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matahar93

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Primer post: 20 jun 2014Último post: 11 jul 2015
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Los Donguis (cuento) - Juan Rodolfo Wilcock
Los Donguis (cuento) - Juan Rodolfo Wilcock
ArteporAnónimo8/24/2014

Los Donguis I Suspendida verticalmente del gris como esas cortinas de cadenitas que impiden la entrada de las moscas en las lecherías sin cerrar el paso al aire que las sustenta ni a las personas, la lluvia se elevaba entre la Cordillera y yo cuando llegué a Mendoza, impidiéndome ver la montaña aunque presentía su presencia en las acequias que parecían bajar todas de la misma pirámide. Al día siguiente por la mañana subí a la terraza del hotel y comprobé que efectivamente las cumbres eran blancas bajo las aberturas del cielo entre las nubes nómades. No me asombraron en parte por culpa de una tarjeta postal con una vista banal de Puente del Inca comprada al azar en un bazar que luego resultó ser distinta de la realidad; como a muchos viajeros de lejos me parecieron las montañas de Suiza. El día del traslado me levanté antes de la aurora y me pertreché en la humedad con luz de eclipse. Partimos a las siete en automóvil; me acompañaban dos ingenieros, Balsa y Balsocci, realmente incapaces de distinguir un anagrama de un saludo. En los arrabales el alba empezaba a alumbrar cactos deformes sobre montículos informes: crucé el río Mendoza, que en esta época del año se destaca más que nada por su estruendo bajo el rayo azul que enfocan hacia el fondo del valle las luces nítidas de verano, sin mirarlo, y luego penetramos en la montaña. Balsocci hablaba con Balsa como un combinado y dijo en cierto momento: -Barnaza come más que un dongui. Balsa me miró de costado y después de otra selección de noticias del exterior pretendió sonsacarme: -¿A usted le han explicado, ingeniero, por qué motivo construimos el hotel monumental de Punta de Vacas? Yo sabía pero no me lo habían explicado: contesté: -No. Y les ofrecí esta miseria adicional: -Supongo que lo construyen para fomentar el turismo. -Sí, fomentar el turismo, ja, ja. Cola de paja, ja, ja, diga mejor (Balsocci). No dije mejor, pero entendiendo les dije: -No entiendo. -Después le comunicaremos ciertos detalles secretos -me explicó Balsa- que se relacionan con la construcción y que por lo tanto le serán comunicados cuando lo pongamos en posesión de los planos, pliegos de condiciones y demás detalles de construcción. Por ahora permita que abusemos un poco de su paciencia. Supongo que entre los dos no habrían conseguido ni en catorce años formar un misterio. Su única honradez -involuntaria- consistía en mostrar todo lo que pensaban, por ejemplo en vez de disimular poner cara de disimulo, etcétera. Miré mi valiente nuevo mundo. Ciertos instantes se proyectan sobre las horas y los días subsiguientes, de modo que cuando uno vuelve por ejemplo por segunda vez a la plaza cóncava de Siena y entra por el otro lado cree que la entrada que utilizó primero ya es famosa. Móvil entre dos rocas altas como el obelisco, una negra y una colorada, capté una visión memorable y me dediqué a la toma de posesión de otro gran paisaje: junto al estrépito fluvial recapacité que el momento era un túnel y que emergería cambiado. Proseguimos como un insecto veloz entre planos verdes, amarillos y violetas de basalto y granito por un camino peligroso. Balsa me preguntó: -¿Tiene la familia en Buenos Aires, ingeniero? -No tengo familia. -Ah, comprendo -contestó, porque para ellos siempre existía la posibilidad de no comprender, ni siquiera eso. -¿Y piensa quedarse mucho tiempo por aquí? (Balsocci). -No sé; el contrato mencionaba la construcción de indefinidos hoteles monumentales, lo que naturalmente puede prolongarse un tiempo indefinido. -Mientras la altura no le caiga mal... (Balsocci, esperanzado). -2.400 metros ni se sienten, menos un muchacho (Balsa, con la misma esperanza). Los cielos de gran lujo se transformaban en mercados de nubes congestionadas entre los cerros: