mattviking
Usuario (Argentina)
"La guerra es la paz.La libertad es la esclavitud.La ignorancia es la fuerza""Quien controla el pasado,controla el futuro;quien controla el futuro controla el presente".George Orwell 1984 "El mundo se divide en 3 categorías de personas: un pequeñisimo grupo que hace producir los acontecimientos,un grupo poco más importante que vigila su ejecución y asiste a su cumplimiento y una basta mayoría que jamás sabrá lo que en realidad ha acontecido" Nicholas Murray Butler. He aquí mi reflexión. Modernismo: Podemos decir que es el dinero, las megaempresas, el trabajo esclavizado de 24 Hs. al día, es el estrés constante, las grandes ciudades, el trabajo rutinario en una oficina, el vivir hacinado, el amontonamiento de gente, el trabajo bursátil, la extinción del sentido común y de la familia, de la industria familiar.Es perder ,en parte, nuestra humanidad,como en el vivir inseguro,desconfiando de los demás,encerrándose en un pequeño grupo de amigos los cuales,aveces, nos conformamos cruzando unas palabras por el chat y no en la vida real. Modernismo es una obligación; hay que ser como dice el sistema actual; modernismo son los súper gimnasios, el cuidado obsesivo por el cuerpo, la anorexia, la bulimia, las operaciones para agregarse pecho o cola o labios; o sacarse una costilla y modificarse algo; es la vergüenza por uno mismo; es la obligación a ser como los demás. Modernismo es la muerte de los libros, del sentido común, del amor, de la amistad, de la inteligencia.Modernismo es la era tecnológica(donde solo salen los avances que beneficien la globalización,no los que nos mejoren a nosotros), la estupidez humana, la producción en masa, los Shopping, la acumulación de gente, la proliferación de idiotas, el bloqueo mental, el bloqueo espiritual. Modernismo es una etapa de anarquía donde los más inteligentes se apropian de todo. Dicen que la esclavitud no existe, pero yo veo gente trabajando más de 18 horas por un mísero sueldo para poder alimentar con muchas carencias a su familia, y no puede fallar por que sino será expulsado. Decimos que es el auge de la tecnología, pero también de la ignorancia. Decimos que son tiempos de paz; pero la Guerra se puede presentar de maneras menos violentas. Es una etapa de libre expresión, pero también es una etapa de bloqueo mental masivo. Entonces la libre expresión es pobre y controlada. Quién se oponga será humillado. Modernismo es la explotación del todo y del nada. Todo es explotable y se puede hacer negocios en torno a ello. Hasta la “oposición al sistema” es un gran negocio. El capital es el medio de vida, si lo miramos racionalmente, nos controla un pedazo de hoja rectangular. Como si no fuera suficiente, hay seis mil millones de habitantes de libre expresión, de los cuales, la gran mayoría no puede expresarse, otros no tienen los medios, un minúsculo porcentaje lo sabe y controla todo y la gente que podrá pensar, esta controlada totalmente, sin que ellos lo sepan. Esta controlada yendo al gimnasio, mirando la basura actual de TV y leyendo noticias varias, que siempre son iguales en el diario. Que inteligencia el de controlar los medios masivos. Modernismo es creerse alguien mientras que no somos más que peones, viviendo en una ilusión eterna. Modernismo es la tendencia a la vageza, a lo fácil, a la bajeza.La falta de educación, reemplazada por un pobre sistema de degradación, para que todos creean el ilusionismo donde vivimos. Y cada generación va a ser peor si esto sigue así. Cada vez la cultura se va a degradar más hasta desintegrarse. Para aquellos que me crean negativita, les digo que soy realista solamente y les propongo contradecirme. Por supuesto que tenemos un mundo hermoso, pero es la permanente ambición natural del hombre (esa es nuestra naturaleza) la cual lo va destruyendo. Por supuesto que tenemos hermosos lugares, dignos de comparase con el paraíso, sin embargo, es el hombre quien construye una ciudad, y quienes no se adaptan a la competencia actual, quedan afuera del juego, si, esto es solo un juego. Y por supuesto que cada vez perdemos más nuestra escencia humana... Me gustaría cerrar el post con una frase -La solidaridad -dijo Demian- es algo hermoso. Pero lo que vemos florecer por ahí no es solidaridad. Volverá a renacer del conocimiento del individuo por los individuos y durante algún tiempo transformará el mundo. La que hoy existe no es más que espíritu gregario. Los hombres se unen porque tienen miedo los unos de los otros; los señores se asocian, los trabajadores se asocian, los sabios se asocian. ¿Y por qué tienen miedo? Sólo se tiene miedo cuando se está en disensión consigo mismo. Tienen miedo porque nunca se han reconocido a sí mismos. ¡Una sociedad de hombres que tienen miedo de lo desconocido que anida en ellos! Todos se percatan de que sus leyes de vida no funcionan ya, de que viven según los viejos códigos y que ni su religión ni su moral corresponden a lo que necesitamos. Durante cien años y más, Europa no ha hecho más que estudiar y construir fábricas. Todos saben con exactitud cuántos gramos de pólvora se necesitan para matar a un hombre; pero no saben cómo se reza a Dios, no saben siquiera cómo se pasa un rato divertido. ¡Mira las tabernas de los estudiantes! O un lugar de diversión donde se reúne gente rica. ¡Desesperante! Querido Sinclair, de esto no puede salir nada alegre. Los hombres que se apiñan acobardados están llenos de miedo y de maldad; ninguno se fía del otro. Son fieles a unos ideales que han dejado de serlo y apedrean a todo el que crea otros nuevos. Presiento graves conflictos. Vendrán, créeme, vendrán pronto. Naturalmente, no «mejorarán» el mundo. Que los obreros maten a los empresarios, o que Rusia y Alemania disparen una sobre otra, nada altera la situación; sólo cambian los dueños. Pero no será completamente en vano. Hará patente la miseria de los ideales actuales; se saldarán las cuentas con los dioses de la Edad de Piedra. Este mundo, tal como es ahora, quiere morir, quiere sucumbir y lo conseguirá. Demian (Hernan Hesse,1919)

