M

magoo_tse_tung

Usuario (Argentina)

Primer post: 13 sept 2010Último post: 13 sept 2010
1
Posts
10
Puntos totales
6
Comentarios
L
La lucha es hoy un signo de salud mental. Ana P. de Quiroga
Ciencia EducacionporAnónimo9/13/2010

Comienzo aquí una serie de posts dedicados a la difusión de la Psicología Social fundada en Argentina por el maestro Enrique Pichon Riviere. En esta oportunidad un reportaje a Ana Pampliega de Quiroga, directora de la Primera Escuela Privada de Psicología Social, fundada por Pichon Riviere, y una de sus más destacadas discípulas y referente de la Psicología Social. Espero que sea de vuestro interés. Saludos. Los padecimientos psíquicos de la Globalización y la revuelta popular contra el Nuevo Orden Ana P. de Quiroga:La lucha es hoy un signo de salud mental Entrevista realizada por el periodista Jorge Brega Revista La Marea, Nº 17, agosto de 2001 Con gran repercusión se llevaron a cabo del 26 al 29 de octubre de 2000 las Segundas Jornadas Latinoamericanas de Psicología Social y Cuartas en Homenaje a Enrique Pichon-Rivière, fundador de la Primera Escuela Privada de Psicología Social, organizadora del encuentro. El tema convocante fue “Cambios y polémicas en la vida social hoy, su impacto en la subjetividad”. En torno a él se realizaron 22 paneles de debate y 176 talleres, con la participación de más de 1.500 personas provenientes de las distintas provincias argentinas, así como de Brasil, Colombia, Cuba, Francia, México, Paraguay y Uruguay. Las Jornadas fueron presididas por Ana Pampliega de Quiroga, discípula y continuadora de la obra de Pichon-Rivière y actual directora de su Escuela. Con ella mantuvimos el siguiente diálogo: ¿Qué tema predominó en los análisis y debates de las últimas Jornadas Latinoamericanas de Psicología Social? Estas Jornadas se diferenciaron, en algunos aspectos, de las de 1996, sus antecesoras. En aquellas habíamos trabajado centralmente sobre los nuevos modos de alienación, como el adaptacionismo y la identificación con el agresor, que son conductas surgidas de la precarización de la vida, producida como consecuencia de la precarización laboral, en tanto el trabajo es un organizador psíquico y social. No diré que esos temas hayan desaparecido, pero lo que recorrió a estas últimas Jornadas fue un fenómeno nuevo, dado que aparecieron conductas que, si bien en 1996 ya se estaban gestando, hoy tienen una presencia social poderosa. Existe todo un movimiento de rechazo al “nuevo orden”, del que en el 96 nosotros decíamos que conlleva un contundente mensaje de adaptacionismo, al ser presentado como “el único orden posible”. Hoy aparecen formas de conducta y de organización que expresan un claro rechazo a ese orden y que no son susceptibles de ser absorbidas por él. Grandes masas han reconocido a ese orden social –que es el capitalismo bajo su forma actual– como un enemigo de la vida, como un destructor de la subjetividad antagónico con la salud y con proyectos que den sentido a la existencia. Ese orden se había impuesto acompañado de un mensaje esperanzador, que al tiempo que daba por finalizados los conflictos históricos prometía un mundo de abundancia para todos. Claro. Nosotros veníamos analizando en numerosos encuentros previos a las Jornadas, realizados en distintas universidades e instituciones de nuestro país y del exterior, que este fenómeno al que se había considerado culminación de la historia, y por lo tanto ahistórico, había mostrado en los últimos años su devenir. Y su propio devenir lo había desenmascarado, al poner al descubierto las terribles crisis que lo conmovían. Millones de personas comenzaron a pensar que es necesario que exista otro mundo, precisamente por ese carácter antagónico con la vida que tiene este sistema social liberal, conjugado con el discurso posmoderno de anhelo de una sociedad abierta, plural y de realización de deseos, tuvo un aspecto seductor. Y en una sociedad de mercado lo nuevo tiene siempre una carga de seducción, es todo aquello que uno va a poder comprar. Desde la seducción se