kapanguero22
Usuario (Argentina)
eduardo sacheri - hijos nuestros Creo que todos los futboleros nos hemos preguntado, más de una vez, por el origen y el tamaño del cariño que le tenemos al equipo del que somos hinchas. Por qué semejante profundidad. Por qué semejante constancia. ¿Cómo se puede querer así a un equipo de fútbol? ¿Qué resortes, qué recovecos del alma se ponen en juego como para que uno pueda sufrir así, gozar así, emocionarse de ese modo por una simple camiseta? ¿Existe algún otro terreno de nuestras vidas en el que amemos con semejante lealtad, con una constancia comparable? Muchas veces he escuchado a mis amigos, a mis conocidos, o a ilustres desconocidos, comparar el amor por el equipo con el amor que se puede sentir por una mujer. Y en la comparación, casi siempre el amor por una mujer sale perdiendo. No tiene la misma constancia, ni el mismo desinterés, ni la misma entrega, ni la misma disposición al sacrificio. Mil veces he escuchado el comentario: “Yo cambié no sé cuántas veces de mujer. Pero de equipo, jamás en la vida”. Si el amor por nuestro equipo no se puede comparar por el que le profesamos a una mujer… ¿Vale en cambio compararlo con el que sentimos por un padre, o una madre? Creo que tampoco es el caso. El amor de nuestros viejos es algo con lo que contamos. Los más afortunados de nosotros, claro. No es un amor que cultivemos. No es un amor que nos exija sacrificios. Es un amor que damos por sentado, y en el que nos instalamos para ser mimados, queridos, abrigados, nutridos. Y el amor por nuestro equipo no es de esa naturaleza. Nada que ver. Nuestro amor futbolero es puro sacrificio, de hecho. No sé cómo viven esto los hinchas de equipos que ganan siempre o casi siempre. No sé cómo lo vive un hincha del Real Madrid, o del Barcelona. Pero para la mayoría de los mortales, el amor al club nos reporta muchísimos sinsabores, derrotas, frustraciones, vanas esperanzas, brutales desilusiones. Alegrías también, triunfos inolvidables. Pero… ¿cuántos de unos y cuántos de los otros? Apelo a la sinceridad de los lectores. ¿Cuántos garrones nos hemos tenido que comer por nuestros equipos? ¿Cuántas veces hemos tenido que poner el pecho a las malas? O yo tengo una tarde especialmente pesimista mientras escribo esta columna, o tiendo a pensar que han sido muchas veces. Demasiadas veces. Y sin embargo, aquí estoy. Aquí estamos. Dispuestos siempre a seguir queriendo. Por eso, por esa constancia inmune a las derrotas, se me ocurre que el amor que sentimos por nuestro equipo se parece al que sentimos por nuestros hijos. Los que tenemos la suerte de tenerlos, claro. Los que tenemos la suerte de adorarlos, por supuesto. Con nuestras mujeres, el amor puede permanecer o evaporarse. El de nuestros padres, lo damos por descontado. Pero el que les damos a nuestros hijos es un amor hecho de esfuerzo y de sacrificio, de desvelo y de perseverancia. En la soledad de nuestros insomnios, nos preocupamos por nuestros hijos desde que se revuelven en la cuna hasta que tienen veinte años y fantaseamos con escuchar, en el silencio de la madrugada, el ruido de sus llaves en la cerradura como señal de que vuelven sanos y salvos. O hasta que tienen cuarenta, y nos inquieta escucharlos toser en el teléfono. Son nuestros hijos para siempre. Desde que los vimos por primera vez hasta que los veamos por última. Podemos pensar, tenemos derecho a pensar –ejercemos ese derecho- que nuestros hijos tienen defectos. Cosas que no nos gustan. Aspectos que deberían pulir. Características que nos revuelven las tripas y nos dan ganas de reclamarles levantando el dedito admonitorio. Pero nosotros. Nadie más. Quiero decir: nosotros como padres nos sentimos en el derecho de hacer la nómina brutal de todos los defectos de nuestros hijos. Pero ¡guai de aquel mortal que se atreva a señalar algo malo en nuestras criaturas! Nuestra ira se desatará sobre la humanidad de esos ingratos que se atrevan a criticar a nuestros niños, sobre el polvo de sus huesos y sobre la memoria de sus descendientes. Uno puede pensar que tiene una hija dientuda o un hijo vago, una hija impuntual o un hijo lerdo. Pero si alguien se atreve a confirmárnoslo… ¡sáquenme a ese blasfemo de acá, sáquenmelo de acá o me como sus vísceras! Y con nuestro equipo del alma… ¿acaso somos distintos? Uno puede ver jugar al equipo de sus amores y concluir que lo mejor que puede pasar con esos jugadores es que los vendan pronto a algún equipo de Siberia o de Marte. O que se retiren en masa. Que no tienen ni idea de cómo jugar al fútbol. O que el técnico haría bien en colgar los botines (o el pizarrón) y dedicarse a enseñar origami en un club de jubilados del conurbano. O que los dirigentes son una manga de ladrones y de corruptos que tendrían que estar en la cárcel. Pero cuidado: esas son cosas que puede pensar UNO MISMO. Que nadie que sea hincha de otro cuadro se atreva a decir cosas parecidas. Porque uno, de su cuadro (como de sus hijos), tiene el derecho a decir y pensar lo que quiera. Pero es un derecho intransferible. Como dice el viejo dicho de que “los trapitos sucios se lavan en casa”. Nada más cierto. Del mismo modo que uno, frente al capricho de un hijo que se arroja al piso en la vereda al grito de “quiero un helado”, pone cara de paciente contención y le dice a la criatura “te pido que te pongas