Hola taringueros! Este es mi primer post y les traigo un fragmento del libro Hitler gano la guerra de Walter Graziano... Si bien todos creemos saber parte de lo que pasó en el atentado del 11-S, hay ciertos cabos sueltos que quedaron de los cuales se puede empezar a ver desde otro punto de vista este atentado "terrorista": 1. La velocidad de crucero de un Boeing es de cerca de 900 km/h. Para dar en un blanco de sólo cinco pisos, como lo es el Pentágono, o en un ancho reducido, como el de las Torres Gemelas, es necesario contar con pilotos profesionales de vasta experiencia. De otra manera, la posibilidad de errarles a los blancos por centenas de metros es muy alta. Los tres aviones dieron en el blanco. Sin embargo, los pilotos Mohamed Atta, Marwanal AlShehhi y Hani Hanjour no podían volar siquiera avionetas. En el caso particular de Hanjour, la academia de aeronavegación donde tomó el curso señaló que era incapaz de volar un Cessna 172. A pesar de ello, los terroristas se hicieron del comando de Boeings 757 y 767, muchísimo más sofisticados de volar. Las informaciones de prensa daban cuenta de que en los alrededores del aeropuerto de Logan, en Boston, apareció una copia del Corán junto a un manual para el manejo de Boeings, el mismo día en que los aviones fueron presuntamente secuestrados. También se informó que los terroristas habían tomado clases de manejo de pequeños aviones en el estado de la Florida, gobernado por el hermano de George W. Bush, y que habrían interrumpido los cursos antes de aprender a aterrizar. 2. La historia oficial también da cuenta de que 19 ciudadanos de nacionalidad mayoritariamente saudí subieron a los cuatro aviones dispuestos a inmolarse utilizando como única arma los cortapapeles y cuchillos de plástico que les fueron servidos en las meriendas. Con esas armas, redujeron a toda la tripulación, tomaron el comando de las naves y las estrellaron en el blanco, produciendo un máximo efecto destructivo. 3. Durante mucho tiempo, no existió ningún documento fílmico sobre el ataque al Pentágono. Sin embargo, por ser un objetivo militar, se especulaba con la existencia de gran cantidad de cámaras en los alrededores del mismo. Presionado por la aparición de los libros La terrible impostura y Pentagate, de Thierry Meyssan, el gobierno norteamericano finalmente difundió una breve filmación a la que se le cortaron los cuadros en los que se hubiera podido ver qué clase de objeto impacta contra el Pentágono. En suma, se ve sólo el Pentágono antes del ataque y cuando su pared externa estalla. 4. El objeto que impactó contra el Pentágono lo hizo deforma horizontal. Si hubiera sido el vuelo 77 de American Airlines, habría requerido un giro de 270" y un descenso de 7.000 pies volando a 500 millas por hora. Para poder aproximarse al Pentágono de manera horizontal, a fin de maximizar el daño que se produce al edificio, hubiera sido necesario un vuelo rasante, esquivando líneas de alta tensión abundantes en la zona. La distancia entre los dos polos eléctricos de dichas líneas es menor al ancho de un Boeing. No sólo se hubiera necesitado un piloto profesional, sino uno militar. 5. La lista de muertos del Pentágono proporcionada por la CNN revela que las áreas atacadas fueron las de Presupuesto y Comunicaciones. 6. Para derrumbar las Torres Gemelas con el impacto de aviones, hubiera sido necesario derretir la estructura interna de acero, tal como la explicación oficial sugería. El acero tiene sus primeros problemas en su estructura cuando alcanza los 550° C. El combustible de aviones no supera los 360° C cuando se enciende. 7. Si se hace memoria, se recordará que la torre sur fue golpeada a las 9:03 am, 18 minutos después de que algo impactara en la torre norte. Sin embargo, la torre sur se derrumba primero. El golpe en la torre norte dio casi exactamente en el centro. En cambio, el impacto en la otra dio en un ángulo, por lo que se presume que el daño que sufrió la estructura interna del edificio fue mucho menor. Una gran cantidad de combustible del avión que impactó en la torre sur se consumió inmediatamente en la explosión que fue vista, por lo que no se explica que la estructura haya colapsado primero. 8. El tipo de derrumbe que sufrieron ambas torres sólo es usual en demoliciones controladas. No se explica cómo los pisos superiores a los impactos de los aviones no cayeron en bloque, o en forma fragmentada. En los registros fílmicos, esos pisos superiores se desvanecieron. 9. El testimonio de bomberos y sobrevivientes que escucharon detonaciones en pisos inferiores al lugar del impacto de los aviones fue rápidamente suprimido de los medios de comunicación. 10. La empresa que llegó primero al lugar de los hechos es curiosamente la misma contratante que llegó primero en Oklahoma cuando, según la explicación oficial, Tímothy McVeigh, un ermitaño solitario, juntó gran cantidad de explosivos, los colocó cuidadosamente en el Murrah Building, lo detonó y escapó a pie, produciendo la muerte de centenas de personas. ¿Cuál es el nombre de esa empresa? Controlled Demolition Inc. 11. Controlled Demolition Inc. vendió inmediatamente ¿pequeñas empresas chatarreras los restos de acero de las estructuras de las Torres Gemelas, que a su vez exportaron esos restos con suma rapidez a China y Corea, lo que impidió realizar pericias forenses que hubieran podido detectar explosivos, restos de los aviones y el estado real de la estructura interna de las torres, 12. El tipo de demolición (limpia) de ambas torres, que afecta sólo una muy reducida parte de la zona lindera, es común en procesos de demolición controlada, y altamente infrecuente en aquellas producidas por impactos como los de los aviones. En estos últimos casos, si eventual mente cayeran los edificios, lo harían de forma asimétrica e irregular, cosa que no sucedió. Ni siquiera quedó en pie una parte de la estructura metálica interna de los edificios, lo que hubiera sido esperable, si la versión oficial fuese cierta, que ocurriera en ambas torres. 