impuso lo nuevo como valor absoluto. Lo nuevo de este orden venía a cumplir nuestros deseos. El resto era obsoleto y descartable. Esta descalificación fue llevada al plano de las relaciones humanas y laborales con la descartabilidad de millones de personas. Es decir que en la seducción estaba implícita la amenaza. Teníamos que adherir al nuevo orden a riesgo de no tener lugar, de dejar de ser, y aquí aparecía ya un matiz de lo que llamamos terror de inexistencia. Es decir que el medio por el cual se obtuvo el consenso, tal como históricamente ha sido analizado respecto de la ideología —la ideología como representación y significación, como conducta, que es la ideología en acto—, fue el resultado de un interjuego de seducción y amenaza. Esto se dio en todos los ámbitos; en el del trabajo, en el intelectual, etc. Algunas personas se plegaron activamente al nuevo orden. Otras quedaron desconcertadas. Pero durante un tiempo hubo una hegemonía con un disenso mínimo. En cambio hoy, el mero hecho de que Davos tenga un Contra Davos es ya un indicador de que algo cambió. Aunque hay indicadores mucho más importantes, como lo son las luchas populares, que tienen un proyecto contrario a lo que es hegemónico en el mundo. El orden impuesto sigue siendo hegemónico y va a luchar por mantenerse con la ferocidad que le es característica, como lo demostró el bombardeo contra Irak que Bush ordenó desde México, en un gesto que no es casual, ya que se ordenó y ejecutó durante la visita a un país latinoamericano con movimientos de lucha popular y de guerrillas en varias regiones de su territorio. Aquella noción de obsolescencia se aplicó también al ámbito de las ideas. La filosofía de la praxis, del materialismo dialéctico, fue considerada perimida. ¿Cómo se vio afectada en este aspecto la psicología social basada en los lineamientos trazados por Pichon-Rivière? Nosotros definimos a la psicología social como el campo de análisis de la relación dialéctica y fundante entre el orden socio-histórico y la subjetividad. Los dos polos de esta relación han estado conmovidos en todos estos años por cambios socio-históricos vertiginosos y situaciones de crisis que han tenido un fuerte impacto sobre lo subjetivo. Las cuatro Jornadas que hemos realizado abordaron los interrogantes planteados por estas situaciones. Las primeras, en 1988, fueron la posibilidad de terminar de procesar lo que había sido nuestra salida de la Dictadura y también de encontrarnos y ver quiénes éramos los que estábamos trabajando inmersos en esa verdadera explosión de crecimiento que se estaba dando en la psicología social. Las tres Jornadas posteriores, si bien responden también a una necesidad de encuentro e intercambio, ponen a foco los marcos conceptuales. Se interrogan las concepciones previas para ratificar las válidas y gestar otras nuevas requeridas por los nuevos hechos. Los propios títulos de las Jornadas sintetizan sus objetivos: en 1992 hablamos de Balances y desafíos, en 1996 de Relaciones sociales y subjetividad en el fin del siglo, y en el 2000 de Cambios y polémicas en la vida social, su impacto en la subjetividad. La secuencia tiene un hilo conductor en hechos fundamentales como el desarrollo tecnológico, el cambio geopolítico, las transformaciones en la producción, la globalización, y todos los debates que se dan y a esto venía su pregunta en el ámbito de las ideas y de la cultura. En este plano fue muy dura la confrontación. Los cambios producidos a nivel mundial tuvieron en el campo de las ideas las características no sólo de una lógica crisis, adquirieron la significación de lo que se denomina cambio catastrófico. ¿En qué sentido? Los marcos referenciales no sólo eran interrogados, sino que parecía producirse un derrumbe, una liquidación de todo lo que fueran referentes previos, los llamados “antiguos paradigmas”. Esta fue un área de adhesión casi indiscriminada al valor absoluto de ”lo nuevo” (que no era realmente tan nuevo). En ese movimiento se hizo hegemónico el subjetivismo y un agnosticismo radical, rechazándose