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Primer post: 2 nov 2015Último post: 8 may 2016
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Que es el populismo. Origen e interpretaciones
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/2/2015

Por todas partes se habla del “populismo” en los debates políticos y en los medios. No hay día en que no leamos columnas en la prensa norteamericana, europea o de América Latina que nos adviertan sobre alguna amenaza “populista” en algún lado, de Venezuela a Grecia, de España a Argentina. Incluso dentro de los Estados Unidos se suele acusar a algunos políticos de ser “populistas”. Es como si fuera una especie de plaga desconocida: está por todas partes y nadie puede explicar del todo cómo se ha expandido tanto. ¿Pero qué quiere decir “populismo”? ¿Existe realmente una “amenaza populista” que esté afectando a las democracias de todo el planeta? “Populismo” y el adjetivo “populista” fueron términos académicos antes de transformarse en expresiones de uso común. A su vez, como muchos otros conceptos académicos, nacieron como parte de vocabularios políticos de algún país en concreto. “Populismo” fue utilizado por primera vez hacia fines del siglo XIX para describir un cierto tipo de movimientos políticos. El término apareció inicialmente en Rusia en 1878 como Narodnichestvo, luego traducido como “populismo” a otras lenguas europeas, para nombrar una fase del desarrollo del movimiento socialista vernáculo. Como explicó el historiador Richard Pipes en un estudio clásico, ese término se utilizó para describir la ola antiintelectualista de la década de 1870 y la creencia según la cual los militantes socialistas tenían que aprender del Pueblo, antes que pretender erigirse en sus guías. Pocos años después los marxistas rusos comenzaron a utilizarlo con un sentido diferente y peyorativo, para referirse a aquellos socialistas locales que pensaban que los campesinos serían los principales sujetos de la revolución y que las comunas y tradiciones rurales podrían utilizarse para construir a partir de ellas la sociedad socialista del futuro. Así, en Rusia y en el movimiento socialista internacional, “populismo” se utilizó para designar un tipo de movimiento progresivo, que podía oponerse a las clases altas, pero –a diferencia del marxismo– se identificaba con el campesinado y era nacionalista. Richard Pipes Aparentemente sin conexión con el precedente ruso, “populismo” surgió también como término político en los Estados Unidos luego de 1891, para referir al efímero People’s Party (Partido del Pueblo) que surgió entonces, apoyado principalmente por los granjeros pobres, de ideas progresistas y antielitistas. Tal como en Rusia, el término también refirió allí a un movimiento rural y a una tendencia antiintelectualista; utilizado por los oponentes del nuevo partido, también adquirió de inmediato una connotación peyorativa. Como mostró Tim Houwen, “populismo” permaneció como un vocablo poco utilizado hasta la década de 1950. Sólo entonces fue adoptado por la academia –entre otros por el sociólogo Edward Shils– aunque con un sentido completamente novedoso. En la formulación de Shils, “populismo” no refería a un tipo de movimiento en particular, sino a una ideología que podía encontrarse tanto en contextos urbanos como rurales y en sociedades de todo tipo. “Populismo” para Shils, designaba “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”. Como un fenómeno de múltiples caras, tal “populismo” se manifestaba en una variedad de formas: el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el Macartismo en Estados Unidos, etc. Movilizar los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites: eso era el populismo. En otras palabras, “populismo” pasó a ser el nombre para un conjunto de fenómenos que se apartaban de la democracia liberal, cada uno a su modo. Edward Shils En las décadas de 1960 y 1970 otros académicos retomaron el término, en un sentido algo diferente, aunque conectado con el anterior. Lo utilizaron para nombrar a un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente los latinoamericanos como el peronismo en Argentina, el Varguismo en Brasil y el Cardenismo en México. A pesar de que algunos de estos académicos valoraban positivamente la expansión de nuevos derechos para las clases bajas que había venido de la mano de estos movimientos, su tipo de liderazgo era el rasgo distintivo: era personal antes que institucional, emotivo antes que racional, unanimista antes que pluralista. En este sentido, se medían con la vara implícita de las democracias “normales” (es decir, liberales) del Primer Mundo. En eso, estos