13. Las Torres Gemelas fueron diseñadas para que soportaran el impacto de aviones Boeing 757 y 767, como los que se habrían estrellado. Ya hubiera sido raro que una de ambas hubiera caído. Se desplomaron las dos. 14. El presidente George W. Bush dijo el 4 de diciembre de 2001, lo que puede ser comprobado en el sitio oficial de la Casa Blanca, lo siguiente en una conferencia de prensa: "Pregunta: (...) ¿Cómo se sintió usted cuando escuchó las noticias sobre el ataque? El Presidente: No podría usted creer en el estado en que estaba cuando escuché acerca del ataque terrorista. Yo estaba en Florida. Y mi jefe de Gabinete, Andy Card —en realidad, yo estaba en un aula hablando acerca de un programa de lectura que funciona bien. Yo estaba sentado hiera del aula esperando entrar y vi un avión golpear la torre—, la TV estaba obviamente prendida. Y yo solía volar, yo mismo, y dije: 'Bueno, qué pésimo piloto'. Pensé: ''Debe haber sido un horrible accidente''. Pero estaba sorprendido, y no tuve mucho tiempo para pensar sobre el tema. Y estaba sentado en la clase, y Andy Card, mi jefe de Gabinete, quien está sentado aquí conmigo, entró y dijo: 'Un segundo avión golpeó la torre. América es atacada'." El 5 de enero de 2002, Bush volvió a referirse en el Town Hall de California sobre el hecho de la siguiente forma: "Pregunta: ¿Cuál fue la primera cosa que pasó por su cabeza cuando escuchó que un avión se estrelló en la primera torre? El Presidente: Estaba sentado en una escuela en Florida.[...] Estaba allí sentado, y mi jefe de Gabinete —bueno, primero de todo, cuando entrábamos al aula vi al avión entrar dentro del primer edificio—. Había una televisión prendida. Y usted sabe, pensé que se trataba de un error del piloto, y me sorprendía que alguien pudiera cometer tan terrible error. Y algo había mal con el avión, o (...) de todas maneras, estaba allí sentado, escuchando el informe, y Andy Card entró y dijo: ''América es atacada.' Por dos veces, entonces, el presidente Bush se refirió al primer ataque a las torres. Sin embargo, ninguna cadena pública ni privada de televisión, grande, mediana ni chica, transmitió en vivo el primer atentado. ¿Cómo hizo Bush para ver el primer impacto contra las torres? Hasta dos años más tarde, sólo habría un registro fílmico —y para peor, amateur— del primer impacto. En dicho registro, hecho por dos hermanos franceses que estaban casualmente filmando un documental sobre los bomberos en el bajo Manhattan, sólo se ve al avión un segundo y medio antes de impactar en las torres. Obviamente, ningún canal de TV abierta ni de cable estaba transmitiendo en directo el impacto contra la primera torre. Tampoco hubo transmisión alguna en diferido que no proviniera del registro fílmico casi "amateur" de los hermanos Naudet. Lo más importante y central de todo es que George W. Bush se "vendió" a sí mismo completamente solo, sin que nadie lo interrogara de manera inquisitiva, por dos veces, acerca de lo que vio en el primer atentado: no tenía causa para mentir, pero si lo vio, significa que le trasmitieron el atentado por circuito cerrado de televisión, y que sólo ingresó a la escuela donde lo esperaban una vez que estuvo seguro de que la operación había sido exitosa. Que en aquella escuela en Miami el presidente Bush estaba con la cabeza en otro lado lo explica el material fotográfico, que muestra cómo leía un libro escolar al revés. 15. En los días previos a los atentados, sobre todo entre el 6 y el 7 de septiembre, hubo una gran e inusual actividad en WallStreet con opciones de venta de acciones de American Airlines y United Airlines. En el caso de American Airlines, se negociaron nada menos que 4.744 contratos de venta contra los alrededor de 300 usuales por día. Esta información apareció en una gran cantidad de medios de comunicación. También se dijo que iba a haber una investigación al respecto, lo que hubiera llevado fácilmente a detectar quién sabía que se iban a realizar los atentados. Las operaciones financieras habían sido realizadas en el Deutsche Bank/ABBrown. Nunca se reveló quién fue el que compró esas opciones de venta. Lo que sí se sabe es que hasta 1998 el Deutsche Bank/ABBrown era dirigido por A.B. "Buzzy" Krongard, desde esa fecha director ejecutivo de la CÍA. 16. La tesis oficial dice que uno de los cuatro aviones presuntamente secuestrados se estrelló en las cercanías de Pittsburgh, al arrebatar los pasajeros el control de la nave a los terroristas. Sin embargo, restos de la nave fueron encontrados al otro día a ocho millas del lugar del impacto, por lo que no cabe más que pensar que en realidad ese vuelo estalló en el aire. 17. Como hemos explicado, para que las torres se cayeran era necesario que la estructura interna de acero se derritiera. Sin embargo, visualmente se observa cómo los incendios producidos por los impactos se apagan lentamente, por lo que la temperatura debía estar reduciéndose al momento de las demoliciones. 18. Thierry Meyssan, en La terrible impostura y en su sitio oficial de Internet Réseau Voltaire, demuestra cómo, en el caso del Pentágono, el tamaño del Boeing que supuestamente impactó contra el mismo directamente no entra en el hueco producido. 19. En las fotos tomadas en el área del Pentágono, ni bien producido el desastre, no aparecen rastros del fuselaje del avión, de cuerpos ni de equipaje alguno. 20. La CÍA respondió a Meyssan que la ausencia de rastros de fuselaje se debió a que el aluminio del mismo se consumió íntegramente en el impacto. Meyssan preguntó a la CÍA cómo es que los familiares de los muertos en el Pentágono recibieron urnas con las cenizas de los fallecidos, identificados por las huellas dactilares, si las temperaturas habían derretido al aluminio. No obtuvo respuesta. 21. Meyssan también comenta en La terrible impostura que varios de los supuestos 17 terroristas inmolados en el ataque están vivos, en Arabia Saudita, y preguntándose cómo es que murieron en los ataques. 22. La explicación oficial acerca del derrumbe de las torres establecía que el mismo fue posible porque las vigas que ligaban la estructura interna con la externa eran extraordinariamente finas y fueron debilitadas hasta colapsar por el impacto de los aviones y el calor de los incendios. Sin embargo, en primer lugar, las conexiones entre la estructura central y la pared externa debieron ser lo suficientemente fuertes como para soportar que la carga del peso del viento, que normalmente impactaba en las torres, se trasmitiera hasta el núcleo central de ellas. De lo contrario, los pisos se habrían torcido por el viento. En segundo lugar, suponer que había conexiones livianas entre la pared externa y el núcleo central lleva un cálculo del acero total de las torres de sólo dos tercios del total existente en las mismas. En tercer lugar, hay evidencia fotográfica de que dentro de las torres había fuertes y sólidas conexiones entre la pared externa y el núcleo central. 