manuurossi
Usuario (Argentina)
1. Introducción 2. Influencias 3. Deslices 4. Perspectivas 5. Hombrecitos verdes 6. Palabras finales ENSAYO INTRODUCCIÓN Pocos días antes del estreno de la última película de Steven Spielberg, Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, en la que el famoso arqueólogo de la ficción —ya entrado en años— inicia la afiebrada búsqueda de una extraña reliquia de (supuesto) origen precolombino, un diario de la ciudad de Buenos Aires (República Argentina) me convocó para que diera una opinión respecto de la influencia de "Indy" en el quehacer cotidiano de los arqueólogos e historiadores de la vida real. Por sugerencia directa mía se remitieron a un ensayo que escribí hace unos meses y en el que intenté realizar una radiografía del personaje dando una visión retrospectiva, propia de la historia, no carente de cariño y agradecimiento por los buenos momentos que siempre me ha hecho pasar "el viejo profesor Jones". Pero mayúscula fue la sorpresa cuando, a mi correo electrónico personal, empezaron a llegarme duras críticas de distintas partes del mundo por los "ásperos conceptos que había vertido sobre Indy". Como hasta ese momento no había tenido acceso a la nota periodística, me puse en campaña y la busqué por Internet a fin de confirmar cuál había sido la herejía cometida. Me llamó la atención la repercusión que mis dichos habían tenido. Diarios de México, España, Alemania e Italia habían levantado la nota del periódico porteño y difundido mi apellido junto a consumados enemigos del famoso arqueólogo. Entre otras cosas, el artículo hacía referencia al desprestigio que Indiana Jones acarreaba a la arqueología y "a lo indignados que estábamos todos por el mensaje de sus películas". Indy se convertía así en el chivo expiatorio de miles de ladrones de tumbas "profesionales" que —con o sin títulos universitarios— han venido saqueando el pasado y el patrimonio arqueológico de diferentes países, desde hace décadas, en completo silencio y anonimato. En principio quisiera hacer un descargo: no me siento parte de aquellos de critican duramente al doctor Jones. Creo que sería estúpido tomar en serio a un personaje que, desde el principio, sabemos pertenece al universo de la ficción fílmica y literaria. Como escribí anteriormente, no ha sido mi intención juzgarlo. Lejos de mí estuvo caer en semejante ridículo. Las películas de Indy no pretenden otra cosa más que divertir, entretener, pasar un rato agradable y, por su intermedio, soñar con las aventuras de nuestra infancia y adolescencia. Jones no es más que el canal que nos vincula con la inocencia de los tiempos idos, con aquellas tardes en que jugábamos a ser exploradores en mundos perdidos. Él es la encarnación más reciente de la aventura en su estado puro; el responsable, desde 1981, de la renovación del género, convirtiéndose en el arquetipo del nuevo héroe e inspirador de toda una legión de imitadores (sin tanto éxito) que invadieron las pantallas de los cines en las dos últimas décadas del siglo XX. INFLUENCIAS Pero, ¿qué influencia tuvo —y tiene— Indiana Jones en historiadores y arqueólogos reales? Creer que la arqueología y la historia proceden del modo en que él lo hace es, lisa y llanamente, una estupidez. Es no conocer nada de los aspectos metodológicos de ambas profesiones y volver a confundir realidad con ficción. Aún así, el carisma del personaje ha influido indudablemente en la vida personal de muchos profesionales del pasado y canalizado la vocación de otros. ¿Quién no ha soñado ser Indiana Jones alguna vez? ¿Quién no ha aspirado a encontrar reliquias sagradas con poderes sobrenaturales o toparse con civilizaciones perdidas en medio de la selva amazónica? Yo sí. De hecho, he invertido poco más de la mitad de mi vida en la búsqueda del Paititi, una legendaria ciudad incaica que, como en el último film, permanece aún por descubrir en las selvas orientales del Perú. Es un tema fascinante y encontrar restos arqueológicos en sitios en donde los especialistas más ortodoxos creen no poder encontrar nada, pone al organismo en un extraño estado de ebullición adrenalínica. En situaciones como ésas es imposible no sentirse un poco Indiana Jones. Es que el "Viejo Indy" combina, como si fuera un cóctel extravagante, aventura, exotismo, nomadismo y misterio, ruinas sagradas y extrañas costumbres, comidas inimaginables y peligros que van más allá de nuestra cotidianeidad.. Indy nos traslada a un mundo extra-ordinario. Un mundo que rara vez podemos saborear los mortales comunes. Por eso, cuando la vida nos pone en situaciones de esas características, es imposible no recordar al ficticio arqueólogo del Marshall College. Él es la contraimagen misma de la mediocridad y, como él, cuando se viven circunstancias fuera de lo común, en lugares poco comunes, la frase del gran Joseph Conrad se convierte en una realidad ineludible: "Me encontré de regreso (de la selva) en la ciudad sepulcral donde me molestaba la vista de la gente apresurándose por las calles para sacarse un poco de dinero unos a otros, para devorar sus infames alimentos, para tragar su insalubre cerveza, para soñar sus insignificantes y estúpidos sueños. Se entrometían en mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de la vida era para mí una irritante pretensión, porque yo estaba seguro de que era imposible que supieran las cosas que yo sabía. Su conducta, que era simplemente la conducta de individuos vulgares ocupándose de sus negocios con la certeza de una perfecta seguridad, era ofensiva para mí, como ultrajantes ostentaciones de insensatez ante un peligro que es incapaz de comprender. No tenía ningún deseo especial de ilustrarles, pero me resultaba bastante difícil contenerme y no reírme en sus caras, tan llenas de estúpida importancia". "Estúpida importancia". Perfecto. ¡Si hasta puedo ver esos rostros adustos de intelectuales sin fantasías, ofendiéndose ante molinos de viento! Ridículo. ¿Qué tiene de malo reconocer las influencias que Indiana Jones pueda haber tenido en nuestras elecciones profesionales? ¿Qué pecado imperdonable cometemos al soñar, de tanto de tanto, con ponernos un sombrero fedora de ala ancha y un látigo imaginario en la cintura? Ninguno. Siempre que seamos concientes de que el trabajo del arqueólogo y del historiador se alejan bastante del que practica Indy en las películas. Por otro lado, mirando con detenimiento los cuatro filmes, y considerando la época en que transcurren las aventuras, podría decirse que las prácticas depredatorias que Indy comete en algunos yacimientos arqueológicos (como en las primeras escenas de Los Cazadores del Arca Perdida) eran más comunes ayer que hoy; al menos oficialmente hablando. Pero por otro lado, su intensión por conservar el patrimonio material de los pueblos en museos, lo redime un poco de su vandalismo inicial. De seguro, si Indy viviera en nuestros días sería un ferviente defensor de las leyes que protegen el patrimonio histórico y arqueológico de los países. Pero su época es otra y cometeríamos el pecado del anacronismo si pretendiéramos que el personaje se comportara en las décadas del 1930, 1940 y 1950, como si su profesión estuviera enmarcada por las leyes actuales. Indy es el producto de su tiempo; con los aciertos, errores y contradicciones de cualquier hombre dedicado a rescatar los restos del pasado en aquellos días. Además, si nos limitamos a lo que muestran los filmes, Jones es más un "explorador arqueológico" que a un arqueólogo en el sentido estricto del término. En ninguna de las cuatro películas lo vemos excavando metódicamente un yacimiento. Para él, el contexto en el que se encuentra la pieza que busca no cuenta. No importa destruir un templo entero si el resultado es rescatar una estatuilla de oro; o romper a mazazos el mármol centenario del piso de una iglesia bizantina, cuando se trata de encontrar el pasaje que conduce a la tumba secreta de un caballero cruzado de la Edad Media. Pero aunque parezca mentira, esas atrocidades se han cometido en la realidad y nadie protestaba, siempre y cuando el resultado fuera tener las vitrinas llenas de objetos, en lujosos museos metropolitanos. Pero todo eso está cambiando, afortunadamente . Las leyes protectoras del patrimonio indican que los artefactos antiguos, encontrados en el subsuelo de un país, pertenecen y son propiedad inalienable de ese país. Aún así el tráfico de