kuromaru_kun
Usuario (Argentina)
El anochecer se cernía sobre el cementerio con sus intensas tonalidades de grises, en la amenazadora monocromía de un cielo digno de representar toda la furia de los dioses. La silueta de los arboles sin hojas ofrecían a la mirada los ojos de aterradoras criaturas que cambiaban de forma ante el más mínimo aullido de un viento gélido. Los ecos de la bulliciosa ciudad habían desaparecido en la lluvia, que golpeaba inclemente las fosilizadas alas de los ángeles posados en la infinidad de mármoles, y profundizaba aun más las verdes lágrimas que el tiempo ya había tallado en sus piadosos ojos. El mismo helado diluvio que igualaba a todos los hombres, se clavaba como alfileres en los rostros de la pareja que yacía inmóvil frente la tumba recién cerrada. La tormenta desplegaba su sombría sinfonía sobre las tumbas, al tiempo que la silueta de la petrificada pareja quedo recortada contra un repentino relámpago cuyo potente grito se hizo sentir segundos después. El hombre miraba la lapida sin expresión en el rostro, sin leer apenas el epitafio que rezaba: “Ricardo Nievas. Amado hijo y hermano, Dios tenga el la gloria tu alma eterna”. La noche continuaba su despiadado avance mientras el viento retomaba su huracanada intensidad, trayendo oleada tras oleada de lluvia que castigaba los rostros de ángeles y santos de mármol que vigilaban la última morada de personas cuyas virtudes y pecados eran polvo hace mucho tiempo. -Creo que ese epitafio es muy adecuado- dijo el hombre con tristeza en la voz.-Si no fuera así, yo no estaría aquí parada. Y menos en este clima- contesto la joven, mirando con ternura al hombre mayor.El hombre levanto el rostro al cielo plomizo, pero su pesar era tan profundo que no sentía las heladas gotas en su frente ni el susurrante viento en las mejillas. En sus oídos todavía resonaban los llantos y lamentaciones del servicio religioso. Los rostros de los jóvenes era lo más difícil de aceptar.-Es verdad, me parece muy lleno de esperanza- susurro con los ojos entreabiertos.-Fue alguien lleno de vida y alegría, un hijo amoroso y compañero con sus hermanos. Es una pena que no viviera lo suficiente para tener su propia familia. Sus pequeñas miserias no vienen al caso.- Contesto la joven sin apartar los ojos de la tumba.- Después de todo, los dos estamos acá, ¿no?-Es raro que diga eso, señorita- contesto el hombre mirando con sus ojos celestes a la joven.- Tenía entendido que las miserias de la gente era algo que ustedes tomaban muy en serio.-Jajaja, eso es cierto. Pero tenemos permitido tomarnos pequeñas licencias.- contesto sonriendo la morocha.El sonoro chapoteo de unos pasos acercándose les hizo darse cuenta de que había dejado de llover. Cuando voltearon vieron acercarse a ellos a una jovencita, que no debía tener más de doce años. El vestido blanco y el lazo celeste contrastaban obscenamente contra la amalgamada negrura de la tormenta y la noche, pero los ojos de la pequeña parecían parte del aterrador cielo nocturno. El viento jugueteaba con los volados del delicado vestido y sus blancos zapatos estaban llenos de barro.-Yo no creo que eso este muy bien- replico la recién llegada- Son los pequeños pecados los que cuentan. Sobre todo porque la gente hace muchos esfuerzos para encubrir hasta el más pequeño de ellos con toda una vida virtuosa, aunque es un esfuerzo inútil porque los pecado son como manchas de chocolate. No salen con nada ¡jijiji!- sonrió apretando los dientes.-Esas son cosas de las que las niñas pequeñas no deberían hablar.- Le respondió la chica.- Y hablando de todo un poco, una nena chiquita como vos no tendría que andar por el cementerio a esta hora de la noche.-Yo no soy nena chiquita.- trono la chiquilla frunciendo el ceño, en un tono que no admitía discusión.