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Primer post: 7 abr 2014Último post: 16 may 2014
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Porque el futuro no es mejor que el pasado.
Apuntes Y MonografiasporAnónimo4/7/2014

Hola gente me presento con ustedes, un joven del 1996, el cual nació por así decirlo en la época equivocada, el futuro para mi es una basura. Seguro vos, taringuero que entro a este post, recordás esa época donde no nos importaba nada, no existían las computadores, o pocos la tenían, y los que la tenían la tenían sin internet, esos días en los cuales jugabas en la calle a la pelota, o simplemente salías por ahí, pero hoy este futuro trae cambios para bien y para mal. Ahora resulta que sales con cualquier persona, a cualquier lado y resultan así. (En muchos casos) Y como dijo por ahí el celebre físico Albert Einstein: “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas.” Por desgracia la cosa esta saliendo como lo dijo él. Cada día ver cosas como estas es más complicado, lo cual hace ocho o diez años era muy común. La tecnología no es del todo mala, por un lado los videojuegos los cuales he disfrutado y jugado toda mi vida de forma moderada. Ahora las personas mantienen conectadas a las redes sociales sin para mediantes sus celulares, muchos dirán que son cosas necesarias, pero por Dios, ni un segundo se despegan de estos aparatosos aparatos. En la actualidad la música se fue al carajo como dicen por ahí nada en comparación de otras épocas. ACTUALIDAD. PASADO. La sociedad del consumismo actual nos esta llevando por muy mal camino, cada vez salen más aparatos, más demanda, más consumismo. En la televisión se nos lleva al consumismo en el cual nos preocupamos más por tener un nuevo celular que por ver lo que pasa en el mundo. (Doy este ejemplo) Vos te preocupas más por este objeto que por cualquier otra cosa en el mundo. Ellos solo quieren algo de comer. Extraño esos días en los cuales a las personas solo les importaba la felicidad. Esa época en la cual hablabas con esa mina todo el día por teléfono, quizás yo la viví a medias. Hoy se resume en esto Cada día siento que estamos dejando ser humanos. La globalización que de apoco vamos dejando de ser seres humanos nos están convirtiendo en robots desde el momento que nuestra individualidad o privacidad va siendo del dominio de quienes gobiernan el mundo es ya un mundo virtual bueno esa es mas o menos la idea que trato de llevarles. No tengo nada en contra del Facebook, pero creo que es algo que no mejora ni opaca la humanidad, pero creo que nuestros días hubiesen sido mejor sin este. Imagina el mundo sin facebook, cuando todo se hacía de la forma más clásica. Cuando te sacabas fotos y eran un grato recuerdo impreso. ¡Eran días geniales! Era mejores tiempos cuando no existía, aunque si se usa de forma adecuada, no termina siendo tan malo. Sobre temas como la ropa, y cosas así me abstengo el mundo no ha cambiado respecto a eso, quizás ha mejorado un poco, la televisión como ya lo saben siempre ha sido una basura utilizable como la comida chatarra. En este post no trato de decir que la tecnología es mala y que los avances son malos, solo digo de que estamos llegando a ser dependientes de ella y de a poco vamos a dejar de ser humanos, de tener vida, de tener libertad, hay cosas que no me parecen malas, los videojuegos en exceso no son malos, los celulares nos comunican, pero hay un punto donde esto se vuelve un vicio terrible. Tienes dos alternativas: aprender a convivir con ella o aprender a convivir con ella. Estoy en una etapa de mi vida en la cual intento a toda costa no usar las redes sociales y cosas así, aunque Taringa sea una, la uso porque con ella aprendo, cosas como la computadora, solo la intento usar para tareas o cosas así.