al rato llovía entre arcos iris, al otro rato la lluvia era nieve. Bajamos para tomar café con leche en casa de un eslavo amigo de ellos de 50 años casado con una argentina de 20 años y encargado de mantener el ferrocarril y de cambiar las vías de lugar, esos trabajos fútiles de los pobres. La mujer apenas visible parecía sufrir meramente de vivir pero me dio semejante deseo que tuve que salir afuera para no mirarla como un mono. Hundí los pies en esa materia nueva; me quité los guantes y apreté un ovillo, lo probé con los labios, lo mordí con los dientes, arranqué de las ramas pedazos de escarcha, oriné, me resbalé y me caí sobre una acequia congelada. Cuando nos fuimos la nieve emplumaba los vidrios del coche y la humedad me penetró en las botas. A veces pasábamos al lado del río y a veces lo veíamos en el fondo de un precipicio. -Los que se caen al agua los arrastra lejísimo y cuando los encuentran están desnudos y pelados (Balsa). -¿Por qué? (Yo). -Porque el agua los golpea contra las piedras (Balsa). -Siete metros por segundo, dispara el agua. Hace unos días se cayó un capataz de la pasarela, Antonio, la mujer está en Mendoza esperando el cuerpo y no podemos encontrarlo (Balsocci). -Cierto, tendríamos que mirar de vez en cuando a ver si se lo ve (Balsa). En el fondo del valle se abrió un cuadro sencillo al sol. De un lado Uspallata con álamos y sauces sin hojas, del otro el camino que seguía subiendo por una garganta colorada, entre ríos solitarios. Esos ríos de la Cordillera, rápidos, más claros que el aire, con sus piedras redondas, verdes, violetas, amarillas y veteadas, siempre lavados, sin bichos y sin ninfas entre bloques sin edad que algo raro trajo y dejó, ríos modernos porque no tienen historia. A veces los escucho parado sobre una roca, bajo el cielo invisible sin nubes ni pájaros; entre manantiales, oyendo torrentes, pensando en la misma nada. Tienen nombres de colores, Blanco, Colorado y Negro; algunos aparecen de frente, otros de un salto (dicen que hay guanacos, pero hasta ahora no vi ninguno); todos vienen al valle y en verano engordan, cambian de lugar y de color, transportan cantidades increíbles de barro. Pasamos una elevación aluvional amarilla geológicamente interesante denominada Paramillo de Juan Pobre y llegamos a la obra a la hora de almorzar. No queda exactamente en Punta de Vacas sino unos dos kilómetros antes; esto me enfureció porque pensé que en invierno la nieve podía dejarme sin mujeres, suponiendo que me gustara alguna. Después me tranquilicé porque comprendí que de todos modos siempre podía llegar a pie, aunque se cayeran los rodados -son unos conos de detritos minerales que periódicamente se escurren cubriendo los caminos y las vías. La construcción ocupa una especie de plataforma a buena distancia de los derrumbes. El terreno es inclinado y a un lado está limitado por un arroyo que después de formar una noble cascada de 7 metros cae al valle miserablemente como un chorro de canilla. En este lugar todo lo que no vino sobre ruedas es basalto, pizarra o jarilla y yuyos parecidos. Un cerro como un serrucho colorado o el techo de una iglesia o más bien la estación de Saint Pancrase en Londres cierra la quebrada del otro lado; el cielo es tan angosto aquí que el sol se asoma a las nueve y media y se pone a las cuatro y media, rápido, como avergonzado por el frío y el viento que van a hacer. ¡El viento! ¿Cómo harán para vivir aquí las mujeres ricas de Buenos Aires, siempre tan atentas con sus peinados, entre estos vientos que hacen rodar las piedras como nada? Ya las oigo decir el dolor de cabeza que les da y eso en cierto modo me alienta a terminar pronto el primer hotel y a perfeccionar un tipo de ventana sencilla que una vez abierta no se puede cerrar. Dentro de unos días inauguraremos la sección provisoria, si no aparece Enrique el fastidioso. Después de almorzar los dos ingenieros me mostraron los planos y la obra. Estaban muy satisfechos de que no interviniera en ella ningún arquitecto y habían encomendado la decoración del edificio a una marmolería de Mendoza con la