marocaper
Usuario (Perú)
Doblaje En aquella época vivía en un pequeño hotel cerca de Charing Cross y pasaba los días pintando y leyendo libros de ocultismo. En realidad, siempre he sido aficionado a las ciencias ocultas, quizás porque mi padre estuvo muchos años en la India y trajo de las orillas del Ganges, aparte de un paludismo feroz, una colección completa de tratados de esoterismo. En uno de estos libros leí una vez una frase que despertó mi curiosidad. No sé si sería un proverbio o un aforismo, pero de todos modos era una fórmula cerrada que no he podido olvidar: “Todos tenemos un doble que vive en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario”. Si la frase me interesó fue porque siempre había vivido atormentado por la idea del doble. Al respecto, había tenido solamente una experiencia y fue cuando al subir a un ómnibus tuve la desgracia de sentarme frente a un individuo extremadamente parecido a mí. Durante un rato permanecimos mirándonos con curiosidad hasta que al fin me sentí incómodo y tuve que bajarme varios paraderos antes de mi lugar de destino. Si bien este encuentro no volvió a repetirse, en mi espíritu se abrió un misterioso registro y el tema del doble se convirtió en una de mis especulaciones favoritas. Pensaba, en efecto, que dados los millones de seres que pueblan el globo, no sería raro que por un simple cálculo de probabilidades algunos rasgos tuvieran que repetirse. Después de todo, con una nariz, una boca, un par de ojos y algunos otros detalles complementarios no se puede hacer un número infinito de combinaciones. El caso de los sosias venía, en cierta forma, a corroborar mi teoría. En esa época, estaba de moda que los hombres de Estado o los artistas de cine contrataran a personas parecidas a ellas para hacerlas correr todos los riesgos de la celebridad. Este caso, sin embargo, no me dejaba enteramente satisfecho. La idea que yo tenía de los dobles era más ambiciosa; yo pensaba que a la identidad de los rasgos debería corresponder identidad de temperamento y a la identidad de temperamento -¿por qué no?- identidad de destino. Los pocos sosias que tuve la oportunidad de ver unían a una vaga semejanza física -completada muchas veces con la ayuda del maquillaje- una ausencia absoluta de correspondencia espiritual. Por lo general, los sosias de los grandes financistas eran hombres humildes que siempre habían sido aplazados en matemáticas. Decididamente, el doble constituía para mí un fenómeno más completo, más apasionante. La lectura del texto que vengo de citar contribuyó no solamente a confirmar mi idea sino a enriquecer mis conjeturas. A veces, pensaba que en otro país, en otro continente, en las antípodas, en suma, había un ser exactamente igual a mí, que cumplía mis actos, tenía mis defectos, mis pasiones, mis sueños, mis manías, y esta idea me entretenía al mismo tiempo que me irritaba. Con el tiempo la idea del doble se me hizo obsesiva. Durante muchas semanas no pude trabajar y no hacía otra cosa que repetirme esa extraña fórmula esperando quizás que, por algún sortilegio, mi doble fuera a surgir del seno de la tierra. Pronto me di cuenta que me atormentaba inútilmente, que si bien esas líneas planteaban un enigma, proponían también la solución: viajar a las antípodas. Al comienzo rechacé la idea del viaje. En aquella época tenía muchos trabajos pendientes. Acababa de empezar una madona y había recibido, además, una propuesta para decorar un teatro. No obstante, al pasar un día por una tienda del Soho, vi un hermoso hemisferio exhibiéndose en una vitrina. En el acto lo compré y esa misma noche lo estudié minuciosamente. Para gran sorpresa mía, comprobé que en las antípodas de Londres estaba la ciudad australiana de Sydney. El hecho de que esta ciudad perteneciera al Commonwealth me pareció un magnífico augurio. Recordé, asimismo, que tenía una tía lejana en Melbourne, a quien aprovecharía para visitar. Muchas otras razones igualmente descabelladas fueron surgiendo -una insólita pasión por las cabras australianas- pero lo cierto es que a los tres días, sin decirle nada a mi hotelero para evitar sus preguntas indiscretas, tomé el avión con destino a Sydney. No bien había aterrizado cuando me di cuenta de lo absurda que había sido mi determinación. En el trayecto había vuelto a la realidad, sentía la vergüenza de mis quimeras y estuve tentado de tomar el mismo avión de regreso. Para colmo, me enteré de que mi tía de Melbourne