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Mucho gusto, Pablo Escobar Gaviria
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/16/2014

Mucho gusto, Pablo Escobar Gaviria Un hombre ha vivido toda su vida con el peso de llamarse igual al capo del narcotráfico hasta que ocurre un hecho que podría cambiar su atormentada existencia. Cuento de un homónimo no deseado. Un hombre ha vivido toda su vida con el peso de llamarse igual al capo del narcotráfico hasta que ocurre un hecho que podría cambiar su atormentada existencia. Cuento de un homónimo no deseado. Mucho gusto, Pablo Escobar Gaviria. Mucho gusto, Pablo Escobar Gaviria Sé osado y fuerzas poderosas te ayudarán. Goethe. Todavía recuerdo el día en que caminaba con Mariela por la séptima. Escuchamos un desorden en las calles del centro, seguimos a un grupo de gente que se metió a una cafetería donde había un televisor en la pared y descubrimos la razón del escándalo: una presentadora de noticias informaba que habían matado a Pablo Escobar. De lejos se veía el cuerpo de un hombre tumbado en el techo de una casa y a un grupo de policías armados rodeándolo. Entonces, Mariela se me acercó al oído y me dijo: “Ahora sí se acabaron tus problemas, Pablito”. Seguimos nuestro camino comentando la noticia y comiendo un helado. Habíamos salido a almorzar. Entramos a una iglesia y encendimos velas a San Gregorio Hernández, médico y siervo de Dios. Todavía nos quedaban algunos minutos de descanso para luego regresar a nuestros trabajos. Esa noche, a pesar de la estrechez económica que pasábamos, la invitaría a cine y dejaríamos a la niña con su abuela. No dejaba de sentirme intranquilo. No todos los días escuchas tu nombre repetido en los televisores, los radios y en la boca de toda la gente, comentando que te mataron, aunque no seas tú quien en realidad hayas estado en esas circunstancias. Pablo es un nombre común. Lo que no es corriente es que concuerden todos los nombres y apellidos de una persona con otra. Nuestros nombres coincidían, pero nuestras vidas no, menos mal. Eso era lo importante, que en realidad había dos Pablo Emilio Escobar Gaviria. Uno contador de una empresa y el otro uno de los hombres más ricos del mundo y también uno de los más peligrosos y buscados. De todas formas, Mariela tenía razón: mis problemas se habían terminado. Ya no habría otro Pablo Emilio Escobar Gaviria por allí, haciendo explotar aviones, mandando matar políticos, policías, enemigos, y enviando toneladas de droga al extranjero, creando el miedo suficiente en la gente para desconfiar de otro Pablo Emilio Escobar Gaviria que está pagando a duras penas las cuotas de su casa, tiene una mujer, una hija enferma, y que debe acostumbrarse a toda clase de abusos, porque tiene el mismo nombre de un criminal. Esos problemas, para ojos ajenos, podrían parecer meras incomodidades, pequeñas molestias que cualquiera tiene y que no faltan todos los días. Inconvenientes de fácil resolución. El asunto es que nadie se pone en los zapatos de otro, por eso no podrían entender las dificultades que esa situación originaba y que, últimamente, se estaban saliendo de toda proporción. Recuerdo la primera vez que supe sobre la existencia de Pablo Escobar. Entonces yo todavía me hallaba en la Universidad. Una noche que salía de una fiesta con un par de amigos de la facultad, una patrulla de policía pasó por la esquina donde estábamos esperando el taxi para regresar a casa. El vehículo se detuvo y salieron dos policías. Algo había ocurrido cerca de allí, nos dijeron. El robo a una gasolinera, una tienda de licores, o algo parecido, y estaban haciendo una inspección de reconocimiento por las calles cercanas. Nos pusieron contra la pared. Nos requisaron en busca de armas o lo que fuera, y, por último, nos pidieron los papeles. Los tres entregamos nuestras cédulas a uno de los policías, que se fue hasta la patrulla, tomó una especie de radio y empezó a dictar nuestros nombres y números de cédula. Yo escuché cuando llegó a mi nombre. Me volví a mirarlo y nuestros ojos se encontraron. Algo pasó. De pronto, el policía soltó el aparato de comunicación, sacó rápidamente la pistola y se fue acercando hacia mí apuntándome con el arma. —¡Las manos arriba, huevón! ¡Si espabilás, te mato! —me gritó. Vi la sorpresa y el miedo juntos, peleándose la órbita de los ojos. El otro policía se había alejado de nosotros, y también nos apuntaba: —¡Qué pasa, mijo! —le preguntó gritando a su compañero. —Que este hijueputa es Pablo Escobar, el del cartel que andan buscando en Medellín y en todas partes. ¡Se me tiran todos al piso, malparidos, las manos atrás. Se mueven y les lleno el culo de plomo! Le temblaba tanto el pulso al policía