trabajos se conectaban con los de los académicos como Shils: implícitamente compartían una mirada normativa sobre cómo se suponía que debían ser y lucir las verdaderas democracias. Así, en el mundo académico el concepto de “populismo” mutó de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a un uso más amplio para designar un fenómeno ideológico y político más o menos ubicuo. Para la década de 1970 “populismo” podía aludir a tal o cual movimiento histórico en concreto, a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una “ideología de resentimiento” que amenazaba por todas partes a la democracia. En todos los casos, el término tenía una connotación negativa.Para complicar incluso más las cosas, el filósofo post-marxista Ernesto Laclau propuso un sentido más para nuestro término, completamente diferente a todos los anteriores. La influyente obra de Laclau planteó la necesidad de reemplazar la noción de “lucha de clases”, entendida como una oposición binaria fundamental que se generaba por la propia naturaleza de la opresión de clases, por la idea de que en la sociedad existe una pluralidad de antagonismos, tanto económicos como de otros órdenes. En tal escenario, no puede darse por sentado que todas las demandas democráticas y populares van a confluir como una opción unificada contra la ideología del bloque dominante. El plano político tiene un papel fundamental a la hora de “articular” esa diversidad de antagonismos. Y los discursos aquí son fundamentales, ya que son ellos los que “articulan” las demandas diversas, produciendo un Pueblo en oposición a la minoría de los privilegiados. Así entendido, el Pueblo es un efecto de la apelación discursiva que lo convoca, antes que un sujeto político pre-existente. En esta visión política, la articulación de un Pueblo en oposición al bloque dominante, es decir, el ordenamiento de una variedad de demandas en una oposición binaria, es fundamental para la “radicalización de la democracia” (una expresión que, para Laclau, tenía un sentido positivo). En uno de sus últimos trabajos, Sobre la Razón Populista (2005), Laclau utilizó el término “populista” para nombrar ese tipo particular de apelaciones políticas que recortaban un Pueblo en oposición a las clases dominantes. “El populismo comienza –escribió– allí donde los elementos popular-democráticos son presentados como una opción antagonista contra la ideología del bloque dominante”. Pero en verdad esa etiqueta no era indispensable. Laclau podría haber llamado al estilo específico de apelación política que le interesaba de otro modo, por ejemplo, “popular-democráticas” o alguna otra variante, en lugar de “populistas”. Pero el hecho es que decidió llamar a eso “populismo”, con lo cual, contrariamente a los académicos del pasado, le otorgó a ese término un sentido positivo. En su filosofía, el “populismo” era el nombre de la necesaria y esperada “radicalización de la democracia”. Ernesto Laclau Como consecuencia de la propuesta teórica de Laclau, por primera vez algunos referentes e intelectuales de ciertos movimientos políticos (por caso el kirchnerismo en Argentina y Podemos en España) comenzaron a llamarse “populistas” a sí mismos, desafiando de ese modo el sentido común según el cual ser “populista” era algo malo. Y a su vez, eso alimentó a los liberales, dándoles más motivos para creer que existe una “amenaza populista” acechando la ciudadela de la democracia. El término “populismo” tenía entonces una dinámica expansiva ya en sus usos académicos. Pero al volverse de uso común, especialmente en las últimas dos décadas, se descontroló completamente. Casi cualquier cosas puede ser llamada “populismo” en la prensa de hoy. “Populista” se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario, buscando asociarlo así con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar o peligroso. Algunos gobiernos latinoamericanos que en los últimos tiempos NO SE ALINEARON con Estados Unidos o con el FMI son por supuesto los blancos preferidos. Venezuela, Nicaragua, Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Brasil son o han sido atacados por la amenaza “populista” que proyectan sobre las democracias de la región. Y uno pensaría que ya entendió a qué se refiere el término, pero entonces comprueba que también Silvio Berlusconi –que no era ningún enemigo de los norteamericanos y mucho menos de los grandes empresarios– era un “populista”. ¿Y por qué? Para la revista The Economist, porque su gobierno se apoyaba en lazos de “patronazgo y corrupción” o, como otro comentarista argumentó, porque Berlusconi hablaba “en el lenguaje del hombre común de la calle”. Según el New York