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Primer post: 21 ago 2012Último post: 22 ago 2012
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comunardismo
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/21/2012

ESTO es a lo que yo llamo "izquierda" Yo siempre creí que simpatizaba con la izquierda. Y que, más allá de algunas diferencias, estaba bastante de acuerdo con ella y el ideario que sostiene. Esto es: creía que estaba de acuerdo aunque no del todo. Si así fuera, integraría alguna de esas fracciones, que se dividen en innumerables partidos acá en Argentina. Pero no, no integro nada de eso. No soy de izquierda per se, y en honor a la verdad nunca me consideré como tal. Yo soy Peronista. Pero lo que sí, es que siempre fui bastante afecto a pensamientos de izquierda, ese bastante que te hace sonreír cuando alguien te habla de "los zurdos". Siempre los consideré "amigos", por decirlo de algún modo. Boé... "siempre". La verdad es que ese "siempre" se vio truncado al conocer las ideas, pensamientos y acciones de algunos partidos autodenominados "de izquierda". Y así pasé de mirar a "la izquierda" con simpatía, agrado, y hasta con una gran cuota de acuerdo, a mirarla de reojo. Y más que de reojo, a mirarla con desconfianza (mucha). Y así transcurrió el tiempo, cada vez más desencantado, cada vez más desconfiado de esa izquierda que siempre me había parecido copada y ahora me resultaba incomprensible y al mismo tiempo inadmisible. Pero hoy, un amigo comunista me hizo recuperar la fe en ella. ¿Y cómo fue que pasó esto? Exactamente de esta manera (Censuro... sí, "censuro" algunas referencias que no hacen al tema) Seguimos hablando y la verdad no tenía idea que era Comunista el amigo. Sabía que era de izquierda, pero no sabía que pertenecía a ese partido Realmante muy buena la conversación con el amigo. Posta que me hizo volver a creer en que no toda la izquierda está tan desorientada, tan perdida como lo que estuve percibiendo desde hace un tiempo. Relatos de un amigo comunista (si eso no izquierda, la izquiera dónde está. ¿no?). Ah!!! Y la secuencia que acaban de leer no es "robada" ni publicada sin consentimiento. Antes de hacerlo, le pregunté si me lo permitía. Abrazo!

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Lenin. El revolucionario que no sabía demasiado III
Lenin. El revolucionario que no sabía demasiado III
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/22/2012

“Para Lenin la vanguardia no se corresponde con una situación espacial, sino con un momento temporal: el inicio del movimiento, su señal” Entrevista a Constantino Bértolo sobre la antología "Lenin. El revolucionario que no sabía demasiado" Constantino Bértolo Antes de leer la nota, recomiendo leer la 1ra parte y la 2da parte: http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/15439031/El-revolucionario-que-no-sabia-demasiado-I.html http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/15440640/Lenin_-El-revolucionario-que-no-sabia-demasiado-II.html Estábamos en asuntos de vanguardias. Un partido de izquierda no servil, un partido comunista, un partido marxista revolucionario, ¿debe seguir siendo la “vanguardia del proletariado”? Sí. Las principales alternativas que se han presentado a un partido de vanguardia han sido o bien la de un partido de masas que es el tipo de organización que han venido defendiendo justamente muchos de los que creen que las masas se han evaporado, o bien la desaparición de las organizaciones de partido a favor de movimientos asamblearios de carácter más o menos espontáneo que a mi entender son estructuras absolutamente necesarias para que un proceso revolucionario se desarrolle pero que no tienen capacidad para enfrentarse a las estrategias y maniobras de alta o baja intensidad, directas o de “diversión”, que el estado mayor del capital lleva a cabo de manera incesante. Este entendimiento del partido como vanguardia es una de los conceptos que más reservas ha provocado en el “comunismo políticamente correcto”. En mi opinión este rechazo, cuyas raíces profundas descansan en la incapacidad de buena parte de los movimientos comunistas y anticapitalistas actuales para asumir – con las críticas y autocríticas que fueren pertinentes - el legado que la historia de revolución soviética representa, se articula alrededor de la famosa cuestión de la conciencia que viene de fuera y del “gen autoritario” que según sus críticos inevitablemente anidaría dentro de ese entendimiento. En función de ese rechazo tan perceptible hoy y que inevitablemente, esto sí, forma parte de las condiciones