- Además, vine porque estoy buscando algo.El hombre permanecía en silencio, sin comprender demasiado la escena, pero sabiendo que todo eso era posible. Después de todo hace mucho tiempo un chico de nos mas de nueve años lo había asaltado, a punta de pistola. Ese hecho lo había perturbado mucho tiempo, no por el robo, sino por el hecho de que un niño que tendría que estar en la escuela tenía un arma en la mano. -De cualquier manera, hace mucho frio y vos estas muy desabrigada.- tercio el hombre, mirando desde toda su altura a la curiosa joven.-No importa, a mi me gusta el frio. Pero hablemos de otras cosas.- la niña jugaba con la primer capa de volados de su vestido.- por ejemplo, dios perdona los pecados de la gente, ¿no?-Por supuesto, querida. Eso es indiscutible.- contesto el hombre, contrariado por el tema que había elegido la niña.-Pero si uno no está dispuesto a perdonarse por sus faltas del pasado.-dijo la pequeña, sin mirar a nadie pero sonriendo tristemente- ¿No se estaría negando a la misericordia de dios? Yo creo que eso es pecado, ¿no señorita? -No, porque la voluntad de dios es omnipotente. Nadie puede negarse a su misericordia.- contesto lacónicamente la muchacha mayor, sin apartarse el lacio cabello oscuro de la cara.-¿Entonces Dios puede interrumpir el libre albedrio a su conveniencia?- replico con sorna la niña.- ¿Nos quita el derecho que nos dio al crearnos?La mujer volvió a mirar la tumba, mientras el denso aire cargado de humedad permanecía inmóvil.-No es prerrogativa nuestra definir los límites de la misericordia de Dios.- dijo con los ojos clavados en tierra recientemente removida.- Si dios considera justo perdonarnos solo nos queda abandonarnos a su juicio.-Aun así, el ser humano debe arrepentirse de sus pecados para poder recibir el perdón.- dijo el hombre escrutando las polimorfas nubes.- pero debe ser un arrepentimiento sincero. La compunción debe nacer en la aceptación y el entendimiento de la falta cometida. La atrición no satisface al corazón del señor.Sin decir una palabra más bajo la vista para mirar con sus inmensos ojos a la jovencita, y sintió un inmenso dolor en el pecho que lo dejo sin aliento. Había terminado de comprender a donde llevarían las palabras que acababa de pronunciar. De pronto su visión se lleno de una lluvia torrencial no muy distinta a la de unos minutos antes, y en sus ojos resonaron recuerdos con la nitidez de una fotografía, las luces de la calle pasando velozmente, el semáforo cambiando, la cara de una muchacha incrustada en el parabrisas. La voz de la pequeña lo trajo de nuevo a la fría realidad del cementerio.- Exactamente.- concordó la lozana jovencita, a punto de llorar- hay algunas cosas que simplemente no se pueden olvidar.-¿Por qué estás hablando de estas cosas?- pregunto el hombre alzando la voz, sin ocultar su fastidio.- no sé porque, una hermosa nena como vos ocupa su mente en cosas de adultos.-Es que tuve una educación muy estricta, señor. Aparte los pecados son cosa seria, ¿no lo cree?- contesto la pequeña en el mismo incuestionable tono.El viento se detuvo por completo y el aire se volvió aún más denso. La lluvia cesó pero la tormenta aun se alzaba en la noche, azotando el cielo con múltiples relámpagos cuyos truenos nunca llegaban.-Si lo creo, pero también creo que nuestra voluntad es inferior a la voluntad de Dios. Por más que no seamos capaces de no perdonarnos a nosotros mismos, Dios puede perdonarnos igual, y no porque no tome en cuenta nuestra voluntad. Muchas veces nuestra carga es muy pesada y nuestra capacidad de perdón es limitada. En realidad, no me interesa si Dios puede perdonar o no, pero si puede enseñarnos el camino para perdonarnos a nosotros mismos entonces eso es suficiente como para tener fe en sus decisiones.- Dijo el hombre. Su voz había perdido todo rastro de humanidad y solo reflejaba un profundo dolor.