antigüedades constituye el tercer negocio ilegal más importante del mundo, después de las drogas y las armas. Por otra parte, Indiana Jones era menos hipócrita que muchos arqueólogos actuales del primer mundo que, aún existiendo legislaciones que lo prohíben, siguen llevándose objetos a sus países de origen. Indy no puede ser juzgado por leyes que por entonces no existían. Los últimos, sí. Hasta la década de 1960 la arqueología no dispuso de un cuerpo teórico establecido y por lo tanto el interés por la interpretación es algo bastante nuevo. La disciplina pasó por una etapa en la que los datos se recogían sin ninguna razón concreta o con la esperanza de que en el futuro se sabría lo suficiente a partir de ellos y se podrían formular cuestiones teóricas convenientes. Durante mucho tiempo no existió la conciencia de que los restos materiales del pasado pudieran servir para probar las especulaciones sobre el origen y organización de las comunidades humanas. El interés por los objetos era mero coleccionismo. Es así cómo nació en Europa, durante los siglos XVII y XVIII, lo que hoy llamados arqueología; que, de hecho, está actualmente desligada de coleccionismo. DESLICES De todas las películas de la saga, El Reino de la Calavera de Cristal es sin duda la más controvertida; no tanto por las actitudes "huaqueras" que Indy pueda haber mostrado (en mucho menor medida que en los filmes anteriores), sino por el tono general de la trama y el enfoque lleno de errores que se plantean respecto de América Latina. El ex-rector e historiador peruano de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Manuel Burga, fue taxativo al declarar lo siguiente: "Faltó asesoramiento técnico porque hay muchos detalles incorrectos, aunque se trate de ficción. Eso va a ser perjudicial para mucha gente que no conoce nuestro país, pues muestra un escenario peruano que no es el real. No es posible que se confunda la Amazonia con la selva de Yucatán en México. Debía haber especialistas que investiguen previamente antes de elaborar el guión". De todas maneras, Burga ha sido el menos virulento a la hora de denostar el accionar de Indy y sus "progenitores (Spielberg y Lucas). Muchos otros dejaron destilar su veneno e ira, y guiados por una línea nacionalista, que no conoce de "licencias artística", han hecho referencia a la total falta de respeto por el Perú que el film expresa; intoxicando y tergiversando la historia antigua y contemporánea del querido país sudamericano. Según éstos, el film se ensañaría con el pauperismo y subdesarrollo de la república andina, transmitiendo una imagen estereotipada, en la que las gallinas y los pollos deambulan por las calles, teniendo como música de fondo rancheras mexicanas que nada tienen que ver con el país en el que transcurre la aventura. Por otro lado, los errores geográficos también son destacados. Todo el mundo medianamente ilustrado sabe que las líneas de Nazca (sitio en el que transcurre parte de la trama) no están en Cusco (ubicado en la zona de la sierra), sino en el desierto costero, bañado por el océano Pacífico. Por otro lado, tampoco hay pirámides de clara factura maya en las selvas de Iquitos, ni cataratas hawaianas en el Amazonas. Además, el retrato de Orellana, que Indy muestra en un segmento del film, no corresponde al de ese conquistador español, sino al de Francisco Pizarro. ¡Craso error, doctor Jones ! Pero la lista no termina allí. Los críticos también hacen referencia a una realidad que se desliza, sin ser muy advertida: según la película, el Perú aparece caracterizado como un país sin autoridad soberana, en el que una atajo de rusos comunistas instalan (fuera del alcance del Estado) un campamento para disponer a su antojo de las selva y de las ruinas allí escondidas. No quisiera ser abogado del diablo pero el film se inicia con ese mismo comando soviético entrando en una instalación supersecreta de los Estados Unidos y, que yo sepa, nadie tiró la bronca diciendo que el país del norte carece de soberanía. Por otro lado, debo ser sincero conmigo mismo y decir que —por tener conocimiento directo de la realidad selvática de Sudamérica— hay que convenir que la fuerza del gobierno, más allá de los límites de la selva, es en verdad reducida. Inexistente, casi ausente; y eso bien lo sufren centenares de colonos que están librados a su suerte en parajes semejantes a los del film. Y esto no sólo pasa en Perú. Los miembros del Partido Comunista de San Petersburgo también han levantado sus voces en contra del famoso arqueólogo de la ficción. Sostienen que el film "está lleno de mentiras que fomentan un sentimiento de idolatría por EE.UU., promoviendo el saqueo de bienes culturales y dando una imagen falsa de la política exterior de la URSS durante los años ’50". Según ellos, todo esto no sería otra cosa que una nueva campaña antisoviética (¿no suena medio anacrónico?). ¿Por qué se dejaron deslizar tantos errores? ¿Es Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal un eslabón más de la conspiración mundial yanqui por derretirnos el cerebro y controlarnos? Creo que no. Ellos tienen otros métodos. Más sutiles, mas efectivos. No tan evidentes. De todas maneras, puede que haya varias respuestas a estas cuestiones. Y es a lo que quiero referirme en los párrafos que siguen. PERSPECTIVAS Una primera posibilidad sería continuar la línea argumental arriba señalada: los errores están fundados en la ignorancia pura y llana de unos gringos semianalfabetos que confunden a la Argentina con Brasil, al Perú con México y siguen pensado que en estas latitudes continuamos siendo indios semidesnudos boleando ñandúes en las pampas y pateando plumíferos animales con cada paso que damos. Desde este punto de vista, sería el desconocimiento de la realidad histórica de América Latina la responsable de lo que se observa en el film; y que lo que se advertiría no es otra cosa que una subestimación de lo latino y una estereotipada imagen del subdesarrollo. Algo de verdad hay en todo eso. Pero creo que es una exageración apuntar todos los dardos contra Indy ya que ha sido una "mala costumbre" que venimos soportando desde los días en que Maxwell Smart (El Superagente 86) practicaba espionaje en una Sudamérica de aspecto mexicano en todas sus latitudes y repleta de nazis fugitivos. La segunda posibilidad podría sostenerse con el siguiente argumento: La América Latina de Indiana Jones no es otra cosa que una reconstrucción "libre y ficticia" de una realidad histórica y geográfica que no pretende dar cátedra sino, únicamente, entretener. Ya he sostenido en otro trabajo que no debemos confundir la ficción con la realidad y que lo que Indy hace no es ciencia sino cine. Quizá se le podría reprochar al director no haber inventado algún país imaginario, evitando así tocar susceptibilidades (recurso que Hergé utilizó copiosamente en sus archifamosas Aventuras de Tintín). Seguramente, una republiqueta bananera salida de la imaginación del guionista habría traído muchos menos problemas y espíritus ofendidos. La tercera posibilidad es quizás la más condescendiente de todas. En ella la explicación consiste por comprender la época en que la película está ambientada. El año es 1957 y lo que la trama intentaría reflejar son los prejuicios que por entonces existían sobre Latinoamérica. Si es así, para ser sincero, bastante poco es lo que ha cambiado esa visión de las cosas. En cuarto lugar nos encontramos con una argumentación que podría llegar a convencer a más de uno. El film, al haber sido hecho siguiendo el estilo de los seriales cinematográficos de las décadas de 1940 y 1950, respeta los lineamientos de la época y recaptura los estereotipos que esas producciones clase B transmitían a nuestros padres; en donde una visión maniquea de las cosas, daba paso a dos bandos bien definidos: el de los "buenos" y el de los "malos", de una manera casi caricaturesca. De la misma forma la explotación de lo exótico y misterioso, llevaría a "modificar" la realidad latinoamericana para volverla más acorde al clima de aventuras que se pretende transmitir. No hay que olvidar que El Reino de la Calavera de Cristal está ambientada en plena Guerra Fría y que la estigmatización —a uno y otro lado de la Cortina de Hierro— era algo corriente cuando se refería al enemigo. Un mundo dividido y con miedo a la guerra atómica no solía ver los logros del "Otro" (por ejemplo los satélites soviéticos