malfoy83
Usuario (Venezuela)
Hola a todos! Mi primer post será un problema matemático, a ver si alguien puede resolverlo. Estos son dos amigos que fueron a comer a un restaurant. La cuenta al final salió en $50. Ambos sujetos pagaron $25 cada uno al mesonero. El gerente del local (quien casualmente era amigo de los hombres) le dijo disimuladamente al mesonero que les hiciera una rebaja de $5 a su cuenta. El mesonero, para dar la misma cantidad en billetes enteros a los hombres, decidió quedarse él mismo con $3 y darles a cada uno $1, y así toda la cuenta estaría saldada. Ahora, si cada hombre pagó $25, y le devolvieron $1, entonces lo que en realidad pagaron fueron $24. Multiplicamos esto por los 2 amigos y nos da: 24 x 2 = 48 Le sumamos los $3 que se quedó el mesonero y nos da: 48 + 3 = 51 La pregunta es, ¿de dónde salió ese $1 que está demás? Espero sus comentarios. =)
Capítulo 2 Bailando en el aire Historia de Lucas El viento frotando tu cara a 200 Km/h es más relajante de lo que mucho creen. Al menos lo es para mí. No llevaba mucho tiempo en los saltos. Apenas podía clasificar como novato, aunque ya llevaba unos 75 buenos saltos y lograba sorprender a muchos cuando dejaba el avión, como si hubiese echo esto toda mi vida. Creo que estaba en mis venas. El día en que comenzó todo yo tenía un extraño presentimiento, mi amiga y principal instructora me escribió un mensaje bastante temprano y me dijo que había tenido dificultades con su camioneta; aunque yo ya hubiera saltado sin ella en varias ocasiones, aún le echaba de menos. La avioneta despegó con ocho de nosotros, algunos más novatos, otros con más saltos que yo, pero ninguno era lo suficientemente bueno para mí, ninguno podía hacer lo que yo hacía en el cielo. Me aseguré por enésima vez que mis correas estuvieran bien apretadas y mi equipo en su sitio. Ya ese corto viaje no me daba miedo, pero igual me aseguraba por si acaso. Cuando estábamos a 4000 metros de altura, el piloto nos dio la señal. Tobías abrió la contrapuerta y se giró hacia nosotros. Gritó algo que ninguno pudo oír, luego nos dio la espalda y saltó. Yo sabía lo que había querido decir. «Nos vemos abajo». Uno a uno todos los demás abandonamos el aparato, yo lo hice de último. El vacío en mi estómago llegó súbitamente como de costumbre, pero yo ya sabía controlar esa sensación. Agucé mi vista detrás de los anteojos especiales para contrarrestar la presión del viento, y divisé a los chicos que ya empezaban a lucirse. Pero ninguno era contendiente para mí. Junté mis brazos y piernas y salí disparado al centro de la acción, donde me puse a hacer las piruetas más espectaculares. Giros, volteretas, figuras, el cielo era sólo el lienzo, y yo la obra de arte. Después de un minuto o dos todos nos dispersamos para preparar nuestros aterrizajes y abrir los paracaídas. Nuevamente esperé para ser el último. ¡Cómo me gustaba llamar la atención! Halé el cordón y... nada. No pasó nada. Regla número uno cuando no se te abra el paracaídas: No entres en pánico y conserva la calma. Pero, ¿quién va a estar pensando en reglas cuando estás a 1200 metros de estrellarte contra el suelo? La adrenalina salió disparada a mi torrente sanguíneo y mi corazón saltó como tambor de orquesta. Desesperado, ubiqué el cordón de seguridad para el segundo paracaídas, pero antes que pudiera accionarlo, un fuerte tirón se sintió sobre mi hombro derecho. Al alzar mi vista, observé con horror que la correa que sujetaba todo mi equipo se había desatado. Si no lograba reparar eso, al abrir el paracaídas de emergencia la presión del aire me lo despegaría de la espalda con tanta facilidad como arrancar una hoja de algún árbol en otoño. Estiré mi brazo lo más que pude para asir el extremo de la correa que se agitaba violentamente por encima de mi cabeza. Como vi que eso no servía, tuve que pensar en otra forma para conseguir mi objetivo. Me hice ovillos y giré mi cuerpo con fuerza hacia la izquierda y con un rápido movimiento lancé mi mano hacia la correa. Rocé la hebilla con la yema de mis dedos, pero no logré agarrarla. Nuevamente repetí el mismo movimiento y en mi segundo intento me fue mejor, pero desgraciadamente al enderezarme mis manos aflojaron la presión que tenía en ese pedazo de metal y éste volvió a liberarse. Me pareció que se reía de mí mientras se agitaba ahí arriba. Bajé mi mirada y vi con espanto que se me estaba acabando el tiempo de forma increíblemente rápida, ya no podía perder otra oportunidad. Era ésta o pronto me convertiría en una estampilla postal sobre el suelo de cemento. Con mayor habilidad, rapidez y precisión no sé de dónde salidas, giré mi cuerpo por tercera vez y esta vez sí sujeté con fuerza el extremo de la correa. Sin pensarlo dos veces la introduje donde correspondía, la aseguré lo mejor que pude y tiré con todas mis fuerzas el cordel que me salvaría la vida. Pero el destino fue cruel conmigo una vez más. El paracaídas se empezó a abrir y el tirón que hizo sobre mí efectivamente redujo mi velocidad de caída, pero no se abrió por completo. Recuerdo hacer pensado: «¿Cómo es posible?» El descenso perdió velocidad pero