-Es lo que yo decía.- Dijo la muchacha mayor con una amplia sonrisa en el rostro- Dios puede ignorar nuestras decisiones si considera que el bien para nosotros es mayor.En ese momento la tormenta volvió a tomar posesión del mundo. Los relámpagos arañaron las oscuras y profundas nubes y los truenos resonaron en cada piedra del cementerio. -No.- dijo la niña levantando la cara, mostrando unos oscuros ojos vacios de los que caían negras lágrimas que dejaban manchas de petróleo en el níveo vestido. Su voz parecía venir de un profundo pozo y su rostro había adquirido la palidez de la misma muerte- Dios no tiene derecho a pasar por alto nuestros sentimientos.El viento aullaba mientras soplaba a decenas de kilómetros por hora y la lluvia se desplomaba sobre la tierra como millones de clavos de hielo lanzados por la mano de Dios. La oscuridad cubrió el cementerio y la noche se apodero de todo, las sagradas imágenes que resguardaban las almas de los muertos volvieron sus rostros hacia el trío que permanecía inerte en medio esa manifestación de la ira divina. Esta vez las lágrimas en sus ojos provenían de la piedra, no de la lluvia.La mujer miraba con una sonrisa a la muchacha. La sonrisa empezó a ensancharse hasta superar los límites del rostro humano. La abertura de abrió hasta el saliente de los pómulos, dejando al descubierto dos filas de dientes húmedos y afilados. Los ojos se llenaron de sangre, que comenzó a caer de estos para mezclarse con la saliva que caía de aquella boca imposible. Sus brazos y piernas parecían haberse desarticulado y su cuerpo empezó a volverse negro y quitinoso. Una aberrante protuberancia comenzó a asomar de su espalda-Exacto- trono la otrora hermosa morena, con una voz que no era de este mundo.- el humano que no puede perdonarse a sí mismo no merece el reino de dios, porque tarde o temprano cae en la blasfemia.El suelo empezó a resquebrajarse, mostrando el infernal resplandor del magma y llenando el cementerio de un sulfuroso viento. La criatura tomo por el cuello a la petrificada joven. -Empezó a llover de nuevo-comento el hombre distraídamente- es mejor que vuelva a casa. Sin mirar a la ninguna de las dos mujeres subió el cuello de su gabardina y se alejo de la tumba en silencio, siguiendo el empedrado que se internaba en la oscuridad.Desde lo lejos, el hombre miraba impasible la escena. Vio como la criatura que había sido su interlocutora de dedicaba a desmembrar a la pequeña, para luego enterrarse en la tierra con rumbo bien definido, mientras sus alaridos de regocijo de mezclaban con los alaridos de terror de la pobre joven. De nuevo la memoria lo tomo por sorpresa. Recordó el accidente, el auto yendo a toda velocidad mientras las luces de las calles pasaban como ascuas borroneadas en la intensa lluvia. Los pequeños hermanos peleaban en el asiento trasero y su madre los retaba con un enojo desmentido por una sonrisa. Rememoro el estruendoso impacto de la muchacha contra en coche y vio su rostro nítidamente destrozado contra el parabrisas. En menos de un segundo el auto pareció tomar aun más velocidad antes de estrellarse contra el poste de luz con su alta base de concreto. Recordó la exacta milésima de segundo en que desplego sus alas para guardar a su protegida, al mismo tiempo que veía como la madre de la niña se rompía el cuello contra el volante y su hermano salía despedido a través de vidrio delantero. El dolor y la pena eran demasiado grandes y amenazaban con destrozar su pecho. Supo en ese momento que si la hubiera dejado morir ella no habría sufrido tanto como para caer en esa profunda e infame depresión que la llevo al suicidio. El sabía que su padre habría perdonado a la pequeña, si tan solo hubiera aceptado que la muerte de su hermano Ricardo y su madre fue un estúpido accidente.