que actualmente existe un conflicto por una partida de ciento veintiocho cruces destinadas a los dormitorios cuyo tamaño no está estipulado en ningún pliego de condiciones. Las cruces enviadas son de "granitit" negro y un metro de alto; yo que las concebí insisto en colocarlas pero Balsocci les teme. En realidad me excedí, pero hasta ahora se han dejado, pobres, notoriamente manejar y, exceptuando la menor del correo y esta crónica, me cuesta entretenerme: en una de las columnas principales de hormigón del anexo para la servidumbre conseguí intercalar cuando la llenaban una cámara de pelota inflada pero al sacar el encofrado se veía la cámara donde había apoyado contra la madera; hubo que rellenar el hueco con una inyección de cemento y el incidente es ahora una leyenda confusa que periódicamente provoca despidos de personal. La pelota pertenecía a Balsocci. Volvimos a la oficina y los colegas abordaron la parte secreta de mi iniciación. No tuve que simular curiosidad porque me interesaba oírselo contar a ellos. II Balsocci. -¿Usted no advirtió nada raro últimamente en Buenos Aires? Yo. -No, nada. Balsa. -Vamos al grano (como si decidiera rápidamente chupar un grano en un cráneo frondoso). ¿No oyó nunca hablar de los donguis? Yo.-No. ¿Qué son? Balsa. -Usted habrá visto en el subterráneo de Constitución a Boedo que el tren no llega hasta la estación de Boedo porque no está terminada, se para en una estación provisoria con piso de tablas. El túnel sigue y donde interrumpieron la excavación el hueco está cerrado con tablas. Balsocci. -Por ese hueco aparecieron los donguis. Yo. -¿Qué son? Balsa. -Ahora le explico... Balsocci. -Dicen que es el animal destinado a reemplazar al hombre en la Tierra. Balsa. -Espere que le explico. Hay unos folletos de circulación restringida y prohibida que le condensan la opinión de los sabios extranjeros y de los sabios argentinos. Yo los leí. Dicen que en distintas épocas predominaron distintos animales en el mundo, por H o por B. Ahora predomina el hombre porque tenemos muy desarrollado el sistema nervioso que le permite imponerse a los demás. Pero este nuevo animal que le llama dongui... Balsocci. -Lo llaman dongui porque el que los estudió primero fue un biólogo francés Donneguy (lo escribe en un papel y me lo muestra) y en Inglaterra le pusieron Donneguy Pig pero todos dicen dongui. Yo.-¿Es un chancho? Balsa. -Parece un lechón medio transparente. Yo. -¿Y qué hace el dongui? Balsa. -Tiene tan adelantado el sistema digestivo que estos bichos pueden digerir cualquier cosa, hasta la tierra, el fierro, el cemento, aguas vivas, qué sé yo, tragan lo que ven. ¡Qué porquería de animal! Balsocci. -Son ciegos, sordos, viven en la oscuridad, una especie de gusano como un lechón transparente. Yo. -¿Se reproducen? Balsa. -Como la peste. Por brotes, imagínese. Yo. -¿Y son de Boedo? Balsocci. -Cállese, allí empezaron, pero después empezaron también en otras estaciones, sobre todo si hay túneles de vía muerta o depósitos subterráneos, Constitución está plagado, en Palermo, en el túnel empezado de la prolongación a Belgrano hay montones. Pero después empezaron en las otras líneas, habrán hecho un túnel, la de Chacarita, la de Primera Junta. Hay que ver lo que es el túnel del Once. Balsa.-¡Y el extranjero! Donde había un túnel se llenaba de donguis. En Londres hasta se reían parece porque tienen tantos kilómetros de túnel; en París, en Nueva York, en Madrid. Como si repartieran semillas. Balsocci. -No permitían que los barcos que llegaban de un puerto infectado atracara en esos puertos, temían que trajera donguis en la bodega. Pero no por eso se salvaron, están mejor que nosotros. Balsa. -En nuestro país tratan de no asustar a la población, por eso no le dicen nunca nada, es un secreto que le confían solamente a los profesionales, y también a algunos no profesionales. Balsocci. -Hay que matarlos pero quién los mata. Si les dan veneno se lo comen o no se lo comen, como usted prefiera, pero no les hace nada, lo comen perfectamente como cualquier otro mineral. Si les echan gases los degenerados