma en Salamina. Los persas levaron anclas, desplegaron sus velas y clavaron los remos en el agua dispuestos a avanzar. Los griegos, aun temerosos y en un inútil intento por demorar la batalla remaban en sentido contrario. Un ateniense, llamado Aminias, decidio que era tiempo de ver el destino a la cara, y avanzo resueltamente contra los persas embistiendo, espoleando y abordando una de las galeras enemigas. Los demas griegos, contagiados por el fervor guerrero, entraron en batalla. Ya no quedaba lugar para la fuga, solo para la lucha, mortal, final, desesperada. La batalla de Salamina comenzaba por fin y parecia que los dioses concurrirían a ella. Cada capitan persa se esforzaba por dar muestra de valor ante Jerjes, que seguia la batalla desde las alturas del monte Egaleo. Pero fue ese mismo afan de notoriedad y reconocimiento lo que provoco que las naves colisionaran entre si, al pugnar por un sitio donde el combate era mas fragoso y encarnizado. Finalmente, la derrota de los persas frente a la isla de Salamina fue absoluta, devastadora, y marco el principio del fin de la invasión persa. Al termino de la batalla, los cuerpos sin vida de uno y otro bando, las naves destrozadas que flotaban a la deriva eran tantos que para las victoriosas galeras griegas era casi una tarea imposible sumergir los remos y maniobrar en aquellas aguas. Jerjes valiendose de su astucia, urdio una artimaña que le permitiria ganar el tiempo necesario para alejarse de sus enemigos y huir. Para eso ordeno que el resto de sus naves -las que aun podian hacerlo- se reagruparan como si fueran a volver a la lucha. Esto mantuvo a los griegos vigilantes y alertas ante los movimientos de sus enemigos maltrechos y diezmados persas, sin percibir que Jerjes, acompañado de su cuerpo de elite, abandonaba el monte Egaleo y se daba a la fuga. Presuroso se dirigio al cuartel de su general mayor Mardonio a quien le confio su resolucion de concluir la desastrosa expedición. Para el emperador Jerjes se habia terminado el furor guerrero. Una vez mas un rey de la dinastia Aquemenida habia mordido el polvo de la derrota al pretender la conquista de los griegos, sus enemigos seculares. El general Mardionio, nada tubo que objetar ante la decisión de Jerjes, ya que su cabeza, pendia de un hilo. Dado que el habia sido quien mas habia instigado por la realización de esta desastrosa campaña. Por esa razon, Mardonio continuaria en territorio griego y continuaria batallando. Jerjes no tardaria en partir regreso a Persia mas que el tiempo que necesito Mardonio para seleccionar los regimientos que lo acompañarian durante el resto de la campaña. El regreso de Jerjes se convirtió en una nueva sucesion de calamidades. Dado que el puente del Helesponto, se vio forzado a desistir dado que se habia deteriorado su estructura. Entonces, el rey persa debio embarcarse para cruzar a Abidos, sitio donde habian partido en el inicio de la expedición. Estando la embarcación a mitad de camino, entre un punto y otro, se levanto un viento tempestuoso, el Estrimomas, el cual puso el paso de Jerjes en peligro. Capitulo IV: La batalla de Platea. Mardonio, un año mas tarde y después de haber invernado en las praderas de Tesalia volviera a enfrentar a los griegos, esta vez en una decisiva batalla en los llanos de Platea. Una vez mas, serian los espartanos y atenienses, comandado por Pausanias, sobrino de Leonidas, y por Arístides de Atenas -el mismo que tuviera una destacada actuación de Salamina- los encargados de enfrentar a los persas con un regimiento de ocho mil hoplitas de Atenas y cinco mil de Esparta, junto a otros provenientes de las demas ciudades de la Liga Griega. Ambos ejercitos acamparon a orillas del rio Asopo y a los pies del monte Citerón. Mardonio consideraba que aquel lugar era el mas adecuado para para que la caballeria persa hiciera su trabajo, y para mejorarlo habia mandado a talar los arboles del lugar. Los persas días atrás guardaban luto, pues, en unas de las escaramuzas previas a la batalla uno de sus principales caudillos, Masistias, habia muerto, motivo por el cual los soldados se cortaron las cabelleras y las barbas, y tusaron los crines de sus caballos. En el campamento persa reinaba la quietud cuando un jinete cruzo el campo con gran sigilo para dirigirse hacia las lineas griegas. Era el rey de Tesalia, pais del norte sometido por Jerjes, que, forzado por las circunstancias, debia pelear del bando persa cuando su corazon y su alma estaban junto a los defensores griegos. Por esas razones no dudaba en llevarle la noticia a Pausanias la novedad de que el día siguiente Mardonio daria finalmente la voz de ataque. Con los primeros rayos de sol, la cabelleria persa embistio contra los espartanos, que bien agrupados y cubiertos con sus solidos escudos repelieron el ataque de los persas. La caballeria atraveso todo el llano de Platea, y ganandole la retaguardia a los griegos llego el manantial de