lanzados al espacio) como avances científicos en pro de la humanidad, sino como una amenaza peligrosa. Por lo tanto, cualquier otra aproximación a la problemática estaría empapada de cierto anacronismo, en especial las más críticas, que trasladan a 1957 un clima ideológico impropio de aquellos días. La protesta proveniente del partido comunista ruso, que como hemos dicho antes parte de una supuesta "ola antisoviética", se encuadraría dentro de esta línea. Lo mismo sucede con el tema de la intervención extraterrestre. No hay que olvidar que la "problemática OVNI" estaba vigente por entonces y que el imaginario norteamericano de "Guerra Fría" había alimentado la moderna leyenda urbana de la infiltración alienígena entre los seres humanos. El archifamoso Caso Roswell de 1947 —al que se alude directamente en el film— sería un claro ejemplo de todo ello. HOMBRECITOS VERDES En mi opinión, este es el tema más espinoso de toda la película. Considerar, indirectamente, que las culturas precolombinas fueron incapaces de desarrollarse sin la ayuda de seres de otros planetas se inscribe dentro de una larga tradición imperialista que arranca en el siglo XIX con las leyendas de tribus blancas enquistadas en las selvas sudamericanas. Según esta visión —que la Ahnenerbe de Himmler defendió en su delirio racista por justificar la presencia de arios en la historia antigua de diversas partes del mundo— una "raza superior" habría sido la responsable de las altas culturas surgidas hace siglos fuera del ámbito "culto" de Europa. De ese modo, los moais de la isla de Pascua; las líneas de Nazca, en el Perú; las pirámides de Egipto; las construcciones megalíticas del norte de Europa y el Pacífico; la arquitectura incaica o las centenarias ruinas del centro ceremonial de Tiahuanaco, en Bolivia —por citar unas pocas— no serían otra cosa que los misteriosos (y mal interpretados) vestigios del paso de extraterrestre por la Tierra, hace miles de años. En La calavera de Cristal, la ciudad perdida de Akator —que Indy y los soviéticos buscan incansablemente— es un producto extraterrestre; y la deformación craneana que los aborígenes se realizaban —alargándose las cabezas— tenía como meta imitar los cráneos de los "dioses". La temática de las cabezas alargadas no es otra cosa que una interpretación libre de las teorías evolucionistas en boga desde que Darwin publicó su La Evolución de las Especies, en 1859. Según el imaginario, el cerebro, tras una larga evolución, crecería de volumen, lo que provocaría la expansión de la caja craneana. El desarrollo de la inteligencia supliría al esfuerzo físico reduciendo el papel de los demás órganos. Finalmente el hombre llegaría a ser sólo una gran cabeza. He aquí el hombre del mañana… que, de hecho, es el extraterrestre de las fantasías urbanas de hoy. ¿Es que los filmes de Indiana Jones terminaron absorbiendo el mensaje racista de aquellos a los que tanto odiaba y combatió su personaje principal, en las películas anteriores? Me parece que todo esto es forzar demasiado las cosas. La última aventura de Indy es ante todo, y por sobre todo, un hecho de ficción, una aventura, puro entretenimiento, y no un ensayo de historia o arqueología alternativa. Estamos hablando de un personaje literario. Nunca olvidemos eso. Aquí no debatimos a partir de un texto o de un documental que pretenda ser científico. Adoptar una mirada tan crítica y dura sobre un tema que desde el principio sabemos es pura "mentira", ¿no es encabalgarnos en las mismas teorías conspirativas que pretendemos combatir y denostar? En lo personal, me hubiera asesorado mejor históricamente de haber sido el autor del guión (como sostiene Manuel Burga) y habría respetado un poco más la realidad histórica del mundo precolombino, sin acudir a extraterrestres y sí a un poder autóctono que, a la postre, resultaría tan misterioso y trepidante como la llegada de hombrecitos verdes del espacio exterior (o de otras dimensiones). Pero el lugar común en el que cayeron los guionistas del film no deja de ser interesante, puesto que explota un imaginario muy difundido a mediados del siglo XX. Tan difundido que de las páginas de los libros y revistas de la New Age han pasado a esa realidad alternativa tan propia de los apóstoles del delirio. PALABRAS FINALES Las acusaciones son duras y seguirán siéndolo por algún tiempo. Indiana Jones es caratulado de huaquero, imperialista, racista, promotor de mentiras, abanderado de la soberbia yanqui, violento y "destructor de imperios". Un encubridor, más que un descubridor. Un representante de la violencia. Un compendio de injusticias e hipocresía. De este modo, Indy parecería sintetizar todos los males del siglo XX. Y como símbolo no estaría nada mal. Pero también está el lado positivo del famoso arqueólogo; una faceta que sus admiradores no dejan de destacar. Así, para millones, Indy encarna la imagen del aventurero romántico; la del amigo leal, el intelectual de reconocimiento; el humanista; al espíritu libre y nómada del individualismo con deberes; al demócrata trotamundos, que lucha contra dictaduras de derecha y de izquierda; el tipo inteligente, simpático, resistente y persistente. En pocas palabras, una persona que despierta amores y odios, apoyo y desprecio, tolerancia e intransigencia. Por eso no pasa desapercibido y ha terminado convirtiéndose en un icono de la cultura popular. Con sus grandezas y miserias Indy nos muestra que todos somos ángeles y demonios; que el corazón de las tinieblas está dentro nuestro y que las obsesiones, alimentadas por la fe en concretar los proyectos planeados, en lo que hace que la vida tenga sentido. Indiana Jones vino al mundo para entretenernos. Si queremos historia y arqueología real, no vayamos al cine a buscarlas. Ellas permanecen en los estantes de nuestras bibliotecas. Autor: Fernando Jorge Soto Roland(esto lo traduci con mis palabras yo, lo de arriba, no es tal cual esta escrito arriba) Profesor en Historia

La ciudad ha sido considerada, desde los tiempos clásicos, foco de civilización, humanidad e ímpetu antropocéntrico. Ideal mismo de elevación intelectual y moral, la ciudad occidental fue la protagonista de un proceso secular —iniciado aproximadamente en el siglo XIII d.C.— que dio por resultado —durante los siglos XV y XVI— una nueva mentalidad que generalizamos con el nombre de burguesa[1]. Esta mentalidad, más fáctica, materialista y profana que la medieval, toma cuerpo y preponderancia en una Europa que se abría al mundo después de centurias de encierro y repliegue en sí misma. Así todo, los descubrimientos geográficos inaugurados por Cristóbal Colón en 1492, revivieron antiguas fantasías, profecías, leyendas y mitos, mostrando que las viejas estructuras clásicas y medievales aún permanecían ocultas, pero vigentes, detrás de los novedosos comportamientos modernos. Y esto es comprensible; ya que, como escribió Johan Huizinga[2], los cambios en historia nunca son verticales (abruptos), sino que se dan transversalmente, permitiendo que lo viejo conviva con lo nuevo; especialmente en el campo del imaginario colectivo. La inmensidad del continente americano, sus espacios incultos (según la óptica eurocéntrica), sus selvas, montañas e inimaginables sociedades aborígenes, conformaron el escenario de maravillas en donde todos los sueños mediterráneos eran posibles. Antiguos mitos y leyendas resurgieron; ésos que el historiador Juan Gil[3] llama “mitos áureos de la frontera”. Y fueron en esas fronteras (entre lo urbano y lo rural; entre la civilización y la barbarie) desde donde se proyectaron a zonas desconocidas todo aquello que Europa no había logrado dar. Un sentimiento milenarista los embarcó a todos, y el delirio aumentó ante lo ignoto, imposibilitando el dejar de soñar. La riqueza fácil, el honor, el prestigio, como también el hecho concreto de poder encontrar las míticas localidades, aludidas en la bibliografía teológica y profana de la Edad Media, se exacerbó en suelo americano. Posteriormente, y pasados unos siglos, cuando nuevas porciones de tierra se abrieron a los intereses de Occidente, esos mismos mitos, aunque acondicionados a los nuevos tiempos, volvieron a aparecer. Y tanto el oro, como las ciudades perdidas fueron (y siguen siendo) una constante interesante de analizar. Desde el mítico El Dorado (nombrado y perseguido por los conquistadores españoles del siglo XVI) a la legendaria ciudad