tapan los túneles y salen por otra parte. Cavan túneles en todos lados, no puede atacárselos directamente. No se puede inundarlos o echar abajo las galerías porque se puede hundir el subsuelo de la ciudad. Ni qué decir que andan por los sótanos y las cloacas como Juan por su casa. Balsa. -Habrá visto estos derrumbes de estos meses. Los depósitos de Lanús son ellos, por ejemplo. Quieren dominar al hombre. Balsocci. -¡Oh!, al hombre no lo dominan así nomás, no lo domina nadie, pero si se lo comen... Yo. -¿Se lo comen? Balsocci. -¡Y cómo! Cinco donguis se comen a una persona en un minuto, todo, los huesos, la ropa, los zapatos, los dientes, hasta la libreta de enrolamiento, si me perdona la exageración. Balsa. -Les gusta. Es la comida que más les gusta, mire qué desgracia. Yo. -¿Hay casos comprobados? Balsocci. -¿Casos? Ja, ja. En una mina de carbón de Gales se comieron 550 mineros en una noche: les taparon la salida. Balsa. -En la capital se comieron una cuadrilla de ocho peones que arreglaban las vías entre Loria y Medrano. Los encerraron. Balsocci. -Yo propongo que hay que inocularles una enfermedad. Balsa. -Hasta ahora no hay caso. No sé cómo le van a inocular una enfermedad a un aguaviva. Balsocci. -¡Esos sabios! Supongo que el que inventó la bomba de hidrógeno contra nosotros podría inventar algo también, unos pobres chanchitos ciegos. Los rusos, por ejemplo, que son tan inteligentes. Balsa.-Sí, ¿sabe qué están haciendo los rusos? Tratando de criar una variedad de dongui que resista la luz. Balsocci. -Que se embromen ellos. Balsa. -Sí, ellos. Pero ellos no importa. Nosotros Desapareceríamos. No será cierto. Será un rumor como tantos. Yo no creo una palabra de lo que le dije. Balsocci. -Primero pensamos resolver el problema construyendo edificios sobre pilotes, pero por una parte el gasto y, por otra siempre pueden derrumbarlos de abajo. Balsa. -Por eso construimos nuestros hoteles monumentales aquí. ¡A que no socavan la Cordillera! Y la gente que sabe está loca por venirle. Veremos cuánto duran. Balsocci. -Podrían socavar también las rocas, pero tardarían mucho; y mientras me supongo que alguien hará algo. Balsa. -De todo esto ni una palabra. Total no tiene familia en Buenos Aires. Por eso nos limitamos a un mínimo de excavaciones en los cimientos y todos los hoteles proyectados ni tienen sótanos ni planta alta. III El aire de Buenas Aires posee una calidad coloidal especial para la transmisión intacta de rumores falsos. En otros lugares el ambiente deforma lo que oye pero junto al Río las mentiras se trasmiten con pulcritud. Cada ser humano puede inventar en sus días de extraversión rumores concretos y no requiere proclamarlos en una esquina para que se los devuelvan idénticos una semana después. Por eso cuando me anunciaron los donguis hace unos dos años y medio los relegué con los platos voladores, pero un amigo de intereses variados que acababa de autorizarse en Europa me patentó la noticia. Desde el primer momento me fueron simpáticos y esperé quererlos. En esa época descendía parabólicamente mi interés por aquella vendedora de una sedería denominada Virginia y ascendía el subsiguiente por la negrita Colette. Mi desvinculación de Virginia solía adquirir forma de noche en el Parque Lezama aunque su estupidez prolongaba indecorosamente el proceso. Una de esas noches en que más sufrí de ver sufrir nos acariciábamos en esa escalera doble que abarca unos depósitos excavados en la barranca del Parque donde guardan sus herramientas los jardineros. La puerta de uno de estos depósitos estaba abierta; en el hueco oscuro vi de repente ocho o diez donguis nerviosos que no se atrevían a salir por un poquito de luz de mala muerte. Eran los primeros que veía; me acerqué con Virginia y se los mostré. Virginia llevaba puesta una pollera clara estampada con grandes macetas de crisantemos; la recuerdo porque se desmayó de espanto en mis brazos y por suerte paró de llorar por primera vez esa noche. La llevé desmayada hasta la puerta abierta y la tiré adentro. La boca de los donguis es un cilindro cubierto de dientes