manolosp
Usuario (Argentina)
Durante el Triásico Superior, hace unos 220 millones de años, tortugas primitivas de 40 centímetros de largo quedaron preservadas en depósitos sedimentarios en lo que ahora es el suroeste de China . Estos fósiles, descubiertos en 2007, son ejemplos de la hasta ahora especie más primitiva de tortuga, Odontochelys semitestacea, cuyo análisis viene a cambiar algunas ideas sobre el origen y la evolución de estos animales y, sobre todo, de su peculiar anatomía y caparazón, uno de los grandes misterios en la evolución de los reptiles.El estudio de estos fósiles ha llevado a un equipo de científicos de la Academia de las Ciencias de China y la Universidad de Toronto (Canadá) a descubrir que en su parte superior las tortugas tenían costillas y no caparazón. En cambio, bajo el cuerpo ya tenían un peto similar al actual, según detallan los investigadores en la revista «Nature». El estudio de estos fósiles revela que el caparazón de las tortugas evolucionó a partir de un ensanchamiento de la columna vertebral y las costillas en la parte inferior del cuerpo. Según los investigadores, el hecho de que la formación del caparazón comenzara por la parte inferior del cuerpo se debió a que era una especie acuática que evitaba así los ataques de depredadores en el agua.Se descarta así la hipótesis de que el caparazón deriva únicamente de la fusión de superficies óseas de la piel. Además, este proceso se corresponde con la primera fase de desarrollo del caparazón en las tortugas jóvenes que existen en la actualidad.La tortuga fósil más antigua conocida hasta ahora era la Proganochelys, hallada en Alemania y de 210 millones de años de años de antigüedad. Su caparazón estaba ya totalmente formado.

El que destila un odio visceral y se regodea con la humillación del otro, el que avasalla al semejante, el que busca manipular con mentiras, el que agrede innecesariamente y desvaloriza al otro para sentirse bien él, el que daña con intención sin jamás proponer una reparación, el que incomoda con sus imposturas, el envidioso de todo lo ajeno y el que urde los problemas para acercar luego sus soluciones. La nómina de personas dañinas la completan el autodestructivo, el narcisista patológico, el perverso, el violento impenitente y el estafador. Se sabe que de seres nocivos está lleno el mundo, ya lo poetizó Antonio Machado con su “mala gente que camina y va apestando la tierra”, pero ¿existe realmente la gente “tóxica”? ¿O el término, por descalificador y estigmatizante, se lo reserva sólo a Adolph Hitler o a Ben Laden? Las neurociencias dicen que sí, que la gente “tóxica” ?encarnada por aquellos seres rapaces que inexorablemente perturban el bienestar ajeno y vampirizan al semejante? existe. Y endilgan a fallas químicas la irrigación de esa toxicidad. Sus conductas se traducen en patologías, y la coexistencia con ellos resulta imposible. En el psicoanálisis y la psicología, la literatura está dividida. No obstante, ambas se inclinan por los vínculos y comportamientos “tóxicos” más que por las personas, ya que lo que es “tóxico” para unos puede ser perfectamente aceptado por otros. En todo caso, se trata de una percepción subjetiva, dicen. Si bien no existe una cofradía donde se imponga la toxicidad, al hurgar en los perfiles nocivos, sin duda que algunos políticos ?aquellos que sólo buscan ser escuchados y prometen lo que saben que jamás van a cumplir? podrían encajar en ese estereotipo. Y, dentro de las relaciones de poder, tampoco los jefes desconcertantes, impredecibles o arbitrarios ?los seudoemperadores de la verdad, incapaces de encomiar méritos o esfuerzos? se escapan indemnes a la toxicidad. Tipos de “encuentro” “Quien mejor se ha dedicado a este tema en la historia de la filosofía es Baruch Spinoza”, apunta el filósofo Tomás Abraham. “El habla de encuentros que potencian nuestras energías y nos dan alegría y los que las disminuyen y producen tristeza. Cuando dos cuerpos se convienen entre sí, multiplican su potencia. Y cuando no lo hacen se produce un mal encuentro, semejante a una especie de envenenamiento”, explica. Pero Abraham pone un freno, al aclarar que “pensar las relaciones humanas en términos de toxicidad deriva de las teorías degenerativas de la psiquiatría racista del siglo XIX”. Investigadora de la vida cotidiana a través de la enjundia filosófica, Roxana Kreimer es asertiva respecto de esa categoría, popularizada por la norteamericana Lilian Glass, en su best seller Toxic people (Gente tóxica). Allí advierte que nadie es “ciento por ciento sano, ni física ni psicológicamente; por eso, es importante atender los patrones caracterológicos y sus efectos”, observa