lazloman
Usuario (Argentina)
La compañía japonesa Toyota, conocida no sólo por sus automóviles, sino también sus avances en robótica, anunció hoy lunes la creación de una silla de ruedas que reacciona sólo con el pensamiento, sin la necesidad de utilizar músculos o verbalizar los comandos. Si bien equipos similares ya han sido probados, estos requerían de varios segundos para detectar y analizar las ondas cerebrales. Este nuevo equipo, en cambio, sólo requiere de 125 milisegundos para captar la orden y ejecutar el movimiento, siendo el que realiza esta acción de manera más rápida hasta el momento. La persona debe utilizar un casco especial que mida las señales emitidas por el cerebro usando la misma técnica del electroencéfalograma. Hasta ahora, el equipo responde a los pensamientos de "avanzar", "retroceder" y girar hacia la izquierda o la derecha. Para detenerse, sin embargo, el ocupante requiere de una acción física: inflar sus mejillas, las que accionan un botón que permite detener la silla automáticamente. El equipo, dicen los especialistas, tiene una eficiencia de un 95% y los usuarios requieren un entrenamiento de tres horas para que el equipo se adapte a las ondas del dueño. La silla aun no tiene definida una fecha de salida. crea silla de ruedas que se mueve con la mente
Los organizadores de la campaña argentina El hambre es un crimen sufrieron el martes el noveno secuestro en 15 meses. A algunos les irrita que se denuncie la indigencia en Argentina, potencia exportadora de alimentos. De momento, los agresores continúan siendo desconocidos, y los secuestros, que suelen durar unas cuantas horas, permanecen impunes. Como el hambre. "El único denominador común de los nueve ataques es la campaña El hambre es un crimen", concluye uno de sus promotores, Alberto Morlachetti, coordinador del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo, que incluye a organizaciones sociales como su fundación, Pelota de Trapo. "A algunos de los secuestrados les dijeron: 'Déjense de joder con esa campaña. Van a terminar con un tiro en la nuca", recuerda Morlachetti. En los ocho secuestros sufridos el año pasado algunas víctimas terminaron con heridas de arma blanca o narcotizadas. Las agresiones se habían paralizado después de una manifestación en Buenos Aires a fines de 2008 en la que, según los organizadores, se reunieron 50.000 personas. La marcha, como también la campaña, ha contado con el apoyo de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), la rival de la peronista Confederación General del Trabajo (CGT), que aboga por que el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner le reconozca personalidad jurídica. El noveno ataque, el primero de 2009, se produjo el martes a las 9.15, cuando una colaboradora de limpieza de la Fundación Pelota de Trapo fue secuestrada en las calles de Avellaneda (municipio del sur de la periferia de Buenos Aires), antes de llegar a su trabajo. Tres desconocidos le taparon el rostro y la subieron a un coche. Al mismo tiempo, enviaron un mensaje de texto a un integrante de la fundación para anunciarle el secuestro. Llevaron a la mujer, de unos 35 años, a una casa, la manosearon, amenazaron a su familia y después mandaron otro SMS a la fundación para avisar de que la liberarían cerca de un hospital. A las 14.30 apareció a pocas calles de una clínica de Avellaneda. Morlachetti dice que le pidió al nuevo jefe del Gabinete de Ministros, Aníbal Fernández, que les proporcione protección, pero de momento no ha habido respuesta. Morlachetti no se explica quiénes pueden estar detrás de las agresiones. Cuenta que su fundación es querida por los vecinos y que ninguno de sus miembros aspira a cargos políticos. "El hambre es un crimen es una consigna demoledora. Con ella hemos tocado a alguien, a los accionistas de los niños descalzos", denuncia. SEL Consultores calcula que en Buenos Aires, donde vive un tercio de los argentinos, a casi un 10% de la población, alrededor de 1,2 millones de personas, no le alcanza el dinero para comprar los alimentos básicos. Y eso que Argentina produce comida suficiente como para alimentar a 300 millones de seres humanos, según repite siempre Morlachetti.
El dueño de un negocio instaló una ducha que "baña" a los que le hacen pis en la entrada. El vengador filmó las secuencias y las subió a YouTube para humillarlos. ¡Mirá el video! link: https://www.youtube.com/watch?v=ExVI5aTSHtY
Espero les guste alguno.SON ARTISTAS DE NUESTRAS TIERRAS.QUE VIVEN SIENTEN Y RESPIRAN AMERICA Cándido Bido - República Dominicana Alejandro Xul Solar, Pareja 1923 Mario Teves - El Salvador Julio Cesar Alvarez - Paraguay Paez Vilaro Vìctor Manuel Lòpez Martinez - Honduras Tarsila Do Amaral, Abaporu 1928 Oscar Tintaya Quispe - Bolivia César Augusto Lama Peña - Perú Wilfredo Lam, La mañana verde 1943 Elberto Pinto Pabon - Colombia Antonio Berni, Manifestación 1934 Lucrecia Santos - Honduras David Alfaro Siqueiros (Chihuahua, 29 de dezembro de 1896 -1974) Claudia Villanueva Ríos - Chile Discurso Saxual" Obra de Alejo Lopomo/ Oleo / 2010

Antes de reemplazar a Peter Gabriel como vocalista en Genesis y triunfar luego de manera contundente como solista, Phil Collins había estado coqueteando con el estrellato desde muy joven. Formó parte del elenco de Oliver!, el musical de Carol Reed que ganó el Oscar a la mejor película en 1969, y también estuvo en el rodaje de A Hard Day’s Night pero quedó afuera del corte final, entre otras curiosidades de su carrera. Pero la anécdota más fascinante y desconocida de su vida antes de Genesis es la de su única sesión de grabación para el triple All Things Must Pass , el primer álbum solista de George Harrison , producido por Phil Spector, y del que participaría también Ringo Starr. Su sorprendente autobiografía Aún no estoy muerto (2016) incluye un capítulo dedicado a contar con lujo de detalles ese episodio inolvidable –al menos para él– de sus inicios como baterista El texto forma parte de un