de pie y dejes de hacer un escándalo”, aunque en el mismo momento esté pensando “qué ganas tengo de levantarte de un reverendo voleo en el trasero, mocoso caprichoso”. Del mismo modo, digo, si un extranjero (es decir, un hincha de otro cuadro) osa proferir algún concepto que denigre a nuestra institución, uno se convierte de inmediato en una estatua de hielo, o en una tormenta de fuego, según el temperamento de cada cual. Pero no vamos a dejar así las cosas. No vamos a consentir que se mancille así el nombre de nuestros colores. No vamos a permitir que se dude de la calidad de nuestros jugadores, ni de la integridad de nuestros dirigentes, ni de la capacidad de nuestro entrenador, ni de la belleza de nuestro estadio. En casita, en nuestro interior, bien podemos considerar, como dije antes, que nuestros jugadores son horribles, nuestro entrenador inepto, nuestros dirigentes ladrones, y nuestro estadio un rancho miserable. Pero sólo en casita, señores míos. Sólo puertas para adentro. Sólo en el seno de la familia. Y ni siquiera en la familia, ahora que lo pienso un poco. ¿Cuántas veces uno ve, en la tribuna, cómo se arma una trifulca entre hinchas del mismo cuadro, porque alguno no se aguanta los insultos del vecino de platea? Y no importa que el ofendido se haya pasado la última media hora diciendo cosas parecidas a las que ahora lo encolerizan, dichas por su vecino. No importa. Lo único que importa es que “nadie-más-que-yo” tiene derecho a decirles a estos imbéciles pataduras que lo son. Del mismo modo que es el único que puede decirle a su hijo que no se coma los mocos, o a su hija que si sigue usando esas polleritas todo el mundo va a considerarla una casquivana. Es por eso, entre otras cosas, que jamás inicio una burla fubolera. Yo sé que, para muchos de nosotros, cargar a los hinchas de otros equipos es parte del “folclore”. Pero no para mí. Yo sé lo que se sufre cuando te critican a tu cuadro. Porque sé lo que se siente cuando alguien se queja de tus hijos. La ciega determinación de defenderlos, más allá de razones y argumentos. Defenderlos a partir de un amor inclaudicable, que te viene desde lo más profundo. Un amor del cual no das razones, porque en el fondo tampoco te pedís razones a vos mismo para sentir de ese modo. Con tus hijos y con ese otro hijo que es tu equipo de fútbol. No sé si está bien o está mal. Pero así es como funciona.
eduardo sacheri De chilena Ayer a Anita se la llevaron un rato largo a firmar un montón de papeles. Al volver, ella dijo que no había entendido muy bien, porque eran muchos formularios distintos, con letra chica y apretada. Supongo que me habrá mirado varias veces, buscando un gesto que le calmara las angustias. Pero yo estaba de un ánimo tan sombrío, tan espantado por el olor a catástrofe en ciernes, que evité con cierto éxito el cruce inquisitivo de sus ojos. Los doctores dicen que, prácticamente, no hay manera casi de que salgas de ésta. Y lo dicen muy serios, muy calmos, muy convencidos. Con la parsimonia y la lejanía de quienes están habituados a transmitir pésimas noticias. El más claro, el más sincero, como siempre, fue Rivas, cuando salió a la tarde tempranito de revisarte. Cerró la puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo a Anita que lo acompañara a la sala del fondo y la tomó del brazo con ese aire grave, casi de pésame anticipado. Yo me levanté de un brinco y me fui con ellos, pobre Anita, para que no estuviera sola al escuchar lo que el otro iba a decirle. Rivas estuvo bien, justo es decirlo. Nos hizo sentar, nos sirvió té, nos explicó sin prisa, y hasta nos hizo un dibujito en un recetario. Anita lo toleró como si estuviera forjada en hierro. Y te digo la verdad, si yo no me quebré fue por ella. Yo pensaba ¿cómo me voy a poner a llorar si esta piba se lo está bancando a pie firme? Cuando Rivas terminó, supongo que algo intimidado ante la propia desolación que había desnudado, Anita, muy seria y casi tranquila (aunque me tenía aferrado el brazo con una mano que parecía una garra, de tan apretada), le pidió que le especificara bien cuáles eran las posibilidades. El médico, que garabateaba el dibujo que había estado haciendo, y que había hablado mirando el escritorio, levantó la cabeza y la miró bien fijo, a través de sus lentes chiquitos. «Es casi imposible». Así nomás se lo dijo. Sin atenuantes y sin preámbulos. Anita le dio las gracias, le estrechó la mano y salió casi corriendo. Ahora quería estar sola, encerrarse en el baño de mujeres a llorar un rato a gritos, pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren de carga. Me dolía todo el cuerpo, y tenía un nudo bestial en la garganta. Pero como Anita se había portado tan bien, me sentí obligado a guardar compostura. Le di las gracias por las explicaciones, y también por no habernos mentido inútilmente. Ahí él se aflojó un poco. Hizo una mueca parecida a una sonrisa y me dijo que lo sentía mucho, que iba a hacer todo lo posible, que él mismo iba a conducir la operación, pero que para ser sincero la veía muy fulera. A la tarde la familia en pleno ganó tu habitación v desplegó un aquelarre lastimoso. Todos daban vueltas por la pieza, casi negándose a irse, como si quedándose pudieran torcer al destino y enderezarte la suerte. Vos seguías en tu sopor distante, en esa modorra quieta que te había ido ganando