que sentí temor de que disparara por accidente. Allí, con la cara contra el piso, besando el polvo, yo solo me preguntaba quién era ese con quien me confundían y que inspiraba tanto terror. Escuchaba el sonido de los radioteléfonos, los gritos dando órdenes y cómo llegaba otra patrulla rápidamente, de la que bajaban otros policías con las armas desenfundadas. Nos llevaron a una estación de policía cercana, compararon mi rostro con una foto, pero no los convencía. “¡Con la plata que tiene, seguro se compró una cara nueva!”, le escuché decir a uno. No valieron los testimonios de mis amigos, que decían que yo no era más que un estudiante, que yo no era el verdadero Escobar Gaviria. Llamaron a mi casa y mi papá llegó con un álbum de fotos para que vieran la vida del otro Pablo, el cagado por las palomas. Pasamos esa noche en el calabozo. Al día siguiente, el resultado del estudio dactilar permitió que por fin me soltaran. Días después me encontré con Hernán, un vecino que era periodista de radio, miembro de la acción comunal y amigo de mi padre. Nos topamos en la calle, justo cuando yo salía de casa para la universidad. —Oiga, mijo, su papá me contó la aventura que tuvo la otra noche. Ese Escobar con quien te confundieron es jefe de uno de los carteles mafiosos más peligrosos que operan desde Medellín. Hasta hace poco era un desconocido, uno entre muchos otros, pero últimamente sale mucho en televisión y prensa, porque prácticamente le declaró la guerra a todo el mundo. ¿Usted en qué planeta vive, mijo? Después me dijo que no prestara cuidado, que todo pasaba por una razón aunque no podamos verla, que con seguridad lo que ocurrió sirvió más para bien que para mal. Ya todo el mundo sabía que Pablo Escobar, el millonario bandido, tenía un homónimo, Pablo Escobar, el pobre huevón despistado. —Salúdame a tu viejo, dile que un día de estos lo invito a jugar tejo y nos tomamos unas cervezas —dijo, y se fue con su grabadora en la mano y ese andar de pato del que todo el barrio se burlaba. No me había causado gracia su comentario, pero me había tranquilizado su visión optimista de la situación. La verdad siempre duele y la mentira también. En realidad, yo no sabía prácticamente nada de lo que pasaba en el país. Estaba demasiado ocupado tratando de ganar dinero al tiempo que estudiaba, para ayudar a papá y mamá en el difícil arte de administrar la pobreza y pagar todas las necesidades de la casa: la matrícula del colegio privado de mi hermana menor, los servicios públicos, y procurar que por lo menos no faltaran arroz y huevos en la cocina. Había largas épocas en que la carne no la veíamos ni en televisión, como dice aquella canción famosa. El asunto es que mi padre llevaba tres años buscando trabajo. Su último empleo estable había sido en una oficina del gobierno, donde le tocaba hacer mil cosas distintas con papeles, incluso el trabajo de los empleados recomendados por los políticos. Desde entonces, en todos los lugares donde presentaba su hoja de vida no lo contrataban por viejo, y a mí no me daban trabajo por joven: un absurdo como las tantas cosas que ocurren en este país. Por su parte, mi madre tejía vestimentas de lana, que ponía a vender en el almacén de ropa de una tía, en el centro. En Navidad elaboraba adornos alusivos a la época: sonrientes viejos barbudos con piyamas rojas, ciervos y campanas de icopor y angelitos dorados tocando trompetas. Todo eso ayudaba para tapar esos huecos en los bolsillos de nuestra vida por donde se escapaba la tranquilidad. Papá siempre había querido ahorrar para un auto antiguo. Yo lo veía mirarlos cuando pasaban hasta que se perdían en la distancia, pero el dinero de su liquidación se había ido poniendo al día las cuotas de la hipoteca de la casa, cuya deuda seguía vigente. Mamá no pedía nada, pero yo sabía que siempre soñó con visitar Buenos Aires, porque era la tierra de su cantante favorito, don Carlos Gardel, de quien mi padre sentía celos cuando ella cantaba sus canciones mientras tejía. Mi hermana era una buena estudiante, a pesar de que pasaba gran parte de su tiempo ayudando a mamá con los tejidos. Sabía que iba a resultar un poco difícil estudiar Diseño de Modas en París: su deseo de todos los cumpleaños. Soñar no cuesta nada… En medio de todo, mi única fortaleza era Mariela. Nos habíamos hecho novios desde el primer semestre. Habíamos aplazado el matrimonio y tener hijos para después de graduarnos. Después de graduarnos, lo aplazamos para cuando tuviéramos ambos un buen trabajo, y luego hasta que tuviéramos una casa propia. Una cosa fue llevando a otra, aplazando una a la otra, luego a otra, y luego a otra... Después de ocho años de noviazgo aceptamos que el tiempo de los sueños