perdida de Zinj, que la tradición ubica en las selvas tropicales de África Central (y que el novelista Michael Crichton rescatara del olvido para colocarla como centro de su novela Congo[4]), las ciudades perdidas han venido enriqueciendo la literatura y la exploración. Su atractivo se mantiene vigente y, temporada tras temporada, los románticos que quedan en el mundo alistan sus mochilas y siguen partiendo en su búsqueda. Las hay de todos los metales y tipos. Están las habitadas y las deshabitadas; las ubicadas en lo alto de las montañas, en las impenetrables marañas selváticas o, incluso, las construidas bajo tierra. Pueden ser de oro, plata o marfil. Puede que estén encantadas, o simplemente protegidas por mil peligros, para impedir el acceso de extraños. Pero el encanto que todas las ciudades perdidas encierran es que, precisamente, están perdidas. No nos vamos a detener aquí a analizar las infinitas expediciones españolas de la época de la conquista, que salieron tras las huellas de El Dorado; para ello remitimos al lector a “La Noticia Rica del Paititi” (www.la-lectura.com) en el que intentamos una aproximación al mito más duradero y fascinante de los Andes peruanos. En este artículo, que por supuesto se complementa con el texto mencionado, trataremos de mostrar aquellas ideas fuerza que se siguen asociando con la temática de las ciudades perdidas, refiriéndonos específicamente a las búsquedas practicadas durante los siglos XIX y XX, en territorio americano. Como hemos sostenido en otra oportunidad, las exploraciones estuvieron siempre incentivadas por el misterio de ciertas regiones y sociedades. Lo legendario y lo prohibido, lo mítico o lo perdido, aparecen con frecuencia como los más profundos movilizadores de hombres, y estructuran un componente indispensable del ser romántico. De todas las cosas que pueden haberse extraviado a lo largo de la historia no existe nada más atractivo que una ciudad. Del enorme catálogo de ciudades perdidas que existen, sólo un pequeño porcentaje de ellas ha sido efectivamente encontrado. Sucede que, en su gran mayoría, aquellas que se han buscado por décadas, jamás tuvieron una realidad concreta. Como en el caso de los monstruos de las leyendas, estas elusivas urbes se niegan a revelar fácilmente sus secretos; razón por la cual son difíciles de olvidar y fáciles de convertirse en obsesión. Paradójicamente, los lugares que nunca existieron han sido los depositarios de una inversión de capital y de sacrificio humano enorme. Pero el mito rara vez desaparece y los descubrimientos que se realizan no hacen otra cosa que transformarlos y aumentarlos. “Si tal ciudad que se creía perdida para siempre ha sido hallada, ¿por qué no puede suceder lo mismo con tal otra?”. Este sencillo argumento ha sido encontrado en boca de grandes exploradores que, con mayor o menor fortuna, se lanzaron en la búsqueda. En 1839, un joven abogado norteamericano, llamado John L. Stephens, ingresó en Honduras con los manuscritos de un cierto coronel Garlindo en la mano. El militar hacía mención de extraños monumentos perdidos en la selva de Yucatán y América Central; y refería que, en un documento del año 1700, se hablaba de antiguas edificaciones a orillas del río Copán, en Honduras. Stephens se entusiasmó con la idea y, junto al magnífico dibujante Frederic Catherwood, decidió partir para descubrir el misterio. Tras innumerables contratiempos (entre los que encontraron la cárcel misma), el abogado contrató algunos guías nativos y se internó en la selva tropical. Luego de largos días de caminatas, martirizados por los insectos, la humedad y las lianas, los exploradores alcanzaron una pequeña aldea india a orillas del tan buscado río. Nadie conocía nada sobre las ruinas que referían los documentos que habían leído los gringos. Desalentados, decidieron hacer una visita final por los alrededores y, como en las novelas, a último momento, después de despejar una cortina de ramas, Catherwood se topó con una estela de tres metros de alto, cuadrangular y completamente esculpida en sus cuatro caras. Era una muestra de arte completamente desconocida en las Américas. Entusiasmados con el hallazgo siguieron explorando y sacaron a la luz otras trece estelas; más tarde escaleras, pirámides y palacios. Una nueva civilización acababa de salir del olvido: la Maya. Stephens y Catherwood registraron y dibujaron todo lo que pudieron, y cuando la oportunidad se presentó (bajo la figura de un indio llamado José María, que poseía un arrugado título de propiedad sobre los terrenos), compraron las tierras, con ruinas incluidas, al “exorbitante” precio de cincuenta dólares. Ya de regreso a los Estados Unidos, Stephens escribió y publicó el relato de su viaje, enriquecido con los dibujos de su compañero, logrando un éxito enorme. Otro afortunado explorador de fines del siglo pasado fue el arqueólogo americano Edward Herbert Thompson, quien, en las soledades de la retorcida selva al norte de Yucatán, descubrió, junto con su guía indio, las monumentales ruinas de la ciudad más famosa del nuevo imperio maya: Chichén Itzá. Al igual que Stephens, Thompson había sido conducido por una crónica; la del primer obispo de Yucatán, Diego de Landa, quien en 1566 escribiera su Relación de las cosas de Yucatán. Bastante más al sur, en territorio peruano, el historiador norteamericano Hiram Bingham, experimentaba, en 1911, la inmensa sorpresa de encontrar, tapada por el follaje, la majestuosa ciudadela de Machu Picchu, centro ceremonial inca que permanecía “perdido” desde hacía más de cuatrocientos años. También Bingham, respetando la tradición de todo explorador, había sido conducido por los manuscritos de un cronista español del siglo XVII, Fernando de Montesinos. En éstos, y en muchos otros casos, ciertas variables se repiten. Variables que la literatura de ficción hizo propias y que consiguen todavía captar el interés de miles de lectores contemporáneos. Cuando uno se mete en la piel de cualquier explorador reconocido, y accede a sus propios relatos de viaje, se detectan una serie de pasos que parecieran ser obligatorios. En primer lugar, la fuente documental encontrada al azar en alguna polvorienta biblioteca y a la que nunca nadie antes le prestara atención. La interpretación original del futuro descubridor es ahí la protagonista principal, y luchando contra viento y marea trata de imponer su alocada hipótesis (a un ambiente académico que se presenta escéptico) de que la ruta señalada por el olvidado documento puede llevar a los muros de una ciudad, aún más perdida que el manuscrito que la nombra. Es el momento de la soledad; de la exploración intelectual sobre mapas inseguros; de la incomprensión de los colegas; de la burla. Ya vendrá la época de la revancha; pero, antes de ello, tendrá que soportar largas horas de conflicto entre la razón, la duda y la fe. En segundo término ubicamos a la expedición propiamente dicha, con sus sacrificios, sinsabores y peligros. El explorador queda en un segundo plano y el paisaje, los insectos y el clima pasan a ocupar la escena. Tomemos como ejemplo las descripciones hechas por el escritor francés André Malraux, en su novela La Vía Real, en la que puntillosamente hace referencia e este paso del que hablamos: “Desde hacía cuatro días, la selva. Desde hacía cuatro días, campamentos cerca de los poblados nacidos de ella [...], del suelo blando, semejantes a monstruosos insectos; descomposición del espíritu en esa luz de acuario, de un espesor de agua. Habían encontrado ya pequeños monumentos derruidos, con las piedras apretadas por las raíces que las fijaban al suelo como patas que ya no parecían haber sido erigidos por los hombres, sino por seres desaparecidos, habituados a esa vida sin horizontes, a esas tinieblas marinas. Descompuesta por los siglos, la Vía solo mostraba su presencia por esas masas minerales podridas, con los dos ojos de algún sapo inmóvil en un ángulo de las piedras. ¿Eran promesas o rechazos aquellos monumentos abandonados por la selva como esqueletos? ¿La caravana alcanzaría por fin el templo esculpido hacia el que los guiaba el adolescente que fumaba sin cesar[...]? Deberían de haber llegado hacía ya tres horas... Sin embargo, la selva y el calor eran más fuertes que la inquietud [...]