libro aún inédito en Argentina ESCRITO POR EL MISMO Phill Collins Una noche, en el club, Martin le pregunta a Blaikley si conoce a algún buen percusionista. –Claro –dice Blaikley–. Ya te encontraré a alguien. Cuando Blaikley me llama, aún estoy empapado del baño. –¿Qué vas a hacer esta noche? –Bueno, van a dar Top of the Pops... –respondo, sin mostrar mis cartas. Ahora mismo, cuando veo en la tele a los grupos que promocionan sus singles en los programas semanales de grandes éxitos es lo más cerca que estoy de una actuación en vivo. –Olvidate de eso. ¿Querés ir a una sesión en Abbey Road? No ofrece información acerca del artista que organiza la sesión, pero es oír la mención de Abbey Road y de repente ya no me muestro tan indiferente. “Qué más da quién sea. Así puedo ver dónde grababan los Beatles.” McCartney ha anunciado hace solo unas semanas que va a dejar el grupo y acaba de aparecer su primer disco en solitario, McCartney. La gente no habla más que del final de los Fabulosos Cuatro. Let It Be, el canto del cisne de los Beatles, acaba de llegar a las disquerías y ya se ha formado una ardiente discusión en la prensa musical acerca del primer disco en solitario posterior a los Beatles. tengo la oportunidad de demostrar mis dotes de baterista a un artista con suficiente talento como para grabar en Abbey Road. Soy un baterista sin trabajo, y esto es un trabajo. –¿A qué hora querés que llegue? Me visto para la ocasión, es decir, me pongo una camiseta y unos vaqueros. Soy un greñudo joven de diecinueve años y este es mi estilo. Pido un taxi, me subo de un salto y me muero del gusto al tener la ocasión de pronunciar esa frase inmortal: “A Abbey Road, por favor”. Cuando llego, Martin, el chófer, está de pie en la escalera del estudio, en St John’s Wood, al noroeste de Londres. –Entrá, entrá, te estábamos esperando. “¿De verdad? ¿A mí? –me pregunto–. ¿Y a quiénes se refiere?”. Me acompaña al interior y hablamos de cosas sin importancia. –Llevan aquí cuatro semanas –dice–. Han gastado mil libras. Y no han grabado nada. Voy pensando: “Caramba, esto tiene que ir en serio”. Entro en el Estudio Dos de Abbey Road y me encuentro con una escena que ya es famosa. El reparto de esta misteriosa actuación está en plena sesión fotográfica, lo que significa que todos están presentes: George Harrison y su pelo largo (ahora me hace sentir bien mi peinado); Ringo Starr; Phil Spector, productor; Mal Evans, legendario director de giras; un par de miembros de Badfinger; Klaus Voormann, un artista gráfico convertido en bajista; Billy Preston, un virtuoso del órgano Hammond; Peter Drake, un as de la pedal steel guitar, y Ken Scott y Phil McDonald, los ingenieros de sonido de los Beatles voy a descubrir que Eric Clapton probablemente se marchó cuando yo llegaba. Al fin caigo en la cuenta: George está haciendo ese primer disco en solitario posterior a los Beatles, y yo de repente voy a estar en el ajo. Bueno, cerca. Todo el mundo deja de hablar cuando entro. Soy el receptor de una mirada de perplejidad colectiva. “Y este niño ¿quién es?”. Martin, el chofer, interviene: –Ha llegado el percusionista. En realidad, no sé cuál es mi papel en esta función, pero me gusta cómo suena “percusionista”, aunque en realidad yo no me considero exactamente eso. En cualquier caso, no hay tiempo para nimiedades porque ahora me está hablando el mismísimo George: –Lo siento, amigo –arrastra las palabras en ese familiar acento escocés–, no llevas aquí el tiempo suficiente para salir en la foto. Me río nervioso, un poco cohibido. ¿Me tiemblan las piernas debajo de los pantalones de campana? Digamos que confío en mí mismo, pero sin pasarme. Sé que tengo trabajo por delante: en primer lugar, impresionar a estos tipos y, en segundo, tocar bien la percusión, lo cual no tiene nada que ver con tocar bien la batería. La percusión puede ser un montón de cosas diferentes, ya que abarca congas, bongos, panderetas, entre otros. No se trata solo de golpear algo diferente; cada uno tiene su propio arte. Ya soy consciente de ello, pero pronto voy a descubrir los matices. El ambiente es… relajado. No hay cerebritos de EMI con todos sus diplomas a cuestas y sus batas blancas de laboratorio, pero tampoco parece que se esté fumando nada. Más tarde leo que George había montado una zona de incienso, pero no huelo nada raro. Una vez completada la sesión fotográfica, todo el mundo vuelve a sus puestos. Me llevan arriba, a la sala de control, la misma en la que George Martin se sentó durante esa transmisión de Our World en 1967 que marcó época, cuando los Beatles tocaron All You Need Is Love ante cuatrocientos millones de espectadores. Sentado en la silla del productor se encuentra Phil Spector. Me presentan y él, aunque habla poco, es amable. No se quita las gafas de sol. Por lo menos no lleva pistola. O yo no la veo. Vuelvo abajo y Mal Evans, con esas gafas enormes y su peinado de flequillo de la primera época (incluso los mánagers de ruta de los Beatles eran ídolos), me muestra mi lugar. –Acá tenés las congas, pibe, al lado de la batería de Ringo. Me quedo mirando la batería. Quiero palpar esa batería. Sentirla. Si pudiera posar las mejillas contra la piel de esos tambores sin que nadie lo notara, lo haría. ¿Cómo sitúa Ringo los micrófonos en la batería? Ooh, una toalla sobre la caja, qué interesante. En mi opinión, Ringo es un excelente batería. Por esta época había recibido muchas críticas. Pero yo siempre pensé, y lo sigo pensando, que tenía un toque mágico. No se trataba de suerte. Tenía una intuición increíble. Y él lo sabe. Años más tarde, cuando nos presentan formalmente, le digo que soy seguidor suyo. Por aquel entonces, sin embargo, Buddy Rich hablaba mal de él e incluso Lennon le restaba méritos. Genial, ¿verdad? Que todo el mundo oiga que ni siquiera eres el mejor batería de los Beatles. Recuerdo leer una entrevista en Modern Drummer (solía comprarla religiosamente) en la que Ringo decía que la gente hablaba de “esos pequeños y curiosos rellenos de batería de Ringo”. Le molestaba, y con razón. “No son ni pequeños ni curiosos. Son muy serios”, decía. Escucha A Day in the Life y verás que es realmente fantástico, complicado, inusual, poco ortodoxo. No es ni de lejos tan sencillo como él lo hace parecer. Dicho de otro modo, tengo la gorra de fan de Ringo y me la pongo con alegría siempre que sea necesario. En cualquier caso, Abbey Road, jueves por la noche a finales de la primavera o comienzos del verano de 1970. Tengo las congas delante, a Ringo a la derecha y a Billy Preston a la izquierda. Y en algún lugar por ahí están George y Klaus. Vamos a grabar una canción titulada “Art of Dying”. “Bueno, ¿primero le tocamos la canción a Phil?”