23. Aunque las ediciones periodísticas de material fílmico del 11 de septiembre no suelen mostrar imágenes completas de las torres anteriores a su caída, varios telespectadores recuerdan haber visto en la transmisión original explosiones en las mismas cerca de la planta baja. 24. La velocidad del derrumbe de las torres puede calcularse en seis pisos por segundo. Esa velocidad es sólo compatible con un total colapso de la estructura central de las mismas. Un colapso de esas características requeriría explosiones en niveles significativamente más bajos de los niveles en los que impactaron los aviones. Si sólo los aviones hubieran producido el derrumbe, la demolición resultante habría sido de piso en piso, a una velocidad máxima de un piso por segundo, lo que hubiera hecho demorar la caída de cada una de las torres en más de un minuto. 25. Los sismógrafos de la Universidad de Columbia, ubicados 21 millas al norte del World Trade Center, grabaron una extraña actividad sísmica el 11 de septiembre de 2001 que aún no ha sido explicada. Mientras que los impactos de los aviones causan mínimos temblores de tierra, las agujas de los sismógrafos registraron significativos movimientos antes de cada derrumbe. Dichos movimientos sísmicos serían compatibles con detonaciones o explosiones de gran poder cercanos a la planta baja de ambas torres. 26. La cepa con la que se produjo el ataque de ántrax es científicamente denominada Ames. Su producción se realiza únicamente en Estados Unidos. 27. En una serie de notas aparecidas nada menos que en el New York Times con fechas 4 de enero, 2 de julio, 3 de julio, 12 de julio, 19 de julio, 13 de agosto y 17 de septiembre de 2002, el periodista Nicholas Kristof descubre que el mayor sospechoso de los envíos del ántrax es un científico que trabaja para el gobierno de George W. Bush, llamado Steven Hatfill, quien habría colaborado con dos regímenes racistas, Sudáfrica y Rhodesia, país este último donde hubo una epidemia de ántrax afectando a 10.000 granjeros negros entre 1978 y 1980. La Federación de Científicos Americanos, por medio de la doctora Bárbara Kosenberg, expresó también que el FBI sabía que el autor de los ataques era un norteamericano con una evidente conexión con el programa de biodefensa, pero no lo detenía. Este escándalo con el tema ántrax nunca llegó a reproducirse en los medios de comunicación argentinos. Sin embargo, las notas del New York Times tuvieron gran repercusión interna y produjeron el cese inmediato de la teoría que venía difundiéndose masivamente en los medios de comunicación acerca de que Saddam Hussein le había facilitado el ántrax a Osama Bin Laden. A partir de las notas de Kristof, comienza a instalarse en los medios de comunicación la teoría de las supuestas armas de destrucción masiva de Hussein, y pasa al archivo la tesis anterior de un eje Osama Saddam, en el que Saddam habría ayudado a Osama brindándole ántrax. El cese de la información a escala masiva en los medios de comunicación acerca del tema ántrax se debe al alto perfil que cobraba este tema en el New York Times. Lo cierto es que la muy alta difusión que tuvieron las notas de Kristof forzaron al FBI a admitir que uno de los principales sospechosos era un científico de la administración Bush. Precisamente, uno de sus funcionarios: Steven Hatfill. Pero el FBI decidió no ir mucho más allá. Investigar a fondo podría haber ayudado a revelar una verdad horrorosa. No hacerlo en absoluto hubiera levantado más sospechas y publicidad sobre el caso. Por lo tanto el FBI abrió una especie de "dossier muerto" sobre el tema, Sin embargo, un simbólico acto de justicia fue efectuado por la Universidad Estatal de Luisiana, donde Hatfill era director asociado en el Centro Nacional para la Investigación y el Entrenamiento Biomédico. Esa casa de estudios expulsó a Hatfill el 19 de julio de 2002, según informó, entre otros, nada menos que la propia CNN http://wwze.cnn.com/2002/US/09/03/hatfiH.lsu.fired/index.htm!). El asunto ántrax Hatfill levantó una gran polvareda en EE.UU. La prensa ligada a los mega medios de comunicación dio todo el bajo perfil que pudo al asunto. Aun así, no pudo escapar a su tratamiento. Sin embargo, es extraño que un tema tan urticante como este haya sido escasamente tratado en el exterior de EE.UU. Una pista acerca de la causa de ello podremos obtenerla cuando nos ocupemos de quienes son los dueños de las principales agencias de noticias mundiales y quienes las manejan. ¿Qué fue del periodista Kristof, quien "destapó" el tema en el New York Times? Fue "premiado" con un transitorio destino a Bagdad hacia fines de 2002, justo cuando se esperaban inminentes bombardeos aéreos contra la capital iraquí como los que había efectuado más de una década atrás George Bush padre. Allí, como corresponsal de guerra, Kristof descubrió, entre otras cosas, que el supuestamente despótico Saddam Hussein había escrito y publicado tres novelas de historias de amor y heroísmo bajo un seudónimo... 