la posibilidad de conocimiento, la idea de verdad, causalidad, realidad objetiva, etc. Ya en las Jornadas del 92, “Balances y desafíos”, hicimos un registro a modo de balance de lo que había implicado la emergencia del llamado nuevo orden mundial, y uno de los desafíos fue el de comprender lo que había ocurrido. Otro desafío lo recibía nuestro propio marco referencial, el materialismo histórico y dialéctico, que es fundamento filosófico de la psicología social pichoniana. Hoy algunos niegan que este sea su fundamento filosófico; habría que recordarles que Pichon lo definió explícitamente así, tanto en “Aportaciones a la didáctica de la Psicología Social” como en otros de sus textos. Personalmente, encontré en ese marco filosófico, tan cuestionado, y en la psicología social misma, los instrumentos de comprensión de lo que había sucedido. Hallé en él las herramientas conceptuales para poder entender las contradicciones y los procesos que se habían dado. Y no desde una posición dogmática o apriorística, porque yo misma lo puse en cuestión, ya que no hubo marco referencial que no se tuviera que cuestionar. Deseo mencionar aquí algunos autores y elaboraciones de la dialéctica materialista que me ayudaron mucho a esa comprensión, no sólo los autores clásicos del marxismo que todos reconocen, sino un autor curiosamente silenciado, que es Mao Tsetung. Las elaboraciones filosóficas de Mao acerca de la contradicción me permitieron comprender más lo que acontecía y emergía, en lo específico de mi disciplina, a la vez que me orientaba –pese a la gran confusión– en el análisis de lo que había ocurrido en el mundo. Su teoría de la continuación de la lucha de clases y de la revolución bajo el socialismo me ayudó también a entender lo que había pasado con las propias revoluciones socialistas y lo que seguía ocurriendo en el mundo como expresión de una lucha de clases que se había dado por anulada —aunque hoy se llame clases a sectores que no lo son, como ocurre con la llamada “clase política”. Recuerdo que algunos de estos conceptos los expresó cuando su Escuela invitó a Paulo Freire a la Argentina y ambos participaron en una mesa de debate, en la que demostraron tener coincidencias, aunque también alguna diferencia respecto de estos puntos. En efecto. Allí tuvimos muchos acuerdos conceptuales con Freire, a quien dedicamos un homenaje en el marco de nuestras recientes Jornadas, en conjunto con el Instituto Paulo Freire de San Pablo, Brasil. También tuvimos disidencias con él en torno a ciertas connotaciones de dogmatismo que, por momentos, Freire le daba al pensamiento de Marx. Discutimos alrededor de esto y yo argumenté desde el maoísmo y desde la experiencia histórica de la Revolución China, en particular de la Revolución Cultural, como expresión de un pensamiento profundamente dialéctico, sistemáticamente mistificado y mostrado como dogma feroz y opresor. Era importante explicitar que la revolución que Mao lideraba estaba amenazada de una derrota que se concretó después de su muerte, y que le da un rostro peculiarmente capitalista a la China actual. ¿Y cuáles fueron las discusiones más ricas de las recientes Jornadas? Nosotros intentamos recabar las polémicas que estaban presentes en cada área de la vida social. Obviamente, aparecieron las polémicas específicas en el plano de lo epistemológico, que en realidad ya se venían dando muy fuertemente en nuestro hacer de la última década. Veníamos dando respuesta al pensamiento hegemónico impuesto por el nuevo orden. Entiendo que la polémica más importante que se dio en estas últimas Jornadas tuvo como eje el tema del cambio. Apareció un reconocimiento del cambio y de la existencia, en el centro de la vida social, de un debate alrededor de las formas posibles del cambio. Si es posible el cambio social dentro de este sistema, o si es necesario un cambio revolucionario que dé por tierra con este sistema. Es una polémica mundial que, obviamente, trasciende a la psicología social pero la implica. Aun entre aquellos que se oponen al