de recepción de esa “herencia no deseada” que es la historia de la Unión Soviética en la que la obra de Lenin está inserta como también lo están se quiera o no la obra de Trostky, Gramsci, Lukács o Brecht, he tratado en la introducción de desmontar, partiendo de los propios textos de Lenin al respecto, la deformada versión que contempla al partido que Lenin propone como una máquina elitista, burocrática, militarizada e incapaz de oír nada de lo que no sea su propio discurso. Esta versión, propia de aquellas películas del franquismo en las que el frío camarada no cesaba de repetir la muletilla de “El pagtido no pegdona ergoges”, es una deformación interesada y muy miope de la organización de vanguardia que Lenin reclamaba. Lo primero que habría que señalar es que el concepto de vanguardia que está utilizando Lenin no es una mera traslación de la terminología militar en donde la vanguardia se caracteriza por ocupar posiciones adelantadas “y alejadas”, subrayo lo de alejadas, del cuerpo principal de la tropas. Para Lenin, como por otra parte en el mismo Clausewwitz, la vanguardia se corresponde no con una situación espacial sino con un momento temporal: el inicio del movimiento, su señal. Su concepción del partido está en consonancia con ese “modo de producción Lenin” que traté de reflejar en el libro y que se corresponde con esa filosofía de la praxis que el mismo Gramsci identifica como su aportación más singular y relevante. Un entendimiento de la praxis como actividad integradora en la que las lindes entre teoría y práctica son difíciles si no imposibles de establecer y en el que la acción del partido se encamina a que el proletariado se reconozca y constituya como clase mediante su participación activa en la lucha de clases, entendiendo que es precisamente esa implicación en la lucha lo que da acceso a un conocer que lo convierte en sujeto histórico. Lenin no defiende que se construya un partido “alejado” del grueso del proletariado, aunque tampoco cae en ingenuidad de identificar al proletariado como sujeto con la totalidad de las masas de trabajadores y trabajadoras. No pretende un partido que se funde o diluya con la clase o las masas porque para operar se requiere mantener cierta distanciamiento con respecto al teatro de operaciones. Como nos hace ver Juan Carlos Rodríguez en sus reflexiones sobre el Diario de Trabajo de Brecht, entre el “distanciamiento” de Brecht y “la distancia” que Lenin defiende para el partido revolucionario hay estrechas coincidencias tácticas y estratégicas coincidentes en la intención de que “la distancia” sirva para articular las contradicciones, de clase o de niveles de texto. Para Lenin el concepto de proletariado al igual que el concepto de masas no son entidades sociológicas determinadas y descriptas mecánicamente a partir de categorías económicas. La filosofía de la praxis en Lenin es un “estar en revolución” y por eso entiende que la conciencia y las capacidades revolucionarias se desarrollan a partir de la práctica organizada que es algo que no se puede enseñar pues requiere ser aprendida de manera activa. Y el partido, en ese sentido, más que una organización es una actividad o si se quiere un modo de organización de la actividad revolucionaria que lo constituye. En las condiciones que la correlación de fuerzas marca en el imperio zarista, es decir, en el territorio que las dos culturas enfrentadas ocupan en el comienzo del siglo XX, esa organización no podía, si quería actuar, estructurarse en función de la deseable “igualdad de responsabilidades” -más que de posibilidades- que una organización estrictamente democrática exigiría. [b] La estructura en red pero atravesada por una línea jerarquizada por criterios de responsabilidad no se opone a que la actividad y las experiencias que lo constituyen como partido sean deliberadas y dirigidas por el conjunto de esos saberes individuales que dan lugar al intelectual colectivo del que hablará Gramsci.