28. Exactamente el 16 de mayo de 2002 un gran escándalo se desata en EE.UU. La corresponsal fulltime de la cadena ABC en la Casa Blanca, Ann Compton, quien al momento de los atentados se encontraba junto a George W. Bush en Florida cubriendo la visita del presidente a la escuela, declaró que Bush estaba al tanto de los atentados antes de que éstos se produjeran. La prensa la comenzó a presionar entonces para que diga cómo lo sabía. Compton, entre la espada y la pared, solo atinó a decir: "Lo leí en sus ojos". El escándalo trascendió. Entre otros, la senadora Hillary Clinton llevó el tema al Senado, y hasta el diario New York Post tituló a letra catástrofe: "BUSH KNEW" ("Bush sabía". Dado que Compton no era una periodista más, sino la más antigua corresponsal en la Casa Blanca (desde 1974), la primera mujer corresponsal destacada allí, y la persona más joven en ocupar ese puesto, el revuelo fue grande. Más aún si se tiene en cuenta que representaba nada menos que a la cadena ABC, una de las "tres grandes". La CNN llegó a reportar que Compton incluso mencionó que varias de las fotos de Bush del 11 de septiembre de 2001 son trucadas (http://zvwiv.cnn.com/2002/ALLPOLITICS/05/16/cotumn.bilipress/index.htmí). Sin embargo, en forma extraña, a los pocos días el tema "bajó" abruptamente de la prensa. Buena parte de la información acerca de Compton incluso fue suprimida de la red (sobre todo la de la propia Compton en el sitio de la ABC). Pero lo más relevante del caso es la muy poca información que de este tema se supo en el exterior de EE.UU. Parece ser que las principales agencias de noticias casi no hicieron mención de la cuestión, y la prensa extranjera casi no se enteró de lo que estaba ocurriendo, por lo que para el público de terceros países no hubo información alguna, ¿Es esto normal? A propósito de ello, vale la pena citar que con posterioridad a este tema, Ann Compton se ha transformado, por arte de magia, en una de las más complacientes reporteras cuando se trata de hacer preguntas a George W. Bush... 29. Los familiares de Bin Laden que residían en EE.UU. fueron evacuados hacia Arabia Saudita sólo 48 horas tras los atentados. No fueron interrogados por los servicios de inteligencia norteamericanos acerca del paradero ni las actividades de Osama. Al mismo tiempo, en menos de 24 horas, y casi sin los peritajes suficientes, los medios masivos de comunicación ya aseguraban de manera concluyente que el autor de los atentados era la red Al Qaeda de Bin Laden. 30. Extrañamente, las Torres Gemelas, que habían sido construidas por iniciativa de los hermanos Rockefeller, fueron alquiladas por 99 años en unos 3 mil millones de dólares, sólo siete semanas antes de los atentados, por un empresario. Su nombre, Larry Silverstein, quien estaría reclamando más de 7 mil millones de dólares a la aseguradora suiza Re. Sin embargo, llama la atención que el estado de Nueva York haya tomado en sus manos la reconstrucción del lugar, que podría terminar siendo realizada con fondos públicos. Ahora bien, ¿quién es Larry Silverstein? Aparte del leasing de las Torres Gemelas, Silverstein posee el club nocturno "Runway 69" en Queens. Su cabaret se vio ligado a escándalos por tráfico de heroína de Laos, lavado de dinero y corrupción a la policía de Nueva York. ¿Cómo un empresario de estas características pudo acceder al alquiler por 99 años de las Torres Gemelas siete semanas antes de su colapso?... Con esta información, el atentado toma otras dimensiones y la Invasion a Irak y Afganistan bajo el "US Patriot Act" se vería de otra manera(Recordemos que en Oriente Medio se encuentra gran porcentaje del Petróleo y gas natural mundial y en Afganistan se produce el 80% de opio a nivel mundial-con el opio se fabrica la heroina, que mueve un mercado de mas de 500mil millones de dolares-) Espero que les haya gustado!
![El Golem [Jorge Luis Borges]](https://storage.posteamelo.com/assets-adonis/assets/2013/03/01/3-PK3F-V7Xpwj.webp)
Considerado por muchos (como su amigo Bioy Casares) como su mejor poema, El Golem nos muestra una cualidad e inteligencia borgeana única, donde se interpolan una vasta cultura con una sencillez irónica. Cuando aquel poeta ciego recitó su obra, acaso dictada, antes de narrar el poema en una especie de prólogo declaraba JorgeluisBorges dijo:El primer libro que leí en alemán, que descifré en alemán mejor dicho, fue la novela Der Golem de Gustav Meyrink. El tema, el tema de un hombre fabricado por los cabalistas me impresionó. Después, leí el libro de Scholem en el cual evoluciona el texto y el libro de Trastenberg sobre supersticiones judías. Mi amigo Adolfo Bioy Casares dice que este poema es el mejor de los muchos, de los demasiados poemas, que he perpetrado; creo que tiene razón, ya que en este poema, si no me engaña la vanidad se aúnan lo patético y lo humorístico. El Golem es al rabino que lo creó, lo que el hombre es a Dios; y es también, lo que el poema es al poeta. A este prólogo le procede el poema que yace debajo: Si (como afirma el griego en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa en las letras de 'rosa' está la rosa y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'. Y, hecho de consonantes y vocales, habrá un terrible Nombre, que la esencia cifre de Dios y que la Omnipotencia guarde en letras y sílabas cabales. Adán y las estrellas lo supieron en el Jardín. La herrumbre del pecado (dicen los cabalistas) lo ha borrado y las generaciones lo perdieron. Los artificios y el candor del hombre no tienen fin. Sabemos que hubo un día en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre en las vigilias de la judería. No a la manera de otras que una vaga sombra insinúan en la vaga historia, aún está verde y viva la memoria de Judá León, que era rabino en Praga. Sediento de saber lo que Dios sabe, Judá León se dió a permutaciones de letras y a complejas variaciones y al fin pronunció el Nombre que es la Clave, la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio, sobre un muñeco que con torpes manos labró, para enseñarle los arcanos de las Letras, del Tiempo y del Espacio. El simulacro alzó los soñolientos párpados y vio formas y colores que no entendió, perdidos en rumores y ensayó temerosos movimientos. Gradualmente se vio (como nosotros) aprisionado en esta red sonora de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora, Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros. (El cabalista que ofició de numen a la vasta criatura apodó Golem; estas verdades las refiere Scholem en un docto lugar de su volumen.) El rabí le explicaba el universo "esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga." y logró, al cabo de años, que el perverso barriera bien o mal la sinagoga. Tal vez hubo un error en la grafía o en la articulación del Sacro Nombre; a pesar de tan alta hechicería, no aprendió a hablar el aprendiz de hombre. Sus ojos, menos de hombre que de perro y harto menos de perro que de cosa, seguían al rabí por la dudosa penumbra de las piezas del encierro. Algo anormal y tosco hubo en el Golem, ya que a su paso el gato del rabino se escondía. (Ese gato no está en Scholem pero, a través del tiempo, lo adivino.) Elevando a su Dios manos filiales, las devociones de su Dios copiaba o, estúpido y sonriente, se ahuecaba en cóncavas zalemas orientales. El rabí lo miraba con ternura y con algún horror. '¿Cómo' (se dijo) 'pude engendrar este penoso hijo y la inacción dejé, que es la cordura?' '¿Por qué di en agregar a la infinita serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana madeja que en lo eterno se devana, di otra causa, otro efecto y otra cuita?' En la hora de angustia y de luz vaga, en su Golem los ojos detenía. ¿Quién nos dirá las cosas que sentía Dios, al mirar a su rabino en Praga? link:

