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josecapo

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Primer post: 17 ago 2007
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Entrevista a Enrique Symns de la Rolling Stone
OfftopicporAnónimoFecha desconocida

(lo que sigue a continuación es la reproducción de una entrevista de María Maratea a Enrique Symns aparecida en la edición argentina de enero de 2004 de la revista Rolling Stone) Hace poco, mientras paseaba a mi perra por Plaza Dorrego, escuché esta conversación entre dos pibes de unos 16, 17 años: PIBE 1 (piercing en la ceja, collares, pelo corto y despeinado, jean y zapatillas): No boludo, mi viejo me contó. Era fanático de esa revista. Me contó que hacían notas a los presos, a los drogones, a las putas. PIBE 2 (bermudas, remera blanca, pelo rapado, zoquetes, borceguíes): Que loco. PIBE 1: Dicen que la cerraban a cada rato. Mi viejo tenía todos los ejemplares, pero en una mudanza las perdió. No se consiguen. Ahora son de colección. PIBE 2: Cómo se llamaba la revista, boludo. PIBE 1: Cerdos y Peces. LE CUENTO LA ANECDOTA A ENRIQUE Symns mientras le pide al mozo una ginebra. Me mira cuando pido un café con leche. Son las cinco y media de la tarde. La camisa azul oscuro contrasta con su pelo escaso, largo y blanco. Es de las personas que cuando apunta con los ojos, ve lo que mira. Prende un cigarrillo. Se inquieta. Le digo que estuve a punto de interrumpir a los pibes y contarles lo que significó en esa época la aparición de su revista. Me acuerdo que aunque recién asomaba la democracia, muchos la leían a escondidas. En las calles todavía se respiraba miedo. -Veníamos de sortear los 70, década que marcó un antes y un después. Si tomamos aquel año fatídico como punto de referencia para hablar de vos, para los que te conocen y los que no, ¿cómo te encontró el ‘76? -Sí, año fatídico el ‘76. Como a muchos otros, a mí también me encontró yéndome a España. Habían desaparecido a la presidenta de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires y le tocaba el turno a la vice, que era mi pareja de aquel momento. Así que tuvimos que irnos. -¿Qué hiciste allá? -Yo era un tipo que no tenía oficio. Había sido un delincuente juvenil. Allá viví de vender autos, de hacer encuestas, y había empezado a escribir. Una editorial mexicana me pidió que escribiera un libro anónimo -como se acostumbraba en aquélla época- que se llamó “La represión sexual en el franquismo”. Me pagaron bien. El libro era muy bueno, pero sobre todo me sorprendió a mí. -¿Por qué te sorprendió? -Porque no sabía que podía hacer un libro de ese tipo. Encuesté como a mil personas. Yo no sabía que era periodista. Y lo era. Soy un periodista nato, o algo así. Descubrí el periodismo caminando. Descubrí que soy un narrador, un antropólogo de la vida cotidiana, por decirlo de alguna manera. Mi ámbito fue siempre lo cotidiano, no el campo social, el político o el artístico. Tengo una especie de capacidad innata para describir, para prestar atención. Así que, sin saberlo, volví con un oficio. Empecé a presentir que capaz que tenía un oficio. Comenzaban los 80s. Vivía de actor callejero, también. Lo había descubierto en España. Trabajaba en la calle o en algún boliche y pasaba el sombrero. Así me encontraron los Redonditos de Ricota, que yo no sabía quiénes eran. Ni el rock me interesaba mucho. -¿Cómo fue ese encuentro? -Yo hacía monólogos en el Centro Cultural Congreso, en la calle Bartolomé Mitre, un lugar que dirigía un hombre encantador, un peronista de la resistencia cultural que convocaba a tipos anarcos y locos para que organizaran allí eventos. Un día apareció la negra Poly; yo no la conocía. Cuando se me acercó creí que me quería levantar. Me fui con ella como si fuera una mujer, no sabía que era una bruja poderosa. Fuimos a un bar a charlar y me contó que me quería presentar a unas personas, a un grupo de rock, nada más. A la siguiente función yo actuaba en la cortada Tres Sargentos, con Horacio Fontova. La Negra apareció con un pelado, bueno, aparecieron los tres: Poly, Skay y el Indio. Esperaron a que terminara con mis monólogos y me ofrecieron trabajar con ellos. Al mismo tiempo, mirá que curiosidad, me llamaron de la revista Pan Caliente. Ralph Roschild se iba a vivir a Holanda y necesitaban un jefe de redacción. Sin saber por qué, con esa intuición demente, Jorge Pistocchi, que era el editor, el dueño, me convocó. Yo no tenía la menor experiencia, apenas la española. O sea que se dieron los dos fenómenos juntos: empecé a trabajar en Pan Caliente como jefe de redacción en mi primer experiencia periodística y empecé a actuar con los Redondos, que en aquella época no eran nada, juntaban cincuenta, sesenta personas. Al poco tiempo entré en contradicción con Pan Caliente; fue cuando todo el movimiento musical del rock participó del evento “Encuentro por Malvinas”, organizado por la dictadura para encubrir sus delitos y legalizarse públicamente. Alberto Silva -quien también trabajaba en la revista- y yo lo señalamos como la gran traición del rock, como uno de los eventos más siniestros de la historia del género, porque eso nunca había sucedido en ninguna parte del mundo. Participan todos menos Piero, que se negó -esa fue una de las históricas ausencias de ese recital- y Fito Páez que, como siempre, fue un tipo distinto a los demás. Eso generó desacuerdos con Pistocchi, quien criticaba a la dictadura pero no al rock. Después me llamaron de Clarín, me generó una contradicción enorme. Eso me hizo dar cuenta, de repente, de que yo era bueno, que yo tenía algo que les interesaba a los demás. -¿Qué pensabas vos de vos? -Mirá, mi vida fue muy curiosa. Yo nunca hice el colegio primario, no aprobé el colegio secundario, no hice nada. -¿Nunca fuiste a la escuela? -Nunca. Soy un autodidacta. De resentido que era, porque mis padres no me habían dado una educación, me comí todo. Aprendí a saber de psicoanálisis, aprendí a leer Kierkegaard, Jaspers, Heidegger. Era toda una cuestión que yo acumulaba en mí. -¿Por qué trabajar en Clarín te generaba contradicción? -En cada país existe el periodismo, lo que se llama “el cuarto poder”. Cada país está representado por un diario. En Chile es muy terrible: El Mercurio, para poder sobrevivir, apoyó el golpe de Pinochet y éste exigió que murieran todos los demás diarios que había. Es un caso excesivo el que te cuento. Clarín es, también, un diario maldito: siempre estuvo acompañando al país, lo hace ahora mismo. En Cerdos & Peces lo declaramos enemigo principal. No es ideológico lo de ellos, es como una especie de extorsión de hombres de negocios, como si fueran un FMI del periodismo. No tiene ideología. Ellos avanzan y van