hacía años que había muerto. Luego de un largo debate decidí que al cabo de un viaje tan fatigoso bien valía la pena quedarse unos días a reposar. Estuve en realidad siete semanas. Para empezar, diré que la ciudad era bastante grande, mucho más de lo que había previsto, de modo que en el acto renuncié a ponerme en la persecución de mi supuesto doble. Además, ¿cómo haría para encontrarlo? Era en verdad ridículo detener a cada transeúnte en la calle a preguntarle si conocía a una persona igual a mí. Me tomarían por loco. A pesar de esto, confieso que cada vez que me enfrentaba a una multitud, fuera a la salida de un teatro o en un parque público, no dejaba de sentir cierta inquietud y contra mi voluntad examinaba cuidadosamente los rostros. En una ocasión, estuve siguiendo durante una hora, presa de una angustia feroz, a un sujeto de mi estatura y mi manera de caminar. Lo que me desesperaba era la obstinación con que se negaba a volver el semblante. Al fin, no pude más y le pasé la voz. Al volverse, me enseñó una fisonomía pálida, inofensiva, salpicada de pecas que, ¿por qué no decirlo?, me devolvió la tranquilidad. Si permanecí en Sydney el monstruoso tiempo de siete semanas no fue seguramente por llevar adelante estas pesquisas sino por razones de otra índole: porque me enamoré. Cosa rara en un hombre que ha pasado los treinta años, sobre todo en un inglés que se dedica al ocultismo. Mi enamoramiento fue fulminante. La chica se llamaba Winnie y trabajaba en un restaurante. Sin lugar a dudas, ésta fue mi experiencia más interesante en Sydney. Ella también pareció sentir por mí una atracción casi instantánea, lo que me extrañó, desde que yo he tenido siempre poca fortuna con las mujeres. Desde un comienzo aceptó mis galanterías y a los pocos días salíamos juntos a pasear por la ciudad. Inútil describir a Winnie; sólo diré que su carácter era un poco excéntrico. A veces me trataba con enorme familiaridad; otras, en cambio, se desconcertaba ante algunos de mis gestos o dé mis palabras, cosa que lejos de enojarme me encantaba. Decidido a cultivar esta relación con mayor comodidad, resolví abandonar el hotel y, hablando por teléfono con una agencia, conseguí una casita amoblada en las afueras de la ciudad. No puedo evitar un poderoso movimiento de romanticismo al evocar esta pequeña villa. Su tranquilidad, el gusto con que estaba decorada, me cautivaron desde el primer momento. Me sentía como en mi propio hogar. Las paredes estaban decoradas con una maravillosa colección de mariposas amarillas, por las que yo cobré una repentina afición. Pasaba los días pensando en Winnie y persiguiendo por el jardín a los bellísimos lepidópteros. Hubo un momento en que decidí instalarme allí en forma definitiva y ya estaba dispuesto a adquirir mis materiales de pintura, cuando ocurrió un accidente singular, quizá explicable, pero al cual yo me obstiné en darle una significación exagerada. Fue un sábado en que Winnie, luego de ofrecerme una tenaz resistencia, resolvió pasar el fin de semana en mi casa. La tarde transcurrió animadamente, con sus habituales remansos de ternura. Hacia el anochecer, algo en la conducta de Winnie comenzó a inquietarme. Al principio yo no supe qué era y en vano estudié su fisonomía, tratando de descubrir alguna mudanza que explicara mi malestar. Pronto, sin embargo, me di cuenta de que lo que me incomodaba era la familiaridad con que Winnie se desplazaba por la casa. En varias ocasiones se había dirigido sin vacilar hacia el conmutador de la luz. ¿Serían celos? Al principio fue una especie de cólera sombría. Yo sentía verdadera afección por Winnie y si nunca le había preguntado por su pasado fue porque ya me había forjado algunos planes para su porvenir. La posibilidad de que hubiera estado con otro hombre no me lastimaba tanto como que aquello hubiera ocurrido en mi propia casa. Presa de angustia, decidí comprobar esta sospecha. Yo recordaba que curioseando un día por el desván, había descubierto una vieja lámpara de petróleo. De inmediato pretexté un paseo por el jardín. -Pero no tenemos con qué alumbrarnos -murmuré. Winnie se levantó y quedó un momento indecisa en medio de la habitación. Luego la vi dirigirse hacia la escalera y subir resueltamente sus peldaños. Cinco minutos después apareció con la lámpara encendida. La escena siguiente fue tan violenta, tan penosa, que me resulta difícil revivirla. Lo cierto es que monté en cólera, perdí mi sangre