kachafaz001
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Una adolescente de quince años habla con su mamá y le dice que desde hace un par de meses no tiene el período menstrual. Preocupadísima, la mamá compra en la farmacia un test de embarazo y el resultado de la prueba es positivo. Gritos, imprecaciones, lamentos, lágrimas... que quién ha sido el cerdo... que quiero saberlo... que ahora se lo dices a tu padre, etc., etc. La niña, una vez a solas, toma el teléfono y hace una llamada. Media hora después se detiene ante la casa un Ferrari rojo, último modelo, del que sale un tipo maduro y distinguido, de pelo entrecano, vestido impecablemente con un elegante traje que se ve carísimo. Toma asiento en el living ante el padre, la madre y la hija y dice: "Buenos días, Macarena me ha informado del problema". Sin embargo, yo no puedo casarme con ella porque tengo otra situación familiar, aunque por supuesto me haré cargo del asunto. Si nace una niña, le puedo legar 3 tiendas, 2 departamentos, una casa en la playa y una cuenta de ahorros con US$ 500 mil. Si nace un niño, el legado será un par de fábricas, además de los US$ 500 mil. Y si nacen gemelos, una fábrica y US$ 250 mil para cada uno. En cambio, si pierde el embarazo........" En este punto, el padre, CORDOBÉS, que había permanecido callado todo el tiempo, se levanta, le apoya una mano en el hombro y le dice: "¡Te la culiai de nuevo!"

LA MASACRE DE TATA DIOS - 1 de enero de 1872 Contra gringos y masones Gerónimo de Solané autoproclamado salvador de la humanidad, desató una tragedia aún recordada en la zona de Tandil. Con su prédica mesiánica exacerbó el odio contra los inmigrantes. Al amanecer del primer día de 1872, treinta y seis personas fueron víctimas de su fanatismo. Era noche cerrada aún en la población serrana de Tandil, en aquel primero de enero de 1872; atrás habían quedado los festejos de año nuevo, cuando los cascos de una partida de caballos tronaron por las calles haciendo estremecer a los pocos habitantes que permanecían despiertos. Los sonidos del tropel presagiaban la tragedia. Un joven inmigrante italiano, quien arrastraba trabajosamente su carro de organillero, sería la primera víctima de una masacre que conmovería a la sociedad de su época y marcaría un hito en los anales criminales de la segunda mitad del siglo XIX en la Argentina. Una partida de gauchos envilecidos, que respondían al fanatismo mesiánico de un curandero de nombre Gerónimo Solané, apodado Tata Dios o Médico Dios, provocaría la muerte de 36 inmigrantes, la mayoría de ellos por degollamiento. Fue Ramón Rufo Gómez, conocido, respetado estanciero de la zona, quien convocó al curandero a Tandil a raíz de que su esposa padecía un persistente dolor de cabeza que la medicina no lograba curar. Solané en ese entonces andaba por la zona de Azul, donde había sufrido la cárcel por ejercer el curanderismo. Gómez le ofreció un alojamiento en su estancia. Ya instalado, estableció una especie de posta sanitaria en la cual solía atender a personas que acudían a consultarlo. Así se fue granjeando el respeto de los paisanos, quienes veían en él a un santón con cierta aura mágica. Tandil era una típica aldea de la época, que se fue poblando gracias al coraje y estoicismo de los criollos e inmigrantes. Una importante porción de sus habitantes eran extranjeros, principalmente de origen europeo. Desde que el brigadier Martín Rodríguez inaugurara el 4 de abril de 1823 el Fuerte de la Independencia, la vida transcurría sin grandes novedades, sólo alguna que otra escaramuza con los malones podía ensombrecer el ánimo de la población. Un clima enrarecido Con la llegada de Tata Dios algo cambió en un grupo de paisanos, que comenzaron a tener reuniones periódicas con el santón. El discurso mesiánico del hombre y su prédica contra los extranjeros creó un clima enrarecido. No sólo Solané y sus seguidores guardaban