Times, en Europa es “populista” cualquiera que quiera poner límites a la migración interna o sea euroescéptico; con esos dos rasgos ya alcanza para ganarse el mote. El líder italiano Beppe Grillo es por supuesto un “populista” ya que critica al establishment político italiano. No importan las ideas que uno tenga en cualquier otro asunto: si uno habla como la gente común, si critica a Estados Unidos, si tiene problemas con el curso que está tomando la Unión Europea o con su establishment político local, uno es un “populista”. Y no importa si se trata de un izquierdista radicalizado o de alguien de extrema derecha. En Grecia, según nos informan, Syriza es por supuesto “populista”. Pero también lo son sus enemigos del movimiento neo-Nazi Amanecer Dorado. Las ideas de ambos grupos son totalmente opuestas en todas y cada una de las maneras posibles, pero sin embargo ambos se las arreglan para pertenecer a la misma familia política. Ambos son de “los populistas”. De toda esta proliferación de significados, uno creería al menos entender que, comoquiera que uno lo defina, el “populismo” es un fenómeno político. Pero sin embargo las cosas no son tan sencillas. Porque economistas como Rudiger Dornbusch y otros opinan que existe también un “populismo macroeconómico”, según el cual son “populistas” aquellos que tienen una mirada económica que “prioriza el crecimiento y la distribución del ingreso y no se preocupa suficientemente por los riesgos de la inflación y del déficit en las finanzas, por las limitantes externas y por las reacciones de los agentes económicos frente a políticas agresivas que afectan el mercado”. Este “populismo macroeconómico” parecería referir entonces a un tipo específico de políticas económicas. Y sin embargo, en los debates recientes cualquier tipo de comentario o idea que no sea total y completamente amigable hacia los empresarios recibe el mote de “populista”. La Cámara de Comercio de los Estados Unidos declaró recientemente que son “populistas” todos los que tratan de “eliminar el sistema de capital libre y abierto.” A Obama se lo acusó de serlo sólo por decir que le gustaría que los millonarios paguen un poquito más de impuestos. El Wall Street Journal llamó “populista” a Hilary Clinton porque dijo que el Congreso debería “enfocarse en la creación de empleo y en los ingresos de las familias de clase media”. Eso era todo lo que el diario necesitaba escuchar. De hecho, para ese períodico, la mera preocupación por el tema de la “desigualdad de ingresos” es síntoma de la enfermedad del “populismo” (porque los ingresos de cada cual son un asunto privado, claro).Bien entonces. El “populismo” es un fenómeno político y también económico. ¿Así sería? Lamentablemente la saga continúa. Porque a todo lo anterior hay que agregar la idea que presentó hace tiempo Jim McGuigan, adoptada luego por muchos otros, según la cual existe también un “populismo cultural”, que sería aquél que valoriza la cultura popular por sobre otras formas de cultura “seria”. Está visto: el “populismo” ha penetrado todas las áreas de la vida social.En todos estos usos variados, “populismo” parece poco más que un latiguillo que busca dar credibilidad conceptual a nociones más antiguas y menos sofisticadas, como “demagogia”, “autoritarismo”, “nacionalismo” o “vulgaridad”. Se utiliza con frecuencia simplemente para desacreditar ciertas ideas o decisiones de política económica heterodoxas, asociando a las personas o gobiernos que las llevan adelante a cosas desagradables, como el nazismo o la xenofobia. Para decirlo en otras palabras, “populismo” es un término que mete en una misma bolsa cosas que no pertenecen a un mismo conjunto y, al mismo tiempo, crea barreras mentales que nos impiden comparar cosas que son perfectamente comparables. ¿Por qué se agruparía bajo una misma etiqueta a los gobiernos sudamericanos que están construyendo la UNASUR y que en general tienen leyes benignas para la inmigración, con los xenófobos y racistas de la derecha euroescéptica? ¿Por qué aplicar impuestos a los ricos es “populismo” si lo hace un gobierno latinoamericano, pero sólo una medida “socialdemócrata” si lo hace Noruega? ¿Por qué las medidas económicas de Perón eran “populistas” pero el New Deal de Roosevelt –en el que Perón se inspiró– era apenas “keynesiano”? ¿Así que la corrupción y el patronazgo son rasgos populistas? ¿Entonces por qué en España lo son los muchachos de Podemos, pero no los corruptísimos del Partido Popular? Suele asociarse a Argentina con Venezuela como dos formas extremas de “populismo”. Pero en realidad, en términos de estilos políticos, arreglos institucionales y políticas concretas, el