no es el mismo de la realidad, así que ahorramos algo de dinero por unos meses y nos fuimos a vivir a un apartamento arrendado. Nadie vive la vida por uno y con el tiempo se entiende que los buenos recuerdos no vienen de las apariencias ni de la opinión buena o mala que otros tengan de uno. A ellos también los espera un hueco bajo la tierra, y llevarse solo lo que la gente pueda pensar de uno debe ser algo realmente triste. Era mejor seguir viviendo mientras se buscaba una vida mejor, hallar cosas reales, lejos de las perfectas costumbres y mundos ideales. Por eso las opiniones adversas de la familia de Mariela cuando nos casamos en un juzgado nos valieron realmente muy poco. Para entonces, el otro Pablo Escobar no se había quedado con los brazos cruzados. En su nombre, los sicarios continuaban matando policías en muchas ciudades, la gente seguía apareciendo muerta en las calles, los carros explotaban frente a los periódicos —así ocurrió con El Espectador—, aviones y edificios enteros caían devastados por la fuerza terrible de su decisiones. En la televisión, los diarios y las revistas no se hablaba de otra cosa: sus rutas de cocaína, su ingreso al listado de los cinco hombres más ricos del mundo, sus caprichos de magnate, la aceitada maquinaria de matar que había inventado. Cada vez que en un banco alguien me llamaba en voz alta para pagarme algo o entregarme un documento: “Señor Pablo Escobar Gaviria”, todo el mundo se volteaba a mirarme con disimulo y sospecha. Había empezado el boom de las cirugías plásticas. Las revistas y diarios hablaban de las identidades nuevas que los narcos compraban en un quirófano, y cualquiera podría intentar pasarse de listo conservando su propio nombre. Creo que era Maquiavelo quien decía que el mejor lugar para esconderse era a la vista de todo el mundo, o en la casa de tu peor enemigo. Fue cuando decidí bajar de peso y quitarme el bigote que usaba por tradición, ya que mi papá también lo tenía. El universo parecía que hubiera conspirado del todo para que Pablo Escobar y yo no solo compartiéramos nombres, sino también alguna semejanza. No éramos iguales, pero tampoco muy diferentes. Teníamos la misma contextura, el mismo tipo de pelo y esa cara de mejillas abundantes que es muy común, pero que iba acompañada de la igualdad de los nombres. Algo que en cualquier persona sensata despierta, así sea, una leve sospecha. Qué culpa tiene uno del nombre que le han escogido los padres. ¿Cómo podía hacer oír mi voz de protesta desde el fondo de una cuna llena de pañales y juguetes si en mi caso fui llamado así para honrar a un amigo muy querido por mi padre, que lo ayudó mucho en sus comienzos y que había muerto meses antes de yo nacer? Hasta pensé en cambiarme el nombre cuando la situación se volvió insostenible. En dos ocasiones, la policía, el ejército (ya no recuerdo quién) tumbaron la puerta de mi casa en la noche, y asustaron a Mariela y a la niña. Duraron varias horas en la casa, mientras en una oficina volvían a confirmar mi identidad. Para cuando se aseguraban de que yo no era el personaje de marras, ya habían revisado todos los cuartos, la casa era un completo desorden y no eran ellos quienes la volvían a ordenar. Siempre se iban con un: “Compadre, disculpe las molestias, solo cumplíamos nuestro deber”. Cuando por algún compromiso de trabajo me correspondía viajar por avión, los agentes de seguridad del aeropuerto me confinaban en una celda preventiva durante varias horas. Comparaban mis huellas dactilares con sus bases de datos y mientras salían de toda duda sobre si yo era yo o yo no era yo, mi vuelo se había perdido y había incumplido con mis deberes. Muchas veces protesté por escrito, mandé cartas exigiendo que cesaran los atropellos que sufría. Decidí llevar siempre conmigo los certificados de la Oficina de Registro Civil y el Departamento Nacional de Seguridad que garantizaban mi verdadera identidad. Pero, a pesar de todas las precauciones, era muy difícil explicarle a alguien que yo no era Pablo Escobar Gaviria, sino que era otro Pablo Escobar Gaviria. Siempre había un policía o un funcionario que creía que realmente Pablo Escobar andaba por el mundo ocultándose de todos usando su verdadero nombre. Por eso Mariela y yo creímos en ese instante de la cafetería donde nos enteramos de la muerte de Escobar que nuestros problemas por fin habían terminado. Esa noche regresamos del trabajo a nuestra rutina familiar, con la certidumbre absoluta de que se habían acabado los problemas que periódicamente surgían por cuenta de ese personaje siniestro. Pero nos dimos cuenta de que esa era la carga menos pesada. Había otra más angustiante que trastornaba nuestro sueño de futuro, la enfermedad