fría y me conduje de una manera brutal. De un golpe derribé la lámpara, con riesgo de provocar un incendio, y precipitándome sobre Winnie, traté de arrancarle a viva fuerza una imaginaria confesión. Torciéndole las muñecas, le pregunté con quién y cuándo había estado en otra ocasión en esa casa. Sólo recuerdo su rostro increíblemente pálido, sus ojos desorbitados, mirándome como a un enloquecido. Su turbación le impedía pronunciar palabra, lo que no hacía sino redoblar mi furor. Al final, terminé insultándola y ordenándole que se retirara del lugar. Winnie recogió su abrigo y atravesó a la carrera el umbral. Durante toda la noche no hice otra cosa que recriminarme mi conducta. Nunca creí que fuera tan fácilmente excitable y en parte atribuía esto a mi poca experiencia con las mujeres. Los actos que en Winnie me habían sublevado me parecían, a la luz de la reflexión, completamente normales. Todas esas casas de campo se parecen unas a otras y lo más natural era que en una casa de campo hubiera una lámpara y que esta lámpara se encontrara en el desván. Mi explosión había sido infundada, peor aún, de mal gusto. Buscar a Winnie y presentarle mis excusas me pareció la única solución decente. Fue inútil; jamás pude entrevistarme con ella. Se había ausentado del restaurante y cuando fui a buscarla a su casa se negó a recibirme. A fuerza de insistir salió un día su madre y me dijo de mala manera que Winnie no quería saber absolutamente nada con locos. ¿Con locos? No hay nada que aterrorice más a un inglés que el apóstrofe de loco. Estuve tres días en la casa de campo tratando de ordenar mis sentimientos. Luego de una paciente reflexión, comencé a darme cuenta de que toda esa historia era trivial, ridícula, despreciable. El origen mismo de mi viaje a Sydney era disparatado. ¿Un doble? ¡Qué insensatez! ¿Qué hacía yo allí, perdido, angustiado, pensando en una mujer excéntrica a la que quizá no amaba, dilapidando mi tiempo, coleccionando mariposas amarillas? ¿Cómo podía haber abandonado mis pinceles, mi té, mi pipa, mis paseos por Hyde Park, mi adorable bruma del Támesis? Mi cordura renació; en un abrir y cerrar de ojos hice mi equipaje, y al día siguiente estaba retornando a Londres. Llegué entrada la noche y del aeródromo fui directamente a mi hotel. Estaba realmente fatigado, con unos enormes deseos de dormir y de recuperar energías para mis trabajos pendientes. ¡Qué alegría sentirme nuevamente en mi habitación! Por momentos me parecía que nunca me había movido de allí. Largo rato permanecí apoltronado en mi sillón, saboreando el placer de encontrarme nuevamente entre mis cosas. Mi mirada recorría cada uno de mis objetos familiares y los acariciaba con gratitud. Partir es una gran cosa, me decía, pero lo maravilloso es regresar. ¿Qué fue lo que de pronto me llamó la atención? Todo estaba en orden, tal como lo dejara. Sin embargo, comencé a sentir una viva molestia. En vano traté de indagar la causa. Levantándome, inspeccioné los cuatro rincones de mi habitación. No había nada extraño pero se sentía, se olfateaba una presencia, un rastro a punto de desvanecerse… Unos golpes sonaron en la puerta. Al entreabrirla, el botones asomó la cabeza. -Lo han llamado del Mandrake Club. Dicen que ayer ha olvidado usted su paraguas en el bar. ¿Quiere que se lo envíen o pasará a recogerlo? -Que lo envíen -respondí maquinalmente. En el acto me di cuenta de lo absurdo de mi respuesta. El día anterior yo estaba volando probablemente sobre Singapur. Al mirar mis pinceles sentí un estremecimiento: estaban frescos de pintura. Precipitándome hacia el caballete, desgarré la funda: la madona que dejara en bosquejo estaba terminada con la destreza de un maestro y su rostro, cosa extraña, su rostro era de Winnie. Abatido caí en mi sillón. Alrededor de la lámpara revoloteaba una mariposa amarilla. París, 1955 Julio Ramón Ribeyro (1929 -1994) Perú
La casa de Asterión Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión. Apolodoro: Biblioteca, III,I Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera. El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos. Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta oAhora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos. No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo? El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. FIN 1. El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos. Jorge Luis Borges (1899 -1986) Argentina