Glass. Su libro cuenta hace meses con una versión local, escrita por Bernardo Stamateas. “Los comportamientos destructivos son tolerados si aparecen de manera esporádica. Pero cuando se repiten con frecuencia contaminan las relaciones interpersonales”, completa Kreimer. “Confucio decía que si uno se topa con gente buena, debe tratar de imitarla, y si uno se topa con gente mala, debe examinarse a sí mismo”, añade. Y caracteriza a la gente “tóxica” “por su falta absoluta de empatía con el otro”. En ese grupo, incluye a los manipuladores, que se valen de la asimetría de la información para torcer destinos, y a líderes como George Bush, que buscan la adhesión a sus “decisiones impopulares presentándolas como necesarias”. ¿Qué sucede con los pesimistas consuetudinarios? Según Abraham, pueden ser “más lúcidos, inteligentes y valientes que toda esa pavada de la buena onda”. Para Kreimer, la negatividad en demasía termina siendo contagiosa. Diana Cohen Agrest habla de “los vínculos destructivos de los que hay que huir”. Pero advierte sobre la estigmatización y la capacidad de cambio de las personas. “Los seres humanos ?dice? no somos de una vez y para siempre. Estamos en constante proceso de construcción. El nombre definitivo es el del epitafio, pues sólo allí adquirimos una identidad definitiva. Mientras vivimos, se puede dejar de ser «tóxico», como también se pueden adquirir otras características. Sólo una visión demasiado pesimista del ser humano lo condena a ser de una vez y para siempre.” El filósofo Santiago Kovadloff confiesa cruzarse a menudo con este tipo de personas y rogar que en ese instante alguien en el teléfono lo libere de la situación. “Pongo el acento en los vínculos más que en las personas, porque el significado de alguien depende primordialmente de quien entable una relación con él”, ejemplifica. Y se pregunta si la gente realmente se cuestiona qué es lo que uno produce en el otro. “Yo también puedo irritar y ser muy aburrido en mi vida pública”, confiesa. Sin embargo, ubica como rasgo dominante de la toxicidad “a las personas monologadoras y autorreferenciales y a aquellos que nos aplastan”. El corolario es el tedio, el desinterés y la urgencia de alejamiento, dice. Y arremete contra los simuladores y contra aquellos vínculos cimentados a partir de una necesidad tramposa: “La de no relacionarse realmente”. Claves para evitarlos Las personas “tóxicas” influyen en la salud tanto física como psíquica del otro. Por eso es clave identificar los síntomas que una compañía nociva produce. A esas personas se las controla quitándoles su poder, escapando de ellas o no permitiéndoles acceso a nuestra intimidad. Si se debe convivir con ellas, en la familia o en el trabajo, hay que abstraerse mentalmente de su presencia y acciones. Cuando surge un comentario o comportamiento “tóxico”, simular que uno le presta atención cuando, en realidad, se esfuerza por desoírlo. Al “tóxico” se lo neutraliza con amabilidad. Su afán por lastimar con comentarios o actos desagradables resulta estéril si él percibe que carece de efecto. Focalizarse en las cosas positivas que uno tiene en la vida cuando se está cerca de una persona “tóxica”. Es un ardid efectivo para superar los malos momentos. Si no es posible evitarlos, adquiera un identificador de llamadas y reduzca al mínimo el contacto personal con ellos. La actitud positiva es siempre una elección. Prepárese mentalmente para estar bien y contrarrestar así las actitudes “tóxicas”. Si una persona “tóxica” forma parte de su equipo de trabajo, establezca de antemano y claramente las reglas de convivencia. Si se trata de su jefe, hágale saber que usted y su equipo pierden eficiencia frente a comportamientos negativos. Y póngale ejemplos. Si el “tóxico” no es alertado sobre su toxicidad, la extenderá en el ambiente. No deje pasar por alto esas actitudes y convérselo inmediatamente con él. Ejercite su propia autocrítica y revise con asiduidad qué tipo de actitudes y comportamientos tiene usted para con los demás. Usted también puede ser “tóxico” para otros. La regla es simple: no les haga a los demás lo que no desea que le hagan a usted. Que los hay los hay “A los «tóxicos» los olés al primer contacto; son lastres que te hunden y restan siempre. Por eso, tratás de alejarte. Pero la vida te los impone demasiado a menudo”. (Martín Bär, empresario) “Hay gente que nos intoxica con su mala actitud y absorbe nuestra energía. Ellos movilizan aspectos que nos resultan intolerables. Nos dañan y nos quitan libertad”. (Alicia Belous, psicóloga) “Te cuentan siempre de sí mismos y no les interesa preguntarte nada. Intentan pasarte por arriba; nada ni nadie les viene bien. Son un bajón”. (Clara Paillot, pintora decorativa) “El «tóxico» nunca sabe que lo es, pero todos los demás, sí. Nunca está vibrando como su entorno. Además, interrumpe las vibraciones”. (Nicolás Posse, músico) “Son gente que conspira para que las cosas no fluyan amigablemente. Piensan: «¿Por qué ser feliz, si se puede no serlo?». Su problema es la actitud”. (Julián Carrera, creativo publicitario)