de Manuela. Tenía un problema de visión que exigía seguimiento y cuidado constante, porque era una enfermedad progresiva. Por lo pronto, mientras podíamos realizar el transplante de córneas, debíamos seguir un tratamiento bastante complejo y costoso. La enfermedad apareció justo cuando empezábamos a pagar las cuotas de un apartamento, por lo cual habíamos dejado de pagar —por algunos meses— nuestros servicios médicos. Ahora, nuestro dinero se iba en las costosas medicinas de Manuela, las consultas mensuales con oftalmólogos especializados privados, el sostenimiento normal de la casa y la ayuda ocasional que dábamos a mis padres y a mi hermana. Entonces, un día cualquiera, recibí una llamada. —Aló, ¿Pablo? —¿Sí, hola, con quién hablo? —Te llama el Oso Polar. Sé que no podemos hablar mucho por aquí. Tenemos ese asunto pendiente, ¿dónde quieres que nos veamos para cerrar el negocio? No puedo quedarme mucho, la zona está caliente. Solo vine a Bogotá para terminar nuestro asunto. Te pago y me voy. La voz hablaba buen castellano con acento gringo. No sé de dónde vino mi impulso para hablar, tal vez fue el amparo del anonimato y tantas películas donde había visto la misma escena. Por eso no me resultaba desconocida la situación y hasta me pareció el buen comienzo de una broma, así que empecé a seguirle el juego a la voz y crear mi propia historia. —Hola, Oso, qué bueno que apareciste. Ya estaba organizando todo para buscarte. —Tranquilo, Pablo, todo está bien, todo está bien… ¡Te felicito! Hiciste un buen trato. Eres un peligro, si alguien te mete el dedo en el culo eres capaz de robarle el anillo. Buen trabajo con las pistas, las cirugías, el ADN. ¿De dónde sacaron ese pendejo tan parecido a ti que apareció muerto en el techo? Y eso de esconderte después con tu propio nombre me pareció wonderful. ¿De dónde sacaste la familia, la esposa, la hija, todo el teatro bien montado. Esos sons of a bitch de la Agencia hicieron bien la película, ¡como en los tiempos de Kennedy! Entonces supe qué estaba sucediendo en realidad y un repentino escalofrío me poseyó el cuerpo. Tuve que sentarme en la primera silla y todos mis músculos se pusieron en tensión. El instinto se despertó, todo, todo estaba en juego, mi única salvación era decir algo convincente, a pesar de que mi garganta estaba seca como una piedra por dentro. Recordé otra película: —Mirá, Oso, hasta las paredes tienen orejas, no voy a hablar de eso ahora. El pez muere por la boca. ¿Quieres que todo se vaya a la mierda? —Tienes razón, todo está bien, todo está bien... ¿Entonces qué hacemos? ¿Dónde quieres que nos veamos?—Déjame pensar…?¡Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me dejes solo que me perdería! Ya pescaste un pez gordo, ahora solo tienes que enrollar el hilo. El único sitio que se me ocurrió porque me daba confianza suficiente era una cafetería frente a la Biblioteca Luis Ángel Arango. Los últimos meses la frecuentaba mucho cuando iba a sacar libros prestados. Era un sitio concurrido, había guardias de seguridad, y si esto se salía de control, como en las películas, en algo ayudaría el pánico de la gente gritando y corriendo entre las mesas. Le di las señas, dije que a las doce y media, porque era la hora más concurrida. —Será rápido, Oso. No puedo correr riesgos. Nos vemos —y colgué. Los dados estaban en el aire. El miedo tenía forma, podía tocarlo. Adquirió la forma del teléfono que tenía en la mano. Era oscuro, sólido, verdadero, como todo lo que había pasado en ese minuto en que sabía que la vida me había cambiado para bien o para mal. Pasan diez años de tu vida durante los cuales no ocurre nada y de pronto en un instante todo tu destino puede cambiar de rumbo. Como cuando pasas distraído una calle y te arrolla un auto, o doblas una esquina y el helado que llevaba en la mano una muchacha hermosa termina en el bolsillo de tu camisa y desde entonces el amor llena tu vida o compras de paso un billete de lotería cuando fuiste a la tienda por una bolsa de leche… la cita con una bala perdida mientras esperas la llegada del autobús, la llamada inesperada que recibes y te conviertes en el hombre que tanto molestó tu vida. El destino había llamado. Saqué de mi cartera una estampita de San Judas Tadeo, patrono de causas perdidas. La froté entre mis dedos hasta sentirla tibia. El Oso Polar era un hombre albino, corpulento, un mamut de 2 metros con anteojos oscuros. Le colgaban una cámara fotográfica en el pecho, así como una pequeña bolsa blanca donde parecía llevar ropa, tal vez una camiseta. En las manos llevaba un mapa doblado. Dio algunas vueltas, tomó un par de fotografías y se fue acercando a mi mesa, mientras miraba una, dos, tres veces, el mapa cruzado