. Las sombras se hinchaban, se alargaban, se pudrían fuera del mundo en que el hombre cuenta, que le separaba de sí mismo con la fuerza de la oscuridad. Y por todas partes, los insectos” . El investigador, pues, se agazapa; toma impulso, para poder hacer su entrada triunfal a último momento. Se llega así al instante crucial del relato: el del descubrimiento mismo, en el que pasado y presente se funden en frases de admiración y sorpresa. La ciudad ha sido encontrada. La leyenda se ha vuelto realidad. El ciclo tradicional ha sido cubierto y la iniciación concluida. Pero no todos los buscadores de ciudades perdidas han tenido la suerte de Stephens, Thompson o Bingham. Ellos son algunos de los pocos afortunados que alcanzaron el éxito. Constituyen una pequeña legión de tenaces soñadores que, comparados con los infinitos fracasos que se registran, son una minoría casi insignificante. Y se los recuerda sólo por haber tenido suerte. Detrás de ellos se aglomeran anónimos exploradores que, sin tanta fortuna, invirtieron tiempo y dinero buscando irreales reinos, pletóricos de riquezas. Un precio que la mayoría jamás lamentó de haber pagado; puesto que fue lo que les dio sentido a sus vidas. En casi todos los continentes existieron esos imanes poderosos. Muchas selvas y montañas del mundo conservan leyendas sobre ciudades extraviadas, pero el continente americano es el más privilegiado al respecto. En él muchos productos de la fantasía literaria cobraron una existencia supuestamente real. “De los libros, y más de la poesía, salieron una muchedumbre de fantasmas, encaminados a rellenar los vacíos del hemisferio que nadie había visitado” ; y a pesar de los cinco siglos transcurridos, muchos de ellos continúan tan vigentes como al principio. La lista de estos lugares es larguísima y han arrastrado a más gente, por más tiempo, que ningún otro mito. Como escribió Arturo Uslar Pietri: “El mito de El Dorado ha sido la concreción más tenaz de la noción mágica de la riqueza que caracterizó a los pueblos de Occidente. La riqueza era algo que se encontraba por azar y fortuna. Fortuna y azar eran la misma cosa, aquella deidad que rodaba insegura sobre una alada rueda. La riqueza era el tesoro oculto que se topaba por suerte o por revelación sobrenatural. Desde el tesoro del Rey Salomón y la cueva de Alí Babá hasta las hadas amigas que regalaban palacios, ciudades y reinos [...], el descubrimiento de América (o el de cualquier zona inexplorada, FJSR) le dio, a esas viejas creencias en la riqueza prodigiosa, un asiento y una posibilidad ciertos” . Sorprende, pues, observar cómo detrás de toda ciudad perdida brilla siempre el oro. Son pocas las referencias que aluden a ellas que no consignen de alguna forma la existencia de grandes tesoros; y ya sea que se los busque por un interés puramente artístico o arqueológico (estatuillas, platería, adornos de orfebrería, ajuares funerarios etc.) o por una fiebre de prestigio y riqueza puramente material, el oro ha sido, es y será, el más extraordinario símbolo de la ambición occidental. Tras él se disfrazaron proyectos, intentando legitimar su búsqueda anteponiendo argumentos científicos o políticos que, a la postre, resultaron ser sólo excusas. La fiebre del oro (a la que todavía no se le ha encontrado una vacuna) reavivó la hipocresía, la traición y la muerte. Conjugó los sueños de poder y de riqueza en una danza que resultó siendo macabra por sus resultados en sacrificios y pérdidas humanas. El imaginario de muchas regiones de América conserva historias prototípicas de esas traiciones y nos hablan de hombres (amigos y hermanos) que se han dado muerte al encontrar esos recursos de poder. Historias moralizantes, casi infantiles, que revelan los siniestros resultados que producen los reflejos metálicos y confirman que, siendo “[...] por esencia el mito áureo propio de la frontera, la frontera es de suyo violenta” . Buscado en oscuros laboratorios, que la imaginación oscurece aún más, el oro fue perseguido —sin viajar— por los primeros alquimistas del siglo III d.C.. En América, varias centurias más tarde, los alquimistas vistieron como soldados, almirantes y adelantados, siempre en pos del codiciado metal; que las rebuscadas fórmulas de los gabinetes de experimentación no habían logrado conseguir. Se había desechado la idea de producirlo, por lo que se intentó hallarlo en su estado natural y en un Nuevo Mundo que prometía darlo a mansalva. Primero se filtraron los ríos, más tarde se saquearon los templos aborígenes y, sólo después, se explotaron los socavones de las minas. Pero siempre quedaba la esperanza de que, sin gran esfuerzo ni inversiones, era posible toparse con un nuevo templo escondido en las inmensidades americanas. Este sueño se mantuvo, persistió largamente; y, aún hoy, en países como el Perú, es imposible no pasar un día sin escuchar hablar de tesoros o “tapados” perdidos. La riqueza fácil sigue siendo un sueño compartido por muchos, máxime si la época es de crisis. Loterías, bingos y demás juegos de azar encierran una raíz semejante a la búsqueda de ciudades perdidas y sus tesoros. Y aunque haya más posibilidades de ganar la lotería que de encontrar el mítico Dorado, todo explorador prefiere dar con la ciudad que tener el billete ganador en sus manos. Y en parte esto se debe a que todo el mundo sabe que nadie, que sea acreedor de un premio moderno, recibirá lingotes o estatuillas de oro. Los billetes no guardan el encanto que se mantiene en las llamadas “lágrimas del sol”. Por otro lado, el prestigio del pasado se encarna de manera muy especial en todo objeto antiguo y su posible hallazgo no sólo da riqueza, sino también historia. Una historia que absorbe al descubridor y lo hace parte de ella. Nadie recuerda hoy al ganador de la lotería de 1911, pero sí el apellido Bingham. El oro ha estado siempre ligado a aspectos sobrenaturales. Acceder a un filón de semejante metal implica, en casi todas las leyendas y rumores, superar obstáculos terribles, probarse a sí mismo. Con frecuencia el tesoro se encuentra en un lugar difícil de alcanzar y las penalidades y trabajos sufridos para llegar a él pueden ser equiparados, según J. G. Cirlot, con un proceso de iniciación[9].Todo lo bueno o todo lo malo se condensa en el oro. Metal ambivalente que al tiempo de despertar codicias se transforma en emblema de superación y perfeccionamiento. Luz condensada que ilumina, pero que también encandila y pierde. América, lejos de desechar los viejos mitos, los alimentó y ofreció nuevas fuerzas. Sus regiones, aún inexploradas a fines del siglo XIX, especialmente en la zona amazónica, continuaron conservando la posibilidad de encontrar en ellas los restos de civilizaciones perdidas. Una de ellas, citada por Platón en el siglo IV a. C., y revivida, con enorme éxito, por la Teosofía y la prédica de místicos y charlatanes, pareció ponerse de moda. Estamos haciendo referencia a la misteriosa Atlántida; esa que se hundiera en una sola noche, llevándose sus avances y conocimientos al fondo del mar, pero dándole tiempo a sus últimos y precavidos habitantes a viajar hacia América y dar origen a las sorprendentes culturas precolombinas. Esta “teoría”, refutada por los miles de estudios arqueológicos que se han practicado desde hace casi doscientos años, tuvo un enorme éxito y una difundida prédica en distintos sectores de la intelectualidad europea, a fines del siglo pasado y principios del actual. Pero, aún así, casi todos los océanos del planeta siguieron teniendo sus respectivos continentes perdidos. El Pacífico, generó al Continente de Mu, inventado en 1931 por el coronel James Churchward; quien sostuvo haber recibido de un sacerdote de la India unas misteriosas tablillas en las que descubrió (tras una laboriosa traducción) la historia de los orígenes de la civilización y del continente en cuestión (el tema de las tablillas misteriosas se repetirá una y otra vez en excéntricos trabajos de exploración, pasando a formar parte del imaginario de muchos relatos de viajes). Por su parte, el océano Índico es depositario de la legendaria Lemuria, otra porción de tierra hundida que arrastró a más de uno en su búsqueda. Pero la Atlántida es la que mayor cantidad de tinta ha demandado por parte de escritores y viajeros. Según cuenta Platón en su diálogo entre Timeo y Critias, hace casi doce mil años existía en el corazón del océano Atlántico una gran isla y que “[...]en aquel tiempo podía atravesarse dicho mar. [...]Esa isla era más grande que Asia y Libia reunidas. Y