llamado capitalismo salvaje, o neoliberalismo, hay quienes consideran que la globalización es tan ineluctable como la ley de la gravedad, en consecuencia no habría otro camino que tratar de oponerle una globalización “solidaria”. Creer en esta irreversibilidad es quedar atrapado en los propios preceptos de la globalización. Esto hay que cuestionarlo y sobre todo rescatar el concepto de identidades, reivindicaciones y luchas nacionales y regionales, en un mundo intercomunicado en el que se visualice lo común y lo diferente. En torno a estas ideas se dio una polémica fuerte en las Jornadas. Nuestro propósito fue, precisamente, que hubiera polémica, y de ahí la composición heterogénea de los panelistas. Nadie puede decir que se pretendió un hegemonismo de ideas, ni una homogeneidad. Creo que logramos ser coherentes con el cuestionamiento que hemos hecho al gran daño infligido por la ideología posmoderna de silenciamiento de las polémicas, que favorece la imposición de un pensamiento único. Tal silenciamiento proviene de la creencia de que “si no hay verdad, para qué polemizar”. Si para mí esto es válido y para el otro es válido lo suyo, si nuestros universos no se tocan y menos aún tocan el universo de la realidad, pierde sentido el intercambio con el otro. Para nosotros, por el contrario, en el intercambio con el otro se produce el conocimiento. Por eso buscamos que la polémica se despliegue, no tanto ya con quienes apoyan la globalización, sino entre quienes la cuestionan, de modo de confrontar las propuestas para salir de este orden mundial devastador. Fue muy importante la presencia no sólo de intelectuales y especialistas, que desplegaron las polémicas y cambios que se dan en sus propios campos, sino también de los protagonistas de movimientos sociales profundamente cuestionadores, protagonistas de transformaciones subjetivas que se han dado en una práctica social muy particular. Estuvieron integrantes de Mujeres en Lucha, la organización de trabajadores desocupados, piqueteros, Docentes Autoconvocados, Abuelas de Plaza de Mayo, HIJOS, campesinos paraguayos en lucha por la tierra, etc. Incluso protagonistas de puebladas, como los que días después iban a estar en el centro de la política nacional al cortar la Ruta 3 en La Matanza y la ruta 34 en General Mosconi. Es importante para las polémicas de las que hablamos, no sólo conocer la práctica de estas personas, sino escuchar su análisis de la realidad, su proyecto, su fundamentación. Y ver cómo estas nuevas conductas emergentes son un camino de vida y de salud mental, lo que desde el punto de vista de la psicología social es muy importante. Nos van mostrando una transformación de la autopercepción, de la percepción del otro y de la realidad. Y de un hacer en función de esa percepción. Un hacer que a su vez afina la percepción y posibilita transformar la realidad. Son conductas que empiezan a expresar la contracara de las conductas patológicas generadas por los enormes daños psíquicos producidos durante los últimos quince años. ¿Qué patologías son esas? La Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales vienen señalando que la pobreza, la ausencia de proyecto y en consecuencia la depresión, constituyen hoy la fuente principal de patología en el mundo. Estos y otros datos, analizados en distintos congresos sobre salud mental y en nuestra propia práctica, fueron indicándonos cuál había sido el daño psicológico, las formas de alienación y de patología que este llamado nuevo orden había generado al precarizar la vida. La sobreadaptación, el pánico, las patologías de la autodestrucción, el empobrecimiento de la posibilidad de simbolizar, de pensar y pensarse, la ausencia de palabra con predominio de la acción, la modificación de la autopercepción con deterioro de la autoestima, la percepción del otro como enemigo, expresan formas de funcionamiento psíquico que conducen al estallido de las redes identificatorias sociales, de los lazos solidarios. Todo esto es lo que había estado ocurriendo. Un inmenso daño psicológico