de colores y líneas. Hacía bien su papel de turista extraviado. Yo tenía las piernas cruzadas para no orinarme del susto y una mano sobre la otra, en apariencia reposada, como aquel Michael Corleone sentado frente a sus enemigos en un pequeño restaurante, dueño de la situación (el gesto servía también para ocultar el temblor de mis manos). Sudaba frío, como antes de presentar un examen inesperado en la escuela para el cual no estás preparado y sabes que valdrá todo porque ya llevas dos materias perdidas. Él se acercó a mi mesa, en actitud de consulta, abriendo el mapa frente a mis grandes gafas de sol que había comprado en la calle media hora atrás siguiendo mi manual de espía de películas. El gringo se sentó al otro lado de la mesa, como si fuera a continuar su consulta sobre el lugar que buscaba, y puso tras de sí su bolsa blanca. Entre los dos solo había un pequeño adorno de flores sobre la mesa. Me habló mientras abría por completo los cuadros doblados del mapa. —Con estas flores aquí, van a creer que estamos enamorados, Pablo. Después me dices quién te hizo el trabajo en la cara, para no ir donde él. Te quedó muy mal. Jamás te habías parecido tanto a ti mismo. Tenía que decir algo, debía decir algo: —Vamos al grano, hombre, no tengo tiempo. Mi gente cree que alguien me está siguiendo. —Ok. Allí te dejo el paquete. Fue fácil meterlos. Todavía no han nacido los perros que puedan olerlos. Allí están las nuevas coordenadas para encontrarnos, en un par de semanas. Los teléfonos están difíciles, ya sabes, es mejor el number fax que te dejo allí. Se levantó mientras volvía a doblar su mapa y se marchó enseguida por donde vino. Yo seguí sentado hasta que lo perdí de vista. Entonces me levanté. Tomé la bolsa de tela blanca que había dejado. Caminé en sentido contrario a la dirección que él había tomado. No me di vuelta en ningún momento. Tomé el primer taxi que pasó y entonces abrí la bolsa. La vida es como un embudo. Al principio es ancho y luego se va estrechando hasta formar un solo camino. Todavía no domino el italiano, pero voy por buen camino. Mi madre y mi padre todavía tienen momentos de nostalgia, pero cuando eso pasa yo le pongo a ella la colección de discos de Gardel y la invito a una copa de vino en la terraza con vista al lago. A él lo acompaño a dar vueltas en su Chevrolet de 1955 por la avenida que bordea la costa del pequeño pueblo italiano donde vivimos. Mi hermana está de vacaciones. Viene mañana de visita con una muestra de los diseños que ha aprendido a hacer en sus clases de alta costura en París. Tiene una novia francesa que estudia con ella, pero eso todavía no lo saben mis padres. Pronto llegarán Mariela y Manuela, las mujeres de mi vida. Los médicos dicen que después de la operación de sus ojos, la niña ya no tiene peligro de ceguera y, como una reacción a ese milagro, anda con una cámara fotográfica tomando fotos de todo lo que pasa frente a ella: animales, paisajes, el rostro de su madre, las cien muñecas con que he poblado su cuarto. Todas las noches, antes de dormir, rezo agradecido la plegaria de una estampita de San Gregorio Hernández, médico y siervo de Dios. Todavía no han nacido los perros que puedan oler diamantes. Una enorme e inocente caja de cereales en manos de una niña que sale de vacaciones con su familia desde Cartagena hacia Panamá, en un yate repleto de turistas, puede ser el medio ideal para sacar 777 diamantes de 7 quilates cada uno, sin despertar ninguna sospecha. El dinero no es la felicidad, pero cómo se le parece. No puede evitar la muerte, pero gracias a él puedes volver a nacer en vida y cumplirle los sueños a la gente que amas. Mariela ahora se llama Lucía, como una canción de Serrat que siempre le ha gustado, y yo me llamo José Obregón, una combinación de nombres de personajes en una novela de Graham Greene que me gustó mucho, de la que hay varias versiones, una de las cuales fue dirigida por John Ford en 1943. Les prometí a Lucía y a mis padres que nunca más volvería a jugar al personaje de película de suspenso. Por lo pronto, me limitaré a ver las mil películas que ahora tengo en la pequeña sala de cine que hay en la casa. Veo la sonrisa de Manuela, que ahora se llama Guadalupe, las luces del lago reflejadas en sus ojos, y me convenzo una vez más que todo valió la pena. Abandonar Colombia de un día para otro, cambiar de identidad, alterar nuestras huellas, someterme a operaciones estéticas y empezar una vida nueva en un sitio cualquiera, discreto, pero no escondido. Una pequeña villa, con vista a las orillas del Lago di Como, en Italia, donde disfrutamos el aire de unas montañas que nos recuerdan las nuestras. Queda cerca de Laglio, un centro turístico que no está precisamente en el fin del mundo, allí donde alguien imaginará que nos hemos marchado, para que nadie pueda encontrarnos. Esta historia es cuento, por lo tanto, es producto de la imaginación del autor. POR J. J. JUNIELES