[/b] Indudablemente el grado de deliberación en cada momento vendrá determinado por variables distintas pero nada hay en su concepción que esté en contra de esa deliberación colectiva. Que para Lenin la clave de la organización residía en la acción queda en evidencia justamente en su “intransigencia” respecto a las condiciones para la pertenencia al partido. Lo que lo separa de los mencheviques es eso, su exigencia de implicación en las tareas revolucionarias. Para Lenin la revolución es también un acto de imaginación colectiva pero de una imaginación que brota en esa praxis revolucionaria que es, de modo inseparable, individual y colectiva constituyéndose el partido como el encuentro, “la disciplina” de la hablaba Gramsci, entre una y otra praxis. Insisto en un punto del que ya has hablado. ¿Qué concepto de praxis manejaba Lenin en tu opinión? Creo que de lo ya dicho se desprende que utiliza praxis como actividad revolucionaria organizada., como experiencia del hacer, del vivir, del ánimo y de la fatiga, del soñar y el analizar, del luchar. El Lenin posterior a Materialismo y empiriocriticismo, un libro por el que es absurdamente criticado “desde la filosofía”, ese lugar que nunca ocupó ni quiso ocupar, y cuya función política, cumplida, era enfrentarse al relativismo idealista, entiende la realidad -y la revolución en consecuencia- como un proceso, como algo que se está construyendo continuamente y entiende que las relaciones del hombre con la realidad no son las relaciones de dos entidades ajenas sino que las relaciones entre ambas se construyen a través de la praxis en tanto que el hombre es un ser práctico "que decide con su actividad cambiar el mundo que no le satisface". Lenin, que no fue un filósofo profesional, déjame decirlo de manera muy mejorable, ¿fue un buen lector de Hegel y de Aristóteles? ¿Qué crees que extrajo de esas lecturas? Diría que de Aristóteles, además de la necesidad de tener un fin para poder hacer algo, aprendió que cada cosa, hecho o concepto despliega semejanzas presentes en su entorno espacial o temporal pero también ofrece y aporta a ese entorno su diferencia específica. De ahí su idea, tan coincidente con el gusto de Saussure de que “lo importante no reside tanto en encontrar la verdad como en saber situarla”. De Hegel creo que asimiló que todo, el proceso de saber incluido, es proceso, movimiento, relación. Un saber que en realidad es el saber que constituye a la modernidad como tal, que Marx traduce con el famoso enunciado de que “Todo lo sólido se desvanece en el aire” y que Lenin aplica una y otra vez al hacerse consciente de que “lo importante no es tener razón sino tener razón en el momento oportuno.” ¿Qué aportó Lenin a la teoría marxista del imperialismo? Desde mi punto de vista algo que desde el final de la II Guerra Mundial parecía haberse olvidado: que el imperialismo cabalga a lomos del capital financiero internacional pero cada caballo o Estado arrastra y es empujado por su propia economía. La actual crisis parece haber sacado del baúl de los recuerdos algunas de las hipótesis de trabajo –yo no hablaría propiamente de tesis- que Lenin apunta en ese libro de encargo, pero convendría, ahora que podemos vislumbrar “por detrás” de tanta verborrea solidaria entre las potencias tradicionales y las emergentes la verdadera cara del neoimperialismo agresivo que viene, recordar la superioridad con que algunos economistas “de izquierda”, en aras de la globalización, habían dado por superado el papel de los estados nacionales en la economía. En definitiva: que no llamemos globalización a lo que es realmente imperialismo. Crítica frecuente al leninismo histórico: el “todo poder para los soviets” se convirtió en apenas 15 días y 20 minutos en su contrario, en “un todo el poder para el politburó del Partido” y, más en concreto, la verdad es siempre concreta decíamos, para su secretario general. ¿Es acertada esa crítica en tu opinión? La verdad es que me molesta más que bastante tener que contestar a este tipo de críticas precocinadas que se emiten incluso con tono de paternalismo generoso y que suelen traducir la incomodidad histórica que representa la revolución soviética para todos aquellos “revolucionarios” prístinos y encantados de conocerse a si mismos como revolucionarios sin mancha ni cartón antes del parto, en el parto y después del parto y siempre dispuestos a entonar la cantinela orteguiana del “no es esto”, “no es esto” sin que, eso sí, nunca aclaren cómo sería en su opinión ese Godot cuya llegada esperan mientras procuran no mancharse la manos. Y digo que me molesta porque demostrar que algo es falso implica, de algún modo, que la falsedad aun como supuesto se ha aceptado en algún momento. No deja de ser curioso que los mismos que suelen hablar del monolitismo de partido bolchevique y de la dictadura de su secretario general sean los mismos que hablan de los cruentos enfrentamientos que tuvieron lugar en el interior de todo el partido y muy especialmente en el seno de sus organismo de dirección durante al menos todo el período comprendido entre la toma de poder y la expulsión de Trostky de los órganos de dirección. En qué quedamos ¿hubo dictadura del secretario general o hubo luchas