"Toda verdad pasa atraves de tres etapas:primero,se la ridiculiza,luego es violentamente rechazada y por último es aceptada como algo evidente." Arthur Schopenhauer(filosofo alemán) El sentido de la historia se ha invertido. Desde la llegada del neo-liberalismo en los años 1980, y sobre todo desde la llegada al poder de George Bush, retornamos hacia el pasado, pero con la velocidad y la aceleración que caracteriza a nuestra época. Hemos necesitado mucho tiempo para salir de la Edad-Media, pero se requiere de mucho menos tiempo para volver... A diferencia del pasado, esta nueva Edad-Media posee las apariencias y los poderes de la tecnología. Una tecnología cuyo uso será reservado a una élite, y que será usada para esclavizar, controlar, reprimir, torturar, destruir, y asesinar, con una violencia y una crueldad inéditas. Los puntos comunes entre la Edad-Media y el período actual - el fantástico desfase entre ricos y pobres - una sociedad gobernada por una élite resultado de castas hereditarias - el poco valor concedido a la vida humana - el retorno de la esclavitud - el retorno de la ley del más fuerte - el retorno de los imperios totalitarios (Estados Unidos de Bush) - el retorno del obscurantism (islamists y americanos neo-cristianos evangelistas) - el retorno de las guerras de la religión (charia del islamists, y las guerras de Bush inspiradas por "Dios" - retroceso de la cultura y la educación, retorno del analfabetismo, acceso a la educación reservada a los más ricos - reaparición de los "bandidos de grandes caminos" y de los piratas del mar. Retorno a una inseguridad de los transportes. - retorno de las epidemias y de los males que han sido eliminadas hace un siglo. La tifoidea, la tuberculosis, la difteria, y la sarna hicieron su reaparición en occidente a causa del desarrollo de la miseria. La peste y el cólera están seguramente de nuevo en avance dentro de los países del tercer mundo. - retorno de las prácticas tribales (piercings, tatuajes, organizaciones en tribus de los excluidos...) - la moda "gótica" (las modas actuales muestran a menudo reveladoras tendencias sociales por venir) - retorno de la hechicería y de los ritos de magia negra - influencia predominante de los ordenes ocultos y de las sociedades secretas esotéricas entre las élites dirigentes (Skull and Bones, Bohemians Club...) - población miserable e inculta cuyo sola función es proporcionar esclavos a la élite. Tanto más que con la superpoblación, la esclavitud es finalmente el modo de producción más apropiado y el menos costoso, sobre todo si las máquinas deberían ser un día paralizadas por las carencias de energía.
Hilos caen, hilos se sujetan ¿Cuál es el enigma de esta difícil faena? Mucho se ha dicho sobre la realidad y la ficción, trasándose límites irrisorios entre ambas partes. Ahora bien, ¿Son partes, o son particulas de un todo indefinido? La razón humana ha llegado a un avance tan grande que, sujetándose a retorcidos sistemas y paradigmas, sumergió a la verdad entre realidades y ficciones. Cualquier persona lo puede ver: miren el ilusorio mundo de las redes sociales, donde la gente pierde sus miedos y se anima a confesar sus profundas convicciones. Se crea una cómoda burbuja para aquel que no puede despegar en la "realidad", una hermosa burbuja de reyes y palacios. Es el asunto de una escalera enorme que concluye en un trampolín: de ahí hay que saltar, y estamos listos para hacerlo? La burbuja se rompe al desconectar el cable de vida que nos mantiene sujetos a estos demos de vida, y el ser se enfría y resquebraja en una realidad cruenta, llena de magia, pero cruenta. El trazado, en este caso, de realidad y ficción es necesario porque el individuo está atado a sumergirse en ambos mundos. Qué se logra con esto? La frustración de las personas y el abandono de la vida tangible y real. ¿Es una pérdida? Sí, para aquel que no tiene el coraje para desconectar uno de dos mundos, la Matrix o la realidad. Realidad, palabra harto utilizada en estas delgadas líneas de reflexión ¿Existe esa cosa llamada realidad? Desde pequeños nos han configurado manualmente para repetir nociones aparentemente axiomáticas: realidad, justicia imposible, libertad, democracia, mentira, bien y mal, propiedad, Dios. Yo me pregunto, qué es todo esto? La realidad es imposible de definir como tal, partiendo de la platónica idea de la idea de verdad, y la Verdad absoluta, vedada a los pobres mortales. Nos enseñaron a creer en la libertad, para que no sospechemos lo presos que somos día a día. La libertad absoluta no existe ni existirá mientras el mundo se riga de leyes. La libertad parcial es muy pequeña, esta condicionada por una sociedad condicionada y todos sus artilugios: los medios de comunuicación, la propaganda masiva, el mensaje oculto del consumismo. Hay dos maneras de influenciar en una persona, invadiendo su pensamiento, la manera más permeable y versátil del hombre, y su subconsciente. La penetración del subconsciente es muy complicada y se da con facilidad sólo hasta los seis años de edad, mientras éste está en construcción y moldeamiento. El objetivo total es que el colegio y la familia, principales responsables de ese subconsciente, mantengan al individuo en una carcel represiva de valores y morales ortodoxos. Lo primero que se hace es hacerle creer al padre y al maestro que lo que hace está bien y es por el bien