. Nadie lo sugiere. Ni George ni Ringo ni Spector. Otra cosa que nadie dice: “Esta es la partitura, Phil. Va así y vos entras acá”. George ni se acerca. No me da nada. Está ahí, a lo suyo, aclarándose las ideas o lo que sea. En vez de eso, todo lo que oigo es: –¡Uno, dos, tres, cuatro! Tras una primera toma, vacilante, cometo un error. Por desgracia, no va a ser el último. Ya no acostumbro a fumar cigarrillos, pero estoy tan nervioso y tengo tantas ganas de encajar que le digo a Billy Preston: –¿Me pasás un cigarrillo? –Claro, pibe. Pronto estoy fumando uno tras otro. Pido un par a Billy y un par a Ringo. No me siento demasiado bien, y no solo porque pronto me voy a acabar casi un paquete entero. Me da la sensación de que estoy molestando a todo el mundo. Años más tarde iba a entregar un gong a Ringo durante la ceremonia de los Mojo Awards y tenía un paquete de Marlboro preparado para él. Por desgracia, me puse enfermo y no pude acudir. Es decir, todavía le debo a Ringo esos cigarrillos. Billy no tarda en gritarme: –¡Mierda, comprate un paquete! Bueno, eso es lo que dice su mirada. Es el único momento de verdad incómodo durante toda la sesión. Por lo menos, eso creí yo. La tarde avanza. Tocamos una tras otra y yo doy una calada tras otra (y mangueo uno tras otro). Tengo puestos los auriculares y oigo las instrucciones de Spector: –Bien, ahora solo las guitarras, el bajo y la batería... Ahora solo el bajo, los teclados y la batería... Supongo que así es como ha hecho esos discos maravillosos. Y cada vez que dice “batería”, yo toco. Prefiero pecar de cauteloso que arriesgarme a que Spector, cuyo mal genio es famoso (por no mencionar su afición al gatillo), me grite: “¿Por qué no estás tocando?”. Así que toco, y sigo tocando. Como no soy percusionista, y porque me muero de ansiedad, es probable que me pase. O sea, lo estoy dando todo. Al cabo de una hora, cómo tengo las manos: rojas y llenas de ampollas. Mucho más tarde voy a volver a vivir sesiones como esta, con Ray Cooper, el percusionista preferido de Elton John, un músico maravilloso capaz de dejarse la piel, y luego dejarse un poco de hueso. Había sangre por las paredes. No me extraña que a Elton le gustara tanto. Tras una docena de tomas, aún no me han pedido que toque nada en concreto. He tocado lo que a mí me parecía adecuado. Sigo tocando, tocando y tocando. Durante todo este tiempo no he recibido ninguna opinión de Spector, lo cual resulta un poco desconcertante. Pero yo solo estoy intentando encajar, quedar bien, no perder los nervios ni el compás. En cierto momento se acerca Martin, el chofer. –¿Todo bien, Phil? –Sí, sí, genial… ¿Tenés un cigarrillo? Al fin, tras repetir no sé cuántas veces “Art of Dying”, oigo las palabras fatídicas de Spector: –Muy bien, muchachos. Congas, ¿podés tocar esta vez? Ni siquiera tengo nombre. Y lo peor de todo: ni siquiera me ha oído. Ni una vez. Estoy ahí, de pie, mirándome las manos ensangrentadas, tal vez un poco mareado tras todos esos cigarrillos, y pienso: “Spector, cabronazo. Tengo las manos destrozadas y ni siquiera me has estado prestando atención”. Billy y Ringo, situados a cada lado de mí, se ríen. Noto que se apiadan de mí. Saben que me he esforzado y seguro que comprenden lo nervioso que está este adolescente. Lo nervioso que ha estado toda la tarde. Entregarse con todo el entusiasmo para que todo lo echen por tierra de un modo tan cruel... Pero, por lo menos, así se rompe el hielo y tocamos unas cuantas veces más. Y luego todo el mundo desaparece. Así, sin más. Salgo a llamar a Lavinia desde la cabina telefónica del vestíbulo. –¡No te vas a creer dónde estoy! ¡En Abbey Road! ¡Con los Beatles! –Lo que de verdad estoy diciendo es: “No me puedo creer la suerte que tengo. Te vas a poner juguetona conmigo después de esto”. ¿Ampollas en las manos? ¿Qué ampollas? Vuelvo y me encuentro el estudio vacío. Parecía el Mary Celeste, ese bergantín hallado en el océano a toda vela y sin tripulación. George, Ringo, Billy, Klaus, Mal... Todos se han ido. Es evidente que hay una fiesta en algún lugar, y es más evidente aún que a mí no me han invitado. En ese momento aparece Martin. –Oh, creo que esto es todo por esta noche. Creo que van a ir a ver el fútbol –dice, dando a entender que no han resistido la tentación de ver un partido de Inglaterra en la tele. Atino a soltar un lastimero: –No he podido despedirme de nadie… No he tenido la ocasión de decir: “Gracias, Ringo. Gracias, George, este es mi teléfono. Billy, si alguna vez vuelves por acá...”