con el transcurso de los días. Ni siquiera comer querías. Dormías casi todo el día. Con Anita apenas cruzabas dos palabras. Y a mí te me quedabas mirando fijo, como sabiendo, como esperando que yo me aflojara y terminara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que a vos te conté nomás por arriba para que no te asustases. Cuando me clavabas los ojos yo miraba para otro lado, o salía disparado con la excusa de irme a fumar al baño del corredor. Y encima ese cónclave familiar que armamos sin proponérnoslo, pero que tampoco fuimos capaces de ahorrarte. Ayer estaban todos: papá, Mirta, José, el Cholo, y hasta la madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a los chicos para que te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los atajé a tiempo saliendo del ascensor y los despaché de vuelta. Venían con cara de pánico, como queriendo rajar en seguida. Así que les di las gracias por pasar y les evité el mal trago. Después llegó la hora macabra del atardecer. No hay peor hora en un hospital que ésa. La luz mortecina estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida de hospicio colándose bajo las puertas. Los tacos de las mujeres alejándose por el corredor. La ciudad calmándose de a poco, ladrando más bajo, con menos estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera la estúpida compañía de su bullicio. Para entonces, la pieza era un velorio. Faltaba sólo la luz de un par de cirios, y el olor marchito de las flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros culposos, miradas compasivas hacia tu lecho. Justo ahí fue cuando abriste los ojos. Yo pensé que era una desgracia. Anita trataba de convencerlo a papá de que se volviera a Quilmes, y él porfiaba que de ninguna manera. Mirta hojeaba una revista con cara de boba. José te miraba con expresión de «que en paz descanses». Era cosa de que si hasta ese momento no te habías dado cuenta, de ahora en adelante no te quedase la menor duda de lo que estaba pasando. Y vos miraste para todos lados, levantando la cabeza y tensando para eso los músculos del cuello. Se ve que te costaba, pero te demoraste un buen rato en vernos a todos, y al final me miraste a mí y yo no sabía qué hacer con todo eso. Yo temía que me dijeras vení para acá y contámelo todo, pero en cambio me dijiste dame una mano para levantar un poco el respaldo. Y mientras yo le daba a la manija a los pies de la cama de hierro, vos le ordenaste a Mirta que encendiera la luz, que no se veía un pepino. Con la luz prendida todos se quedaron quietos, como descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como incómodos en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente. Y para colmo, como para ponerlos aún más en evidencia, como para que nadie se confundiera antes de tiempo, empezaste a dar órdenes casi gritando,estirando el brazo con el suero que bailaba con cada uno de tus ademanes, que vos papá te vas a casa, que vos José te la llevás a Mirta que para leer revistas bastante tiene en su propio living, que ya mismo alguien se ocupa de darle de cenar a Anita o se va a caer redonda en cualquier momento, y que se dejan de joder y me vacían la pieza. Tu voz tronó con tal autoridad que, en una fila sumisa y monocorde, fueron saliendo todos. Y cuando yo me disponía a seguirlos sin mirar atrás, me frenaste en seco con un «vos te quedás acá y cerrás la puerta». Como un chico que trata de pensar rápido una disculpa verosímil, gané el tiempo que pude moviendo el picaporte con cuidado, corriendo las cortinas para acabar de una vez por todas con la luz moribunda de las siete, pateando y volviendo a su lugar la chata guarecida bajo la cama. Pero al final no tuve más remedio que sentarme al lado tuyo, y encontrarme con tus ojos preguntándome. Te lo conté todo. Primero traté de ser suave. Pero después supongo que me fui aflojando, como si necesitara hablar con alguien sin eufemismos tontos, sin buscar y rebuscar atenuantes tranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos creíbles de sanaciones milagrosas. Te relaté cada uno de los diagnósticos sucesivos, el inútil anecdotario del periplo de locos de los últimos dos meses, el puntilloso pésame velado de los especialistas.Vos te tomaste tu tiempo. Llorabas mientras yo seguía el monótono detalle de nuestra pesadilla. Llorabas con lágrimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres. Después, cuando por fin me callé, cerraste los ojos y estuviste un largo rato respirando muy hondo. Yo empecé a levantarme de a Poquito, casi sin ruido, como para dejarte descansar, queriendo convencerme de que te habías dormido. Y ahí pasó. Te incorporaste en la cama con tal violencia que casi me tumbás de nuevo á la silla del susto. Me agarraste casi por el cuello, haciendo un guiñapo con mi camisa y mi corbata, y miraste al fondo de mis ojos, corno buscando que lo que ibas á decirme me quedara absolutamente claro. Tu cara se había transformado. Era una máscara iracunda, orgullosa, llena de broncas y rencores. Y tan viva que daba miedo. Ya no quedaban en tu piel rastros de las lágrimas. Sólo tenías lugar para la furia. En ese momento me acordé. Te juro que hacía veinte años por lo menos que aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece mentirá cómo uno, á veces, no se olvida de las cosas que se olvida. Porque cuándo me