criticando. Son los dueños de la moral. Es la peor peste. Me acuerdo cómo eran los procedimientos: te invitaban a comer, te tentaban con el buen vivir. Pero también me pasó siendo editor de Satiricón y de Eroticón. Era lo mismo, te daban tarjeta de crédito. Hay dos cosas que quieren secuestrarte los grandes medios: antes que secuestrarte el contenido de tus palabras, te quieren secuestrar el lenguaje. No por nada existen los columnistas, a los que se les permite hablar como si fueran personas; a los demás los vuelven uniformes con el quick writing. El jefe te enseña a escribir con un lenguaje desalmado, porque si hay algo sin alma es el periodismo objetivo. No puede existir un carajo la objetividad. Con qué carajo de objetividad podés ir vos a entrevistar a un leproso, después al enfermero, al médico, al psicólogo y no ponerte de parte del pobre leproso. Bueno, es así el mundo. Se llama a eso “policiales” no “delincuenciales”, siempre se llama del lado del poder. Y Clarín es el poder. Clarín es el menemismo oculto en el mundo de las palabras. -¿Después de Clarín, qué vino? -Trabajé en La Voz, un diario que había sacado Vicente Zito Lema con el grupo armado Montoneros. Entonces conocí a Gabriel Levinas, el editor de El Porteño, y le propuse un proyecto: en la España posfranquista había descubierto que después de una gran dictadura hay que destapar los temas de la marginalidad: los homosexuales, los drogadictos, los ladrones, los marginados. Le propuse hacer ese suplemento que fue Cerdos & Peces, que después se convirtió en revista y se hizo famoso. -¿Cuál era la idea de Cerdos & Peces? -Sincerar la vida. Nuestra filosofía era que si vos sos gay tenés que declararlo públicamente. Si sos drogadicto, tenés que asumir una postura ideológica. Cosas que hay que asumir para sustentar ideológicamente el placer que a vos te da la vida, o la manera de desgastarte que tenés. Por eso fundamos el Movimiento de Disidentes Toxicológicos: así le puso Antonio Escohotado a algo que nosotros presentíamos. Yo soy admirador de algunos escritores que hicieron definiciones precisas. Cuando Freud indaga los orígenes del totemísmo exogámico, en Totem y tabú, encuentra esa palabra siniestra y terrible que es tabú; una palabra de origen polinesio, muy misteriosa, que significa temor sagrado y que fue instalada por la casta sacerdotal. La casta sacerdotal lucha contra el éxtasis desde hace miles de años. La única manera de que la casta del poder sobreviva es que la gente no viva en estado de éxtasis. A la gente no le falta ni techo ni comida, le falta éxtasis. -¿Y cómo se alcanza el éxtasis? -Con el sexo indiscriminado, poligámico y promiscuo -promiscuo quiere decir en estado de confusión-, y con la droga. Son las dos cosas que producen éxtasis. Por lo tanto, la misma casta sacerdotal que prohíbe eso convierte a todos los inapestados. Por eso las mujeres promiscuas, los homosexuales o los bisexuales pasaron a ser seres perseguidos. Y también los que consumen drogas, aunque esto no supone una reivindicación indiscriminada de la gente que consume droga, no. Los pelotudos consumen droga, los hijos de puta consumen droga y, por supuesto, sus conductas empeoran. El Movimiento de Disidentes Toxicológicos quería disentir de esa idea de un Estado que se hace cargo de mi salud y me recomienda fármacos de los laboratorios Abbot para que me drogue, me recomienda Lexotanil o Alplax porque tengo ataque de pánico. No, si tengo ataque de pánico yo prefiero mi propia farmacopea. Y parto de algo más antiguo todavía: el chamanismo, en el cual yo creo. Creo en Pancho Sierra, el más grande curador de América latina, un tipo venerado que curaba con un vaso de agua y con palabras. Por eso, en última instancia vuelvo al psicoanálisis: si la enfermedad está anudada con palabras, se tiene que desanudar con palabras. Creo en el psicoanálisis pese a que, cuando apareció en la Argentina, se convirtió en una práctica confesional tan peligrosa como la que propicia la Iglesia. Con esta diferencia: en vez de pecado se habla de enfermedad y en vez de perdón, de comprensión. Lo más terrible que tiene el psicoanálisis es la práctica, no el pensamiento. La práctica del psicoanálisis es siniestra. Es un lugar de acumulación nazi peligrosísimo. Que alguien acumule información sobre personas… Y, bueno, el lacanianismo durante la dictadura fue bastante sospechoso. -¿Y la psiquiatría? -La psiquiatría es la enfermedad más pornográfica y obscena que ha inventado Occidente. Es la locura que se volvió loca para mirar a los Locos y destruirlos. Un psiquiatra es un tipo temible que recurre a la lobotomización, a la cicatrización de las heridas. Todo lo que no se hable no tiene posibilidad de curarse. Por eso existen los loqueros: hombres deshablados, hombres sin palabras, desmembrados e inconstituidos. -¿Alguna vez caíste en un loquero? -Sí, una vez tuve la desgracia de sufrir un ataque de LSD y caí en el [instituto psiquiátrico] Borda. Me hicieron un prontuario que decía: DELIRIO MÍSTICO. ¿Qué me dieron? Artane y Halopidol. Esa es la manera de deshumanizar a un ser. Para mí fue muy importante descubrir la disidencia para así poder erradicar la culpa. ¿Vos sabés lo que significa la palabra culpa? Viene del alemán: quiere decir tener deudas; una deuda interna imposible de pagar. En “Cerdos & Peces” se podía leer desde Néstar Perlongher hasta Juan José Saer, notas a ex combatientes de Malvinas, crónicas urbanas, las investigaciones policiales de Ricardo Ragendorfe; relatos eróticos de alto voltaje, entrevistas inventadas. O cómo conseguir en Buenos Aires la mejor droga. Y a pesar de que este hombre dice no aceptar ningún tipo de censura, su revista fue la más censurada. -Cuando apareció Cerdos & Peces, en el 83, se decía que era una revista que cometía excesos. -Tantos, que me la cerraban a cada rato. El primer juicio me lo hicieron los jueces de Alfonsín, por apología de la pedofilia. Yo había sacado una nota que se titulaba “Hombres que desean a niños que desean a hombres”. Fue interesante: después de un año y medio, la Corte Suprema de Justicia decidió que la labor del periodismo era contar los acontecimientos del mundo. Yo no hacía apología, estaba denunciando la pedofilia. La gente se niega a hablar de eso. Es curioso: la sociedad que más niega el cuerpo de los niños es la que registra más delitos de pedofilia. -La cerraron muchas veces. -Sí, también por apología de la droga. Me la pasaba en Tribunales en la época de Alfonsín, pero la revista vendía más. Alfonsín era mi aliado. -¿Y durante el menemismo? -Con Menem, la revista murió. Menem nos mató económicamente. A veces me parece que el menemismo refleja algo esencial de lo argentino: fue vencido por el dinero. Todos