. Nada de eso. Solo está Martin, el chofer, que me dice: –¿Necesitas un taxi? Ya ha oscurecido cuando salgo. Hago el largo viaje de vuelta a casa recordando cada nota de la sesión con total claridad. Aún me duelen y me sangran las manos, pero soy un aspirante a músico de diecinueve años y acabo de grabar en Abbey Road. Con los Beatles. Bueno, con la mitad. Pero sigue siendo increíble. Unas semanas más tarde, recibo el cheque por correo. Es de EMI, son quince libras y es por servicios prestados a George Harrison durante la elaboración del álbum All Things Must Pass . Me habría quedado el cheque de recuerdo si no hubiera necesitado tanto el dinero. El siguiente paso es reservar el disco. Voy a la tienda de música del barrio, en Hounslow, que se llama Memry Discs. –Quiero pedir el álbum de George Harrison , All Things Must Pass . Salgo yo, ¿sabías? –No digo eso. Bueno, creo que no lo digo. Pero tampoco me extrañaría demasiado. Después de una espera interminable, a finales de noviembre suena el teléfono. –Hola, señor Collins. Llamamos de Memry Discs. Nos ha llegado su disco. Podría ir caminando, pero esto es urgente, así que me subo al colectivo (el 110, el 111 o el 120, no importa, todos pasan por la disquería). Compro el álbum, que es precioso. Qué maravilloso envoltorio el de este triple álbum. Salgo de la tienda y, mientras lo giro en las manos, voy pensando: “Aquí dentro... estoy yo, en un álbum de los Beatles”. De pie en la vereda, lo abro. Echo un vistazo rápido a los créditos. Klaus Voormann, Ginger Baker, Billy Preston, Ringo Starr... Como es debido, aparecen todos los tipos que vi en el estudio esa tarde, además de otros, desde Eric hasta Ginger, pasando por Alan White, el futuro batería de Yes, y Bobby Keys, futuro saxofonista de los Stones. Todo el mundo está ahí. Todos salvo yo. Debe de tratarse de un error. Mi nombre no sale. Me han dejado fuera. La decepción es abrumadora. Estoy hecho polvo. Pero me animo. Qué se le va a hacer, no importa. Voy a ir a casa a escuchar el álbum. Si no me veo a mí mismo en la funda, por lo menos me voy a escuchar. Pero en cuanto la aguja se posa en el disco y comienza la canción, sé que no figuro en “Art of Dying”. Ni siquiera han usado los arreglos en los que trabajé. Oh, Dios mío. ¿Qué está pasando? Por aquel entonces, el concepto de grabar diferentes versiones de una canción me es desconocido. Sí, aunque había grabado Ark 2 con Flaming Youth. Aparte de eso, soy un mozalbete que apenas ha pisado estudios de grabación, mucho menos el estudio más famoso del mundo, y mucho menos con el productor estadounidense más famoso del mundo y junto a dos Beatles. No sabía que para Phil Spector lo más común era hacer varios arreglos. “Vamos a abandonar la sesión de la semana pasada, se me ha ocurrido una nueva idea...” He pasado de lo más alto a lo más bajo. No es que hubiera pensado: “ George Harrison me va a llamar todos los días. Cuando vaya de gira en solitario, voy a ser su batería. O, por lo menos, el tipo de las congas”. Pero como poco All Things Must Pass figuraría en mi currículum, ¿verdad? Este tipo de experiencia, este tipo de ratificación, es importantísimo para mí. Qué más da Oliver! o que en la agencia figurara como un niño actor importante. Pude aspirar al título, como decía ese personaje de Marlon Brando, pero actuar no me interesaba. Lo único que quiero es ser batería y ya tengo creada una imagen mental de cómo va a ser mi vida: tocar en un grupo pop lo que dure y luego con la Ray McVay Show Band los viernes y sábados en el Lyceum. Tal vez alguna que otra sesión de estudio, si aprendo a leer música, y a continuación al foso de la orquesta. ¿Y qué pasa? Recibo la llamada para tocar con un Beatle en su primer álbum en solitario posterior a los Beatles. Al diablo con el foso y el vaivén de conciertos teatrales y bolos bailables. ¡Iba a ser un baterista de verdad! ¿Y qué pasa después? El Beatle me borra de su álbum y nadie me lo dice. Primero me dan el tijeretazo en It’s a Hard Day’s Night y ahora esto. ¿Qué les he hecho yo a los Fabulosos Cuatro? La balada de All Things Must Pass : escribí un cuento para mí mismo con el que dar sentido a los sucesos de ese día fatídico en Abbey Road. Varios cuentos. Al fin y al cabo, tuve treinta años para hurgar en la herida de ese encuentro doloroso y sangriento en sentido literal y encontrar las razones de mi rechazo. Treinta años para hallar una explicación a por qué los músicos más importantes de mis años adolescentes me marearon y luego se deshicieron de mí. Esto, me dije a mí mismo, es lo que ha pasado: habían decidido tomar otra dirección con la producción de la canción. Por supuesto, así fue. Era Phil Spector. Era conocido por eso. Era un genio loco y un día se volvería mucho más loco todavía. O: George tuvo una nueva visión para la canción. Cómo no. Se trataba de su gran álbum de debut tras los Beatles, toda una declaración: álbum triple, veintiocho temas, un montonazo de ideas. Cómo no iba a cambiar de opinión acerca de cómo quería que sonara “Art of Dying”. Además, era George Harrison , de los Beatles. El Silencioso. Lo llamaban así por algo. No era de extrañar que no me dijera nada. Un día de 1982 estoy trabajando en The Farm con Gary Brooker, de Procol Harum, en su álbum Lead Me to the Water. Gary me pregunta: “¿No deberíamos pedir a Eric o a George que toquen la guitarra?”. Gary ha pasado los últimos dos años en el grupo de gira de Clapton y conoce a Harrison; él también tocó en All Things Must Pass , pero su piano sí pasó el corte. Así, porque puede, Gary les pide a ambos que toquen la guitarra y ambos aceptan. Cuando llega George, me presento: –Sí, George, en realidad ya nos conocemos... –comienzo, y le hablo de esa tarde de mayo en Abbey Road doce años atrás. –¿De verdad, Phil? No lo recuerdo en absoluto. Genial. Un Beatle echó mi vida a perder y no recuerda nada de nada. Si antes me sentía mal... Por lo menos, George me tranquiliza respecto a otro asunto. Habían estado circulando rumores según los cuales yo me iba a unir a su antiguo compañero McCartney en Wings. No había nada de cierto en esas habladurías, aunque la idea sonaba interesante. George me asegura enseguida que no era un trabajo que me hubiera gustado. Ser el quinto batería de Wings habría sido “un destino peor que la muerte”. En cualquier caso, todavía siento que no le he puesto el punto final a la historia. A lo largo de los años ochenta y noventa, cuando las cosas están yendo bastante bien, nada me libra de esa molesta picazón. ¿De verdad me echaron de All Things Must Pass porque no di la talla? En 1999 estoy en la fiesta de cumpleaños de Jackie Stewart, el legendario piloto de Fórmula 1, que cumple sesenta. Había