intestinas y enfrentamientos ideológicos casi permanentes y sobre muy diversos problemas? Creo que cualquiera que se moleste en asomarse a libros de historia de E. H. Carr. o repase los datos que Charles Bettelheim ofrece en Las luchas de clases en la URSS, Primer período (1917-1923) comprenderá que la cosa fue bastante más compleja y complicada como para despacharla con dos ideas apresuradas. Con esto no estoy tratando de negar que durante el proceso revolucionario y en las condiciones en que la revolución hubo de desarrollarse no se acentuaran aspectos autoritarios ni se produjesen graves cortacircuitos entre la dirección del partido y el partido y entre el partido y las masas de trabajadores y trabajadoras. Lo que rechazo es la afirmación tan generalizada de que tales “deformaciones” fueran producto de la “perversa naturaleza humana”, de la inevitable corrupción que el poder provoca o de la monstruosidad patológica de algún dirigente traumatizado vaya usted a saber porque episodio de rencor y venganza. Mejor sería atender a las dificultades de gestionar un país inmenso e inmensamente atrasado o a la dificultad de construir un partido con la amplitud suficiente para hacer trabajo de masas y ejercer el poder evitando al mismo tiempo el arribismo y el oportunismo. Más útil y sensato parece argumentar posibles causas que respondan a condiciones materiales y no recurrir a condenas morales que nada aclaran. Defiendes en la Introducción que el “libertad para qué” de Lenin, el comentario que le hizo a Fernando de los Ríos, no fue ningún toque de autoritarismo, no fue ningún sarcasmo. ¿Por qué? La verdad es que, de entrada, no suena muy bien. A mi me suena perfectamente. Porque algunas preguntas merecen determinadas respuestas. Fernández de los Ríos mantuvo ese contacto con Lenin en su condición de representante de un partido socialista y como tal representante debería considerar, a poco que hubiera leído a Saint-Just, a Marx, a Jaime Vera o al mismo Pablo Iglesias, que para empezar a hablar de libertad lo primero que hay que lograr es el establecimiento de las condiciones materiales que posibilitan realmente la igual libertad porque quien depende de una voluntad ajena para poder vivir no es libre. Cualquiera que haya pasado por la experiencia de una entrevista de trabajo creo que entiende perfectamente la respuesta de Lenin. Es curioso que en sus memorias Fernández de los Ríos no nos explique por que no contestó a la pregunta de Lenin. Nos hemos quedado sin saber a qué libertad se está refiriendo. Ya he dicho que hay gentes que no están dispuestas a aprender ni lo que ya sabe. La revolución, afirmas, es la negación de la negación. ¿Qué niega y cómo niega la revolución lo que afirmas que niega? Básicamente quería referirme a la negación – la revolución acaba con él- de esa negación que es el proletariado, pero creo que es una afirmación mal utilizada. Al respecto me llegó un comentario crítico del profesor Juan Carlos Rodríguez que me parece plenamente acertado y que me permito suscribir a continuación: “La frase es muy atractiva, pero sólo en la fachada. Por dentro resulta hegelianismo puro, pues implica que el capitalismo sería una negación. Pero el capitalismo no es una negación del feudalismo, pues el capitalismo es otra cosa, otro modo de producción/ explotación distinta al feudalismo. Entonces la revolución comunista sería la negación de la negación ¿de qué? Obviamente parece que del espíritu humano libre. Pero el espíritu humano libre es una invención o una creación del capitalismo: el espíritu libre para explotar o ser explotado. Todas las ideologías del hombre libre se centran aquí. Pero además la negación de la negación en Hegel es siempre positiva, pues supone la Aufhebung, o sea, la superación “conservando” lo superado. En suma, conservando el capitalismo, pero superándolo para mejorarlo. Pero como tú señalas la revolución o es ruptura con el capitalismo o no es revolución (claro que se pueden conservar todas las cosas capitalistas que nos sirvan, pero no el capitalismo). Perdona este matiz anti-lukácsiano, pero la historia concebida como una sucesión de negaciones de la negación no es más que la marcha del espíritu objetivo al Espíritu Absoluto. Y obviamente nosotros no hablamos de espíritus sino de modos de producción o de explotación, etc”. Pues me da que Manuel Sacristán estaría muy de acuerdo con este comentario de Juan Carlos Rodríguez. Déjame preguntarte ahora por una categoría que irrumpió en el ámbito socialista poco después de la revolución bolchevique: la del hombre nuevo. Sigue en la IV parte...