mis amigos locos de aquella época, después se dedicaron solamente a encontrar modos de mejorar su existencia. El menemismo es despreciable. Su peor consecuencia fue las conductas que despertó en la sociedad; fue el espejo de lo más tenebroso: el afán individualista, el alejamiento de todo gesto solidario. -¿Qué otros enemigos tenía la revista? -El mundo universitario. Terminabas aceptando eso de que “la universidad es la tumba del saber y la cuna del poder”. Mucha gente que se entromete en la universidad lo hace para conseguir un lugar: los abogados que nos hacen juicios, los jueces que nos condenan, los médicos que nos llevan a los cementerios, los presidentes que nos gobiernan miserablemente. De pronto, Los Redondos dejan el escenario. Aparecen entonces un hombre vestido de gitano, de vagabundo o de árabe. El gitano, el vagabundo o el árabe, algunas veces empiezan así: “Hey, niño. Oye, sube a la mantoña, yo te acompañaré. El río está con agua fresca. Bebe, bebe, quítate la sed. Corre, juega, ríe. Oh, niño. Qué hermoso olor y las flores…” -Mientras tanto, seguías trabajando con los Redondos. -Sí. Trabajé con ellos cuatro o cinco años haciendo monólogos. Hasta que, finalmente, nos separamos. -¿Por qué se separaron? -Lo terrible fue descubrir que las cosas no eran como yo pensaba. Yo soy de los que creen -y en aquella época parecía que lo creíamos todos- que un artista no hace las cosas por dinero ni por alcanzar algún grado de fama. Un artista se parece más a un agente de la salud pública que a un frívolo manifestante de sus tinieblas. Un artista popular, especialmente, debería ser alguien que convoca a hogueras de calidez públicas, pero no para obtener beneficios. Y cuando aparecieron los beneficios no sólo nos erradicaron a quienes formábamos parte de la claque del cuerpo artístico de los Redondos, sino que se convirtieron en aquello que habíamos combatido. Fue muy decepcionante. La experiencia con Los Redondos resultó muy traumática: fue mi último aferramiento a la idea de que existía un underground, que existía una piel espiritual. Quería creer en la posibilidad de hacer cosas más allá de las tres malditas necesidades que señala Burroughs: buscar techo, buscar comida y buscar satisfacción sexual. Burroughs dice que, curiosamente, cada una de estas necesidades está enfrentada a tres misterios inexplorados: buscar comida, a ser generoso; buscar techo, a salir a explorar; y buscar satisfacción sexual, a dar amor a los demás. Después me di cuenta de que no hay que decepcionarse, que es así el mecanismo, que hay muy poca gente como Luca Prodan o Sting: ellos ponían las canciones que componían a nombre de todos. -¿Vos decidiste alejarte de los Redondos? -No, no, no. Fue muy doloroso. Fue como una separación amorosa. Me echaron primero ellos y yo después me fui. Yo creo que me echaron. Me empezaron a echar lentamente. -¿Cómo? -Con actitudes. Yo antes entraba en los camarines, formaba parte de las reuniones. Pero, sobre todo, empezó a haber una actitud moralista. Freud dice que la moral es la peor de las perversiones. Y ésta fue una cuestión moral. Yo hacía espectáculos muy shockeantes, muy eróticos. Criticaron eso: la sexualización de mis shows. -Después estuviste con otras bandas. -Después empecé a actuar con una banda que nadie conocía: Los Piojos, con los que estuve un año y medio. Otro año y medio actué con los Caballeros de la Quema, y por último con la Bersuit. Ahora los veo a todos dónde están y me sorprende. No era esa dirección la que nos habíamos empeñado en seguir. También habría que ver qué pasó en estos cinco años en que no estuve acá, pero es como si se hubieran salteado algo. -¿Y qué pensás al verlos donde están? -Mirá, hay dos cosas muy distintas: una es el oficio y otra es ser artista. Para ser un artista hay que ser héroe, chamán y creador. El héroe es lo que te iguala a lo cotidiano, para ser chamán hay que querer a los demás y para ser creador hay que tener talento. Sin esas tres cosas no se puede ser artista. Lo demás es oficio. Egberto Gismonti contaba que él se iba a la selva, al hastío más ignoto, a robar sonidos. Cuenta que una vez llega una tribu, allá en el Mato Grosso, y él en un momento determinado se pone a tocar la guitarra. Ve que todos se alejan de él, se ponen de espaldas y empiezan a batir palmas, entonces él pregunta qué había hecho mal. El chamán lo mira y le dice: “Cuando un chamán [ellos no lo llaman artista] empieza a investigar el misterio, hay que dejarlo solo, hay que darle la espalda y aplaudir hacia la selva para espantar los malos espíritus”. Gismonti entonces dice: “Cuando ese aplauso se dio vuelta y se dirigió hacia mí, se invirtió la brujería, ahora yo soy el mal espíritu, todo lo que suceda en el escenario es una maldición”. Vos fijate, los pobres pibes compran entradas para ver lo que sea. A mí me da mucha verguenza cuando tengo que cobrar entrada; el tipo viene a verte para cambiar su vida y vos lo engañás, no le das nada más que un referente, porque no le estás proponiendo una vida. Por eso el mundo es un mundo desacinado, un mundo global donde ya es muy difícil comparar a un artista con un chamán. Fito Páez también coincidía en esa versión de que a un cantante popular la única posibilidad que le cabe es tener un origen chamánico, porque la música es importante, no la letra. A la canción popular yo siempre le tuve una enorme desconfianza. Cuando entré en el rock con los Redondos siempre supe que era peligrosísimo. Que el Indio cantara “con los ojos ciegos bien abiertos”, es hermosa la frase, pero no me voy a olvidar que era una pequeña orden, un pequeño disimulo. Yo no sé qué nos depara el futuro, pero me parece que tiene que venir a través de la abdicación de esta música. Tiene que llegar otra música, otra forma. También recuerdo las conversaciones que teníamos con toda la gente de aquella época, todos éramos conscientes de que no era importante la cultura. Lo importante era, un poco como sucede en las películas, que la música acompañara la vida de las personas. Y finalmente ocurrió que la vida ha quedado desalmada, desaventurada; sí, sobre todo sin aventura. El territorio donde vos tenés que convertirte en el protagonista de tu vida se ha perdido. El hombre del monólogo es el mismo que supo enfrentarse con la moral autoritaria de la derecha. El que asevera que todo cambio viene de lo marginal. O el mismo que dice que Dios es un asesino maldito que nos trajo acá para matarnos a todos. -¿Por qué elegiste Chile para irte? -No podía elegir. Me había ido muchas veces, siempre traté de escapar de Buenos Aires. Viví muchos años en el Brasil, en Colombia, en España. Me hubiera ido a México, quizá hubiera vuelto a España, pero no tenía las