miraste así, y me agarraste la ropa y me la estrujaste y me sacudiste, el dique del tiempo se me hizo trizas, y el recuerdo de esa tarde de leyenda me ahogó de repente. Ahora, en el hospital, no dijiste nada. Como si fuesen suficientes las chispas que salían de tus ojos, y el rojo furioso de tu expresión crispada. Aquella vez, la primera, cuando me agarraste, también era casi de noche. Y también yo estaba cagado de miedo. Me habías mirado fijo y me habías gritado: «Todavía no perdimos, entendés. Vos atajálo y dejáme á mí». Jugábamos de visitantes, contra el Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con el Estudiantil era uno de esos nudos de la historia que, para cuándo uno nace, ya están anudados. Lo único que le cabe al recién venido al mundo, si nació en el barrio, es tomar partido. Con el Estudiantil o con el Belgrano. Sin medias tintas. Sin chance alguna de escapar á la disyuntiva. De ahí para adelante, el destino está sellado. La línea divisoria no puede ser traspuesta. Ambos clubes jugaban en la misma Liga, y los dos cruces que se producían cada año solían tener derivaciones tumultuosas. Para colmo, ese año era más especial que nunca. Nosotros, en un derrotero inusitado para nuestras campañas ordinarias, estábamos á un punto del campeonato. Quiso el destino que nos tocara el Estudiantil en la última fecha. Con cualquier otro equipo la cosa hubiese sido sencilla. Nos bastaba un simple empate, y ningún osado delantero contrario iba á estar dispuesto á amargarnos la fiesta a cambio de una fractura inopinada, y menos con el verano por delante y el calor que dan los yesos desde el tobillo hasta la ingle. Pero con el Estudiantil la cosa era distinta. Entre argentinos hay una sola cosa más dulce que el placer propio: la desgracia ajena. Dispuestos á cumplir con ese anhelo folklórico, ellos se habían preparado para el partido con un fervor sorprendente, que nada tenía que ver con el magro décimo puesto en la tabla con el que despedían la temporada. Lo malo era que lo nuestro, en el Belgrano, era por cierto limitado: dos wines rápidos, un mediocampo ponedor, y dos backs instintivamente sanguinarios, capaces de partir por la mitad hasta á su propia madre, en el caso de que ella tuviera la mala idea de encarar para el área con pelota dominada. Para colmo, de árbitro lo mandaron al negro Pérez, un cabo de la Federal que partía de la base de que todos éramos delincuentes salvo demostración irrefutable de lo contrario. Un árbitro tan mal predispuesto á dejar pasar una pierna fuerte era lo peor que podía sucedernos. Igual nos juramentamos vencer o vencer. También nosotros éramos argentinos: y darles la vuelta olímpica en las narices, y en cancha de ellos, iba a ser por completo inolvidable. El partido salió caldeado. Nos quedamos sin uno de los backs a los quince del primer tiempo, y si tengo que ser sincero, Pérez estuvo blando. A los diez minutos el tipo ya había hecho méritos suficientes como para ir preso. Pero su sacrificio no fue en vano: a los delanteros de ellos les habrán dolido esos quince minutos, porque después entraron poco, y prefirieron probar desde lejos. Las gradas eran un polvorín, y había como doscientos voluntarios listos para encender la mecha. La cancha tenía una sola tribuna, en uno de los laterales, que estaba copada por la gente de ellos. Los nuestros se apiñaban en el resto del perímetro, bien pegados al alambrado. Encima el gordo Nápoli, que tenía al pibe jugando de ocho en nuestro cuadro, les sacaba fotos a los del Estudiantil y, aprovechando los pozos de silencio, para que lo oyeran con claridad, les gritaba las gracias porque las fotos le servían para el insectario que estaba armando. El partido fue pasando como si los segundos fueran de plomo. Yo me daba vuelta cada medio minuto y preguntaba cuánto faltaba. Don Alberto estaba pegado al alambre, y me gritaba que me dejara de joder y mirara el partido o me iba a comer un gol pavote. Pero yo no preguntaba por idiota. Preguntaba porque sentía algo raro en el aire, como si algo malo estuviese por pasar y yo no supiera cómo cuernos evitarlo. Cuando terminaba el primer tiempo, mis dudas se disiparon abruptamente: el nueve de ellos me la colgó en un ángulo desde afuera del área. Sacamos del medio y Pérez nos mandó al vestuario. La hinchada del Estudiantil era una fiesta, y yo tenía unas ganas de llorar que me moría. Ahora me acuerdo como si fuera hoy. Vos jugabas de cinco, y eras de lo mejorcito que teníamos. Pero en todo el primer tiempo la habías visto pasar como si fueras imbécil. Las pocas pelotas que habías conseguido, o te habían rebotado o se las habías dado a los contrarios. Chiche no lo podía creer, y te gritaba como loco para hacerte reaccionar. Trataba de que te calentaras con él, aunque fuera, como cuando jugábamos en la calle. Pero vos seguías ahí, mirando para todos lados con cara de estúpido. Siempre parado en el lugar equivocado, tirando pases espantosos, cortando el juego con fules innecesarios. En el entretiempo el gordo Nápoli guardó la cámara y nos improvisó una charla técnica de emergencia. La verdad es que habló bastante bien. Con su tradicional estilo ampuloso, y sin demorarse en falsas ternuras, nos recordó lo que ya sabíamos: si perdíamos el partido, y Estudiantil nos sonaba el campeonato, que ni aportáramos por el barrio porque