gobierno kirchnerista SE PARECE MAS al del Frente Amplio uruguayo que al de Maduro. ¿Por qué entonces rara vez se dice que Uruguay forma parte de la “amenaza populista”? No hay motivo concreto, como no sea el hecho de que Uruguay continúa siendo un país amigable para los norteamericanos. “Populismo” se ha convertido en un término de combate profundamente ideologizado. Su valor como concepto para entender la realidad, si alguna vez lo tuvo, se ha extinguido. En los usos actuales, puede referir a una familia de ideologías, a una variedad de movimientos políticos, a un tipo de régimen, a un estilo de gobierno, a un modelo económico, a una estética o a un tipo particular de apelación política. Todo eso mezclado y sin ninguna claridad analítica. “Populismo” funciona obviamente como término peyorativo, orientado a desacreditar a quienes se lo aplica. Pero más importante que eso: se supone que las categorías con vocación taxonómica deben agrupar fenómenos sociales similares para hacerlos más comprensibles. No hay nada malo en ello –de hecho es algo fundamental –, pero a condición de que se agrupe a los fenómenos según los rasgos propios que posean. Como categoría taxonómica, “populismo” hace exactamente lo contrario. El único rasgo que comparten todos los fenómenos que son catalogados con esa etiqueta no es algo que son, sino algo que no son. Se los agrupa no por sus rasgos en común, sino simplemente porque ninguno de ellos (cada uno a su modo y por motivos diferentes) se corresponde con el tipo de movimientos, estilos, políticos o políticas que los liberales occidentales tienen a apreciar. En los debates actuales, “populismo” significa no mucho más que ser amistoso con la clase baja –sea en términos de políticas concretas o simplemente de manera discursiva– o tomar medidas (o tener “estilos”) que desagradan a las élites políticas, económicas o culturales. Porque, supongamos por un momento que manifestar cercanía hacia la clase baja fuera algo que se aparta de los ideales de las democracias “normales”, esto es, las que supuestamente dejan que el “pluralismo” oriente una negociación cordial de todos los intereses sociales, sin preferencia por ninguno. Y supongamos que tal desviación fuera tan importante que requiriera todo un concepto para nombrarla: no es “democracia” sino “populismo”. Aceptemos todo eso por un momento. ¿Cómo es entonces que no hay un concepto, una taxonomía específica, para nombrar la desviación opuesta, es decir, las ideas, actitudes, estilos o políticas que manifiestan cercanía con las clases altas y producen desagrado a las clases bajas? ¿Cómo es que tal apartamiento del ideal del pluralismo es simplemente una de las variantes aceptables de la democracia y no reclama una etiqueta especial que nos advierta sobre el peligro que implican? En la ausencia de respuesta a esas preguntas, la pretensión normativa del concepto de “populismo” queda perfectamente clara.Lo que quiero decir, en resumidas cuentas, es que “el populismo” no existe. No hay ninguna “amenaza populista” al acecho de nuestras democracias. De hecho, no hay una sino varias amenazas que pesan sobre la vida democrática. Y también existen varios modelos de democracia posibles. “Populismo” nos hace creer que este escenario complejo de múltiples opciones y diversos peligros en verdad es sencillo. Se trataría de un escenario dividido en dos campos claramente distinguibles: por un lado la democracia liberal (la única que merece ser llamada “democracia”) y por el otro la presencia fantasmal de todo lo que no se corresponde con ese ideal y, por ello, debe rechazarse de plano. En otras palabras, “populismo” nos invita a cerrar filas alrededor de la democracia liberal (es decir, una democracia de alcances limitados tal como gusta a los liberales) para combatir a un solo monstruo compuesto por todo lo demás, en cuyo cuerpo indiscernible conviven neonazis, keynesianos, caudillos latinoamericanos, socialistas, charlatanes, anticapitalistas, corruptos, nacionalistas y cualquier otra cosa sospechosa. Y el problema es que esa forma de razonamiento nos impide ver dos hechos fundamentales. Primero, que dentro de esa masa de elementos “populistas” hay algunos que definitivamente son una amenaza a la democracia, pero también ideas, experimentos políticos y organizaciones que tienen el potencial de ofrecer formas mejores y más sustantivas de democracia para las sociedades modernas. Y segundo, que el propio liberalismo, con sus valores individualistas, su ethos productivista y su compromiso irrestricto con los intereses de los empresarios es, de hecho, una de las mayores amenazas que corroen las democracias actuales.