condiciones. Cuando fui a España tenía treinta y pico de años y era capaz de ser mozo, lavacopas, no sé. Pero a los 52 no me sentía capaz. -¿De qué te sentías capaz a esa edad? -De tener que sustentar mi propia leyenda, de tener que seguir viviendo de mí mismo. Todavía sigo con ese problema. Soy periodista hace veinte años. Sabía que, en Chile, Cerdos & Peces era muy famosa, igual que en el Uruguay, que es la última instancia que me queda. Yo partía de cinco mil personas que me conocían en Santiago, que estaban ubicadas en lugares estratégicos. Sabía también que Chile era un mercado fácil, un mercado ingenuo, porque ellos viven como se vivía acá hace cincuenta años. Y bueno, fui a ver qué me pasaba. -Y te pasó de todo. -Y me pasó de todo. En un año llegué a ser un tipo muy poderoso, lo que nunca había llegado a ser en mi país. Hice dos programas de televisión que fueron un éxito. Entrevistaba a personajes famosos en los bares que yo elegía y hablaba de temas que no tenían nada que ver con su oficio. Grababa durante una hora la conversación y después la sintetizaba en media hora. Era muy interesante el clima que se generaba. Después hice una revista que fue y sigue siendo muy famosa: The Clinic. -¿Por qué The Clinic? A Pinochet lo agarraron en Londres, en una clínica, ¿te acordás? Y en los noticieros a cada rato decían “The Clinic”. Le pusimos ese nombre. Fue la primer revista de oposición al pinochetismo. Ahora vende 50 mil ejemplares por quincena. En Chile nunca nada vendió eso. -¿Qué hacías en la revista? -Mi socio chileno tenía la idea de los chistes y La sección política. Yo inventé un suplemento que iba transformando los títulos de los medios chilenos: en vez de El Mercurio, “El Merculo”; en vez de El Metropolitano, “El Metro por el Ano”; en vez de Qué Pasa, “Qué Paja”. Íbamos agarrando los medios chilenos y los destruíamos. Ese era mi trabajo. Yo era socio menor. -¿Por qué te alejaste? -Tuve una pelea con Solari, el ministro de Trabajo. Fue en un bar, una noche de borrachera. Lo invité a pelear, lo reputeé y me costó un alto precio. Nosotros empezamos la revista antes del triunfo de [el presidente Ricardo] Lagos. No estaba con Lagos, pero lo apoyé, era la única manera de enfrentarse a [Joaquín] Lavin, que era más siniestro que Macri acá. Esa noche, hablando con Solari, me di cuenta de que, como todo político, el tipo tenía un plan. Burroughs dice acerca del plan: la vida tiene caos y tiene plan. Todo lo que deviene del plan intenta acogotar las angustiantes exclamaciones del caos por exponer su desesperación. El plan tiene una medida satisfactoria, degradante y aviesa para engañar a esta desesperación. Y lo político es eso. Yo no quería hacer una revista para gente satisfecha. Estos eran para mí los temas importantes de la vida: si la gente cogía, dónde, cómo. Qué hacía en la oficina, en qué pensaba. -¿Cuál fue la nota que hiciste que más te gustó? -Una nota sobre la traición. Yo le preguntaba a muchas personas cuál era su mayor traición y cuál había sido la peor traición que había padecido. Y en general me encontré con que todo traidor ha sido traicionado antes. -¿La pelea con el ministro desencadenó tu ida de The Clinic? -Sí, y también por disidencias políticas con uno de mis socios. Además que los chilenos no nos quieren a los argentinos. Nos tratan muy mal. No vas a encontrar en Chile argentinos inteligentes. Yo me gané varias enemistades en Chile. -¿Porqué? -Cuando se separó el grupo de rock más famoso de allá, Los Tres, me pidieron que escribiera su biografía. La escribí. El libro se llama “La última canción”. Construí el libro sobre la base de testimonios. Hice una biografía así: te entrevisto a vos, te pido dos nombres, vos me das dos nombres, creés que esas personas van a hablar bien, pero yo me entero que ellos se separan porque la novia del cantante se acuesta con todos los músicos, lo que genera una crisis interna. Es una manera de explicar la verdad de por qué se habían separado. Lo cuento. Me trajo tantos problemas como la biografía de Fito. Las personas creen que contratan un biógrafo para que hable bien de ellos. Se equivocan si me llaman a mí. Yo vengo a hablar de lo que es tu vida. -¿Por qué Fito se enojó? -Se enojó porque yo también me enojé. Nunca me había pasado en mi vida tener que censurarme. Y él me exigió que tres capítulos no salieran. -¿Cuáles eren? -Uno se llamaba “El Fuhrer y la Páez Family Stone”. Otro era “El Emperador y su Corte”: contaba ciertos valores que se manejaban. Por ejemplo, que la camisa de Fito Páez valía 150 dólares, que el champán que tomaba costaba 100. Y “Una chacrita de latas” recogía anécdotas de Fito embriagado. Porque Fito nunca fue drogón, las habrá probado, como todo el mundo, no sé, pero para él la única droga era la cerveza. El más lindo borracho que yo he conocido… no se le daba por la agresividad, ni por llorar. Se le daba por la insensatez. -¿Y aceptaste la censura? -Sí, al final me convenció. Gané mucha plata con ese libro. -¿Estás enojado todavía con Fito? -No. Yo lo quiero muchísimo, es uno de los tipos más hermosos que conocí. Y una de las personas que más me ayudó en mi vida. -En Chile, con el caso de Los Tres, quedás marginado del periodismo? -Un poco por eso, pero lo que me margina para siempre es lo que me pasó con Adolfo Couve, un gran pintor y escritor. A través de mi recorrida nocturna -porque siempre descubro el mundo ahí-, conozco en la calle un taxi boy, me lo llevo a un bar y me entero de que él había sido amante de Adolfo Couve. Investigo más y me cuenta que, cuando tenía 7 años, Couve se lo llevó a su casa y lo secuestró, ni siquiera lo educó ni lo mandó al colegio: lo convirtió en su esclavo sexual. Era un pedófilo. Siempre quise diferenciar esto, porque en Chile me acusaron de atacar a los gays. Chile es un país de secretos. Ni siquiera aceptaban que el tipo era gay. Y en realidad el tipo era un pedófilo. Por supuesto que me gané el odio total. Me obsesioné e investigué más. La única revista que me dio pie para continuar con esto fue una revista que se llamaba El Periodista. Hasta que saqué Cerdos & Peces y publiqué la investigación completa. Es como si en la Argentina descubriéramos que Borges cogía niños. Adolfo Couve era considerado una columna vertebral del andamiaje del establishment cultural. Y el tipo era un degenerado, era un culeado de mierda. Yo no estoy en desacuerdo con ninguna tendencia sexual, pero creo que lo único condena ble es la violentación de las personas. No hay un chico de 7 años u 8 años que pueda tener una respuesta. Hubo varias denuncias después. -¿Entonces decidiste volver? -Me quedé un año más. Y viví la experiencia más insólita de mi vida. Cuando yo era muy joven, durante la