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Las mujeres NO necesitan usar sostén
Las mujeres NO necesitan usar sostén
FemmeporAnónimo4/18/2014

Un revolucionario estudio en Francia explicó las razones por las que no es necesario que las mujeres usen sostén o brassiere para evitar la caída del busto. Son muy pocas las mujeres que se atreven a salir de casa sin sostén. Lo más común es sentirse incómoda y desprotegida, ya que se considera que el sostén no sólo brinda soporte, sino que también embellece la forma de los pechos. Tampoco es menor el impacto en cuanto a vernos y sentirnos sensuales y coquetas con esta prenda. La gran variedad en modelos, colores y texturas no sólo lo han convertido en el regalón de nuestros cajones, sino también en una “inversión” obligada cada vez que se acerca una cita o encuentro amoroso. Pero ahora, el profesor Jean-Denis Rouillon, un especialista en medicina deportiva del Centro Hospitalario de Besancon en Francia, publicó un estudio que demuestra que usar sostén no previene que los pechos se caigan. Es más, asegura que el uso reiterado de esta prenda puede acrecentar la caída. “Nuestros primeros resultados confirman la hipótesis de que el sostén no es necesario”, indicó Rouillon a France Info. “Fisiológicamente y anatómicamente, los pechos no se benefician de la ausencia de la gravedad. Al contrario, se caen si se usa un sostén reiteradamente”. El estudio llevó 15 años y 330 mujeres de entre 18 y 35 años participaron. Los investigadores midieron sus pechos usando una regla y anotaron cualquier cambio. Las mamas de las mujeres que no usaron sostén se levantaron 7 milímetros. Sus pechos también estaban más firmes y las estrías se suavizaron. Tampoco hubo evidencia de que el uso del sostén redujera el dolor de espalda. Los investigadores creen que la prenda previene el crecimiento de las fibras de los pechos, lo que produce el deterioro de los músculos pectorales que soportan el peso de las mamas. Si no se usa sostén, estos músculos trabajarán más, sugiere la investigación. A pesar de que es un estudio que llevó tiempo y de que los involucrados son profesionales, hay muchas cuestiones que se ponen en tela de juicio. Ya que sólo 330 mujeres participaron del estudio, sería peligroso afirmar que los resultados de este estudio representan a toda la población. Otra objeción es que se ha demostrado que es fundamental el uso de sostenes deportivos (sostienen más que los comunes) a la hora de practicar deporte.

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Te apuesto +5 a que te enamora
Te apuesto +5 a que te enamora
FemmeporAnónimo4/21/2014

Se llama Agatha Braga, es brasileña y tiene 19 años, es realmente hermosa.

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Lo tuvo parado por 8 meses
FemmeporAnónimo5/10/2014

Erección de 8 meses El paciente optó por la prótesis después de una larga lucha contra la disfunción eréctil provocada por su diabetes. Un hombre que se implantó un pene y permaneció con una erección durante ocho meses demandó a su médico por negligencia médica. El fallo arrojó que no hubo tal negligencia.Daniel Metzgar había denunciado ante los tribunales de Delaware, Estado Unidos, a su médico, Thomas J. Desperito, luego de realizarse un implante de pene que lo dejó con una erección por ocho meses.De acuerdo con lo publicado por BBC Mundo en su página web, Metzgar optó por la prótesis después de una larga lucha contra la disfunción eréctil provocada por su diabetes. El hombre probó varias otras fórmulas que no dieron resultado hasta que se decidió por la cirugía.“El implante contaba con tres piezas, cilindros inflables dentro del cuerpo del pene, un depósito de líquido debajo de la pared abdominal y una bomba dentro de su escroto”, explica la nota.Durante el juicio, que duró una semana, los jurados escucharon el testimonio de cómo su nuevo pene se convirtió en un trauma para Metzgar, quien debió sufrir las burlas de su familia y amigos, además de miradas, insultos y amenazas por parte de desconocidos.Sin embargo, el jurado no estuvo de acuerdo con Metzgar y, ante las pruebas presentadas, determinó que Desperito no cometió negligencia alguna.Metzgar terminó por eliminar la prótesis, después de que la tubería del dispositivo pinchara su escroto durante un viaje familiar a las Cataratas del Niágara.

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Masturbación, ¿el secreto para una vida feliz?
Masturbación, ¿el secreto para una vida feliz?