seríamos repudiados con justa razón por las fuerzas vivas de nuestra comunidad belgraniana. Vos seguías ahí, sentado en un banco de listones grises, con las piernas estiradas y la cabeza baja. Cuando nos llamaron para el segundo tiempo, tuve que ir a buscarte porque ni aún entonces te incorporaste. No sé si fue el miedo o una inspiración mística y repentina, pero de pronto me vi casi llorándote y pidiéndote que me dieras una mano, que no arrugaras, que te necesitaba porque si no íbamos al muere. Se ve que te impresioné con tanta charla y tanto brote emotivo (yo que siempre fui tan tímido), porque después te levantaste y me dijiste solamente vamos, pero tu tono ya era el tuyo. El segundo tiempo fue otra historia. Ese se me pasó volando. Parece mentira como corre la vida cuando vas perdiendo. Yo ya no preguntaba la hora. Don Alberto nos gritaba que le metiéramos pata, que faltaba poco. Y a vos se te había acomodado la croqueta. Todas las que te rebotaban en el primer tiempo, ahora las amansabas y las distribuías con criterio. En lugar de regalar pelotas ponías pases profundos, bien medidos. Pero no alcanzaba. Pegamos dos tiros en los palos, y el pibe de Nápoli se comió dos mano a mano con el arquero (que encima andaba inspirado). Y para colmo, a los treinta minutos a mí me empezó de nuevo la sensación de catástrofe inminente. No andaba mal encaminado. Jugados al empate como estábamos, nos agarraron mal parados de contraataque: se vinieron tres de ellos contra el back sobreviviente (Montanaro se llamaba) y yo. La trajo el nueve y cerca del área la abrió a la izquierda para el once. Montanaro se fue con él y lo atoró unos segundos, pero el otro logró sacar el centro que le cayó a los pies de nuevo al nueve, y yo no tuve más remedio que salir a achicarle. Parece mentira cómo a veces el hombre sucumbe a su propia pequeñez: si el tipo la toca a la derecha para el siete, es gol seguro. Pero la carne es débil: los gritos de la hinchada, el arco enorme de grande, el sueño de ser él quien nos enterrase definitivamente en el oprobio. Mejor amagar, quebrar la cintura, eludir al arquero, estar a punto de pasar a la inmortalidad con un gol definitivo, y recibir una patada asesina en el tobillo izquierdo que lo tumbó como un hachazo. Pérez cobró de inmediato. El petiso seguía aullando de dolor en el piso, pobre. Pero no me echaron. Tal vez fuese el propio ambiente el que me puso a salvo. En efecto, se respiraba una ominosa atmósfera de asunto concluido. Ellos se abrazaban por adelantado. Su hinchada enfervorizada se regodeaba en el sueño hecho realidad. El gordo Nápoli lloraba aferrado a los alambres. Don Alberto insultaba entre dientes. La verdad es que en ese momento, si me hubiesen ofrecido irme, hubiese agarrado viaje. Intuía ya el grito feroz que iban a proferir cuando convirtieran el penal. Ya me veía tirado en el piso, con esos mugrientos saltando y abrazándose alrededor mío, pateando una vez y otra la pelota contra la red. Me volví a buscar la cara de Don Alberto en medio de los rostros entristecidos. «Faltan tres», me dijo cuando nuestros ojos por fin se encontraron. Y era como una sentencia inquebrantable. Ahí bajé definitivamente los brazos. Un dos a cero es definitivo cuando faltan tres minutos y uno es visitante. De local vaya y pase, aunque tampoco. ¿Cómo dar vuelta semejante cosa? Me fui a parar a la línea como quien se dirige al cadalso. Lo único que quería ahora era que pasara pronto. Sacarme de una vez por todas a esos energúmenos borrachos en la arrogancia de la victoria. Y entonces caíste vos. Nunca supe qué habías estado haciendo todo ese tiempo. O tal vez fueron sólo segundos, que a mí me parecieron siglos. Pero lo cier to es que cuando levanté la cabeza te tenía adelante. Me agarraste el cuello del buzo y me lo retorciste. Me zarandeaste de lo lindo, mientras me gritabas: «¡Reaccioná, carajo, reaccioná!». Tu cara metía miedo. Era una mezcla explosiva de bronca y de rencor y de determinación y de certeza. La misma que pusiste ayer en la cama, y que me hizo acordar de todo esto. Me miraste al fondo de los ojos, como para que no me distrajera en el batifondo de los gritos y los cohetes y los consejos de tiráte para acá, arquero, tiráte para el otro lado, pibe. Cuando te aseguraste de que te estaba mirando y escuchando, y teniéndome bien agarrado del cuello me dijiste: «Atajálo, Manuel. Atajálo por lo que más quieras. Si vos lo atajás yo te juro que lo empato. Prometéme que lo atajás, hermanito. Yo te juro que lo empato». Me encontré diciéndote que sí, que te quedaras tranquilo. Y no por llevarte la corriente, nada de eso. Era como si tu voz hubiese llevado algo adherido, como un perfume a cosa verdadera que apaciguaba al destino y era capaz de enderezarlo. De ahí en más ya fui yo mismo. Cumplí todos los ritos que debe cumplir un arquero en esos casos límite. Iba a patearlo Genaro, el dos de ellos, un tano bruto y macizo que sacaba unos chumbazos impresionantes. Me acerqué a acomodarle la pelota, arguyendo que estaba adelantada. La giré un par de veces y la deposité con gesto casi delicado, en el mismo lugar de donde la había levantado. Pero a Genaro le dejé la inquietante sensación de habérsela engualichado o algo por el estilo. Volvió a adelantarse y a acomodarla a su antojo. De nuevo dejé mi lugar en la línea del arco y repetí