adolescencia, me escapé de la casa de mis padres, fui delincuente, viví en la calle, sabía lo que era eso, pero desde que me constituí en el personaje que soy, nunca más. Aparte nunca había conocido la pobreza, antes de llegar a eso salía a robar o a estafar. Bueno, en Chile caí en la pobreza total. Los Prisioneros me habían contratado para escribir su biografía y como después se arrepintieron tuvieron que indemnizarme con 5 mil dólares. Con eso pagué un año de alquiler por un departamento en Viña, con todas las ventanas al mar, un departamento hermoso. De a poco me fui quedando sin nada. Me fueron cortando el teléfono, la luz, el gas, el agua. Hasta que empecé a dejar de comer. -¿Cuánto tiempo fue lo máximo que estuviste sin comer? -Una semana. Tomaba agua, nada más. Salí a robar y me agarraron. Sentía verguenza. Ya no tenía ni siquiera los viejos estímulos de la juventud. Me fui degradando, me fui acercando a la muerte. No quería vivir más y me entregué a una escena que muy pocas personas, por ahí, han vivido, que es no hacer más nada para existir y no hacer más nada para sobrevivir. -Dejarse morir. -Eso, “dejarse morir”. Qne no es lo mismo que matarse. Viste como es el dolor, si vos a un gato le clavás un cuchillo en el lomo, el gato pega un grito, pero a los diez minutos se olvidó, no tiene memoria. El sufrimiento es una excavación mental que el hombre ha construido. Es un dolor del tiempo, sufro por lo que no fui o por lo que fui, o sufro por lo que no voy a ser. Es una mentira. Yo, encima, trabajé muchos años en escuelas esotéricas. Estuve como dos años en una escuela del budismo zen, en Marruecos. Me ilustré mucho para luchar contra el dolor. Este dolor me desprevino, pero me sirvió para comprender cómo escaparme de mí mismo. Hay muchas muertes que uno va teniendo durante la vida: la decepción del amor, el desengaño de la amistad, el desengaño de uno mismo. Pero no estaba prevenido para esto que me pasó. No estaba preparado para la caída de un rol. Me acuerdo la primera vez que me di cuenta de que todas las chicas que se acostaban conmigo lo hacían porque yo era Enrique Symns. Se lo comenté a Tom Lupo. Le dije: “Loco, escucháme, hace rato que me pasa esto”. Y él me dijo: “¿Pero vos quién sos? Vos sos Enrique Symns”. Me sentí acorralado por mi vida. Yo no quise ser éste que soy. Ahora mismo estoy en esta misma encrucijada. Lo único que sé hacer es escribir. -¿Quién te rescató de esa muerte? -Me rescató un amigo, un escritor chileno, para mí uno de los escritores más interesantes que hay en Chile: Pablo Azócar. -¿Escribiste tu autobiografia? -Es una especie de autobiografía, no está toda mi vida, pero está mi vida relacionada al mundo de las drogas y a todos los mundos a los que fui accediendo, desde la década del 60 hasta el 90. Se llama “El hombre de los venenos.” -¿La publicaste? -No, todavía no. Estoy en eso. -¿Cuál fue el mayor error que cometiste? -Haber salido del espectáculo callejero que yo hacía, que era muy solidario con el mundo. Haberme pasado al universo del rock; haber aceptado, ése fue finalmente el más grande error que yo cometí. Me fui a lo masivo, pero, en realidad, me gustaba mucho más, me daba mucho más recompensa espiritual lo que yo hacía solo. -¿Y tu peor traición? -¿Qué? -Tu peor traición. -No te la voy a contar, no. FUENTE

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Charles Bukowski - El Genio De La Multitud
ArteporAnónimoFecha desconocida

un poema de bukowski que realmente me encanta. acá, en este video de youtube, lo leé él en inglés, aunque está traducido link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=oJXezqdB3Iw (versión original) The Genius Of The Crowd Charles Bukowski there is enough treachery, hatred violence absurdity in the average human being to supply any given army on any given day and the best at murder are those who preach against it and the best at hate are those who preach love and the best at war finally are those who preach peace those who preach god, need god those who preach peace do not have peace those who preach peace do not have love beware the preachers beware the knowers beware those who are always reading books beware those who either detest poverty or are proud of it beware those quick to praise for they need praise in return beware those who are quick to censor they are afraid of what they do not know beware those who seek constant crowds for they are nothing alone beware the average man the average woman beware their love, their love is average seeks average but there is genius in their hatred there is enough genius in their hatred to kill you to kill anybody not wanting solitude not understanding solitude they will attempt to destroy anything that differs from their own not being able to create art they will not understand art they will consider their failure as creators only as a failure of the world not being able to love fully they will believe your love incomplete and then they will hate you and their hatred will be perfect like a shining diamond like a knife like a mountain like a tiger like hemlock their finest art (versión traducida) El genio de la multitud Hay suficiente traición y odio, violencia. Necedad en el ser humano corriente como para abastecer cualquier ejercito o cualquier jornada. Y los mejores asesinos son aquellos que predican en su contra. Y los que mejor odian son aquellos que predican amor. Y los que mejor luchan en la guerra son -AL FINAL- aquellos que predican PAZ. Aquellos que hablan de Dios. Necesitan a Dios Aquellos que predican paz No tienen paz. Aquellos que predican amor No tienen amor. Cuidado con los predicadores cuidado con los que saben. Cuidado con Aquellos que Están siempre Leyendo Libros. Cuidado con aquellos que detestan la pobreza o están orgullosos de ella. Cuidado con aquellos de alabanza rápida pues necesitan que se les alabe a cambio. Cuidado con aquellos que censuran con rapidez: tienen miedo de lo que no conocen. Cuidado con aquellos que buscan constantes multitudes; no son nada solos. Cuidado con El hombre corriente Con la mujer corriente Cuidado con su amor. Su amor es corriente, busca lo corriente. Pero es un genio al odiar es lo suficientemente genial al odiar como para matarte, como para matar a cualquiera. Al no querer la soledad al no entender la soledad intentarán destruir cualquier cosa que difiera de lo suyo. Al no ser capaces de crear arte no entenderán el arte. Considerarán su fracaso como creadores sólo como un fracaso del mundo. Al no ser capaces de amar plenamente creerán que tu amor es incompleto y entonces te odiarán. Y su odio será perfecto como un diamante resplandeciente como una navaja como una montaña como un tigre como cicuta Su mejor ARTE.