córneos en todo su interior y tritura mediante movimientos helicoidales. Miré con curiosidad espontánea; en la oscuridad se distinguía la pollera de crisantemos y sobre ella el movimiento epiléptico de las vastas babosas en masticación. Me fui casi asqueado pero contento; al salir del Parque cantaba. Ese Parque solitario y húmedo con estatuas rotas y mil vulgaridades modernas para ignorantes, con flores como estrellas y una sola fuente buena, Parque casi sudamericano, cuántas liaisons de personas que llaman jazmines a la tumbergias habrá visto fenecer por otra parte debajo de sus palmeras polvorientas. Allí me deshice de Colette, de una polaca que me prestó el dinero de la moto, de una menorcita indigna de confianza y finalmente de Rosa, adormeciéndolas con un caramelo especial. Pero la Rosa llegó en cierto momento a excitarme tanto que perpetré la temeridad de darle el número de teléfono y aunque juró destruir el papelito y aprenderlo de memoria, y lo hizo, una vez su hermano la vio llamar y se fijó en el número que marcaba de modo que poco después de su desaparición apareció Enrique y empezó a fastidiar. Por eso acepté este trabajo renunciando provisoriamente a toda diversión como los reyes prehistóricos que debían pasar 40 días de ayuno en la montaña. De este voto de castidad me distraigo a mi manera resolviendo jeroglíficos y preparando cosas para Enrique. La pasarela sobre el río Mendoza por ejemplo sólo era cuando vine una vía de esas que esparció el aluvión del treinta y tanto, el que retorció los puentes, y un cable tendido a un costado a la altura de la mano para sostenerse. De allí se cayó un tal Antonio y con ese pretexto hice retirar el cable y colocar en su lugar un caño largo que en cada punta va enganchado en un poste. Ahora es más fácil sostenerse cuando uno cruza y cuando cruza otro desenganchar el caño. Otras distracciones podrían ser cuando hace frío encender con un fósforo los arbustos que rodean las carpas de los peones porque son tan resinosos que arden solos. Una vez organicé un picnic unipersonal que consistía en subir y subir siempre con varios sandwiches de jamón, huevo y lechuga y me hastié tanto de ascender que me volví a mediodía. Esa mañana vi glaciares inexplicablemente sucios y encontré en los rodados de arriba flores negras, las primeras que veo. Como no había tierra, sino solamente piedras sueltas y filosas, me interesó ver las raíces; la flor medía cinco centímetros más o menos pero apartando las piedras desenterré unos dos metros de tallo blando que se perdía entre los cascotes como un cordón negro y liso; pensé que seguiría así unos cien metros más y me dio un poco de asco. Otra vez vi un cielo negro sobre la nieve fosforescente porque absorbía toda la luz de la luna; parecía un negativo del mundo y valía la pena describirlo. Juan Rodolfo Wilcock Poeta, crítico, traductor y escritor nacido en Buenos Aires, Argentina y nacionalizado italiano. Ha publicado en castellano e italiano libros de poesía y prosa.

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Más detalles en el arte...
Más detalles en el arte...
ArteporAnónimo7/7/2015

Holas vienen, holas van, estoy muy al pedo así que nuevamente he decidido armar un post con los detalles más hermosos en distintas obras de arte. O sea, para los que no me registran les cuento que cuando digo "nuevamente" porque anteriormente (bah, hace unos meses) hice este post: http://www.taringa.net/posts/arte/18482107/Grandes-artistas-grandes-obras-detalles-magnificos.html Pongamoslé que es como una segunda parte. Bueno, comienzo... Quienes me sigan ya habrán notado que últimamente ando re caliente con esta obra de Gustave Courbet. Con ustedes Le Désespéré. Detalles La siguiente obra es del degenerado Max Ernst; El vestido de la novia. Detalles Ruggiero recatando a Angélica, un oleo de Jean Auguste Dominique Ingres Detalles Para finalizar vuelvo a Courbet con El Sueño Detalles Eso sería todo por ahora y me voy con una recomendación; busquen El Origen del Mundo de Courbet, no sabía si daba para ponerlo acá. Nos olemos luego, muchachos.