los viajeros de aquel tiempo podían pasar de dicha isla a otras islas y desde aquellas alcanzar todo el continente, en la ribera opuesta de ese mar que merecía verdaderamente su nombre”(Platón, Timeo, 24, 25). Este relato, que el filósofo griego puso en boca de su personaje (y que por supuesto es mucho más extenso), es el único, primer y último documento de la antigüedad que hace referencia a la Atlántida. Todos los que hablaron del tema posteriormente no hicieron otra cosa que tomar como base ese texto. Como ha probado el arqueólogo francés Jean Pierre Adam, la leyenda de la Atlántida no es más que una parábola del pensador heleno para dar una enseñanza moral e histórica de su propio país[10]. La Atlántida nunca existió, más que en su imaginación. Pero los incontenibles deseos por encontrarla realmente se fueron acumulando a lo largo de los siglos. Incluso en nuestros días una expedición británica intenta rescatar el pasado atlante en el Altiplano boliviano (!). Con fecha 23 de marzo de 1998, una agencia noticiosa lanzó al mundo la primicia de que el explorador John Blashford-Snell, junto con un equipo de arqueólogos bolivianos, había localizado a orillas del río Desaguadero (que desemboca en el lago Titicaca) un gran pedestal y dos estatuas correspondientes a la civilización preincaica de Tiahuanaco y que, según el explorador inglés, podrían indicar que están bien encaminados en la búsqueda de los restos de la mítica ciudad de Atlántida, que él ubica en el sitio del lago Poopó[11]. Pero Blashford-Snell no es, ni ha sido el único, en buscar la imaginaria tierra de Platón en suelo americano. Tuvo un antecesor más audaz y soñador. Ya hemos hecho referencia a él en otros artículos, y volvemos a hacerla porque quizás sea el último gran romántico que invirtió toda su vida tras una quimera. Nos referimos, pues, al coronel Percy Harrison Fawcett. Las ciudades perdidas fueron su gran debilidad y es, con seguridad, el explorador que mejor supo captar la emoción que despiertan los rumores y las leyendas de la selva, respecto de ellas. Todo su peregrinar por Bolivia, Perú y Brasil estuvo, de algún modo, motivado por esos cuentos, que lo guiaron e hicieron ver aquello que, efectivamente, deseaba ver. En Fawcett se condensan, como en pocos, los más exóticos delirios exploratorios; esos que van desde monstruos prehistóricos, hasta ruinosos restos cubiertos de moho, pertenecientes a la legendaria Atlántis. En él, el rumor fue una fuente fidedigna de información. Indios, caucheros, bribones y poco confiables funcionarios públicos, se transformaron en las catapultas que lo impulsaron a recorrer miles de kilómetros de insumisa selva, tras comentarios que raras veces trataba de confirmar. Pospuso durante años la “gran expedición de su vida”, en la que encontraría la ciudad que él denominaba con la letra “Z”; y quiso el destino que en ese proyecto, concretado en 1925, perdiera su vida. En su crónica de exploraciones, Fawcett relata las circunstancias prototípicas de un encuentro casual con ruinas perdidas (circunstancias que todavía en la actualidad son posibles escuchar cuando uno se interna en la selva amazónica). En cierta oportunidad cuenta que “Se habían descubierto aquí (Matto Grosso) inscripciones en las rocas y [...] cerca del pueblo de Conquista un anciano que regresaba de Ilheos una noche perdió un buey, y siguiendo sus huellas por el matto, se encontró en la plaza de una antigua ciudad. Pasó debajo de los arcos, encontró calles de piedra y vio, en el centro de la plaza, la estatua de un hombre. Aterrorizado, huyó de las ruinas.[...]Esto me hizo pensar que quizá este anciano había tropezado con la ciudad de 1753 (ciudad que Fawcett buscaba, y de la que había leído por primera vez en una antigua crónica portuguesa, con la fecha en cuestión)[12]. La obsesión del coronel inglés por encontrar la ciudad “Z” se sostuvo firme durante toda su vida. La desaparición que sufriera en la jungla brasileña (1925) y la publicación postmortem de su libro, desataron las ansias reprimidas de muchos por imitarlo y, detrás de sus esquivos pasos, siguieron desapareciendo exploradores. El misterio de la ciudad se agigantó con el misterio de su muerte y, aún después de haber transcurrido setenta y ocho años desde que se tuviera la última noticia de Fawcett, la leyenda sigue atrayendo al público, y el Times de Londres manteniendo vigente la recompensa por tener noticias fidedignas del explorador. El ejemplo de Percy H. Fawcett es paradigmático. Su relato condensa el espíritu de muchas de las crónicas, españolas y portuguesas, de la época de la conquista de América; sus comentarios y actitudes (que creemos recreadas y adornadas, varios años después de haber vivido sus experiencias en la selva) recibieron también el innegable aporte de la literatura de ficción y aventura de su época. Las referencias que el propio autor hace de Arthur Conan Doyle ya han sido analizadas[13]; pero hay otro ejemplo que permite intuir que Fawcett escribió en realidad una novela de su propia vida. En el capítulo I de A Través de la Selva Amazónica, tras contarnos los esfuerzos de un anónimo cronista del siglo XVIII, que él bautiza antojadizamente con el nombre de Francisco Raposo, Fawcett hace pública una historia que define como “fascinante”. Cuenta del hallazgo de un documento portugués, “que aún se conserva en Río de Janeiro” , en el que se especifican los pasos seguidos por un grupo de aventureros, encabezados por el tal Raposo, y las circunstancias fortuitas del encuentro con una ciudad perdida. Dejemos que Fawcett nos las relate: “Buscando leña para el fuego en el monte bajo, divisaron [...] un ciervo [...] al otro lado del riachuelo. Preparando sus arcabuces, [...] lo siguieron tan rápidamente como pudieron ya que con él tendrían carne suficiente para varios días. El ciervo se había esfumado, pero más allá de picacho se encontraron con una profunda hendidura frente al precipicio y vieron que era posible llegar a la cumbre de la montaña escalándola. [...]Penetraron en fila india por la hendidura para descubrir que se ensanchaba a medida que se adentraba en la montaña; se hacía difícil caminar, pero aquí y allá existían rastros de antiguo pavimento y en algunos lugares las escarpadas paredes de la hendidura mostraron borrosas marcas de herramientas. El ascenso era tan difícil que transcurrieron tres horas antes que surgieran [...] en una ladera mucho más alta. Desde allí hasta la cumbre existía un terreno limpio, y pronto se encontraron en lo alto [...] contemplando, alelados, el asombroso espectáculo que se extendía a sus pies. Allí abajo, a cuatro millas de distancia, se alzaba una gran ciudad. [...] No divisaron signo alguno de vida, no se alzaba humo en el aire quieto, ni un rumor venía a quebrar el silencio total[...]. El lugar estaba desierto [...]. descendieron hasta llegar a una entrada bajo tres arcos formados de enormes losas. Quedaron tan impresionados con esta estructura ciclópea - semejante a las que todavía pueden admirarse en Perú -, que ningún hombre se atrevió a pronunciar una sola palabra y se deslizaron [...] por la senda de piedra ennegrecida. En lo alto del arco se veían caracteres grabados profundamente en la piedra gastada por el tiempo [...]. Los arcos estaban todavía en buen estado de conservación pero uno o dos de los colosales soportes se habían retorcido ligeramente en sus bases. Los hombres avanzaron [...] en lo que un vez fuera amplia calle [...]. A ambos lados había casas de dos pisos, construidas de grandes bloques unidos por junturas sin mezcla, de una perfección increíble; los pórticos [...] estaban decorados con esculturas elaboradas que a ellos les parecieron figuras demoníacas. [...] Por todas partes existían ruinas, pero muchos edificios estaban techados con grandes losas que aún se mantenían en su sitio. [...] Los hombres continuaron calle abajo hasta llegar a una vasta plaza. En el centro se alzaba una columna colosal de piedra negra y sobre ella la efigie de un hombre en perfecto estado de conservación con la mano descansando en la cadera y la otra apuntando al norte. [...] Obeliscos esculpidos de la misma piedra negra [...] se levantaban en cada esquina de la plaza, mientras en uno de sus costados se alzaba un edificio tan magnífico por su diseño y decorado que probablemente era un palacio [...]