Gargafia, donde los locales tenian el agua. Allí los jinetes persas se dispusieron a enturbiar el agua, esto puso a los espartanos en un aprieto por lo que deberiaon replegarse y abandonar el campo de batalla. Entre tanto que Pausanias invocaba el auxilio de los dioses, los persas redoblaban sus cargas de caballeria y dejaban a los espartanos al borde del desastre. Pausanias despacho entonces, a un jinete para que le pidiera aunxilio a Arístides. Los atenienses se pusieron en movimiento de inmediato, pero fueron bloqueados por un regimiento aliados de los persas contra los que tuvieron que pelear con denuedo. Finalmente, y luego de una ardua resistencia, los espartanos consiguieron romper una empalizada de escudos de la cual se parapetaba los persas y avanzar sobre los invasores; el combate en las proximidades del templo Ceres se volvio encarnizado. Los persas, con un coraje igual al de los espartanos, pero en un numero muy superior, agarraban las lanzas del enemigo y las rompian con las manos; pero tenian la desventaja de combatir con el cuerpo descubierto, de carácter de disciplina, de no tener experiencia en aquel tipo de lucha y de no poseer la destreza de sus adversarios en el manejo de las armas. De modo que, por mas que acometian con coraje, quedaban maltrechos y traspasados por las lanzas, y caían a los piers de los espartanos. Mardonio, en el centro de la batalla, su dorada armadura brillando bajo el sol, hacia caracolear su soberbio caballo blanco, y cada giro que ralentizaba un remolido de muerte en torno de el. Su espada, centella leta, caia incansablemente sobre los espartanos que lo enfrentaban, hasta que de entre todos se destaco la figura de Aimnesto, celebre guerrero de Esparta, que a golpes de espada supo abrirse paso entre los persas y derrotar a Mardonio luego de un feroz combate personal. Una vez muerto Mardonio, y muertos tambien los bravos persas que lo rodeaban, empezaron los restantes -que no eran pocos- volver sus espaldas y a cefer campo a sus enemigos. Derrotados ya los persas en los campos de Platea y obligados a la fuga por los espartanos, escapaban sin orden alguno al fuerte que habia levantado. Hasta alli fueron perseguidos por los griegos, quienes, después de un extenso asedio, y tras ingresar en el ultimo refugio de los persas, procedieron a su aniquilamiento. Pausanias ordeno que el impresionante botin de los persas fuera reunido por completo para luego dividirlo en forma equitativa entre los vencedores la oportunidad para llenar sus bolsas con oro y plata. Asi, once días después de la batalla de platea, se presentaron los griegos ante las puertas de Tebas y la sitiaron. El asedio fue largo y cruento, hasta que, al cumplir con las demandas de Pausanias, los tebanos accedieron a entregar a los conciudadanos que eran acusados de colaborar con los invasores. Estos fueron hechos prisioneros por Pausanias quien los hizo trasladar a Corinto donde mando que fueran ejecutados. Durante el transcurso de aquel mismo año -479 a.C.- y pocos días después de la batalle de Platea, los persas volverían a conocer la derrota una vez mas. Ello sucederia cuando la flota de la Liga Griega, apostada en Delos y bajo el mando del espartano Leotíquides y el ateniense Jantipo, recibiera una delegacion de jonios que llegaba hasta alli para requerirles que acudieran en su auxilio y los ayudaran a liberarse del yugo persa. Proposito este que los jonios consiguiera luego de insistentes e infatigables suplicas y con argumentos semejantes a los que usara en su momento Aristágoras. Asi, la flota levo sus anclas otra vez y navego hasta las costas de Asia, para caer sobre los persas que habian hecho campamento en un lugar llamado Mícala, en las cercanias de Mileto; nuevamente la derrota de los persas, tras un cruento combate, seria completa, pero esta vez, ademas definitiva. Mientras tanto, en la lejana Persia, asi como Atenas, tuvieron lugar a su vez dramaticos sucesos. Pues años después de su apoteoica entrada en Susa y de su regreso al trono, el otrora todopoderoso Jerjes, semidios y emperador del mundo, fue victima de la corrupción cortesana y de las intrigas palaciegas, y murio asesinado en su propio lecho; nada quedo del emperador del mundo, tan solo un cuerpo sin vida en una cama demasiado grande. Conclusion. Grecia, en cambio, gozo de veinte de años de una paz relativa -dado el conflicto en lo sucesivo fue entre Atenas, Esparta y otras ciudades helénicas- que posibilitaron una explosion cultural sin antecedentes en la historia de la humanidad, que se manifesto en un inedito desarrollo de las artes plasticas, la arquitectura, la filosofia y el teatro, y a poco tiempo después, hacia el año 460 a.C., las reformas politicas sentaron bases del sistema democratico. Bibliografia. 1 - 7º y 8º libro de Heródoto. 2 - Los 300 espartanos Heródoto Indice. Intruduccion……………….. 1 Desarrollo…………………. 2 - 15 Conclusion………………… 16 Blibliografia……………….. 17