conocido a Jackie en los rumbosos años ochenta y nos entendíamos de maravilla. Jackie me llevaba a tirar al plato, que no es lo mío, y yo le regalaba entradas para ver a Genesis e invitaba a sus hijos Paul y Mark a mis conciertos. Nuestra amistad se fortalece aún más cuando en 1996 compro su casa en Suiza. A finales de los noventa, cuando lanza el Stewart Grand Prix junto a su hijo Paul, somos muy amigos. Yo nunca he ido a un gran premio, pero George Harrison y Eric Clapton son entusiastas de las carreras. Orianne, mi mujer, y yo recibimos invitaciones para compartir esos placenteros fines de semana: vamos a Hockenheim y conocemos a Schumacher, Coulthard, Barrichello y otros grandes pilotos de Fórmula 1. El día de la carrera en sí es casi un acompañamiento porque en un Gran Premio no se ve nada. Es mejor sentarse en la caravana y verlo por la tele. Pero los días de entrenamientos y clasificación son muy divertidos. Hospitalidad a alta velocidad en su máxima expresión. O sea, aquí estamos, en esta fiesta de cumpleaños de Jackie, en su nueva casa en el Reino Unido, cerca del refugio de fin de semana del primer ministro, Chequers, en Buckinghamshire. Asisten un montón de peces gordos, miembros de la realeza y pilotos de carreras. Estoy sentado a una mesa junto a los hijos de la princesa Ana, Zara y Peter. Y ¿quién más hace acto de presencia?: George. A estas alturas me lo he encontrado un par de veces con Eric. He llegado a descubrir que es un hombre encantador y mi Beatle favorito. Por lo tanto, ya tengo bastante confianza para saludarlo con un alegre: “Eh, George, ¿cómo te va?”. Y una vez más le pregunto, en tono despreocupado (o eso espero), acerca de All Things Must Pass . Pero sigue sin acordarse. Nada, nothing, zip. Tal vez, ahora que han pasado treinta años, debería, por fin, hacer caso del título de la obra maestra de George y dejarlo pasar. Al fin y al cabo, all things must pass , en especial haber sido rechazado en uno de los mejores álbumes de todos los tiempos. Al año siguiente un periodista musical se me acerca en Hockenheim. Sin venir a cuento, me dice: –Phil, tú participaste en All Things Must Pass , ¿verdad? En mi interior estoy gritando: “¡SÍ! ¡Claro que sí!”. Pero intento mostrarme sereno ante este desconocido y respondo: –Bueno, es una larga historia... –¿Sabés –dice él– que George va a hacer una remezcla? Para reeditarlo por el trigésimo aniversario. Conozco a George y, como tiene todas las cintas de las grabaciones, le voy a preguntar si puede encontrarte. De repente, estoy entusiasmado. –Oh, estaría genial. –No solo descubriría qué ocurrió, también tendría una copia de mi sesión–. Sí, estaría genial. La canción es “Art of Dying”. ¿Cuánto crees que va a tardar? –¿Qué? ¿Impaciente? ¿Yo? Aun así, ha pasado tanto tiempo que no cuento con ello. En lo más hondo creo que no voy a volver a saber del asunto. Sin embargo, el miércoles siguiente recibo un pequeño paquete por correo. Es una cinta con una carta escrita a mano. “Querido Phil: ¿Podrías ser vos? Abrazos, George”. Pienso: “Por fin. En alguna parte de esta cinta...”. Es casi como si sostuviera en mis manos el Santo Grial (de las sesiones de conga adolescentes). “No lo soñé. Y George no lo ha rebuscado en esa tienda de discos de Tokio que es famosa por almacenar todas las cintas piratas de los Fabulosos Cuatro”. Porque yo ya he mirado en esa tienda y no estaba ahí. “Me lo ha enviado George en persona”. No lo escucho de inmediato. No me siento con el valor suficiente. Pero al final me dirijo pesimista a mi estudio casero. Cierro la puerta, acerco una silla, meto la cinta y doy al play. Y, quién lo iba a decir, un leve silbido y comienza la batería. “¡Ba–da–da dum!”. Entonces el sonido de las congas revienta los altavoces. Para el oído cualificado los defectos de ese repiqueteo arrítmico y crispado son evidentes al instante. ¡Dios Santo! ¡Apaguen eso! Habían dejado suelto a un niño pequeño hiperactivo. Bueno, se nota que el intérprete tiene cierto atisbo de talento: no se pierde del todo. Pero se pierde lo suficiente para que alguien al mando diga: “¡Que se lleven a ese chico!”. Me quedo traumatizado. No recuerdo haber sido tan desastroso. Mi interpretación es sobrecargada, demasiado hiperactiva, demasiado amateur. Y es evidente que no era eso lo que necesitaban los señores Harrison y Spector. El tema va decayendo a medida que la gente deja de tocar. Entonces oigo una voz inconfundible. Es George Harrison , que le dice a Spector: “¿Phil? ¿Phil? ¿Crees que lo podríamos intentar una vez más, pero sin el tipo de las congas?”. Lo rebobino cuatro o cinco veces, hasta estar seguro de haberlo oído bien: Harrison grita a Spector, me arroja a la basura y hace realidad mis mayores temores. ¿Phil? ¿Phil? ¿Crees que lo podríamos intentar una vez más, pero sin el tipo de las congas? De repente, por fin, la verdad. Todos estos años he pensado (he querido pensar) que habían tomado una dirección musical diferente con ese tema. Me había consolado a mí mismo, había aliviado esa decepción, que he cargado durante treinta años, con esa idea. Y ahora lo comprendo: me despidieron. No desaparecieron para ir a ver un partido de fútbol o para drogarse. Se estaban librando de mí. Alguien había dicho: “Que se lleven al de la conga. Nosotros nos vamos”. Como haría alguien que no sabe qué decir, en especial si se trata de un montón de estrellas de rock. Mejor desaparecer y dejar el trabajo sucio en manos de Martin, el chofer, y que él se libre de ese joven de diecinueve años. Unos días más tarde estoy sentado en el cuarto de mi hijo pequeño, Mathew. Suena el teléfono. Es Jackie Stewart. –Eh, Phil, ¿cómo estás? –Hablamos un poco de cosas sin importancia–. Creí que iba a verte en el concierto homenaje a John Lennon la otra noche en el Royal Albert Hall. –¿Hubo un concierto? –digo, intentando hablar con tono despreocupado–. No lo sabía. –Sí, fue una gran noche. Había un montón de bateristas. –¿De verdad? –Sí, y un montón