común. Una vez formado este pensamiento profundo, que limita y desarrolla el sentir, el camino se hace fácilmente: el sujeto (sujetado) podrá aprender nociones de realidades muy distintas a su pequeño mundo, pero muy dificilmente se salga de la Matrix. El pequeño ser desarrolla con naturalidad miedos y traumas que son generados por otros seres ya evolucionados en el camino de la alienación. Estos traumas lo trabarán en su vida social a posteriori, creandole así dificultades para lograr su libertad. La sensación de opresión se percibe desde la noción de libertad, que pese a no ser verídica, sí lo es en el subconsciente humano. Es entonces cuando la inseguridad rodea los corazones y fabricamos máscaras para desenvolvernos en el mundo. Cada máscara se lleva un fragmento de nuestra escencia, y si no lo regulamos, nuestra alma terminará yaciendo en un mar licuado de convulsión. A medida que se crece nos enseñan "lo bueno" y lo "malo", dentro de lo cual hay cosas malas y cosas favorablemente malas. Se hace una campaña enorme contra ciertos puntos malos para lograr el aumento de su consumo (no es secreto la atracción permanente del humano por lo desconocido y lo prohíbido). Es ahí cuando una pelea interna acalora la conciencia del sujeto. A través de estas pequeñas cosas se intenta crear ese mundo tan simíl al de Truman, donde tenemos nuestros ciertos límites y no debemos ocuparnos de temas mayores. La noción de la imposibilidad, una larga cadena de generaciones frustradas, nos dice que dejemos todo como está. En este caso, una canción vale más que mil palabras. Y Charly García nos dice en su Instituciones:"Oye hijo las cosas están de este modo, dame todo el dinero que yo arreglo todo no preguntes más! Tenes sábados, hembras y televisores. Tenés días para amar aún sin los pantalones. No preguntes más!" Pan y circo, también decía Nerón. El objetivo real y final de la máquina, es la alienación. El hombre termina de encerrarse en su prisión, arrojando la llave sin saber, trabajando de cosas que pueden no satisfacerlo, con sueldos totalmente desigualitarios, trabajando descomunales horas. Los fines de semana son tan apreciados por no trabajar. Miren hasta donde llegó la esclavitud del hombre: festeja cuando no tiene que romperse la espalda y puede descansar. Las trabas emocionales, la frustración y la inconformidad se ciernen sobre el sujeto que se aboca a pequeñas delicias materiales y carnales: un auto, una casa, una noche con una mujer bonita (Sí, porque otro gran problema de nuestros tiempos es la falta de sentimiento. El amor agoniza como un jirón de nube en una tarde tormentosa; las personas descreen de esa letal droga que parece tan difícil y mortífera y abrazan lo efímero y más agradable a la vista. Ignoran o temen la felicidad que trae. Ni toda la riqueza del universo podría otorgar la felicidad eterna de un poco de amor.), un tiempo de descanso, un viaje, el lujo, el comfort. Ahora bien, la idea de la alienación es hacerla pasar como algo natural e inexorable. El hombre y la mujer tienen que ser de tal y tal manera y hacer tal y tal cosa. ¿Por qué? Para sentirse realizados en una vida vacía. Retomando la canción de Charly: "Siempre el mismo terror a la Soledad me hizo esperar en vano que me dieras tu mano" Y es, quizá, lo más revelador que se puede pedir. El hombre hace lo que hace por terror a esa inagotable compañera: la soledad. Soledad que siempre va a estar. El amor, hermoso sentimiento, surge de la lucha que se desata contra la soledad. Incluso el amor está programado para ser de tal y tal manera, como imitando una taquillera película hollywoodense. Ahora bien, la soledad surge del vacío (no el vacío que definimos, ya que integra un todo, si no esa idea de vacío que apenas podemos figurar). El hombre teme ávidamente al vacío y a la muerte, por integrarse en el compendio de lo desconocido. Este acervo de terrores nos hacen buscar soluciones que realmente no van a servir. Construimos nuestros propios ídolos para que luego se derrumben y nos asfixien. Continuará.... Matías Alvarez (yo)
Los Pocillos Mario Benedetti Los pocillos (Montevideanos, 1959) Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color. "El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego. La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?", preguntó ella. "El encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana." Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias. Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época? "Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto. "No." "¿Querés que te sea sincero?" "Claro." "Me parece una idiotez de tu parte." "¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos." La época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí. "De todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que siempre te decía Menéndez." "Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree en Milagros. Yo tampoco creo en milagros." "¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano." "¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo. Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido -sinceramente, cariñosamente, piadosamente- protegerlo. Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros. Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal. "Que otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?" La pregunta era para ella. "No", respondió José Claudio. "Fijate vos por mí." Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, apropósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más. A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación. "Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme." "También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte." "Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía. Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella. "Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo. Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina. Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa. "No lo dejes hervir", dijo José Claudio. La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera. Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo."