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Navidad.Origen e importancia en la sociedad occidental
Ciencia EducacionporAnónimo12/24/2015

La Navidad es un relato ficticio, aunque nada inocente. Según la Enciclopedia Católica, “la Navidad no estaba incluida entre las primeras festividades de la Iglesia”. El sacerdote Orígenes señalaba que “no vemos en las escrituras que nadie haya guardado una fiesta ni celebrado un gran banquete el día de su natalicio” . El día de Navidad fue establecido por un decreto del Papa Julio I en el año 350 a instancias de las necesidades políticas del emperador Constantino, quien asimiló el cristianismo como religión oficial del Imperio romano para consolidar su unificación. En este sentido, Constantino y los obispos introdujeron premeditadamente el relato de la Navidad el día del solsticio de invierno (el día más corto del año), fecha que coincide con la festividad celebrada por todos los pueblos paganos que adoraban a los dioses del sol , intercambiando regalos. De ese modo, el cristianismo se fue incorporando gradualmente en los pueblos paganos, sirviendo a las necesidades del Imperio romano. Constantino Un punto de inflexión La revolucionaria polaca Rosa Luxemburgo señalaba que había un punto de inflexión entre el cristianismo primitivo y el cristianismo desarrollado desde el siglo IV . Es en este marco donde la Navidad desempeña un rol fundamental. El cristianismo primitivo, también llamado cristianismo comunista, funcionaba como el partido político de los campesinos pobres, víctimas de los grandes señores romanos que se apoderaban de las tierras y el cereal. Para sobrevivir huían a la ciudad, pero como el trabajo era realizado por los esclavos, quedaron reducidos a un ejército de mendigos que vivía de la limosna. La imposibilidad de hallar una salida ante la brutalidad de la soldadesca romana , empujó a estos campesinos a abrazar la religión que decía que los ricos debían compartir el pan con los pobres. Ese comunismo cristiano era impotente para suprimir las desigualdades entre pobres y ricos, pues se basaba en la propiedad común de los bienes de consumo y no en los medios de producción como la tierra y los animales de labranza, dejando intacto incluso el régimen esclavista. Así a medida que se desarrollaban las comunidades cristianas comenzó a generarse una burocracia eclesiástica corrompida, separada de los campesinos pobres, para administrar el dinero y los negocios. A principios del siglo IV, Constantino advirtió la influencia popular del cristianismo, mientras el Imperio estaba atravesado por luchas faccionales. Así Constantino asimiló el cristianismo como religión de Estado para restablecer la homogeneidad del Imperio, otorgando grandes prebendas a los obispos como funcionarios de Estado. Sin embargo, aún subsistían las discusiones del cristianismo primitivo sostenidas por San Basilio y San Juan Crisóstomo. Para acabar definitivamente con este pasado, Constantino pactó un acuerdo con los obispos y convocó el primer Concilio de Nicea en el año 325 donde adquirió primera relevancia el establecimiento institucional de la Navidad y la Pascua con la finalidad de imponer un nuevo dogma del culto estatal, apoyado sobre la veneración del nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesús. En consecuencia, el establecimiento de la Navidad forma parte del punto de inflexión observado en el siglo IV, cuando la Iglesia se incorpora definitivamente como institución de las clases dominantes, rol que desempeña hasta la actualidad, manteniendo en la ignorancia a las grandes masas y apoyando cuanta cruzada reaccionaria exija el poder de turno. Concilio de Nicea Todo va mejor con Santa Claus El procedimiento del solsticio de invierno también fue utilizado en la evangelización de Latinoamérica. En México los sacerdotes agustinos introdujeron el nacimiento de Jesús en la fiesta del advenimiento de Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra. Así sustituyeron al dios prehispánico por el dios cristiano para dominar a los pueblos originarios mediante las ideas como complemento de la coerción y el asesinato. Huitzilopochtli Las clases dominantes se valieron de la popularidad de las fiestas navideñas para incorporar tradiciones funcionales a sus intereses. En ese sentido, probablemente la figura de Papa Noel sea el mejor exponente. Papa Noel, también conocido como San Nicolás o Santa Claus, remite al obispo Nicolás de Bari, muerto en el año 345, quien solía hacer regalos a los niños pobres. Esta figura fue reinventada en EE.UU. en 1863 por Thomás Nast, aunque adquirió su fisonomía actual en 1931 a partir del influjo publicitario de la Coca Cola. De ese modo, la multinacional norteamericana vistió con sus tradicionales colores rojo y blanco a Papa Noel y extendió sus negocios, y su sello de marca, a todo el mundo. Hoy en día, la figura de Papa Noel corporiza el llamado “espíritu de la Navidad”, esa mística inexplicable capaz de transformar hasta al más ruin y perverso de los capitalistas en un “buen hombre”, aspecto difundido por infinidad de películas norteamericanas.