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Grandes artistas, grandes obras, detalles magnificos
ArteporAnónimo2/11/2015

Buenas queridos taringNO. En este post voy a dar a conocer algunas de las obras y artistas que me gustan, pero con el objetivo de apreciar los detalles más cautivadores de dichas obras. Aquellos que vemos pero no necesariamente miramos. Aquellos que exaltan los sentidos debido a su perfección y delicadeza... o al menos deberían. De momento seleccionaré los detalles que mas me llamen la atención. Pasen y vean... Comenzaré con uno de mis retratos predilectos, The Honourable Mrs. Graham. Obra del británico Thomas Gainsborough. Detalles Giovane con un montone o Jóven con un cordero es una obra del gran Michelangelo Merisi da Caravaggio, mejor conocido como Caravaggio. Detalles Necesito volver a utilizar a Caravaggio, porque es un groso y si no les gusta matense. Además, ¿a quién no le gustan las decapitaciones? Giuditta e Oloferne o Judit decapitando a Holofernes. Detalles (Son magníficos) La siguiente es del británico Briton Rivière, Requiescat. Detalles Y ya estaría por ahora, de otro modo significaría dedicarle demasiado tiempo a esto y con la edad que tengo ya no da. Auf Wiedersehen!

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Milan Nenezic - Un artista brutal
ArteporAnónimo6/20/2014

He decidido hacer un post para poder pasar de una vez de éste rango de mierda y para compartirles a un artista que me ha dejado fascinada; su nombre es Milan Nenezic, tiene 31 años y es originario de Serbia. Considero que es muy difícil describir el trabajo de Milan en pocas palabras, pues refleja distintos temas, por tanto me he tomado la libertad de traducir las palabras del artista respecto a su obra: "En mi trabajo estoy tratando con el cuerpo humano, la percepción humana, la forma en que vemos y nos proyectamos en el mundo exterior. Estoy particularmente interesado en los diferentes estados de conciencia, su impacto en la percepción del tiempo y el espacio, lo que llamamos realidad. Yo creo que todos los estados de ánimo pueden afectar de qué forma aparecerá el asunto. Sueños como estado alterado de conciencia, junto con el simbolismo de los sueños (símbolos únicos de cada individuo y cómo nos comunicamos con nosotros mismos a través de ellos) es otra parte importante de mi trabajo. La forma en que existimos en este marco, para mí es una enorme fuente de ideas y comprensión para el ser humano."[/i Loco, ¿no? Pasen y vean un poco. Parte de la serie "Dreams and Visions" Aenima Rising Adam Parte de "I'm so Beautiful" Self-Portrait Portrait of Milica Sujica Deconstructed Intimism (Estas son mis favoritas) Triumph of Death Civilization Morning Sleep Hay muchas más imágenes que me gustaría poner pero temo que me caiga la Santa Inquisición por la naturaleza de las mismas, así que no sean vagos y googleen que no se van a arrepentir. Bah... una más The Moment After (es una serie de obras, pero al parecer algunas no son del todo apropiadas para la página o que se yo) Eso es todo, espero haya sido de su agrado. Nos olemos luego.