de congueros. Me deja confundido. ¿Desde cuándo a Jackie Stewart, piloto legendario y campeón de tiro al plato, le interesan los intérpretes de conga? Y añade: –Tengo aquí a un amigo tuyo, quiere hablar contigo. –Pasa el teléfono y empieza a hablar George Harrison . –Hola, Phil. ¿Has recibido la cinta? Por fin, treinta años de dolor se desbordan. –George, cabronazo… –¿Eh? ¿Por qué? –Bueno, llevo treinta años con mi propia versión de lo que sucedió esa tarde y de por qué me quitaron de All Things Must Pass . Y ahora me entero de que era tan malo que tú y el cabrón de Phil Spector me echasteis. Harrison se ríe. –¡No, no, no! Esa cinta la hicimos el otro día. –¿Eh? ¿Qué querés decir? –Ray Cooper estaba conmigo para ayudarme con la remezcla del álbum. Le pedí que tocara mal las congas en “Art of Dying” solo para grabar una toma especial para ti. Voy a decirlo de nuevo: George, cabronazo. Tras treinta años de emociones desbordadas, una sacudida más. No era yo. Era Cooper haciendo el payaso con Harrison. Al cabo de un tiempo veo el lado divertido, en especial cuando George confirma que, por lo que él recuerda, no me despidieron. ¿Llegó a contarme George qué pasó con mi toma de verdad? No, no lo hizo. No lo recordaba. No recordaba esas sesiones. Le creo, pero me resulta difícil de comprender. ¿Cómo es posible no recordar las grabaciones de All Things Must Pass ? Con todo lo que había que recordar... y él parecía haber olvidado casi todo. Tal vez si eres un Beatle hay tantísimos recuerdos que en ocasiones resulta más fácil olvidar. En el folleto que acompaña esa edición del trigésimo aniversario, que se lanzó en marzo de 2001, siete meses antes de su muerte, hay unas notas nuevas escritas por el propio George. Y ahí, por fin, aparezco yo: “No lo recuerdo, pero al parecer un adolescente Phil Collins estuvo ahí...”. George, bendito sea, me envió una copia de la nueva edición del disco. Es brillante, aunque, por supuesto, habría mejorado muchísimo con la inclusión de “mi” versión de “Art of Dying”. Aún tengo esa cómica cinta con la grabación de las congas. Es uno de mis tesoros. Brindo por vos, George... maravilloso cabronazo. RESUMEN NIEVEL 5 PHILL GRABO DE PENDEJO CON GEORGE CUANDO SACO SU PRIMER DISCO SOLISTA Y YA ERA UNA ESTRELLA, PERO CUANDO SALIO ESE DISCO NO ESTABAN SUS BATERIAS. CON EL TIEMPO SE HICIERON CONOCIDOS Y GEORGE LE PIDIO A ALGUIEN QUE TOQUE MAL LA BATA EN ESE MISMO TEMA Y LE HIZO LLEGAR A PHILL LA CINTA PARA QUE CREA QUE ERA EL. PHILL SE RE-BAJONEO PORQUE PENSO QUE ESA NOCHE QUE EL RECORDABA COMO BUENISIMA HABIA TOCADO PARA EL ORTO.DESPUES DE UN TIEMPO GEORGE LE CONTO TODO Y SE CAGARON DE RISA
Nesecitas drivers para tu commodore? Estas por dejarla asi? Tranquilizate Yo los precisaba y busque, busque ,busque y busqueeeeeeeeeee hasta que encontre esta pagina http://www.micommodore.com.ar/ Estan superordenados para que encuentres el tuyo facilmente A mi me resalvaron ya que la pagina oficial es solo institucional Una vez mas lo que no hace una empresa lo hace alguna comunidad

Ciardone retuvo su título en el "Rally de Burros" - Claudia Ciardone ganó el "Rally de Burros" de los famosos La vedette de "Plumas en la noche" ganó por segundo año consecutivo la divertida carrera que se hace todos los verano en Mina Clavero, Córdoba. Todas las fotos, en esta nota. Más de 15 mil personas convocó en esta villa turística transerrana la 10ª edición del Rally Mundial de Burros. Como cada año, deportistas y artistas se divirtieron participando en la “Carrera de los famosos”. Claudia Ciardone, una de las vedettes de "Plumas en la noche", se impuso en la carrera de mediáticos por segundo año consecutivo y señaló : "Estoy feliz, nadie me saca el título". Otros famosos que participaron del divertido evento fueron Georgina Barbarrosa, Larry de Clay, Laura Fernández, Facundo Mazzei y Estefanía Bacca, entre otros

Parece que se canso de la imagen de femme fatal y ahora la va de inocente teenager....veanlo link: pal crimen
Esta noticia es de septiembre del 2011 pero me parecio copada y no la encontre en taringa asi que se las traje Rock y Cine a pedal * Por Sofía Tarruella Mucho hablamos y conocemos del talento, diversión, emoción que generan, o no, los recitales musicales y las proyecciones cinematográficas, pero muy poco se sabe sobre el enorme consumo de energía que producen y el daño ecológico que ocasionan. Es por esto que, quizás inspirados en el bellísimo film francés Las trillizas de Belleville de Sylvain Chomet, un grupo de jóvenes rosarinos idearon una iniciativa en la que varias personas, en este caso no obligados por la mafia sino voluntarios, pedalean sobre bicicletas para generar energía y hacer funcionar un proyector de cine o un recital de música. La brillante y sustentable idea se les ocurrió a la ONG Soluciones Tecnológicas Sustentables (STS) de Rosario que crearon el primer recital libre de emisiones de dióxido de Carbono de Latinoamérica. El invento en cuestión consiste en una máquina que convierte la energía generada por 12 personas pedaleando, en corriente continua que carga unas baterías y permite alimentar un recital o una proyección de cine. La potencia que produce la máquina es de tres kilowats, más de lo que precisa un recital común sin luces, sólo con los equipos enchufados. Para cargar las baterías, los ciclistas deben pedalear por 6 horas y esto da la energía necesaria para dos horas de espectáculo. Si se pedalea durante el show, se puede extender el tiempo. "Esto funciona como vehiculo de concientización porque son eventos masivos, donde la gente se sube, pedalea y aprende. El objetivo final no es realizar el recital, sino que la gente tome dimensión del esfuerzo y gasto energético que es necesario para realizar un show, o lo que se utiliza, en general, en las ciudades", contó Ramiro José Picó, Ingeniero y responsable de relaciones institucionales de la ONG. Una buena idea para conocer, copiar y difundir! A preparse para los proximos recitales!