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Lenin. El revolucionario que no sabía demasiado II
Lenin. El revolucionario que no sabía demasiado II
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/22/2012

“En la concepción de Lenin la conciencia viene de fuera pero son las masas las que tienen la última palabra sobre su valor” Entrevista a Constantino Bértolo sobre la antología "Lenin. El revolucionario que no sabía demasiado" Constantino Bértolo Antes de leer la nota, recomiendo leer la 1ra parte: http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/15439031/El-revolucionario-que-no-sabia-demasiado-I.html -Estábamos en asuntos de masas e historia. Lenin sostenía que la historia la hacen las masas. ¿Qué masas? ¿Cómo hacen la historia esas “masas”? ¿Son esas masas las multitudes de las que habla Toni Negri? -En la tradición del socialismo revolucionario el concepto de masas mantiene relaciones de vecindad o de frontera, nunca muy bien delimitada, con dos campos semánticos que tienden a invadirse o solaparse. El primero estaría ocupado por términos como los oprimidos, los explotados, los pobres, los desposeídos, “los miserables” de Victor Hugo en definitiva, que comparten la condición de carencia o ausencia de y tienen su origen en representaciones del mundo obedientes a la mirada propia de unas conciencias morales de corte pastoral laico, humanista o religioso. Curiosamente, o no tan curiosamente si bien se mira, Vattimo ha recuperado para el pensamiento actual esta línea semántica al poner en circulación hablar de “los débiles” como posibles sujetos de ese proceso de emancipación que se acogería bajo lo que él y Zabala denominan el “comunismo hermenéutico”. En el otro gran campo semántico, masas convive con términos como el pueblo, los trabajadores, la plebe, clase obrera, proletariado, que comparten un denominador semántico común que apunta a su capacidad para intervenir, fundamentalmente como amenaza, en los acontecimientos históricos – no en vano es la Revolución Francesa la que pone en marcha ese campo de significación- a la vez que señala e incorpora la presencia del factor trabajo en su conformación. Como palabras-puente entre aquellas familias conceptuales que tienen como rasgos pertinentes la desposesión y aquellas que avisan de su potencia performativa podríamos citar los sans-culotte de Dantón o “la horda”, “la chusma” tan en boca de las burguesías amedrentadas. Si bien en Marx conviven elementos de uno y otro campo semántico, cuando se refiere a las masas cabe deducir que se decanta por un entendimiento del concepto como conjunto de gentes de humillada y oprimida condición social en actitud de rechazo y enfrentamiento, latente o activo en determinadas coyunturas, contra las fuerzas al servicio de la opresión que sufren. De esta definición subrayaría términos no sociológicos como actitud y coyuntura y le sumaría aquellos aspectos cuantitativos que forman parte de su reconocimiento como tales masas aunque su matemática no responda a unidad de medida exacta alguna. Creo que en Marx las fronteras entre las masas, los trabajadores, y el proletariado no siempre aparecen delimitadas con claridad si bien se podría concluir que hay en cada uno de estos tres términos una entidad cuantitativa en escala que corresponde grosso modo con la implicación de cada uno de estos niveles en la lucha de clases. Lenin, en efecto, entendía que la historia la hacen las masas. Marx también. Y Lenin, como Marx, también entendía los conceptos de masas, de los trabajadores y del proletariado como conceptos políticos y no meramente sociológicos. Las diferencias entre uno y otro, que las hay, respecto al papel de las masas en los procesos revolucionarios provienen de la distinta concepción que cada uno de ellos tiene respecto a las relaciones entre las masas y el partido revolucionario. De los escritos de Marx y básicamente de los textos de Las luchas de clases en Francia parece desprenderse que para él son las masas las que mueven, alimentan y “transfusionan” sus fuerzas a las organizaciones políticas de la clase obrera. Lenin parte de una idea semejante si bien su lectura de la experiencia revolucionaria de La Comuna le inclina a conceder al partido un papel mucho más activo en ese proceso. Es al analizar la historia de La Comuna cuando concluye sus ideas sobre la necesidad de una dirección que defina y marque las estrategias necesarias para que los enfrentamientos se resuelvan de manera positiva – lo que no implica que sea necesariamente victoriosa - para la clase obrera. Y quizá proceda, visto lo visto, dejar claro que si bien para Lenin la victoria en cada enfrentamiento no es algo necesario tampoco