FemmeporAnónimo5/11/2014

Masturbación, ¿el secreto para una vida feliz? Betty Dodson es una escritora estadounidense conocida como la "madrina de la masturbación", gracias a su bestseller de 1973: Sex for One. Ahora, la autora otorga clases magistrales de masturbación en Nueva York. Y a sus 85 años, Dodson quiere ayudar a las mujeres de la generación post "Sex and the City", y post "Girls", de las que piensa que no son tan liberares como parecen. "La mayoría de ellas ni siquiera han visto sus genitales en un espejo. Usted se los muestra y lo primero que dicen es ‘iugh’". Su regreso ha causado expectación entre una nueva generación de mujeres estadounidenses, muchas de las cuales buscan inspiración de las pensadoras feministas de la década de 1970. A pesar de que fue descrita como una de las "primeras feministas", Dodson se sentía fuera de lugar en los grupos de autoconciencia de la época. "Siempre pensé que el sexo era un tema de máxima prioridad ", dice a The Guardian. El trabajo de Dodson está siendo redescubierto por una nueva audiencia. Algunas son jóvenes, de las que parecen tener todo, pero -dice ella- nunca han tenido un orgasmo. Por lo general son demasiado tímidas para asistir a los grupos de bodysex y optan por sesiones privadas; ella conoció a una chica de 25 años para una lección de amor propio. "Pobre chica no tenía ni idea. Nunca se masturbaba cuando era niña". Dodson dice que sus mayores fans son feministas aburridas con la postura anti-placer. Para ellas, el mensaje de Dodson es redescubrir su poder a través de entrar en su cuerpo y el orgasmo independiente parece mucho más atractivo que el cuidado de niños o la violencia sexual. "En el taller compartimos nuestro orgasmo con el grupo mientras se está en el control de nuestros propio clítoris", dice y además explican que la clase consiste en un "genital, mostrar y contar", seguido de la masturbación en un círculo. El problema, dice, es que las mujeres son "tan adictas al amor romántico. Es la droga más pesada del mundo y tomamos malas decisiones debido a él". Ella no cree en la monogamia. "Usted se casa, usted renuncia al sexo. Casi puedes contar con ello". La también artista dice que el "mejor sexo de su vida" fue cuando tenía 70 años y estaba "entrenando" a un veinteañero llamado Eric. Después de 10 años decidió dejarlo ir. "Hay que dejar que los jóvenes se vayan. Usted no quiere ser Hugh Hefner". Su mensaje es mantener una relación sexual con uno mismo, uno mismo puede tener orgasmos de primer nivel por su cuenta; dejar de hacer lo que piensas que tu pareja quiere ver en la cama parece más necesario que nunca en una época en que el aumento de "pornificación" de nuestra cultura está haciendo estos ideales más difíciles para las mujeres.

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La masturbación es normal en niños
La masturbación es normal en niños
FemmeporAnónimo5/4/2014

La masturbación es normal en niños La masturbación consiste en acariciar cualquier parte del cuerpo, en especial los genitales, con la finalidad de obtener placer sexual. Los niños pueden descubrirla a cualquier edad, pero suele expresarse con mayor frecuencia después de los 2 años y debe entenderse como una conducta que forma parte de un desarrollo psicosexual adecuado. Según el médico sexólogo Carlos Cotiz, dado que los niños no logran tener un total conocimiento de las “normas de los adultos”, son capaces de masturbarse en cualquier lugar y delante de personas extrañas. Otras veces, a pesar de que ya pueden entender dónde y delante de quiénes están, pueden seguir haciendo esa saludable práctica. No obstante, la situación puede causar mucha angustia en los padres, en especial en aquellos que tienen prejuicios y una visión muy rígida e intolerante acerca de la masturbación, por considerarla un acto pecaminoso e inmoral. “La reacción puede ser tan intolerante que aplican castigos en ocasiones muy severos, tanto físicos como psicológicos, generando a la larga traumas durante la infancia, que muchas se comienzan a expresar en la adolescencia y en la etapa adulta; por ejemplo, miedos nocturnos, fobias, baja autoestima, depresión, bajo rendimiento escolar, miedo o asco a los genitales, incapacidad para el cortejo, odio o resentimiento al mismo sexo o al sexo opuesto, trastornos de la respuesta sexual”, explicó el sexólogo. Cotiz les sugiere a los padres calmarse cuando observen a su niño masturbarse y entender que esa situación forma parte del desarrollo psicosexual adecuado, por lo que podría dejarlo tranquilo o, en algunos casos, podría hacer distracción, es decir, invitarlo a realizar alguna otra actividad diferente, como jugar, ver televisión o leer. Sin embargo, el experto advierte sobre dos situaciones donde los padres deben estar alertas ante la autoestimulación sexual de los niños: “Cuando exista el riesgo de causar algún daño físico, por ejemplo, cuando una niña o niño se masturbe manipulando sus genitales con objetos peligrosos, como por ejemplo, un alambre o gancho de ropa. Y cuando la masturbación que realiza venga acompañada de síntomas de angustia o sea muy frecuente y su práctica interfiera con sus actividades de la vida diaria, y que además, la masturbación venga asociada a conocimientos sexuales muy precoces para la edad. En todos estos casos, se debe visitar a un profesional y valorar adecuadamente el caso”.

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