el procedimiento. Pero esta vez, y asegurándome de estar de espaldas al árbitro, lo enriquecí con un escupitajo bien cargado, que deposité veloz sobre uno de los gajos negros del balón. Genaro, francamente ofuscado, volvió hasta la pelota, la restregó contra el pasto, y me denunció reiteradas veces al juez Pérez. Sabiéndome al límite de la tolerancia, e intuyendo que el tipo ya iba incubando ganas de asesinarme, volví a acercarme con ademanes grandilocuentes. Invoqué a viva voz mis derechos cercenados, y mientras le tocaba de nuevo la pelota le dije a Genaro, lo suficientemente bajo como para que sólo él me escuchara, que después de errar el penal mi hermano iba a empatarle el partido, que se iba a tener que mudar a La Quiaca de la vergüenza, pero que en agradecimiento yo le prometía que iba a dejar de afilar con su novia. Genaro optó por putearme a los alaridos, como era esperable de cualquier varón honesto y bien nacido. Pérez lo reprendió severamente, y a mí me mandó a la línea del arco con un gesto que va no admitía dilaciones.En ese momento empezó a rodar el milagro. Me jugué apenas a la izquierda, pero me quedé bien erguido: Genaro le pegaba muy fuerte pero sin inclinar se, y la pelota solía salir más bien alta. Le dio con furia, con ganas de aplastarme, de humillarme hasta el fondo de mi alma irredenta. Tuve un instante de pánico cuando sentí la pelota en la punta de mis guantes: era tal la violencia que traía que no iba a poder evitar que me venciera las manos. De hecho así fue, pero había conseguido cambiarle la trayectoria: después de torcerme las muñecas la pelota se estrelló en el travesaño y picó hacia afuera, a unos veinte centímetros de la línea. Me incorporé justo a tiempo para atraparla, y para que los noventa y cinco kilos de Genaro me aplastaran los huesos, la cabeza, las articulaciones. Pérez cobró el tiro libre y me gritó: «Juegue». No me detuve a escuchar los gritos de alegría de los nuestros. Me incorporé como pude y te busqué desesperado. Estabas en el medio campo, totalmente libre de marca: ellos volvían desconcertados, como no pudiendo creer que tuvieran todavía que aplazar el grito del triunfo. Te la tiré bastante mal por cierto; pero como andabas inspirado la dominaste con dos movimientos. Levantaste la cabeza y se la tiraste al pibe de Nápoli que corrió como una flecha por la izquierda. Sacó un centro hermoso, bien llovido al área, pero alguno de ellos consiguió revolearla al córner. Era la última. Pérez ya miraba de reojo su muñeca, con ganas de terminarlo. Fuimos todos a buscar el centro. Lo mío era un acto simbólico. Si me hubiese caído a mí hubiera sido incapaz de cabecear con puntería. Al arco me defendía, pero afuera era una tabla con patas. El centro lo tiró de nuevo Nápoli, pero esta vez le salió más pasado y más abierto, y bajó casi en el vértice del área. Vos estabas de espaldas al arco. El sol ya se había ido, y no se veía bien ni la cancha ni la pelota. Mientras estuvo alta, donde el aire todavía era más claro, la vi pasar encima mío sin esperanza. Cuando te llegó a vos, supongo que debía ser poco más que una sombra sibilante. Parece mentira cómo todos estos años lo tuve olvidado, porque mientras avanzo en el recuerdo los detalles se me agolpan con una vigencia pasmosa. Por que fue justo ahí, mientras yo pensaba sonamos, pasó de largo, ahora la revienta alguno de ellos y Pérez lo termina, fue ahí que el milagro concluyó su ciclo legendario. La camiseta con el cinco en la espalda, las piernas volando acompasadas, la izquierda en alto, después la derecha, la chilena lanzada en el vacío, y la sombra blanquecina cambiando el rumbo, torciendo la historia para siempre, viajando y silbando en una parábola misteriosa, sobrevolando cabezas incrédulas, sorteando con lo justo el manotazo de un arquero horrorizado en la certidumbre de que la bola lo sobraba, de que caía para siempre contra una red vencida por el resto de la eternidad, de que era uno a uno y a cobrar. Y nada más en el recuerdo, porque ya con eso era demasiado, apenas un vestigio de energía para salir corriendo, para treparse al alambrado, para tirarse al piso a llorar de la alegría, para encontrarme con vos en un abrazo mudo y sollozante, para que el gordo Nápoli resucitara la cámara y las fotos para el insectario, y los gestos obscenos, y el grito multiplicado en cien gargantas, y el tumulto feliz en el mediocampo, y la vuelta olímpica lejos del lateral para librarnos de los gargajos. Ayer a la nochecita, con esa cara de loco y ese puño arrugándome la ropa, me hiciste retroceder veinte años, a cuando vos tenías quince y yo dieciséis, a tu fe ciega y al exacto punto de tu chilena legendaria, heroica, repentina, capaz de torcer los rumbos sellados del destino. Ni vos ni yo tuvimos, ayer, ganas de hablar de aquello. Pero yo sabía que vos sabías que arribos estábamos pensando en lo mismo, recordando lo mismo, confiando en lo mismo. Y nos pusimos a llorar abrazados como dos minas. Y moqueamos un buen rato, hasta que me empujaste y te dejaste caer en la cama, y me dijiste dejáme solo, andá con los demás que van a preocuparse. Y yo te hice caso, porque en la penumbra de la pieza te vi los ojos, llenos de bronca y de rencor, llenos de una furia ciega. Y me quedé tranquilo. La noche me la pasé en la capilla de la clínica, rezando y cabeceando