la derrota constituía ninguna meta por mucho que el “vivir en estado de revolución pendiente” permita no tener que asumir duras responsabilidades. Entiendo que Lenin ve en las masas tanto un instrumento como un sujeto activo de la revolución. Como instrumento Lenin atiende a las masas en cuanto que su agitación e intervención le sirven como termómetro no sólo de la temperatura alcanzada por el enfrentamiento de clases sino también como medida del acierto o error de la línea estratégica y de los movimientos tácticos que los partidos que se reclaman como revolucionarios – entre ellos el bolchevique claro está- están desarrollando en determinado momento del proceso revolucionario. Para Lenin las masas son la instancia revolucionaria en donde tiene lugar el encuentro no siempre armonioso ni mucho menos entre “la espontaneidad” y la “conciencia revolucionaria que viene de fuera“, o, dicho de otro modo el lugar donde las condiciones objetivas y las condiciones subjetivas se reencuentran. Son, por decirlo en su lenguaje, parte al mismo tiempo de las condiciones subjetivas y de las condiciones objetivas y en tanto que son medida materializable de unas y otras su relevancia es fundamental para el análisis y la evaluación del proceso revolucionario. Como sujeto activo de la revolución las masas se constituyen como “materialidad” de la revolución, como cultura –lo que se cultiva- y como evidencia. En la concepción de Lenin la conciencia viene de fuera pero- y esto parece olvidarse- son las masas las que tienen la última palabra sobre su valor. Al respecto parece olvidarse que muchas pueden ser las conciencias que se le ofrezcan a las masas pero sólo alguna o algunas encontrarán acogida en ellas, y que las masas responden a una constitución multiforme – de ahí su plural: las masas- aunque sea un concreto denominador común: la explotación, la indignación, la ira, el que les confiera unicidad. Será precisamente la búsqueda de ese denominador común el que oriente el “trabajo de masas” del partido bolchevique que se hará fuerte como partido cuando sintonice con él al proponer en 1917, en formato de consigna, su programa mínimo: Paz, tierra y todo el poder para los soviets. Masas de campesinos que vivían en condiciones de penuria y alta precariedad, de soldados que estaban hartos de jugarse la vida por unas tierras que no eran suyas y de trabajadores industriales que se rebelaban contra unas condiciones de trabajo difícilmente soportables. Denominador común: la explotación. Esas eran las masas que participaron en las fases de preparación y toma del poder durante la revolución bolchevique. Pero supongo que tu pregunta se refiere a si esa masas existen hoy y, en caso de que mi opinión sea afirmativa, trate de explicar donde se encuentran esas masas revolucionarias. - A eso intento referirme. Vuelvo entonces a lo de antes y trato de contestar: ¿Qué masas?: los explotados, aquella parte de la población que vive de vender su fuerza de trabajo al capital, la clase trabajadora. ¿Qué dónde están?: la mayoría trabajando; una buena parte en el paro, otra buena parte en período de formación para poder demandar trabajo y otro buena parte viviendo de las rentas de jubilación provisionadas durante sus años de trabajo activo. La respuesta es tan obvia que no nos queda más remedio que deducir que cuando nos hacemos esta pregunta hay que interpretar que en realidad más que preguntar lo que se hace es adelantar la respuesta que se tiene preparada: no hay masas porque ya no hay clase trabajadora, porque el sector industrial empieza a ser residual, porque adiós al trabajo fordiano que se fue y aquí ya todos somos empresarios de nosotros mismos y las sardinas se meten en las latas ellas solas y los que embutimos textos en latas de papel o en tabletas digitales al parecer ya no somos trabajadores sino agentes cognitivos dueños de sus propios medios de producción. Las masas son un momento consciente de la revolución: las masas deben saber que se lanzan a una lucha armada, sangrienta, sin cuartel, y no esa especie de ente irracional o meramente instintivo con que el racionalismo humanista las contempla con paternalismo o desprecio. Ese ente de la revolución que llamamos las masas forma parte de un proceso revolucionario y un proceso revolucionario no es algo que venga dado ni las masas emergen como sujetos de la revolución de modo espontáneo. Producen revolución y son producidas por la revolución, son la revolución misma al igual que son mar las mareas. Ahora bien no solo me parece legítimo sino cabal que hoy escuchemos la pregunta que recoges de ¿Dónde están las masas que según Marx y Lenin están llamadas a hacer la historia? Al hablar de