Hay una evidencia científica más para defender los hogares libres de humo. Un estudio, realizado en la Universidad de Harvard, en los Estados Unidos, reveló que las personas no fumadoras que conviven con parejas que consumen tabaco están en mayor riesgo de sufrir un ataque cerebrovascular. El trabajo, que será publicado en setiembre en la revista especializada American Journal of Preventive Medicine, suma entonces más evidencias a los daños potenciales de la exposición al humo del tabaco. Porque todos los que conviven con alguien que fuma se exponen al humo ambiental de tabaco y a sus más de 4.000 sustancias tóxicas. Ya se conocía que los adultos no fumadores que viven con fumadores tienen más riesgo de tener cáncer de pulmón y enfermedades del corazón, según el Ministerio de Salud de la Nación (cuyo teléfono de servicio para ayudar a dejar de fumar es el 0800 222 1002 ). Ahora se agregó el estudio deMaria Glymour, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard. Señaló que casarse con un fumador aumenta en un 42% el riesgo de padecer un ataque cerebrovascular para las personas que nunca fumaron. En tanto, para los ex fumadores que se casan con fumadores, el riesgo de experimentar un ataque cerebrovascular sube al 72% en comparación con los que se casan con no fumadores. El trabajo científico se desarrolló al analizar datos de un estudio longitudinal del Instituto Nacional de Envejecimiento de Estados Unidos con más de 16.000 participantes. Durante el período que duró el estudio, se reportaron 1.130 ataques cerebrovasculares. También ese estudio permitió saber que si una persona no fumadora se casa con un ex fumador su riesgo es similar a la que tiene como pareja a un no fumador. En ese país, ya se había identificado que ocurren 35.000 muertes de personas no fumadoras que sufren enfermedades cardíacas al convivir con fumadores. “La investigación es interesante. Al mismo tiempo creo que la gente ya está tomando conciencia de los daños que les causa el humo del tabaco a los demás. Más fumadores quieren dejar de fumar a partir de que sus parejas no les permiten el consumo de cigarrillos en sus casas. Otros se autorrestringen fumar cuando están los chicos”, contó a Clarín Susan Reznik, médica psiquiatra, psicoterapeuta y coautora del libro El placer de no fumar nunca más. Reznik aconsejó: “Cada fumador debe asumir que el tabaquismo es una enfermedad, que afecta también a la salud de los que están a su alrededor. Y que puede buscar ayuda con especialistas”.
Salve Satanas, Salve Satanas, Salve Satanas In nomine die nostri satanas luciferi excelsi Potemtum tuo mondi de Inferno, et non potest Lucifer Imperor Rex maximus, dud ponticius glorificamus et in modos copulum adoramus te Satan omnipotens in nostri mondi. Domini agimas Iesus nasareno rex ienoudorum In nostri terra Satan imperum in vita Lucifer ominus fortibus Obsenum corporis dei nostri satana prontem Reinus Glorius en in Terra eregius Luciferi Imperator omnipotens Salve Satanas, Salve Satanas, Salve Satanas CADA VEZ SEREMOS MAS !
Un empleado de seguridad dejó su vida en la ciudad para irse a África a vivir como "el hombre-mono". DeWet Du Toit, un joven de 24 años de Manchester, Inglaterra, ha decidido realizar un drástico cambio de hábito y dejar su empleo estable como guardia de seguridad en un supermercado para internarse en la selva africana y vivir como Tarzán. "La gente puede llegar a pensar que estoy loco", declaró el muchacho. "Pero yo sé lo que soy, y estoy convencido de que esto es lo que quiero y para lo que he nacido. Definitivamente, me identifico con Tarzán." DeWet ha estado obsesionado con el personaje desde pequeño, cuando vivía en Namibia con su padre, quien coleccionaba libros y revistas con historias del popular hombre criado por los monos. Ahora sus días transcurren entre la vegetación, arriba de los árboles y comiendo insectos y frutas para alimentarse. Además, todos sus movimientos son captados por una cámara que él mismo instaló y que lleva a todas partes para documentar su nueva vida. "A veces me siento un poco sólo, es verdad. Así que me gustaría encontrar a mi Jane para que me ayude a pasar el tiempo", finalizó DeWet, y agarró un liana y saltó al grito de "Ooooooooooooh ooooooh oooooooooooh"...