que produce la vivencia de desamparo, de ausencia de sostén, de aislamiento, de encierro en sí mismo. Esto tiene que ver con el aumento de las adicciones, con la violencia autodestructiva y hacia los vínculos más inmediatos. También con esa violencia anárquica de los que matan “por matar”, como se dice. Al no tolerar la angustia de su situación, proyectan fuera de sí el objeto persecutorio y tratan en vano de destruirlo por medio de una agresión indiscriminada. Estos daños psíquicos se intensificaron en forma exponencial debido a las transformaciones en la vida cotidiana durante todos estos años, porque debemos tener en cuenta que el orden socio-histórico no tiene respecto del psiquismo una relación de exterioridad sino de interioridad, de causa interna. Ahora sin embargo comienzan a aparecer conductas diferentes. Éstas tienen que ver con una modificación de la autopercepción, que ya no está tan profundamente teñida por la impotencia, la descartabilidad, la vulnerabilidad extrema anterior, sino que lleva la marca del descubrimiento de la fortaleza sobre la base de la identificación y del encuentro con el otro. Eso que hemos llamado “descubrirse como sujeto grupal, o sujeto social de poder”. Empieza el reanudamiento de los lazos solidarios. Se sale de lo que está impuesto por la ley del mercado. O sea, el otro ya no se percibe sólo como el rival que me viene a destruir o a excluir, sino como mi sostén potencial, aquel que me va a ayudar a conseguir lo que necesitamos y a fortalecernos recíprocamente. Hubo momentos en que, registrando el escepticismo existente –que por supuesto era manejado como estrategia de poder, pero al mismo tiempo tenía que ver con vivencias de los sujetos–, uno se preguntaba si mucha gente veía en el mundo un escenario en el que se había producido una batalla entre el bien y el mal y había ganado el mal. Este es a veces un mensaje de los medios: el mal ganó y para siempre. Entonces el mundo se vuelve profundamente temible y lleva a la retracción, a una fragmentación interna a la que algunas corrientes designan como patologías narcisistas: el mundo se volvió hostil, enemigo, entonces, “¿qué puedo encontrar aquí?”. Es una vivencia casi infantil de mucho desamparo, en la que el sujeto no halla apoyatura salvo en el encierro en sí mismo. Sobre este gran “agujero” del yo se asientan las adicciones y el consumo compulsivo, que también es una adicción. Pero en este momento –sin exagerar la dimensión del fenómeno– se está produciendo una reversión de la fragmentación social, un replanteo de la percepción del otro que favorece las conductas solidarias y la aparición de proyectos, porque la ausencia de proyecto era otro tema fundamental. ¿Qué se discute en las ciencias sociales de los posibles cambios en la situación? Hay intelectuales, que quizás muy capturados por la idea de la imposibilidad del cambio, no dan importancia a la elaboración simbólica que las nuevas conductas sociales evidencian. Sin embargo, el grado de tal elaboración puede percibirse con claridad en los análisis que todos los días podemos escuchar en los medios de boca de los propios protagonistas de los nuevos movimientos populares. Lo hemos comprobado también tanto en el diálogo directo en los escenarios de lucha, cortes de ruta, marchas, etc., como en los paneles de nuestras Jornadas, en los que participaron algunos de esos protagonistas. Lo cierto es que hay un alto grado de elaboración simbólica, que implica, en primer lugar, un análisis de la propia situación y una redefinición de la autoestima. El desocupado ya no se culpabiliza a sí mismo, analiza las causas del contexto y progresivamente también otras cuestiones más abarcativas y profundas de la realidad, con una gran pertinencia en el análisis y en el hacer. Pese a esto, hay intelectuales que siguen considerando imposible el cambio. A lo sumo, ven estas modificaciones como anárquicas, negándoles conciencia. Por ejemplo, en la apertura de un encuentro de psicología social en Mar del Plata, en 1999, Ana Fernández, una psicóloga