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Perón, Mercedes Benz y el oro nazi
Ciencia EducacionporAnónimo5/8/2016

La derrota de los nazis y la fundación de la Mercedes Benz Argentina Transcurría la Segunda Guerra mundial, hasta que en 1943 los nazis pierden la batalla de Stalingrado a manos del Ejército Rojo. Los alemanes, que sabían que habían recibido un durísimo golpe, comienzan a preparar la retirada, lo que incluye también sacar sus capitales acumulados en Alemania. De acuerdo a los documentos a los que tuvo acceso la documentalista alemana Gaby Weber, realizaron una conferencia secreta el 10 de agosto de 1944 en la ciudad de Estrasburgo, Francia, donde recomendaron la fuga de capitales hacia países neutrales. Argentina sería uno de los destinos. El documental, disponible en Netflix, “El escape de Hitler” (2011) de Gueilburt, trata de demostrar, entre otras cuestiones, la llegada desde 1945 de una serie de submarinos nazis a la región de la Patagonia Argentina, entre los que se encontrarían sus riquezas. En dicho documental nombran la investigación de Gaby Weber, documentalista e historiadora alemana, que ha publicado dos importantes libros al respecto: “La conexión alemana” (2005) y “Los expedientes Eichmann” (2013). Ambas publicaciones y tesis están basadas en documentos de la CIA, a los que pudo acceder y que le costó que EE.UU. le prohibiese la entrada luego de sus primeras investigaciones, y del acceso a archivos alemanes, luego de ganarle dos juicios al Estado alemán como cuenta ella misma en una entrevista realizada por el programa “Leyendo con el autor”. Weber en esos libros y documentos varios, sostiene que fue Jorge Antonio, un empresario argentino ligado a Perón, quién con el dinero de los nazis fundó la Mercedes Benz en 1951, junto con otras 60 sociedades anónimas. En sus documentos referentes al tema, que se pueden encontrar en su página web, publica el siguiente diálogo con el empresario peronista: “’¿Nunca se había preguntado si administraba dinero nazi?’, ’Con nosotros, los alemanes hicieron mucho dinero’, dice Antonio con una sonrisa, ’Si Usted lo llama lavado de dinero... Yo quería una fábrica de camiones y la conseguí’”. El vínculo con Perón Jorge Antonio conoció a Perón en el año 1943, pero luego de 6 años empezaron a frecuentarse y establecer una relación personal, justo cuando se convirtió en director de la Mercedes Benz local. Las denuncias sobre el empresario siempre apuntaron a que su estrecha relación con el poder político internacional y su rol de consejero de Perón le sirvieron para acumular una fortuna que nunca pudo precisar cómo la consiguió. De hecho, como es conocido públicamente, con plata de Jorge Antonio se compraron los terrenos en Madrid donde se construyó Puerta de Hierro, donde se alejó Perón durante el exilio después de 1955. En el libro El lavado del dinero nazi en la Argentina, Weber demuestra que desde 1951, cuando se establece la sucursal de Mercedes Benz en la Argentina, el dinero de los nazis fue a parar a las arcas de las empresas radicadas en Argentina sin que queden registros contables de esas transferencias. En esta operación resalta el nombre de Jorge Antonio, como amigo de Perón y hombre de confianza de los alemanes en el Río de la Plata, que pasó de de tener apenas un buen sueldo en 1950, a convertirse en accionista o dueño de unas 60 empresas cinco años después. "Tal como explico en mi libro [dice Gaby Weber], en abril de 1950 Jorge Antonio firma con la empresa alemana un acuerdo, un gentlemen agreement. El plan es fundar Mercedes Benz Argentina con una fábrica de camiones y comenzar de inmediato la exportación de vehículos. En septiembre de 1951, de la nada, surge Mercedes Benz Argentina. Y en pocos años Antonio y Daimler Benz adquieren sesenta sociedades anónimas. El capital invertido asciende a miles de millones de pesos, que deben haber entrado desde Suiza a la Argentina en valija diplomática o por contrabando. (…) Durante casi cinco años, Antonio y las empresas alemanas desarrollaron un sistema complejo para reciclar el dinero nazi por medio de importaciones y exportaciones.”