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Louis Ferdinand Celine - Viaje Al Fin De La Noche (1932)
ArteporAnónimo8/17/2007

Pequeña biografía del autor(Sacada del poder de la palabra): Novelista y médico francés de apellido real Destouches. Nacido en Courbevoie, en las afueras de París, participó como voluntario en la I Guerra Mundial, en la que fue gravemente herido. Después de la victoria aliada estudió medicina, y de 1924 a 1928 viajó en misiones por África y Estados Unidos por cuenta de la Sociedad de Naciones. Regresó a Francia y entró a formar parte de una clínica estatal en Clichy, trabajando fundamentalmente como médico de los pobres. Su nihilista pero deslumbrante primera novela, Viaje al fin de la noche (1932), fue acogida como un gran acontecimiento literario y ejercería una profunda influencia en numerosos escritores de las generaciones siguientes. Muerte a crédito (1936) confirmó la importancia de su escritura radicalmente innovadora. Los puntos de vista exacerbados de Céline, y sus escritos antisemitas de fines de los años treinta, hicieron que se le acusara de colaboracionismo con los nazis. Debido a ello, Celine estuvo exiliado en Alemania y Dinamarca en 1944. Finalmente fue perdonado por el gobierno francés, y volvió a París en 1950. Registra literariamente sus experiencias durante el exilio en la novela De un castillo a otro (1957), a la que siguieron Norte ( 1960) y Rigodón (publicada póstumamente). La crítica continúa considerando a Céline una de las figuras más notables de la literatura del siglo XX Extractos del libro " Los hombres se aferran a sus cochinos recuerdos, a todas sus desgracias, y no se les puede sacar de ahí. Con eso ocupan el alma. Se vengan de la injusticia de su presente revolviendo en su interior la mierda del porvenir. Justos y cobardes que son todos, en el fondo. Es su naturaleza." "Proust, espectro a medias él mismo, se perdió con tenacidad extraordinaria en la futilidad infinita y diluyente de los ritos y las actitudes que se enmarañan en torno a la gente mundana, gente del vacío, fantasmas de deseos, orgiastas indecisos que siempre esperan a su Watteau, buscadores sin entusiasmo de Cíteras improbables. Pero la señora Herote, de origen popular y substancial, se mantenía sólidamente unida a la tierra por rudos apetitos, animales y precisos. Si la gente es tan mala, tal vez sea sólo porque sufre, pero pasa mucho tiempo entre el momento en que han dejado de sufrir y aquel en que se vuelven mejores. El gran éxito material y pasional de la señora Herote no había tenido aún tiempo de suavizar su disposición para la conquista." "Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón." "Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla, por la indiferencia absoluta de sus semejantes en tiempos de paz o por la pasión homicida de los mismos, llegada la guerra. Si se acuerdan de ti, al instante piensan en la tortura, los otros, y en nada más.¡sólo les interesas chorreando de sangre, a esos cabrones! Princhrad había tenido más razón que un santo al respecto. Ante la inminencia del matadero ya no especulas demasiado con las cosas del porvenir, sólo piensas en amar durante los días que te quedan, ya que es el único medio de olvidar el cuerpo un poco, olvidar que pronto te van a desollar de arriba abajo. " DESCARGA

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Entrevista a Bukowski, por Sean Penn
ArteporAnónimo8/24/2007

Vasos vacíos Borracho mítico. Peleador impenitente. Apostador serial. Romántico recalcitrante. Ultimo beatnik. Primer punk. Ajeno a cualquier capilla o institución literaria, pero con lectores devotos en todo el mundo, hace diez años moría Charles Bukowski(Nota:La nota fue lanzada en el 2004). La extraordinaria entrevista que le hizo Sean Penn en 1987 para la revista Interview, cuando el actor estaba a punto de participar de la filmación de Barfly (en un papel que finalmente haría Mickey Rourke). Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920. A los tres años de edad llegó a los Estados Unidos y creció en Los Angeles. Actualmente reside en San Pedro, California, con su esposa, Linda. Famoso borracho, peleador y mujeriego, Genet y Sartre lo llamaron “el mejor poeta de los Estados Unidos”, pero sus amigos lo llaman Hank. Bares: “Ya no voy mucho a bares. Saqué eso de mi sistema. Ahora, cuando entro a un bar, siento náuseas. Estuve en demasiados, es apabullante. Son para cuando uno es más joven: todo eso de irse a las manos con un tipo, hacerse el macho, levantarse minas. A mi edad, ya no lo necesito. Hoy sólo entro a los bares para mear. A veces cruzo la puerta y empiezo a vomitar”. El alcohol: “El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... Entonces el alcohol me gusta, cómo no”. Fumar: “Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes. Y me preguntaba: ‘¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?’”. Pelear: “La mejor sensación es cuando golpeás a un tipo que no se supone que puedas golpear. Una vez me metí con un tipo, me estaba insultando. Le dije: ‘Bueno, adelante’. No tuve ningún problema, le gané la pelea fácilmente. Estaba tirado en el piso. Tenía la nariz ensangrentada. Me dijo: ‘Jesús, te movés siempre tan lentamente que pensé que serías fácil. Y cuando empezó la condenada pelea, ya no podía ver tus manos, te volviste tan rápido. ¿Qué pasó?’. Le dije: ‘No sé, hombre. Así son las cosas. Uno ahorra para cuando tiene que usarlo’”. Los gatos: “Es bueno tener un montón de gatos alrededor. Si uno se siente mal, mira a los gatos y se siente mejor, porque ellos saben que las cosas son como son. No hay por qué entusiasmarse y ellos lo saben. Por eso son salvadores. Cuantos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tenés cien gatos, vivirás diez veces más que si tenés diez. Algún día esto será descubierto: la gente tendrá mil gatos y vivirá para siempre. Realmente es ridículo”. Las mujeres y el sexo: “Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria... Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ‘¿Adónde vas?’, te gritan. ‘¡Me voy a la mierda, nena!’. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema”. La primera vez: “Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo de que me decía: ‘Hank, sos un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres’. ‘¿Qué querés decir? Estuve con un montón de mujeres.’ ‘No, no sabés nada. Dejame enseñarte algunas cosas.’ Le dije que bueno y ella: ‘Sos buen estudiante, entendés rápido’. Eso fue todo. (Está un poco avergonzado. No por los detalles sino por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero... Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo hacés”. El sexo antes del sida (y su casamiento): “Yo nada más entraba y salía de entre las sábanas. No sé, era como un trance, un trance de coger. Y las mujeres... uno les decía algo, las tomaba de la muñeca, ‘vamos, nena’, las guiaba hasta el dormitorio y se las cogía. Cuando uno entra en el ritmo, sigue adelante. Hay un montón de mujeres solitarias allá afuera. Son lindas, pero no se saben conectar. Están sentadas solas, van al trabajo, vuelven a la casa... es algo maravilloso para ellas que un tipo se les aparezca. Y si se sienta cerca, bebe y habla, es entretenimiento. Estuvo bien, tuve suerte. Las mujeres modernas... no te cosen los botones”. Escribir: “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga pitada a su cigarrillo.) Es así. La pitada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga... la magia”. La poesía: “Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra ‘poeta’ o ‘poesía’, todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver por qué: es un producto falso. Ha sido falso y snob y endogámico por siglos. Es ultradelicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos, la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li Po. Podía poner más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y bebía vino también. Solía quemar sus poemas, navegar por el río y beber vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos. Lo que yo quise hacer, si me disculpa, es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”. Céline: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerle y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Casi te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”. Shakespeare: “Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”. Su material de lectura favorito: “Leí en el The National Enquirer una nota titulada ‘¿Es su marido homosexual?’. Linda me dijo: ‘¡Tenés voz de puto!’. Yo dije: ‘Oh, sí, siempre me lo pregunté’. Ese artículo decía: ‘¿Su marido se depila las cejas?’. Y yo pensé, mierda, lo hago todo el tiempo. Ahora sé lo que soy. Me depilo las cejas, soy un puto. Es muy amable de parte de The National Enquirer decirme lo que soy”. El humor y la muerte: “El último gran humorista era un tipo llamado James Thurber. Pero su humor era tan magnífico que tuvieron que ignorarlo. Este tipo era, podría decirse, un psiquiatra de las edades. Tenía algo ambiguo, hombre-mujer, veía cosas. Era sanador. Su humor era tan real que uno gritaba de risa, era como una liberación frenética. Aparte de Thurber, no puedo pensar en nadie... Yo tengo algo de humorista, pero no como él. No llamo humor a lo que tengo, lo llamo un ‘filo cómico’. Estoy colgado en eso. Casi todo lo que pasa es ridículo. Cagamos todos los días. Eso es ridículo, ¿no te parece? Tenemos que seguir meando, poniendo comida en nuestras bocas, nos sale cera de los oídos. Tenemos que rascarnos. Cosas feas y tontas, ¿o no? Las tetas no sirven para nada, salvo...”. Nosotros: “La verdad es que somos monstruosidades. Si pudiéramos vernos, podríamos amarnos, darnos cuenta de lo ridículos que somos, con nuestros intestinos retorcidos por los que se desliza lentamente la mierda mientras nos miramos a los ojos y decimos: ‘Te amo’. Nos carbonizamos y producimos mierda, pero no nos tiramos pedos cerca del otro. Todo tiene un filo cómico”. Ganar: “Y después nos morimos. Pero la muerte no nos ha ganado. No ha mostrado ninguna credencial. Nosotros hemos mostrado todas las credenciales. Con el nacimiento, ¿nos ganamos la vida? No realmente, pero de seguro la hija de puta nos tiene atrapados... La muerte me provoca resentimiento, la vida también, y mucho más estar atrapado entre las dos. ¿Sabés cuantas veces intenté suicidarme? Dame tiempo, sólo tengo 66 años. Sigo trabajando en eso. Cuando uno tiene tendencias suicidas, nada lo molesta, excepto perder en las carreras de caballos. ¿Por qué será? A lo mejor porque uno usa su mente en las carreras, no su corazón. Pero nunca cabalgué. No estoy muy interesado en el caballo sino en el proceso de acertar o no, selectivamente”. Las carreras: “Traté de ganarme la vida con las carreras por un tiempo. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: ‘Esto es una locura total’. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar”. La gente: “No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si mirás mucho a otra persona, te empezás a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido. Estoy mintiendo pero, creeme, es verdad”. La fama: “Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”. La soledad: “Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a garchar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar”. El tiempo libre: “Es muy importante tener tiempo libre. Hay que parar por completo y no hacer nada por largos períodos para no perderlo todo. Seas un actor o una ama de casa, cualquier cosa, tiene que haber grandes pausas en las que no hacés nada. Uno se tira en una cama a mirar el techo. Hacer nada es muy, muy importante. ¿Y cuánta gente lo hace en la sociedad moderna? Muy poca. Por eso la mayoría está totalmente loca, frustrada, enojada y odiosa. Antes de casarme, o de conocer a muchas mujeres, bajaba las cortinas y me metía en la cama por tres o cuatro días. Me levantaba para cagar y para comer una lata de porotos. Después