grupalista que investiga lo histórico de la subjetividad, al referirse a movimientos populares como los de los piqueteros, dijo: “son cuerpos en acto”. Es decir, sin elaboración simbólica, sin pensamiento. Quienes hemos tenido la posibilidad de trabajar con estas personas, dialogar con ellas, en Jujuy, en Neuquén, en La Matanza, y participar de sus asambleas, conocer sus formas organizativas, sabemos que son mucho más que cuerpos en acto. Son sujetos con un nivel de análisis de la realidad, de posibilidad de conciencia crítica, de capacidad de elaboración de proyecto y de planificación, que nos habla de una construcción muy importante en el plano de lo social, de lo político y de la salud mental con nuevos rasgos subjetivos, en un nuevo momento histórico. La Escuela de Psicología Social practica una didáctica de grupo operativo y por tanto tiene un contacto permanente con la dinámica grupal. ¿Cómo se expresaron todas estas cuestiones en el funcionamiento de los grupos? Justamente todo lo que vengo mencionando lo comenzamos a visualizar en nuestro primer campo de observación que es el grupal. Uno de los indicadores que puso en cuestión nuestro marco referencial, a fines de los 80 y principios de los 90, fue cómo cambió la interacción entre las personas en el campo grupal. Lo que antes generaba sentimientos de identificación y cohesionaba a las personas –y por ello el grupo era buscado e idealizado como lugar de pertenencia– empezó a modificarse sustancialmente. Apareció también en la estructura grupal la fragmentación, el aislamiento, el encierro en sí mismo. En el momento agudo de la gran crisis de la hiperinflación, con toda esa situación de anomia, de pérdida de referentes, de colapso, la gente decía: “tengo miedo a salir de casa”. Ese miedo —que después pude asociar con una de las características del sindrome de pánico— se fue transformando en el miedo a salir de sí mismos. Esto lo veíamos en el temor al contacto con el otro; no podían transitar ese espacio imaginario del vínculo: ¿en qué sentido el otro me puede invadir, me puede dañar? Pero la necesidad de contacto seguía existiendo; entonces, o bien se producía un intensa identificación en la que el otro se volvía prácticamente un espejo (y por lo tanto quedaba negado como otro), o bien se instalaba un gran temor y un gran repliegue. Esto hacía que la integración del grupo se tornara muy lenta, hasta que la gente pudiese resolver esa contradicción entre la necesidad de contacto con el otro y el temor a ese contacto. Esta situación perdura en muchos espacios grupales. Todo esto tuvo un estímulo social, porque el modelo de interacción que se instaló, el modelo de sujeto en el mundo, es un modelo competitivo, contrario al de sujeto grupalizado, que es co-operativo. Si el otro es para ser excluido o destruido, ¿de qué grupalidad vamos a hablar? Vamos a hablar de la grupalidad que se impone en los pseudo grupos llamados de “Calidad Total”, etc., en los que la grupalidad no está basada en la identificación ni en la necesidad compartida, sino en el control mutuo. Hace un tiempo que la grupalidad se ha instalado como tema, no sólo en la industria, con los círculos de calidad, sino también en la TV, con programas como Vulnerables, Fort Boyard, Expedición Robinson Expedición Robinson sería la contracara de Vulnerables. Es muy interesante Vulnerables. Primero por la elección del término, que tiene tanta precisión respecto de un sentimiento de la gente que es la propia vulnerabilidad, quizá no tan extrema como la que aparece en algunos personajes del grupo terapéutico, aunque representan sujetos sociales existentes. Y además, porque desde una situación inicial de mucho individualismo se va viendo la construcción del grupo. En cambio en Expedición Robinson –esa suerte de metáfora de la globalización– los grupos son organizados por la competencia. En el inicio, la competencia inter-grupo, y permanentemente la competencia intra-grupo, dado que el proyecto es que un sólo integrante sobreviva, y se tienen que enfrentar con la exclusión