luckgonzalez
Usuario (Argentina)
Hola, que tal? Bueno, les cuento que a lo largo de mi vida, me gusto mucho escribir, y a pesar de que ahora hace mucho que no lo hago, este es un texto que considero mi obra maestra jajaj hasta luego! Párrafos de una noche Empecé la mañana con un café con leche triste y aburrido de ser siempre el mismo café (que odia la rutina), besando mi boca que seguía bostezando, mirando mis ojos llenos de lagañas y levantando la persiana de un día lleno de paisajes de edificios y mas edificios. Un poco más electrizado, camine por todos los pasajes que encontré en la ciudad (evitando lo mas que podía la multitud) hasta llegar al lugar donde otra vez, otro café con leche vuelve a besarme, ahora un poco más risueño y esperé lo que sea que tenía que esperar. Maduró la tarde, y morí como quien no quiere morir cuando te encontré en la estación de tren envuelta en bufandas que te protejan del frío del momento. Tomamos el mismo tren, hacia el mismo lugar, como quien no quiere la cosa, y hasta encontramos los dos únicos asientos vacios que por fortuna, estaban hasta juntos. Saqué un cuaderno de mi mochila, y empecé a escribir lo que hoy es el primer párrafo e intente que se conviertan en tres, o cuatro más: A mitad de viaje, luego de formular en mi cabeza un millón de veces cual sería la pregunta perfecta, me decidí a hablarle. Pregunte el nombre, por suerte sin tartamudear (parecía hasta seguro de mi mismo). Increíblemente, me sonrió y contestando, también hizo reciproca la pregunta, tan provocativa que se me puso la piel de gallina. Quedaba poco tiempo de viaje. Quince minutos se hicieron de un poco de todo. Música, trabajo, familia, y demás. Bajamos del tren en la misma estación y caminamos unos dos minutos y treinta y siete segundos para el mismo lado (si, la ansiedad no permitía alejarme del reloj). La invite a un bar, sin compromiso (aunque nunca use esas dos palabras en la invitación). Acepto al instante. Conocía el bar perfecto. Se me hizo agua la boca cuando llegaron dos Martini en el mismo momento en que se paraba para sacarse el abrigo (tenía dos diosas como piernas). La vida misma se resumió en un par de horas cuando el último jueves de abril se hacia el primer viernes de mayo, y resignado como quien odia la rutina, la invite a pasar a mi casa, solo a un par de cuadras. Paso primera, con la cartera ya en la mano (estaba tan idiotizado que ni por un segundo me olvide el sentido de caballerismo). La soltó sobre el sillón, asimismo el saco, la bufanda, y a relucir suavemente unos clarísimos ojos verdes, y un pelo cual cascada que terminaba en sus hombros. Se sentó, y le ofrecí un café, que esta vez no estaba aburrido de la rutina. Cuando volví y apoye el café en la mesa ratona, no solo me beso, sino que cruzo las piernas a través de las mías y de a poco me hizo volver a creer en Dios. Puse música y lleve todo de mí que podía llevar a la cama. La ropa “exterior” quedo por ahí, en algún lugar del living, creo. Lo último en despedirse fue su bombacha de encaje, y con ella la noche en que decidí el concepto de Dios. Empecé la mañana con dos cafés con leche, sorprendidos de ser dos, besando su boca que seguía bostezando.