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juan_albert0

Usuario (Argentina)

Primer post: 22 mar 2012Último post: 30 may 2012
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Adelgazo 100 kilos jugando a un Videojuego
Adelgazo 100 kilos jugando a un Videojuego
Apuntes Y MonografiasporAnónimo3/26/2012

Bienvenidos taringueros a mi nuevo post sobre Marc Rodwell el hombre que adelgazo 100 kg jugando a videojuegos... Muy bien empecemos... Marc Rodwell es el protagonista de esta gran noticia que su vida estaba en riesgo al llegar a pesar un poco más de 200 kilos con apenas 22 años. Gracias a su pasión por el Rock, ¡paso horas frente a la batería jugando al Rock Band y perdio hasta 100 Kilos! Marck, a sus 22 años, llego a pesar hasta 228 kilos. Los médicos le advirtieron que tenía que bajar de peso o no conseguiría llegar con vida a los 24 años, tras seguir una dieta equilibrada y continuas sesiones del videojuego Rock Band, el joven ha perdido hasta 101 kilos. Rodwell dijo lo siguiente: "Aunque parezca estúpido el incorporar un videojuego a tu plan de entrenamiento, te sorprenderías de cuantas calorías se queman tras dos horas tocando la batería. Me siento una persona completamente distinta". El chaval también dijo que había tenido sobrepeso desde los 11 años y había empezando a preocupar a su familia. Cuando vio en Internet a un tipo que había perdido peso por jugar miles de horas, quiso hacer lo mismo y lo convirtió en una especie de entrenamiento. "En una sesión puedo quemar 1000 calorías, utilizando los brazos para los tambores y los pies en los pedales. Tengo unas 900 canciones para su usar mi entrenamiento, mis favoritas son Don´t Stop Me Now de Queen y American Idiot de Green Day", dijo Rodwell que ahora va al gimnasio y que esta comiendo sanamente. Bueno chicos eso fue todo, interesante verdad?...

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Historia de Suspenso: La pata de mono
Historia de Suspenso: La pata de mono
Apuntes Y MonografiasporAnónimo3/22/2012

Hola!!! Taringeros!!! les traigo una Historia Genial que La escuche en la escuela, sisi leyeron bien en la escuela,xD pues se trata de la pata de mono es una historia de suspenso creada por William Wymark Jacobs en fin aqui la historia. La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa, los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez; el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea. —Oigan el viento —dijo el señor White. Había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera. —Lo oigo —dijo éste, moviendo implacablemente la reina—. Jaque. —No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero. —Mate —contestó el hijo. —Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White, con imprevista y repentina violencia—. De todos los suburbios, éste es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa. —No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez. El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio. —Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido. Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza. —El sargento,mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego. Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños. —Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora. —No parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente. —Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo. —Mejor quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza. —Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo? —Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga la pena oír. —¿Una pata de mono? —preguntó la señora White. —Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el militar. Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó. —A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular — dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo. La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente. —¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla. —Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos. Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban. —Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White. El sargento lo miró con tolerancia. —Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció. —¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White. —Se cumplieron —dijo el sargento. —¿Y nadie más pidió? —insistió la señora. —Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono. Habló con tanta gravedad que produjo silencio. —Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda? El sargento sacudió la cabeza: —Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después. —Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría? —No sé —contestó el otro—. No sé. Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió. —Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento. —Si usted no la quiere, Morris, démela. —No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela. El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó: —¿Cómo se hace? —Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias. —Parece de Las Mil y Una Noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos? El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento. —Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable. El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India. —Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa. —¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido. —Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán. —Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer. El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad. —No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo. —Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas libras. El padre sonrió, avergonzado de su propia credulidad, y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves. —Quiero doscientas libras —pronunció el señor White. Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él. —Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer—. Se retorció en mi mano como una víbora. —Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría a que nunca lo veré. —Habrá sido tu imaginación, querido —dijo la mujer, mirándolo ansiosamente. Sacudió la cabeza. —No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto. Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse. —Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama —dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos. Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto. II A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible. —Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte? —Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert. —Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre. —Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte. La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido. Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes. —Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse. — Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo. —Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente. —Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede? Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar. Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla. Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio. —Vengo de parte de Maw & Meggins —dijo por fin. La señora White tuvo un sobresalto. —¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert? Su marido se interpuso. —Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor. Y lo miró patéticamente. —Lo siento... —empezó el otro. —¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre. El hombre asintió. —Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre. —Gracias a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios. Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio. —Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante. —Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido. Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados. —Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro. El otro se levantó y se acercó a la ventana. —La compañía me ha encargado que les exprese sus condolencias por esta gran pérdida —dijo sin darse la vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron. No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida. —Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada. El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿Cuánto? —Doscientas libras —fue la respuesta. Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado. III En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio. Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio. Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar. —Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío. —Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar. Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó. —La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono. El señor White se incorporó alarmado. —¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede? Ella se acercó: —La quiero. ¿No la has destruido? —Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres? Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente: —Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste? —¿Pensaste en qué? —preguntó. —En los otros dos deseos —respondió en seguida—. Sólo hemos pedido uno. —¿No fue bastante? —No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida. El hombre se sentó en la cama, temblando. —Dios mío, estás loca. —Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo! El hombre encendió la vela. —Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo. —Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo? —Fue una coincidencia. —Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer. El marido se volvió y la miró: —Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras... —¡Tráemelo! —gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta— . ¿Crees que temo al niño que he criado? El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa. El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto. Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano. Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo. —¡Pídelo! —gritó con violencia. —Es absurdo y perverso —balbuceó. —Pídelo —repitió la mujer. El hombre levantó la mano: —Deseo que mi hijo viva de nuevo. El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido, hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes. Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado. No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela. Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada. Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe. Ilustración: Valeria Uccelli —¿Qué es eso? —gritó la mujer. —Un ratón — dijo el hombre—. Un ratón. Se me cruzó en la escalera. La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa. —¡Es Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó. —¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente. —¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltara—. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta. —Por amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando. —¿Tienes miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy. Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante: —La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla. Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono. —Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara... Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo. Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo. Esta Genial Verdad!!!! Bonito Final verdad UN DATO En una ocacion en un capitulo de los simpsons a homero compro la mano de mono y al igual que en la historia tiene sus consecuencias Comenten!!!!