. Sus grandes columnas cuadradas aún se conservaban intactas. Una amplia escalera [...] conducía a un gran vestíbulo que aún conservaba rastros de pintura en sus frescos y esculturas. [...] La figura de un adolescente estaba esculpida sobre lo que parecía ser la entrada principal. Representaba a un hombre sin barba, desnudo de la cintura para arriba, con un escudo en la mano y una banda atravesada sobre un hombro. La cabeza adornada con [...] una corona de laureles y [...] al pie una inscripción escrita con caracteres parecidos a los de la antigua Grecia [...]. Más allá de la plaza y de la calle principal, la ciudad yacía completamente en ruinas. [...]Casi no existía duda de la catástrofe que había desbastado el lugar. [...] Jo"o Antonio - el único miembro de la partida a quien se lo anuncia por su nombre en el documento - encontró una pequeña moneda de oro [...]. En una de sus caras mostraba la efigie de un joven arrodillado y en la otra un arco, una corona y un instrumento musical no identificado. [...] El documento sugiere el descubrimiento del tesoro, pero no da detalles. Francisco Raposo [...] decidió seguir la corriente de un río, esperando que los indios recordarían las señales cuando regresasen con una expedición mejor equipada [...]. Los aventureros [...]se pusieron de acuerdo en no revelar una palabra a nadie, con excepción del virrey [...].Volverían tan pronto como les fuera posible a tomar posesión de todos los tesoros de la ciudad. Después de algunos meses de dura travesía [...] alcanzaron Bahía. Desde allí envió el documento, cuya historia acabo de contar, al virrey, don Luiz Peregrino de Carvalho Menezes de Athayde. Nada hizo el virrey, y tampoco se puede decir si Raposo regresó o no al lugar donde hiciera su descubrimiento. En todo caso, no se volvió a saber nada de él” . Fue este relato sobre una ciudad incierta, basado en un cronista anónimo y plasmado en un documento sospechosamente real, lo que movió a Fawcett durante varias décadas. La historia mezcla los ingredientes tradicionales del azar, del valle perdido, de los tesoros irrecuperables y de los restos de una cultura que, por las descripciones, no corresponden a ninguna civilización americana conocida. No cabe duda que los métodos victorianos del coronel inglés fueron poco convencionales, máxime si, tras leer el capítulo II de su libro, advertimos que llegó a consultar a un espiritista (!) para certificar el origen de otro “misterio”: el ídolo de piedra. Inscripciones esotéricas (adjudicadas, indistintamente, a fenicios, hebreos, romanos, egipcios o vikingos) han venido siendo encontradas en América por un sin fin de exploradores desde hace tiempo. Nunca ninguno pudo certificar la autenticidad de esas escrituras ni entregar, a un cuerpo de técnicos especialistas, un ejemplar material de ellas. Sólo comentarios, rumores, pruebas perdidas en accidentes, pero jamás un dato seguro, una datación comprobable o un sitio específico en donde encontrarlas. Siempre un imaginario desaforado que devora cualquier resto de sentido común y cientos de investigaciones, responsables y serias. Así todo, la perdurabilidad del culto al misterio (tan atrayente, por cierto) se mantiene; y se mantuvo en Fawcett cuando anunció al mundo haber tenido en su poder una imagen de basalto negro en la que se representaba una figura humana, sonriente, con una corta barba y sosteniendo sobre su pecho una plancha con un gran número de caracteres jeroglíficos no identificados. ¿De dónde sacó Fawcett esa estatuilla? Él mismo responde la pregunta: “Me la dio Sir H. Rider Haggard, quien la obtuvo en Brasil, y yo creo que procede de una de las ciudades perdidas”[16]. Cuestión de fe. Pero también influencia de la literatura. Rider Haggard no es otro que el escritor de una de las más famosas novelas de aventura de fines del siglo XIX, Las Minas del Rey Salomón (1885), en la que relata el hallazgo de un reino perdido en el centro de África, rebosante de riquezas y producto de una antigua civilización blanca olvidada[17]. Otro mundo perdido vuelto a la realidad por la imaginación del excéntrico coronel británico. Otro ejemplo de la débil frontera existente entre la novela y la exploración. A partir del relato de Raposo, de la misteriosa estatuilla, y de un sin fin de leyendas recogidas en las selvas sudamericanas, Fawcett resucitó a la Atlántida en Brasil; sosteniendo su heterodoxa teoría en los dichos de psíquicos y novelistas. Platón tenía razón y el imaginario se organizó para avalar los dichos del filósofo griego. De todos los organizadores, P. H. Fawcett, fue el más consecuente. “Sobre esta parte del mundo cayó la maldición de un gran cataclismo, recordado en las tradiciones de todos los pueblos[...]. Puede haber sido una serie de catástrofes locales [...], o también un desastre repentino y arrollador. Su resultado fue cambiar la faz del océano Pacífico y levantar Sudamérica en algo semejante a su forma actual.[...] No requiere mucho esfuerzo de imaginación comprender la desintegración y degeneración gradual de los sobrevivientes, después del cataclismo, con espantosas pérdidas de vida.[...] Sabemos que tanto los nahuas como los incas fundaron sus imperios sobre las ruinas de una civilización más antigua” . La ciudad que buscó pertenecía a esa gran civilización. Y la fuerza del imaginario lo arrastró. ¿A cuántos más nos seguirá arrastrando la fuerza de las leyendas? espero que les haya gustado
bueno aca les voy a poner la historia del maximo goleador de boca en la era profesional, y en toda la historia, el segundo maximo goleador de boca luego de Roberto Cherro. De chiquito Martin nacio el 7 de noviembre de 1973 en la cuidad de la plata. Cuando era chiquito, como ya mucha gnete sabe, el iba al mismo colegio de los mellizos Barros Schelotto y ellos se peleaban seguido, por supuesto, jugaban al futbol y eran de los equipos mas conocidos de alli. Martin era de Estudiantes, reciente campeon de la copa libertadores y los mellizos eran de Gimnasia y Esgrima de la plata, reciente ganador de la promocion por ventaja deportivo sobre Atletico rafaela. Primeros pasos en Estudiantes A los 19 años, Martin debuto en primera divison el 5 de julio de 1992, en el empate contra San Lorenzo de almagro. Le costo mucho adaptarse a el equipo, eso lo podemos ver porque recien, casi un año luego de su debut Martin convirtio su primer gol en primera con la camiseta de Estudiantes que fue el 22 de mayo de 1993 frente a San Martin de Tucuman. Sin embargo, ese equipo volveria a crusarze en su camino dos años despues, cuando Estudiantes recien ascendido Marti no figuraba en los Planes de Miguel Angel Russo, por eso, el equipo de la plata quiso mandarlo de prestamo al equipo tucumano, pero unas diferencias economicas frustraron el pase. Tras el conmflicto el cuarpo tecnico renuncio y asumio Daniel Cordoba que le dio una oportunidad al "Titan"y el , por supuesto no la desaprovecho. Fu figura y goldeador del equipo, tuvo destacadas actuaciones frente a los mas grandes y jugo 90 partido en los cuales marco 34 goles. Primer paso por Boca Diego Armando Maradona, cerca de su retiro pidio e insisto que el equipo de la ribera comprara el pase de Palermo y los Barros Schelotto. Asi fue como Martin llego a Boca. Sin embargo sus primeras acutaciones no fueron muy buena pero en el apertura de 1997 Martin contribuyo con el subcampeonato que Boca consiguio. En 1998, con la llegada del "Virrey" de copas, Carlos Bianchi(hoy en dia manager del equipo) Martin formo una dupla increible con Guillermo Barros Schelotto que fue tan efectiva, que Boca se consagro campeon de ese torneo y Martin fue el goleador del torneo con 20 tantos y asi se convirtio el maximo goleador de la historia del futbol Argentino en torneos cortos. En 1999 Boca repitio el titulo, pero a mitad del torneo Martin , frente a Colon de Santa Fe, sufrio una de sus tantas lesiones por la rotura de sus ligamentos cruzados de la rodilla. En ese partido, martin ya lesionado convirtio su gol numero 100 en primera division.Esa lesion lo tuvo afuera de las canchas un poco mas de medio año. Su vuelta, a pesar de que no estaba listo para volver, fue contra nada mas y nada menos que contra el rival eterno de Boca, River Plate.Repito, que a pesar de que el no estaba listo para volver, le pidio a Bianchi de entrar, y en el segundo tiempo entro y convirtio un gol que fue el 3-0 definitivo en la bombonera. Boca ese año gano la copa libertadores y le