me vestía y salía a la calle, y el sol brillaba y los sonidos eran maravillosos. Me sentía poderoso, como una batería recargada. Pero, ¿sabés qué me tiraba abajo? El primer rostro humano que veía en la vereda. Esa cara nomás me hacía perder la mitad de la carga. Esta cara monstruosa, sin expresión, tonta, sin sentimientos, cargada de capitalismo. Pero aún así valía la pena, me quedaba la mitad de la carga todavía. Por eso el tiempo libre es importante. Y no digo tomarse tiempo para tener pensamientos profundos. Hablo de no pensar en absoluto. Sin pensamientos de progreso, sin pensamientos sobre uno mismo. Sólo ser un haragán. Es hermoso”. La belleza: “No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas... pero cuando las veo, es como mirar un plato de sopa”. La fealdad: “No existe. Hay algo llamado deformidad, pero la simple fealdad no existe. He dicho”. Érase una vez: “Era invierno, yo me estaba muriendo de hambre intentando ser escritor en Nueva York. No había comido en tres o cuatro días. Así que finalmente dije: ‘Me voy a comer una gran bolsa de pochoclo’. Cada grano era como un churrasco. Tragaba y echaba pochoclo a mi estómago que decía ‘¡Gracias, gracias!’. Estaba en el paraíso, caminando por ahí, hasta que dos tipos pasaron a mi lado y uno le dijo al otro: ‘¡Jesús!’. El otro dijo: ‘¿Qué pasa?’ ‘¿Viste a ese tipo comiendo pochoclo? Dios, era horrible.’ Así que no pude disfrutar el resto del pochoclo. Pensé qué quisieron decir con eso de que ‘era horrible’. Yo estaba en el paraíso. Supongo que era un poco cochino. Ellos siempre pueden distinguir a un tipo hecho mierda”. La prensa: “Disfruto las cosas malas que se dicen sobre mí. Aumenta la venta de libros y me hace sentir malvado. No me gusta sentirme bien porque soy bueno. ¿Pero malo? Sí. Me da otra dimensión. Me gusta ser atacado. ‘¡Bukowski es desagradable!’ Eso me hace reír, me gusta. ‘¡Es un escritor desastroso!’ Sonrío más. Me alimento de eso. Pero cuando un tipo me dice que dan un texto mío como material de lectura en una universidad, me quedo boquiabierto. No sé, me aterra ser demasiado aceptado. Siento que hice algo mal”. El dedo: (Levanta el dedo meñique de su mano izquierda) “¿Viste alguna vez este dedo? (El dedo parece paralizado en una forma de “L”). Me lo rompí una noche, borracho. No sé por qué, pero nunca se acomodó. Pero funciona perfecto para la letra ‘a’ de la máquina de escribir, y qué demonios, le agrega algo a mi personaje”. La valentía: “A la mayoría de la gente supuestamente valiente le falta imaginación. Es como si no pudieran concebir lo que sucedería si algo saliera mal. Los verdaderos valientes vencen a su imaginación y hacen lo que deben hacer”. El miedo: “No sé nada sobre eso”. (Se ríe.) La violencia: “Creo que, la mayoría de las veces, la violencia es malinterpretada. Hace falta cierta violencia. En nosotros hay una energía que necesita ser sacada. Creo que si esa energía es contenida, nos volvemos locos. La paz última que todos deseamos no es un área deseable. De alguna manera, no estamos destinados a eso. Por eso me gusta ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo las protagonizaba en mi juventud. A veces se llama violencia a la expulsión de energía con honor. Hay locura interesante y locura desagradable. Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros”. El dolor físico: “Con el tiempo uno se endurece, aguanta el dolor físico. Cuando estaba en el Hospital General, un tipo entró y dijo: ‘Nunca vi a nadie aguantar la aguja con tanta frialdad’. Eso no es valentía. Si uno aguanta suficiente dolor, uno cede. Es un proceso, un ajuste. Pero no hay forma de acostumbrarse al dolor mental. Me mantengo lejos de él”. La psiquiatría: “¿Qué consiguen los pacientes psiquiátricos? Una cuenta. Creo que el problema entre un psiquiatra y su paciente es que el psiquiatra actúa de acuerdo al libro, mientras que el paciente llega por lo que la vida le ha hecho. Y aunque el libro pueda tener cierta perspicacia, las páginas siempre son las mismas y cada paciente es diferente. Hay muchos más problemas individuales que páginas. Hay demasiada gente loca como para resolverlo diciendo: ‘Tantos dólares por hora, cuando suena el timbre terminamos’. Eso sólo puede llevar a una persona un poco loca a la locura total. Recién empiezan a abrirse y a sentirse bien cuando el psiquiatra dice: ‘Enfermera, arregle la próxima cita’. Todo es asquerosamente mundano. El tipo está ahí para quedarse con tu culo, no para curarte. Quiere tu dinero. Cuando suena el timbre, que entre el siguiente loco. Ahora, el loco sensible se va a dar cuenta de que cuando el timbre suena, significa que lo cagaron. No hay límites de tiempo para curar la locura, y no hay cuentas para eso, tampoco. Muchos de los psiquiatras que yo he visto parecen estar al límite ellos mismos, además. Pero están demasiado cómodos. Creo que el paciente quiere ver un poco de locura, no demasiado. Ah, los psiquiatras son totalmente inútiles. ¿Siguiente pregunta?”. La fe: “La fe está bien para los que la tienen. Mientras no me la tiren por la cabeza. Tengo más fe en mi plomero que en el ser eterno. Los plomeros hacen un buen trabajo. Dejan que la mierda fluya”. El cinismo: “Siempre me acusaron de cínico. Creo que el cinismo es una uva amarga. Es una debilidad. Es decir: ‘¡Todo está mal! ¿Entendés? ¡Esto no está bien! ¡Aquello no está bien!’. El cinismo es la debilidad que evita que nos ajustemos a lo que ocurre en el momento. El optimismo también es una debilidad. ‘El sol brilla, los pájaros cantan, sonríe.’ Eso es mierda también. La verdad está en algún lugar entre los dos. Lo que es, es. Si no estás listo para soportarlo, joderse”. La moralidad convencional: “Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta ‘bondad’, como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano... es esperanzador”. Sobre ser entrevistado: “Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también”. Fuente

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