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Las 5 peores modas de toda la historia
Las 5 peores modas de toda la historia
Salud BienestarporAnónimo7/11/2015

Siempre nos dicen que "de la moda lo que te acomoda" pero en nuestro afán por lucir bien utilizando las últimas tendencias corremos riesgos innecesarios, como la chica que sufrió el llamado " síndrome compartimental” por usar los ajustadísimos skinny jeans. De acuerdo con el reportaje de la BBC titulado “Víctimas de la moda: las tendencias más peligrosas de la historia”, la periodista Fiona Macdonald entrevistó a la escritora Summer Strevens, autora del libro Fashionably Fatal donde se aborda este tema. ¿Qué tiene esto de interesante? Que ésta no es la primera vez que podemos hablar de una “víctima de la moda”. Según Strevens, desde la Edad de Piedra siempre ha habido individuos que sucumben a los dictados de la moda, llevándola a los extremos en lo que la escritora califica de una especie de locura de la vanidad. ¿Quieres conocer cuáles son las 5 tendencias más peligrosas en la historia de la moda? 1. Corsés ¿Cinturitas de avispa? Esas prendas que usaron nuestras bisabuelas o tatarabuelas (y que volvieron a poner de moda cantantes como Thalia o Madonna y más recientemente Kim Kardashian), no son precisamente muy saludables para su salud. En su libro, Strevens dice que los corsés causan indigestión, estreñimiento, desmayos frecuentes debido a la dificultad en la respiración e incluso hemorragias internas. Debido al “encorsetamiento”, los órganos internos son obligados a desplazarse de su posición natural y sufren daños. Ya en 1874, se publicaba una lista de 97 enfermedades atribuidas al corsé y, en 1903, se dio el caso de una mujer de 42 años, madre de seis hijos, que murió repentinamente después de sufrir una convulsión. Dos piezas de su corsé se le habían encajado en el corazón, reveló la autopsia. 2. Crinolinas En el siglo XIX, cuando esta prenda estaba en su apogeo por ayudar a reforzar y afinar la silueta, había que vivir con un bombero al lado ¡Y no es broma! Este tipo de enaguas se incendiaban con bastante facilidad. Baste recordar que dos medias hermanas del escritor inglés Oscar Wilde murieron quemadas después de que sus vestidos fueran alcanzados por las llamas de una chimenea. En 1858, el periódico New York Times informaba que, a la semana, estaba ocurriendo "un promedio de tres muertes por conflagración de crinolinas”. 3. Cuellos duros Inventado en el siglo XIX, el cuello duro desmontable significaba que los hombres no tenían que cambiar de camisa a diario. Sin embargo, la rigidez con la que se almidonaban dichos accesorios resultó letal. Según Strevends, se les llamaba ‘asesino de padres’ (Vatermörder, en alemán), porque “podían cortar el suministro de sangre a la arteria carótida”. Los caballeros del siglo XIX usaban este tipo de cuello porque estaba de moda, iban al club a tomar unas copas de oporto y después se quedaban dormidos en un sillón con la cabeza inclinada hacia adelante. Muchos morían asfixiados. En 1888, un obituario publicado en el New York Times decía 'ahogado por su cuello'. John Cruetzi había estado bebiendo, se sentó en un banco y se quedó dormido. Su cabeza cayó sobre su pecho y el dichoso accesorio detuvo la tráquea y el flujo de sangre, lo que le causó la muerte. 4. Sombreros (envenenados) Si leíste Alicia en el País de las Maravillas, seguramente recordarás la expresión ‘mad as a hatter’ (loco como un sombrerero). Pues bien, treinta años antes de que Lewis Carroll popularizara dicha expresión, el oficio de sombrerero podía considerarse uno de altísimo riesgo. Y es que el envenenamiento por mercurio era común en los fabricantes de este accesorio durante los siglos XVIII y XIX. Esta sustancia química, utilizada en la producción de fieltro, provocaba la llamada “enfermedad del sombrerero loco”, ya que sus síntomas incluían temblores, timidez patológica e irritabilidad. 5. Tacones asesinos Todas hemos oído hablar de la tradición china de envolver los pies de algunas mujeres hasta comprimirlos y deformarlos; tradición que, por cierto, fue oficialmente prohibida en aquel país en 1912. Según Strevens, no hay que ir tan lejos para conocer otras costumbres perversas que tienen a nuestros pies como víctimas. Hasta no hace muchos años (y todavía se sigue practicando) algunas mujeres se amputaban los dedos chiquitos de los pies para encajar bien en los stilettos de moda. Y no solo eso. Una investigación desarrollada por el profesor Marco Narici de la Manchester Metropolitan University, demostró que existen deformaciones en las fibras musculares de las pantorrillas en aquellas mujeres que llevan regularmente tacones de cinco centímetros, además de que sufren de tendones entumecidos. Y no cabe duda de que, viendo algunas tendencias de moda en pleno siglo XXI, habrá muchas más víctimas de la vanidad.

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