PERCY SCHMEISER, SIMBOLO DE LA LUCHA CONTRA LAS MULTINACIONALES DE SEMILLAS Es un pequeño granjero canadiense que enfrentó a la poderosa Monsanto, en un caso que llegó a la Corte Suprema de su país. Aquella batalla lo convirtió en un referente de los derechos de los agricultores independientes. Ahora recorre el mundo para advertir sobre los riesgos económicos, sociales y ambientales que implican las regulaciones de los organismos genéticamente modificados. –¿Cómo empezó su lucha contra Monsanto? –Mi esposa y yo éramos desarrolladores de semillas de canola (o colza, se cultiva para producir forraje, aceite vegetal para consumo humano y biodiésel). Hicimos investigación en este cultivo por más de cincuenta años. Y en 1998, dos años después de que introdujeran los transgénicos en Canadá, la empresa Monsanto inició una demanda en contra nuestro. Nos demandó por violación de patente, porque decían que nuestra canola era producto de sus semillas transgénicas. Fue una sorpresa para nosotros porque nunca compramos semillas genéticamente modificadas ni sabíamos de Monsanto. Lo que hizo famoso nuestro caso en todo el mundo fue el hecho de mostrar qué podía pasarle a un agricultor si su campo era contaminado con las semillas transgénicas. En ese momento el juez dictaminó que no importaba cómo se había producido la contaminación con las transgénicas, puede ser polinización cruzada, polinización por abejas, por semillas que ingresaron arrastradas por el viento o por el propio transporte de otros granjeros. Si sucede eso, entonces uno ya no es más dueño de sus semillas ni de sus plantas, por la ley de patentes. También en ese momento se dictaminó que no íbamos a poder usar nuestras semillas de nuevo por la contaminación que tenían y que nuestras ganancias por ese cultivo debían ir a Monsanto. Otra cuestión que dictaminó el juez es que el nivel de contaminación no era importante, da lo mismo que se tenga el uno o el noventa por ciento del campo contaminado, de todas formas, uno ya no es el dueño de sus plantas. La base de nuestra lucha fue por los derechos de los agricultores, para que cada uno tenga derecho a plantar sus semillas año tras año. –¿Qué hicieron ante la demanda de Monsanto? –Lo que más nos dolió es que todo el trabajo nuestro de cincuenta años con la semilla de canola ahora pertenecía completamente a Monsanto por la ley de patentes. Por eso decidimos seguir peleando, así que fuimos a la Corte de Apelación. Esta Corte federal mantuvo casi la misma posición, incluso Monsanto trató de detenernos de otras maneras. Nos demandaron nuevamente por un millón de dólares. Trataron de destruirnos financiera y mentalmente. Nos observaban cuando estábamos trabajando en el campo, venían a la salida del garaje de nuestra casa, a observar qué hacía mi esposa, mi esposa recibía llamadas telefónicas con amenazas y también les pasaba lo mismo a nuestros vecinos. Y aún hoy vivimos con temor. Entonces decidimos ir a la Corte Suprema. La Corte Suprema dijo que no teníamos que pagarle nada a Monsanto, pero que sí teníamos que pagar nuestros costes legales. Monsanto aceptó que nosotros no habíamos comprado semillas de ellos, pero sin embargo como nuestras plantas fueron contaminadas con sus semillas, se suponía que nosotros teníamos que pagarles la licencia por esas semillas. Si no-sotros hubiéramos tenido que pagar a Monsanto todo lo que querían, hubiéramos tenido que pagarlo con nuestra casa, nuestra tierra y todo nuestro equipamiento. Así que fue una victoria para nosotros escuchar a la Corte dictaminar que nosotros no teníamos que pagarle nada a Monsanto. Pero de todas formas, es muy difícil para un granjero poder luchar en la Corte contra una multinacional. Fue Monsanto el que nos demandó a nosotros y sin embargo tuvimos que hacernos cargo de los costes legales de esta demanda. Eso no fue justo para nosotros, porque Monsanto debería haber pagado también nuestros costes. –¿Cuánto tuvieron que pagar y cómo afrontaron esos gastos? –Los gastos fueron un poco más de 500 mil dólares. Lo pagamos con gran parte de nuestro fondo de jubilación, hipotecas sobre nuestras tierras y también recibimos donaciones de muchas personas de todo el mundo que están muy preocupadas por el tema de las patentes de semillas y sobre todo lo que concierne a nuestra alimentación. –¿Cómo se contaminó su cultivo con las semillas transgénicas? –Porque mis vecinos estaban utilizando semillas de Monsanto y al soplar el viento las traía a mi campo y lo contaminaban. Yo nunca utilicé las semillas de Monsanto ni el Roundup (el herbicida de Monsanto) en mi campo. Por eso presenté una contrademanda basada en la contaminación ambiental, destrucción de semillas y calumnia. Desde ese momento Monsanto nos espió y trató como a criminales. Detectives de Monsanto se instalaron cerca del campo y controlaban cada paso que daba. Lo primero que le dijimos a la Corte es que un agricultor tiene que tener el derecho a utilizar sus semillas año tras año. Para mi esposa y para mí lo más importante es que nadie, ningún individuo ni una corporación tienen derecho a patentar formas superiores de vida, sea un ave, una abeja o una planta. –¿Qué sucedió luego de este episodio de la demanda de Monsanto? –Nosotros pensamos en ese momento que habíamos acabado con Monsanto. Decidimos cambiar de cultivo y hacer investigación con mostaza, pero un tiempo después descubrimos que había plantas de canola en el campo en el que estábamos investigando, que era de cincuenta acres. Nosotros le avisamos a Monsanto que creíamos que había canola transgénica en nuestro campo de mostaza. Entonces Monsanto vino a nuestro campo e hizo algunas investigaciones. Después nos notificaron que sí había canola de semillas de Monsanto en nuestro campo de mostaza. Nos preguntaron qué queríamos que se hiciera. Les pedimos que toda esa canola fuera retirada manualmente. Monsanto estuvo de acuerdo. Dos días antes de que tuvieran que venir a quitar las plantas, nos enviaron una carta para que firmemos. Y en esa carta Monsanto establecía que ni mi esposa ni yo podíamos hablar sobre Monsanto nunca más con nadie. O sea que mi libertad de expresión quedaba anulada, y si hubiera aceptado no podría estar aquí hablando con usted. –¿Qué le respondió? –Les dijimos que muchas personas murieron en nuestro país por la libertad de expresión y que nosotros no pensábamos entregársela a una corporación. Así que le respondimos a Monsanto