resentimiento en contra de los gringos, sino también ciertos estancieros y peones criollos. Los inmigrantes de la vieja Europa, a los que en un momento se había visto rudimentarios para el arado y la monta, pronto comenzaron a manifestar nuevas técnicas desconocidas en estas regiones: cruzaban las razas para mejorar el ganado vacuno y lanar y sus comercios se convertían en prósperos rápidamente, generando ganancias que fueron sembrando la envidia de muchos. Existía en la sociedad un germen subyacente que Tata Dios y su gente llevaron al paroxismo. En noviembre de 1871, los vecinos del lugar presentaron una queja ante el Juez de Paz, Juan Adolfo Figueroa, que a su vez era yerno del estanciero Gómez, protector de Tata Dios, a raíz de las multitudinarias reuniones en la estancia La Argentina, en las cuales corría el vino alrededor de los fogones. Cerca de 300 personas se juntaban en torno al santón, y los vecinos comenzaban a intuir que algo se tramaba. La noche del 31 de diciembre de ese mismo año, Jacinto Pérez, alias El Adivino, seguidor del curandero, llamó a una verdadera guerra santa en contra de los inmigrantes y los masones. Poco se sabía de Gerónimo de Solané, hombre de mirada intensa y larga barba blanca, quien solía vestir un poncho que le cubría el cuerpo. Oriundo de Entre Ríos, se había afincado en Santa Fe, presentándose ante los campesinos como un profeta, pero la gente de campo, recelosa, terminó expulsándolo del lugar. De allí recaló en Rosario en donde adquirió fama de hombre de milagros, pero también en esa ciudad habría tenido problemas con la policía y debió partir. Iba anunciando a quien quisiera oírlo: “Soy el salvador de la humanidad, el enviado de Dios”. Se desata la tragedia El 1 de enero de 1872, entre las 3.30 y las 4 de la madrugada, un grupo de doce hombres toma por asalto el juzgado robando solamente los sables de la guardia que dormía, ya que no había otras armas en el lugar. En el juzgado se hallaba solamente un preso, el indio Nicolás, que había pasado la festividad de aquel año nuevo en soledad. Era el único preso de todo el pueblo. Los gauchos lo liberaron. En la plaza esperaba otra nutrida cantidad de individuos armados, los que en medio de un griterío dan muerte a un italiano que arrastraba un organillo. Lanzas y cuchillos terminaron bien pronto con la vida del pobre Giovanni que quedó desangrándose. Y resultó la prueba más cercana y primera del vandálico episodio que, en diversos lugares y en distintos momentos, conformarían la mas espantosa tragedia vivida por la floreciente población. Luego cruzaron al galope los campos aledaños para matar a los extranjeros arguyendo que los gringos estaban provocando la infelicidad de los argentinos: había que terminar con ellos porque atacaban a la Patria y a la Iglesia. A veinte cuadras donde hoy esta la plaza Martín Rodríguez y que antes se denominó precisamente "Plaza de las Carretas" masacran a nueve vascos, que viajaban en dos tropas de carretas. A cinco leguas, la banda toma por asalto el almacén y la casa de Juan Chapar, de origen vasco, quien es asesinado junto a toda su familia y a los dependientes y pasajeros de origen extranjero que se encuentran en el lugar. Dieciocho muertos es el resultado final, entre los que se encuentran una niña de cinco años y un bebé de meses; todos son degollados. El raid delictivo continúa y, ante cada nuevo asesinato, surgen gritos tales como: “Viva la Patria”, “Viva la religión”, "Mueran los masones” y “Maten, siendo gringos y vascos”. Una partida de guardias al mando del comandante José Ciriaco Gómez, sale a buscarlos y les da alcance en las cercanías de un arroyo dando muerte a once de los conjurados, una docena de ellos son apresados y el resto se termina desbandando a campo traviesa. Tata Dios es detenido en su rancho y, engrillado, es conducido a la cárcel. Al llegar a la ciudad, la ira popular logra ser contenida pero