tocaba jugar la intercontinental (hoy en dia mundial de clubes, disputado por 6 equipos) contra el Real Madrid, el famoso equipo galactico, Boca se enfrentaria con los mejores jugadores del mundo. En el partido, Martin marco los dos goles de la victoria de boca y eso le vali oel premio al mejor jugador del partido.Aqui estan los goles, y el resumen del partido. http://www.youtube.com/watch?v=NCbn--oGGOs&feature=related (MAS ABAJO EXPLIQUE BIEN, pongo solo el id de youtube asi simple porque no se como ahcer para que aparesca el video aca, y si pongo agregar video, me aparece lo de video star y apretas el link que no lleva a ningun lado, si alguien sae, ayuden EL primer gol una gran asistencia del chelo delgado y el segundo, gran asistencia de roman, y una gran corrida del titan contra makelele. Seguimos con Martin en boca, ese mismo año, Palermo marco un gol en la consagracion de boca en el torneo local de ese mismo año. Experiencia en Europa Al finalizar el año 2000, Martin partio rumbo a Europa, hbi sido transferido al equipo español, Villareal. Alli tuvo buenas y malas actuaciones, no logro brillar. En un partido, martin convirtio u ngol y lo fue a festejar con lo hinchas, cuando muchos hinchas se juntaron, el muro que separaba la tribuna con el campo de juego cayo en la pierna de Martin, que le provoco una grave lesion que tambien le demando una larga recuperacion, asi , el tecnico del submarino amarillo no lo tuvo encuenta y entocnes partio para sevilla, al Real Betis,(hoy en dia equipo de la liga adelante,segunda division española)ahi jugo muy poco y marco un solo gol. De regreso a su Boca querido En el año 2004, de la mano de Jorge Benitez Martin volvio, y a pesar de su expulsion en su debut contra lanus(equipo contra el que no tiene much suerte)volvio a contar con un puesto en el equipo titular. A Boca no le fue bien en el torneo pero gano la copa sudamericana. En el primer semestre de 2005, Boca no tuvo buenas actuaciones y perdio en 4tos de final de la copa libertadores de local versus Junior de Baranquilla, en ese partido, Benitez escupio en la cara a un rival y en esa seman, renuncio por su falta de disciplina. Asi fue como Alfio "el Coco" Basile llego al club en su primera etapa(hoy en dia esta empesando su segunda). Bajo la dirigencia de el coco, Martin se volvio inamobible en el equipo titular y el equipo gano todas las competencias disputadas en la temporada 2005-2006, de esa manera el loco se volvio uno de los maximos goleadores de Boca. En el apertura del año 2006 Boca perdio el campeonato en una final contra Estudiantes, de la mano de Lavolpe, que asumio en la mitad del campeonato y que no consigui sumar 1 de los ultimos 9 en el torneo. En el año 2007, de la mano de Miguel Angel Russo(segunda ves que dirige a Palermo, la anterior en estudiantes, en su debut)Boca consiguio su 6ta copa libertadores, y la figura fue Juan Roman Riquelme, pero Palermo en esa copa tuvo un roll muy importante. El segundo semestre de ese año no fue tan buena para Boca. Luego asumio como tecnico Carlos Ischia, sucesor de Russo.Con el, Boca gano 2 titulos, la recopa sudamericana y el torneo local, apertura 2008. Llegamos al 2009 y el primer semestre Boca nu tuvo una buena actuacion, a pesar de que Martin marco si gol nº 200 en Boca juniors, versus Deportivo Tachira, en la copa libertadores,fase de grupos, en el partido en el cual martin hizo 2 goles.(uno de chilena y otro de penal.) Seleccion Nacional Martin no tiene buenos recuerdos, ya que esta en el record guiness solo porque erro 3 penales en un mismo partido en la copa america. Mejor explicado, fuente wikipedia: Palermo ha sido internacional con la Selección Argentina durante la Copa América 1999. A pesar de marcar 3 goles en 7 partidos, quedó marcado por el récord guiness negativo de malograr tres penales en un mismo encuentro ante Colombia. No volvió a jugar en el equipo nacional luego de esa competición. Otros datos interesantes, copiados de wikipedia * Por la novena fecha del Torneo Clausura 99 vs Platense, convirtió un penal pateando con ambas piernas. Dado el terreno embarrado de aquel día, Palermo resbaló un instante después de impactar el balón con el pie izquierdo, lo que hizo que lo impactara también con el pie derecho. * El 3 de mayo de 2007 se convirtió en el máximo goleador de Boca Juniors en torneos internacionales, al superar a Guillermo Barros Schelotto que tenía 25 goles. * El 13 de Noviembre de 1999 vs Colón de Santa Fe se lesionó los ligamentos cruzados de la rodilla derecha momentos antes de convertir su gol número 100 en el fútbol argentino. Estuvo 7 meses inactivo volviendo a jugar contra River Plate, en el partido de vuelta por los cuartos de final de la Copa Libertadores 2000, el 24 de Mayo de 2000 en La Bombonera. En dicho encuentro marcó el tercer gol de su equipo en tiempo de descuento que sirvió para que Boca Juniors elimine a su clásico rival y clasifique a semifinales de la Copa. * Jugando en el Villareal de España, en un partido en el que enfrentaba al Levante F.C. por la Copa del Rey 2001 volvió a sufrir una lesión importante que lo dejaría nuevamente inactivo por un tiempo prolongado. Luego de haber marcado un gol, se acercó a las gradas a saludar al grupo de hinchas que se amontonó contra esta, provocando el desmoronamiento del muro de cemento sobre su pierna derecha, resultando en una fractura expuesta de Tibia y Perone. * El 18 de marzo de 2007 vs Gimnasia y Esgrima de La Plata, Martín Palermo convirtió por primera vez en su carrera 4 goles en un mismo partido. El partido se disputó en la Bombonera terminando 5:1 a favor del local. * El 16 de septiembre de 2007 vs Bánfield, Martín Palermo volvió a convertir 4 goles en un partido. Marcó tres tantos en el primer tiempo y el restante al comenzar la segunda mitad. El partido finalizó 6:0 en favor de Boca Juniors. Con estas cuatro conquistas, Palermo alcanzó la cifra de 100 partidos en Boca Juniors convirtiendo goles en torneos organizados por AFA. * Gimnasia y Esgrima de La Plata es el equipo al que Martín Palermo le convirtió más goles en su carrera: 13, marcados con las camiseta de Boca Juniors y Estudiantes de La Plata. * Martín Palermo es el goleador histórico de La Bombonera ()[12] * Martín Palermo posee el récord de goles en torneos cortos AFA, con 20 goles en 19 partidos, logrado en el Torneo Apertura '98. * El 27 de enero de 2008 vs River Plate, por el Torneo de Verano 2008, en el Estadio Ciudad de Mar del Plata, Palermo hizo un gol colgándose del travesaño, no siendo sancionado el foul correspondiente. El árbitro fue Héctor Baldassi. * El 17 de febrero de 2008 vs Argentinos Juniors, Palermo recibe una plaqueta como reconocimiento por haber sido el máximo goleador de todas las ligas de América en el año 2007. * Palermo se convirtió en el 15º futbolista en convertir por lo menos 150 goles en primera división jugando para un mismo club. * El 24 de agosto de 2008 contra Club Atlético Lanús, Palermo sufre una lesion que lo mantuvo seis meses fuera de las canchas. El 27 de agosto Martin Palermo fue operado de sus ligamentos por el médico de Boca. El 14 de febrero de 2009 Palermo regresó a las canchas en un partido ante Newell´s Old Boys de Rosario, partido en el cual Boca perdió 2 a 0 jugando de local. * Al 22 de junio de 2009 es el máximo goleador en actividad de la Primera división del fútbol argentino con 195 goles en 360 partidos (promedio 0,54) por campeonatos oficiales de la AFA. * Palermo se convirtió en el 14º futbolista en convertir por lo menos 160 goles en primera división jugando para un mismo club. Fuente de el texto hasta aqui: En base a la info de wikipedia, hay infromacion agregada. Bueno, disculpen las molestias de no haber incluido la trayectoria profesional y los goles por club, lo intente , pero es lamentable que el credor de posts no te deje incluir una imagen de tu compuadora que tenes que copiar ruta de enlace, y cuando copia y pega como si fuera texto no queda lo suficientemente organisado, si quiere que lo ponga pidanmelo y lo hare, Por favor comenten P.d: Disculpen tambien los errores ortograficos(son solo los de algunas mayusculas y de los tildes. Otra cosa, nose como hacer para que aparezca el video en el post, disculpas, si laguien sabe como hacerlo aviseme! Quiero aclarar que esto es en base a wikipedia, lo resumi yo a partir de la info de esa pagina, no me saquen merito por esto