. La investigación también sostiene que Perón se beneficiaba personalmente con esas negociaciones, que se dieron en los mismos años en que transcurrió su primera presidencia (1946-1952). El criminal nazi Adolf Eichmann en la Mercedes Benz Argentina Antonio recibió también de Mercedes Benz listas con nombres de especialistas, personas que resultaban ser nazis y no técnicos. Entre ellos estaba el nazi Adolf Eichmann, Teniente Coronel de las SS, que con documentos de identidad falsificados por el Vaticano arribó al puerto de Buenos Aires el 14 de julio de 1950. En octubre, la policía local le entregó un nuevo documento de identidad. Según la historiadora, fue Jorge Antonio el encargado de esconder el oro nazi con el que se crearon empresas pero también con el que se financió la fuga de sus criminales de guerra. Incluso Jorge Antonio aceptó que fue él quien personalmente empleó a Eichmann en Mercedes Benz, cuando aún la fábrica no había iniciado la producción. En una entrevista realizada por Felipe Pigna, el empresario peronista declaró: “Pensé que era una monstruosidad lo que había hecho Eichmann, pero pensé también que era la guerra y él no hacía más que cumplir órdenes”. También publica Weber las siguientes declaraciones: “Daimler me pidió darle un puesto de trabajo porque eran técnicos. Lo conocía bajo su nombre verdadero, pero no me interesaba”. Eichmann, el oscuro personaje nazi que retrata Hannah Arendt en “Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal”, fue el mismo que declaró: “No me arrepiento de nada. Si nosotros hubiéramos matado de los 10,3 millones de judíos a 10,3 millones de judíos yo estaría contento y diría: está bien, liquidamos a un enemigo". Fue en 1957 la Comisión Interna de los trabajadores quien realizó un reclamo a la gerencia por la captura de Eichmann, que aún por esos años se encontraba trabajando en Mercedes Benz Argentina como electricista. Todos los testimonios hacen creer que se sabía que Eichmann bajo otra identidad, Klement, trabajaba en la planta. Uno de ellos cuenta: “Prácticamente toda la plana mayor de la empresa estaba integrada por inmigrantes de la Alemania de posguerra. Entre ellos había miembros de la Wehrmacht (ejército alemán), oficiales de la SS (...) Más de uno sabía que Klement en realidad era Eichmann, pero el tema era ’tabú’”. Cómo Adolf Eichmann salió finalmente de la Argentina también es uno de las líneas de investigación de Gaby Weber. Pero lo cierto es que no fue el único personaje oscuro que estuvo en la Mercedes Benz. En 1960, días antes del secuestro de Eichmann, asumió la dirección de la empresa William Mosetti. Este había sido oficial de Mussolini, hasta que en 1943 se pasó al bando de EE.UU., cuando consiguió la ciudadanía y se alistó en el Ejército del país imperialista. Luego de finalizada la guerra, había vuelto a trabajar para la petrolera Standard Oil, hasta que el 29 de abril de 1960, luego de que se lo enviase a la Argentina, la asamblea de los accionistas de la Mercedes Benz local lo eligió como Director General hasta 1975. Los trabajadores de la Mercedes Benz y el “Grupo de los 9”, que desafió a la burocracia del SMATA en los ’70, tuvo que enfrentar también a estos oscuros personajes de la Segunda Guerra mundial en el directorio.

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