nadie puede evitar la patada en las asentaderas que le propina un indignado vecino de apellido Santamarina, quien abriéndose paso entre la multitud, le hace perder la compostura. Hasta último momento aseguró ser inocente. Durante la noche del 5 de enero de 1872, estando Tata Dios en su calabozo individual del Juzgado de Paz, y encontrándose allí el Cura Vicario Rodríguez, el Coronel Benito Machado, el Comandante de Guardias Nacionales Ciriaco Gómez y Ramón Santamarina, el curandero y “santón” es asesinado de dos tiros de bala simultáneos efectuados desde la ventana del calabozo. El episodio nunca quedó claro y el sumario se cerró sin determinarse responsable. En el juicio, la mayor condena recayó sobre Cruz Gutiérrez, Juan Villalba y Esteban Lasarte, que fueron sentenciados a muerte. La ejecución se llevó a cabo el 13 de setiembre, pero Villalba faltó a la cita porque había muerto en prisión. Lasarte pidió como último deseo que su cadáver no fuese tocado por ningún italiano: “Quiero ser enterrado por hijos del país”, dijo. Gutiérrez moriría gritando un “Viva la Patria”, como gesto de estoicismo inútil ante el cumplimiento de la condena por su horrendo crimen. Lasarte, ante la mala puntería de los tiradores que han fusilado a Gutiérrez, pide: “Para mí acérquense más, porque ustedes son chambones y esto ya debía haber terminado”. Autores de la masacre No te vayas sin comentar
Un libro recopila casos en que el destino enlazó de forma insólita apellidos y profesiones, como el árbitro Amarilla o el ginecólogo Pujato. Algunos admiten que hay quien piensa que su nombre es un chiste. Amarilla sacando amarilla. Puede ser una cuestión del azar que las licenciadas Adriana Caldo y María Pappa hayan trabajado juntas en el área de trastornos alimentarios. Pero que Carlos Amarilla decidiera ser árbitro y Luciano Palos arquero, ya genera ciertas dudas. Y cuando uno lee que el médico Eloy Sordelli se especializó en otorrinolaringología, deja de creer en las casualidades y piensa que algo tiene que haber para que toda esa gente haya caído bajo el influjo de su apellido. Recopilados por Walter Duer en el libro Marcados por el destino, estos ejemplos, rigurosamente ciertos, son apenas unos pocos en un mar de nombres insólitamente bien colocados en su contexto. Sus dueños dicen en general que sobrellevan sin problemas la situación, aunque el veterinario Rubén Gatti, ex presidente de la Asociación de Medicina Felina, admite que alguna gente cree que se trata de un chiste. luciano Palos Cuenta Duer, periodista free-lance, que empezó a obsesionarse con este tipo de nombres el día en que iba por la calle y vio un cartel que decía: “Alfredo Carozo. Semillería”. –Porque el tipo podría haberle puesto a su negocio vivero. Pero no –insiste–, se llama Carozo y le puso semillería. Desde ese momento decidió coleccionar estos extraños nombres. Ya había algunos archifamosos: José Barrita, el célebre ex líder de la barra brava de Boca; Oscar Carman, quien fuera presidente del Automóvil Club Argentino, o el experto en violencia familiar Norberto Garrote. Pero empezaron a aparecer más. Muchos más. Enterados sus amigos y conocidos, le acercaban ejemplos. José Barrita –Hablara con quien hablara resultaba que sabía de alguien y me decían, por ejemplo: “Claro, yo conozco al otorrinolaringólogo Sordelli”. Y ahora que el libro ha sido editado, no hace sino recibir más y más casos, para un futuro segundo volumen. Porque al parecer el mundo está lleno de personas que tienen apellidos a medida de sus profesiones. Como la veterinaria Gloria Perrupato, con consultorio en Belgrano. –Sí, en la escuela primaria me hacían bromas, los chicos siempre son duros –le cuenta a Página/12–. Pero bueno, ese peso lo tuvo toda la familia. Aunque optó por seguir Veterinaria, dice que la Universidad de La Plata no la cargaron mucho. A veces algún profesor levantaba la vista de la lista y decía: –¿Perrupato y estudiando veterinaria? Pero ella lo lleva orgullosa y lo pone en la chapa de su clínica. Igual que el doctor Amor, otro nombre incluido en el libro, quien es, evidentemente, un cardiólogo. El mundo médico parece ser particularmente pródigo en este tipo de casos. En el libro de Duer aparecen Guillermo Speranza, experto en fertilidad; José Duro, urólogo; Oscar Cortondo, quien se dedica a las disfunciones sexuales y el cirujano infantil Claudio Pequeño. También están los ginecólogos Domingo Pujato y José Curto y el obstetra Carlos Cesaris. Y hay dos especialistas en patologías mamarias: los doctores Bustos y Teti. Vicente Teti dice, sin embargo, que no le hacen demasiadas bromas. –Los chicos son más de fijarse en esas cosas. Pero yo soy una persona grande, ya no se animarían. Pero cuando uno le habla del destino encerrado en su nombre, el doctor Teti dice que se encontró pensando en ese tema un rato antes, sólo que no en relación consigo mismo. –Pensé en esto porque me acaba de llegar un acta de exceso de velocidad por andar a 63 kilómetros por hora por la avenida Figueroa Alcorta. ¿Y sabe cómo se llama el agente que hizo la boleta? ¡Agente Verdugo! Y entonces pensé cómo estamos marcados: justo él que se llama Verdugo me hace una boleta. Lo tenía en su destino. –Como usted.–Sí, como yo. Probablemente algunos de los incluidos en el libro ni se enteran de la gracia de su nombre por una cuestión de lenguas. Es difícil, por ejemplo, que el alemán Heinrich Pudor haya captado la ironía de ser fundador del movimiento nudista. Y menos aún se habrá percatado del asunto el remero checo Vaclav Chalupa. Pero en cambio es casi seguro que el arzobispo nicaragüense Jaime Sin sabe que lleva el pecado unido a su apellido. Es evidente que en su mayoría no pretenden ocultarlo: porque ni Carlos Paredes tenía por qué llamar así a su inmobiliaria ni Claudia Adorno poner su nombre al negocio de decoración. Tampoco el diseñador Carlos Malvestitti dudó en estampar su apellido en una marca de ropa deportiva. –En el colegio no me hacían bromas, ellos me decían “Malves”. Pero me las hacía yo mismo –cuenta–. Decía que cuando fuera grande iba a poner el negocio “Malvestitti Sport”. Sólo que después estudió derecho. Y sin embargo, como impulsado por el destino de su apellido, terminó fabricando indumentaria deportiva para mujer. Al principio inventó una marca en inglés. Pero después se atrevió y su nombre, dice, le trajo suerte. –Cambié y le puse “Carlos Malvestitti Design”. A partir de ahí las ventas subieron. La gente creía que era un diseñador italiano. Mis clientas, muy paquetas, nunca me hicieron bromas por mi apellido. Otra área sumamente fértil resulta ser la de las finanzas. Está el funcionario del FMI Joseph Gold, el ex gerente del BID Ciro de Falco y el conocido presidente del Banco Santander, Emilio Botín. Menos famosos, a nivel local aparecen el revisor de cuentas Jorge Toccafondi y el coordinador de remates José Mosca. Ninguno cree que el apellido empujó su elección. Cuando uno le pregunta por sus motivos, Rubén Gatti dice sencillamente que el destino lo fue llevando a estudiar veterinaria y especializarse en los felinos, sobre los que escribió varios libros. –Primero pensaba dedicarme a la agronomía, pero el ingreso era común y terminé decidiéndome por veterinaria. Conocí a alguien que tenía gatos, empecé a aprender mucho sobre ellos. Me fui metiendo en tema y me sentí cómodo en esa especialidad. Reconoce, sí, que alguna gente le hace bromas o cree que es un chiste al ver su nombre en los papeles de la Asociación de Medicina Felina, una entidad que presidió durante ocho años. Pero afirma que existen al menos otros cuatro veterinarios con su mismo apellido, aunque sólo él es experto en gatos. –También conozco un veterinario Perrino. El chiste final debería ser que los doctores Gatti y Perrino se llevan como la mona, pero no es cierto.