de sueño pero sin darme por vencido. Recién cuando te llevaron al quirófano me fui hasta la cafetería a tomar un café con leche con medialunas. Me la llevé a Anita, que estaba hecha un trapo, pobrecita. Lógicamente no le dije nada de lo de anoche, porque pensé que con el batuque que debía tener ahora en el balero me iba a sacar rajando si empezaba a desempolvar historias antiguas. A los demás tampoco les dije nada. Los dejé que volvieran con su velorio portátil, esta vez improvisado en la sala de espera del quirófano, a dejar pasar las horas, a consolarla a Anita y a los chicos, a murmurar ensayos de resignación y de entereza. Ni siquiera dije nada cuando salió Rivas hecho una tromba, cuando la agarró a Anita del brazo y ella lo escuchó llorando pero maravillada, agradecida, in crédula, ni cuando él habló y gesticuló y dejó que se le desordenara el pelo engominado, ni cuando la voz entró a correr entre los presentes, ni cuando empezaron a oírse exclamaciones contenidas y risitas tímidas buscando otras risas cómplices para animarse a tronar en carcajadas y gritos de júbilo, ni cuando Anita me lo trajo a Rivas para que lo oyera de sus labios. Ahí tampoco dije nada, aunque lloré de lo lindo. Yo lloraba de emoción, es claro. Pero no de sorpresa. No con la sorpresa todavía descreída, todavía tensa ydesconfiada de José, de Mirta, de los chicos, de la propia Anita. Yo también, en su lugar, hubiese estado sorprendido. Para ellos este milagro es el primero. Al fin y al cabo, ellos no vivieron aquel partido de epopeya. Y no le dieron la vuelta olímpica al Estudiantil en cancha de ellos, con el gol tuyo de chilena.

Vito (el extravío de los amigos) Regresó Vito de España.Volver a vernos después de tantos años sin tener noticias uno de otro sin saber nada de nada de nuestros destinos nos convirtió en el instante mismo del reencuentro en dos seres anónimos a los que la reminiscencia de una vieja amistad, lenta pero progresivamente, nos iba descubriendo de nuevo, algo de nuestra vieja identidad. Vito se fue en el 77 cuando la cosa en el país hacía rato que ya no daba para más y todos los jóvenes de La Plata que detentabamos algún tipo de beligerancia hacía los cánones del establishment protoburgués estabamos esperando, ocultos en el rincón más oscuro de nuestras guaridas, que nos vengan a buscar, aferrados a la culata de una semiautomática, debo confesarlo, con más posibilidades de amasijarnos por miedo y hastío que de abrir fuego contra el represor. Con Vito nos conocimos en la casa del Boss Beilinson, una noche de de antología donde el fernet y el diletantismo en cuestión de arte habían trepado, a fuerza de potenciarse mutuamente, a lo más alto del delirio. Hablabamos, entre otras cosas, sobre la multifacética y extravagante persona del pintor Xul Solar. Vito nos contó una anécdota referida por Borges que si mal no recuerdo contaba el breve diálogo que sostuvieron una mañana durante una visita que el propio Borges realizó a Xul. Como anda Xul, que ha hecho esta mañana? A lo que Schulz Solari le respondió dejándolo patitieso a Borges. Entre otras cosas, he inventado doce nuevas religiones. Las citas que realizan los amigos tienen esa particularidad de quedar prendadas para siempre de su voz y de su rostro. Como si quienes la realizan igual que si fueran parte de sus propios y más íntimos pensamientos fueran sus verdaderos autores. Vito es un tipo de una sensibilidad rayana en lo extraordinario y dado como todos nosotros en esos tiempos a vivir todos tipos de experiencias no ordinarias. Atrás de esas facciones de rudo y hosco albañil o de empleado ferroviario, que aún posee, se esconde el núcleo perceptivo de un ser exquisito. Después de algunos rodeos, que no tenian que ver con la fuerza de sus convicciones sino con cuestiones meramente burocráticas y de inteligencia interna dentro del mismo grupo entró de lleno en Montoneros. Toda su enorme capacidad artística quedó al servicio de esta organización político militar, que pensaba y pretendía escalar a sangre y fuego las escalinatas de la Casa Rosada, deponer a los inútiles y alzarse con el poder total, para desde allí imponer la justicia social en todo el territorio nacional. Cosa que a mí desde el vamos, joven pero avezado pesimista, siempre bajo el halo del discurso yippie, hipster o beatnick, me parecían una locura imposible de llevar a cabo. Vito no solo pintaba muy bien, sino que escribía poesía, cuentos y realizaba sorprendentes guiones de cine que tenía pensado llevar a cabo con las maquinarias filmicas con las cuales se estaba pertrechando el Boss Beilinson. Creo que, en ese momento, le costó mucho decidir lo que llamaba su destino. Debía convertirse, casi de un día para otro, en un soldado de la revolución. Desde ahora y quizá para siempre tendría que aprender a matar, a ensuciarse las manos para poner en marcha las dinámicas perfectas que iban a cambiar el mundo, era el momento no cabía la menor duda en quienes pensaban como Vito, que la historia tenía previsto en el poderoso rodar de su obstinado acaecer, de comenzar a suspender los pinceles para tomar el fusil. A Vito ya no le alcanzaban o ya no creía en las prácticas situacionistas, que inspiradas por gente como los prankster, Jerry García y Ken Kensey había llevado durante algún tiempo a cabo en La Plata. Encender fuego en la