aún iba muy rápido. Si llegaba al suelo igual terminaría muerto, o con la espalda destrozada y empotrado en una silla de ruedas para toda mi vida. Fue en ese momento en que cerré mis ojos y me dije: «Lucas, tienes que salir de esto. Vamos, busca una solución como siempre lo has hecho». Abrí mis ojos y todo se me hizo más claro. Busqué con la vista hacia el suelo por mis alrededores y todo se solucionó en mi mente. A una moderada distancia se presentaba una pequeña comunidad rural, con altos árboles de pinos que me podrían ayudar. Sólo tenía que caer entre ellos y me salvaría la vida. El grave problema era mi paracaídas, el cual no me ayudaba para nada. Su defecto de apertura me estaba llevando para el lado equivocado. Para llegar al pueblo tenía que soltarme y luego dirigirme nuevamente como una bala hacia los árboles. Me aferré a mis pensamientos y solté el metal que hace poco luché por sujetar. Volví a caer en picada, esta vez no había nada que me salvara, pero con mi vista en el objetivo. El viento zumbaba en mis oídos y por dentro sentí que no iba a llegar. Miré el suelo y calculé la distancia. No, no iba a lograrlo. Estaba muy lejos. Cerré mis ojos y me concentré solo en que debería llegar a mi destino, cuando de repente sentí que mi velocidad se reducía un poco. ¿Estaba imaginándome eso debido a que iba a morir? Al instante sentí una multitud de ramas rompiéndose a mi alrededor, en mi espalda, mis brazos, arañándome la cara, rasgándome la ropa. Cuando abrí nuevamente los ojos para ver qué estaba pasando, me percaté que increíblemente ya había llegado a la copa del árbol más alto, y que caía entre sus ramas. Me aferré al tronco y finalmente me paré en seco. No lo podía creer, por pocos momentos me había imaginado que yo mismo había flotado hacia el extremo de ese pino. Pero no, eso era imposible. Temí que si me movía mucho, las ramas que me sostenían se romperían. Giré mi cabeza y bajé la mirada para calcular que tan alto estaba. Me llevé una sorpresa al observar cuatro líneas plateadas paralelas a unos tres metros por debajo de mí, unos cables de alta tensión, o sea que debería estar a unos doce metros de altura todavía. Me aferré con más fuerza al tronco, ya que no quería terminar frito después de todo lo que me había pasado. Pensé en lo que debería hacer en ese momento, y la respuesta era demasiado obvia: pedir ayuda. Afortunadamente uno de los instrumentos que jamás olvidábamos en el avión era el radio transmisor para comunicarnos en caso de emergencia. Desplacé la fuerza de mi cuerpo hacia mi lado izquierdo y separé con cuidado mi mano derecha del tronco del árbol. Activé el radio. –Mayday, mayday. ¿Alguien me escucha? Cambio. Solo escuché el silencio. –Mayday, mayday. Aquí Lucas, y estoy atorado en un árbol, mi paracaídas no se abrió y... –Aquí Tobías, ¿Lucas? ¿Dónde estás? Te intentamos seguir, pero luego... Su voz sonaba angustiada. El silencio reinó nuevamente. –¿Pero luego qué, Tobías? ¿Aló? ¿Cambio? ¿Me escuchas? De repente una fuerte estática invadió el silencio, y apenas pude distinguir las palabras. –... paracaídas... avión... rayos verdes... muertos... todos muertos... Miré con intensidad la radio, que se silenció para siempre. Recuerdo que pensé «¿Qué rayos ocurrió?», pero al hacerlo perdí estabilidad con mi mano izquierda y caí al vacío. Lo último que recuerdo son los cuatro cables en contacto con mi cuerpo, y la energía recorriendo todo mi cuerpo. Mi fin había llegado. ------------------------ Mira el Capítulo 1 aquí: Capitulo 1
Buenas, aquí les dejo algunas curiosidades y Easter Eggs (Huevos de Pascua) del Google: Google Docs: Abre Google Docs, crea un nuevo documento y presiona las teclas: arriba, arriba, abajo, abajo, izquierda, derecha, izquierda, derecha, b, a y enter. Inmediatamente verás Google Docs al revés, tal como está en esta imagen: En la página principal de Google, escribe las siguientes palabras en negritas y presiona la opción "Voy a tener suerte". google loco : El letrero convencional cambia un poco su comportamiento. google gothic : Para unas búsquedas “dark”. google l33t : Google se torna un poco más “f1O66eR” de lo normal… xD google ewmew fudd : El lenguaje del divertido (ó mas bien “aburrido y molesto” que en ves de decir “conejo”, decía “wonejo”) Elmer, el personaje de Bugs Bunny y El pato Lucas. xx-kilngon : Predecible, cambia tus opciones a klingon. xx-piglatin : Un sencillo juego de palabras ( letevisor- televisor, Search-Earchs) google bsd : Un diablo se apodera del logo de Google. google mozilla : Te dirige a la página Inicio de Mozilla Firefox google gizoogle : Creo que es un minitraductor ó algo así, la verdad no entendí. make google logo black and white : Cambia de color el logo predeterminado. google cheese : Viaja a la luna co un sólo click (o más bien con Google Earth). google linux : Ya no es el diablo el que se ha apoderado del logo, ahora es el pingüinito de Linux. Quieres conocer todos los logos que han salido en Google? Entra en el siguiente Link y los verás TODOS, desde 1998. http://www.google.com/logos/ Espero que les haya gustado! Dejen comentarios y puntos!!