Lo particular y lo Universal Por Julio Cortázar Extraído de Historias de Cronopios y de Famas Un cronopio iba a lavarse los dientes junto a su balcón, y poseído de una grandísima alegría al ver el sol de la mañana y las hermosas nubes que corrían por el cielo, apretó enormemente el tubo de pasta dentífrico y la pasta empezó a salir en una larga cinta rosa. Después de cubrir su cepillo con una verdadera montaña de pasta, el cronopio se encontró con que le sobraba todavía una cantidad, entonces empezó a sacudir el tubo en la ventana y los pedazos de pasta rosa caían por el balcón a la calle donde varios famas se habían reunido a comentar las novedades municipales. Los pedazos de pasta rosa caían sobre los sombreros de los famas, mientras arriba el cronopio cantaba y se frotaba los dientes lleno de contento. Los famas se indignaron ante esta increíble inconsciencia del cronopio, y decidieron nombrar una delegación para que lo imprecara inmediatamente, con lo cual la delegación formada por tres famas subió a la casa del cronopio y lo increpó, diciéndole así: -Cronopio, has estropeado nuestros sombreros, por lo cual tendrás que pagar. Y después, con mucha más fuerza: -¡Cronopio, no deberías derrochar así la pasta dentífrico! A continuación: les dejo otro de los cuentos de dicho libro: La foto salió movida
Eleonora Edgar Allan Poe Traducción de Julio Cortázar Sub conservatione formæ specifícæ salva anima.(1) (Raimundo Lulio) Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable», y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, «agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi».(2) Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que Edipo ante el enigma. La amada de mi juventud, de quien recibo ahora, con calma, claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que había muerto hacía largo tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus promontorios, impidiendo que entrara la luz en sus más bellos escondrijos. No había sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi prima y su madre. Desde las confusas regiones más allá de las montañas, en el extremo más alto de nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde saliera. Lo llamábamos el «Río de Silencio», porque parecía haber una influencia enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando gloriosamente para siempre. Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos sinuosos hasta su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes descendiendo a las profundidades de las corrientes hasta tocar el lecho de guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su excesiva belleza hablaba a nuestros corazones, con altas voces, del amor y la gloria de Dios. Y aquí y allá, en bosquecillos entre la hierba, como selvas de sueño, brotaban fantásticos árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, mas se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave, salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes hojas que se derramaban desde sus cimas en largas líneas trémulas, retozando con los céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su soberano, el Sol. Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde, al terminar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel dulce día, y aun al siguiente nuestras palabras fueron temblorosas, escasas. Habíamos arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras una por una desaparecían las blancas margaritas, brotaban, en su lugar, de a diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgía en nuestros senderos, pues altos flamencos hasta entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa que habíamos observado largo tiempo en las regiones del Héspero flotaba en su magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más, día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión de grandeza y de gloria. La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente, como la breve vida que había llevado entre las flores. Ningún artificio disimulaba el fervoroso amor que animaba su corazón, y examinaba conmigo los escondrijos más recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos. Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe sufrir el hombre, en adelante se demoró Eleonora en este único tema doloroso, vinculándolo con todas nuestras conversaciones, así como en los cantos del bardo de Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de la frase. Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, pero aceptó el juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía. Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato. Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía, más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y, abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba Irisada. Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez -¡ah, pero sólo una vez!- me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos. Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo colmara hasta derramarse. Al fin el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo. Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana, lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella. Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir: «¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora.» FIN (1)Bajo una conservación específica el alma está a salvo. Reimundo Lulio (2) Peligrosos son los mares de las tinieblas porque en ellos está lo que se ha de explorar.

El Inmortal Jorge Luis Borges Extraído de El Aleph,1949 Solomon saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had an imagination, that all knowledge was but remembrance; so Solomon given his sentence, that all novelty is but oblivion. FRANCIS BACON, Essays, LVII En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito. El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal. I Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales. Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la Luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respndí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el Occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, ricas en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar. Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantes, que tienen mujeres en común y se nutren de Leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que en esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la Luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas, otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines.Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En en alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo. II Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes. La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo... No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la Luna y el Sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar - yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma - mi primera detestada ración de carne de serpiente. La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el Poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otro de ese linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana. Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto, que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día. He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que sus muros. En vano fatigué mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la atroz idea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos. En el fondo de un corredor, un no provisto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de luz tan azul que pudo parecerme púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrálagos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad. Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la Tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de los complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros,en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo saber ya si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas. No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas. III Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos, recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El Sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el viaje de regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de los irracionales. La humildad y miseria el troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinaión fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo, consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa. Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívios aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas. Argos, le grité, Argos. Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol. Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta. Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé. IV Todo me fue dilucidado aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico. Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luego el caos. Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o castigarlo Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi con desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy. El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes de que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo no era más que un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho. Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la Tierra. Cabe en estas palabras Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río. La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós. V Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco más. En el séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia. En 1683 estuve en Kolozsvár y después en Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes de la Ilíada de Pope; sé que los frecuenté con deleite. Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron irrefutables. El 4 de octubre de 1921, el Patna, que me conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa eritrea 1. Bajé; recordé otras mañanas muy antiguas, también frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre. Al repechar el margen, un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano. El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el amanecer. ...He revisado al cabo de un año, estas páginas. Me constan que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria... Creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico. La historia que he narrado parece irreal, porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres distintos. En el primer capítulo, el jinete quiere saber el nombre del río que baña las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el epíteto de Hekatómpylos, dice que el río es el Egipto; ninguna de esas locuciones es adecuada a él, sino a Homero, que hace mención expresa en la Ilíada, de Tebas Hekatómpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises, dice invariablemente Egipto por Nilo. En el capítulo segundo, el romano, al beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas palabras son homéricas y pueden buscarse en el fin del famoso catálogo de las naves. Después, en el vertiginoso palacio, habla de "una reprobación que era casi un remordimiento"; esas palabras corresponden a Homero, que había proyectado ese horror. Tales anomalías me inquietaron; otras, de orden estético, me permitieron descubrir la verdad. El último capítulo las incluye; ahí está escrito que milité en el puente de Stamford, que transcribí, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que me suscribí, en Aberdeen, a la Ilíada inglesa de Pope. Se lee inter alia: "En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia". Ninguno de esos testimonios es falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado. El primero de todos parece convenir a un hombre de guerra, pero luego se advierte que el narrador no repara en lo bélico y sí en la suerte de los hombres. Los que siguen son más curiosos. Una oscura razón elemental me obligó a registrarlos; lo hice porque sabía que eran patéticos. No lo son, dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que éste copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el autor del catálogo de las naves) de mostrar vocablos espléndidos 2. Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto. Postdata de 1950 Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans, de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot, y finalmente, de "la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus". Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo. A mi entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos. A Cecilia Ingenieros.
Y la reina dió a luz un hijo que se llamó Asterión APOLODORO, Biblioteca, III, I Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera. El hecho es que soy único. no me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos. Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. ( A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el del otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos. No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Esto no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá que me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo? El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba un vestigio de sangre. - ¿Lo creerás, Ariadna? - dijo Teseo -. El minotauro apenas se defendió.