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Post especial memes y imagenes Frikis
HumorporAnónimo3/25/2012

Hola de nuevo, amigos de taringa les traigo un post especial frikis para que se diviertan... Comencemos...

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Imagenes Graciosas de todo un poco
Imagenes Graciosas de todo un poco
HumorporAnónimo3/22/2012

Hola de nuevo Taringueros les traigo un compilado de imagenes graciosas espero les gusten bueno comencemos

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Memes de Freddie Mercury
Memes de Freddie Mercury
HumorporAnónimo3/22/2012

Hola de nuevo taringueros les traigo una serie o recopilacion de memes de freddy mercury bueno basta de charlas Este es el mejor xD!!!!

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5 Noticias Insolitas
5 Noticias Insolitas
HumorporAnónimo5/30/2012

Hola taringueros bienvenidos a mi nuevo post hace bastante tiempo que no hago un post, asi que espero que lo disfruten, como siempre comenten. Bueno empecemos Mujer muere de hambre por querer alimentarse de luz!!!! Una mujer suiza comenzó esta extraña dieta luego de ver el polémico documental de 2010 "Al principio fue la luz", señaló el periódico Tages Anzeiger. La película se centra en el médico químico suizo Michael Werner, de 62 años, y el yogui indio Prahlad Jani, de 83. Ambos sostenían que había que buscar el sustento por medios espirituales más que por la ingesta de alimentos, un concepto conocido como respiracionismo. Werner afirma haber vivido sin comer desde el año 2001, mientras que Jani dice en el documental cómo había vivido durante 70 años no sólo sin alimentos, sino también sin agua. La mujer, desde el este de Suiza, vio la película y decidió tratar de sobrevivir por completo con luz, preparándose para el proceso mediante la lectura de un libro del australiano respiracionista Greve Ellen, conocido con el nombre de Jasmuheen. Siguiendo el libro, la mujer suiza, de 50 años de edad, no comió ni bebió nada durante una semana –incluso escupió su saliva- antes de volver a beber en las semanas segunda y tercera. Aseguró a sus preocupados hijos que iba a terminar el ayuno si se volvía peligroso, pero fue encontrada muerta por ellos en su casa el invierno pasado. Una autopsia reveló que murió de hambre, descartando cualquier otra contribución a la causa de la muerte, informó el diario Tages Anzeiger. La de esta suiza es la cuarta muerte conocida ligada a los libros de Jasmuheen y el respiracionismo, desde que esta práctica surgiera en los años 90. Un hombre sobrevive a un rayo que le entró por el escroto y le salió por el pie Un hombre de 53 años "ha sobrevivido" esta noche tras ser alcanzado por un rayo que le ha entrado por el escroto y ha salido por un pie, ha informado Emergencias 112. El suceso se produjo sobre las 21.00 horas en la Avenida de La Ilustración, número 46, de Tres Cantos (Madrid) y fue el propio afectado el que ha llamado a su hijo quién dio aviso a los servicios de Emergencias trasladándose al lugar una UVI móvil del Summa. Al llegar los sanitarios y la Policía Local asistieron al varón de una herida por quemadura en el escroto y otra en el pie, procediendo a su traslado al Hospital de La Paz en el que ha quedado ingresado con pronóstico leve. En el centro sanitario permanece en observación y se le ha practicado un electroencefalograma con resultados normales por lo que se ha determinado que "el rayo no le ha afectado al corazón", añadieron las fuentes. Eslovacos votan para decidir si nombrar a un puente Chuck Norris Ciudadanos eslovacos han votado a favor de nombrar con el nombre de Chuck Norris a un puente para peatones y clicistas situado cerca de su capital y