que con la ayuda de nuestros vecinos íbamos a remover esas plantas. Con ayuda de nuestros vecinos removimos todas las plantas por la contaminación y les pagamos 600 dólares. La verdad es que no fue mucho dinero por tres días de trabajo. Pero le mandamos la cuenta a Monsanto y Monsanto se rehusó a pagarla. Entonces mandamos a Monsanto a la Corte y, de esta manera, tuvimos a una multinacional millonaria en la Corte por 600 dólares. Puede imaginarse la vergüenza de Monsanto, una corporación internacional, asistiendo a la Corte por 600 dólares. Entonces, finalmente tuvieron que pagar los 600 dólares más los costes legales y llegamos a un arreglo de que no habría mordaza legal. Lo importante no fue el dinero que tuvieron que poner, obviamente, sino que es la consecuencia legal lo que vale. Porque si ahora el campo de cualquiera es contaminado, la empresa tiene que pagar por esa contaminación. Esta fue una victoria, no solamente para nosotros sino para los agricultores de todo el mundo, porque sienta un precedente en legal. –Usted suele decir que en Canadá hay varios cultivos, entre ellos la canola, que ya son completamente transgénicos. ¿Por qué los granjeros canadienses optaron por este tipo de semillas patentadas? –En 1996 fueron introducidas cuatro siembras transgénicas en Canadá: el algodón, el maíz, la canola y la soja. Y los granjeros se entusiasmaron porque Monsanto decía al principio que con las semillas de ellos íbamos a tener más producción, más ganancias, más nutrientes, e íbamos a tener que utilizar menos químicos para lograrlo. Pero sucedió todo lo contrario, estamos utilizando más químicos que antes, y hacen tanto daño a la salud humana como al medioambiente. También repitieron una serie de lugares comunes como que a través de estas semillas íbamos a alimentar a un mundo lleno de hambre. Pero creo que si hay algo que nos va a llevar a tener más hambre en el mundo, eso son los transgénicos. Nosotros en Canadá hemos tenido transgénicos por dieciséis años y creemos que el daño ya se hizo. Ahora hay que hacer lo que sea posible para no permitir que entren más transgénicos en nuestros países. –¿Qué sucedió en los sembrados de canola transgénica que se extendieron en Canadá? –Inmediatamente después de que se empezaron a utilizar estas semillas las ganancias empezaron a bajar. Pero lo peor fue el aumento masivo en el uso de los químicos, porque después de unos pocos años tuvimos una supermaleza que se desarrolló en los sembrados de canola. Para eliminar esta supermaleza, que es muy resistente, se requieren los tóxicos más potentes que se hayan conocido. Monsanto salió con un tóxico, el más tóxico que se conoce en la faz de la Tierra. Hay otro químico que es el 2,4-D, que están tratando de usar para matar esta supermaleza, y este nuevo tóxico contiene un 70 por ciento del agente naranja, el que fue usado en la guerra de Vietnam, con el que miles de personas murieron de cáncer. Estos son los químicos poderosos que estamos usando hoy en Canadá, tóxicos masivos. Otra cosa que han tratado de traer a Canadá es el gen terminator. Yo creo que ése es el peor asalto a la vida que se ha visto en la historia de la civilización. El gen terminator es puesto en un gen, la semilla se convierte en una planta, pero la planta produce una semilla que es estéril, así que no se puede usar para la nueva siembra, y eso hace que uno tenga que volver a comprar las semillas de la compañía. –¿Qué implicancias tiene el uso de semillas transgénicas? –Tenemos un tema económico, de salud por el aumento de uso de químicos y el veneno que traen desparramados los transgénicos, y un daño en el medioambiente por el uso de los químicos. Los transgénicos nunca fueron hechos para aumentar las ganancias. El patrón de los genes introducidos a las semillas por Monsanto se hicieron para mantener el control de la provisión de semillas y de alimentos en todo el mundo. También se toma el control del derecho que tiene el granjero de usar sus semillas, pierde su capacidad de elección y queda atado a tener que comprar las semillas todos los años y pagar un costo alto, además de que tienen que comprar más químicos. –¿Cómo son las semillas que usted utiliza hoy, después de todo este proceso? –Cambiamos de semillas, no trabajamos más con la canola, estamos trabajando con trigo, avena y porotos. En Canadá la soja y la canola son totalmente transgénicas, no se puede tener una granja orgánica de esos cultivos. Monsanto es hoy la compañía que maneja totalmente el mercado de las semillas para estos cultivos. Una vez que se introducen los transgénicos, no existe la coexistencia, el gen transgénico es un gen dominante, porque no se puede controlar el viento ni que el polen se traslade. Entonces, una vez que las semillas transgénicas son introducidas, no hay posibilidad de que un granjero continúe con un desarrollo propio de semillas. –¿Cómo ve el futuro de la agricultura? –Los transgénicos están destruyendo el tejido social del país, nunca vi algo así antes, los agricultores se enfrentan entre ellos. Antes nos ayudábamos unos a otros, ahora esto está desapareciendo porque hay desconfianza. Instalan el miedo haciendo demandas contra los agricultores. Esta nueva tecnología es ciencia perversa y no es ciencia comprobada. Las corporaciones quieren control total sobre las semillas, lo que les dará control total sobre el abastecimiento de alimentos, de esto se tratan los transgénicos y no de tener más alimentos para paliar el hambre en el mundo. Si los agricultores pierden el derecho a cultivar su propia semilla, se convierten en sirvientes de la tierra, regresando a la época del sistema feudal. En cierta forma los agricultores ya son sirvientes de la tierra, porque tienen que comprar las semillas de determinada compañía, tienen que comprar la licencia del alimento, tienen que comprar los químicos de la misma compañía, tienen que pagar un derecho para cultivar en su propia tierra, así que pienso que ya somos sirvientes en nuestra propia tierra por una corporación multinacional como Monsanto. De continuar la propagación de organismos modificados genéticamente, el control total del suministro de semillas y de alimentos del mundo estará en manos de corporaciones como Monsanto, y esto acarreará problemas para la salud, cuestiones ambientales y pérdida de biodiversidad. Con los organismos genéticamente modificados ya no habrá agricultura sino agronegocios. Por Verónica Engler