en forma sistemática. Es terrorífico. Pretende naturalizar como elemento grupal algo antagónico al concepto de grupo. Si bien hay una organización, un colectivo, no es un auténtico grupo fundado en la identificación con una necesidad común que lo articula. Allí, la necesidad de fondo no articula a los integrantes, los separa, porque tiene una resolución individual y excluyente. Robinson exhibe la concepción de grupalidad en la que están sustentadas muchas de la propuestas grupales actuales, y es funcional a ese temor al otro, a esa relación ambivalente con el otro en la cual por momentos me apoyo en él y por momentos lo debo destruir. No es que las contradicciones no existan dentro de los grupos que est Esto que Ud. dice, que el grupo es mencionado hoy, en tantos espacios competitivos, refiere a una cierta concepción de grupalidad coherente con una concepción de subjetividad, conceptos que siempre van de la mano. Si la concepción del sujeto exalta los valores individuales, la grupalidad va a tener esas características. Se podrán articular, podrá haber momentos de producción común, pero no va a tener la característica de sostén subjetivo que el grupo puede tener para el ser humano. Desde una concepción del sujeto como ser esencialmente social, que se constituye por y en su relación con el otro, vamos a tener otra concepción de grupo. Cuando nosotros vimos aparecer la fragmentación dentro de los grupos empezamos a interrogarnos, ¿esto de dónde viene? Y nos dimos cuenta que lo conflictivo para las personas era la situación misma del grupo. Lo que antes era anhelado, a veces excesivamente, como refugio, pasaba a ser sumamente problemático debido a este tener que encontrarse con el otro. Esto nos dio un indicador de que algo significativo había cambiado en la subjetividad. ¿Qué era? Era la vulnerabilidad, la falta de apoyo, el sentimiento de estar a merced de los acontecimientos, propio del sujeto en crisis. Ahora hay un cierto cambio en relación a la grupalidad. Mientras desde algunos lugares se digitan grupos que están más centrados en la dispersión que en la integración –y por lo tanto, preguntémonos si son grupos–, apareció el fenómeno de los grupos de autoayuda, que están fuertemente centrados en la identificación, en sostenerse recíprocamente. El surgimiento de estos grupos denuncia falencias de instituciones oficiales. Todos los grupos de autoayuda —padres que han perdido un hijo, personas que recién se separan, hipertensos, etc.— afrontan problemas que deberían tener una solución institucional, como parte del debido sostén al ser humano en su salud física y mental. Me gustaría retomar el tema de lo que se da en llamar “clase política”, que usted mencionó recién al pasar. La expresión “clase política” está legalizando la distancia existente entre representantes y representados, así como el quiebre de esa relación, que está dándose como consecuencia de lo que podríamos llamar sordera del poder, sordera del que uno supone su representante. ¿Cómo es posible que las personas se vean obligadas a reclamar permanentemente por sus derechos ante quienes tendrían que ser los portavoces de sus derechos? La relación se ha convertido de relación de delegación en relación de antagonismo. El representante se sitúa en un lugar de poder que despoja del poder al representado. Por eso surgen intentos de recuperación de ese poder, que adoptan formas de representación nuevas, en las que no existe delegación del poder (hay un aprendizaje en esto) y un control de los representados sobre los representantes. Esto se ve en las nuevas organizaciones que surgen, como las de desocupados, barriales, para cortes de rutas, etc., en las que el poder está firmemente asentado en los protagonistas de esas luchas. Y dadas las características de este orden social, la lucha es hoy un signo de salud mental. Por eso la lucha sostiene la esperanza y el proyecto, como el proyecto y la esperanza movilizan el posicionamiento, la dignidad y la lucha.

10
4
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.