que atraviesa el río Morava al cruzar la frontera con Austria. Los otros dos nombres más importantes propuestos han sido María Teresa y Devinska, en honor al pueblo más cercano. La decisión final dependerá de una asamblea regional. Pero el gobernador regional Pavol Freso ha dicho que realizará los deseos de la gente en la votación de Internet, donde Norris es la mejor opción para el nombre del puente. La votación se extenderá hasta el mes de abril. Hasta el jueves pasado se han realizado 1.157 votos, respaldando el nombre de Chuck Norris el 74% del total. Prenden fuego a un paciente en plena operación... Hay ocasiones en la que se justifica el apodo de ‘matasanos’ con el que de vez en cuando nos referimos a los médicos. Y si no que se lo digan a un paciente británico que el pasado lunes entró en el quirófano para ser intervenido y salió minutos después de la sala de operaciones con la misma lesión y gran parte de su cuerpo quemado por la combustión un líquido inflamable que el personal médico estaba usando para desinfectar su piel. El desafortunado incidente ocurrió en el hospital de Scarborough, al norte de Inglaterra, instantes antes de que el equipo médico iniciase la cirugía. Una de las enfermeras limpiaba el lugar donde se iba a realizar la incisión cuando, de manera repentina, el preparado que estaba empleando estalló en llamas. Como consecuencia de la combustión espontánea, varios miembros del equipo sanitario sufrieron quemaduras de diversa importancia. Sin embargo, el paciente que esperaba en la mesa de operaciones fue quien se llevó la peor parte. Liz Booth, portavoz del centro médico en el que se produjo el poco usual incidente, ha confirmado el desafortunado accidente a la BBC británica, a la que ha explicado que el enfermo –del que no se ha ofrecido dato alguno sobre su identidad– ha sido trasladado a otro hospital para ser tratado de las quemaduras. Además, Booth ha querido aprovechar la ocasión para pedir disculpas al afectado y su familia “por el dolor y el sufrimiento provocados” y ha asegurado que “se llevará a cabo una investigación exhaustiva cuyos resultados serán compartidos con el afectado y sus familiares”. El mas raro e Insólito... Arrestan a un mono por cruzar la frontera de Pakistán sin papeles El animal fue arrestado nada más estar en territorio pakistaní, concretamente en el distrito de Bahawalpur, en pleno desierto de Cholistan. La aventura de mono empezó cuando se disponía a viajar de la India a Pakistán. Pero lo que comenzó como un simple paseo, terminó siendo un grave delito para las autoridades fronterizas de la zona. Seguro que este inocente e inquieto animal no se imaginaba lo que le sucedería por querer recorrer mundo: que acabaría arrestado por la policía. Según informa "The Express Tribune", el intrépido animal no se lo puso fácil a los guardias fronterizos. Tras varios intentos fallidos para darle caza, los residentes locales finalmente se vieron obligados a dar aviso a la policía al no conseguir hacerse con él. Una vez capturado, el mono fue trasladado al zoológico de Bahawalpur, donde, según informa el mismo medio, ya se le ha puesto nombre: Boby. El animal tiene aproximadamente cuatro años de edad y está causando un gran revuelo entre los visitantes de la zona. Por muy absurdo que suene, esta no ha sido la primera vez que se ha arrestado a un animal por cruzar alguna zona fronteriza sin presentar la documentación adecuada. Hace un año, en India se llevó a cabo el mismo procedimiento con una paloma por poder estar llevando a cabo, supuestamente, una misión de espionaje para Pakistán. Bueno chicos espero que les haya gustado, comenten, y cuidense!!!

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