Lenin y la Puerta del sol ya dijimos que hay formas de no estar que provocan efectos, es decir, actúan sobre la realidad, intervienen, pero mejor partir ahora de lo que parece evidente: las masas no están. Más exacto incluso sería decir que ni están ni se las espera. Pero ahora la pregunta que deberíamos hacernos creo que debería ser la siguiente: Si nadie las espera ¿cómo pretendemos que estén? Si nadie las echa en falta, ¿cómo sentirlas como ausencia? Si nadie las reclama ¿cómo saber si es que están sordas o si es que se han evaporado o si simplemente se dedican a sobrevivir mientras la revolución trata de aclarar si existen o no existen y los presuntos revolucionarios nos dedicamos a cantar aquello de donde está el sujeto histórico matarile rilerile matarile rileró? No se puede separar el concepto político de masas del concepto político de revolución. Preguntar por ellas es tan absurdo, desde mi punto de vista como preguntar por la revolución. Absurdo no, significativo. Claro que también podemos preguntarnos ¿dónde está revolución? Pero quien se haga esa pregunta debería aceptar que está fuera de la revolución. Las masas como la revolución no son como la primavera ha venido y nadie sabe como ha sido. Deberíamos recordar que hubo algo en las revoluciones que se llamaba el trabajo de masas. Las masas son necesarias para la revolución pero construir su necesidad requiere algo más que hacer teoría desde los espacios domésticos. Políticamente hablando esas masas se han ido diluyendo según la política se iba reduciendo a una iluso electoral. Imaginemos el “cinismo ideológico” que significaría el que los dirigentes de IU de Andalucía, que han aceptado formar gobierno con el PSOE, reclamasen algún día la presencia de esas masas que con su estrategia de colaboración han convertido en imposibles. Imaginemos lo incongruente que hubiera sido ver llorar por su ausencia al Carrillo eurocomunista el día que constató su escasa presencia en el parlamento juancarlista. El colmo es adormecerlas y luego decir que no existen o que están dormidas delante de la tele. Convendría además no olvidar que “las masas” es también un elemento fundamental de ese imaginario comunista que es hoy un imaginario derrotado. El capitalismo ganó la batalla de los imaginarios, lo que no es nada extraño teniendo en cuenta los presupuestos económicos con los que contaba. No en vano los países capitalistas han venido detentando un nivel económico al que el socialismo real apenas pudo acercarse. Hoy no hay imaginario comunistas ni hay imaginario de la revolución. Y sin ese imaginario difícilmente alcanzaremos a comprender el peso de lo ausente. Quiero decir con todo esto que lo primero que habría que hacer es historizar esa “evaporación del sujeto histórico” porque la estrategia de todo poder interesado en sembrar la duda, el desánimo o el desconcierto en el interior del pensamiento que se quiere revolucionario es ante todo desideologizar el problema y hacerlo ver como algo natural que responde al inevitable paso del tiempo con sus no menos inevitables cambios tecnológicos: ya no hay fábricas luego ya no hay clase obrera, no hay clase obrera luego ya no hay sujeto histórico, ya no hay sujeto histórico luego ya no hay revolución. No les falta razón en parte – y de ahí la eficacia de sus discursos- pues indudablemente es la aparición de la máquina de vapor lo que propicia el agrupamiento del trabajo en talleres y fábricas y sin duda la energía eléctrica generó cambios sustanciales en la organización del trabajo y es claro también que la electrónica está modificando “el paisaje laboral”, pero deducir de esos cambios la desaparición del trabajo como fundamento de la extracción de plusvalías no resulta algo muy consistente. Como diría Nestor Kohan si la derrota es tal que su evidencia desaparece del campo de lo “observable”, los sujetos sociales dominados y vencidos no solo empiezan a otorgar consenso al vencedor y a imaginarse que la situación posderrota es irreversible sino que para sobrevivir sentimentalmente tratan de refundarse arrepintiéndose de aquella parte de su pasado que resulta inaceptable para poder convivir con los vencedores. Supongo que con lo dicho y aunque sea de modo indirecto he respondido a la cuestión de si esas masas, “con comillas”, se corresponderían con las multitudes de las que habla Negri. Pero por si quedan dudas, responderé que a mi entender no, que no tienen correspondencia alguna ni en lo que atañe a su naturaleza cuantitativa ni a su cualidad como actor de lo político. En el concepto de multitudes de Negri no se encuentra aquella actitud de enfrentamiento, latente o activo, que desde mi punto de vista es elemento propio