fuente de la Plaza, ver cual era el modo de poder meter ácido lisérgico en las tuberías de agua corriente de la ciudad o realizar irrupciones poéticas en los centros neurálgicos de concurrencia masiva, creo que le parecían cosas demasiado inofensivas o inconducentes para subvertir el orden burgués. Ahora, como decian entre las filas del más conspicuo y joven ejercito peronista, solo fusiles y pelotas. Me pregunto cuantos como él y como yo habrán estado ante el mismo dilema, de índole más bien existencial que de naturaleza propiamente política, debatiéndonos en la inmensidad atronadora de una serie interminable de noches de insomnio. Jugando un ajedrez rabioso ante los propios fantasmas de la historia que estaban a su vez incidiendo de forma definitiva y transmutando el cauce de muchas vidas. La decisión de Vito no se hizo esperar demasiado fue contundente y altamente comprometida con las posturas de violencia más extrema que imperaban dentro del mando central, consignas encerradas en el círculo fantasma de la organización y que desde allí se volcaban con intensidad volcánica hacia sus bases. Tiempo después me enteré que a través de sus capacidades para la gestión bélica, cosa que no me sorprendió porque Vito era un verdadero capo en todo lo que se proponía como meta, como objetivo a realizar, primero llegó a ser oficial instructor de tiro de un grupo montonero de Ensenada y de allí pasó a ser parte del grupo más avanzado en ingeniería militar encargado de perfeccionar el nuevo armamento que la organización tenia pensado implementar para su accionar urbano. Yo podría decir que casi no ví a Vito en esa época. Apenas recuerdo verlo pasar por alguna esquina del centro con el rostro complejo de los que habitan el corazón del peligro. Tuvo la enorme fortuna de salvar su pellejo, tomarse un avión que lo llevó primero a Suiza donde se instalo muy precariamente para después vagar por toda Europa y Africa, no así su compañera desaparecida unos días antes de partir, sabe Vito ahora, en los infiernos del Pozo de Banfield. Con el barro fresco de la nueva democracia tratando de cimentar una nueva época en el país, en un retorno que no puede ser más que oscuro, melancólico y transido por un vendaval contante de dolores y angustias, Vito ha vuelto. Consiguió trabajo en el estudio de arquitectura de uno de sus primos y se ha vuelto a afincar en Buenos Aires. Esta tarde estuvimos en el patio de casa junto a sus dos pequeños hijos madrileños mirando el cielo como dos boludos a punto de alcanzar la felicidad y compartiendo algunos tragos. Todos los que vuelven del exilio, ya he tenido contacto con más de uno, tienen un rasgo particular que a mi modo de ver se concentra sobre todo en el espectro del cuerpo. Como si los ganara una corporeidad ausente dentro de un sachet huidizo igual que si todavía seguirían siendo expulsados de su tierra. Ni bien tocó el timbre y salí a atender le pregunté como carajo me había encontrado. Eduardito Beilinson me dio la dirección, me dijo sin sorpresa. Nos encontramos de casualidad en Madrid pocos días antes de venirme. Me lo encontré un viernes a la noche en un boliche nocturno de la Gran Vía tocando la guitarra para unos tipos que se hacía llamar Los Toreros Muertos. (Malísimos los tíos) , dijo entre risas, no se como Eduardito que si mal no recuerdo tocaba tan bien la viola, dió con esos esperpentos musicales y se sumó a una propuesta de gusto indescifrable. Me levanté de la mesa y me acerqué a un costado del pequeño escenario. Llamándole la atención con un chistido le pregunté si en verdad era el famoso Skay Beilinson. Seguimos toda la noche de caravana tomando un par de wiskyes en cada lugar donde parábamos. Me dijo que estaban muy contentos, tanto él como Poli con su aventura en España y que estaban pensando en comprarse una casa. Casi de mañana nos despedimos. Cuando Vito me preguntó en que andaba yo, si seguía con el tema de los dibujos y la pintura, enseguida me dí cuenta que ni Skay, ni Poli le hablaron para nada de los Redonditos. Sentí que todo se iba a la mismísima mierda. Sentí que sin Skay no hay Redonditos. No me animé, no quise preguntarle a Vito en algún momento de la noche si Skay o Poli habían dejado deslizar la posibilidad de volver pronto a la Argentina. Me sentía hundido. Vito se dio cuenta que una especie de rayo me había electrocutado el alma pero creo que no sabía bien porqué. Seguramente lo atribuyó a la nostalgia y melancolía que provoca la lejanía de los grandes amigos. Yo tampoco me detuve en explicarle, me pareció complicado y a decir verdad me sentía sin aliento para hablarle de la intimidad de Patricio Rey. Seguimos hablando como pude de cualquier otra cosa.
La mediática Leevon Kennedy, que se considera hija de Marilyn Monroe y John F. Kennedy, reveló que fue pareja del ex líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Carlos “Indio” Solari, durante un año y que la llevaba de vacaciones a Pinamar y Villa Gesell. “Fui pareja por un año de un famosísimo cantante argentino que me llevaba a Pinamar y Villa Gesell. Es el único que mete 30 mil personas en un estadio. Me encanta estar con indios” link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=ERNrxxwv2_w NO SOLO ESO SI NO QUE TAMBIEN LA ENANA NOELIA LE QUIERE DAR link: http://www.youtube.com/watch?v=uV7DGBd1rO0&feature=related