de las masas revolucionarias. Tampoco creo que las multitudes puedan en un momento determinado constituirse como “masas” revolucionarias. Pertenecen a dos momentos distintos. Las multitudes tienen raíces existencialistas aunque lean a la contra: “la vida no es una pasión inútil” la cita sartreana. Las masas provienen de la didáctica: la inteligencia es el hambre. Las multitudes del cálculo: la inteligencia es el bien-estar. Para las multitudes la revolución ya no es necesaria porque al entender de Negri las relaciones sociales de producción ya no están determinadas por la propiedad privada de los medios de producción. Para Hardt y Negri, capital y proletariado son dos partes de un todo que comparten un destino más armonioso que contradictoria o enfrentado. En Negri la lucha de clases ha dejado su lugar a la “simbiosis postmoderna”: huésped y parásito se necesitan mutuamente y uno no niega al otro. Se ve que hace tiempo que no siente la humillación que supone sonreír al jefe de manera consciente o inconsciente cuando este se digna pasar por tu lado. Aunque también es cierto que si te acostumbras a sonreír todo el tiempo y a todo el mundo la sensación de humillación seguramente se atenúa de manera extraordinaria. Creo que algo de ese síndrome de la postderrota de la que hemos hablado emerge en la teoría de Negri sobre las multitudes. La comprensión de cualquier escrito de Lenin exige, señalas, su contextualización. ¿Son entonces textos de intervención, pro tempore? ¿No tienen entonces interés para nosotros que vivimos en un contexto muy distinto? Bueno, no creo que el contexto haya cambiado tanto. Por un lado creo que apenas ha pasado un siglo y seguimos viviendo en plena y salvaje prehistoria. Sin duda la biosfera y la semántica están más saqueadas, el paisaje de superficie se ha transformado y ahora hay más plantas de interior que matorral y más antenas que chimeneas, pero aparte de que la fauna de depredadores y depredados sigue idéntica creo que la orografía que soporta todo el retablo se mantiene incólume porque las tensiones tectónicas siguen teniendo su origen en la lucha de clases, en el enfrentamiento, sordo o estruendoso, entre los que tienen los medios de producción y los que para sobrevivir necesitamos vender nuestra fuerza de trabajo. Cierto que desde 1917 una amplia y muy visualizada minoría de la población trabajadora, dado que su explotación se fue desplazando desde un marco de plusvalía absoluta hacia la explotación a través de la plusvalía relativa, ha tenido acceso a la educación, la salud, la vivienda y otros bienes de consumo, pero no menos cierto es que, -dejando aparte que la actual crisis es un retorno hacia los mecanismos de la plusvalía absoluta-, la totalidad de los trabajadores y trabajadoras siguen necesitando para vivir que uno de esos dueños de los medios de producción directamente o a través de sus jefes de “recursos humanos” vea conveniente para sus intereses comprar su fuerza de trabajo. Por otra parte todo conocer aunque sea “pro tempore” es en buena parte extrapolable aunque no sea mecánicamente repetible, al fin y al cabo todo conocer es un conocer “in tempore”. Lo que Lenin aporta es la necesidad de trabajar desde el entendimiento de que la lucha de clases no es un concepto retórico ni un enfrentamiento entre dos bloques sólidos, homogéneos, compactos y bien delimitados, y que se produce en el vacío sino a través de la mediación de fuerzas sociales, de alianzas de fracciones de clases en cuya unión desempeña un papel central la ideología (y sus "especialistas", los intelectuales) y en el que la correlación de fuerzas está sometida a cambios continuos, a erosiones y alteraciones en su composición concreta mediante el juego de alianzas y rupturas y las transformación de las condiciones subjetivas en las que el entusiasmo o la desmoralización de la clase obrera intervienen de manera tan relevante como las cuestiones de organización. Papel central que desempeña la ideología, afirmas. ¿Y qué es la ideología desde tu punto de vista? ¿No es falsa consciencia? Como bien sabes sobre la interpretación del término ideología, incluso dentro de la obra de Marx, conviven dos propuestas, una como falsa conciencia que es la que predomina en el conjunto de su obra, y otra como conjunto de ideas que surgen de una clase o de un grupo social definido . Lenin utiliza el concepto casi exclusivamente en este segundo sentido que permite hablar de una “ideología proletaria” o de una “ideología pequeño burguesa” Te pregunto ahora por el partido como “vanguardia del proletariado”. Adelante, cuando quieras... La nota sigue en la III parte.

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